DIÁLOGOS EN LA TAZA: “Miquita, la Villegas”

Fernando Morote

Micaela Villegas





Imagínate. Yo tenía 19 años y él más de 60. ¿Qué podía hacer? Me conoció cuando trabajaba en el corral de comedias; así le llamaban al lugar donde representábamos las obras de teatro. Nos decían cómicos, en términos despectivos, porque la profesión de actor era considerada inferior, sucia. Él era un gran aficionado a las tablas, así que iba a ver las funciones nocturnas y en una de esas veladas, durante los saludos en privado al grupo, nació el romance.

La cucufatería limeña nos acusaba de pecadores descarados, pero la mayor parte de nuestra historia, en realidad, es una fantasía que el viejo Ricardo Palma se encargó de difundir en sus Tradiciones. Ya sabes cómo son los escritores: todo lo inventan y, si no lo inventan, lo tergiversan. Su versión literaria de mi vida sólo sirvió para prodigarme fama y admiración internacional, porque he sido —y sigo siendo— objeto de inspiración para dramaturgos, músicos y directores de cine. Al público en general le encanta el chisme, se alimenta de las intimidades ajenas; se regodea esparciendo veneno, sembrando cizaña, contagiando insidia.

Las mujeres celosas me señalaban como a una perra libidinosa, sin escrúpulos, que trastornaba y desangraba al pobre anciano, valiéndome de mi juventud y de mi ímpetu carnal para manejarlo a mi antojo. Les carcomía las entrañas que una chica reñida con la nobleza recorriera la ciudad en carrozas de lujo, y exhibiera costosos regalos, mientras paseaba cogiendo del brazo al gobernante imperial. No se fijaban, por ejemplo, en el pícaro detalle de que las tapadas, esas misteriosas señoras, inquietantes e intrigantes, escondidas bajo una multitud de sayas y mantas, con apenas un ojo descubierto eran capaces de encender los más perversos instintos masculinos.

Fue la extendida cultura del callejón de un solo caño la que hizo de mí un personaje frívolo, una seductora adicta al escándalo, entregada a juergas y orgías. Si soy sincera, confieso que le batía bien las nalgas a mi amante español, aunque él también era un pájaro loco desatado, que no se cansaba de repetirme en la cama: “el placer humano más excelso, Miquita, es follar”; el bandido no discriminaba entre múltiples visitadoras de diferentes edades, clases, razas, formas y tamaños. Yo no destacaba por ser bonita, según los términos convencionales, pero en mi andar saleroso y mis gestos provocativos desbordaba lujuria. Para el vulgo, era simplemente la cholita que se comía al Virrey. En cada revolcón lo dejaba muerto, ésa fue mi manera de desquitarme, individualmente, por las penurias que sufrimos los peruanos debido a la Conquista.

Vengo de una familia numerosa. Poco antes de mi nacimiento, el hogar quedó devastado a causa del terremoto y posterior maremoto que azotaron la capital. Mis padres, entonces, perdieron su escaso patrimonio, por lo que desde pequeña tuve que salir a buscar los frejoles para traerlos a casa. Los cuentos de que Amat construyó palacios, mansiones y monumentos en mi honor son patrañas de gente ociosa. La Colonia no fue ninguna broma, no entiendo cómo puede haber hasta el día de hoy idiotas refiriéndose a ella como una época de alcurnia, abolengo y prosperidad. Es claro que el populacho, moviendo la lengua, no piensa.

Mi nombre de pila no suena en absoluto rimbombante; sin embargo, mi apodo es mi marca registrada: Perricholi pudo haber surgido de una mala pronunciación de una palabra catalana, o del raro acento que mi querido Manuel adquirió en el país, incluso de una huachafería que se mandó intentando hablar en francés. De cualquier modo, pese a que muchos lo atribuyen a un insulto lanzado en una discusión doméstica, se trató de una falla fonética que terminó inmortalizándome a nivel universal.

Siempre supe lo que quería y estaba decidida a conseguirlo. Mi tiempo de consorte extraoficial lo aproveché para crecer, madurar, aprender sobre negocios y convertirme en empresaria. Al partir mi amado de regreso a su tierra, tomé el toro por las astas. Compré propiedades e instalé un molino, incursioné en la industria de la harina y amasé una fortuna considerable.

De actriz salté a productora artística y de niña traviesa ascendí a dama de sociedad. En un plazo no muy largo gané el respeto de aquellos que en el pasado me denigraban. Les demostré con mis acciones que una hembra de mi calibre no necesitaba un hombre a su lado para lograr el éxito. Prueba de lo cual mi único hijo, el más preciado legado de mi aventura apasionada con el enviado del Rey, gracias a mi educación firme y dominante, fue uno de los firmantes del acta de Independencia del Perú.

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