LA MUERTE Y LA MUERTE DE QUINCAS BERRO DAGUA (Final)

Jorge Amado

 

 

 

VIII

Al caer la tarde, cuando se encendían las luces de la ciudad y los hombres abandonaban el trabajo, los cuatro amigos más íntimos de Quincas Berro Dagua — Curió, Negro Pastinha, Cabo Martin y Pe-de-Vento— bajaban por la Ladeira do Tabuao camino del cuarto del muerto. Hay que decir, en honor a la verdad, que aún no estaban borrachos. Eso sí, habían tomado sus tragos en la conmoción de la noticia, pero el picor de los ojos se debía a las lágrimas vertidas, al dolor desmedido, y lo mismo puede decirse de su voz ronca y del paso vacilante. ¿Cómo mantenerse completamente lúcido cuando muere un amigo de tantos años, el mejor compañero, el más completo vagabundo de Bahía? Lo de la botella que Cabo Martin llevaba escondida bajo la camisa, jamás llegó a probarse.

A aquella hora del crepúsculo, misterioso comienzo de la noche, el muerto parecía un poco fatigado. Vanda se daba cuenta. No era para menos: había pasado la tarde riendo, diciendo palabrotas, haciéndole muecas de burla. Ni siquiera cuando llegaron Leonardo y tío Eduardo, hacia las cinco, ni siquiera entonces descansó Quincas. Insultaba a Leonardo: «¡Tarugo!»; se reía de Eduardo. Pero cuando cayeron sobre la ciudad las sombras del crepúsculo, Quincas se inquietó. Como si esperara algo que tardaba en llegar. Vanda, para olvidar y confortarle, hablaba animadamente con su marido y los tíos, evitando mirar al muerto. Su deseo era volver a casa, descansar, tomar una pastilla que la ayudara a dormirse. ¿Por qué los ojos de Quincas miraban a veces a la ventana y otras a la puerta?

La noticia no les llegó a los cuatro amigos al mismo tiempo. El primero en saberla fue Curió. Empleaba éste sus múltiples talentos haciendo propaganda de una tienda de la Baixa do Sapateiro. Vestido con un viejo levitón mugriento, la cara pintada, se apostaba —por un salario mísero— a la puerta del establecimiento alabando la baratura y las virtudes de la mercancía, paraba a los transeúntes con sus bromas, los invitaba a entrar, casi los arrastraba a la fuerza. De vez en cuando apretaba la sed —empleo aquél como hecho adrede para secar garganta y pecho— y se largaba un momento a una taberna próxima donde echaba un trago para templar la voz. En una de esas idas y venidas le llegó la noticia, brutal como un golpazo en el pecho, y le dejó sin habla. Volvió cabizbajo, entró en la tienda y avisó al sirio que no contara más con él aquella tarde. Curió era aún mozo, y alegrías y tristezas lo afectaban profundamente. No podía soportar solo el choque terrible. Precisaba la compañía de los otros íntimos, de la pandilla habitual.

El corro junto a la rampa de los pataches, en la feria nocturna de Agua dos Meninos los sábados, en las Sete Portas, en las exhibiciones de lucha capoeira en la Estrada da Liberdade, era casi siempre numeroso: marineros, pequeños comerciantes del Mercado, papanatas, luchadores de capoeira, truhanes de todo tipo, participaban en las largas conversaciones, contaban sus aventuras, las movidas partidas de baraja, la pesca bajo la luna, las juergas en el barrio. Numerosos amigos y admiradores poseía Quincas Berro Dagua, pero aquellos cuatro eran los inseparables. Se habían encontrado durante años todos los días, habían pasado juntos todas las noches, con dinero o sin dinero, hartos de bien comer o muertos de hambre, compartiendo la bebida, juntos en la alegría o en la tristeza. Sólo ahora se daba cuenta Curió de cuan unidos estaban. La muerte de Quincas le parecía una amputación, como si le hubieran arrancado un brazo, una pierna, como si le hubieran saltado un ojo. Aquel ojo del corazón del que hablaba la madre-de-santo Senhora, dueña de toda sabiduría. Juntos, pensó Curió, debían llegar hasta el cuerpo de Quincas Berro Dagua.

Salió en busca de Negro Pastinha, a aquella hora sin duda en Largo das Sete Portas ayudando a los jugadores conocidos a desplumar pardillos, ganándose así unos cobres para el aguardiente de la noche. Negro Pastinha medía casi dos metros.

Cuando hinchaba el pecho parecía un monumento, tan grande y fuerte era. Nadie podía con el negro cuando se ponía furioso. Cosa, por otra parte, y felizmente, difícil de acontecer, pues Negro Pastinha era de naturaleza alegre y bonachón.

Lo encontró en el Largo das Sete Portas, como había calculado. Y allí estaba, sentado en la acera del pequeño Mercado, hundido en lágrimas, agarrado a una botella casi vacía. A su lado, solidarios en el dolor y el aguardiente, vagabundos diversos hacían coro a sus lamentaciones y suspiros. Ya sabía la noticia, pensó Curió al ver la escena. Negro Pastinha echó un trago, secó una lágrima, gritó desesperado:

—Murió el padre de todos…
—… padre de todos… —gemían los otros.

Circulaba la botella consoladora, crecían las lágrimas en los ojos del negro, crecía su acerbo sufrir:

—Murió el hombre bueno…
—… hombre bueno…

De vez en cuando se incorporaba al corro un nuevo elemento, a veces sin saber lo que pasaba. Negro Pastinha le tendía la botella y soltaba su grito de apuñalado:

—Era bueno…
—… era bueno… —repetían los otros, menos el novato, a la espera de una explicación de tan tristes lamentos y aguardiente gratis.
—¡Habla también, desgraciado! —Negro Pastinha, sin levantarse, alzaba el brazo poderoso y sacudía un pescozón al recién llegado, con un brillo en los ojos—. ¿O es que crees que era un canalla?

Alguien se apresuraba a explicar antes de que las cosas fueran a peor:

—Fue Quincas Berro Dagua; murió.
—¿Quincas…? Era bueno… —decía el nuevo miembro del coro, convicto y aterrorizado.
—¡Otra botella! —reclamaba entre sollozos Negro Pastinha.

Un muchacho se levantaba ágilmente y se dirigía a la tasca vecina.

—Pastinha quiere otra botella.

La muerte de Quincas aumentaba, allá por donde pasaba la noticia, el consumo de aguardiente. Curió observaba desde lejos la escena. La noticia había ido más de prisa que él. También lo vio el negro y soltó un aullido espantoso, alzó los brazos al cielo y se levantó.

