Después de la lluvia

Alberto Martínez-Márquez

No more no less-Kensuke Koike & Thomas Sauvin

 

 

a Francisco Font Acevedo

Enterrado en aquel cuarto durante los muchos días que duró la lluvia torrencial, ya comenzaba a olvidar las bondades del sol, cuando en el instante que menos espe­raba un rayo de luz vulneró la oscuridad del lugar. Abrió la puerta de par en par para recibir la mañana y pudo presenciar cómo las calles se inundaban de transeúntes por todos lados, insuflándole vida a la ciudad. Al poco tiempo se duchaba presuroso. Apenas pudo entonar sus amadas canciones de baño, porque recordó que tenía pendiente una visita a la Oficina del Desempleo. Fue justo en ese momento que ocho campanadas resonaron sin pudor alguno dentro de aquella diminuta habitación del piso cuarto. Era el vetusto carrillón de la esquina, cuya antigüedad pomposa importunaba en los moder­nos y ostentosos balcones adornados con la ausencia de las flores. Su ansia lo arrojó a la calle con la cremallera abierta, que descubrió en los ojos de una mujer muy fea que no le quitaba la vista de encima.

No hizo más que recorrer media cuadra, cuando se percató del paseante que parecía seguirle desde el otro lado. Lo había presentido mucho antes de que su cara rozara el humo multiodorante que bautiza la urbe. Con el rabo del ojo sólo atisbó una silueta cirrosa que marcaba el paso al compás del suyo, un soldado extraviado en el espejo del tiempo. Los autos que surcaban las vías iban in diminuendo, pero de eso no se dio cuenta hasta que regresó por la ruta laberíntica de sus huellas. La Oficina del Desempleo estaba obscenamente cerrada, taquigra­fió su mente. Maldijo y lanzó algunos improperios al cielo rancio de los desventurados. Sus palabras fueron devoradas por el ruido de las máquinas que cincelaban un nuevo edificio en aquel jardín de metales y concreto. Infundado en kármico conformismo, retornaba a casa derrotado por los azares de su existencia.

El otro le seguía nuevamente a la par de forma desca­rada. Se detuvo, y con la esquina del ojo comprobó que el otro hacía lo mismo. Cuando giró la cabeza, lo hizo con una lentitud exagerada que buscaba la atención de quien lo perseguía. Sin embargo, no consiguió espantarlo con la mirada amenazante que le arrojó desde la otra acera. El otro, que había dejado de ser una imagen anubarrada y que ahora exhibía una forma terriblemente concreta, volvía la cabeza en dirección opuesta. El miedo reptó por sus piernas, cuando comprobó lo que apenas fue una leve sospecha en el trayecto de ida: el habitante de la otra acera vestía ropas idénticas a las suyas.

Mientras apretaba el paso, el otro apretaba el paso. Cada vez que tropezaba, el otro tropezaba de igual manera. A medida que avanzaba, iba sacudiendo sus temores, como quien se quita una piel muy vieja, y ter­minó convenciéndose de que era menester enfrentar al imitador. Cayó en la cuenta de que eran menos las gen­tes divagando por aquellas calles. También menguaba el concierto de los autos. El ruido se disipaba con una celeridad insoportable y tanto amago de vacíos comenzó a incomodarle. Cuando se detuvo para encarar al otro, se volteó de cuerpo completo y vio cómo el imitador hacía lo mismo, pero dándole la espalda. Antes de que lo tomara como una provocación del arrogante advene­dizo, miró la cara del otro que se reflejaba nítidamente en el escaparate de una tienda de enseres. Su asombro hizo eco en el gesto del otro para darse cuenta de que ambos eran un mismo rostro. Su cabeza plena de incer­tidumbres lo inmovilizó por unos segundos, hasta que un pensamiento furtivo pulsó alguna parte de su cerebro y se echó a andar otra vez. Desafiando el dolor contemplativo que lo tenía paralizado frente a sí mismo, se dirigió calle abajo, rebasando la entrada del edificio donde residía. La ciudad estaba desolada y sólo se escuchaban sus propios pasos y los pasos sincronizados de aquel facsímil humano.

Al poco rato, minutos u horas después, se multiplica­ba el sonido de las pisadas sobre el cemento, levantando un estruendo que resonaba como una gigantesca ola. Cuando alzó la vista, vio cinco, seis, siete, ocho, nueve, muchísimos más multiplicándose por todas las calles que marchaban al compás de él. Cada vez que miraba hacia su derecha, sus otros yo miraban hacia la derecha. Enton­ces no le sorprendió en absoluto que a su lado izquierdo surgieran otros iguales a él, inundando cada rincón de la urbe, como en días pasados lo había hecho la lluvia. Así continuó caminando incesantemente, invadido por el dulceamargo éxtasis de la impotencia.

Ahora la ciudad no era otra cosa que la presencia absoluta de su ser, fundido sin remedio en el abismo insondable del tiempo.

Este relato forma parte de “Contramundos”
(San Juan de Puerto Rico: Editorial Isla negra, 2010)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.