El futurista

José Luis Barrera

 

 

La hostilidad irreductible de la carne.

Como un loco que se lanza de un risco porque está seguro de que puede volar, en mayo de 1915, Italia ingresó en la Primera Guerra Mundial. Había renunciado a su alianza con las Potencias Centrales para unirse al Triple Entente compuesto por Francia, Inglaterra y Rusia.

El Gobierno aseguraba que apenas en un par de meses se recuperarían territorios que, pese a los esfuerzos de Garibaldi y Cavour durante el siglo diecinueve, aún estaban en manos del Imperio austrohúngaro.

Meses antes, las locomotoras empezaron a trotar entre Nápoles y Turín ahogándose en humo. Al interior de sus panzas, se hacinaban miles de campesinos extraídos de los rincones más oscuros de Sicilia o pequeñoburgueses que, sin suerte o influencias, no lograron huir de los reclutamientos.

En el sur de la península, la guerra tiene mucho menos sentido que en el norte. La gente, pobre e incapaz de aceptar una unificación liderada por lombardos, sospecha que los cañones solo se cargan con ambiciones de una burguesía fabril norteña, ansiosa por clavar sus garras sobre la próspera Trieste.

Los más jóvenes fueron despojados de los viñedos para alimentar campos de batalla. Muchos, la mayoría, jamás habían pisado siquiera Roma y ahora, huérfanos, se hundían en las trincheras de Caporetto y Gorizia.

A finales de 1915, Italia había perdido casi a trescientos mil hombres y el sueño de un nuevo Imperio romano se disipaba mucho más rápido que el gas mostaza.

Entre los heridos se veía a un hombre de 39 años cuyos bigotes apuntaban desafiantes al cielo. Calvo prematuro, reposaba en una cama de hospital con expresión arrogante, a la espera de que una herida en su ingle cicatrizara.

Durante la convalecencia se mantuvo activo escribiendo como un poseso manuales de seducción para mujeres y notas en su diario.

Apunta por aquí que la guerra es la mejor forma de higiene y, por allá, que no hay nada más glorioso que la muerte en combate. Recuerda su periodo como corresponsal de guerra en Adrianópolis siguiendo al ejército serbio en Macedonia y también el día que descargó su Máuser sobre el cuerpo de un turco en los años de la colonización de Libia.

Sus palabras se lavan en sangre. Al leer cada verso u oración suya, por efectos de la sinestesia, retumban en el tímpano los tambores.

Desde 1908, este personaje, Filippo Tommaso Marinetti, ha publicado varios Manifiestos Futuristas cuyos ejes son la velocidad, la violencia y el triunfo de la máquina sobre la carne.

Marinetti es un Quijote que ha cambiado a Rocinante por un Fiat y lo conduce solo, pues aunque ha tenido aliados, su pasión por la dialéctica de las balas a menudo lo condena a la orfandad.

Ahora, mientras reposa en el hospital militar se queja, revuelca e insulta porque necesita ir al frente donde, entre balas, hace literatura. “El nuevo arte se produce en el campo de batalla, ¡levantaos, haraganes! ¡En el diván solo hay decadencia!”

Volvió a la acción para ver la catástrofe italiana en Caporetto, cuando el ejército autrohúngaro reforzado por tropas alemanas pasó por encima a sus compatriotas.

Era impensable entonces el escenario de apenas un año después: Marinetti atravesando las llanuras del Véneto a bordo de un Lancia blindado para cerrar, junto a miles de soldados como él, la tumba del Imperio austrohúngaro.

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Ser comprendidos no es necesario.

En 1912, los periodistas italianos, como sucede con frecuencia en todo el orbe, han empezado a matarse con adverbios. Es una lucha caníbal en la que para unos se juega la libertad de expresión y para otros, los límites que debe imponérsele.

Naturalmente, nadie tiene claro nada excepto el nombre del demonio que ha desatado el infierno: Marinetti. En realidad, no es él por sí solo, sino su última novela, Mafarka el futurista.