—Curió, hermanito, murió el padre de todos…
—… el padre de todos… —repitió el coro.
—¡Callar la boca, carajo! ¡Dejadme abrazar a mi hermano Curió…!

Cumplían los ritos de gentileza del pueblo de Bahía, el más pobre y el más civilizado. Se hallaron las bocas. Los faldones de la levita de Curió se alzaron al viento. Por su cara pintarrajeada empezaron a correr las lágrimas. Por tres veces se abrazaron él y Negro Pastinha, confundiéndose sus sollozos. Curió cogió la nueva botella, buscando consuelo en ella. Negro Pastinha estaba inconsolable.

—Se acabó la luz de la noche…
—… la luz de la noche…

Curió propuso:

—Vamos a buscar a los otros para ir a verle.

Cabo Martin podía estar en tres o cuatro lugares. O durmiendo con Carmela, cansado aún de la noche de la víspera; o conversando en la rampa do Mercado, o jugando en la Feira de Agua dos Meninos. Sólo a esas tres ocupaciones se dedicaba Martin desde que se había dado de baja en el Ejército, unos quince años antes: al amor, a la conversación, al juego. Jamás tuvo otro oficio conocido, las mujeres y los necios le daban lo bastante para ir viviendo. Trabajar después de haber llevado el glorioso uniforme le parecía a Martin una evidente humillación. Su altivez de mulato bien plantado y la agilidad de sus manos en la baraja hacía que todos lo respetaran. Sin hablar de su habilidad con la guitarra.

Estaba ejercitando sus habilidades con la baraja en la Feira de Agua dos Meninos. Haciéndolo tan sencillamente, contribuía a la alegría espiritual de algunos chóferes de autobuses y camiones, colaboraba a la educación de dos mulatillos que iniciaban su aprendizaje práctico de la vida y ayudaba a unos cuantos feriantes a gastar las ganancias obtenidas con las ventas del día. Realizaba así una obra de las más loables. No se explicaba en consecuencia que uno de los feriantes no mostrara mucho entusiasmo ante sus habilidades al bancar y mascullara entre dientes que «tanta suerte apestaba a mangancia». Cabo Martin alzó hacia el apresurado criticón sus ojos de azul inocencia, y le ofreció la baraja para que diera él si le apetecía y tenía la necesaria competencia para el caso. En cuanto a él. Cabo Martin, prefería jugar contra la banca, quebrarla en una sentada, reducir al banquero a la más negra miseria. Y no admitía insinuaciones sobre su honestidad. Como antiguo militar, era particularmente sensible a cualquier comentario que supusiera dudas sobre su honradez. Tan sensible era, que una provocación más y se vería obligado a partirle la cara a alguien. Creció el entusiasmo entre los mulatillos; los camioneros se frotaron las manos animados. Nada más agradable que una buena pelea, tan gratuita e inesperada. En ese momento, cuando todo podía ocurrir, surgieron Curió y Negro Pastinha cargando con la noticia trágica y la botella de aguardiente con un resto de dos dedos en el fondo. Desde lejos le gritaron al cabo:

—¡Ha muerto! ¡Ha muerto!

Cabo Martin los miró con ojo competente, deteniéndose en unos cálculos precisos sobre el contenido de la botella. Comentó para el corro:

—Algo importante ha pasado para que se hayan bebido ya una botella. O Negro Pastinha ganó en el juego, o Curió se ha enamorado.

Porque Curió era un romántico incurable y se enamoraba constantemente, víctima de pasiones fulminantes. Cada noviazgo era debidamente celebrado, con alegría al iniciarse, con tristeza y filosofía al terminar, poco tiempo después.

—Alguien murió… —dijo un camionero.

Cabo Martin escuchó atento.

—¡Ha muerto! ¡Ha muerto!

Venían los dos inclinados bajo el peso de la noticia. De Sete Portas a Agua dos Meninos, pasando por la Rampa dos Saveiros y por casa de Carmela, habían ido dando la triste noticia a mucha gente. ¿Por qué todos, en cuanto se enteraban de la muerte de Quincas, corrían a destapar una botella? No era culpa de ellos, en pleno arranque de dolor y luto, si había tanta gente por el camino, si tenía Quincas tantos conocidos y amigos. Aquel día se empezó a beber en Bahía mucho antes de la hora habitual. No era para menos. No todos los días muere un Quincas Berro Dagua.

Cabo Martin olvidó la discusión y observó cada vez más curioso, baraja en mano. Estaban llorando, no había duda. La voz de Negro Pastinha llegaba quebrada:

—Murió el padre de todos…
—¿Jesucristo o el Gobernador? —preguntó uno de los mulatillos, dándosela de chistoso. La mano del negro lo agarró, lo levantó en el aire y lo tiró al suelo.

Todos comprendieron que se trataba de algo serio. Curió alzó la botella y dijo:

—¡Ha muerto Berro Dagua!

Cayó la baraja de manos de Martin. El feriante malicioso vio confirmadas sus sospechas: ases y damas, cartas del banquero, se vieron en cantidad extendidas por el suelo. Pero también hasta él había llegado el nombre de Quincas, y decidió no discutir. Cabo Martin requisó la botella de Curió y acabó de vaciarla; luego la arrojó con desprecio. Miró largamente la feria, los camiones y autobuses de la calle, las lanchas en el mar, la gente yendo y viniendo. Tuvo la sensación de sufrir un vacío súbito. No oía ni siquiera los pájaros de las jaulas vecinas, en la barraca de un feriante.

No era hombre de llorar; un militar no llora, ni aun después de haber colgado el uniforme. Pero sus ojos parecieron disminuir, se quebró su voz, perdió toda fanfarronada. Era casi una voz de chiquillo preguntando:

—¿Cómo es posible?

Se unió a los otros tras recoger la baraja. Había que encontrar a Pe-de-Vento. Ése no tenía lugar seguro, a no ser los jueves y domingos por la tarde, cuando invariablemente iba al corro de la capoeira de Valdemar, en la Estrada da Liberdade. Cazaba ratas y sapos para venderlos a los laboratorios de investigaciones médicas, lo que hacía de Pe-de-Vento una figura admirada y daba a su opinión especial acatamiento. ¿No era él también un poco científico, no conversaba con doctores, no sabía palabras difíciles?

