LA MUERTE Y LA MUERTE DE QUINCAS BERRO DAGUA (I)

Jorge Amado

Para Lais y Rui Antunes,
en cuya casa pemambucana y fraternal,
crecieron, al calor de la amistad,
Quincas y su gente.

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Que cada cual cuide de su entierro;
el imposible no existe.

(Última frase de
Quincas Berro Dagua,
según Quiteria,
que estaba a su lado).

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I

Hasta hoy sigue habiendo cierta confusión en torno a la muerte de Quincas Berro Dagua. Dudas por explicar, detalles absurdos, contradicciones en la declaración de los testigos, lagunas diversas. No hay claridad sobre la hora, lugar y frase última. La familia, apoyada por vecinos y conocidos, se mantiene intransigente en la versión de la tranquila muerte matinal, sin testigos, sin aparato, sin frase, muerte acontecida casi veinte horas antes de aquella otra, tan propalada y comentada, en la agonía de la noche, cuando la luna se deshizo sobre el mar y ocurrieron misterios en la orla del muelle de Bahía. Muerte presenciada, sin embargo, por testigos idóneos, largamente comentada en las laderas y barrancas oscuras, repetida la frase final de boca en boca; muerte que representó, en opinión de aquella gente, más que una simple despedida del mundo, un testimonio profetice, mensaje de profundo contenido (como escribiría un joven autor de nuestro tiempo).

Tantos testigos idóneos, entre ellos Mestre Manuel y Quiteria do Olho Arregalado, mujer de palabra, y, a pesar de todo, hay quien niega toda autenticidad no sólo a la admirada frase sino a todos los acontecimientos de aquella noche memorable, cuando, en hora dudosa y en condiciones discutibles, Quincas Berro Dagua se hundió en el mar de Bahía y emprendió su viaje, para nunca más volver. Así es el mundo, poblado de escépticos y negativistas, amarrados, como bueyes en yugo, al orden y a la ley, a los procedimientos habituales, al papel sellado. Exhiben ellos, victoriosamente, el certificado de defunción firmado por el médico casi al mediodía, y con este simple papel —sólo porque tiene letra impresa y sellos— intentan apagar horas intensamente vividas por Quincas Berro Dagua hasta su partida, por libre y espontánea voluntad, como declaró en tono bueno y alto, a los amigos y demás personas presentes.

La familia del muerto —su respetable hija y su circunspecto yerno, funcionario público de prometedora carrera; tía Marocas y su hermano menor, comerciante con modesto crédito en un Banco—, afirma que toda la historia no pasa de ser una enorme patraña, invención de borrachos inveterados, sinvergüenzas al margen de la ley y de la sociedad, de bellacos cuyo paisaje debieran ser las rejas de la cárcel y no la libertad de las calles, el puerto de Bahía, las playas de arena blanca, la noche inmensa. Con flagrante injusticia atribuyen a esos amigos de Quincas toda la responsabilidad de la malhadada existencia por él vivida en sus últimos años, cuando se convirtió en la tristeza y la vergüenza de la familia, hasta el punto de que no era pronunciado su nombre, y sus hechos no eran comentados en la presencia inocente de los niños, para quienes el abuelo Joaquim, de añorado recuerdo, había muerto mucho antes, decentemente, rodeado de la estima y del respeto de todos.

Esto nos lleva a comprobar que hubo una primera muerte, si no física al menos moral, fechada años antes, sumando un total de tres, haciendo de Quincas un recordman de la muerte, un campeón de fallecimientos, y dándonos derecho a pensar si habrán sido los acontecimientos posteriores —a partir del certificado de defunción y hasta su hundimiento en el mar—, una farsa montada por él, con la intención una vez más de mortificar a los parientes, de amargarles la existencia, exponiéndolos a la vergüenza y a las murmuraciones de la calle. No era él en verdad hombre de respeto y conveniencias, a pesar del respeto dedicado por sus compinches de juego a jugador de tan envidiada suerte, a bebedor de tan largos y conversados aguardientes.

No sé si ese misterio de la muerte (o de las sucesivas muertes) de Quincas Berro Dagua, podrá ser completamente descifrado. Pero lo intentaré como él mismo aconsejaba, pues lo importante es intentar aun lo imposible.

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II

Los sinvergüenzas que contaban, por calles y laderas, frente al Mercado y en la Feira de Agua dos Meninos, los momentos finales de Quincas (hasta se compuso un folleto con versos de pie quebrado, obra del repentista Cuica de Santo Amero, vendido largamente), andaban maltratando la memoria del muerto, según la familia. Y la memoria de un muerto es, como se sabe, cosa sagrada, no para andar en boca poco limpia de beodos, jugadores y contrabandistas de marihuana, ni para servir de rima pobre a cantores populares a la entrada del Elevador Lacerda, por donde pasa tanta gente bien, incluso colegas de Leonardo Barreto, el humillado yerno de Quincas. Cuando un hombre muere, se reintegra a su respetabilidad más auténtica, aunque se haya pasado la vida haciendo locuras. La muerte apaga, con mano de ausencia, las manchas del pasado, y la memoria del muerto fulge como un diamante. Ésa era la tesis de la familia, aplaudida por vecinos y amigos. Según ellos, Quincas Berro Dagua, al morir, volvía a ser aquel antiguo y respetable Joaquim Soares da Cunha, de buena familia, ejemplar funcionario de la Dirección General de Rentas del Estado, hombre de paso medido, bien afeitado, chaqueta de alpaca negra, cartera bajo el brazo, oído con respeto por los vecinos, opinando sobre el tiempo y la política, jamás visto en un cafetín, hombre de aguardientes comedidos y caseros. En realidad, en un esfuerzo digno de todo aplauso, la familia había conseguido que brillara así sin mancha la memoria de Quincas, decretándolo muerto, desde hacía algunos años, para la sociedad. De él hablaban en pasado, cuando, obligados por las circunstancias, a él se referían. Desgraciadamente, sin embargo, a veces algún vecino, un colega cualquiera de Leonardo o amiga charlatana de Vanda (la hija avergonzada), tropezaba con Quincas o sabía de él por medio de terceros. Era como si un muerto se alzara en su tumba para manchar su propia memoria: tendido, borracho, al sol, ya avanzada la mañana, en las inmediaciones de la rampa del Mercado, o, sucio y andrajoso, inclinado sobre una baraja grasienta en el atrio de la Iglesia del Pilar, o cantando con voz ronca por la Ladeira de Sao Miguel, abrazado a negras y mulatas de mala vida. ¡Un horror!

