CARTAS CHILANGAS (XXX)

Juan Patricio Lombera








Cartas desde el fondo de mi alma X

Solo me queda una ambición en la vida y ahora que has vuelto podré cumplirla. No sé sinceramente si llegaste a saber lo que tu alocada salida provocó. Y sí, argumentarás que no puedo hacerte responsable de lo que ocurrió aquella noche en que unos policías mataron a Gabriela y al resto de mis cuates. Es más, llevando el razonamiento al extremo, podrías echarme la culpa a mí por haberte pedido que organizaras la pachanga aquella noche de principios de 1989. Supongo que también dirás que debería de hacer justicia encargándome de los policías. Por ellos no te preocupes hace rato que están bajo tierra.

Te dije que no volvieras nunca y te juro que te habría respetado la vida en caso de cumplirme. Soy hombre de palabra y, además, no veas el pancho que representa matar a un connacional en suelo extranjero. Más tratándose de un país del primer mundo. Surgen investigaciones, se presiona al gobierno para que haga justicia y al final no faltan dos pendejos que sirven de chivos expiatorios. Acuérdate de Orlando Letelier. Lo mató la DINA y luego los gringos llegaron a un acuerdo con los asesinos materiales para conmutarles la pena a cambio de que cantaran los nombres de sus jefes. Pasó el tiempo y finalmente el gobierno chileno tuvo que juzgarlos, al menos a los dos jefes directos. Pero no nos hagamos pendejos, todos sabemos que la orden la dio Pinochet y no hubo forma de asociarlo a Espinoza y Contreras. Me dirás que los árabes no tuvieron problema en matar a Kasshogi en la embajada en suelo turco, y sí todos sabemos que fue el príncipe, pero los árabes son muy ricos en petróleo y ese güey es intocable a diferencia mía. En cambio, aquí en casa, puedo hacer lo que me salga de los huevos y nadie me va a chingar. Quien más quien menos sabe que tengo información comprometedora sobre cualquier político, por lo que si alguno ladra lo mando callar de un periodicazo. Hasta el actual pendejo que tenemos de presidente temblaría si tirase de la manta.

Pero vamos a lo que te truje chencha. No te odio, pero debo acabar con tu vida porque eres el responsable de la muerte de la única persona que amé y amaré. En lo esencial, no tuviste ninguna culpa con lo acaecido, pero cambiaste el curso de mi vida con tu metedura de pata y por eso mañana te ajusticiaré. No obstante, no tendrás de que preocuparte. De hecho, si todo sale bien, como lo tengo planeado, ni siquiera sentirás dolor.

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