Sólo tras mucho caminar y varios tragos dieron con él, envuelto en su enorme chaqueta, como si sintiera frío, gruñendo para sí. Se había enterado de la noticia por otros caminos y andaba también buscando a los amigos. Al encontrarlos echó mano al bolsillo. Para sacar un pañuelo con que secarse las lágrimas, pensó Curió. Pero de las profundidades del bolso, Pe-de-Vento extrajo una pequeña rana verde como una pulida esmeralda.

—La tenía guardada para Quincas. Nunca encontré otra tan bonita.

.

IX

Cuando aparecieron en la puerta del cuarto, Pe-de-Vento extendió la mano, en cuya palma abierta estaba la rana de ojos saltones. Se quedaron en la puerta, parados, apelotonándose. Negro Pastinha avanzaba la cabezota por encima de los otros. Pe-de-Vento, avergonzado, se guardó el animal en el bolsillo.

La familia suspendió la animada charla, y cuatro pares de ojos hostiles se clavaron en el grupo cohibido. ¡Lo que faltaba!, pensó Vanda. Cabo Martin, que en materia de educación sólo cedía ante el propio Quincas, se quitó el mugriento sombrerón y cumplimentó a los presentes.

—Buenas tardes, damas y caballeros. Nosotros… queríamos verle…

Dio un paso adentro. Los otros le acompañaron. La familia se apartó y ellos rodearon el ataúd. Curió llegó a pensar que era una burla: aquel muerto no era Quincas Berro Dagua. Sólo lo reconoció por la sonrisa. Estaban sorprendidos los cuatro: nunca hubieran podido imaginar un Quincas tan limpio y elegante, tan bien vestido. Perdieron su seguridad en un instante. Se disolvió como por encanto la borrachera. La presencia de la familia —sobre todo de las mujeres— los dejaba amedrentados y tímidos, sin saber qué hacer, dónde poner las manos, cómo comportarse ante el muerto.

Curió miró a los otros, ridículo con su rostro pintado de bermellón y su levitón deshilachado, pidiéndoles que salieran de allí lo antes posible. Cabo Martin vacilaba como un general en vísperas de batalla al observar el poderío del enemigo; Pe-de- Vento llegó a dar un paso hacia la puerta. Sólo Negro Pastinha, siempre tras los otros, la cabezota alargada para ver mejor, no vaciló ni un segundo. Quincas le sonreía. El negro sonrió también. No habría fuerza humana capaz de arrancarlo de allí, de junto a compadre Quincas. Cogió a Pe-de-Vento del brazo y respondió con una mirada a la petición de Curió. Cabo Martin comprendió: un militar no abandona el campo de batalla. Se apartaron los cuatro del ataúd, hacia el fondo del cuarto.

Ahora estaban todos allí, en silencio, a un lado la familia de Joaquim Soares da Cunha, hija, yerno y hermanos; al otro lado los amigos de Quincas Berro Dagua. Pe-de-Vento metió la mano en el bolsillo, acarició la rana amedrentada. ¡Cómo le gustaría enseñársela a Quincas! Como si ejecutaran un movimiento de ballet, al apartarse del ataúd los amigos se aproximaron los parientes. Vanda lanzó una mirada de desprecio y de reproche al padre: hasta después de muerto prefería la compañía de aquellos desharrapados.

Por ellos había estado esperando Quincas. Su inquietud al caer la tarde se debía sólo a la demora, al retraso de los vagabundos. Cuando Vanda empezaba a creer vencido a su padre, dispuesto finalmente a entregarse, a silenciar los labios de sucias palabras, derrotado por la resistencia silenciosa y llena de dignidad opuesta por ella a todas sus provocaciones, de nuevo resplandecía la sonrisa en el rostro muerto, ahora más que nunca era otra vez Quincas Berro Dagua el cadáver que tenía ante sí. Si no fuera por el recuerdo ultrajado de Otacilia, ella hubiera abandonado ya la lucha, lanzaría por el Tabuao ese cuerpo indigno, restituiría aquel ataúd, apenas usado, a la empresa funeraria, vendería las ropas nuevas por mitad de precio a un trapero cualquiera. El silencio se iba haciendo insoportable.

Leonardo se volvió hacia su esposa y su tía.

—Creo que ya va siendo hora de que se vayan. Pronto se hará de noche…

Minutos antes, lo que Vanda más hubiera deseado era irse a descansar. Apretó los dientes. No era mujer para dejarse vencer. Respondió:

—Dentro de un rato.

Negro Pastinha se sentó en el suelo, apoyó la cabeza en la pared. Pe-de-Vento le dio con el pie: no estaba bien desperezarse así, ante la familia del muerto. Curió quería irse; Cabo Martin miraba, reprensivo, al negro. Pastinha empujó con la mano el pie incómodo del amigo. Su voz sollozó:

—¡Era el padre de todos! Padre Quincas…

Fue como un puñetazo en el pecho de Vanda, una bofetada para Leonardo, un escupitajo para Eduardo. Sólo tía Marocas rió, sacudiendo las mantecas, sentada en la silla única y disputada.

—¡Qué graciosos!

Negro Pastinha pasó del llanto a la risa, encantado con Marocas. Más espantosas aún que sus sollozos eran las carcajadas del negro. Fue un ciclón en el cuarto, y Vanda oía otra risa bajo la risa de Negro Pastinha: Quincas se estaba divirtiendo una enormidad.

—¿Qué falta de respeto es esa? —su voz seca rompió aquel principio de cordialidad.

Ante la reprimenda, se levantó tía Marocas. Dio unos pasos por el cuarto, siempre acompañada por la simpatía de Negro Pastinha, que la miraba de pies a cabeza encontrándola mujer de su gusto, un poco vieja, es verdad, pero grande y gorda, como a él le gustaban. No le atraían las flacuchas, cuya cintura no se puede estrujar. Si Negro Pastinha diera con aquella madama en la playa iban a pasarlo en grande los dos. Bastaba verla para notar cualidades.

Tía Marocas empezó a decir que estaba cansada y nerviosa, que quería irse. Vanda había ocupado su sitio en la silla, ante el ataúd, y no le contestaba. Parecía un guardia cuidando un tesoro.

—Cansados estamos todos —habló Eduardo.
—Lo mejor sería que ellas se fueran… —Leonardo temía la Ladeira do Tabuao cuando más tarde cesara el movimiento del comercio y la ocuparan prostitutas y malandrines.