Cuando aquella mañana, al fin, llegó un santero establecido en la Ladeira do Tabuao a la pequeña pero bien dispuesta casa de la familia Barreto para comunicar, afligido, al yerno Leonardo, que Quincas la había palmado definitivamente, muerto en su cuchitril miserable, del pecho de los esposos se elevó al unísono un suspiro de alivio. De ahora en adelante la memoria del honesto y respetable funcionario de la Dirección General de Rentas del Estado, ya no sería mancillada y arrastrada en el lodo por los actos inconsecuentes del vagabundo en que se había transformado en los últimos años de su vida. Había llegado la hora del merecido descanso. Ya podrían hablar libremente de Joaquim Soares da Cunha, loar su conducta de funcionario, señalar a los niños sus virtudes como ejemplo, enseñarles a amar la memoria del abuelo, sin temor a una perturbación cualquiera.

El santero, viejo magro de pelo crespo y cano, hasta se extendía en detalles: una negra, vendedora de puré de mandioca y otros avíos, tenía un importante asunto que tratar con Quincas aquella mañana. Le había prometido éste procurarle ciertas hierbas difíciles de hallar, imprescindibles para las obligaciones del candomblé. La negra había llegado en busca de sus hierbas, tenía prisa, pues era la época sagrada de las fiestas de Xangó. Como siempre, la puerta del cuarto, en lo alto de la empinada escalera, se encontraba abierta. Hacía mucho que Quincas había perdido la llave centenaria. Constaba además que la había vendido a unos turistas, en día magro de desgracia en el juego, añadiéndole una historia con fechas y detalles que la ascendía a llave bendita de iglesia. La negra llamó. No logró respuesta. Pensó que estaría aún dormido. Empujó la puerta. Quincas sonreía tumbado en su camastro —las sábanas negras de mugre, una rasgada colcha sobre las piernas— con su habitual sonrisa acogedora. Ella ni se dio cuenta de nada. Le preguntó por las prometidas hierbas, y él siguió sonriendo sin responder. El dedo gordo del pie derecho asomaba por un agujero del calcetín, los zapatos rotos estaban en el suelo. La negra, íntima y acostumbrada a las bromas de Quincas, se sentó en la cama y le dijo que tenía prisa. Se sorprendió al ver que no extendía su mano libertina, viciada de pellizcos y apalpadas. Volvió a mirar el dedo gordo del pie derecho y notó algo raro. Tocó el cuerpo de Quincas. Se levantó alarmada y tomó su mano fría. Bajó las escaleras corriendo, y se extendió la noticia.

Hija y yerno oían molestos aquellos detalles de negra y hierbas, meteduras de mano y candomblés. Movían la cabeza como dando prisa al santero, hombre tranquilo, amigo de narrar una historia con todos los detalles. Sólo él sabía de los parientes de Quincas, revelados en noche de gran borrachera. Por eso había venido. Adoptaba una expresión compungida para presentar «su sentido pésame».

Era la hora de salir para la oficina. Leonardo dijo a la esposa:

—Ve para allá. Voy a dar una vuelta por la oficina e iré también. Firmaré la entrada y se lo diré al jefe…

Mandaron entrar al santero, le ofrecieron una silla en la sala. Vanda fue a cambiarse de ropa. El santero seguía contándole a Leonardo cosas de Quincas. Todos le querían en el Tabuao. ¿Por qué se había lanzado él —hombre de buena familia, hombre de posibles, como el santero podía comprobar al tener el placer de trabar conocimiento con su hija y su yerno—, a aquella vida de vagabundo? ¿Algún disgusto? Seguro. Tal vez la esposa lo cargara de cuernos. A veces pasaba, y con frecuencia. Y el santero se ponía los dedos como indicadores en la cabeza, en una interrogación licenciosa: ¿había acertado?

—¡Doña Otacilia, mi suegra, era una santa mujer!

El santero se rascó el mentón; ¿por qué entonces?

Pero Leonardo no respondió y fue a atender a Vanda que lo llamaba desde el cuarto.

—Hay que avisar…
—¿Avisar? ¿A quién? ¿Para qué?
—A tía Marocas y a tío Eduardo… A los vecinos. Invitar al entierro…
—¿Para qué invitar a los vecinos? Luego la gente se pone a hablar… Va a armarse un chismorreo de todos los diablos…
—Pero tía Marocas…
—Hablaré con ella y con Eduardo… Después, cuando salga de la oficina. Arréglate rápido, no sea que este condenado que nos trajo la noticia salga por ahí a contárselo a todos…
—Quién lo iba a decir… Morir así… sin nadie a su lado…
—¿Y quién tiene la culpa sino él? Él mismo, el muy loco…

En la sala, el santero admiraba un coloreado retrato de Quincas, antiguo, de unos quince años atrás, señor bien puesto, cuello alto, corbata negra, bigotes en punta, pelo lustroso y mejillas rosadas. A su lado, en moldura idéntica, la mirada acusadora, la boca dura, doña Otacilia, con un vestido de encaje negro. El santero estudió aquella fisonomía hosca:

—No tiene cara de coronar al marido… Pero debía de ser un hueso… Santa mujer… No lo creo…

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III

Unas pocas personas, gente de la Ladeira, velaban el cadáver cuando Vanda llegó. El santero informó en voz baja:

—Es la hija. Tenía hija, yerno, hermanos. Gente distinguida. El yerno es funcionario, vive en Itapagipe. En una casa de primera…

Se apartaban para que pasara ella, esperando verla lanzarse sobre el cadáver, abrazarlo envuelta en lágrimas, sollozar quizá. En el camastro, Quincas Berro Dagua, los calzones viejos y remendados, la camisa despedazada, un enorme y grasiento chaleco, sonreía como si aquello le divirtiera. Vanda se quedó inmóvil, mirando el rostro sin afeitar, las manos sucias, el dedo del pie asomado por el calcetín agujereado. Ya no tenía lágrimas para llorar ni sollozos para llenar el cuarto. Lágrimas y sollozos habían sido desperdiciados en los primeros tiempos de locura de Quincas, cuando ella hizo reiteradas tentativas para devolverlo a la casa abandonada. Ahora sólo miraba, con el rostro rojo de vergüenza.

