Los herederos de Toth [Fragmento]

Estefanía Farias Martínez

Retrato de niña sentada (1943)-Rafael Zabaleta

 

 

 

Ya duraba tres horas el viaje. Se habían alejado de la ruta original en un par de ocasiones; pero tras una lucha infatigable con el mapa, su padre por fin encontró el desvío: una carretera comarcal flanqueada por grandes chopos.

Las cicatrices en los troncos, ojos pintados o esculpidos en ellos, indiferentes, insidiosos, beligerantes, arrancados de los rostros de lo que dejaba atrás, eran su huella en el mundo. Su larga melena oscura, su cuerpo estilizado, sus andares de bailarín, sus modales de marqués, su confuso sentido del humor y ese cerebro privilegiado y maldito le impedían ser aceptado, o considerado siquiera un igual, por los neandertales que le rodeaban. Tampoco disponía del temple necesario para tolerar determinadas afrentas, ni para congraciarse con ellos.

Los intentos de su madre por convertirlo en un niño normal habían sido inútiles, los del padre por hacer de él el báculo de su vejez, un fracaso. Sus padres no dijeron una palabra en todo el viaje, los tres esperaban que su peregrinaje por distintos colegios acabara al final de aquella avenida.

―¡Ya hemos llegado!

La voz entusiasta de su padre lo sacó del trance hipnótico.

Al bajar del coche le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Le perturbaba la imponente presencia de aquel edificio de piedra, construido en el s. XIX, tan sobrio, con techos altos, muros gruesos y un solo cuerpo macizo con dos plantas.

Al parecer, por lo que su padre le contó, albergó, en sus veinte habitaciones dobles e individuales, a ilustres damas que sufrían crisis de nervios y cuyas familias buscaban dónde las atendieran con la mayor discreción. El director era un famoso psiquiatra de la época. Trataba enfermedades mentales en niños sin recursos en un edificio contiguo más modesto, casi una zona de servicio. Aquella parte de la construcción había desaparecido a causa de un incendio en el que murieron algunos de sus pacientes. El sanatorio permaneció cerrado durante décadas, aunque lo conservaron en perfecto estado.

La sobriedad del exterior contrastaba profundamente con la opulencia del interior: tapices de colores suaves y motivos naturales adornaban las paredes del vestíbulo, los suelos eran de mármol y una impresionante escalera, con balaustrada floral, que se abría en tres ramales, conducía a las habitaciones. Su padre se embriagaba con cada detalle de aquel soberbio palacio. La comunión entre los ojos, el olor a carne quemada de los cuerpos apiñados y la luz cegadora del lugar era un augurio indescifrable para Cornelio.

Todos los niños fueron llegando a la vez y aquel vestíbulo fascinante se llenó de padres atónitos y chicos que observaban con recelo a los demás. Él se fijó enseguida en una cría muy despierta, con un vestido azul claro con delantal blanco, manoletinas a juego y el pelo recogido con un lazo. Ella les ignoraba a todos, pero a él le saludó de lejos y él respondió.

A los dos minutos, una niña con gafas, ortodoncia y aspecto de tomate con funda de croché, que recorría el vestíbulo en solitario como si estuviera reconociendo el terreno, se paró a su lado.

―¿A ti también te van a encerrar? ¿Qué has hecho? ―le preguntó, impertinente y cómplice a un tiempo.
―No me van a encerrar…

Enfatizaba palabra por palabra como si hablara solo.

―Aquí a todos nos traen porque hemos hecho algo. Somos defectuosos ―aseveró ella.

La niña del lazo se acercó sonriendo, perseguida de cerca por un camionero en miniatura, rubiales y con gesto hosco.

―Yo soy Matilda y éstos son Remigio y Amelia. Él es un suicida, se tiró desde un piso catorce, pero le paró la terraza del diez y ella, una pervertida.

El tono mordaz de aquella niña le fascinó.

―Matilda, no lo digas así.

Los ojos suplicantes de Amelia enternecían a cualquiera.

―Vale, es demasiado cariñosa para su edad. Y tocona.

Amelia miraba a su amiga como si quisiera asesinarla mientras la otra se reía a carcajadas. Ella no le veía nada malo a su manera de actuar. Dormir con el primo fue una tentación, si él no se hubiera quejado a la tía, no hubiera pasado nada, y cuando su madre la pilló jugando con la almohada, tampoco entendió por qué se puso así.

