El termo

Yukio Mishima

 

I

KAWASE había pasado seis meses en Los Ángeles por negocios de su compañía. Hubiera podido volver directamente a Japón, pero había decidido quedarse en San Francisco por algunos días.

Mientras hojeaba el Chronicle en su hotel, sintió, de pronto, deseos de leer algo en japonés. Tomó una carta de su mujer:

«Parecería que Shigeru recuerda a su padre de vez en cuando. Sin motivo aparentemente, pone cara de preocupación y dice: “¿Dónde está papá?” Lo del termo todavía surte efecto cuando se porta mal. Tu hermana de Setegaya estuvo aquí el otro día y dice que jamás había oído que un chico tuviera miedo de los termos. Quizás por ser viejo, el termo pierde aire alrededor del corcho y hace ruidos como si fuera un anciano quejoso. Cuando lo oye, Shigeru decide portarse bien. Estoy segura de que tiene más miedo del termo, que de su indulgente padre.»

Una vez leída la carta, que ya casi conocía de memoria, Kawase no supo qué hacer.

Era un espléndido día de octubre, pero todas las luces estaban encendidas en el salón, lo cual era bastan te deprimente. La gente mayor, ataviada con sus mejores galas, se paseaba, pese a lo temprano de la hora, con movimientos de juncos ondulantes. La luz se reflejaba en el monóculo de un anciano que leía el periódico sentado en las profundidades de un sillón.

Abriéndose paso a través del equipaje de variados colores de lo que parecía ser un grupo de turistas, Kawase dejó su llave en recepción —tan bulliciosa como de costumbre— y empujó la puerta de grueso cristal.

Cruzó la calle Geary bajo el deslumbrante sol de otoño y dobló, luego, por la calle Powell, que exhibía sus cafés, tiendas de regalos, night clubs baratos y una marisquería en cuya puerta figuraba la proa de un Clipper.

Desde lejos, Kawase distinguió una figura que avanzaba hacia él.

A pesar de la distancia, advirtió de inmediato que se trataba de una japonesa, no de segunda o tercera generación, entendámonos, sino de una japonesa nativa. No deducía aquello de su vestimenta, pues la dama en cuestión, imitando cuidadosamente la ropa estilizada de las grandes ciudades, se había puesto sombrero, un collar de perlas y un espléndido abrigo de visón plateado. Sin embargo, su rostro empolvado era una pizca demasiado blanco y, aun cuando no había fallas en su atuendo, su paso firme tenía algo de artificioso. Como resultado de todo ello, la niña que llevaba de la mano, parecía semicolgada en el aire.

—Bueno, bueno… —la exclamación fue dicha en un tono tan alto que los transeúntes se volvieron a mirar—. Te reconocí inmediatamente. Siempre es fácil reconocer a un japonés desde lejos. ¡Caminas como si llevaras un par de espadas colgando del cinturón!

—¿Y qué supones que pareces tú? —Kawase había olvidado también los saludos que se suelen intercambiar con alguien a quien no vemos desde tiempo atrás.

Era como si la distancia entre el pasado y el presente, por lo general tan precisa, se hubiera acortado en unos cuantos centímetros.

Le desagradó que se acortara en un país extranjero. El sistema japonés de medidas se alteraba así. Había veces en las que un encuentro casual en el extranjero era causa de efusiones que luego había que lamentar, pues la distancia nunca volvía a ser normal. La dificultad no se circunscribía a las relaciones entre hombres y mujeres. Kawase había pasado ya por aquella experiencia con otros hombres que, además, no eran sus íntimos amigos.

Resultaba evidente que durante los últimos años aquella mujer había sido sometida a un riguroso entrenamiento en los usos y costumbres occidentales. Había aprendido a usar los vestidos y el maquillaje apropiados, pero la falta de adaptación del neófito podía advertirse aún en la forma en que aplicaba el polvo a su rostro. Las mujeres occidentales no tienen reparo en abrir sus polveras en público y retocar su maquillaje a vista y paciencia de todos. De ello resulta, muchas veces, un cierto descuido que se vuelve más notorio en zonas, como los costados de la nariz, hasta las que no llega el polvo en una capa pareja. En cambio, en el arreglo de aquella mujer no había nada librado al azar.