Cabo Martin, educado como era, y queriendo colaborar, propuso:

—Si los distinguidos señores quieren retirarse a echar una cabezada, nosotros podemos quedamos aquí, cuidando de Quincas…

Eduardo sabía que no era correcto: no podían dejar el cuerpo solo, con aquella gente, sin ningún miembro de la familia. Pero le gustaría aceptar la propuesta. ¡Ay, cómo le gustaría! Todo el día en el almacén, de un lado al otro, atendiendo a los clientes, dando órdenes a los empleados. Algo capaz de tumbar a cualquiera. Eduardo se acostaba pronto y se levantaba de madrugada. Era hombre de horarios rígidos. Al volver del almacén, tras bañarse y cenar, se sentaba en una mecedora, estiraba las piernas, se dormía en seguida. Ese condenado de Quincas sólo le traía quebraderos de cabeza. Desde hacía diez años no hacía otra cosa. Y aquella noche le obligaba a estarse allí, de pie, y apenas había comido unos bocadillos. ¿Por qué no dejarlo con sus amigos, con aquella caterva de vagabundos, con la gente con quien había convivido los diez años últimos…? ¿Qué hacían allí, en aquella pocilga inmunda, en aquel nido de ratas, él y Marocas, Vanda y Leonardo? No tenía valor para exponer sus pensamientos: Vanda era una malcriada, capaz de recordarle las varias ocasiones en que él, Eduardo, cuando empezó sus negocios, había recurrido a la cartera de Quincas. Miró a Cabo Martin con cierta benevolencia.

Pe-de-Vento, derrotado en sus tentativas de hacer que Negro Pastinha se levantara, se sentó también. Tenía ganas de sacar su rana, ponerla en la palma de la mano y jugar un rato con ella. Nunca había visto otra como aquélla, tan bonita. Curió, cuya infancia había transcurrido en parte en un asilo de menores dirigido por frailes, buscaba en su embotada memoria una oración completa. Siempre había oído que los muertos necesitan oraciones. Y, hablando de frailes… ¿habría venido ya el cura o vendría al día siguiente? La pregunta le brincaba en la garganta. No pudo contenerse:

—¿Ya vino el cura?
—Vendrá mañana… —contestó Marocas.

Vanda la reprendió con los ojos: ¿por qué aceptaba conversación de aquella gentuza? Pero, una vez restablecido el respeto, Vanda se sentía mejor.

Ahora había expulsado a un rincón del cuarto a los vagabundos, les había impuesto silencio. No le iba a ser posible pasar la noche allí. Ni a ella ni a tía Marocas. Había tenido al principio la vaga esperanza de que los indecentes amigos de Quincas estuvieran sólo un rato. En el velatorio no había ni comida ni bebida. No sabía por qué estaban aún en el cuarto. No sería por amistad al muerto: esa gente no siente amistad por nadie. De todos modos, la presencia de aquellos amigotes del difunto no tenía demasiada importancia mientras no se empeñaran en acompañar al entierro al día siguiente. Por la mañana, cuando volviera para el funeral, Vanda recobraría la dirección de los acontecimientos, y quedaría otra vez sola la familia con el cadáver, enterrarían a Joaquim Soares da Cunha con modestia y dignidad. Se levantó de la silla. Llamó a Marocas:

—Vamos.

Y luego hacia Leonardo:

—No te quedes aquí hasta muy tarde. Tú no puedes pasar la noche así. Tío Eduardo dijo que se quedaría toda la noche.

Eduardo, arrellanándose en la silla, asintió. Leonardo fue a acompañarlas hasta el tranvía. Cabo Martin arriesgó un «Buenas noches, señoras», pero no obtuvo respuesta. Sólo la luz de las velas iluminaba el cuarto. Negro Pastinha dormía con impresionantes ronquidos.

.

X

A las diez de la noche, Leonardo, levantándose del bidón de queroseno, se aproximó a las velas y miró la hora. Despertó a Eduardo, que dormía con la boca abierta, incómodo, en la silla.

—Me voy. A las seis estaré de vuelta para que pueda usted ir a casa a mudarse.

Eduardo estiró las piernas; pensó en su cama. Le dolía el pescuezo. En un rincón. Curió, Pe-de-Vento y Cabo Martin conversaban en voz baja, en una apasionante discusión: ¿quién de ellos iba a sustituir a Quincas en el corazón y en el lecho de Quiteria do Olho Arregalado? Cabo Martin, revelando un lamentable egoísmo, no aceptaba que lo borraran de la lista de herederos sólo por el hecho de poseer ya el corazón y el cuerpo esbelto de la negrita Carmela. Eduardo, cuando el eco de los pasos de Leonardo se perdió calle abajo, observó al grupo. La discusión cesó. Cabo Martin sonrió al comerciante. Éste miraba, envidioso, a Negro Pastinha, hundido en el mejor de los sueños. Se arrellanó nuevamente en la silla y puso los pies en el bidón de queroseno. Le dolía el cuello. Pe-de-Vento no resistió, sacó la rana del bolsillo y la puso en el suelo. La ranita saltó cómicamente. Era como un fantasma suelto por el cuarto. Eduardo no conseguía dormir. Miró al muerto en el ataúd, inmóvil. Era el único que estaba cómodo. ¿Por qué diablos tenía que estar él allí de centinela? ¿No era bastante con ir al entierro? ¿No había pagado parte de los gastos? Ya había cumplido su deber de hermano, y hasta de sobra, tratándose de un hermano como Quincas, un escándalo en su vida.

Se levantó, estiró brazos y piernas, abrió la boca en un bostezo. Pe-de-Vento escondía en la mano la verde ranita. Curió pensaba en Quiteria do Olho Arregalado. ¡Qué mujer!… Eduardo se paró ante ellos.

—Díganme una cosa…

Cabo Martin, psicólogo por vocación y por necesidad, se cuadró.

—A sus órdenes, mi comandante.

¿Quién sabe si no iría el comerciante a mandar por unas botellitas para ayudar en la travesía de la larga noche?

—¿Se van a quedar ustedes toda la noche?
—¿Con él? Sí, señor. Éramos sus amigos…
—Bueno, pues yo me voy a casa. A descansar un poco. —Metió la mano en el bolsillo y sacó un billete—. Ahí tienen eso. —Los ojos del cabo, de Curió y de Pe-de-Vento acompañaban sus gestos—. Para que se compren unos bocadillos. Pero no lo dejen solo. ¡Ni un minuto! ¿Eh?
—Vaya tranquilo. Le haremos compañía.