Era un muerto poco presentable, cadáver de vagabundo fallecido al azar, sin decencia en su muerte, sin respeto, riéndose cínicamente, riéndose de ella, seguro que también de Leonardo, de toda la familia. Cadáver para el depósito, para que al fin se lo llevara el coche fúnebre de la policía y acabara sirviendo a los alumnos de la Facultad de Medicina en las clases prácticas. Cadáver para ser enterrado finalmente en una fosa común, sin cruz ni nombre. Era el cadáver de Quincas Berro Dagua, bebedor, libertino y jugador, sin familia, sin hogar, sin flores y sin rezos. No era Joaquim Soares da Cunha, correcto funcionario de la Dirección General de Rentas, jubilado tras veinticinco años de buenos y leales servicios, esposo modélico, a quien todos saludaban quitándose el sombrero y dándole la mano. ¿Cómo puede un hombre, a los cincuenta años, abandonar la familia, la casa, las costumbres de toda una vida, los amigos antiguos, para echarse a vagabundear por las calles, beber en las tabernas, frecuentar rameras, vivir sucio y barbudo, morar en infame cuchitril, dormir en un catre miserable? Vanda no le encontraba explicación válida. Muchas veces, por la noche, tras la muerte de Otacilia —ni en aquella solemne ocasión se dignó Quincas volver por casa de los suyos—, había discutido el asunto con su marido. Locura no era, o al menos locura de manicomio: los médicos se habían mostrado unánimes. ¿Cómo explicárselo, entonces?

Ahora, sin embargo, todo aquello había terminado, aquella pesadilla de años, aquella mancha a la dignidad de la familia. Vanda había heredado de la madre cierto sentido práctico, la capacidad de tomar y ejecutar rápidamente decisiones. Mientras miraba al muerto, desagradable caricatura de quien había sido su padre, iba decidiendo lo que convenía. Primero llamar al médico para que certificara la defunción. Después, vestir decentemente al cadáver, llevárselo a casa, enterrarlo al lado de Otacilia; un entierro no muy caro, pues andaban difíciles los tiempos, pero tampoco quedar mal ante la vecindad, ante los conocidos y colegas de Leonardo. Tía Marocas y Eduardo ayudarían. Y pensando en eso, los ojos clavados en el rostro sonriente de Quincas, Vanda pensó en qué iba a ser de la jubilación del padre. ¿Seguirían recibiéndola, o les darían sólo la ayuda del Montepío? Tal vez lo supiera Leonardo…

Volvióse hacia los curiosos que la observaban en silencio. Gentuza del Tabuao, la ralea en cuya compañía Quincas se complacía. ¿Qué hacían allí? ¿No comprendían que Quincas Berro Dagua había exhalado el último suspiro? ¿Que había sido sólo una invención del diablo, un mal sueño, una pesadilla? De nuevo volvería a ser Joaquim Soares da Cunha, y estaría ahora entre los suyos, al calor de un hogar honrado, reintegrado a su respetabilidad. Le había llegado al fin la hora del retorno, y esta vez no podría Quincas reírse a la cara de su hija y de su yerno, mandarlos al diablo, darles un irónico adiós y largarse silbando. Estaba tendido en el camastro, inerte. Quincas Berro Dagua, había terminado.

Vanda alzó la cabeza, paseó su mirada victoriosa por los presentes, ordenó con la misma voz de Otacilia:

—¿Desean algo? En caso contrario, pueden ir saliendo…

Luego se volvió hacia el santero:

—¿Podría llamar a un médico, por favor? Para certificar la defunción…

El santero asintió con la cabeza. Estaba impresionado. Los otros se iban marchando lentamente. Vanda se quedó sola con el cadáver. Quincas Berro Dagua sonreía, y el dedo grande del pie izquierdo parecía crecer en el agujero del calcetín.

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IV

Buscó asiento. Lo único que había, fuera del camastro, era un bidón de queroseno vacío. Vanda lo enderezó, sopló para quitarle el polvo. Se sentó. ¿Cuánto iba a tardar el médico? ¿Y Leonardo? Imaginó al marido en la oficina, explicándole al jefe la inesperada muerte de su suegro. El jefe de Leonardo había conocido a Joaquim en los buenos tiempos de la Dirección General de Rentas. Y, ¿quién no lo conocía entonces?, ¿quién no lo había apreciado?, ¿quién hubiera podido en aquel tiempo imaginar su destino? Serían momentos difíciles para Leonardo. Tendría que explicarle al jefe las locuras del viejo, buscar explicaciones. Lo peor sería si la noticia pasaba de mesa en mesa, provocando risitas maldicentes, comentarios groseros, chistes de mal gusto. Era una cruz aquel padre. Había hecho de sus vidas un calvario. Pero ahora había llegado el final. Había que tener aún un poco de paciencia. Vanda miró hacia el muerto con el rabillo del ojo. Allá estaba, sonriendo, como si todo aquello fuera infinitamente divertido.

