La muerte de mi abuelo

Lucas Berruezo

 

 

 

Como enfrentes a la muerte,
así será recordada tu vida.

Mi abuelo no fue boxeador. Tampoco militar. Mucho menos artista marcial (en su época, las artes marciales eran tan conocidas como hoy lo es el sentido común). No, mi abuelo no fue nada de eso. Él fue sodero. Repartía sodas en su camioneta un tanto destartalada de la empresa Ivess, cuando la fábrica estaba en la calle Carlos Tejedor, justo enfrente a las vías, en Haedo. Porque mi abuelo vivió en Haedo toda su vida adulta. Por eso mi vieja es de Haedo. Y por eso yo también.

Como decía, mi abuelo fue un simple sodero, pero se caracterizó por algo: siempre la peleó, hasta el final, sin medias tintas y a su manera. De chico, su padre lo había echado de su casa y él, con apenas nueve años, había tenido que arreglárselas hasta que, por una intercesión constante de su madre, mi bisabuela, el rígido patriarca lo admitió de nuevo bajo su techo. Fueron tres semanas en las que mi predecesor tuvo que sobrevivir en un mundo que no te protegía si vos no te protegías primero. Y esto no es todo. Después, la vida siguió con sus rigores. ¿Quién podría afirmar que la primera mitad del siglo XX fue amable con alguien? Mi abuelo no fue la excepción. De naturaleza propensa a los placeres, ya en su juventud no escatimó en mujeres, alcohol y tabaco. La presencia de su esposa, primero, y la de sus cuatro hijas, después, mitigó por un tiempo esta tendencia hedonista, para volver a atraparlo en sus redes cuando su presencia, en un hogar mayoritariamente femenino, pasó a ser secundaria. Recuerdo a mi mamá y a mis tías hablar con sorna de la vez en que mi abuelo se accidentó en la sodería (un sifón le reventó cerca y le produjo varias heridas en el cuerpo y en el rostro) y, en sus tres días de internación, recibió las visitas de su esposa, sus hijas y tres novias…

Pero eran otras épocas, y los deslices de mi abuelo eran aceptados como una característica inevitable de una masculinidad fuerte. Si me preguntan a mí, yo creo que se sentía solo, y hacía de los placeres un medio de evasión como otros podrían utilizar hoy el fútbol, las redes sociales o (¿por qué no?) la literatura. Claro, no hay manera de que yo pruebe lo que digo: mi abuelo murió hace ya veinte años y, aunque estuviese vivito y coleando, jamás aceptaría algo tan poco varonil como eso de sentirse triste y solo. Incluso, a lo mejor ni él mismo sabía que se sentía así.

Y acá llego donde quería llegar: a la muerte de mi abuelo. Hace veinte años que se fue y, todavía, no pasa un día sin que yo piense en ese momento.

Estaba internado. De hecho, así pasó las últimas semanas de su vida. Le habían diagnosticado un cáncer pancreático al que no le había dado mucha importancia. Nunca cumplía con la rigurosidad de los tratamientos y siempre encontraba, en contra de las recomendaciones de su médico, la forma de tomar sus cervezas y fumar sus cigarrillos.

–¿No sé para qué carajos quieren que viva más? –me dijo una vez, cuando, de camino a su casa, lo encontré detrás de un árbol, con una Quilmes de litro, bastante caliente, en una mano–. Como si no me fuera a morir de cualquier manera. ¿Qué importa si es ahora o dentro de cuatro o cinco años? Te digo algo, pendejo (siempre me decía «pendejo»): No cambiaría diez años más de vida por una sola de estas cervezas –y levantó la botella hasta llevarse el pico a su boca. Después me la ofreció, ademán que rechacé sin que se me notara (o eso espero) mi asco.

Hubo otras cervezas, claro, pero no hubo diez años más. A la semana, más o menos, de esa charla debajo del árbol, mi abuelo se descompensó y fue llevado al hospital, del que ya no volvería.

Fueron días de angustia. Con mi abuela, mi vieja, mis tías y aquellos primos que tenían edad para hacerlo, nos turnamos para cuidarlo. Una vez, cuando todavía podía caminar, se quiso escapar para ir al quiosco a comprar cigarrillos. Lo agarraron en la puerta, con esa ropa de hospital que descubre más de lo que cubre y el brazo chorreando sangre debido a la sonda que se había sacado. De hecho, más que cuidarlo, hacíamos guardia para que no se mandara ninguna de las suyas. Era como un prisionero que se lo observa para que no se escape. Esta vez, y a diferencia de aquella que mencioné antes, sólo hubo familia. Ya no hubo novias.

A los quince días de internación, y estando yo al lado de su cama en el Hospital Italiano (si mal no recuerdo, leyendo uno de los tomos de La torre oscura de Stephen King), mi abuelo abrió los ojos de golpe y me miró como si hubiera tenido una pesadilla.

–Vos –me dijo–. Vos, pendejo, me tenés que ayudar.
–¿Qué pasa, abuelo? –le pregunté, levantando la vista del libro–. ¿Querés agua?
–¡Qué agua ni qué ocho cuartos! –se incorporó en la cama hasta quedar sentado. Su cara, antes de un color moreno (producto de constantes jornadas bajo el sol, llevando y trayendo sifones), parecía estar hecha ahora de una arcilla gris–. Ayudame a pararme.
–No, abuelo. Te vas a lastimar.
–¡Ayudame a pararme, la puta que te parió! ¡Ayudame que se acerca!
–¿Quién se acerca?
–¡Se acerca!

Para entonces, ya había bajado sus piernas raquíticas, que colgaban del borde de la cama.

–Te vas a sacar el suero, abuelo.
–Quiero pararme. ¡Voy a pararme! No me voy a morir en una puta cama de hospital.
–Abuelo…

Mi abuelo me miró, y en sus ojos lo vi. Sí, vi que él sabía. Se iba a morir.

–Ayudame, pendejo –apenas me susurró.

Y lo ayudé.

Lo agarré del brazo izquierdo e hice fuerza para que pudiera mantenerse parado. Casi podría decir que era yo el que hacía que permaneciera en posición vertical. Sus piernas, que antes habían soportado no sólo su peso, sino el peso de cajones y cajones con sifones de soda, ahora no podían soportar nada.

Así, temblando de pies a cabeza, mi abuelo levantó la mirada y, dirigiéndose a un rincón de la habitación, gritó:

–¡Vení! ¡Vení, hija de mil putas! ¡Vení que acá te espero! Me vas a llevar como a un hombre, ¡¿me entendés, hija de pu…?!

No terminó la frase. En ese momento se desvaneció y, por más que traté de sujetarlo, se me resbaló y fue a dar contra el piso.

Llamé de inmediato a la enfermera, que vino y me preguntó (con un horror que me pareció demasiado patético como para ser auténtico) qué había pasado.

–¡Se cayó! –dije, y esa fue la versión oficial, para la enfermera y para toda mi familia, al menos hasta ahora, que me animo a escribir esto.

Finalmente, mi abuelo murió en la cama de un hospital, ocho horas después del episodio que acabo de contar. No volvió a recuperar el conocimiento, por lo que, si me preguntan a mí, se terminó saliendo con la suya. La muerte, rastrera como ella sola, quiso quitarle a mi abuelo su última voluntad, pero lo único que consiguió fue demostrar su bajeza.

No, mi abuelo nunca fue boxeador ni milico. No. Era apenas un sodero. Un sodero que sabía pelearla, según sus reglas, según sus formas. Mi abuelo fue una persona que quiso morir de pie, gritándole a la muerte a la cara.

Si me permiten, eso resignificó todo.

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