Visión imperfecta

Francisco José Segovia Ramos

 

 

 

 

-No se preocupe, señora, su hijo no tiene problemas físicos graves, sólo ese ligero defecto en la visión que le hace ver figuras donde no existen. Hemos estudiado su retina y no tiene nada dañado. Con el tiempo el chico se curará y dejará de ver esas sombras que cree reales pero que sólo las provoca esa peculiaridad de sus pupilas que se curará con el tiempo.

El chico, por supuesto, a partir de ese día no contó a nadie que las formas se le seguían apareciendo de forma recurrente, y mentía a sus padres, a los que no confesaba que las visiones continuaban, convencido de que era lo mejor para todos y evitaría que le llamasen “raro” o “loco”.

En la adolescencia una de esas sombras se acercó hasta él mucho más que antes hiciera ninguna otra.

“Somos los que vendrán”, le susurró.

Él era uno de los que abrirían la puerta. Uno de esos seres humanos mutados desde la distancia casi insalvable de las estrellas para poder “ver” y “escuchar” a los visitantes del futuro.

Cuando fue un hombre adulto pudo conversar con ellos en la privacidad y sin miradas indiscretas. Entonces, otra de esas sombras le murmuró con voz cálida y esplendente:

“La puerta puede abrirse. Los demás están preparados y vuestro número es suficiente”.

****

El 15 de julio del año 2154 todos los hombres y mujeres mutados, pero no en la vista sino en una parte inescrutable del cerebro, abrieron el tercer ojo y dejaron pasar a los extranjeros de más allá de las galaxias.

Era el último paso de la evolución humana: cuando los hijos de la Tierra se reunieron con los padres que los engendraron desde Alfa-Centauro doscientos mil años.

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