Siempre de pie, intercambiaron los motivos que les habían hecho llegar hasta Los Ángeles.

El patrón o protector de la mujer era un exportador que viajaba con frecuencia a los Estados Unidos y la había enviado en un viaje de inspección que precedía a la apertura de un nuevo restaurante japonés en San Francisco. La mujer llegaría probablemente a ejercer la gerencia del establecimiento, y no porque su patrón deseara exilar a una amante indeseable. Para ella era como si el hombre hubiera dispuesto abrir una hostería en Atami o en cualquier otro paraje cercano a Tokio. Era un empresario en escala heroica.

La niña comenzaba a impacientarse.

—¿Por qué no tomamos una taza de té? —la mujer hablaba como si estuvieran caminando juntos por el Ginza. Kawase asintió, pues no tenía otra cosa que hacer, pero no supo cómo llamarla. No le pareció oportuno emplear el nombre de Asaka o Perfume Tenue con el que se hacía llamar cuando era geisha, hasta hacía poco más de cinco años.

.

II

El salón de té no era tan refinado como los que pueden encontrarse en el Ginza. Poseía un ruidoso comedor para comidas rápidas con un largo mostrador en el centro y un escaparate para la venta de tabaco y regalos. Kawase tomó a la niña en brazos y la sentó en un taburete del mostrador. Quedó naturalmente sobreentendido que la sentarían entre ellos y hablarían por encima de su cabeza. Era una chica silenciosa y el dulce calor que emanaba de ella dejó un suave recuerdo en los brazos de Kawase.

No había otros orientales en el lugar. El acero inoxidable que enmarcaba la ventana por la que se servían las fuentes, se empañaba con el vapor. Apenas limpia, reflejaba nuevamente los blancos delantales de las camareras. Eran todas mujeres de mediana edad y lucían recargados maquillajes. Aun cuando intercambiaban breves saludos con los clientes habituales, no sonreían fácilmente.

—La mujer de Clark Gable está en San Francisco —dijo la rubia que estaba sentada a la izquierda de Kawase—; me la presentaron en una reunión.

—¿Ah, sí? Debe ser bastante vieja ya…

Prestando atención a medias, Asaka se quitó el abrigo y lo dejó caer alrededor de sus caderas. Solamente en la nuca, que ya no necesitaba cuidar tanto como cuando era geisha, mostraba la fácil negligencia de la profesional que se vuelve amateur. Llevaba un peinado alto y Kawase se sorprendió al notar la oscuridad de su piel.

—No son muy amables, pero trabajan mucho —dijo Asaka en alta voz, mientras seguía a las camareras con la mirada—. A Kawase le gustó ver en sus ojos atentos el reflejo de entusiasmo que le producían todas las cosas nuevas vinculadas con su nuevo trabajo. Siempre había sido hermosa, pensó y recordó en cuántas oportunidades la había contemplado como si observara un fuego lejano.

Feliz de poder hablar en japonés, Asaka relató los preparativos de su viaje a los Estados Unidos. En primer lugar, había aprendido inglés con su patrón. Dejando de lado la música japonesa antigua y moderna, había dedicado todo su tiempo libre a escuchar los Discos Linguaphone. Del mismo modo, usaba para toda hora los vestidos occidentales antes sólo reservados para los peores días del verano. Había ido diariamente a una modista muy elegante y su patrón la había aconsejado sobre colores y diseños. Al parecer, aquel patrón era un hombre que no hacía distingos entre la lujuria y la educación y no podía haber logrado mejor material que Asaka para formar a una mujer según sus gustos.

Asaka podía haber bailado el mambo en kimono en los night clubs, pero pocos hombres lograrían una mujer que respondiera más favorablemente a un intento educacional.

Cuando ya terminaba su larga historia, las camareras trajeron el pedido y con una sonrisa dura y negligente depositaron un batido de vainilla frente a la niñita de ojos rasgados.

