Los Martínez

Mariano Margarit








Martínez era un hombre correcto. Trabajaba nueve horas por día en un trabajo cercano a su casa, tenía una familia tipo, nunca debía una expensa y había contratado el pack premium de televisión por cable con promoción por un año. Había estudiado Administración de Empresas y se había recibido con un digno siete. No era una persona religiosa, sin embargo, algún domingo, solía acompañar a su mujer a misa, y en ocasiones, por una inercia infantil, rezaba un Gloria antes de dormir.


Como todo hombre de bien, tenía algunos rituales inevitables que le regalaban cierta previsibilidad al universo. Se levantaba siempre con el pie derecho, hacía algunos estira­mientos antes de desayunar, se bañaba con agua tibia, y camino al trabajo cambiaba algunas palabras con su vecina Olga, del 1º A. La anciana vivía en el departamento pegado al palier, y siempre paseaba su perro a la misma hora que Martínez salía. Olga era una especie de auriga del consorcio, portadora de buenas noticias y tragedias públicas.

–¿Vio que se casó Miriam, del 5to B? ¡Hoy parece que graniza, Martínez! ¡Qué caradura, lo que dijo la yegua esa! Parece que la otra cuadra la hacen peatonal, ¿vio? ¡La soreta del 6to A sigue sacando basura a cualquier hora! ¡Le voy a llevar un poco de torta que sobró del cumpleaños de mi nieto, exquisita, Martínez! ¿Vio la maravilla que nos pusieron ahí en frente?

Así, Olga inventaba un nuevo copete cada mañana. Martínez no solía extenderse mucho en estas conversaciones, en especial cuando llegaba tarde a su trabajo en la Asegura­dora Mercantil de Buenos Aires.

Las oficinas estaban a solo siete cuadras de su casa. Trabajaba en un edificio ochentoso ubicado en Corrientes y Montevideo. Martínez salía de su edificio, llegaba a la esquina y caminaba por San José hasta que se vuelve Paraná. Pisaba Corrientes, y a la izquierda. El camino también formaba parte de su ritual. En ocasiones, cruzaba un tibio saludo con algún comerciante. Y cuando el tránsito lo permitía, se paraba a mitad de Avenida de Mayo y buscaba a su izquierda quienes eran los zurdos de turno que se manifestaban en la Plaza del Congreso.

Aquella mañana, como si intuyera que algo iba a ocurrir, dobló una cuadra antes, en Sarmiento. Luego de esquivar un insistente vendedor ambulante de medias, se detuvo frente al teatro San Martín.

«Tendría que venir a ver alguna obra», pensó. «Son baratas, dicen».

–Cien pesos los tres pares, señor.
–No, gracias, pibe.

Martínez siempre agradecía a los vendedores ambulantes. Había algo noble en la gente que ofrecía trabajo en vez de pedir limosna como los vagos de mierda de la Plaza del Congreso.

–Son de puro algodón, ameo.
–No, gracias, pibe.
–Pa’ llevar una moneda a casa, jefe
–Gracias, no. Te agradezco mucho.

El morocho apuntó a otro transeúnte. Martínez miró su reloj. Llegaba a horario.

«Me gustan estos que trabajan y no piden», pensó.

La jornada fue tranquila. Las primas se mantuvieron en su valor, Ordoñez había conse­guido el cliente de Puerto Madero al que venían pescando hace meses, y La Metropolitana S.A. había cagado a puteadas a Federici por el ajuste que le hicieron a su cuota, por la devaluación.

–¡Que se cague, Federici! Si no le gusta que se vaya a la puta que lo parió –fue lo má­ximo que le dedicó Martínez.

Cuando se hicieron las seis de la tarde, Ordoñez lo encaró.

–Martínez, ¿venís al picadito?
–No, hoy no. Viene mi suegra a cenar. Me tomo un cafecito en lo del Gringo y me rajo.
–Te cagaste por la goleada pasada, ¡Siete a dos, papa!
–¡Andate a la puta que te parió, Ordoñez!
–¡Siete a dos, papa! –se sumó Federici desde el fondo, mientras movía sus brazos al costado de sus caderas, cogiéndose al aire.

Martínez sonrió y apagó la computadora.

–Bajo con ustedes, igual.

No llegó a la puerta del ascensor cuando lo distrajo Victoria, de contaduría, para pre­guntarle por los recibos de la concesionaria Arsenal S.R.L.

