Escribir (III)

Marguerite Duras











Roma

Italia.

Roma.

Un vestíbulo de hotel.

Al atardecer.

Piazza Navona.

El vestíbulo del hotel está vacío excepto la terraza, una mujer sentada en un sillón.

Camareros con bandejas acuden al servicio de los clientes de la terraza, vuelven, desaparecen al fondo del vestíbulo. Vuelven.

La mujer se ha adormecido.

Llega un hombre. También es un cliente del hotel. Se detiene. Mira a la mujer que duerme.

Se sienta, deja de mirarla.

La mujer despierta.

El hombre le habla tímidamente:

—¿La molesto?

La mujer sonríe levemente, no contesta.

—Soy cliente del hotel. Cada día la veo cruzar el vestíbulo y sentarse ahí. (Pausa.) A veces usted se duerme. Y yo la miro. Y usted lo sabe.

Silencio. Ella lo mira. Se miran. Ella calla. Él pregunta:

—¿Ha terminado usted las imágenes?
—… sí…
—Así, pues, ¿el diálogo estaba listo?
—Sí, ya había uno, lo escribí antes de hacer las imágenes.

No se miran. La turbación se hace evidente. El, en voz baja, dice:

—La película empezaría aquí, en este momento, a esta hora… en que la luz desaparece.
—No. La película ya ha empezado aquí, con su pregunta sobre las imágenes.

Pausa. La turbación aumenta.

—¿Cómo?
—Ante su sola pregunta sobre las imágenes, hace un momento, la película primitiva ha desaparecido de mi vida.

Pausa. Lentitud.

—Luego… usted no sabe…
—No… nada… usted tampoco…
—Es verdad, nada.
—¿Y usted?
—Antes de este instante, no sabía nada.

Se vuelven hacia la Piazza Navona. Ella dice:

—Yo nunca he sabido nada. Filmaron las fuentes el veintisiete de abril de 1982, a las once de la noche… Usted aún no había llegado al hotel.

Miran la fuente.

—Parece que ha llovido.
—Lo parece cada noche. Pero no llueve. Aquellos días, en Roma, no llovía… Es el agua de las fuentes que el viento proyecta hacia el suelo. Toda la plaza brilla.
—Los niños van descalzos…
—Los miro todas las noches.

Pausa.

—Casi hace frío.
—Roma está muy cerca del mar. Ese frío es el del mar. Usted lo sabía.
—Sí, eso creo.

Pausa.

—También hay guitarras… ¿no? Cantan, parece…
—Sí, con el rumor de las fuentes… todo se confunde. Pero, en efecto, cantan.

No escuchan.

—Todo habría sido falso…
—No lo sé con seguridad… Quizá tampoco lo habría sido. Ya no podemos saberlo.
—¿Sería demasiado tarde?
—Quizás. Un retraso desde antes del principio.

Silencio. Ella prosigue:

—Mire la gran fuente central. Parece helada, lívida.
—La miraba. A la luz eléctrica, diríase que arde en el frío del agua.
—Sí. Lo que usted ve en los repliegues de la piedra son corrientes de otros ríos. Los de Oriente Medio y de mucho más lejos, de Europa central, las corrientes de su recorrido.
—Y esas sombras en la gente.
—Son las de otra gente, la que mira los ríos.

Pausa larga. Ella dice:

—Tengo miedo de que Roma haya existido…
—Roma ha existido.
—Está seguro…
—Sí y los ríos también. Y lo demás también.
—Cómo puede soportar…

Silencio. Ella dice en voz baja:

—No sé qué clase de miedo es éste, es distinto del que se ve en los ojos de esas mujeres de las estelas de la Via Appia. De esas mujeres, sólo vemos lo que ellas muestran de sí mismas, lo que nos esconden de sí mismas al mostrársenos. ¿Adonde nos llevan, hacia qué noche? Seguimos dudando incluso de esa ilusión de la claridad reflejada de las piedras blancas, perfecta, regular, ¿verdad?
—Usted tiene como un miedo de lo visible de las cosas.
—Tengo miedo como de haber sido alcanzada por Roma.
—¿Por su perfección?
—No… por sus crímenes.

Pausa larga. Miradas. Luego bajan los ojos.