—Me llamo Hamako —dijo Asaka, presentando a su hija con notable retraso—. Apoyó la mano en su cabeza para obligarla a hacer una reverencia, pero la niña se resistió y, arrodillándose sobre el taburete, se concentró en su batido. Era demasiado pequeña para alcanzar el mostrador.

A Kawase le gustó que la niña no fuera ceremoniosa. Tenía buenos rasgos semejantes a los de su madre y, mientras chupaba su helado y se apartaba el pelo con la mano abierta, observó que su perfil era muy lindo. Se mantenía callada, dejando conversar a los mayores.

—La gente siempre me pregunta cómo hice para tener una hija tan silenciosa —comentó Asaka, pero, de inmediato, volvió a temas más serios.

El lugar estaba saturado de un aroma americano muy especial, hecho de fragancias medicinales y del persistente y dulzón olor de los cuerpos. Las clientas eran, en su mayoría, mujeres de edad mediana o mayores, de ojos orgullosos y labios muy pintados, que devoraban grandes tartas y sandwiches. Pese al ruido y al alboroto de la tienda, había algo marcadamente melancólico en las mujeres solas y sus apetitos. Parecían tristes como si fueran otras tantas máquinas de consumo.

—Quiero pasear en tranvía —dijo Hamako, que ya había vaciado la mitad de su copa. —Es lo que quiere hacer todos los días. Sin embargo, podemos muy bien pagarnos un taxi…

—¡Oh, hasta los turistas ricos van en tranvía! ¡No vas a rebajarte por eso!

—¿Te estás burlando? No me extrañaría. Eras bastante punzante en otros tiempos.

Era la primera vez que Asaka mencionaba aquellos «otros tiempos».

—Bueno, yo te llevaré a dar una vuelta en el tranvía si tu madre no lo hace —prometió Kawase, mientras deslizaba la propina bajo el plato y examinaba la cuenta.

Se pasó una mano por la frente. No le dolía la cabeza, pero ya ahora que iba a volver a casa, todo el cansancio del viaje parecía concentrarse allí. Pensó que un paseo en tranvía podría disipar tan molesta sensación.

Antes de ayudar a Hamako a bajar del taburete, Asaka se envolvió nuevamente en su abrigo de visón. Kawase la ayudó.

—Siempre lo olvido. Es el caballero quien tiene que servir a la dama —suspiró Asaka—. Todavía no estoy acostumbrada a tales amabilidades.

—Tendrás que aprender a ser más altiva.

—O a tener más dignidad…

Asaka se sentó sobre el taburete y arqueó la espalda. La abundancia de sus formas bajo la chaqueta del traje, despertaba la envidia de las mujeres apoyadas en el mostrador. Kawase recordó cómo, en otros tiempos, se paraba detrás de ella, mientras arqueaba la espalda como ahora, y la ayudaba a atar su obi. La suavidad del abrigo de visón perdía en comparación con la rígida y limpia austeridad del obi. Kawase hizo una extraña asociación. Era como si el portal grande, de laca bermellón con remaches negros, de la mansión de alguna dama de la nobleza, se convirtiera, de pronto, en una brillante puerta giratoria.

.

III

Así como dos personas esquivan los charcos después de una tormenta, ambos evitaron hablar de otros tiempos con gran habilidad. Para hablar del presente, sólo tenían San Francisco. Eran dos viajeros sin ninguna otra vida.

Cuanto más observaba a Asaka, más veía debajo de la elegancia occidental la influencia de su patrón-educador. La Asaka del pasado era casi una experta en danzas japonesas y adoptaba naturalmente poses de baile con sus delicados dedos en un ademán formal, tapándose la boca con la mano para reírse o asustarse. Ahora todo había cambiado. En realidad no había adquirido una elegancia occidental que reemplazara la elegancia oriental. Sus movimientos eran extremadamente angulosos. Kawase podía imaginar la incesante labor del patrón para corregir todos aquellos pequeños amaneramientos. Era como si la hubiera enviado a América con sus huellas digitales impresas en todo el cuerpo. Sólo permanecía, como vestigio de los antiguos tiempos, el polvo demasiado blanco. Quizá era aquél su único gesto de desafío al encontrarse sola en un país extranjero. Y a decir verdad, antes había sido aún mucho más blanco.