Negro Pastinha despertó con el olor del aguardiente. Antes de empezar a beber. Curió y Pe-de-Vento encendieron unos cigarros; Cabo Martin uno de aquellos puros de cincuenta centavos, negros y fuertes, que sólo los auténticos fumadores saben apreciar. Pasó la humareda poderosa bajo la nariz del negro, y ni aún así despertó, pero apenas destaparon la botella (la discutida primera botella que, según la familia, había llevado el cabo escondida bajo la camisa) el negro abrió los ojos y pidió un trago.

Los primeros tragos despertaron en los cuatro amigos un acentuado sentido crítico. Aquella familia de Quincas, con tanto dárselas de señorío, no eran más que un hatajo de tacaños. Todo lo hicieron a medias. ¿Dónde estaban las sillas para que se sentaran las visitas? ¿Dónde la bebida y la comida habituales hasta en los velatorios más pobres? Cabo Martin había velado a muchos difuntos, pero nunca había visto un velatorio más desangelado. Hasta en los más pobres servían por lo menos un café y un trago de aguardiente. Quincas no merecía tal trato. ¿Para qué andar dándoselas de rico y dejar al muerto en aquella humillación, sin nada que ofrecer a los amigos? Curió y Pe-de-Vento salieron en busca de asientos y comida. Cabo Martin opinaba que era necesario organizar el velatorio con un mínimo de decencia. Sentado en la silla, daba órdenes: cajones y botellas. Negro Pastinha, aposentado en el bidón de queroseno, asentía con la cabeza.

Había que reconocer que, por lo que se refiere al cadáver propiamente dicho, la familia se había portado bien. Ropa nueva, zapatos nuevos, una elegancia. Y velas bonitas, de las de iglesia. Pero, con todo, se habían olvidado de las flores. ¿Dónde se ha visto un cadáver sin flores?

—Está hecho un señor… ¡Un difunto de primera!

Quincas sonrió ante el elogio. El negro le devolvió la sonrisa.

—Padre Quincas… —dijo conmovido, y le dio un golpecito con el dedo en las costillas, como solía hacer cuando el difunto contaba un chiste.

Curió y Pe-de-Vento volvieron con los cajones, unos trozos de embutido y varias botellas. Formaron un corro en torno al muerto y Curió propuso que rezaran un Padrenuestro. Consiguió, con un sorprendente esfuerzo de memoria, recordar la oración casi entera. Los otros asintieron sin convicción. No les parecía cosa fácil. Negro Pastinha conocía varios cánticos del rito macumbé, invocaciones a Oxum y Oxalá, pero no iba más lejos su cultura religiosa. Pe-de-Vento hacía treinta años que no rezaba. Cabo Martin consideraba que preces e iglesias eran flaquezas poco concordes con la vida militar. Pero, así y todo, lo intentaron. Curió iba rezando y los otros repetían como mejor podían.

Curió, que se había puesto de rodillas y bajaba la cabeza contrito, se enfadó al fin.

—¡Pedazo de burros…!
—Falta de entreno… —dijo el cabo—. Pero algo es algo. El resto ya lo rezará mañana el cura.

Quincas parecía indiferente a los rezos. Seguramente tenía calor, enfardado en aquellas ropas de lana. Negro Pastinha examinó al amigo. Había que hacer algo por él: la oración no parecía haber servido de mucho. Tal vez cantando algo del candomblé… Algo había que hacer. Dijo a Pe-de-Vento:

—¿Dónde está el sapo? Dámelo…
—No es sapo, es rana. ¿Para qué lo quieres?
—Por si le gusta…

Pe-de-Vento tomó delicadamente la rana, la colocó en las manos cruzadas de Quincas. El animal saltó, se escondió en el fondo del ataúd. Cuando la luz oscilante de las velas daba en su cuerpo recorrían el cadáver fulguraciones verdes.

Entre Cabo Martin y Curió volvió a empezar la discusión sobre Quiteria do Olho Arregalado. Con la bebida, Curió se iba poniendo más combativo: elevaba la voz en defensa de sus intereses; Negro Pastinha protestó:

—No tenéis vergüenza: andar disputando su mujer, con él delante. Aún está caliente y vosotros venga ahí… como buitres…
—Que decida él… —dijo Pe-de-Vento, que tenía esperanzas de que Quincas le eligiera para heredar a Quiteria, su único bien. ¿No le había traído una rana verde, la más hermosa que encontró?
—¡Hum! —hizo el difunto.
—¿Lo ves? Se está hartando de esa charla —se enfadó el negro.
—Vamos a darle un trago a él también… —propuso el cabo, deseoso de hacerse grato al muerto.

Le abrieron la boca y echaron el aguardiente. Rebosó un poco por la solapa de la chaqueta y la pechera de la camisa.

—La verdad es que nunca he visto a nadie beber echado…
—Es mejor alzarlo un poco. Así podrá vernos de cara.

Sentaron a Quincas en el ataúd. La cabeza se movía a un lado y otro. Con el trago de aguardiente se había dilatado su sonrisa.

—Buena chaqueta… —Cabo Martin tocó la tela—. ¡Vaya bobada comprar ropa nueva para un difunto! Murió, se acabó, se va bajo tierra. Ropa nueva para que la coman los gusanos. Y tanta gente necesitada por ahí…

Palabras llenas de verdad, pensaron. Dieron otro trago a Quincas. El muerto movió la cabeza: era hombre capaz de dar la razón a quien la tenía. Estaba evidentemente de acuerdo con las consideraciones de Martin.

—Le estáis estropeando la ropa.
—Es mejor quitarle la chaqueta para no mancharla.

Quincas pareció aliviado cuando le quitaron la chaqueta, negra y pesada. Pero como seguía escupiendo aguardiente, le quitaron también la camisa. Curió iba enamorándose de los zapatos lustrosos: los suyos estaban hechos trizas. ¿Para qué quiere un muerto zapatos nuevos? ¿No es verdad, Quincas?

—Justo mi número…

Negro Pastinha recogió del rincón del cuarto las ropas viejas del muerto. Lo vistieron con ellas y lo reconocieron de nuevo.

—Ahora sí que es el viejo Quincas.

Se sentían alegres: Quincas parecía también más contento, desembarazado de aquella vestimenta incómoda. Particularmente agradeció a Curió, pues los zapatos le apretaban. El baratillero aprovechó para acercar su boca al oído de Quincas y susurrarle algo con relación a Quiteria. ¿Por qué lo hizo? Bien decía Negro Pastinha que aquella charla sobre la chica irritaba a Quincas. Se puso furioso, echó una bocanada de aguardiente a los ojos de Curió. Los otros se estremecieron, amedrentados.