Es pecado guardar rencor a un muerto, y mucho más si ese muerto es el padre de uno. Vanda se contuvo: era persona religiosa, frecuentaba la iglesia de Bonfim. Un poco espiritista también, creía en la reencarnación. Por lo demás, ahora poco importaba la sonrisa de Quincas. Ahora mandaba ella, al fin, y dentro de poco él volvería a ser el tímido Joaquim Soares da Cunha, irreprochable ciudadano.

El santero llegó con el médico, muchacho joven, buen tipo que aún se tomaba el trabajo de dárselas de profesional competente.

El santero indicó al muerto; el médico saludó a Vanda, y abrió el maletín de cuero brillante. Vanda se levantó, apartando el bidón de queroseno.

—¿De qué murió?
—Lo encontraron así, tal como está —respondió el santero.
—¿Tenía alguna enfermedad?
—No sé, señor. Lo conozco desde hace diez años y siempre estuvo sano como un buey. A no ser que el doctor…
—¿Qué?
—… llame enfermedad al aguardiente. Tiraba por ahí… le gustaba el trago…

Vanda carraspeó, reprobadora. El médico se dirigió a ella:

—¿Era empleado suyo?

Hubo un silencio breve y pesado. La voz llegó de lejos:

—Era mi padre.

Médico joven, aún sin experiencia de la vida. Observó a Vanda, su vestido de fiesta, su limpieza, los zapatos de tacón. Vio la pobreza desmedida del muerto, el cuarto de miseria sin fin.

—¿Y vivía aquí?
—Hicimos lo posible para que volviera a casa. Era…
—¿Loco?

Vanda abrió los brazos. Estaba a punto de llorar. El médico no insistió. Se sentó al borde del camastro y empezó su examen. Inclinó la cabeza y dijo:

—¿Está riendo, eh? Cara de granuja…

Vanda cerró los ojos, se apretó las manos. El rostro rojo de vergüenza.

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V

El consejo de familia no duró mucho. Discutieron en torno a la mesa de un restaurante de la Baixa do Sapateiro. Por la calle, animada, pasaba una multitud alegre y presurosa. Enfrente, un cine. El cadáver había quedado entregado a los cuidados de una empresa funeraria, propiedad de un amigo de tío Eduardo Veinte por ciento de rebaja.

—El cajón ése resultó caro. Y ya no digamos si el acompañamiento fuera grande y necesitáramos autos. Hoy ni siquiera puede uno morirse.

Allí al lado habían comprado ropa nueva, negra la tela (no era gran cosa, pero, como decía Eduardo, hasta era demasiado buena para servir de pasto a los gusanos), un par de zapatos también negros, camisa blanca, corbata, calcetines. Calzoncillos, no eran necesarios. Eduardo iba anotando en un cuadernito cada gasto. Maestro en Economía, su tienda prosperaba.

En las manos hábiles de los especialistas de la funeraria, Quincas Berro Dagua iba volviendo a ser Joaquim Soares da Cunha, mientras los parientes comían una fritada de pescado en el restaurante y discutían las cosas del entierro. Prácticamente, discusión sólo la hubo sobre un detalle: de dónde iba a salir el ataúd.

Vanda quería llevarse el cadáver a casa, hacer el velatorio, en la sala, ofreciendo café, licor, pastas a los presentes, durante la noche. Llamar al padre Roque para los responsos. El entierro sería por la mañana temprano, para que pudiera asistir mucha gente: colegas de la oficina, viejos conocidos o amigos de la familia. Leonardo se opuso. ¿Para qué llevarse el muerto a casa? ¿Para qué invitar a vecinos y amigos, molestar a la gente? Sólo para que todos anduvieran recordando luego las locuras del difunto su vida inconfesable de los últimos años, para avergonzar a la familia ante todo el mundo. Como había ocurrido aquella mañana en la oficina. No se habló de otra cosa. Cada uno sabía una historia de Berro Dagua y las contaban entre carcajadas. Él mismo, Leonardo, nunca hubiera creído que su suegro las hiciera tantas y tan gordas. Las había de espanto… Había que contar además con que muchas de aquellas gentes ya creían a Quincas muerto y enterrado, o viviendo en el interior. ¿Y los niños? Veneraban la memoria de un abuelo ejemplar, descansando en santa paz con Dios, y de repente llegarían los padres con el cadáver del vagabundo bajo el brazo, metiéndoselo en las narices. Sin hablar del hartón de trabajo que les iba a dar, de los gastos, como si no bastara ya con el entierro, el traje nuevo, el par de zapatos. Él, Leonardo, tenía mientras tanto que andar echando medias suelas a los suyos, para ahorrar. Ahora, con aquel gastazo, ¿cuándo iba a poder comprarse unos nuevos?

Tía Marocas, gordísima, adorando la fritada del restaurante, era de la misma opinión:

—Lo mejor es decir que murió en el interior, que llegó un telegrama. Después invitamos a la gente a los funerales. Que vaya quien quiera; la gente no está obligada a acompañarlo.

Vanda levantó el tenedor:

—Bien, pero así y todo, es mi padre. No quiero que le entierren como un vagabundo. Y tú, Leonardo, ¿qué opinarías si fuese tu padre?

Tío Eduardo no era sentimental:

—¿Y qué era, sino un vagabundo? Y de los peores de Bahía. Ni siendo mi hermano lo puedo negar…

Tía Marocas soltó un eructo, harto el papo, y el corazón también.

—Pobre don Joaquim… Era bueno. Incapaz de hacer mal a nadie. Le gustaba esa vida, y cada uno tiene su destino. Desde niño era así. ¿Te acuerdas, Eduardo? Una vez, de pequeño, quiso marcharse con un circo. Una buena zurra le costó —dio una palmadita en el muslo de Vanda, como disculpándose—. Y tu madre, querida, era un poco mandona. Un día llegó y me dijo que quería ser libre como un pájaro. La verdad es que tenía gracia.

Nadie se la vio. Vanda frunció el entrecejo. Insistía.

