La cuadratura del Círculo de Bloomsbury

José luis Barrera

 

 

La casa de Eddy

La casa señorial de Knole está al sureste de Londres. Es una construcción de estilo jacobino que terminó de levantarse a principios del siglo diecisiete. Ni las confrontaciones religiosas entre católicos y anglicanos ni el cambio de reyes o las guerras mundiales han logrado destruir una construcción que parece reírse del transcurso de los siglos.

Alrededor del castillo, los venados, antes víctimas de la aristocracia cazadora, se pasean por los prados verdes que aún en invierno siguen inmutables como trajes de corte inglés. Gruñidos y topetazos de cornamentas se confunden con el ulular del viento pareciendo fantasmas que, como el de Canterville, se rehúsan a aceptar el olvido.

Entre 1926 y 1940, un hombre de frente ancha y mirada triste se paseaba entre los muros de la casa, preparando fiestas donde el rapé, el whisky y las conversaciones sobre música y literatura eran las protagonistas.

En Estados Unidos son los locos años veinte, pero en Inglaterra son los de Virginia Woolf y el hombre de mirada triste es su amigo y, además, el primo de su amante: Vita Sackville – West.

Ambas mujeres viven su amor más o menos tras bastidores, mientras acuden junto con sus esposos a tertulias en el barrio de Bloomsbury o a alocadas celebraciones en la casa del hombre triste llamado Edward Sackville – West, quinto barón de Sackville, o “Eddy” a secas.

Pero las fiestas son una forma de evadir la frustración. A diario él borronea papeles con la esperanza de escribir una novela, una que le permita codearse, por derecho propio, con el grupo de amigos de su prima.

Pintaba para ser un extraordinario músico, sin embargo, su destino es caprichoso.

En Eton College ganó el premio de música cuando ni siquiera había cumplido los veinte años, siendo capaz de tocar con piano melodías tan complejas como las de Serguéi Rajmáninov.

Sus compañeros, aún mucho tiempo después de su muerte, sostenían que no volvieron escuchar a un pianista con un talento igual. Mas, una enfermedad crónica hizo su aparición y, demonio celoso, obligó al artista a abandonar su carrera por ser incompatibles ensayos con cuidados médicos.

La solución fue refugiarse en la escritura, por lo que empezó a colaborar con la prensa en calidad de crítico musical y literario. Sus múltiples amigos del mundillo intelectual le animaban a probar con la ficción, empujándole a una lucha que solo la muerte pudo frenar.

Atrincherado en una de las torres de guardia de Knole, que adaptó como departamentos privados, se dedicó a trabajar convertido en un auténtico obrero de las letras. Estas, no obstante, lo favorecían como crítico, pero lo desquiciaban como narrador.

Le pedían opiniones sobre sus escritos su prima, con quien tuvo un breve altercado por la posesión de Knole, o la propia Virginia Woolf. En un Orlando que se conserva dentro de la mansión se pueden ver apuntes al margen con observaciones tan agudas que desnudan la tragedia de un crítico que no será creador: experticia en el artilugio literario e incapacidad para ponerlo en práctica.

Solo un estudio sobre la vida y la obra de Thomas de Quincey escrito por Eddy alcanzó el reconocimiento. Sus novelas quedaron prácticamente en el olvido, acaso sufriendo por la comparación, al fin y al cabo, con gigantes al lado cualquiera parece un enano.

Los últimos años de su vida, los pasó en Irlanda. Había abandonado los salones artísticos, la escritura, la casa de Knole y hasta la consciencia sobre sí mismo. En medio de un temprano Alzheimer, falleció de forma repentina encontrando la cordura solo cuando el dorado gramófono que lo había acompañado por años tocaba las melodías de Rajmáninov.

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Bunga – bunga

Son los años de la Primera Guerra Mundial, la Marina Real Británica lucha con la alemana por el dominio del Atlántico.

Los barcos y submarinos del káiser bloquean a la flota inglesa que se empeña en traer recursos desde América. Aun los barcos estadounidenses han sufrido el rigor de la guerra y los aislacionistas en el seno de la Unión temen que se use aquello como pretexto para intervenir.

Los acorazados de tipo Dreadnought (“Nada de Pavor”) eran los barcos más poderosos que poseían el Imperio Británico, sin embargo, a excepción de la Batalla de Jutlandia, no participaron en ningún combate significativo.

Uno de estos barcos, el HMS Dreadnought, cuya botadura significó el arranque de la carrera armamentística por el control de los mares, ni siquiera estuvo en Jutlandia por encontrarse en reparaciones, conociendo la incertidumbre de la guerra solo por casualidad cuando un submarino germano, en 1915, emergió de improviso cerca de su zona de fondeo.

El HMS Dreadnought, valeroso en su convalecencia, envistió al submarino y lo partió en dos, siendo la única vez que un barco de este tipo destruyese a un sumergible de forma tan absurda.

El Almirantazgo recibió una serie de telegramas de felicitación durante los días siguientes, pero uno de ellos era tan lacónico como terrible: “bunga – bunga”.

Los almidonados cuellos de la Royal Navy se volvieron colorados hasta la ebullición. ¿Ni en medio de la guerra había respeto?

Aquel estribillo era un recuerdo triste para los mandos navales ingleses desde que el sultán de Abisinia y algunos hombres de su corte lo usaron para burlarse de ellos.

Dicho sultán jamás había pisado Abisinia y tampoco era sultán. De política sabía que era tan cómica como inútil y del amhárico, idioma del país que ahora se llama Etiopía, ni siquiera había escuchado una palabra, de modo que se vio obligado a usar el “bunga – bunga” y fragmentos en latín y griego de la Ilíada y la Odisea para comunicarse.

La real comitiva estaba compuesta por poetas, biólogos, abogados, psicoanalistas y pintores que, como camaleones, mutaron su piel de rosa en negra y su ateísmo en islam.

La broma surgió en medio de una tertulia en el barrio londinense de Bloomsbury. Allí, Guy Ridley, Anthony Baxton, Duncan Grant, Virginia Stephen (Woolf, tiempo después) y su hermano Adrian, al mando del irlandés Horace de Vere Cole, decidieron llevar el humor hasta el extremo de la impostura.

Antes, en Cambridge, muchos de ellos habían hecho bromas que rozaban con el delito, pero esta vez decidieron cruzar la línea de forma definitiva.

Virginia se cortó el cabello, Vere Cole se convirtió en oficial de la Foreign Office, Adrian Stephen se puso monóculo “porque todo intérprete alemán tiene monóculo” y el resto vistieron de sultanes.

La comitiva fue a la estación de Paddington y desde allí, en tren especial, a Weymouth desde donde enviaron un telegrama que anunciaba su llegada a la isla de Pórtland, firmado por el subsecretario de Asuntos Exteriores, quien, por supuesto, tomaba el té lejos de allí y en medio de la más absoluta ignorancia.

La isla, al sudoeste de Inglaterra, era la base del majestuoso HMS Dreadnought. Temible acorazado que el Primer Lord del Mar, John Arbuthnot Fisher, se sacó de la manga en 1906. Con una tripulación de ochocientos marinos, era la estrella de la flota británica y el sultán abisinio se moría por conocerlo.

Apenas lo hubo abordado, él y su comitiva escuchó un himno mientras se izaba la bandera de Zanzíbar porque nadie sabía con certeza cómo se veía ni cómo sonaba Abisinia. Luego, al son de tambores, marinos y africanos de Bloomsbury hablaron sobre la misión inglesa de civilizar al mundo a punta de bayonetas. La charla se adobaba con fragmentos de Homero y “bungas – bungas”.

La lluvia hizo peligrar la broma, pues las pieles morenas empezaron a desteñirse y los bigotes a caer como telones, por lo que el traductor alemán solicitó alfombras y un espacio al interior del barco para rezar con dirección a La Meca.