—Se enfadó.
—¿No os lo dije?

Pe-de-Vento estaba acabándose de poner los pantalones nuevos. Cabo Martin se quedó con la chaqueta. La camisa la cambiaría Negro Pastinha en una tasca conocida por una botella de aguardiente. Lamentaban la falta de calzoncillos. Con mucha razón Cabo Martin dijo a Quincas:

—No es por criticar, pero esa familia tuya resulta un poco roñica. El yerno se ahorró los calzoncillos…
—Son unos muertos de hambre… —precisó Quincas.
—Justo lo que dices. La verdad es que yo me lo callaba por no ofenderte. Al fin y al cabo son tus parientes. Pero ¡qué garrapos…! Hasta la bebida por cuenta nuestra. ¿Dónde se ha visto velatorio como éste?
—Ni una flor… —asintió Pastinha—. Para tener parientes de esos, mejor no tener nada.
—Los hombres, unos borregos; las mujeres, unas víboras —definió Quincas con precisión.
—Mira, amigo, la gordeta hasta vale un esfuerzo. Tiene un mostrador que da gusto verlo.
—Un saco de pedos.
—No digas eso, amigo. Está un poco pasadilla, pero no es para despreciar. Yo vi cosas peores.
—Negro burro: qué sabes tú de mujeres.

Pe-de-Vento, sin el menor sentido de la oportunidad, habló a su vez:

—Para guapa, Quiteria, ¿eh, viejo? ¿Y qué va a hacer ella ahora? Yo hasta…
—¡Calla, desgraciado! ¿No ves que se cabrea?

Quincas sin embargo no oía. Se había vuelto violentamente hacia Cabo Martin que en aquel mismo momento, lo había dejado sin su trago en la distribución. Casi tira la botella de la cabezada…

—¡Dale aguardiente al viejo!… —exigió Negro Pastinha.
—Lo está desperdiciando —explicó el cabo.
—Que beba como quiera. Está en su derecho.

Cabo Martin enfiló la botella por la boca de Quincas.

—Calma, compañero, no quería molestarte. Ahí va: bebe lo que quieras. La fiesta es tuya…

Ya habían abandonado la discusión sobre Quiteria. Quincas no admitía ni que tocaran el asunto.

—¡Buen trago! —elogió Curió.
—De marca… —rectificó Quincas, experto.
—Su precio me costó…

La rana saltó al pecho de Quincas. Él la admiró un momento y no tardó en guardársela en el bolsillo de su viejo chaquetón mugriento.

La luna crecía sobre la ciudad y las aguas; la luna de Bahía, en su derroche de plata, entró por la ventana. Vino con ella el viento del mar, apagó las velas, ya no se veía el ataúd.

En la Ladeira había melodías de guitarras, voces de mujer que cantaban penas de amor. Cabo Martin empezó a cantar también.

—Le gustaban los cantares…

Cantaban los cuatro. La voz de bajo de Negro Pastinha se perdía más allá de la Ladeira, en el rumbo de los pataches. Bebían y cantaban. Quincas no perdía un trago, tampoco un son. Le gustaban los cantares.

Cuando ya estaban hartos de cantar, preguntó Curió:

—¿No era esta noche la comilona de Mestre Manuel?
—Esta noche era. Y había raya… —acentuó Pe-de-Vento.
—Nadie la prepara como María Clara —afirmó el cabo.

Quincas chasqueó la lengua. Negro Pastinha rió.

—Está loco por ir…
—¿Y por qué no? Podemos ir. Hasta es capaz de ofenderse Mestre Manuel si no vamos…

Se cruzaron sus miradas. Ya iban un poco retrasados, pues tendrían que pasar a recoger a las mujeres. Curió expuso sus dudas:

—Prometimos que no lo dejaríamos solo…
—¿Solo? ¿Y por qué vamos a dejarlo solo? Vendrá con nosotros…
—Tengo hambre —dijo Negro Pastinha.

Consultaron con Quincas:

—¿Quieres ir?
—¿Estoy lisiado para quedarme aquí?

Un trago para vaciar la botella. Pusieron a Quincas de pie. Negro Pastinha comentó:

—Está tan borracho que no se tiene. Con la edad está perdiendo el aguante ¡Vamos ya, viejito!

Curió y Pe-de-Vento se fueron delante. Quincas, satisfecho de la vida, en un paso de danza, iba entre Negro Pastinha y Cabo Martin, de bracete.

.

XI

Por las trazas, aquélla iba a ser una noche memorable, inolvidable. Quincas Berro Dagua tenía uno de sus mejores días. Un entusiasmo desacostumbrado se apoderó de la pandilla. Se sentían dueños de aquella noche fantástica, cuando la luna llena envolvía el misterio de la ciudad de Bahía. En la Ladeira do Pelourinho se escondían las parejas en los portales centenarios, mayaban los gatos por los tejados, gemían serenatas las guitarras. Era una noche embrujada; a lo lejos resonaban toques de tambor, el Pelourinho parecía un escenario fantasmagórico.

Quincas Berro Dagua, divertidísimo, intentaba enredar con el cabo y el negro, sacaba la lengua a los transeúntes, metió la cabeza por una puerta, espiando, malicioso, un refugio de enamorados. Pretendía a cada paso tenderse en plena calle. Los cinco amigos habían olvidado su prisa; era como si el tiempo les perteneciera por entero, como si estuvieran más allá del calendario y aquella noche mágica de Bahía tuviera que prolongarse por lo menos una semana. Porque, según afirmaba Negro Pastinha, el cumpleaños de Quincas Berro Dagua no podía celebrarse en el corto plazo de unas horas. No negó Quincas que fuese su cumpleaños, a pesar de no recordar los otros haberlo celebrado en años anteriores. Celebraban, eso sí, los múltiples noviazgos de Curió, los cumpleaños de María Clara, de Quiteria y, cierta vez, el descubrimiento científico realizado por uno de los clientes de Pe-de-Vento. En la alegría de la hazaña, el científico soltó en la mano de su «humilde colaborador» un billete de quinientos. Cumpleaños de Quincas era la primera vez que lo festejaban. Debían, pues, hacerlo convenientemente. Iban por la Ladeira do Pelourinho camino de la casa de Quiteria.

Extraño: no había el habitual barullo de los cafetines y de los burdeles de San Miguel. Todo era distinto aquella noche. Seguro que había dado una batida inesperada la policía, cerrando las casas, clausurando los bares… ¿Se habrían llevado los guindillas a Quiteria, Carmela, Doralice, Ernestina, la gorda Margarita? ¿No irían a caer ellos también en una celada? Cabo Martin tomó el mando de las operaciones. Curió hizo una descubierta.