Mientras Asaka esperaba el tranvía llevando a su hija de la mano, Kawase observó nuevamente el abrigo de visón y se preguntó dónde guardaría ahora su pequeño paquete de pañuelos de papel. Antes, solía llevar una reserva en su obi. Cuando pasaban la noche juntos, el papel se hacía sentir en varias formas delicadas. Kawase acostumbraba a bailar con su mano dentro del lazo del obi y allí encontraba el cálido bulto del papel y lo hacía crujir deliberadamente mientras bailaban.

Entonces, una íntima y cautelosa sonrisa aparecía en los labios de ella para disimularlo. A veces, lánguidamente sentada, hecha un ovillo, comenzaba a desatar su obi y con un gesto delicado tomaba el papel y lo depositaba sobre la estera de tatami. Una cierta pesadez en los movimientos hablaba de la humedad de las noches en la época de las lluvias. En noches como ésas, Kawase deslizaría su mano dentro del lazo del obi y lo sentiría tan cálido y húmedo como el interior de un baño turco. Era difícil imaginar que más tarde, cuando se desatara el obi, produciría el fresco y limpio crujido de la seda.

Luego, al aparecer la primera luz de la mañana a través del vidrio escarchado de la ventana, el papel se iluminaba y Kawase veía nacer el día en aquel cuadrado blanco. Asaka nunca olvidaba sacar el papel cuando se desataba el obi, pero, a veces, no recordaba ponérselo nuevamente cuando se vestían a la mañana siguiente.

Algunas veces, mientras discutían, el papel estaba allí como una clara y blanca señal sobre la estera.

Mientras afloraban aquellos recuerdos en su memoria, Kawase pensó que la mujer envuelta en el abrigo, de visón no tenía dónde poner el abultado paquete. La pequeña ventana blanca había desaparecido.

Llegó el tranvía y los tres subieron a él. Con el sonido nostálgico de su campanilla y un ruido de cómoda desvencijada —como el de los viejos tranvías de Tokio—, el tranvía comenzó a abrirse paso trabajosamente por la calle Powell.

La parte trasera del vehículo era un tranvía común, pero en la delantera podían verse bancos, pilares y sitio para colocarse a ambos lados del conductor que manipulaba con eficiencia dos grandes palancas de hierro.

El antiguo vehículo deleitaba a Hamako. Tomaron asiento y observaron cómo se deslizaban las ventanas por la pendiente de la loma frente a ellos.

—¡Qué divertido! —repetía Hamako, una y otra vez.

—¡Qué divertido! —dijo Asaka a media voz sólo para Kawase. Parecía querer esconder bajo las palabras el placer que le producía el viaje.

Por la camaradería que empleaba, Kawase advirtió que no era lo que comúnmente se entiende por una madre respetable que guarda las distancias con su hija.

Descendieron del tranvía en la parte alta de la colina y, como no tenían nada que nacer, tomaron otro para retornar a la ciudad. El pronunciado declive hacía el descenso aún más fascinante. Cinco o seis mujeres maduras, turistas aparentemente, chillaban y gritaban como si estuvieran en un parque de atracciones; sin dejar, por eso, de observar las indiferentes expresiones de los lugareños como buscando una reacción a su puerilidad. Aquellas mujeres eran grandes, algo velludas y ostentaban llamativas chaquetas verdes y coloradas.

Cuando llegaron nuevamente a la plaza de donde habían partido, Asaka se despidió amablemente. Estaba invitada a almorzar, pero tendría el mayor gusto en cenar aquella noche con Kawase si éste no tenía otro compromiso. Kawase tomó la mano de Hamako y caminó con ellas hasta el hotel, que estaba muy cerca de la plaza.

Se detuvieron frente a un escaparate atiborrado de artículos para picnic. El equipo completo, hecho en escocés estridente, contrastaba agradablemente con el césped artificial. La decoración estaba planeada dentro de un cuidadoso desorden. Aquéllas podían haber sido cosas que los turistas hubieran dejado casualmente allí mientras se dirigían al río a lavarse las manos.

