Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La crisis del Chapulín”

Ítalo Costa Gómez







En el Perú seguimos confinados tratando de no volvernos locos y de pelear con los recursos que tengamos para subsistir al COVID-19. Para ser más grandes que la enfermedad. Siguen aflorando los cuerdos en el medio de este reto. Van aflorando esos pequeños terremotitos que te marcan para siempre.

Por ejemplo, recuerdo que cuando era pequeño me encantaba jugar solo (y menos mal porque no me quedaba de otra tampoco). Fui hijo único casi toda mi infancia y adolescencia (luego mi papá me dio tres medios hermanos a los que amo mucho a pesar que no nos frecuentamos como quisiéramos). Para mí era natural sentarme a soñar, a leer cuentos –me podía pasar tardes enteras leyendo y releyendo un mismo cuento– y dibujando. Jugaba a la radio o al programa de televisión y el público eran los muñecos de felpa que tenía por montones y era más feliz que Homero Simpson en el bar de Moe.
De cuando en cuando tenía que ceder a las citas de juego que mi mamá me hacía porque creo que se sentía un poco culpable porque ella no quiso más niños (carajo, después de tenerme a mí la entiendo perfectamente) y entonces buscaba vecinitos que tuvieran más o menos mi edad para que “aprenda a compartir mi tiempo y mis juguetes”. Hasta que un día funesto la cita fue con el Chapulín Colorado-Malhumorado y nadie pudo defenderme.

Cuenta la historia que al frente del edificio donde vivía (a los ocho años) había una de las pocas casas antiguas que quedaban aún sin vender y en ella vivía un niño que tenía alrededor de 15 años y padecía un leve retardo. El muchachito tenía la mentalidad y pureza de un pequeño. Gracias a esa condición especial él pasaba tiempo conmigo feliz.

Me llevaban a jugar con él y era súper grande físicamente y mucho más fuerte que yo. A veces a mí me daba miedo porque era súper bueno y tenía un corazón de oro, pero era tosco. No sabía medir su fuerza y yo era muy menudito entonces cuando él se enojaba por algún motivo yo me ponía muy nervioso.

Una de esas tardes llegué a la casa con un juego de trenes para armar y él venía de una fiestita y estaba disfrazado de Chapulín Colorado con todo y el chipote chillón.

-¿Quieres armar trenes? Tienen pista y todo para que avancen. ¡Te los presto! Hay que armarlos juntos. – Le ofrecí tratando de pasarla bien.

Él estaba eufórico con su papel del Chapulín y repetía las frases que tan genialmente había creado Roberto Gómez Bolaños y no me hacía caso. Me senté en el piso y empecé a armar solito el juego.

No sé en qué momento su mamá salió y nos dejó encerrados con llave (que era lo que ella solía hacer con su hijo siempre que salía) y cuando mi amiguito notó que ella no estaba se puso a gritar a viva voz desesperado. Empezó a golpear las ventanas con el mazo de juguete.

Yo entré en una chiripolca nerviosa que no se pueden imaginar. Fui corriendo al teléfono y llamé a mi mamá llorando. La pobre ha llegado a la puerta de la vecina en diez segundos pero nada podía hacer porque estaba todo cerrado y el niño dentro rompía los adornos, estaba en una tremenda crisis pero a mí no me tocaba ni un pelo.

Mi mamá fue a llamar a un policía. En ese breve ínterin la mamá del “Chapulín” llegó. Mi viejita la quería asesinar con sus propias manos pero yo me lancé a sus brazos y solo le pedía que me sacara de ahí y que nunca más quería volver.

Mi mamá me llevó casi en brazos hasta la casa. Recuerdo el momento tan claramente. La pista vacía, la pared verde frontal del edificio y yo llorando.

Nunca más me hicieron una cita de juegos y tampoco volví a ver al niño de esta historia hasta días antes que me mudara. Recuerdo que crucé a su casa sin permiso a despedirme de él. Me miró con cariño. Nunca voy a olvidar a ese angelito. Él no tuvo la culpa y no quería asustarme. Solo tuvo un episodio y, mal que bien, me hizo un favor. Me ayudó a no tener que soplarme ir a la casa de niños a jugar que además eran apretados y tenían el corazón mucho más pequeño que el de él y a los que no me provocaba ver y con los que nunca jugué… en ninguna cancha. Jamás. Que estén seguros y estén sanos, mis queridos compañeros y amigos.

¡Síganme los buenos, pequeños ferrocarrileros!

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