Fuerzas de la naturaleza

Helena Garrote Carmena

Pablo Genovés (Madrid, 1959)

 

 

 

Después de la ruptura, levantó un muro de contención entre su cabeza y su corazón, para que su día a día, y sobre todo su trabajo, no se tambaleasen.

Ese lunes la reunión fue intensa, acalorada e interminable. Clausuraron la jornada con una cena de equipo en un restaurante amenizado con fragmentos operísticos servidos entre plato y plato. Aguantó como pudo los mismos chistes de todos los años, las alusiones veladas al lío de turno y las bravuconadas de los comerciales optando a empleado del mes. Varias veces tuvo que ir al baño a intentar contener el muro, que a momentos sentía que empezaba a resquebrajarse. Nadie noto nada. Seguramente achacaron su falta de atención, y el temblor en el brindis final, a la reposición constante de líquidos que mantuvo durante toda la velada. Hechas las despedidas y aguantado el último chascarrillo sobre su sempiterna corbata, excusó la última copa y paró un taxi.

Se dejó caer en el asiento trasero y aspiró el calor sucio y concentrado del pequeño habitáculo. Por primera vez en el día se sintió seguro y a salvo. Debió ser por eso que apenas habían avanzado unos metros sintió que el pecho se le partía en dos, provocándole un incontrolable llanto en forma de hilo fino, que intentó frenar apretando con fuerza los labios, luego la presa reventó y todo el caudal se precipitó al exterior, de forma tan abrupta que ni él se reconocía.

El taxista observó la escena por el retrovisor y sin mediar palabra, giró, aminoró la marcha y detuvo el coche en cuanto pudo. En un espontáneo gesto de solidaridad echó mano a la guantera y sacó un pequeño envoltorio plateado.

—Tenga, cómalo y luego continuamos.

Rechazó el ofrecimiento.

—Tenga… no hay prisa. —Insistió.

No vio cómo resistirse y de a poquito, en medio de un mar de agitación, fue chupando el trozo de chocolate mientras se le derretía en las manos.

No cruzaron palabra. El taxista se quedó quieto en su asiento, en posición al frente, asomando de vez en cuando los ojos por el retrovisor. Solo cuando consideró, reanudó la marcha.

Llegaron al destino. Cerraron el pago y se desearon buenas noches.

—¡Buena suerte!

Escuchó alejarse el vehículo mientras intentaba abrir el portal.

Se arrastró como un pesado saco de arena hasta su puerta. Entró y dejó las llaves pringadas de chocolate en el cestillo.

Cuando la luz del descansillo se apagó, los del segundo seguían a voces.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .