Ántrax (Final)

Mircea Cărtărescu






6

… Y LA REHICIMOS ENTERA, aunque siguiendo otro modelo, en absoluto mejor ni más efectivo que el primero; era como en la mili: siempre que llegaba un oficial nuevo teníamos que volver a aprender el paso de desfile desde cero. Hacia las siete por fin, decidimos que el nuevo informe estaba listo, y Văcărescu (Costică ya para los que éramos íntimos suyos) se lo llevó para que lo supervisara otra vez el famoso señor coronel Plopeanu. «Que Dios nos ampare», suplicamos nosotros exprimiendo las escasas fuerzas que nos quedaban en el cuerpo.

A esas alturas, estábamos ya muertos de cansancio, cruelmente hambrientos y trastornados como por un sueño extraño en el que habíamos sido atacados con ántrax y habíamos pasado un día entero deambulando por los pasillos y los despachos de la central de policía, en compañía de unas apariciones comparables a las orugas habladoras y los gatos sonrientes de Alicia en el País de las Maravillas . El teniente volvió poco rato después, esta vez triunfante, con el flamante documento sellado por la famosa mano del célebre coronel que había salido incluso en Tele 7 ABC. Éramos por fin libres para abandonar la institución y volver a casita, a descansar. Văcărescu agarró el sobre que estaba en la mesa, lo introdujo en otro sobre, más viejo y más desgastado aún, con no sé cuántas direcciones sucesivas tachadas con vigorosas rayas a bolígrafo e, introduciéndoselo bajo el brazo, nos tendió la mano que le quedaba libre:

—Os telefonearemos en cuanto lleguen los resultados del laboratorio. Ahora, por favor, disculpadnos. Ya lo veis, estamos de reformas y hoy tienen que incorporarse unos colegas así que… Si tuviéramos el instrumental y las bolsas herméticas y los perros de las narices lo haríamos todo en diez segundos, os lo juro. Qué mala suerte… Tenía que suceder justo ahora lo de la operación secreta en Năd…
—No se preocupe, no se preocupe —nos apresuramos a interrumpirle al unísono—, nos hacemos cargo. Les estamos muy agradecidos. —No nos apetecía para nada tener que escuchar más secretos profesionales o personales (¡madre mía!, la boca de su mujer, los préstamos…)—. Esperaremos a recibir su llamada.

Y así nos marchamos. Estábamos extrañamente tranquilos. Habíamos cumplido con nuestra obligación. Nadie moriría por culpa de una imprudencia nuestra. La INTERPOL pondría en marcha sus infalibles engranajes y harían caer en sus redes al criminal internacional que había amenazado con comprometer nuestras vidas. Tan aligeradas sentíamos nuestras conciencias que, a pesar de lo cansados que estábamos, hicimos todo el camino de vuelta patinando por el hielo, entre risas y batallando con bolas de nieve. Una vez en casa, devoramos todo lo que había en el frigorífico y nos acostamos para soñar con el ántrax.

Nos despertó el teléfono. Serían las siete de la mañana.

—Hola, ¿maestro Cărtărescu?

Cuando oigo esa expresión, me llevan los demonios, sobre todo si es a una hora indecente como aquella.

—¿Qué desea?
—Maestro, fui alumno suyo en la facultad, no sé si le dice algo el apellido…
—¿Qué es lo que quiere, hombre de Dios? ¿Sabe usted qué hora es?
—Le ruego que me perdone, ya sabe, este oficio es lo que tiene… Trabajo para el periódico Vocea . Dicen por ahí que ha recibido un sobre con ántrax… Le rogaría que me comentara un poco…