–Vayan, chicos– dijo con fastidio.

Odiaba quedarse después de hora.

– ¡Cagón! ¡Siete a dos cag… –La puerta del ascensor censuró la burla.

Si Martínez hubiera tenido una mínima intuición de la tragedia hubiera bajado con Ordoñez y Federici. Los hubiera abrazado, hubiera ido a jugar con ellos. Es más, se hubiera dejado ganar siete a cero sólo para poder ver sus caras de alegría. Pero lo inte­rrumpió Victoria. Si hubiera sabido…

Se la hubiera cogido a Victoria.



Minutos más tarde, Martínez salía del edificio agitado. Había bajado los seis pisos por escalera simulando un ejercicio. Ni bien puso un pie en Corrientes, miró al cielo. El otoño llegaba a su clímax. La oscuridad era casi inmediata. En diagonal, a metros de la esquina opuesta, lo esperaba el bar de su liturgia cotidiana: “El Corte Milagroso”.

El lugar era una mezcla de pizzería y café, sin llegar a ser bien ninguno de los dos, más allá de lo que su nombre mintiera. Parecía estar sostenido en el tiempo. Había sido testigo de las bombas en la Plaza de Mayo, del glorioso 78, de los zurdos que algo habían hecho, de la híper, del Turco, del helicóptero y de los K. Su aspecto era algo gris, y en cualquier momento Olmedo o Minguito podían salir del baño y pedirse un cortado o una fugazza. Martínez nunca había probado la pizza. Se limitaba a tomar un café con tres medialunas gigantes. Ese día no fue la excepción.

–¡Gringo!
–¡Martínez!

El saludo era el mismo hace años. Entraba gritando el nombre del mesero y luego caminaba a su silla, pateando algún diálogo.

–¡Poca gente hoy, Gringo!, ¿no?
–Qué va a ser…

El lugar estaba extrañamente vacío. En el fondo, un hombre que sin duda era un bu­rrero, se acodaba en la barra con la mirada perdida en la televisión colgante. El noticiero alternaba entre el abuso sexual del día y un empresario acusado de corrupción que recuperaba su libertad. Imágenes en vivo de ambos casos.

Martínez se sentaba siempre de espaldas al televisor y a la vidriera. No quería que nada distrajera su calma.

El Gringo llegó a su mesa haciendo volar su bandeja con una habilidad de malabarista.

–Acá tenés, Martínez: dos de grasa y una de manteca.
–¿El diario, Gringo?

El mozo hizo su gracia habitual y lo sacó de su cintura:

–Acá tenés tu porquería.

Ambos rieron casi por costumbre.

Martínez abrió el periódico. Leía La Nación y extrañaba la época en que su inapropiado tamaño lo obligaba a hacer todo tipo de movimientos para sostenerlo con dignidad mientras endulzaba su café con leche. Ahora la modernidad había torcido las formas, adaptando sus hojas a la comodidad de las meriendas.

–¡Acá la tenés a tu jefa, Gringo! –señaló el titular que gritaba en letras negras.

«Pedido de prisión para la ex presidenta».

–No me hagás hablar, Martínez, no me hagas hablar.

La tradición regaló otra risa.

A Martínez le encantaba hacerle chistes políticos al Gringo. Sabía que el morocho era peronista, y él se jactaba de tener amigos de todo tipo.

–Son todos la misma mierda –sentenciaba Martínez cuando el Gringo proponía algún argumento que pusiera en jaque sus medialunas de manteca–. Son todos chorros, Gringo. ¡Todos!

Había cierta satisfacción en esa conglomera­ción de delincuentes.

Sin embargo, a Martínez le agradaba decir que él tenía un amigo peronista.

Con una lentitud planeada mojó su medialuna en el café. Sintió la adrenalina de verla bailar en el aire, sin saber si se desarmaría y transformaría su café en un puchero de migas. Tuvo éxito.

Pasada la media hora, la taza ya estaba vacía. Y las pocas páginas del periódico que tenía por delante solo le ofrecían deportes y farándula.

–¡Gringo!

Alzó su mano y la agitó en el aire. El Gringo se acercó de inmediato.

–Ciento veinte.

Martínez abrió su billetera. Vio los doscientos pesos doblados en el fondo del cuero. Dudó unos instantes.

–Cobrame de acá, Gringo. Disculpame, pero el chino no me la acepta después –se ex­cusó estirando la Visa de crédito.
–Ay, ay, ay… –cantó el Gringo con un fastidio algo forzado.