—En el Japón sería imposible encontrar un equipo como éste —comentó Asaka con la nariz casi pegada al vidrio. Kawase pensó que, probablemente, ella había pasado su niñez sin siquiera saber lo que era ir de picnic. La atraían los artículos para niños. En una ocasión le había sido imposible apartarla de una vidriera en la que se exhibían muñecas con trajes de fiesta. Su patrón, tan atento a la educación occidental que le impartía no había advertido quizás esta faceta de su carácter.

Perdida en su contemplación, Asaka parecía olvidarse de su presencia. De pronto, señaló un termo con tapa escocesa:

—Hamako, ahora que eres una chica mayor, ya no les tienes miedo a los termos, ¿no es cierto?

—No.

—Pero, ¿te acuerdas de cuándo lo tenías?

—No.

—Así me gusta que contestes. Como una niña grande —Asaka sonrió como si, por primera vez, buscara el asentimiento de Kawase.

Kawase se había entretenido mirando el sol que inundaba la calle y el rostro sonriente vuelto hacia él pareció mezclarse con la reverberación luminosa que lo hacía aparecer como una máscara flotando en el aire. Había escuchado a medias la conversación, pero algo como un doloroso nudo le oprimía el pecho. Un instante después comprendió que debía fingir un diálogo que se suponía incomprensible para un extraño.

—¿De qué estás hablando? —preguntó, tratando de dar a su tono el acento más trivial.

—De nada, en realidad. Lo que sucede es que cuando Hamako tenía año y medio, la aterrorizaban los termos. Cuando contienen té producen un ruido burbujeante muy especial alrededor del corcho que la paralizaba de miedo. Si no quería obedecer, yo le mostraba un termo y la amenazaba con él. Ahora ya no tengo que hacerlo más.

—Los niños se asustan de las cosas más inverosímiles.

—¿Cuándo se ha oído que una niña le tuviera miedo a los termos? —prosiguió Asaka, que parecía empeñada en describir una habilidad poco común de su hija—. Su abuela se reía mucho de todo este asunto. Decía que a Hamako le daría un ataque de nervios si, cuando fuera grande, algún ejecutivo de una compañía de termos se enamorara de ella.

.

IV

Aquella noche Asaka se presentó sola. Había contratado a una niñera negra para que se quedara con Hamako en el hotel. Felizmente la niña la había encontrado muy de su agrado.

Tomaron ostras crudas y cangrejo saltado en el restaurante francés llamado «Old Poodle Dog». Como postre, encargaron cerezas Jubilee.

Kawase se había recobrado del golpe que le causara el asunto del termo. Se decía que era víctima de ideas tontas y culpaba de ellas a su imaginación demasiado fértil.

La melancolía de la carta de su mujer lo inundó otra vez y, sin razón alguna, sintió que ella y su hijo eran aún más tristes que Asaka y su pequeña. Era aquél un pensamiento necio y sin fundamento, pero no podía apartarlo de su mente.

Amparándose en las fuerzas que dispensa el alcohol, trató de evitar el presente y volvió al tema prohibido de los tiempos pasados: —Fue en la época de las lluvias, ¿no es cierto?, cuando sentiste esos calambres en el estómago y tuvimos que llamar al médico del hotel. Nos asustaste.

—Es que creí que iba a morirme. Y aquel médico descarado no hacía más que empeorar las cosas…

—¡La cuenta fue terrible también!

—Me acuerdo del kimono que llevaba aquella noche. Era, por supuesto, de seda gruesa con franjas horizontales cosidas en forma tal que las franjas se encontraban en las costuras con otras de diferente color. Primero, una franja sepia esfumada, más o menos de diez centímetros de ancho; luego, una franja gris del mismo ancho, y arriba, todo blanco. ¿Te acuerdas?

—Perfectamente —en realidad sus recuerdos eran algo borrosos.