Él dice:

—¿Qué pensamiento constante es el que la hace palidecer, que a veces la lleva a encerrarse en esta terraza en espera del día…?
—Ya sabía usted que dormía mal.
—Sí. Yo también dormía mal. Como usted.
—Pues, ya ve.
—¿Qué ausencia es esa en la que está usted sumida?
—Me siento constantemente alejada de Roma en aras de otro pensamiento distinto… contemporáneo del de Roma, y que se habría originado en un lugar distinto, lejos de Roma, hacia el norte de Europa, por ejemplo, ¿comprende?…
—¿Del que no queda nada?
—Nada. Sólo una especie de recuerdo confuso, quizás inventado, pero plausible.
—En Roma ha recordado usted ese país del norte.
—Sí. ¿Cómo lo sabe?
—No sé.
—Sí. Aquí, en Roma, en el autocar escolar.

Pausa. Silencio.

—A veces, por la tarde, hacia la caída del sol, los colores de la Via Appia son los de la Toscana. Supe de la existencia de esa región del norte cuando era muy joven, casi niña. La primera vez, en una guía turística. Y luego durante una excursión escolar. Se trata de una civilización contemporánea de Roma, ahora extinguida. Quisiera poder describirle la belleza de esa región en la que civilización y pensamiento se produjeron en una encantadora y breve coincidencia. Quisiera poder explicarle la simplicidad de su existencia, de su geografía, el color de sus ojos, el de sus ambientes, de sus sembrados, de sus pastos, de sus cielos. —Pausa—. ¿Sabe?, sería como el de su sonrisa, pero perdida, inencontrable después de haberse producido. Como de su cuerpo, pero desaparecido, como de un amor pero sin usted y sin mí. Entonces, ¿cómo decirlo? ¿Cómo no amar?

Silencio. Miradas diferidas.

Pausa. Callan. El mira a lo lejos, nada. Ella dice:

—No creo que Roma pensara, ¿sabe? Proclamaba su poder. Era en otra parte, en esas otras regiones donde se pensaba. El pensamiento tenía lugar en otra parte. En Roma sólo debía haber lugar para la guerra y el robo de ese pensamiento y para decretarlo.
—¿Qué decían, al principio, esa lectura, ese viaje?
—Esa lectura decía que en cualquier parte se encontraban obras de arte, una estatuaria, templos, edificios civiles, termas, barrios reservados, arenas, y que allí, en esas landas, no había nada parecido.
Esa lectura tenía lugar en la infancia. Y luego cayó en el olvido.
Y luego de nuevo hubo una excursión en el autocar escolar y la señorita dijo que esa civilización existió aquí con un esplendor no alcanzado en ningún otro lugar, sólo allí, en las landas que el autocar atravesaba.
Aquella tarde llovía. No había nada que ver. Entonces, la señorita habló de landas de brezo y de hielo. Y la escuchábamos como contemplándola. Como contemplando aquellas landas…

Silencio. El pregunta:

—¿La región era llana, sin relieve, no se veía nada?
—Nada. Salvo la línea del mar más abajo de los campos. Ninguno de nosotros había pensado nunca en la landa, ¿comprende?… Nunca, aún.
—¿Y en Roma?
—Roma era materia escolar.
—La señorita habló…
—Sí. La señorita dijo que, aunque no viéramos nada, allí se produjo una civilización. En este lugar de la tierra. Y allí debía seguir, enterrada bajo la llanura.
—Esa llanura sin fin.
—Sí. Terminaba en el cielo. Nada quedaba de aquella civilización: sólo agujeros, cavidades en la tierra, invisibles exteriormente. Preguntaban: ¿se sabe si esos agujeros eran tumbas? No, contestaban, pero nunca se ha sabido si eran templos. Lo único que se sabe es que fueron hechos, construidos, con las manos.
La señorita decía que a veces esos agujeros eran tan grandes como habitaciones, a veces tan grandes como palacios, que a veces eran como corredores, pasadizos, pasos secretos. Que todo eso había sido hecho por la mano del hombre, construido por la mano del hombre. Que en determinadas arcillas profundas se habían encontrado huellas de manos grabadas en sus paredes. Manos de hombres, abiertas, a veces heridas.
—¿Qué significaban esas manos, según la señorita?
—Significaban gritos, decía ella, para que, más tarde, otros hombres los oyeran y los vieran. Gritos pronunciados con las manos.