¡Aquello era formidable! La víspera habíamos estado todo el día fuera de casa, no habíamos hablado con nadie. Incluso habíamos decidido apagar el teléfono móvil. Ni siquiera nuestros amigos más íntimos estaban al corriente de lo que había pasado. Qué diantre, ¿acaso los periodistas estos duermen en el cuartelillo de la policía? ¿O es que tienen un policía metido en la cama? Enfurruñado, rehusé «hacer comentarios», colgué el teléfono de un golpe y volví a arrebujarme entre las sábanas. Después, durante todo el día, elaboré unos guiones increíblemente variados para esa historia que de un modo tan inesperado me había absorbido en su monstruoso vientre. En el más feliz de los casos, el laboratorio analizaba el polvillo, unos científicos con instrumental de precisión destruían los mortales gérmenes y en este punto se desencadenaba una investigación internacional. El malévolo terrorista danés era capturado, rápidamente juzgado y acababa entre rejas. No permitirían que volviera a actuar de nuevo. Sin embargo, había un elemento que no había tenido presente en mis elucubraciones: nos encontrábamos en Rumanía. ¿Por qué iban a ser los técnicos de laboratorio más profesionales que aquellos policías en tejanos con los que habíamos pasado el día? ¿Y si el técnico también era de los que metía el dinero en la boca de su mujer? ¿Y si también ellos estaban de obras? ¿Y si sus perros también tenían catarro o garrapatas o la filoxera o quién sabe qué? Con las sustancias peligrosas suele trabajarse en condiciones especiales, bajo una corriente de aire. ¿Y si un idiota invirtiera la marcha del ventilador de tal manera que, por el sistema de ventilación del laboratorio, saliera disparada de repente una nube de ántrax, tan gorda como un hongo nuclear, y cubriera toda la ciudad? Millones de muertos desde Militari hasta Balta Albă. No se librarían ni las aldeas limítrofes… ¿Y quién sería el único y absoluto responsable de todo aquel desastre? Yo. Saldría en las enciclopedias junto a Gengis Khan, Stalin, Hitler y Pol Pot. Cuando surgiera en una conversación el tema de Rumanía, los extranjeros ya no dirían: «Yes, indeed, Hagi, Comăneci, Ceauşescu… » sino: «Yes, yes, we know, Cărtărescu… ». Se me helaba la sangre en las venas solo de pensarlo.

Por la noche me senté a leer la prensa en Internet, como era mi costumbre. Pero no bien fui abriendo las secciones de cultura de los diferentes periódicos cuando me quedé paralizado. No podía dar crédito a lo que veían mis ojos. Todas las noticias estaban calcadas en su esencia, solo diferían los titulares: «Cărtărescu, brutalmente atacado con ántrax», «Un poco de ántrax para Cărtărescu», «Conocido novelista amenazado con polvo mortal», «El autor de Cegador recibe su dosis de ántrax»… En todos los artículos, la misma foto, realizada quién sabe cuándo y con qué oscuro propósito, en la que aparecía yo mirando al objetivo con aviesa intención (adiviné en aquellos ojos el malicioso brillo de un Vlad Ţepeş cualquiera). Deduje que muchos lectores despistados, al verla, sacarían la conclusión de que era yo quien me había dedicado a repartir ántrax por todo el barrio… El por entonces presidente de la Unión de Escritores ofrecía a su vez una breve entrevista en la que afloraba una especie de tristeza por no habérsele ocurrido a él aniquilarme de esa manera. Por desgracia, alguien se le había adelantado. Incluso yo mismo, seguramente adormilado, había declarado aquella misma mañana algo a mi antiguo estudiante y a unos cuantos periodistas más, de los que no me acordaba. Noté que la rabia me consumía. Echaba espumarajos por la boca. «¡Les denunciaré…! ¡Me… en sus madres y en quien les enseñó periodismo!»

Al rato, naturalmente, tenía a todos mis amigos encima. No se dignaron visitar mi casa, quién sabe si no saldrían de allí con algo… Todos prefirieron hablar conmigo por teléfono: era, se mire como se mire, más higiénico. Me dieron un montón de consejos útiles, especialmente sobre qué hacer en caso de que notara síntomas incipientes de catarro. Lo mejor era que me personara en Fundeni, ya que su sección de reanimación era la más moderna del país. Al día siguiente, en la facultad, un compañero me dejó con la mano en el aire. «Hola, hola», me dijo y se escabulló con la mano escondida en la espalda. En las papilas de las huellas digitales cabe aproximadamente una tonelada de ántrax, si es que sabes repartirlo como Dios manda. En una palabra, tras un largo periodo de oscuridad literaria (pero ¿qué otra cosa es la literatura hoy en día?) Mircea Cărtărescu ocupaba, por fin, el centro de atención del país.

7

HABÍAN TRANSCURRIDO CUATRO O CINCO DÍAS de angustia mediática cuando, por fin, escuché al otro lado del teléfono la única voz que yo quería escuchar en realidad:

—Hola, ¿está el señor Cărtănescu ?
—Ah, buenas tardes, teniente, esperaba su llam…
—No sigas, no sigas. No había ántrax ni nada que se le pareciera en aquel sobre, ¿sabes? Nos has mareado para nada. El laboratorio acaba de mandarnos los resultados.

