A mi madre

Helena Garrote Carmena

Ian Fisher (n.1984)







Al empezar el calor mamá nos apuntaba a las colonias infantiles de las Hermandades del Trabajo. Quince días de sol y playa organizados por una obra social para aliviar los tórridos agostos madrileños a las familias numerosas. No era fácil conseguir plaza. Ella recorría con su libro de familia en la mano todos los despachos del número 9 de la calle Juan de Austria hasta que la conseguía, al menos para uno de los cuatro.

En el verano de 1970 el premio me tocó a mi. La hoja de admisión llevaba mi nombre; destino, fecha de salida, fecha de regreso, una lista con la ropa recomendada y el número asignado que debía marcar en cada prenda para evitar extravíos.

Pasé horas releyendo aquel papel, disfrutando de su certeza. Empecé a coser con hilo rojo mi número de la suerte y a contar a los cuatro vientos tan ansiado veraneo. Cuantas más veces lo anunciaba, más afortunada me sentía. La noche anterior al viaje apenas pude dormir, la cabeza se me llenaba de olas y estampas marinas. Por la mañana temprano revisamos el equipaje por última vez y salimos hacia la estación.

Me despedí de mi madre y subí al autobús con mi maleta, una rebeca de punto por si tenía frío por el camino y una gran pamela de rafia blanca que me compraron para no quemarme con el sol. Asomada a la ventanilla escuché una vez más sus recomendaciones: come, escribe, y no te metas por donde cubre.

Al llegar a la residencia nos repartieron pan con membrillo y nos formaron en grupos para informarnos de los horarios y actividades programados a partir del día siguiente. Me sentía feliz, segura en ese orden de las cosas, hasta que pidieron que nos presentásemos. Hablar delante de extraños me provocaba un fuerte latir en el pecho y las palabras me salían desajustadas, casi inteligibles. Eso no formaba parte de mi sueño y en cuanto pude me escabullí y me alejé, confiando en que no notasen mi ausencia. Me apoyé en el muro y la luz de la tarde me llenó de nostalgia; mi madre en la cocina rebozando los boquerones, mi madre en la ventana tendiendo la ropa, mi madre recién peinada volviendo de la peluquería. Miré a lo alto impaciente, deseando, hasta creer probable, que un helicóptero sobrevolaría el cielo. Girando y envuelto en un remolino de polvo el aparato aterrizaría en mitad del patio, la puerta se abriría y ella descendería por la escalerilla, me cogería de la mano y me llevaría de vuelta a casa. Que bien olía siempre mi madre.

Regresé a las dos semanas con muchas canciones aprendidas, un manojo de juncos y una bolsa llena de conchas y lapas que fui recogiendo para guardar de recuerdo.

La pamela se me voló el segundo día. El aire del mar es muy traicionero.

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