—¿Qué edad tenía usted en la época de esa excursión?
—Tenía doce años y medio. Estaba maravillada. Bajo el cielo, sobre los agujeros aún se veían culturas que, año tras año, a través de los siglos, habían llegado hasta nosotras, las niñas del autocar escolar.

Silencio. Ella mira. Reconoce.

—Los agujeros están muy cerca del océano. Están a lo largo de los terraplenes de arena, en las tierras arables de la landa. La landa no atraviesa ningún pueblo. El bosque desapareció. Después de su desaparición, la landa no volvió a ser nombrada. No Está allí en el espacio y en el tiempo desde que surgió de los lodos iniciales de las tierras sumergidas. Lo sabemos. Pero no se puede ver, ni tocar. Se acabó.
—¿Cómo se sabe lo que ha dicho?
—Nunca se sabrá cómo se sabe… Se sabe. Seguramente porque siempre se ha sabido, la cuestión siempre se ha planteado y siempre se ha contestado de la misma manera. Desde hace miles de años. A todos los niños en edad de uso de razón se les dice, se les enseña: «Mira, esos agujeros que ves, fueron hechos por hombres procedentes del norte».
—Como en otra parte dicen: «Mirad las piedras planas de Jerusalén, ahí reposaban las madres a la víspera de la crucifixión de sus hijos, esos locos del Dios de Judea a quienes Roma juzgaba criminales».
—Igual. Dicen: mirad, allí, lo mismo, la cañada era para ir a buscar agua, también para ir del campo a los mercados de la ciudad, y también para que los ladrones de Jerusalén fueran al Calvario para ser colgados. Era el único camino para todas esas cosas. Y era también para jugar los niños.

Silencio.

—¿Podríamos también hablar, aquí, de un amor célebre?
—No lo sé… Sí, seguramente…

Silencio. Tensión. Voces cambiadas.

—¿Quién podría haber sido ella, la de ese amor? —Yo diría: por ejemplo, una reina del desierto.
En la historia oficial eso es lo que es: la Reina de Samaría.
—¿Y el que habría ganado la guerra de Samaría, el que habría correspondido?
—Un general de las legiones romanas. El caudillo del Imperio.
—Creo que tiene usted razón.

Silencio. Más pesado, como lejano.

—Toda Roma conocía la historia de la guerra.
—Sí, Roma sólo conocía la historia a través de la de las guerras. Y aquí el obstáculo con el que enfrentaría ese amor estaría relacionado, y con razón, con la publicidad creada en tomo a la guerra por amor hacia ella, la reina de Samaria.
—Sí. Era un grande amor. ¿Cómo se supo de él?
—Del mismo modo que se sabía la cifra de muertos, dicha en voz baja al atardecer, se sabía la cifra de prisioneros. Igual se habría sabido en caso de paz. También se sabría por el hecho de haberla hecho prisionera en lugar de matarla.
—Sí.
—En medio de esos miles de muertos, esta joven de Samaría, Reina de los Judíos, Reina de un desierto que Roma no necesitaba para nada, llevada a Roma con tales miramientos… Cómo no adivinar el escándalo de la pasión…
Toda Roma devoraba las noticias de ese amor. Cada tarde, cada noche. Los menores detalles… el color de su vestido, el calor de sus ojos tras las ventanas de la prisión. Su llanto, el ruido de sus sollozos.

—¿Es ese amor más grande de lo que cuenta la historia?
—Más grande. Sí. ¿Lo sabía usted?
—Sí. Más grande de lo que él, el destructor del Templo, hubiera deseado.
—Sí. Más grande. También más ignorado. Pero espere… creo que él no sabía que la amaba. No lo creía, dado que no tenía derecho a hacerlo, ¿comprende?… Lo recuerdo, recuerdo algo parecido, esa ignorancia de amarla en la que vivía.
—Salvo, quizá, cuando la tenía a su merced en los aposentos de los palacios, ya dormida la guardia. Se dice: hacia el final de la noche.
—Sí, salvo quizás eso… No se sabe.