―Yo no me quería suicidar, Matilda. Te lo he explicado muchas veces ―intervino Remigio con el ímpetu del reo que se representa a sí mismo ante un tribunal―. Yo quería hacer historia en el barrio. Descolgarme hasta la calle. Aunque el ayudante me resultó un cobarde, al primer grito de su madre salió corriendo, y los nudos marineros, que se suponía eran tan resistentes, se deshicieron, no aguantaron mi peso, por eso casi me mato. El problema fue que me rompí todo y el médico, en el hospital, metió cizaña. Mi madre sólo pensaba que era idiota; ese tipo consiguió convencerla de lo del intento de suicidio. Ella me estuvo acosando con preguntas rarísimas durante meses y aquí estoy.
―¿Y tú qué has hecho? ―le preguntó Cornelio a Matilda.
―Por lo visto soy una psicópata.

Lo decía incrédula y resignada, como si creyera que todos se habían vuelto locos, pero no estaba en posición de discutir…. Su madre se tomó a la tremenda lo de los botones de la chaqueta, no era para tanto, no quedó ni uno sano, aunque ella lo que quería hacer era estrangular a Paula, su hermana. Explicarlo no la ayudó mucho. Luego vino el incidente del “apuñalamiento”, otra tontería.

―¿Y tú cómo te llamas? ―le preguntó.
―Cornelio.
―¡Qué nombre más discreto! ¿no?
―Ínfulas de padre.
―¿Y ya sabes quién es tu compañero de cuarto?
―No tengo.

Matilda le observaba intrigada.

―Eso es nuevo. Debes ser un potentado y nosotros una panda de ratas.
―¿Por qué?

El comentario le dejó aturdido.

―Porque yo comparto cuarto con Amelia y Remigio con ése que tiene pinta de cuervo, el que corretea de un lado a otro.
―Se llama Jacinto ―aclaró Remigio.

―A mí me dijeron que el reparto de las habitaciones estaba asociado a las características individuales de cada niño.

Cornelio no podía creer que semejante intervención viniera de la niña del lazo.

Tras una pausa dramática, Amelia continuó con su exposición:

―Matilda y yo somos impulsivas y no controlamos esos impulsos. El mío es la curiosidad enfocada en la sexualidad y el suyo, la frustración que deviene en violencia física.
―Exacto ―sentenció Matilda.
―Entonces yo estoy con Jacinto porque los dos somos suicidas, se supone, hasta que se den cuenta de que yo no tengo esas tendencias. Él desde luego lo parece, está preguntando a todos si saben lo que es un club de suicidio.

Remigio se sentía incomprendido y confuso, tanto lío por un plan que salió mal.

―¿Y yo por qué estoy solo? ―le preguntó Cornelio a Amelia.
―Es evidente, ellos están convencidos de que tu personalidad y tu aspecto provocan un enconado rechazo. Ése es tu defecto: los demás no te soportan ―sentenció ella.

Cornelio se quedó mudo. Aquella niña era brillante.

Desde la escalinata de la entrada, los cuatro vieron los coches de los padres desfilando de uno en uno, perdiéndose por la avenida de los ojos intimidantes. Una voz procedente del interior les convocaba y acudieron por curiosidad. Al pie de la escalera que conducía a las habitaciones, un coloso, con aspecto de haberse escapado de la filmación de un anuncio de Rolex, esperaba impaciente a que imperara el silencio. Intrigados, los niños fueron enmudeciendo paulatinamente. Y aquella voz profunda invadió la sala.

―Lo primero que os quiero explicar es que este centro es un colegio diseñado para vosotros… Lo que os ha traído aquí no son los problemas que habéis tenido fuera de estas paredes, de eso quiero que seáis conscientes… Todos y cada uno de vosotros tenéis habilidades fuera de lo común y nosotros os ayudaremos a desarrollarlas y os prepararemos para cuando salgáis al mundo…

―¿En qué habitación estás, Cornelio? ―le preguntó Amelia en voz baja.
―En la veinte.
―Nosotras en la dieciocho.
―Yo en la diecisiete, justo enfrente ―dijo Remigio entusiasmado.
―Dejadme escuchar, ahora parece que está diciendo algo interesante ―les interrumpió Matilda y todos se callaron.

Un par de minutos más tarde, decepcionada, se giró de nuevo hacia ellos.

―Podéis seguir hablando, sólo era un espejismo.

 

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