Aburrida, la comitiva desembarcó no sin tomar fotos que llegarían al día siguiente a la prensa que, oportunamente, aprovechó la chanza para fustigar al gobierno. Desde entonces, los marinos de cualquier parte del orbe saben que es preferible cruzarse con un monstruo de siete cabezas y no con un poeta.

Por años, el “bunga – bunga” fue la broma predilecta en contra de la Royal Navy hasta que, entrado el siglo veintiuno, Silvio Berlusconi, Presidente del Consejo de Ministros de Italia, se encargó de trastocar la expresión dándole un orgiástico sentido…

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El amor en los tiempos de Virginia

Virginia Woolf y Vita Sackville – West hicieron el amor por primera vez en una casita ubicada a pocos kilómetros de Knole. Era diciembre de 1925. Ambas estaban casadas y sus esposos sabían que aquello iba a ocurrir tarde o temprano.

La futura autora de Orlando conoció a Vita en su mansión. Intrigada por aquella mujer de gran talento pero que aún era desconocida, la aristócrata, escritora ya de renombre, le invitó a cenar.

Las impresiones no pudieron ser más dispares: para Woolf, Sackville – West era superficial y ramplona; y para esta, aquella era adorable, aunque muy descuidada físicamente.

El cuñado de Virginia, Clive Bell, le dijo a esta que las intenciones de Vita probablemente iban más allá de lo intelectual, a lo que, desafiante, la escritora respondió: “con lo esnob que soy, no sabré resistirme”. Su frase fue acertada.

Leonard Woolf no se oponía al romance, aunque no estaba del todo conforme. Conociendo los trastornos depresivos de su mujer, temía que las veleidades de Vita condujesen a una crisis irreparable.

En el círculo de Bloomsbury el amor era una actividad subversiva. No había ataduras ni reglas. Las convenciones de la reina Victoria eran incompatibles con los sentimientos y querer a otro ser humano iba más allá de un simple contrato donde las cláusulas implicaban apenas tierras o títulos.

La moral era anticuada y amar, más que satisfacción de instintos, debía ser la punta de lanza con la que se destruirían los convencionalismos.

Pronto, el genio de Virginia empezó a abrirse paso y, pese a la fama de Vita, su amiga la superó. Los sentimientos de ambas mujeres eran mezcla de admiración, envidia y deseo. La una poseía lo que la otra anhelaba: en el un caso, seguridad psíquica y monetaria y, en el otro, talento incomparable.

Sin embargo, Vita no era una mujer de una sola pasión y buscaba amantes distintas en cada viaje de su esposo, diplomático que a menudo se movía entre Persia y Egipto o entre Londres y París.

Con el tiempo, la distancia además de los miedos y las frustraciones de la Woolf, la relación empezó a enfriarse, no sin tener un último fogonazo en forma de Literatura.

Consciente de que su antigua amante gustaba saltar de su lado masculino al femenino, tanto en actitudes como ropajes, Virginia la transformó en Orlando, personaje de novela que nace como hombre en el siglo diecisiete para terminar como mujer en el veinte.

En 1941, los aviones de la Segunda Guerra Mundial bombardeaban Inglaterra y la casa de los Woolf se había destruido. Deprimida, la escritora fue a Sussex y, con piedras en los bolsillos de su abrigo, se hundió en el río Ouse para siempre.

Meses antes, había publicado una autobiografía que no recibió buenos comentarios ni siquiera de Vita, cuya amistad entonces estaba más cerca de la indiferencia que del amor. Su crítica, sin embargo, no era producto del odio o de la envidia.

Luego de leer el libro escribió: “no es que ahora la admire o la quiera menos. Pero seguramente creará una mala impresión a esos que nunca presenciaron su gran dignidad ni fueron testigos del ingenio y la curiosidad que la animaban”.

Para los intelectuales del Bloomsbury de los años veinte, el amor, la amistad o cualquier otro sentimiento iban más allá de los sexos o de la frivolidad del mundo moderno, solo podían entenderlos como maridaje intelectual, como la capacidad de dos espíritus para alimentarse mutuamente de belleza y sabiduría.

Publicado en Revista Mundo Diners de junio 2019

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