Pausa larga. El dice:

—¿Según usted, los hombres de la landa tuvieron noticia de la tentativa romana de reinar en el mundo del pensamiento y de los cuerpos?
—Supongo que sí, que conocían esa tentativa.
—En esas landas, esas primeras tierras surgidas del mar, se sabía todo.
—Sí, así es, todo. En esas landas subterráneas todo se sabía a través de los fugitivos del Imperio, los desertores, los errantes de Dios, los ladrones. Se conocía perfectamente la tentativa de Roma y se asistía a la dilapidación de su alma. Y mientras Roma proclamaba su poder, ¿sabe qué?, mientras Roma perdía la sangre de su propio pensamiento, los hombres de los agujeros permanecían sumergidos en la oscuridad del espíritu.
—Pensar… ¿sabían que pensaban?
—No. No conocían la escritura, ni la lectura. Durante mucho tiempo, durante siglos. Ignoraban el significado de esas palabras. Pero no le he dicho lo esencial: la única ocupación de esos hombres estaba relacionada con Dios. Contemplaban el exterior, con las manos vacías. Los veranos. Los inviernos. El cielo. El mar. Y el viento.
—Era su manera de acercarse a Dios. Hablaban con Dios como los niños juegan.

—¿Había usted hablado de un amor actual, en esa película?
—Ya no lo sé. Creo que hablé de un amor vivo, pero sólo de eso.
—¿Y qué vínculo lo relacionaría con Roma?
—El hecho de que ese diálogo habría surgido en Roma. Esos diálogos en tomo a este amor que, a lo largo de los siglos, han recubierto Roma de una capa de frescor. Sobre el cuerpo pesado y muerto de su historia, por fin los amantes llorarían su propia historia, su amor.
—¿Por qué llorarían?
—Por sí mismos. Unidos por su misma separación, por fin llorarían.
—Está usted hablando de los amantes del Templo.
—Sin duda. Sí. No sé de quién hablo. También hablo de aquellos amantes, sí.

Pausa. Silencio. Ya no se miran. Y, luego, él dice:

—De los amantes del Templo no quedó ni una palabra, ni una confidencia, ni una imagen, ¿verdad?…
—Ella no hablaba romano. El no hablaba la lengua de Samaria. El deseo nació en este infierno de silencio. Fue soberano. Inapelable.
Y luego se extinguió.
—Dijeron que se trataba de un amor bestial, cruel.
—Creo que sí, que se trataba de eso, de un amor bestial, cruel. Lo creo, como si se tratara del mismísimo amor.

Pausa.

—El Senado se informa y le releva, a él, al caudillo romano, de esta carga de comunicarle su decisión de abandonarla.
—Es él quien se lo anuncia.
—Sí. Al atardecer. Rápidamente. El va a sus aposentos y con inusitada brutalidad le anuncia que el barco llegará enseguida.
Dentro de algunos días, le dice, la conducirán de nuevo a Cesárea.
Dice que no tiene más remedio que devolverle su libertad.
Diríase que ha llorado.
Para que siga viva, le dice también, debe alejarse de él.
También dice que nunca volverá a verla.
—Ella no comprende el romano.
—No. Pero le ve llorar. Ella llora porque él llora. El no sabe por qué ella llora.

Pausa.

—Ella debía morir. Pero, no. Seguirá viviendo.
—Ella vive. No muere. Muere más tarde, de esa trampa de ser la prisionera de un hombre y, a la vez, amarle.
Pero la vive hasta el final de los tiempos.
Vive de saber, de conocer que el amor sigue ahí, entero, incluso roto, que sigue siendo un dolor a cada instante pero que, pese a todo, sigue ahí, presente, entero, siempre más fuerte.
Y muere de ese amor.

—Ella llora…
—Sí. Llora. Al principio, cree llorar por su reino asolado, por el espantoso vacío que le aguarda. Sigue viva porque llora. Se alimenta de sus lágrimas. Dice amar a ese hombre de Roma con un conocimiento cegado por las lágrimas.

—¿Su pasión hacia él se debería al hecho de que la había capturado?
—Sí. Diría más bien: al descubrimiento de ese violento encanto de pertenecerle.
—¿Cree usted que, de haber caído él preso de las armas de ella, la habría amado con pasión?
—No lo creo. No.
Mírela.
Ella.
Cierre los ojos.
Vea ese abandono.
—Sí. Lo veo.

