Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “¡Yo no fui!”

Ítalo Costa Gómez

 

 

 

Ya bien lo decía Don Ramón en “El Chavo del Ocho”: “La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena”. Como quien dice, todo mal con eso de andar vengándose. Sin embargo hay ocasiones en las que la edad tierna y su inmadurez te traicionan y te hacen hacer cosas bobas pero con buen sabor.

Ese fue el caso de una amiga a la que llamaremos Juana. La pobre estaba enamorada hasta el mismísimo tuétano de un pobre huevon que no la valoraba. De esos que abundan en la ciudad de Nueva York – me imagino -. Pero el susodicho vivía aquí nomás en Miraflores. El brother destruyó a punta de indiferencia, feo corazón y horribles sentimientos el cariño que Juana (que bien podría ser cubana) sentía por él y nosotros decidimos hacer justicia con nuestras propias manos.

Cuenta la historia que tras la ruptura definitiva número catorce que tenían este par de conflictivos a Juana le quedaban ganas de revancha y a nosotros nos habrá faltado amor pero no creatividad.

Habíamos ideado un plan maléfico. Un trabajito. Una cochinada.

Pondríamos avisos de venta por todo Lima ofreciendo cosas bonitas a un muy buen precio “por viaje” y su número celular como contacto para que le revienten el teléfono todo el santo día y no tenga paz ya que no se la merecía.

– Remate por viaje. Urgente. Se vende todo. Hasta la misma puerta de la casa casi regalado porque viajo en tres horas. Apure casero. Llévese hasta las cortinas. Te llama la llama, honey. Es tu oportunidad de tener ese horno soñado. Llamar al 99999999.

De ese anuncio hicimos como doscientas impresiones. Nos sentamos en Metro de San Miguel y recortamos todos. Una cinta adhesiva para cada uno y listo. Dimos rienda suelta a la maldad. Ñaca Ñaca.

Arrancamos por el mismo San Miguel, tomamos un bus y seguimos en Jesús María.

Pega que te pega papelitos. Nos metíamos a las tiendas. “Señor, ¿Puedo pegar mi cartelito que dice que estoy rematando todo? Si se interesa por algo llame ah”.

Fuimos a grifos, tiendas de ropa, usamos los paneles, teléfonos públicos, postes…

Caminábamos cuadras de cuadras. La pobre de Juana había ido en sandalias y le dolían tremendamente los pies. Karma, le dicen.

Otro bus. Vamos a Miraflores donde vive el desgraciado. Bien encapuchados para que no nos reconozcan. Éramos tiernos.

Listo. Seguía el plan. Pega y pega papelitos.

– Ítalo me sangran los pies. Pega los que falten y vámonos rápido.

Se nos acabaron los anuncios. Todos. Habíamos empapelado la ciudad. El amor fue vengado.

Regresamos a casa sintiéndonos Mr & Mrs Smith. Bandidos. Maleantes dignos de cárcel pero justos. Satisfechos.

A los días el susodicho llamó a Juana.

– Todo el día me llaman a preguntarme en cuánto vendo mi juego de comedor. Estoy harto. Estoy pensando en cambiar de teléfono. Tú no tienes nada que ver con esto… Voy a llamar a la policía.

La policía. La tombería. Nos cayó el chanfle. Eso es cadena perpetua, creo irreverentes míos. Somos muy jóvenes y hermosos para ir a prisión.

No salimos de nuestras casas en semanas y le tuvimos que contar a nuestras mamás por si nos llevaba la batida. Casi nos matan. Fueron días de pánico.

Y así fue que Juana cerró el capítulo con una frase que nos unió como amigos y que siempre repetimos cada vez que nos vemos:

– Tú niégalo hasta la misma muerte. Si te chapa el policía o el FBI tú le dices: Yo no fui.

Ya habrá prescrito, espero.

[Se busca par de palomillas de ventana con ganas de joder. Recompensa: diez soles y un pan con pollo.]

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