Me quedé consternado. Eso sí que no me lo esperaba. Para nada. Era la única posibilidad que no entraba en mis guiones. Como dije antes, en todo ese periodo los medios de comunicación de medio mundo habían vivido una auténtica fiebre del ántrax. Se habían producido ataques no solo en América, sino también en Rusia y en algunos países africanos… Se hablaba de sustracciones de ántrax en los laboratorios, de intentos por esparcir los gérmenes con avionetas de fumigar cultivos… Incluso el edificio del Capitolio en Washington había sido evacuado unas cuantas veces tras haber recibido llamadas anónimas… ¿Cómo que no había ántrax en el sobre? ¿Estaba totalmente seguro? Entonces ¿a santo de qué me habían escrito una carta desde Dinamarca? No conocía absolutamente a nadie en Dinamarca. ¿Por qué ponía en el sobre eso de «Why don’t you sneeze »? ¿Y qué había de aquella sensación sospechosa, como de un sobrecito con polvos, en el fondo del sobre? Ioana se había acercado a mí, aguantando la respiración.

—Bien. Pues ya que insistes, te diré lo que había en el sobre. Lo tengo aquí en la mano, tan abierto como que dos y dos son cuatro. Pues… mira, lo que pensabais que era ántrax ¡era una simple servilleta!
—¿Cómo que una servilleta? ¿Una servilleta?
—Sí, una servilleta, una servilleta roja, de esas gruesas, de varias capas.

Supongo que en Dinamarca hacen servilletas de varias capas. Esta tiene un dibujo de la Gioconda. Pero está manchada de algo… supongo que a los del laboratorio se les habrá caído un poco de ácido en el sobre o algo… Espera a que la abra, tal vez haya algo dentro… No. No hay nada de nada, es una servilleta como todas las demás servilletas. Estaba como hinchada y blanda, por eso pensamos todos que era polvo…

Aquello era increíble. Vale, OK, habíamos sido unos estúpidos, habíamos mareado a la gente para nada pero ¿qué locura era esa de mandar a la gente una servilleta? ¿Qué quería que hiciera con esa servilleta? Había empezado a dolerme muchísimo la cabeza.

—Había algo más en el sobre. Papeles. Una carta escrita a máquina (una fotocopia) y unos recortes de periódicos, también fotocopiados, fotocopias de fotocopias, en realidad, porque apenas se distinguen las letras y las fotos. Y también hay una cartulina azul en la que dice algo…
—¿Qué dice?
—No lo sé, está en inglés… Igual que la carta. Los recortes de periódico están… espera a que mire… unos en inglés, no hay más que tés y haches por todos los sitios. Otros están en la lengua esa, en danés, con todas las oes cortadas, como la marca del calibre de los tornillos. Ya está, ya he llegado al fondo del sobre. No hay nada más. Qué ántrax ni qué gaitas… Bueno, en cualquier caso nosotros hemos cumplido con nuestra misión, hemos resuelto el misterio. Caso cerrado. Os deseo buenas tardes y si recibís algo más, polvos, pelusas, cosas así… ya sabéis dónde encontrarnos…
—Espere, no cuelgue, teniente —grité—. De cualquier manera… a todos nos gustaría saber qué ha sido todo esto. No nos dejen así. Incluso aunque no sea ántrax, queremos saber qué…
—Acostaos tranquilos y dad gracias a Dios por que no haya sido nada. Como dice el refrán, quien sabe demasiado, muere apresurado.
—Sí, pero aún así… Al menos nos gustaría echar un vistazo a esos papeles si es que no es secreto de sumario.
—No lo es, hombre, cómo va a ser un secreto de sumario. Pasaos por aquí y os daré los malditos papeles. Solo nos tenéis que dejar el sobre. Se tiene que quedar junto con el informe como prueba de que hemos resuelto el caso.

Colgué y Ioana y yo nos miramos en silencio. Aquello superaba todas nuestras expectativas. Mientras creímos que se trataba de ántrax, por muy absurdos que pudiéramos parecer nosotros, los amenazados, unos pobres ratoncillos insignificantes, las cosas tenían un sentido, una razón de ser. Pero ahora… ¿una servilleta, una Mona Lisa, unos papeles? Pasamos la tarde y buena parte de la noche intentando comprender todo aquello, barajando las hipótesis más descabelladas, como cuando pierdes algo muy valioso y, llevado por la desesperación, lo buscas incluso donde no podría estar en ningún caso. La larga mano de la Securitate había enviado a alguien a Copenhague y me había expedido el sobre desde allí. ¿Con qué propósito? Pues para intimidarme, estaba claro… ¿Qué? ¿Acaso no habían acabado así con Culianu ? Lo suyo tampoco tenía sentido. Todos sabíamos que esos matones eran aficionados a exhibir sus músculos de vez en cuando. Pero entonces, si lo que querían era asustarme, me habrían puesto de verdad esa mierda de ántrax en el sobre, para algo se habían gastado dinero en el franqueo. A Ioan Petru no le habían enviado precisamente una servilleta roja con la Mona Lisa. O puede que la explicación fuera otra: algunos amigos del mundillo literario, de esos que me odian, andarían por ahí, en alguno de esos programas de intercambio cultural, y habrían dicho: «¡Espérate, chaval, que te vas a enterar!». Y se liaron a escribir quién sabe qué tonterías en inglés y en danés, a meter la servilleta en… No, aquello no se sostenía… Estaba claro que no era necesaria una bufonada así para sacarme de mis casillas. Quienquiera que me odiara de ese modo sabría dónde me dolía más: una buena crónica en un periódico te puede dejar para el arrastre. Un susurro a tiempo en el oído de alguien te puede sumir en el descrédito durante diez años. No, aquel no era el estilo de mis colegas. Aquello escondía algo mucho más extraño y retorcido.

Al día siguiente nos apresuramos a volver a la central de la policía. Penetramos de nuevo en el mismo amplio vestíbulo de la planta baja, donde casi nos volvimos a llevar por delante a Andreea, que volvía a salir del mismo despacho con los mismos cafés, esperamos la media hora de rigor al comisario Ghilduş… Parecíamos personajes de El día de la marmota , la película esa de nuestra juventud. De nuevo el mismo ascensor, los mismos pasillos kafkianos, de nuevo el mismo despacho en cuya ventana seguía nevando con furia e incluso (nos estremecimos) de nuevo el teniente Văcărescu hablando por teléfono con su mujer en una conversación calcada a la de hacía unos días. La novela policíaca se había transformado en una de ciencia ficción, con bucles y paradojas temporales… Pero nos tranquilizamos enseguida porque el tipo, que ya no llevaba el pañuelo rojo al cuello ni el jersey a rayas (de su composición urmuziana[6] solo quedaba la barriga cervecera), colgó en cuanto nos vio y, ceremoniosamente, nos invitó a pasar al despacho. Luego, sin decir una palabra, abrió un fichero de metal y regresó a nuestra mesita con el famoso sobre, tan arrugado que parecía sorprendente que no se desintegrara en sus manos, abierto con brutalidad, como con el dedo, a todo largo.

Serios, frente a la autoridad competente, estremecidos ya por la revelación que nos reservaban las misteriosas hojas, empezamos a leer. A medida que devorábamos una página tras otra, nuestro asombro fue en aumento.

8

CON LAS HOJAS ESCRITAS EN DANÉS terminamos enseguida, no nos dieron mucho trabajo. Como ya he dicho, eran unas fotocopias muy malas, muy borrosas, sacadas de unos artículos de periódico o de una revista quizás. Había una foto, repetida unas cuantas veces, de un individuo que, por lo rayada que estaba la imagen, podía ser cualquiera, desde Bin Laden a Bill Gates. El reverso de las hojas presentaba unos incomprensibles garabatos a lápiz: una especie de monigotes primitivos, propios de un niño de tres años, que representaban una especie de extrañas protuberancias, como sexos obscenos, aunque también podrían ser peces en un acuario… Los típicos dibujos de un oligofrénico o de alguien aquejado de Alzheimer, concluyó Ioana arrugando la nariz…

Las páginas en inglés se iniciaban con un currículum vítae escrito a máquina en caracteres Courier 12 como roídos por los ratones. Bienales, exposiciones… ¡vaya! ¡El tipo era todo un artista! Aquí nos dimos una palmada en la frente: Dios mío, ¿qué ántrax ni qué niño muerto? Aquello era mail art , hombre, ¡cómo no habíamos caído en la cuenta! También en Rumanía habíamos tenido una moda de esas. Yo mismo, cuando era joven, en tiempos de Ceaşca , había sido destinatario de cartas de amigos que coqueteaban con el arte, cartas absurdas que contenían collages , granos de trigo, cuchillas de afeitar, fragmentos de película sin revelar… Era la época en que vivía en Colentina y bajaba cinco o seis veces al día los ocho pisos de mi bloque para mirar en el buzón (una costumbre que me ha quedado, de ahí viene mi manía de verificar a todas horas mi correo electrónico). Tampoco entonces, como ahora, me escribía nadie, pero yo no perdía la esperanza. Así que me cabreaba muchísimo cada vez que me encontraba con otra de esas muestras de mail art cuando lo que yo esperaba (en aquella época era muy dado a albergar fantasías húmedas) era una cartita de alguna improbable admiradora… De hecho, cada vez que me mencionaban el mail art , me entraban ganas de sacar la pistola…

Pero no nos precipitemos. Sigamos leyendo. El tipo —era un ciudadano danés, naturalmente— había participado al parecer en numerosas exposiciones individuales y colectivas, sobre todo en los países nórdicos, en Suecia, en Dinamarca, en Finlandia, pero también en Londres e incluso había hecho alguna cosilla en Israel. Bajo los escuetos datos de su CV, que se interrumpía abruptamente en 1983, se incluía una larga lista escrita en letra menuda, con tinta china, por lo que pude ver, en la que se informaba al detalle sobre qué tipo de arte practicaba el individuo en cuestión.