Martínez aprovechó los minutos y revisó su celular. Luego de unos instantes en una red social, envió un mensaje a su mujer.

«Gorda, llego en quince. Paso por el chino a comprar papel higiénico».

–Saldo insuficiente, Martínez. –El Gringo estaba a su lado con la tarjeta y los compro­bantes en la mano.
–¿Cómo? –se sorprendió.

«Dale amor, te espero en casa, traé un vino», respondía el celular.

–Disculpá, Gringo, tomá esta otra. –Estiró su MasterCard.

El Gringo caminó hacia el mostrador.

–¡Pará, pará, pará! –lo llamó Martínez–. Vení, vení.

El Gringo fue.

–Tomá. –Estiró los doscientos pesos–. Ahí están las cuotas del viaje del nene –dijo señalando la MasterCard.
–Ah.
–Está explotada.
–Mira vos… –El Gringo tomó el dinero y le devolvió la tarjeta.
–No sabés lo que salen ahora –aumentaba su volumen de voz mientras el Gringo cami­naba unos diez metros hacia la caja.
–Ni idea
–¡Una fortuna, Gringo, una fortuna!
–¡Me imagino!

Se comunicaban casi a los gritos

–¡En mi época te ibas a Bariloche, hotel, boliche y listo…! ¡¡Ahora que pin, que pan, que una cosita de acá, una cosita de allá, que el bailecito…!! ¡¡Te cogen, Gringo!!
–¡¡Que locura!! –gritaba desde el fondo el Gringo.
–¡Cien lucas!
– …
–No lo podés creer… pero qué vas a hacer… van todos los compañeritos –justificaba Martínez mientras el Gringo se acercaba y ambos recuperaban su volumen–. Por esa guita por lo menos que te chupen la pija al llegar.

La costumbre los hizo reír.
–Ochenta tu vuelto.
–Gracias, Gringo.

Martínez miró los billetes. Uno de cincuenta, uno de veinte y uno de diez. Dudó unos instantes. Se desprendió del último.

Miró la hora en su teléfono. Se levantó de un salto. Dobló el diario. Releyó el titular con cierta satisfacción y se puso en movimiento.

–Hasta mañana, Gringo.
–Chau, Martínez. ¡Cuidate!
–¿Me estás amenazando?

Era la vez ciento treinta que Martínez hacía ese chiste. El Gringo sonrió de espaldas.

Cuando salió a la calle el viento le golpeó en el pecho. Se cerró el saco y dobló sus solapas.

–La puta, que frío – dijo para sí.

Miró a ambos lados de la calle. Corrientes estaba desolada, gris. No le dio importancia.

Guardó el celular en el bolsillo del pantalón y caminó hacia el sur por Montevideo. La cuadra estaba más oscura que de costumbre. Tres faroles estaban rotos. Dos parecían tener los focos quemados, pero uno había sido claramente destrozado a pedradas.

«Mañana llamo a Horacio para que lo arreglen», pensó.

Horacio era el Jefe de Gobierno. Martínez solía hacer decenas de reclamos al año en el sitio web del Gobierno de la Ciudad. Algunos le habían sido respondidos con gran celeridad. Amaba esta vía de comunicación. Casi lo excitaba. Aunque sus quejas habían sido inexorablemente atendidas por un eficientísimo algoritmo, a Martínez le gustaba decir que iba a llamar a Horacio.

–Ameo, unas monedas…

La voz le resultó conocida. De una puerta oscura, bajo el farol quemado, salió un pobre diablo. Martínez forzó su vista y creyó reconocer al vendedor de medias, pero la oscuridad no le permitió el juicio exacto.

–Uno’ peso’ pa’ la familia, ameo –insistió el joven.
–No, gracias. No tengo.

¿Era él? No lo sabía. No recordaba que oliera tan mal por la mañana. Aparte, el otro, el honesto, tenía todos su dientes. A este otro negro se le podían ver varios agujeros en su boca.

–Ameeeo, deeele, no ortive, eeeh –dijo con voz jadeante.
–No, te agradezco, disculpá–. Decidió ignorarlo.

Aceleró el paso, pero podía sentir al pordiosero que lo seguía detrás. Lo invadió cierta preocupación que amalgamó con su prisa. En un momento volteó para ver a qué distancia estaba el tipo. En el espiral chocó con un pesado cartel de alquiler que colgaba de una enorme mercería donde siempre compraba su mujer.