—No lo estoy defendiendo. Mucho nos hizo sufrir a mí y a mi madre, que era mujer de bien. Y a Leonardo. Pero ni aún así quiero que lo entierren como a un perro sin amo. ¿Qué diría la gente cuando se enterara? Antes de empezar con sus locuras era persona considerada. Hay que enterrarlo como debe de ser.

Leonardo la miró, suplicante. Sabía que no servía de nada discutir con Vanda: siempre ella acababa por imponer su voluntad y sus deseos. También ocurría lo mismo en tiempos de Joaquim y Otacilia. Hasta que un día Joaquim se lió la manta a la cabeza y los dejó plantados. ¿Qué remedio, sino cargar con el cadáver, llevarlo a casa, avisar a amigos y conocidos, llamar a la gente por teléfono, pasar la noche en blanco oyendo contar cosas de Quincas, las risas en sordina, los guiños, todo, hasta la salida del entierro? Aquel suegro le había amargado la existencia, le había dado los mayores disgustos. Leonardo había vivido durante años con el temor de enterarse de «otra de las suyas», de abrir el diario y tropezarse con la noticia de su detención por vagabundaje, como ya había ocurrido una vez. No quería acordarse de aquel día en que, a instancias de Vanda, anduvo buscándole por la policía, de una comisaría a otra, hasta encontrar a Quincas en los sótanos de la Central, en calzoncillos y descalzo, jugando tranquilamente con rateros y timadores. Y después de todo eso, cuando creía que al fin iba a poder respirar, aún tenía que aguantar aquel cadáver todo un día y una noche en casa…

Pero Eduardo tampoco estaba de acuerdo, y era la suya una opinión de peso, ya que el comerciante había aceptado compartir los gastos del entierro:

—Todo eso está muy bien, Vanda. Que lo entierren como un cristiano. Con cura, ropa nueva, corona de flores. No es que lo mereciera, pero al fin y al cabo es tu padre y mi hermano. Está bien, de acuerdo, pero de ahí a meter el difunto en casa…
—¿Por qué? —repitió Leonardo como un eco.
—… fastidiar a medio mundo, tener que alquilar seis u ocho autos para el acompañamiento… ¿Sabes cuánto cuesta cada uno? ¿Y el transporte del cadáver desde el Tabuao a Itapagipe? Una fortuna. ¿Por qué no sale el entierro de aquí mismo? Vamos nosotros como acompañamiento. Basta un automóvil. Después, si se empeñan ustedes, invitamos a la gente a la misa de funeral.
—Di que murió en el interior —tía Marocas no abandonaba su propuesta.
—Bien. ¿Por qué no?
—¿Y quién vela el cuerpo?
—Nosotros mismos. ¿Para qué más?

Vanda acabó por ceder. En verdad —pensó— la idea de llevarse el cadáver a casa era una exageración. Sólo iba a dar trabajo, gastos, preocupaciones. Lo mejor sería enterrar a Quincas lo más discretamente posible comunicar después el óbito a los amigos e invitarlos al funeral.

Así quedó acordado. Pidieron los postres. Un altavoz atronaba, allí al lado, cantando las excelencias del plan de ventas de una inmobiliaria.

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VI

Tío Eduardo se volvió al almacén. No podía abandonarlo, con aquellos empleados, unos sinvergüenzas. Tía Marocas prometió volver más tarde al velatorio. Tenía que pasar por casa, pues había dejado todo revuelto con la prisa al enterarse de la noticia. Leonardo, por consejo de Vanda, aprovechó la tarde libre de oficina para ir a la inmobiliaria para ultimar un negocio de compra a plazos de un terreno. Un día. Dios mediante, tendrían su propia casa.

Habían establecido una especie de turnos de vela:

Vanda y Marocas por la tarde, Leonardo y tío Eduardo por la noche. La Ladeira do Tabuao no era lugar por donde una señora pudiera ser vista por la noche, ladera de mala fama, poblada de malhechores y mujeres de la vida. A la mañana siguiente se reuniría toda la familia para el entierro.

Así fue como Vanda, por la tarde, se encontró a solas con el cadáver de su padre. Los ruidos de una vida pobre e intensa desarrollándose por la ladera, llegaban apenas al tercer piso de la casucha donde el muerto reposaba tras el ajetreo del cambio de ropa.

Los empleados de la funeraria habían hecho bien su trabajo. Eran competentes y entrenados. Como dijo el santero, que pasó un momento para ver cómo iban las cosas, «no parecía el mismo muerto». Peinado, afeitado, vestido de negro, camisa blanca y corbata, zapatos brillantes, era realmente Joaquim Soares da Cunha quien descansaba en el ataúd (un ataúd regio comprobó Vanda satisfecha), de asas doradas, con relieves en los bordes. Habían improvisado con tablas y alzaderos de madera una especie de mesa, y en ella se ostentaba el ataúd, noble y severo. Dos velas enormes —cirios de altar mayor, pensó orgullosa Vanda— lanzaban una llama débil, pues la luz de Bahía entraba por la ventana y llenaba el cuarto de claridad. Tanta luz del sol, tanta alegre claridad, parecieron a Vanda una desconsideración para con la muerte, apagaba el brillo augusto de las velas, las hacía inútiles. Por un momento pensó en apagarlas: medida de economía. Pero, como seguro que la funeraria iba a cobrar lo mismo, así gastaran dos velas o diez, decidió cerrar la ventana y dejar en penumbra el cuarto. Las llamas benditas saltaban como lenguas de fuego. Vanda se sentó en una silla (préstamo del santero); se sentía satisfecha. No con la simple satisfacción del deber filial cumplido, sino algo más profundo.

