DIÁLOGOS EN LA TAZA: “La rosa más hermosa”

Fernando Morote

Santa Rosa de Lima

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Mi padre quería que me casara y tuviera hijos. Yo, en cambio, me afeaba la cara con pimienta y otras especias, aparte de cortarme el pelo como hombre, para desanimar a los chicos. No me interesaban las trivialidades de la belleza física ni me atraía la vanidad de la apariencia exterior. Dejaba esas tonterías románticas para las niñas del montón. Me daba cuenta de que mis características personales no apuntaban a una existencia corriente. Eso me desconcertaba algo, pero al mismo tiempo sentía que había nacido con un sino especial, con un propósito elevado.

Mi sueño era consagrarme al ascetismo. Ante la negativa de papá y mamá, que objetaron de manera violenta mi intención de hacer un voto perpetuo de virginidad, decidí unirme como laica en la orden de las dominicas. Voluntariamente adopté la rutina de una monja de claustro. Viví como reclusa en mi dormitorio, abandonándolo sólo para ir a rezar en una iglesia. Esa privacidad me concedió el privilegio de ayunar, orar, comulgar y flagelarme en secreto. Me conformaba con dormir 2 horas diarias. Así me conduje desde los 20 años hasta la fecha en que morí de tuberculosis a los 31.

La penitencia dolorosa fue mi vía de liberación. Empecé renunciando a comer carne para amainar las tentaciones del cuerpo. Trabajé sin descanso tejiendo mantas y cultivando plantas que luego llevaba a vender al mercado para ayudar a mi familia. Al experimentar en mis entrañas el ardor de la pasión de Jesús, quemé mis manos deliberadamente en señal de sacrificio, y cuando me percaté de que debía ser avezada en el campo espiritual elegí llevar una pesada corona de plata con púas que perforaban mi frente del mismo modo que las espinas martirizaron a nuestro Señor.

Muchos se burlaron de mi piedad, me veían como un ser extraño, un espécimen de otro planeta. Es una lástima que no haya fotos de mí. Soy tan antigua que sólo pueden reproducir mi imagen en pinturas, estampitas y medallas. Nadie me conoce por mi verdadero nombre. El sirviente de casa, sin querer, me bautizó para la eternidad después de compararme con una preciosa flor del jardín.

Agradezco de corazón la devoción que me profesan, pero honestamente preferiría que, en lugar de celebrarme con procesiones, banderas y bandas de música, o suplicarme que les cumpla deseos y milagros, mediante cartas que arrojan cada 30 de agosto al pozo del convento de Santo Domingo en la Avenida Tacna, siguieran mi ejemplo de cuidado y dedicación a los más necesitados.

De poco sirve haber sido la primera católica en ser declarada santa en las Américas, beatificada y canonizada para beneplácito de los fieles, si los que dicen admirarme y adorarme con todas sus fuerzas siguen actuando como bestias deshumanizadas, arrancándose la comida de la boca unos a otros.

Tampoco resulta de gran mérito que innumerables ciudades, pueblos y villas alrededor del mundo lleven mi nombre para honrar mi memoria, si las autoridades y los habitantes de esos lugares no atienden decentemente a los desvalidos y desamparados de sus comunidades.

La santidad no es una vida de perfección. Ésa es una idea fuera de la realidad. La gente suele alimentarse de mitos y leyendas. ¿Qué importancia tiene que el día de mi fallecimiento la capital del Perú, entonces sede del Virreynato español, fuera inundada por la fragancia que despedía mi alma inmaculada? ¿O que mi intercesión haya ayudado a sanar a un leproso de sus espantosas heridas? La vida de santidad es un camino forjado a base de errores, pero también de perseverancia por alcanzar los principios y valores que permiten servir al prójimo como a un hermano.

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