«¿Cerro Corpilandia?», se preguntó en el apuro.

–Jefe, una ayudita por el amor de Dios… –La voz le vibró en la rodilla.

Debajo de la saliente de un toldo oxidado, un gordo sin las dos piernas y con cara pun­tiaguda estiraba su mano sucia. Martínez lo esquivó como quien salta un charco.

–Perdón –dijo en voz baja.
–¡Por el amor de Dios! –gritaba el gordo con su voz ronca, filtrando en su aliento su ateísmo.

Martínez volteó y forzó una sonrisa. En la distracción, el desdentado se le había acercado y ya se parecía mucho más a una amenaza. Con cierta ilusión, pensó que aquel lisiado actuaría de muro de contención, pero increíblemente, como un Gregorio Samsa en plena metamorfosis, el gordo se alzó en sus dos manos y con sus muñones proyectados hacia adelante comenzó a seguirlo con una habilidad de payaso.

–Ameeoo…
–Una monedaaa…
–No, gracias, perdón –balbuceó Martínez palpando su bolsillo para ver si su billetera y su celular aún estaban ahí.

Caminó unos treinta metros seguido por el ruido de los dos animales. La calle oscu­recía metro a metro a medida que llegaba al farol roto.

–¿Una moneda para mi nene? –aulló una piba de unos diecisiete años desde la vereda de en frente. Sucia y despeinada, tenía media teta al aire y le colgaba un bebé que le mordía el pezón vacío–. Una moneda para mi nene, señor.

Martínez se aterró de aquella figura biforme más que las alimañas que lo seguían. De un impulso instintivo se pegó a la pared. No sintió el frio del ladrillo sino una especie de gelatina carnosa, tibia. Se hundió en la panza de una anciana casi pelada. El olor de esa mujer le perforó los ojos.

–¿No tiene una ayuda m’hijo? –le susurró la vieja apestada al oído.

Martínez saltó a la calle sin siquiera mirar si venía un automóvil. El destino quiso que estuviera desierta. Su caminar se transformó en un trote disimulado.

–No abuela, disculpe.
–¡Ameo! –gritó el desdentado.
–¡Jefe! –reclamaba el escarabajo.
–Papi, ¿te la chupo? –se sumó una nueva voz en la vereda opuesta. ¿O era la piba? Solo pudo distinguir que era la voz de una mujer.

Llegó a la esquina. La oscuridad se volvió una niebla.

–Papi ¿te la chupo? –la voz era ahora de un hombre.

Un viejo puto de unos sesenta años, vestido sin mucho esfuerzo de mujer, salía del interior de una vidriera rota, dónde Martínez juró que ayer mismo había comprado el compás para el colegio de su hijo.

Su trote tomó coraje. Detrás, lo seguía una horda renga, transpirada, vieja, oliente, puta. Una colmena sombría le pisaba los talones.

Giró sobre Sarmiento planeando un escape hacia el este. La calle estaba desierta. Sola­mente dos negocios tenían luz en su interior. Todo el resto estaba cerrado, vacío, abandonado.

«¿A la mañana no estaba todo abierto?», se preguntó.

A mitad de cuadra creyó ver dos villeros cogiendo en el capó de un auto. Otra vez la oscuridad le nubló el juicio.

–Eh, vieja, algo pa’ lo pibe… –Un tuerto, con dos dientes más que el primero, le gritaba desde una fogata improvisada en un tacho de basura. Lo rodeaban otros tres mugrosos más.

«Estos son jóvenes…», temió Martínez.

El asco se volvió miedo.

Corrió.

Escuchó detrás suyo el murmullo inmundo que lo perseguía. No había hecho más de cincuenta metros que se encontró esquivando un auto prendido fuego. Incontables seres comenzaron a salir de la oscuridad de las paredes, de los rincones de las esquinas, de las profundidades de las alcantarillas. Más pestilentes cuerpos harapientos le pedían plata, plata, plata. Al llegar a la otra esquina, la visión de la calle Perón lo petrificó. Una masa informe se movía de vereda a vereda, en una oscuridad que ya parecía un apagón general. Delante suyo, unas sombras parecieron crecer del asfalto y se interpusieron en su camino. No lo dudó. Con una valentía desconocida, desató una afrenta bélica. Chocó con ancianos, mujeres, niños. Sintió que la mano de Gregorio Samsa, con sus uñas ennegrecidas, le rasgaba los pantalones ¿Cómo podía ese escarabajo de mierda correr tan rápido con las dos manos? Sabía que los mendigos desarrollaban capacidades especiales, pero que esa pendeja puta pudiera desplazarse tan rápido sin que su bebé dejara de morderle el pezón le parecía un prodigio.