Un suspiro de satisfacción le brotó del pecho. Se ahuecó los cabellos castaños con un movimiento de la mano. Era como si al fin hubiera domado a Quincas, como si le hubiera puesto otra vez las riendas, aquellas riendas que un día había arrancado él de las manos fuertes de Otacilia, riéndosele en sus propias narices. La sombra de una sonrisa afloró en los labios de Vanda, que serían bellos y deseables si no fuera por cierta rígida dureza que los marcaba. Se sentía vengada de todo cuanto Quincas hiciera sufrir a la familia, sobre todo a ella misma y a Otacilia, aquella humillación de años y años. Diez años pasó Joaquim en esa vida absurda. «Rey de los vagabundos de Bahía», le llamaban en las columnas de sucesos los periódicos; tipo callejero citado en crónicas de literatos ávidos de pintoresquismo; diez años avergonzando a la familia, salpicándola con el barro de aquella inconfesable celebridad. El «esponja mayor de Salvador», el bebedor empedernido, el «filósofo andrajoso de la rampa del Mercado», el «senador de los bailongos», Quincas Berro Dagua, el «vagabundo por excelencia». Así le llamaban los diarios, donde a veces aparecía su sórdido rostro fotografiado. ¡Dios mío, cuánto ha de sufrir una hija en el mundo cuando el destino le reserva la cruz de un padre sin conciencia de sus deberes!

Pero ahora se sentía contenta: mirando al cadáver, en su ataúd casi lujoso, vestido de negro, con las manos cruzadas sobre el pecho, en una actitud de devota compunción. Se elevaban las llamas de las velas arrancando destellos de los zapatos nuevos. Todo decente; menos la habitación, claro. Un consuelo para quien tanto había tenido que sufrir y padecer… Vanda pensó que Otacilia se sentiría feliz en el distante círculo del universo donde ahora se hallaba. Porque al fin se imponía su voluntad, la hija devota había hecho revivir a aquel Joaquim Soares da Cunha, a aquel tímido, bueno y obediente esposo y padre: bastaba levantar la voz y cerrar los ojos para tenerlo ante ella sobrio y conciliador. Allí estaba, cruzadas las manos sobre el pecho. Había desaparecido para siempre el vagabundo, el «rey de las verbenas callejeras», el «patriarca de la zona del bajo meretricio».

Una pena que estuviera muerto y no pudiera verse en el espejo, que no pudiera comprobar la victoria de la hija, de la digna familia ultrajada.

Quería Vanda, en aquella hora de íntima satisfacción, de absoluta victoria, ser generosa y buena. Olvidar los últimos diez años, como si los expertos de la funeraria los hubieran purificado con el mismo trapo enjabonado con que arrancaron la suciedad del cuerpo de Quincas, para recordar sólo la infancia, la adolescencia, el noviazgo y el casamiento, y la figura mansa de Joaquim Soares da Cunha medio escondido en su silla de lona leyendo los periódicos, estremeciéndose cuando la voz de Otacilia lo llamaba, reprensiva:

—¡Quincas!

Así lo amaba. Sentía ternura por él, añoranza de aquel padre. Con un poco de esfuerzo sería capaz hasta de conmoverse, de sentirse huérfana infeliz y desolada.

Aumentaba el calor del cuarto. Cerrada la ventana, no encontraba la brisa marinera lugar por donde entrar. Tampoco Vanda la quería: mar, puerto y brisa, las laderas monte arriba, los ruidos de la calle, formaban parte de aquella finida existencia de infame desvarío. Allí deberían estar sólo ella, el padre muerto, el recordado Joaquim Soares da Cunha y los recuerdos más queridos por él dejados. Vanda iba arrancando del fondo de la memoria escenas olvidadas. El padre llevándola al tiovivo de la Ribeira, en las fiestas de Bonfim. Nunca lo había visto tan alegre; aquel hombretón transformado en montura para la chiquilla, riendo a carcajadas, él, que tan raramente sonreía. Recordaba también el homenaje que le habían rendido amigos y colegas cuando fue ascendido a la Dirección. La casa llena de gente. Vanda era aún una chicuela, pero empezaba a sentir amores. Quien aquel día reventaba de satisfacción era Otacilia, en la sala, en medio del grupo, con discursos, cerveza y una estilográfica ofrecida al funcionario. Ella parecía la homenajeada. Joaquim oía los discursos, se apretaba las manos, recibía el regalo sin mostrar entusiasmo. Como si todo aquello le fastidiara y no tuviera valor para decirlo.

Recordaba también la fisonomía del padre cuando ella le comunicó la próxima visita de Leonardo, que al fin había decidido pedir su mano. Movió la cabeza murmurando:

—¡Pobre hombre…!

Vanda no admitía críticas al novio:

—¿Pobre? ¿Por qué? Es de buena familia, tiene un buen empleo, no es hombre de juergas y borracheras…
—Ya lo sé, ya lo sé… Pensaba en otra cosa.

Era curioso. No se acordaba de muchos pormenores ligados a su padre. Como si él no hubiera participado activamente en la vida de la casa. Podría pasar horas y horas recordando a Otacilia, escenas, hechos, frases, acontecimientos en los que la madre había participado. Pero la verdad es que Joaquim sólo empezó a contar en sus vidas cuando, aquel día absurdo, después de llamar «burro» a Leonardo, se las quedó mirando, a ella y a Otacilia, y les espetó inesperadamente:

—¡Víboras!

Y con la mayor tranquilidad del mundo, como si estuviera realizando el acto más trivial, se fue hacia la puerta y no volvió.

En eso, sin embargo, no quería pensar Vanda. De nuevo volvió a la infancia. Era allí donde encontraba más precisa la imagen de Joaquim. Por ejemplo, cuando ella, niña de cinco años, de pelo en tirabuzones y lágrima fácil, tuvo aquel alarmante febrón. Joaquim no salía del cuarto, sentado junto al lecho de la enfermita, cogiéndole las manos, dándole las medicinas. Era un buen padre y un buen esposo. Con este último recuerdo, Vanda se sintió suficientemente conmovida y —si hubiera más gente en el velorio— hasta capaz de llorar un poco, como es obligación de una buena hija.