Aquí querría pedir a los lectores más pusilánimes, más sensibles o bien menos duchos en la terminología del arte moderno que se abstengan de hacer comentarios. Podrían ser utilizados en su contra en su debido momento. Pues de la noticia, en su CV, de la participación del artista en la Bienal de Turku, digamos (me abstengo de revelar los datos reales), una flecha trémula conducía a la siguiente explicación en la parte inferior: «El proyecto con que fui admitido consistía en la utilización del retrete tres veces al día durante la duración de la bienal». En Helsinki, el artista presentó un happening, «Farting in public» , que fue profusamente comentado en las páginas culturales de los más importantes periódicos finlandeses. Por desgracia, los más reaccionarios rehusaron publicar también las fotografías que ilustraban el evento, y que mostraban al artista visual con los pantalones bajados, en medio de un restaurante de Lugo atestado de ricachones. «Creo que este se inspiró en el chiste ese de siamo poveri, ma onesti» , comentó Ioana, muerta de risa. Quizás porque no conocían su happening de Turku, quizás porque, sabiéndolo, lo consideraban una muestra excelsa de arte, la trienal de no sé dónde también decidió contar con él como invitado de honor. Allí expuso un trabajo que consistía en conducir al público escaleras abajo de la sala de exposiciones, hacia los retretes, para reunir a los asistentes en el espacio mezquino entre los urinarios y las tazas, y que vieran allí como devoraba rápidamente, con furia, una gigantesca tarta de merengue rosa, tras lo cual instaba a los asistentes a que viesen, tras unos minutos de suspense, cómo se introducía los dedos en la boca y rociaba a sus admiradores con una muestra de su sustancia estomacal más fresca. Más de veinte amantes del arte contemporáneo se volvieron a su casa con una muestra en la ropa del aroma inolvidable de aquel experimento. Cosa de la que el artista se sentía muy orgulloso.

El artista era especialista en visitar museos y dejar su impronta. Un chorrito por aquí, a escondidas, sobre el mármol de una escultura barroca, una flema un poco más allá, cuando no miraba el vigilante, entre los ojos de algún rey de Baviera en un lienzo orlado por un sólido marco de ébano, un choricillo que otro de producción propia, traído en una servilleta y colocado, en vertical, sobre la coronilla de algún gato de piedra sumerio… Más o menos en estos términos se movía el chico.

Pero, como decía Creangă, también eso es una fortuna cuando se tiene salud…

Con gran generosidad por su parte —descubrimos hacia el final—, el maestro nos enviaba, como preámbulo a la modesta petición que nos iba a dirigir, un trabajo original, avalado por su palabra de honor (por cuestión de principios no firmaba sus obras): una servilleta con la imagen de la Gioconda con el rostro y el pecho visiblemente salpicados por el semen del artista. Inspirada en Duchamp pero llevada mucho más lejos que los banalizados bigotes, había reproducido mil ejemplares de la obra y la había enviado a todas las direcciones de gente importante y prominente que el autor había podido conseguir a lo largo y ancho del mundo. El proceso tecnológico había sido más complejo que en el caso de otras obras del pintor. Colocó las servilletas de veinte en veinte sobre una plancha, con la Gioconda boca arriba, y las roció simultáneamente, en una rotunda explosión de creatividad seminal, diríase que a lo Jackson Pollock. Repitió la acción veinte veces, lo cual provocó en el artista un agotamiento total, un «calambre de pintor» del que, según nos decía, no se había recuperado aún por completo.

Y nosotros, que habíamos toqueteado la servilleta largo rato, que habíamos incluso intentado despegar con la uña las manchas blancuzcas de la sonrisa de la Gioconda, que nos la habíamos llevado a la nariz para intentar identificar de qué diablos estaba impregnada su superficie… La apartamos a un lado con asco y, dominando diversas reacciones corporales reflejas, continuamos, estoicos, con la lectura del historial. El siguiente y más sabroso documento era una carta abierta, enviada al periódico danés más importante (pues el tipo no perdía el tiempo con octavillas de tercera), pero que, según nos dijo, no habían estimado conveniente publicar, el autor todavía se preguntaba por qué razón. El texto era simplemente alucinante.