Cruzó Avenida de Mayo con la velocidad de un dibujo animado. El olor nauseabundo le cortó la garganta. De reojo notó las carpas, las villas, el humo saliendo de lo que alguna vez fue el parquizado de la Plaza del Congreso.

No supo cómo, pero en menos dos minutos se encontraba doblando la esquina de su departamento. Como una caricia del destino, el camino hasta su palier estaba completa­mente despejado. Detrás de él, la jauría viciosa le seguía el paso con una violencia intestina.

–¡Ameo!
–¡Jefe!
–¡Te chupo la pija!
–¡Eh, vó!

Martínez estiró unos últimos cachetazos desprolijos a su espalada, como espantando un enjambre de moscas. Su mano golpeó una humedad que nunca supo si fue un ojo o una encía. La arcada llegó a sus amígdalas.

Faltando unos metros para su palier, buscó desesperado las llaves en su bolsillo. De inmediato, reparó en la torpeza de ese acto. Su pulso nervioso no retuvo las llaves, y cayeron al suelo. El temor le nubló el juicio. Estiró una trompada a sus espaladas. Golpeó algo. Sintió una mano en su ingle. Sus nudillos chocaron un cuello. Se perdió en los empujones.

Dio por perdidas las llaves.

Resistiendo, se enderezó y con una última fuerza se libró de ese hormiguero despreciable. En tres zancadas gigantes llegó al palier.

–¡¡¡¡Laura!!!! –gritó desesperado.

La respuesta nunca llegó.

La resignación golpeó su pecho, sintió que todo se había acabado.

Como una última esperanza, creyó ver alguien, entre la marea de criminales, con sus llaves en alto. Lo entusiasmó un posible un rescate.

–¡Martínez! –La voz crecía desde el medio de la horda.

El rugido de los gemidos no le permitió reconocerla. La oscuridad, otra vez, jugó en su contra.

–¡Martínez! –escuchó con claridad.

Fue cierta risa lo que le dio el indicio. La imagen confirmó la esperanza al mismo tiempo que la fusiló: sucio, despeinado y con tres dientes menos, alguien que se parecía mucho al Gringo trataba de abrirse paso entre las bestias.

–¡Martínez! ¡Martínez! ¿Unas monedas, Martínez? –dijo alzando las llaves junto a un billete de diez arrugado.

El cielo se desplomó sobre sus hombros. Se pegó desesperado a vidrio del palier. El gentío roñoso hizo un semicírculo frente a él, cerrando todo escape. Presintió el inevitable final. En un acto de arrojo desmesurado, dio dos pasos adelante y gritó unas vocales confusas, queriendo dominar al león pestífero. La masa no se inmutó. Inmóvil, sintió las manos que alcanzaron su cuerpo, que se mentían entre su ropa. El sudor de una palma recorrió su nuca. Percibió la saliva que mordía su brazo.

Tuvo un último acto de lucidez. Sacó su billetera. La alzó, como quien tienta a un perro con un pedazo de pan. Se detuvo de inmediato. Increíblemente, aún envuelto en tal desesperación, tuvo un acierto cuidado: trasformando esta vez a la oscuridad en su cómplice, abrió la billetera y arrojó todas sus tarjetas dentro de su ropa interior. Volvió a alzar su mano y la sacudió en el aire.

–¡¡Eh!! ¡¡Eh!! ¡Miren, miren! ¡Eh! ¡Acá! ¡Acá!.

Se ayudó con la otra mano y abrió la billetera. Los setenta pesos asomaron entre las paredes de cuero. Con la misma furia de David contra Goliat, arrojó la billetera hacia el centro del océano de andrajos. Esperó un torbellino girando tras el señuelo, una pelea de hienas despedazando la billetera, una manada gruñendo y arrancándose los ojos.

Nada de eso ocurrió.

Solo una pausa.

Creyó ver la cabeza del Gringo agacharse y recogerla.

Las miradas de todos esos miserables se clavaron en su cuello. Se vio desmembrado por esa horda villera, por esa caterva de olores.

Con la fuerza del héroe frente al injusto patíbulo, el grito le abrió la garganta:

-¡¡¡NEGROS DE MIERRRRDA!!!