—Va de batidor —explicó el cabo.

Se sentaron en las gradas de la iglesia del Largo mientras esperaban su regreso. Había una botella por acabar. Quincas se tumbó, y miraba el cielo: sonreía bajo la luna.

Curió volvió acompañado de un grupo ruidoso, dando vivas y burras. Se reconocía fácilmente, al frente del grupo, la figura majestuosa de Quiteria do Olho Arregalado, toda de negro, mantilla sobre el rostro, inconsolable viuda, sustentada por dos mujeres.

—¿Dónde está? ¿Dónde está? —gritaba exaltada.

Curió apretó el paso, trepó las escaleras de la iglesia, parecía un orador de comicio con su frac astroso, explicando:

—Había corrido la noticia de que Quincas Berro Dagua estiró la pata. Todo estaba de luto. —Quincas y los amigos se echaron a reír—. Pero está aquí, amigos. Es su cumpleaños. Lo estamos celebrando. Va a haber calderada en la lancha de Manuel.

Quiteria do Olho Arregalado se liberó de los brazos solícitos de Doralice y de la gorda Margó e intentó precipitarse sobre Quincas, ahora sentado junto a Negro Pastinha en un escalón de la iglesia. Pero, debido sin duda a la emoción de aquel momento supremo, Quiteria perdió el equilibrio y cayó de trasero sobre las piedras. Se levantaron todos y la ayudaron a acercarse.

—¡Bandido! ¡Tunante! ¡Desgraciado! ¿Qué broma es esa de andar diciendo que estabas muerto, asustando a la gente?

Se sentó sonriente al lado de Quincas, le cogió la mano, se la puso sobre el seno pujante para que él sintiera el palpitar de su corazón afligido.

—Por poco me muero con la noticia. Y tú de juerga, desgraciado… ¿Quién podrá contigo, Berrito, diablo de hombre? No hay derecho, Berrito, no hay derecho… Acabarás matándome…

El grupo comentaba entre carcajadas; en las tabernas renacía el barullo. La vida volvía a la Ladeira do Sao Miguel. Fueron andando hacia casa de Quiteria. Ella estaba hermosa así, vestida de negro; jamás la habían deseado tanto.

Mientras atravesaban la Ladeira de Sao Miguel, camino de casa de Quiteria, iban siendo blanco de manifestaciones diversas. En el «Flor de Sao Miguel», el alemán Hansen les ofreció una ronda de aguardiente. Más adelante, el francés Verger distribuyó amuletos africanos entre las mujeres. No podía quedarse con ellos porque tenía que cumplir una obligación de santo aquella noche. Volvieron a abrirse las puertas de los burdeles, salían las mujeres a las ventanas y a la calle. Por donde pasaban resonaban los gritos llamando a Quincas. Él agradecía con la cabeza, como un rey de vuelta a su reino. En casa de Quiteria todo era luto y tristeza. En su dormitorio, sobre la cómoda, al lado de una estampa del Señor del Bonfim y de la figura en barro de Caboclo Aroeira, su guía, resplandecía un retrato de Quincas, recortado de un periódico —de una serie de reportajes de Giovanni Guimaraes sobre «Los subterráneos de la vida de Bahía»— entre dos velas encendidas, con una rosa roja al pie. Ya Doralice, compañera de casa, había abierto una botella y servía en copas azules. Quiteria apagó las velas, Quincas se tumbó en la cama y los demás se fueron al comedor. Poco después Quiteria estaba con ellos.

—El pobre se durmió…
—Lleva una cogorza de miedo… —explicó Pe-de-Vento.
—Déjalo dormir un poco —aconsejó Negro Pastinha—. Hoy está imposible. Está en su derecho al fin y al cabo…

Ya iban con retraso a la fritada del velero de Mestre Manuel y tuvieron que despertar a Quincas. Quiteria, la negra Carmela y la gorda Margarita irían con ellos. Doralice no aceptó porque acababa de recibir aviso del doctor Carmino diciéndole que iría aquella noche. Y el doctor Carmino, ellos comprendían, pagaba por meses: era una garantía. No podía darle un plantón.

Bajaron por la Ladeira, ahora con prisa. Quincas casi corría, tropezaba en las piedras, arrastraba a Quiteria y a Negro Pastinha, a los que iba abrazado. Esperaban llegar a tiempo de encontrar el velero en la rampa.

Pararon sin embargo en medio del camino, en el bar de Cazuza, un viejo amigo. Bar de truhanes aquél: no había noche sin barullo. Una turba de fumadores de marihuana anclaba allí todos los días. Cazuza, sin embargo, era un buen hombre, fiaba unos tragos, a veces incluso una botella. Y como no podían llegar al velero con las manos vacías, resolvieron pasarse por la tasca de Cazuza a buscar tres litros de caña. Mientras Cabo Martin, diplomático irresistible, cuchicheaba en el mostrador con el propietario, estupefacto al ver a Quincas Berro Dagua en su mejor forma, los demás se sentaron para abrir el apetito por cuenta de la casa, en homenaje al cumpleaños. El bar estaba lleno: una muchachada sombría, marineros medio borrachos, mujeres en las últimas, camioneros de paso para la Feira de Sant’Ana aquella noche.

La pelea fue inesperada y hermosa. Parece que, en verdad, fue Quincas el responsable. Se sentó con la cabeza reclinada en el pecho de Quiteria, las piernas estiradas. Según consta, uno de los muchachos, al pasar, tropezó con las piernas de Quincas y estuvo a punto de caer. Protestó de malos modos, y a Negro Pastinha no le gustaron las maneras del marihuano. Aquella noche tenía Quincas todos los derechos, hasta el de estirar las piernas como mejor le pareciera. Y eso dijo. El muchacho no reaccionó, y no fue a más la cosa. Pero minutos después pasó otro, del mismo grupo de marihuanos. Pidió a Quincas que apartara las piernas. Quincas se hizo el sordo. Lo empujó el muchachote, violento, con malos modos. Quincas respondió con un cabezazo, y se lió la cosa. Negro Pastinha agarró al rapaz, como era su costumbre, y lo tiró encima de otra mesa. Los compañeros de hierba se pusieron como fieras y avanzaron en grupo. El resto es imposible de contar. Sólo se vio, encima de una silla, a la hermosa Quiteria, botella en mano, haciendo molinetes. Cabo Martin tomó el mando.