9

«DESDE HACE TREINTA AÑOS LUCHO contra los cerdos filisteos, contra los nazis que han hecho sus nidos calentitos en el maldito (“fucking ”) Occidente, aprovechándose de nuestro asqueroso (“lousy ”) modo de vida», empezaba la carta de protesta, escrita con incontables faltas de ortografía, prueba de una furia ciega que al menos le confería autenticidad. No tiene sentido que la reproduzca en su totalidad. Cerdos para arriba y cerdos para abajo, «nazis» por doquier, «fuck » y «fucking » cada tres palabras… la misiva derrochaba más o menos el veinticinco por ciento del peso de la tinta usada en su confección en semejantes calificativos. Reconstituida a partir de un montón de paralogismos y anacolutos, la historia sonaba más o menos así:

«Yo, Olaf Jensen (digamos que se llamaba así), uno de los más importantes artistas scat vivos, si no el más importante, sufrí recientemente una afrenta inaudita, prueba veraz de la decadencia de la civilización occidental, del hundimiento de todos los valores, tal y como predijo tiempo atrás el gran Nietzsche. Hoy, cuando los nazis que nos gobiernan meten miles de millones en promover la globalización mediante la propaganda, cuando la Coca-Cola y los McDonald’s arrasan la tierra como las fieras del Apocalipsis, cuando el puerco de Bill Gates… —etcétera: el párrafo se prolongaba una página entera, mencionando en fila india a Madonna, Maradona, Bush padre, Bush hijo, Wolfowicz, Trump, George Soros, Tom Cruise, Hans Christian Andersen, Adolf Hitler, Oprah Winfrey, Jack el Destripador, Boy George y otros cien “pigs ” y “nazis” reconocidos—, la verdadera y genuina cultura se ha convertido en una Cenicienta que no merece sino nuestra compasión, a la vez que los artistas se han visto arrastrados al umbral de la mendicidad.
»Como muestra —continuaba nuestro Olaf Jensen, cada vez más cabreado—, un botón. Ahí está la indignante historia de lo que me sucedió en la bienal del año pasado en Copenhague (sí, señores, precisamente en mi ciudad natal, lo que viene a confirmar, lo digo con tristeza, el famoso refrán bíblico: Nadie es profeta en su tierra). Como los artistas que viajan de una ciudad a otra son sometidos a la más terrible pobreza por el sistema transnacional que… —etcétera, media página más— y dado que en pleno invierno nórdico resulta ciertamente desagradable dormir en los parques, los hoteles han adoptado por costumbre, durante las grandes exposiciones de los museos nacionales, ofrecer alojamiento a los artistas durante esos días y que éstos paguen con una de sus obras originales. De este sistema, pensado para que se enriquezcan los cerdos de los hoteleros, me beneficié también yo el invierno pasado, cuando presenté mi proyecto «Eat it! » en el marco de la bienal. Me alojé en un hotel, una de las más lujosas «pieces of shit » de la ciudad, durante diez días. En los pasillos, esculturas de Bourdelle, en los vestíbulos lámparas de Gallé, en las habitaciones dibujos originales de los impresionistas… ¡Horrible! ¡Horrible todo!
»Pero a medida que pasaba el tiempo, me atormentaba cada vez más la idea de que, al final, tendría que pagar con una obra mía. Y no estaba ni de lejos inspirado. Al principio pensé en atacar con un cuchillo el Bonnard que estaba sobre la cama y hacerle un buen tajo («cunt»), algo artístico, tipo Fontana. También había un jarrón japonés en la mesita que parecía querer decirme algo. Finalmente, en el último momento, con un desesperado esfuerzo imaginativo, mis ojos se detuvieron en la tetera de plata maciza del siglo XVIII que presidía la mesa de cristal, junto al cartapacio del hotel y el teléfono. Acababa de llegar del centro, donde había bebido unas cuantas copas, así que tenía la vejiga a punto de reventar. Coloqué la tetera sobre la moqueta delante de la cama y me esforcé por apuntar en ella, aunque el chorro, no sé por qué, me brotó dividido en tres chorritos de lo más rebeldes. Aun así, he de decir que casi todo el líquido cayó dentro de la tetera, que quedó llena en más de sus tres cuartas partes. La agarré orgulloso y, apretándola contra el pecho, me monté en el ascensor (junto con otros cinco individuos que resultaron ser unos cerdos filisteos) y bajé hasta el lobby . Me dirigí a la recepción y coloqué la tetera sobre el mostrador, justo bajo las narices del funcionario, vestido con su traje impecable.
»Siguió una discusión penosa. Aquel nazi asqueroso no entendió la obra. Incluso llegó a insinuar que no se trataba de una verdadera obra de arte. Insistió después en que abonara el precio de la habitación, que, por lo que vi, se elevaba a una suma exorbitante. Como os podéis imaginar, monté un escándalo de padre y muy señor mío, llamé al director del hotel, reuní a los clientes que se arrellanaban en los butacones de alrededor, pero el asunto se fue poniendo cada vez más y más feo. La directora, sin duda una perra desgraciada, no solo apuntaló el juicio de valor del recepcionista —¿con qué criterio me increpaban? ¿Tenían acaso estudios de arte? ¿Eran tal vez críticos especializados?)— sino que me acusó también de haber deteriorado aquella mierda de tetera y me la incluyó en la factura a precio de Rolls-Royce con todos sus extras y complementos adicionales… Entonces me ofusqué un poco y no sé qué me pasó, pero al final, entre pitos y flautas, me internaron tres meses en la cárcel y, durante cinco años, al parecer tendré que realizar trabajos al servicio de la comunidad, todo para liquidar la mierda esa de factura a la que los cerdos sumaron un fortunón por gastos de hospitalización de la directora. Entre tanto, mi obra fue completamente desmontada: mandaron a limpiar la tetera y el líquido fue arrojado, probablemente, por las cañerías de algún retrete en un acto inconsciente desde el punto de vista artístico. Un acto vandálico digno de la civilización de mierda en que nos asfixiamos, del mundo de Bill Gates y de los demás nazis asquerosos mencionados más arriba… Dios sabe que lucho contra ello cada día con todas mis fuerzas…»