Un silencio general coordinó a las fieras. Una pausa providencial.

Martínez recorrió las miradas inyectadas. Cuando toda esperanza de sobrevivir se había esfumado, escuchó salir del 1º A el sonido débil de una televisión prendida. El temor no le permitió asimilar el discurso entero, pero aun así, la voz calma de Wiñasky, su periodista preferido, le dejó entender ciertas palabras.

–Comodoro Py, corrupción, K, presidenta, vergüenza, pobreza, increíble, corrup­ción, de película, K.



Un rayo amarillo, un flash liberador le golpeó la frente. Su mente se iluminó con el peso de una epifanía. El periodista le devolvió a su canal, el canal a la tele, la tele al departamento 1º A, el 1º A a su vecina Olga, su vecina Olga a la frase de aquella mañana.

–¿Vio la maravilla que nos pusieron ahí en frente?

Se paró en puntas de pie. Detrás de esa marea de medusas negras encontró el novedoso recolector de basura inteligente. Abrió un poco la cintura de su pantalón, y entre la MasterCard, la Visa y sus huevos, encontró la tarjeta magnética que le habían entregado el día anterior.

Con el mismo instinto de la gacela frente al tigre, inventó un escape imposible. En un segundo su mente dibujó el trayecto. La escalera humana se le proyectó con una perfec­ción áurea. Pisó el muñón de Gregorio Samsa, se impulsó sobre la cabeza de un mocoso que no había llegado a ver, la tercer pisada cayó entre la cabeza del bebé y la teta de la putita, separándolos en un último acto de justicia, luego saltó al hombro del primer desdentado o vendedor de medias y, por último, con un esfuerzo olímpico, se empujó en la coronilla del supuesto Gringo. La vuelta en el aire tuvo una belleza marcial. Calló de pie sobre el salvavidas tecnológico. Los simios siguieron el recorrido con una fascinación circense.

No llegó a escucharse el primer ameo que Martínez ya estaba apoyando su tarjeta en el lector magnético. El precioso ruido hidráulico de la tapa abriéndose le devolvió el futuro. Con la misma agilidad fugitiva, se lanzó dentro del recolector. La puerta se cerró con una rapidez carcelaria. Apenas llegó a escuchar las voces que se acercaban nuevamente a acecharlo.



Su cuerpo se desplomó sobre los cartones y papeles que los vecinos ecologistas habían desechado. Si bien se había golpeado el hombro en la caída, el mullido general de los desechos secos le resultó bastante confortable. Lo único que le incomodaba era que, a causa del último giro en el aire, la MasterCard había cambiado de polo y ahora la tenía clavada en medio del culo. Pronto se acostumbró a la sensación y la olvidó.

Las voces amenazantes se fueron poco a poco apagando. No pudo confirmar si habían abandonado su cacería, abatidas por la derrota, o simplemente ese novedoso artefacto las había enmudecido. Sus latidos y su respiración volvieron lentamente a recobrar el pulso.

El cubículo era oscuro, pero la pequeña luz del lector magnético dejaba ver el conte­nido con cierta facilidad. Martínez relojeó un poco a su alrededor. En su mayoría eran cartones y papeles anónimos. Tuvo algo de frio. Apoyó su cabeza en una almohada improvisada con una caja de alfajores. Una molesta briza se filtraba por algún lado. Estiró su pie en búsqueda de algún cartón grande para taparse. Su tobillo tocó la horrible humedad de una bolsa repleta de cáscaras de fruta y yerba mojada.

–La soreta del 6º A, seguro… ¡Que tipa, loco! –masculló con fastidio–. Mañana llamo a Horacio y la denuncio.

Metió su mano debajo de sus costillas para buscar algún abrigo. Sin mucho esfuerzo, encontró un ejemplar de La Nación de semanas atrás, edición dominical. Lo abrió. Las hojas se le figuraron como la mejor frazada. Por primera vez ese grotesco tamaño cumplía una función útil.

Doblándose todo lo que el espacio le permitía, se cubrió los pies y las rodillas, la cadera y el pecho. La tapa del diario encontró su destino cubriéndole el rostro. En un último esfuerzo, leyó el titular.

«La ex presidenta a un paso de ir a prisión».

Se tapó hasta la frente. Sintió el calor de las hojas que lo abrigaban lentamente.

Tras un Gloria, durmió como un bebé.

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