Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “El flaquito de allá”

Ítalo Costa Gómez

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Tengo una relación tan compleja con mi viejo. En realidad, no tenemos relación alguna por el bienestar de los dos. Me da penita que no esté en mi vida de manera presente, física… pero no es su culpa, él que mantiene la distancia es su servidor. Él y yo no nos vemos hace casi quince años.

Como lo he contado en alguna historia en estos años papá y yo compartimos muchos amigos y colegas ya que ambos trabajamos en medios de comunicación entonces siempre nos hablan al uno del otro y – según sé – él reacciona igual a cómo lo hago yo cuando me sacan el tema. Con una sonrisa y silencio. No opinamos. Al menos en eso estamos de acuerdo.

Sin embargo, no siempre fue así. Yo fui un hijo muy buscado y toda mi familia me habla de la profunda devoción que sentía mi papá por mí desde que nací y así lo recuerdo. Tenemos historias lindas que seguro les voy a ir contando. Como cuando me enteré que me “presumió” sin sospechar que me iba a enterar.

Cuenta la historia que se celebraba el Festidanzas en mi colegio. Un festival donde los estudiantes de cada grado presentaban números de canto o baile. Yo estaba en primero de secundaria y me habían seleccionado para ofrecer un número de festejo.

Uy no, no podía con mi existencia. Era un Ballumbrosio. Yo me sentía bailarín de Eva Ayllón. Los chinchanos eran pecho frío si los comparabas conmigo. Puta madre, me quitaba los zapatos y yo mismo era. Sabía que los dejaba huevones a todos porque nadie quería bailar en el Festidanzas, todos evitaban eso, pero el gen del arte y del vedetismo frustrado ya estaba incontenible en mi ser desde esas épocas.

Mi papá nunca iba a las presentaciones porque estaba ocupado, verdaderamente ocupado. Además, el programa de televisión que producía (“Taxi”) se emitía los fines de semana, entonces peor. Pero siempre se encargaba de que alguien del canal fuera a grabar el espectáculo donde yo salía a bailar. Era su forma de estar presente y ese show no fue la excepción.

Pasaron los años y entré a trabajar en teatro y me iban a entrevistar en CPN Radio para promocionar una obra. Bueno, me senté en la cabina y vi a un señor que se sorprendió mucho cuando la locutora dijo mi nombre al presentarme.

Al toque pensé: “este brother manya a mi viejo, ahorita me pregunta por él, qué huevada”. Yo miraba para otro lado, me hacía el sueco tratando de evadir el momento.

Cuando la entrevista terminó el señor se me acercó.

– Muy buena entrevista, muchacho. Se te escuchaba canchero, relajado. Casi panudo, tienes que cuidar eso. – Me dijo con buena voluntad.
– Muchas gracias, tienes razón. Voy a ponerle ojo al tema.
– Tú eres hijo de…
– Sí, si soy. – interrumpí
– No te quiero perturbar, de ningún modo. Yo he trabajado con tu papá muchos años y solo te quería comentar que una vez fui a visitarlo, no hace tanto tiempo, y entre trago y trago me habló con mucho amor de sus hijos (mis medios hermanos) y cuando habló de ti pues me sacó un vídeo donde apareces bailando festejo en primero de secundaria. Cague de risa. Bien orgulloso estaba. Me decía “mi hijo es el flaquito de allá”.

Me dejó frío. No le contesté nada, como hacía siempre, solo sonreía. Trataba de ser cordial pero distante al mismo tiempo. La verdad era que estaba desconcertado. Me despedí de él con cariño y me fui de la radio.

Mi papá me presumía y nosotros no teníamos una bonita relación entonces yo no entendía. En ese momento era confuso para mí. Ahora ya puedo entender todo. Nosotros nos amamos, pero somos personas muy diferentes y, a veces, cuando amas a alguien y tu presencia lo daña (vivíamos de pleito, estar juntos era herirnos) pues es mejor estar lejos. Eso no significa que haya menos amor o menos orgullo. Solo tomamos distancia para no lastimarnos. Me sentí muy bien de que mi gordo se haya abrazado a esa época de nuestra vida donde él era mi héroe y todo era – digamos así – armonía.

Y así fue pues queridos cómo me enteré que mi viejo se quedó en el corazón con la versión del hijo que él quería guardar (en el cole bailando música negra) y que lo enorgullecía y me alegró tremendamente.

Yo estoy orgulloso de él también pero dejemos los detalles para un próximo relato, ¿les parece?

Saca tu machete, Cipriano… saca tu machete. Afila tu lanza José… afina tu lanzaaaa.

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