—Ella se abandona por sí misma al destino que se propone. Consiente en ser una reina. Consiente en ser una prisionera. Depende de lo que él desee que ella sea.
—¿De dónde surge ese talento en ella oculto?
—Quizá de sus funciones reales. Quizá, también, de su facultad para presentir la muerte, que tiene en común con las mujeres de los Evangelios, las de los valles de Jerusalén.
—¿Cómo pudo él ignorar hasta tal extremo su desesperación…?
—Decidiéndolo, creo. ¿Sabe?, no hay nada de lo que él crea no poder disponer en nombre de su reino.

Silencio. El dice:

—A su espalda, desde siempre, hay la guardia negra.
—Sí. Él no la ve. Ya no ve nada. No ve la historia que vive.
Lo que queda en él de la landa negra se borra para siempre al salir de la habitación.
—La landa negra.
—Sí.
—¿Dónde estaba…?
—En todas partes, creo, en las llanuras costeras de los países más apartados del norte.
—¿El sufre?
—No llora. No se sabe. No. Por la noche grita, por la noche, cuando era niño y tenía miedo.
—Se lo suplico, concédale cierto dolor.
—Con frecuencia, cuando despierta por la noche, y sabe que ella aún está allí, y por tan breve tiempo, el dolor es insoportable.
—El tiempo que les separa de la llegada del barco que debe devolverla a Cesárea.
—En este punto de la historia, ya sólo se ve la interminable repetición de la frase del principio: un día, una mañana, llegará un barco que te llevará de regreso a Cesárea, tu reino. Cesárea.

Silencio.

—Después, en ese momento de la historia, le veo muy claramente saliendo de la habitación, herido de muerte.
—¿Y después?
—Después ya no veo nada.

Silencio.

Habríamos podido hablar, usted y yo, de lo que habría sucedido después, cuando él le hubiera dicho que el barco iba a venir a recogerla. Habríamos podido hablar también de lo que habría sucedido si el Senado no la hubiera devuelto a su país, cómo moriría, sola, sobre un montón de paja en esta ala de un palacio romano, una determinada noche.
También habríamos podido hablar de esta muerte interminable, y también de este amor de Cesárea, cuando él la descubrió. Ella tiene veinte años. El se la lleva para casarse con ella. Para siempre. El no sabe que es para matarla, casarse dice él, aún no sabe que es para matarla.
También habríamos podido hablar del descubrimiento, después de siglos, en el polvo de las ruinas de Roma, de un esqueleto de mujer. La osamenta dijo quién era. Y cuándo y dónde la habían reencontrado.
Cómo evitar verla, ver a esa reina todavía tan joven. Dos mil años después.
Alta. Muerta, sigue siendo alta.
Sí. Los senos están firmes. Son hermosos. Están desnudos bajo la tela penitenciaria.
Las piernas. Los pies. El paso. El ligero contoneo de todo el cuerpo… ¿Recuerda?…

Pausa.

El cuerpo debió de cruzar los desiertos, las guerras, el calor romano y el de los desiertos, la hediondez de las galeras, del exilio. Y, luego, no se sabe nada más.
Sigue siendo alta. Es alta, flaca. Está delgada, tiene la delgadez de la muerte. Los cabellos son del negro de un pájaro negro. El verde de sus ojos se mezcla con el polvo negro de Oriente.
Los ojos ya están anegados en muerte…
No, sus ojos aún están anegados en lágrimas de su juventud ahora antigua.
La piel del cuerpo está ahora separada del cuerpo, del esqueleto.
La piel es oscura, transparente, fina como la seda, frágil. Se ha vuelto como la arena de las fuentes.
Muerta ha vuelto a ser la Reina de Cesárea.
Esta mujer corriente, la Reina de Samaría.



En el vestíbulo del hotel, las luces se apagan. Fuera, la oscuridad se ha acentuado.

Las fuentes de la Piazza Navona han dejado de manar.


El hombre habría dicho que la amaba desde el momento en que la vio echada en la terraza del hotel.

Y, después, amaneció.

El hombre también dice que ella se había adormecido delante de él y que tuvo miedo, que fue entonces cuando se alejó de ella debido a ese miedo de naturaleza indefinida que se fue propalando por su cuerpo y por sus ojos.

(Continuará…)

Una respuesta a “Escribir (III)

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