Frío

Jesús Sánchez

Noche de invierno en la montaña (1914)-Harald Sohlberg

 

 

Ella dormía profundamente después de una jornada de montaña. Él, por el contrario, no podía conciliar el sueño, le estimulaba demasiado el descenso del día siguiente. La cabaña que había alquilado estaba cerca de la cima, hubo que acceder con raquetas por la última y escandalosa nevada. Ya tenían la ruta trazada sobre el mapa, que había quedado abierto sobre la mesa del salón. La chimenea seguía crepitando, creando un ambiente cálido e invernal. Desde la habitación se oía a duras penas su rugir lento. Él apreciaba el sonido tumbado con las manos detrás de la nuca, mirando al techo. Giró la cabeza y comprobó que ella seguía dormida. Salió de la cama y se dirigió al salón. Se sentó en el sofá y se lió un cigarro. Detrás de la puerta doble y acristalada que daba al porche contempló la noche blanca, iluminada por la escasez de la bombilla exterior. No debería fumar dentro de casa, a ella le molestaba.

En el recibidor, donde descansaban todos los utensilios necesarios para esquiar y abrigarse. Se colocó un abrigo, la temperatura había vuelto a bajar varios grados, y en aquella cabaña aislada cerca de la cima arreciaba el viento gélido. Se colocó las botas de pelo y una bufanda. Abrió la puerta acristalada y salió al exterior a fumar. Era una noche sin luna y la mirada alcanzaba solo la altura de la bombilla amarilla.

Aspiró con ansia la primera calada y expulsó el humo agarrándose el abrigo en el pecho y cerrándolo, el frio era intenso. El redundante sonido de la noche recordaba al oleaje del mar, a fin de cuentas toda esencia se compone de agua, pensó.

Dio una segunda calada y un escalofrío recorrió su cuerpo. En solo unos segundos se imponía con crudeza, haciendo notar su aspecto más agresivo. Recordó el parte meteorológico, que anunciaba una bajada considerable del termómetro, aunque una buena mañana para esquiar, lo que resultaba un consuelo esperanzador.

Cuando se acercó la mano con el cigarro a la boca la sintió helada y temblorosa. Inhaló la tercera calada y la cuarta seguidas, pensando el volver al interior rápidamente. El viento se hizo más presente llegando desde el este, convirtiendo la leve nevada en una diagonal distorsionada y confusa, sintió otro escalofrío mucho más intenso motivado por la ráfaga. El frío ya había empezado a colarse en el cuerpo. La puerta se cerró detrás de él. Giró la cabeza rápidamente, tiró el cigarro y fue hacia ella. Estaba cerrada. El golpe había hecho descender el cerrojo inferior. La manivela no mantenía la posición horizontal de abierto, sino una inclinación de cuarenta y cinco grados. Empujó la puerta. Estaba aislado. La golpeó varias veces para hacerse oír, pero era una puerta adaptada a las circunstancias, gruesa, con cámara de aire y cristales propios de un banco de alta seguridad. Y ella tenía el sueño muy profundo.

Los escalofríos empezaron a recortar distancia, convirtiéndose en un temblor constante, los golpes más consistentes, desesperados. Los gritos sordos y la piel helada interiorizando el frío. Pronto el temblor se hizo irreversible, un miedo desesperado. Una patada a la puerta consiguió bajar la manivela a la posición vertical de cierre. Un buen intento y un mal resultado. La tensión se hizo más fuerte, el viento seguía silbando, y el cuerpo temblando.

El interior estaba cálido y acogedor, desde la puerta podía apreciarse el concepto hogar, la chimenea y los palos candentes. Imágenes de tortura en su situación. Veía la entrada al pasillo que conducía a la habitación con la esperanza de verla salir. ¿Cómo podía tener el sueño tan profundo?

Insistió golpeando la puerta, sin resultado pero con rabia creciente, aunque sus movimientos no le eran reconocibles porque el frío había aminorado su fuerza. No desistió. El cristal respondía a sus embites con severa confianza, sin inmutarse más allá de una leve vibración. El temblor se adueñó de todo su cuerpo, sentía que el clima, imponente, se estaba apoderando de toda la situación. Golpeó la puerta con los puños helados, gritando con desesperación que se perdía en la noche. Pegó la cabeza al cristal susurrando algo inaudible, sollozando.

La luz matinal se arrojó sobre la cama cuando ella se giró hacia él extendiendo el brazo, sin abrir los ojos. Sintió su ausencia y miró el hueco de su cuerpo en la cama. Sabía de su impaciencia por aquel descenso. Sonrió. Salio de la cama frotándose los ojos y recorrió el pasillo hasta el salón. Entró. La chimenea necesitaba madera nueva o se apagaría. Miró al exterior y su rostro se transformó en un reflejo de miedo que le recorrió las entrañas. Un grito incontrolable salió de su garganta retumbando por toda la casa, su cuerpo se estremeció, los ojos se le cargaron en escasos segundos, su cuerpo se encogió involuntario. Sintió descargas en su cerebro, como si la tormenta de la noche se hubiera instalado en ella.

Pegado al cristal, en una postura inverosímil, yacía su compañero congelado.

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