Hasta entonces, el poeta se vuelto un promotor de experimentos más o menos literarios con el fin de abrir nuevas rutas para el arte. Ha devorado comas, puntos, palabras y hasta se ha plantado al pie del escenario para abuchear su propia obra de teatro.

Sin embargo, su Mafarka es demasiado. En cada página hay sexo despiadado, muerte, estupro…

El héroe epónimo de la novela es un rey africano al que la sangre no solo no le aterra, sino que le alimenta. Se trata de un guerrero ansioso por aniquilar la decadencia, reemplazándola por futurismo.

No obstante, para la Italia de 1910 el problema no es la muerte. Sí lo es, en cambio, el descomunal sexo de Mafarka y de su robótico hijo, así como el frenesí de la cópula que aparece en varias páginas.

Se plantea un juicio en contra de Marinetti. Él y su príncipe comparten la sangre africana, pues aunque el escritor se siente italiano hasta la médula, la luz la vio por primera vez en Alejandría.

Este argumento es el que esgrimen sus enemigos para asegurar que sus obras son las de un bárbaro.

Sus defensores, por otra parte, dicen que prohibir a Mafarka, que se ha publicado en Francia y no en Italia por la mordaza, es lo verdaderamente incivilizado.

Luigi Capuana, escritor, asegura incluso que Marinetti ha sido mal interpretado: los relatos de orgías no buscan incentivarlas, sino advertir; el arte debe ser como una nux vomica que a través del asco, eduque.

El escritor de Alejandría sonríe como Mona Lisa.

La batalla se resuelve en la Tercera Sección del Tribunal de Milán. Aquel libro supuestamente “pornográfico, ofensivo e innecesario” vence a sus detractores y varios periódicos gritan: “¡libertad!”

Marinetti se marcha a Rusia. Allí lo esperan unos futuristas que ya habían dado varias bofetadas al buen gusto del público.

Pese a compartir su pasión por el dinamismo, cuando el italiano apareció en San Petersburgo con sus proclamas, vicio político que elevó a género literario, los futuristas rusos le tiraron frutas podridas.

Al frente del grupo estaba Vladímir Mayakovski, admirador de Marinetti, quien junto a David Burliuk, Anna Ajmátova y otros se reunían en el café El Perro Errante para denostar a la autoridad y a Pushkin porque ambos estaban en fuera de juego con la Modernidad.

Precisamente las ínfulas de Marinetti enfurecieron a los poetas errantes. ¿Cómo un futurista era capaz de creerse líder? “El movimiento no depende de figuras, afirmaron, estas solo se ralentizan y mueren, son la antítesis de la velocidad”.

El italiano escapó de Rusia en 1914. Había salido victorioso de Italia, pero regresaba derrotado.

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Más bella que la Victoria de Samotracia.

Marinetti conoció a Benedetta Cappa en 1918. Ella también era una artista, pero su principal pasión era la pintura y había estado saltando de un círculo de vanguardia a otro por años.

Růžena Zátková, amante de su hermano y la “única checa auténticamente futurista”, la introdujo en el mundo de Marinetti. El shock fue inmediato.

Marinetti empezó a escribirle cartas, al principio disfrazadas de intercambio de ideas o evangelización futurista. Luego, cuando pudo derretir la formalidad cambió el “señorita Benedetta Cappa” por “señora Benedetta Cappa Marinetti”. La pareja se casó, sin embargo, apenas en 1923, tres años más tarde.

Benetta se convirtió en la protagonista de la segunda generación del futurismo. Sus pinturas estaban llenas de círculos, rectángulos y líneas de colores celestes y amarillos que, como espadas, laceraban los ojos del observador. Era la fuerza de la velocidad.

Hermosa, brillante y audaz, la artista se convirtió en la musa de un Marinetti que, a su pesar, se estaba convirtiendo en víctima del tiempo. Veintiún años había de diferencia entre ambos, pero la admiración mutua aceitaba su relación.

