Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Mi raro tema con la Iglesia”

Ítalo Costa Gómez

 


La gran mayoría de mis amigos son agnósticos. Trato de no conversarles mucho sobre el tema porque no comparto esa visión del mundo. Yo sí creo en Dios porque puedo sentirlo. Es extraña la foto. Yo sé que quizá puedo proyectar otra imagen, sin embargo, soy una persona de fe. Le tengo fe a la gente, tengo fe que diciendo “buenas tardes” la persona va a tener una mejor tarde… ¿Me dejo entender? Sin fe no llegaría a ninguna parte, no me pararía de la cama siquiera. Qué pereza.

Creo en las personas y no voy a creer en Dios, come on…

[Iba a cantarles “Cómo no creer en Dios” de José Luis Perales pero me pareció un poquito demasiado. Muy Canal Bethel or some… mejor no, pero la idea está bastante clara, pienso yo.]

Ahora el tema del mensaje de la Iglesia Católica y su manera tan extraña de decir que, por un lado todos somos iguales, que todos somos hijos de Dios y que acá lo que importa es amarnos los unos a los otros, pero por el otro darle la espalda a todo lo que predican con su bandera tan expuesta de desigualdad, sus tabús ridículos y crueldad hacia las personas que piensan o sienten diferente prometiendo el averno como castigo me hace tenerles tirria. La manera en la que se bañan en oro también.

He recibido una educación católica y apostólica. ¿Cómo te quedó el ojo? No te vayas a huevear, sister. Me sé de paporreta toda la misa, de inicio a fin, el credo, el momento de desear la paz, cuando te arrodillas, cuando te levantas, cuando cantas y cuando desesperadamente esperas el “Pueden ir en paz” para largarte a chupar tu dominguito. A todo eso estuve sujeto mientras estudiaba en el colegio. Cuando terminé nunca más fui a misa pero sí a la Iglesia y acá viene el tema… Déjame explicarte por dónde se le sale el agua al sacrosanto coco.

Cuenta la historia que una vez que dejé el colegio me había liberado del tema de tener que ir a escuchar Misa – mi mamá adora todo eso pero nunca jamás me ha pedido que la acompañe – pero se me había hecho costumbre persignarme cada vez que paso por una, no tanto por el tema de respeto sino por costumbre automática.

La primera vez que regresé a una Iglesia luego de terminado el cole fue en Huacho casi diez años después.

[No sé qué onda con Huacho. Esa ciudad me llama, me persigue por alguna extraña razón que no logro comprender. Creo que cuando tenga mucho dinero me compraré una hacienda ahí y terminaré mis días escribiendo allá. Que penita, pero ya qué carajo. El destino es el destino.]

Había recibido un tremendo plantón de mi “crush” de ese entonces. Habíamos quedado en que me recogía del paradero de buses que venían desde Lima e íbamos a pasar un fin de semana de ensueño. Sexo, alcohol y cumbias sabrosas – porque de rock and roll había cero más cero, no era su nota – y yo estaba feliz con la idea. Cuando llegué su celular estaba apagado. Esperé y esperé. No sabía dónde quedaba su casa y así lo supiera tampoco me iba a aparecer, u know?

Empecé a caminar con rabia y desilusión. No lloraba porque la cólera era mayor a la pena. Me odiaba a mí mismo por haberme enamorado de la persona más desconsiderada del mundo. Me sentía un idiota a la vela que quema el alcatráz.

Así como quién no quiere la cosa me metí a una Iglesia que estaba en el camino. Fácil quería hacer tiempo para volver a casa. La cosa es que cuando me senté ahí sin un alma porque la pobre capilla estaba absolutamente vacía empecé a llorar y a rezar. Le pedía algún tipo de auxilio a Dios. Me sentía desesperado y poco amado. No lograba entender por qué me sometía a ese tipo de relaciones amorosas. Fue un rato largo.

Les parecerá cosa loca mía, pero de pronto me inundó una sensación de paz y de seguridad como si alguien me hubiera abrazado y hubiera dicho “tranquilo, Ítalo… esto va a pasar, vas a estar bien. Hay algo mucho mejor para ti pero tienes que soplarte esta mierda primero.”

Quizás haya sido la liberación después del llanto o quizás fue una energía superior que me estaba dando fuerzas. Permítanme enfocar la historia en que fue lo segundo porque yo soy así. No puedo evitar el romance incluso hasta en temas eclesiásticos.

Agarré mis chivas y me regresé a Lima. Nunca más volví a ver al “crush” de esta historia y a partir de ese día cada vez que me siento solo o confundido voy a una Iglesia, trato de que esté muy alejada y que sean horas en las que todo el mundo trabaja y el lugar esté prácticamente vacío. A veces esas estatuas enormes me intimidan un poco pero el ambiente solemne y silencioso me calma, salgo con esperanza renovada y eso es lo que necesito para estar contento.

Dame esperanza y te regalo mi mundo.
Amén, my dear.

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2 Respuestas a “Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Mi raro tema con la Iglesia”

  1. Como siempre Italito, tan acertado cuando escribes, es verdad la fé esta dentro de cada uno, al margen de las distintas opiniones sobre la iglesia católica, tu eres una personita muy especial, noble y bondadosa, te quiero mucho.

  2. Italo, no tengo idea de tu edad. Soy Silvia Arteaga, Guatemalteca, viví mis mejores años en El Perú, soy madre de dos adultos. Un varón de 27 y una admita. De 26. Toda mi vida he asistido a misa, soy católica profesan te, no fanática. Tu escrito trae a mi memoria esa etapa de mi vida. Todos nos alejamos de nuestro credo en alguna parte del camino. Creo firmemente que Dios te acompaña porque vive en ti, aunque no lo a eptes a la primera. Estas hecho a su imagen y semejanza,como todo ser humano. Pero de alguna manera el ser solo humanos nos limita. Por eso, esa pequeña parte no desarrollada de nuestra fe nos atrae a la iglesia. Cualquiera que sea tu credo. En nuestro caso, la iglesia católica. Sin embargo, el mundo ha cambiado y cambia cada día, las tendencias humanas son hacia nuestra propia destrucción. Pocos son los seres que creen en un Dios vivo. Ayer, domingo de resurrección, el día más importante para el sacerdocio y para los católicos, el día en que celebramos que Jesús Cristo resucitó, fue para muchos un domingo más. No hubo reencuentro con su ser espiritual y menos un cambio de actitud. Pero jóvenes como tú nos dan esperanza a quienes les doblamos la edad y sentimos que nuestro camino está por llegar al final. La esperanza en un mundo sostenible, que logre comprender que la naturaleza es primero y los intereses económicos lo segundo, que los seres humanos, todos, somos iguales. Que la fauna y la flora dependen del criterio de conservación humana, que el mundo es finito y que si no cambiamos nos destruimos un poco ada segundo de vida. Eso mi querido Italo, solo sera posible cuando cada alma se encuentre a sí misma, se de cuenta que morirá y que dejara de existir cuando el olvido aparezca en la memoria de quienes nos conocieron. Que nuestros esfuerzos, esmero, batallas, desaciertos y fracasos son nada. Que nuestros éxitos y alegrías se esfumaron y que ya nada tiene que hacer nuestra vida pasada con quienes viven y nos han olvidado. Por eso, amigo Italo, ¡Gracias!, tu testimonio es importante. Porque muchos jóvenes que se han separado del camino se encontrarán más pronto con su “yo”. Saludos. SCAL2019

    Facebook: Silvia Arteaga
    scaldj@gmail.com

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