Con rostro melancólico miró el cadáver. Zapatos lustrosos en los que brillaba la luz de las velas, pantalones de corte perfecto, chaqueta negra bien asentada, las manos cruzadas sobre el pecho. Posó los ojos en el rostro barbado. Y se quedó estupefacta. Por primera vez.

Vio la sonrisa. Sonrisa cínica, inmoral, como si lo estuviera pasando en grande. La sonrisa no había cambiado, nada habían logrado contra ella los especialistas de la funeraria. También ella, Vanda, se había olvidado de pedirles que le pusieran un rostro más acorde, más ajustado a la solemnidad de la muerte. Y Quincas Berro Dagua seguía sonriendo, y ante aquella sonrisa de mofa y gozo, ¿de qué servían los zapatos nuevos —nuevos de trinque, cuando el pobre Leonardo tenía que mandar que pusieran, por segunda vez, medias suelas a los suyos—, de qué servía la ropa negra, la camisa blanca, la barba afeitada, el pelo sujeto con fijador, las manos puestas en oración? Porque Quincas se reía de todo aquello, con una risa que se iba dilatando, ampliándose, y poco después resonaba en la pocilga inmunda. Reía con los labios y con los ojos, con los ojos clavados en el montón de ropa sucia y remendada olvidada en un rincón por los hombres de la funeraria. La sonrisa de Quincas Berro Dagua.

Y Vanda oyó, marcadas las sílabas con nitidez insultante, entre el silencio fúnebre:

—¡Víbora!

Se asustó, sus ojos relampaguearon como los de Otacilia, pero su rostro se puso pálido. Era la palabra que él usaba cuando, al inicio de su locura, ella y Otacilia intentaban reducirlo de nuevo al confort de la casa, a los hábitos establecidos, a la perdida decencia. Ni ahora, muerto y estirado en un ataúd, con velas a los pies, vestido con buenas ropas, se entregaba. Se reía con la boca y con los ojos, y nada raro tenía que empezara a silbar. Y aún más, uno de los pulgares —el de la mano izquierda— no estaba debidamente cruzado sobre el otro, sino que se elevaba en el aire, anárquico, insultante:

—¡Víbora! —dijo de nuevo. Y silbó, quedamente.

Vanda se estremeció en su silla, se pasó la mano por el rostro —¿me estaré volviendo loca?—, sintió que le faltaba el aire. El calor se iba haciendo insoportable, tenía náuseas.

Una respiración sofocada en la escalera: tía Marocas, con los rodetes de grasa bailándole, entraba en el cuarto. Vio a la sobrina descompuesta en la silla, lívida, los ojos clavados en la boca del muerto.

—Estás deshecha, pequeña. También, con el calor que hace en este cuartucho…

Se amplió la sonrisa canalla de Quincas al ver la masa monumental de su hermana. Vanda quiso taparse los oídos. Sabía, por experiencia anterior, con qué palabras acostumbraba él a definir a Marocas, ¿pero de qué sirven las manos en las orejas para contener la voz de un muerto? Y oyó:

—¡Saco de pedos!

Marocas, más descansada de la subida, sin mirar siquiera al cadáver, abrió de par en par la ventana:

—¿Le han echado perfume? Hay un olor que atonta.

Por la ventana abierta entró el barullo de la calle, múltiple y alegre, la brisa del mar apagó las velas y vino a besar la faz de Quincas. La claridad se extendió sobre él, azul y festiva. Victoriosa la sonrisa de los labios, Quincas se arrellanó en el ataúd.

.

VII

Ya a aquella hora la noticia de la muerte inesperada de Quincas Berro Dagua circulaba por las calles de Bahía. Es bien verdad que los pequeños comerciantes del Mercado no cerraron sus puertas en señal de duelo. En compensación, inmediatamente, aumentaron los precios de las chucherías, de los bolsos de paja, de las esculturas de barro que vendían a los turistas. Así homenajeaban al muerto. Hubo en las proximidades del Mercado reuniones precipitadas que parecían comiciosrelámpago, gente que iba de un lado al otro; la noticia en el aire, subiendo por el Elevador Lacerda, viajando en los tranvías de Calçada, en los autobuses de Feira de Santana. Se deshizo en lágrimas la graciosa Negra Paula, ante su tenderete de bollos de tapioca. No vendría Berro Dagua aquella tarde a echarle piropos retorcidos, exquisitos, a espiarle los senos opulentos, a proponerle indecencias, haciéndola reír.

En los pesqueros de velas arriadas, los hombres del reino de lemanjá, los bronceados marineros, no escondían su decepcionada sorpresa: ¿Cómo era posible que muriera en un cuarto de Tabuao? ¿Cómo al «viejo marinero» se le había ocurrido ir a echar el alma en una cama? ¿No había dicho tantas veces, en tono solemne, con voz y tono capaces de convencer al más incrédulo, que jamás moriría en tierra, que no había más que un sepulcro digno de un tunante como él: el mar bañado en luna, las aguas sin fin?