La carta se cerraba con otra larga letanía de empresas multinacionales, entidades colaboradoras y puercos ordinarios que pensaban que todo se puede comprar con vil dinero. Pero a él, un artista independiente que luchaba contra el sistema, no conseguirían doblegarlo jamás. ¡Nunca! La última frase estaba escrita en grandes caracteres de imprenta. Merece, por tanto, que también yo la escriba en una línea aparte:

FUCK THE REST, I’M THE BEST


10

EL ÚLTIMO DOCUMENTO QUE EXAMINAMOS aquel infausto día Ioana y yo, sien contra sien, sin saber muy bien si reír como locos o echarnos a llorar, fue el cuadrado de papel azul. Provenía de un bloc de post-it y el pegamento del borde tenía hilillos púrpuras que intuíamos que provenían de la servilleta de la Gioconda… Con la misma caligrafía afilada, a lápiz, con la que el artista había completado su CV, en este último cuadradito se nos revelaba, de hecho, la intención última de toda esa locura. Nos pedía que no permaneciéramos indiferentes al destino de un hombre que, en una lucha titánica contra el sistema, había sido vencido pero no derrotado. A cambio de la modesta suma de cien euros, el artista se ofrecía a pintar mi retrato a partir de una fotografía reciente que yo tendría que enviarle junto con el citado billete. Para arrancarme una lágrima, añadía que si solo trescientos destinatarios de su carta, de los más de mil a los que se la había enviado, hubieran respondido de forma positiva a su oferta, habría podido pagar al menos el valor de esa miserable tetera y se habría librado así de un año de trabajos forzados al servicio de la comunidad. En la parte posterior del cuadrado había añadido que estaba harto de pintar las vallas y los bancos de los parques de Copenhague, tarea que le habían asignado por haberse declarado «pintor». A continuación me daba las gracias y me deseaba «an excellent day », como un presentador de televisión.

Entre tanto, en el despacho se había organizado un gran revuelo. El nuevo colega asignado resultó ser en realidad una colega, y encima más maciza que la propia Andreea, la hasta entonces indiscutible vedette del departamento de policía en el que, desde hacía una semana, solíamos venir a matar el tiempo. Ghilduş y Văcărescu se habían olvidado de nosotros por completo y revoloteaban alrededor de la bella Teodora como polillas, alardeando de su increíble instrumental, traído directamente de América por el FBI pero que, por desgracia, estaba aún en el sótano sin desembalar, de los casos que habían resuelto, del café turco tan bueno que sabían hacer… Văcărescu, que metía la tripa para adentro, estaba de color morado por el esfuerzo, y Ghilduş (cuya ventaja era que no estaba casado y por tanto no tenía que preocuparse por llenarle la boca a su esposa de pasta) se inclinaba protector sobre el hombro de la nueva colega, mostrándole no sé qué reglamentos y directivas que era vital que conociera.

No pusimos en pie, nos desentumecimos y volvimos a introducir todo el material en el sobre poniendo buen cuidado en no tocar de nuevo la servilleta directamente, sino que la agarramos por una esquina utilizando unas pinzas improvisadas con una cerilla partida en dos. En el rostro de la Gioconda, que sonreía enigmática, se distinguían unas pequeñas manchas nacaradas… Nos despedimos del absorto threesome , que apenas nos tomó en consideración («¡Hasta la vista, señor Cărtănescu ! ¡Mis respetos, señora! Si vuelve a sucederle algo más, si vuelven a mandarle algo sospechoso… ahora ya conocen el camino…») y salimos otra vez al invierno cegador de fuera.

