Pandemia

Lucas Berruezo

 

 

 

 

 

Escribo esto desde la cuarentena, en mi casa. Me siento defraudado. De mi país, de mi Dios. Hace días que no puedo salir, y el cuerpo de mi mujer ya empieza a emanar olor. No sé qué hacer. Llamé innumerables veces al número que el gobierno habilitó para los casos relacionados con este nuevo virus y, si bien me atienden, nadie me da una solución. Llamé la misma cantidad de veces a la funeraria para que vinieran a buscar el cadáver de mi esposa, pero como ella falleció víctima de esta plaga, no quieren venir a buscarlo. Ya no sé qué hacer. Su cuerpo se descompone y yo sigo encerrado con ella, sin poder salir y sin que nadie quiera entrar. Y eso no es lo peor. Lo peor es que Elizabeth, así se llamaba («llamaba», en pasado, qué terrible), estaba embarazada de siete meses. Estaba embarazada de Julieta, nuestra hija. Ahora las dos están muertas. Nadie vino a atenderla cuando llamé avisando que tenía dificultades para respirar. Nadie vino cuando la fiebre superó los 40 grados. Solamente me decían que tuviera paciencia, que alguien llegaría, que no sucumbiera al pánico… No sucumbí al pánico. Elizabeth sucumbió a este virus de mierda. Julieta también. Si alguien hubiese venido, como me dijeron, a lo mejor no llegaban a salvar a Elizabeth, pero sí a Julieta. Esto es algo que nunca llegaré a saber.

Las calles están vacías, los hospitales están llenos. Esto es algo que no vale la pena describir. Todo el mundo lo sabe. Lo que pasa acá es lo mismo que está pasando en todas partes. Un virus con una tasa de mortalidad baja llegó a poner en jaque a la humanidad. Igual, me cago en la tasa de mortalidad baja. Las únicas dos personas que me importaban, las únicas dos personas que hacían que me importara el mundo ahora están muertas. Muertas y pudriéndose en la cama. Yo también tengo fiebre, aunque esta enfermedad no fue lo suficientemente piadosa conmigo como para llevarme a mí también.

Ya no sé qué hacer para no pensar, para no sentir el olor que empieza a adueñarse de toda la casa. Hace dos días que no entro a la habitación donde está mi esposa embarazada y muerta. ¿Para qué voy a entrar? La última vez que la vi parecía una muñeca de cera, como esas que se suelen ver en los museos. Estaba pálida y amarilla. Los ojos hundidos, los pómulos y la nariz enormes, los dientes sobresaliendo… Y para qué mencionar su abdomen. Ya no era la fuente de vida que tanta felicidad me dio. No. Ahora es una tumba, y la última vez que lo vi ya se parecía a una tumba: blanco, seco, lleno de relieves que me permitían imaginar a mi hija, ahí, tan muerta como su madre.

Cerré la puerta de mi habitación y, desde entonces, me vine al living, a esperar, a llamar por teléfono, a dormir en el sillón. Ya no voy al dormitorio. Lo que hago ahora es escribir, para contarle al mundo mi situación, que estoy seguro de que no es ni será la única.

Escribo, también, para no sucumbir a la ira. Tengo mucha bronca. Mucho odio. Como dije, hacia mi país, hacia mi Dios. Nadie me ayudó en este trance. Pedí ayuda, llamé a donde tenía que llamar, recé todo lo que tenía que rezar, y así me encuentro: solo, con mi familia muerta a una puerta de distancia.

Voy a enviar este escrito a varias páginas de Internet, que lo publique quien quiera, o que no lo publique nadie. Ya no me importa. ¿Qué más me puede importar? Lo único que quiero es que esto se termine. No le tengo miedo al virus. No le tengo miedo a nada. Si no terminé con mi vida es porque todavía no me decidí. Todavía…

Soy cristiano. Evangélico. Siempre pensé que Dios me iba a cuidar. Incluso, en estos tiempos apocalípticos, pensé que Dios se iba a acordar de mí y de mi familia y que nos iba a llevar en el arrebatamiento. Pero no hay arrebatamiento, y ya ni siquiera sé si hay Dios. Si lo hay, no me extraña que esté pasando todo esto. No me extraña que ahora se esté dando el fin del mundo. Cuando Dios creó al hombre, le dio una sola misión, un solo objetivo: multiplicarse, ser fecundo. Tengo la Biblia arriba de la mesa, no hace falta que haga memoria. El Génesis dice lo siguiente: Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra… Esto está en Génesis, capítulo 1, versículos 27 y 28. La humanidad ya no sigue los mandatos de su Creador. El único objetivo que Dios tenía para nosotros lo echamos a perder. Masturbación, anticonceptivos, aborto… ¿Para qué Dios querría que siguiéramos sobre la Tierra, si ya casi nadie cumple con aquello para lo cual Él nos creó? Onán es insignificante al lado de nosotros.

Por todo esto, entiendo que el fin del mundo se esté dando en este momento. Nunca hubo semejante grado de incredulidad, de apostasía. Iglesias usadas como bares o centros recreativos, una falta de fe e irreligiosidad que es histórica y, finalmente, la negación a cumplir con el verdadero y único mandato: la procreación. Nunca, en toda la historia de la humanidad, las personas se negaron tanto a dejar descendencia. Nunca. ¿Para qué querría, nuestro Creador, seguir aguantándonos? El fin no vendrá por nuestros pecados, sino por nuestra obstinación. Dios pudo soportar aquellos, pero no creo que quiera soportar esta. Los pecados tienen que ver con nuestros deseos, nuestra obstinación a no tener hijos tiene que ver con los suyos. Ir en contra de los deseos de Dios es suicidarse. Dios no acepta planes ajenos.

Este nuevo virus no es más que una de las señales del fin. Una de las tantas señales que ya venimos viendo desde hace un buen tiempo. ¿Qué falta? ¿Un gran terremoto que sacuda la Tierra por completo, como anuncian los sellos del Apocalipsis? Sólo será cuestión de esperar y ver.

Pero yo ya no quiero esperar. No tanto por no ver, sino por no oler. Como dije antes, el hedor de mi esposa ya empieza a salir de la habitación. El hedor de mi esposa y de mi hija, que ahora ya deben ser parte de la misma carne podrida. No, me niego a seguir esperando. Ni mi país ni mi Dios me dieron una respuesta. Ahora sólo me queda tomar las riendas y hacerme cargo de lo que todos los demás abandonaron.

Que Dios decida el fin del mundo. Yo decidiré el mío.

Hace meses, mi barrio sufrió una invasión de ratas. Todavía tengo veneno. Mucho. Suficiente. Me tomaré una buena dosis y me iré a dormir junto a mi esposa, Elizabeth, y a mi todavía no nacida hija, Julieta.

¿Iré al Infierno?

No me importa.

Ya estoy en él.

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