—El obi era muy lindo también. Dos ramas de bambú blanco sobre fondo bermellón. Nunca he vuelto a usarlo. Siempre les tuve miedo a los calambres estomacales.

Aquélla era una rara combinación. La mujer en vestido de cóctel negro con un prendedor en el pecho, llevándose a los labios un vaso de vino con marcas de pintura y hablando de un antiguo kimono.

Poco faltó para que Kawase dijera: —Esta mañana, cuando mencionaste el asunto del termo, pensé que, quizás, te estuvieras desquitando conmigo después de todos estos años. A decir verdad, mi propio hijo… —pero se contuvo y cerró la boca justo a tiempo.

Se habían separado cinco años atrás en las circunstancias más desagradables. El disgusto comenzó cuando una de las colegas de Asaka, llamada Kikuchiyo, confió un secreto a Kawase. Le preguntó si sabía de las relaciones que había mantenido Asaka con un importante comerciante durante algunos meses. Aquel hombre pensaba librarla de sus obligaciones como geisha. Por otra parte, no le ocultó que, en repetidas oportunidades, ambos se habían marchado juntos a Hakone. La noticia asombró a Kawase. Aun cuando era de día, ordenó a Asaka ir hasta la cafetería de Ginza donde tenían por costumbre encontrarse.

En cierto modo, su indignación carecía de fundamento. Habría que haberle preguntado, en primer lugar, si no estaba fuera de proporción con el afecto que sentía por ella. En todas sus relaciones con mujeres había dejado sentado un tácito acuerdo por el que él no pensaba ni remotamente en casarse. No perdía oportunidad de formular cínicos comentarios sobre aquellos que deseaban una pacífica vida matrimonial y siempre pedía a la mujer que lo acompañaba que se uniera a su risa.

El paso siguiente era la retirada de la mujer en defensa propia. Fingía considerar su relación como franca y alegre, y luego, ambos, deseaban y trataban de pensar de esa manera. Mitad por razones de conveniencia y mitad por razones de buen gusto, Kawase había decidido mantener con Asaka este tipo de relación. Pero, finalmente, el esfuerzo arrojó un débil tinte de desesperación y el vacío se apoderó de sus burlas e ironías. Creyeron, pues, en la ilusión de ser invulnerables.

Fue entonces cuando Kikuchiyo trajo su información.

Kawase quiso ver hasta dónde lo llevaba su indignación, pero la respuesta de Asaka fue absolutamente inaceptable. Con su habitual vehemencia, Kawase suponía que ella respondería a sus burlas con otras burlas y a su pasión contenida con el mismo sentimiento. Como aborrecía verse solo en una situación incierta, había esperado que la mujer también se entregara a la comedia y contestara con la excitación correspondiente.

Tercamente callada, Asaka estaba sentada con una compostura casi excesiva junto a la ventana de la cafetería, vacía a aquella temprana hora de la tarde.

El silencio se le antojó a Kawase como una prueba de necedad. ¿Cómo no comprendía ella que su excitación equivalía a una demostración de amor? Había esperado ver aparecer en sus ojos un innegable placer frente a sus acusaciones. Y con sólo vislumbrar aquel placer lo hubiera perdonado todo.

Kawase no tardó demasiado en decir todo cuanto pensaba y ambos permanecieron en silencio, evitando mirarse a los ojos. La tarde otoñal estaba nublada, pero era fácil estudiar en todos sus detalles los tubos de neón cubiertos de polvo del cabaret de enfrente. Abajo, la calle hervía de transeúntes.

Asaka miraba obstinadamente por la ventana. De pronto, sin el menor cambio de expresión, rompió a llorar y dijo: —Creo que voy a tener un hijo. Un hijo tuyo.

Fue aquella observación lo que movió a Kawase, que por otra parte jamás hubiera pensado en hacer semejante cosa, a dejarla. ¡Qué trampa burda! Los recuerdos de su limpia y alegre aventura parecieron desvanecerse al caer en el sucio mundo de las negociaciones y los regateos. Ni siquiera sintió deseos de decir lo que hubieran preguntado la mayoría de los hombres. ¿De quién era el niño? Lo dijo, sin embargo, muy claramente, con un ojo puesto en lo que vendría más adelante. Los gestos de danza y el grueso maquillaje blanco de profesional disgustaron por primera vez a Kawase. Le habían parecido, hasta entonces, la esencia de la elegancia y de la finura. Ahora se habían vuelto símbolos de la vulgaridad. Estaba satisfecho de que la falta de sinceridad de ella hubiera provocado su resolución.