Bromeamos y reímos todo el camino de vuelta a casa, deslizándonos por los resbaladeros del bulevar cubiertos de nieve recién caída, por delante de la tienda Flamingo y luego a las puertas del ayuntamiento. Era un día glorioso, y el paisaje invernal bucarestino era de los que hacía que valiera la pena perdonarle muchas cosas a nuestra triste capital. Dimos vueltas y más vueltas a la historia de aquel sobre que había puesto nuestra vida patas arriba. Llegamos a la conclusión de que lo que había pasado resultaba aún más increíble que si en realidad hubiéramos recibido una muestra de ántrax. El artista scat nos parecía más y más simpático a medida que nos alejábamos de la servilleta. Qué historia, qué derroche de energía, cuántas fotocopias y garabatos a lápiz para llegar justo donde él quería…

—Bueno, en cierto modo, el tipo se merece el dinero —dijo Ioana, sacudiendo la rama de un árbol y llenándome de nieve—. ¿Cómo están nuestras finanzas?
—¿Lo dices en serio? ¿Te has pringado la mano con el semen de ese psicópata y ahora quieres encima pagarle por ello? No sabía que te sobrara el dinero como para andar tirándolo…
—No, pero reconoce que nos hemos divertido por el equivalente a cien euros…

Es cierto, nos habíamos divertido de lo lindo: a mí se me habían cubierto las manos de unas ampollitas muy graciosas por miedo al ántrax, los periódicos se habían burlado de lo lindo de mí, me había vuelto un paranoico… Caminamos en silencio, uno junto al otro, unos cuantos minutos más. No sé cómo, pero la idea disparatada de enviarle al falso Olaf Jensen el material y el dinero (concretando: la fotografía y el billete de cien euros) empezaba a seducirme, y a dibujarse en mi cabeza como algo plausible. Qué diantre, ¿por qué no? Al menos merecía la pena, aunque solo fuera para ver cómo reaccionaba el tipo cuando recibiera la pasta. ¿Qué podríamos hacer nosotros con cien euros? Humm, no tenía que pensarlo demasiado. Se podían hacer bastantes cosas con ese dinero, pero aun así…

—¿Y si me encuentro con un sobre que huele mal? A saber con qué sustancia piensa ese tío pintar mi retrato…
—Vale, pero las posibilidades no son muchas… —Ioana se echó a reír—. ¡Venga, mandémosle el dinero!

Bien, de acuerdo, ¿por qué no? Kogălniceanu, desde su pedestal, con un birrete de nieve en la coronilla, hinchaba el pecho mientras contemplaba el largo bulevar helado: ¿dónde andará metido Vodă Cuza? Cambiamos dinero donde el árabe al lado de la floristería. Ahora estábamos en posesión de cien euros casi nuevecitos, que me pasé rápidamente por la barbilla para convocar a la suerte y que, al punto, me introduje en el bolsillo.

Una vez en casa, nos pusimos a buscar una fotografía mía «reciente». Encontramos una que me hicieron tras el lanzamiento de uno de mis libros en la Feria: dos ojos negros bajo unas melenas algo despeinadas. Lo metimos todo en un sobre, la foto y el dinero, escribimos la dirección que venía en el remite del «sobre» del ántrax y, rebosantes de entusiasmo, salimos corriendo hasta la oficina de correos. Deslizamos la carta en el buzón amarillo de la entrada y luego nos volvimos a casa.

Ya no recuerdo lo que hicimos esas tres semanas. Nos preguntábamos de vez en cuando si le habría llegado el sobre al famoso pintor de bancos de Copenhague. Naturalmente, muchas veces nos arrepentimos de haberle enviado la pasta y nos preguntamos qué mosca nos habría picado. Pero solíamos tener tanto éxito en las fiestas cada vez que contábamos la historia «del ántrax» que rápidamente nos olvidábamos.

En fin, para qué voy a alargarlo más: una mañana, Ioana y yo nos dirigíamos a la oficina de Hacienda y cuando abrimos el buzón, debajo de una revista literaria que yo no había encargado nunca pero que recibía cada semana, puntualmente, allí estaba, ¡el esperado sobre de Dinamarca! Exaltados, nos metimos en el coche, y con gran ceremonia lo abrimos. Dentro no había más que un cuadradito de papel parecido a aquel post it azul de la primera vez, aunque este era blanco. Allí estaba el retrato prometido. Siendo sincero, no se daba un aire al aspecto que yo tenía en aquel momento, pero poco a poco empezó a parecérseme más y más. Aquí tienes, amado lector, el retrato en cuestión, con el que concluyo también yo mi relato:

Una respuesta a “Ántrax (Final)

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