Cuando acabó la refriega, con la total victoria de los amigos de Quincas, a quienes se unieron los camioneros, Pe-de-Vento tenía un ojo negro; Curió, rasgados los faldones de su levitón, daño éste importante. Quincas estaba tendido en el suelo. Le habían atizado unos porrazos tremendos y al caer se dio con una losa de la acera. Los marihuanos habían puesto pies en polvorosa. Quiteria, arrodillada junto a Quincas, intentaba reanimarlo. Cazuza miraba filosóficamente su bar patas arriba, las mesas revueltas, los vasos rotos. Estaba acostumbrado, la noticia aumentaría la fama del establecimiento, y con ella los parroquianos. No le molestaba gran cosa el ver una pelea de aquellas.

Quincas se reanimó cuando le dieron un buen trago. Continuaba bebiendo de un modo raro: escupiendo parte del aguardiente, un desperdicio. Si no fuera el día de su cumpleaños ya le habría llamado la atención Cabo Martin delicadamente. Se dirigieron al muelle.

Mestre Manuel ya no los esperaba a aquella hora. Estaban acabando la fritada, comida allí mismo en la rampa. No iba a salir mar adentro cuando estaban los marineros rodeando el sartenón. En el fondo, él no había acabado de creer la noticia de la muerte de Quincas y no se sorprendió al verlo llegar del brazo de Quiteria. Un viejo marinero no iba a morir en tierra, en una cama cualquiera.

—Aún queda raya para todos…

Izaron las velas del patache, la gran piedra que servía de ancla. La luz hacía en el mar un camino de plata. Al fondo se recortaba en la montaña la ciudad negra de Bahía. El velero se fue apartando de la costa lentamente. La voz de María Clara se elevó en un canto marinero:

En el fondo del mar te hallé
toda vestida de conchas…

Rodeaban un caldero humeante. Llenaban los platos de barro. Raya perfumada, preparada con aceite de dendê y pimienta brava. Circulaba la botella de aguardiente. Cabo Martin no perdía jamás la perspectiva y la clara visión de las necesidades presentes. Mientras dirigía la batalla había logrado hacerse con unas botellas y ocultarlas bajo las faldas de las mujeres. Sólo Quiteria y Quincas permanecían sin comer. A popa del velero, tumbados, escuchando la canción de María Clara, y la hermosa Olho Arregalado diciendo palabras de amor al viejo marinero.

—¿Por qué me has dado ese susto de muerte, Berrito desgraciado? Tú sabes que ando mal del corazón. El médico me dijo que no puedo aguantar sustos. ¡Tienes unas ideas…! ¿Cómo iba a vivir sin ti, endiablado, que tienes tratos con el rabón de los infiernos? Estoy acostumbrada a ti, a tus locuras, a tu vejez tan sabia, a tu manera absurda de verlo todo, a tu amor a la bondad… ¿Por qué me hiciste eso? —y tomaba la cabeza, herida con un rasguño superficial y le besaba los ojos maliciosos.

Quincas no respondía. Respiraba el aire marino, una de sus manos rozaba el agua abriendo un surco en las olas. Todo fue tranquilidad al inicio de la fiesta: la voz de María Clara, la fritada maravillosa, la brisa que se iba cambiando en viento, la luna en el cielo, el murmullo de Quiteria. Pero unos nubarrones aparecieron por el sur y se tragaron la luna llena. Las estrellas comenzaron a apagarse, y el viento a ponerse frío y peligroso. Mestre Manuel avisó:

—¡Va a haber temporal, será mejor que nos volvamos!

Pensaba llevar el velero al muelle antes de que estallara la tempestad. Era, sin embargo, amable el aguardiente, agradable la conversación, había aún mucha raya en el caldero, flotando en el aceite amarillento de dendê y la voz de María Clara daba ganas de demorarse en las aguas. Además, ¿cómo interrumpir el idilio de Quincas y Quiteria en aquella noche de fiesta?

Y el temporal, el viento aullante, las aguas encrespadas, los sorprendieron en camino. Las luces de Bahía brillaban en la distancia; un rayo rasgó la oscuridad. La lluvia comenzó a caer, Mestre Manuel, fumando su cachimba, agarraba el timón.

Nadie sabe cómo Quincas se puso de pie, apoyado en la vela menor. Quiteria no apartaba los ojos apasionados del rostro del viejo marinero que sonreía a las ondas que barrían el velero, a los rayos que rasgaban las tinieblas. Mujeres y hombres se agarraban a las cuerdas, a la borda del velero. Zumbaba el viento, la pequeña embarcación parecía a punto de zozobrar. Se calló María Clara, ahora junto a su hombre en la barra del timón.

Olas violentas barrían la cubierta. El viento intentaba romper las velas. Sólo la luz de la pipa de Mestre Manuel se mantenía enhiesta, y la figura de Quincas, de pie, rodeado por la tempestad, impasible y majestuoso, el viejo marinero. Se acercaba el velero lenta y difícilmente a las aguas mansas de la embocadura. Un poco más y se reanudaría la fiesta.

Fue en aquel momento cuando se sucedieron en el cielo cinco rayos. El huracán resonó con un estruendo de fin del mundo. Una ola inmensa levantó el velero. Las mujeres y los hombres prorrumpieron en gritos. La gorda Margó exclamó:

—¡Nuestra Señora nos ayude!

En medio del ruido, del mar en furia, del barco a punto de zozobrar, a la luz de los rayos, vieron cómo Quincas se lanzaba a las olas y oyeron su frase última.

Penetraba el velero en las aguas tranquilas de la bocana, pero Quincas se había quedado en la tempestad, envuelto en un sudario de olas y espuma, por propia voluntad.

.

XII

No hubo manera de que la funeraria aceptara el ataúd de vuelta, ni a mitad de precio. Tuvieron que pagar, pero Vanda aprovechó las velas que sobraron. El ataúd está aún en el almacén de Eduardo esperando ser vendido como de segunda mano. En cuanto a la frase última, hay versiones distintas. Pero ¿quién podía oír claro en medio de aquel temporal? Según un trovador del Mercado, ocurrió así:

.

En medio de la confusión
se oyó a Quincas decir:

—Me enterraré a mi manera,
y cuando me dé la gana.
Pueden guardar su ataúd
para mejor ocasión,
que no me van a agarrar
y meterme en un cajón.

Y fue imposible escuchar
el resto de su cantar.

.

Río, abril de 1959.

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