Cuando se encontraba, invitado de honor, en la popa de un patache, ante una sensacional calderada de pescado, las ollas de barro lanzando su vaho, oloroso, la botella de aguardiente pasando de mano en mano, había siempre un instante, cuando empezaban a puntear las guitarras, en que se despertaban sus instintos marineros. Se ponía en pie, balanceando el cuerpo —el aguardiente le daba aquel vacilante equilibrio de los hombres de mar— y declaraba su condición de «viejo marinero». Viejo sin barco y sin mar, desmoralizado en tierra, pero no por culpa suya. Porque había nacido para el mar, para izar vela y dominar el timón de los veleros, para tomar las ondas en noche de temporal. Su destino fue truncado. Hubiera podido llegar a capitán de navío, vestido de azul, pipa en boca. Ni siquiera así dejaba de ser marinero, para eso había nacido de su madre Madalena, nieta de comandante de barco. Era hombre de mar por su bisabuelo, y si ahora le entregaran el mando de aquel patache, capaz sería de llevarlo mar afuera, no hacia Maragogipe o la Cachoeira, allí al lado, y sí hacia las distantes costas de África, a pesar de no haber navegado jamás. Lo llevaba en la sangre. Nada precisaba aprender de navegación: había nacido sabiéndolo todo. Si alguien entre los asistentes tenía dudas, que se presentara… Empinaba la botella y echaba unos largos tragos. Los patrones de los pesqueros no lo dudaban, bien podía ser verdad. En el muelle y en las playas, los chiquillos nacían sabiendo las cosas del mar: no hay que buscar explicación a estos misterios. Entonces Quincas Berro Dagua hacía su solemne juramento: reservaba para el mar las honras de su hora postrera, de su momento final. No lo sujetarían a seis palmos de tierra. ¡Eso no! Exigiría, cuando la hora llegase, la libertad del mar, los viajes que no hizo en vida, las más osadas travesías, las hazañas sin ejemplo. Mestre Manuel, sin nervios y sin edad, el más valiente de los patrones, sacudía la cabeza, aprobador. Los otros, a quienes la vida había enseñado a no dudar de nada, asentían también mientras echaban otro trago de aguardiente. Rasgueaban las guitarras, cantaban la magia de las noches de mar, la seducción fatal de Janaina. El «viejo marinero» cantaba más alto que nadie.

¿Cómo fue entonces a morir al fondo de un cuartucho del Tabuao? Era increíble. Los patrones de los veleros escuchaban la noticia sin darle total crédito. Quincas Berro Dagua era amigo de jugarretas. Más de una vez había embromado a medio mundo.

Los jugadores de tute, de ronda, de siete y medio, suspendían las emocionantes partidas, desentendiéndose de las ganancias, estupefactos. ¿No era Berro Dagua su jefe indiscutido? Caía sobre ellos la sombra de la tarde como un luto cerrado. En los bares, en los tabernuchos, en el mostrador de tiendas y cafés, dondequiera que se bebiera aguardiente, imperaba la tristeza y las consumiciones iban a cuenta de la pérdida irremediable. ¿Quién bebía mejor que él, jamás borracho por completo, tanto más lúcido y brillante cuanto más aguardiente embarcaba, capaz como nadie de adivinar la marca, la procedencia de los más diversos aguardientes, conocedor como nadie de todos los matices de color, de gusto y de perfume? ¿Cuántos años hacía que no cataba el agua? Desde el día en que pasó a ser llamado Berro Dagua.

No es que sea un hecho memorable o una emocionante historia, pero vale la pena contar el caso, pues fue a partir de ese instante cuando el apodo Berro Dagua se incorporó de manera definitiva al nombre de Quincas. Había entrado en la tienda de López, simpático español, en la parte de afuera del Mercado. Parroquiano habitual, se había ganado el derecho de servirse sin ayuda de empleados. En el mostrador vio una botella de limpio aguardiente, transparente, perfecto. Llenó un vaso, escupió para limpiar la boca y lo apuró de un trago. Un grito inhumano turbó la placidez de la mañana en el Mercado, haciendo vacilar al propio Elevador Lacerda en sus profundos fundamentos. El grito de un animal herido de muerte, de un hombre traicionado:

—¡Aguuuuuuua!

¡Inmundo, asqueroso español maldito! Corría gente de todas partes. Sin duda asesinaban a alguien. Los parroquianos reían a carcajadas. El «berro de agua» de Quincas se extendió como anécdota del Mercado a Pelourinho, del Largo das Sete Portas al Dique, de Calçada a Itopoá. Quincas Berro Dagua fue desde entonces, y Quiteria do Olho Arregalado, en los momentos de mayor ternura, le llamaba «Berrito» entre sus dientes mordedores.

También en aquellas casas pobres, de las mujeres más baratas, donde vagabundos y malhechores, matuteros y pescadores desembarcados, encontraban un hogar, una familia, y el amor en las horas perdidas de la noche, tras el triste mercado del sexo, cuando las fatigadas mujeres ansiaban un poco de ternura, la noticia de la muerte de Quincas Berro Dagua provocó la desolación e hizo correr las lágrimas más tristes. Las mujeres lloraban como si hubiesen perdido un pariente próximo, y se sentían de pronto desamparadas en su miseria. Algunas unieron sus ahorros y resolvieron comprar para el muerto las más bellas flores de Bahía. En cuanto a Quiteria do Olho Arregalado, rodeada de la lacrimosa dedicación de las compañeras de la casa, sus gritos saltaban la Ladeira de Sao Miguel, morían en el Largo do Pelourinho, gritos de cortar el corazón. Sólo encontró consuelo en la bebida, exaltando, entre tragos y sollozos, la memoria de aquel inolvidable amante, el más tierno y loco amante, el más alegre y el más sabio.

Recordaban hechos, detalles y frases capaces de dar la justa medida de Quincas. Fue él quien cuidó, durante más de veinte días, al hijo de Benedita, cuando, teniendo éste tres meses, tuvo su madre que internarse en un hospital. Sólo le faltaba dar de mamar a la criatura. Todo lo demás lo hizo: cambiarle los pañales, limpiarle el culito, bañarlo, darle el biberón.

¿No se había arrojado, aún pocos días antes, viejo y borracho, como un campeón sin miedo, en defensa de Clara Boa, cuando dos jóvenes calaveras, hijos de puta de las mejores familias, quisieron zurrarla en medio de una juerga en el burdel de Viviana? Y, ¿qué huésped más agradable en la gran mesa del comedor, a la hora del mediodía…? ¿Quién sabía historias más alegres, quién consolaba mejor las penas amorosas, quién era como un padre o como un hermano mayor? A media tarde, Quiteria do Olho Arregalado rodó de la silla y la llevaron a la cama. Allí se quedó dormida con sus recuerdos. Varias mujeres decidieron no buscar ni recibir a ningún hombre aquella noche: estaban de luto. Como si fuese jueves o viernes santo.

.

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “LA MUERTE Y LA MUERTE DE QUINCAS BERRO DAGUA (I)

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