La pintura de Benedetta se alimentó de las ideas de su esposo, quien desde el fin de la guerra empezó a perder la admiración de los nuevos artistas. La escritura de Marinetti, por otro lado, recibió una transfusión de juventud, alentándole a buscar nuevos caminos para un futurismo que, paradoja por doble partida, olía a viejo en una sociedad ansiosa por el regreso de la Roma imperial.

Juntos dieron a luz una nueva versión del futurismo: el tactismo. Consistía este en la degustación del arte a través de la piel, convirtiendo a cada célula en un ojo capaz de entender las bellezas y monstruosidades del futuro.

Marinetti acudió en 1921 a París para defender el nuevo credo ante un público dadaísta, completamente francés y, por lo mismo, adverso. Sin inmutarse por los silbidos, espetó al auditorio:

El futurismo y el dadaísmo son antagónicos porque el primero admite todo lo que sea renovación, todo lo que sea una manifestación nueva de arte; el segundo no admite nada y eso es anti-artístico”.

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El tiempo y el espacio murieron ayer.

Marido y mujer llegaron a los años treinta de la mano del fascismo. Ideología a la que Marinetti plegó después de fusionar su Partido Político Futurista con el de Mussolini en la Plaza San Sepulcro de Milán en 1919.

Pese a que pronto abandonó la política activa para volver al ejercicio de la poesía, su fracaso en el París dadaísta, hizo que el poeta reingresara a las filas del régimen.

Para entonces, Mussolini había marchado sobre Roma con sus camisas negras y aunque el rey seguía gobernando, il Duce era el verdadero poder tras del trono.

Italia vivía un delirio de grandeza. Las tropas italianas desfilaban por África masacrando a los nativos con lanzallamas y metralletas, mientras en Capri, la beautiful people se asoleaba indiferente a la Historia y Mussolini, travestido de líder mundial, hacía el papel de árbitro en una Europa desmoronada.

Marinetti, voz poética del régimen, monta con apoyo del Gobierno la Academia de Italia, adonde los intelectuales deben acudir en busca de bendiciones con forma de auspicio o premio.

El escritor, artista oficial, se dedica a viajar por diversas partes del mundo promocionando los logros del fascismo futurista. Lo que no le impide ser un apóstol de la xenofobia y lanzar ataques implacables en contra de cualquier italiano que hable de cosmopolitismo.

Él, que publicaba en Francia antes que en Italia, a sus cincuenta años sigue siendo Quijote sobre un Fiat.

Con la Academia de Italia organiza exposiciones de fotografía y pintura, así como también concursos literarios, actividades que compagina con la publicación de revistas donde se permite hacer timidísimas críticas a los excesos del fascismo.

Con la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial, Marinetti, casi septuagenario, se enlista en el ejército destinado a la Unión Soviética en apoyo de la Alemania nazi. “Los viejos deben combatir fertilizando con su sangre la tierra de las nuevas generaciones”, había dicho casi veinte años atrás durante una entrevista.

La aventura, sin embargo, resultó fatal. Débil, acabado y con la noticia de que los aliados ocuparon la parte sur de su país, regresa a la República de Saló donde gobierna Mussolini de forma nominal.

A orillas del lago de Como, en el Hotel Excelsior Splendide de Bellagio, sufre un infarto el 2 de diciembre de 1944 y muere con la pluma en la mano como corresponde a todo poeta, sea malo o bueno.

Sus admiradores le dedicaron esculturas y hasta los periódicos estadounidenses se acodaron del enemigo: “Muere Marinetti, el poeta de Mussolini”.

Hoy en Bellagio aún resuenan, atronadoras, las palabras de su Manifiesto Futurista:

Cantaremos a las grandes multitudes agitadas por el trabajo, el placer o la revuelta; cantaremos a las mareas multicolores y polifónicas de las revoluciones en las capitales modernas; cantaremos el vibrante fervor nocturno de los arsenales y los patios incendiados por violentas lunas eléctricas, estaciones codiciosas y serpientes devoradoras que fuman”.

Publicado en Revista Mundo Diners de agosto 2019

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