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José Luis Barrera

 

 

 

Sé que se acerca el fin de año por la mirada de los jóvenes que caminan al frente de mi casa.

Lo peor es que no solo los desconocidos están dominados por el ansia de matar: hijo y nieto, sangre de mi sangre, también me odian.

A veces me pregunto si se trata de paranoia, pero no, hay un rictus en su cara idéntico al del resto de jóvenes.

Lo bueno es que después del 1 de enero el agua retorna a su cauce y mi familia vuelve a ser cariñosa conmigo, mientras que en la calle lo peor que puede pasar es que me ignoren.

Me aferro a la vida como las cucarachas de la cocina, por eso cada 31 de diciembre busco un nuevo refugio. Sin embargo, en cualquier sitio, esa mirada cargada de desprecio juvenil aparece recordándome que soy uno de los condenados, tal vez no de este año pero sí de los próximos.

En este instante, mientras escribo, oigo golpes y súplicas de otros viejos que se resisten a ser incinerados.

Creo que la costumbre se originó en el siglo veinte: los ecuatorianos quemaban muñecos rellenos de aserrín cada fin de año, esperanzados de que lo malo desaparecería con ellos. Con el paso de los siglos, los monigotes se cambiaron por ancianos de carne y hueso.

Aunque tengo miedo, comprendo y no juzgo, al fin y al cabo, yo también fui de aquellos jóvenes que incineraban viejos.

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