—… a decir verdad, mi propio hijo…

Quizás Asaka no había adivinado el contenido de la observación que él había estado a punto de formular. Sin embargo, lo frenó a la manera occidental, con un ligero guiño.

El gesto agradó a Kawase y el hecho de que hubiera refrenado su lengua, no por él, sino por Asaka, le produjo una dulce y emocionante sensación.

—¿Les agradaron las cerezas Jubilee? —preguntó el mozo.

Kawase había pensado dejar el 15% de propina sobre el monto de la adición. Sin embargo, dejó una suma mayor.

.

V

Durante las doce horas de vuelo en su viaje de regreso al Japón, Kawase fue varias veces hasta el salón de fumar, y recordó la brillante luz matutina del hotel en donde había pasado la noche con Asaka.

La regla que estipulaba que los clientes no podían llevar mujeres a sus habitaciones, se volvía una formalidad sin aplicación práctica frente a la imposibilidad de controlar cientos de cuartos.

Los corredores estaban vacíos a altas horas de la noche y ni siquiera existía el peligro de ser oído al caminar sobre las gruesas alfombras que se extendían bajo viejas lámparas.

Algo ebrios, Asaka y Kawase apostaron cinco dólares a si podían o no darse una docena de besos entre el ascensor y la habitación que se hallaba a regular distancia. Kawase se hizo acreedor al premio.

Cuando se despertaron por la mañana, después de un corto sueño, descorrieron las cortinas y contemplaron la bahía de San Francisco que, entre edificios, brillaba a lo lejos bajo la luz del sol.

Mientras ingería su solitario desayuno de la mañana anterior, Kawase había arrojado migas a las palomas que se posaban sobre el alféizar. Volvieron nuevamente al oír abrirse la ventana. No hubo migas, sin embargo, pues Kawase no podía pedir el desayuno a su habitación. Decepcionadas, las palomas se retiraron a un hueco, bajo el alféizar, estirando el cuello de vez en cuando, como esperando su ración. Luego, se alejaron volando. Sus cuellos eran una intrincada combinación de azul, marrón y verde.

El tranvía pasaba ya por la calle haciendo sonar su campanilla. Asaka llevaba una combinación negra y tenía los bien torneados hombros desnudos. La suya era una carne que Kawase había conocido bien. Sin embargo, en el extranjero parecía emanar de ella un aroma simple y fuerte como el de las praderas, completamente diferente al perfume artificial del polvo y de los kimonos. El hecho de que la piel de Asaka le produjera tan enorme placer pese a ser de su mismo color, configuraba una de esas extrañas contradicciones solamente posibles en un país extraño.

Era una hermosa mañana y todas las trabas y ataduras que habían pesado sobre el corazón de Kawase desde la mañana anterior, desaparecieron milagrosamente.

Cerrando el cuello del pijama para protegerse del frío, Kawase dijo ingeniosamente: —¿Y qué harás esta vez si tienes un hijo?

Asaka estaba sentada frente al espejo como una prostituta extranjera. Contemplaba su imagen, encandilada por el sol. La curva suave de sus hombros parecía irradiar luz.

—Si tengo un hijo, será de Sonoda —contestó, mencionando con ligereza el nombre de su patrón.

Sin embargo, a medida que se aproximaba al Japón los recuerdos se desvanecían para dejar paso a la imagen desamparada de su mujer y de su hijo. Kawase no sabía realmente por qué ponía tanto énfasis en representárselos con colores tristes y sentimentales. ¿Había acaso algo que determinara aquel enfoque? Su mujer le había escrito una vez por semana durante el tiempo que había durado su ausencia, y sus cartas indicaban que todo marchaba bien.

El jet volaba ahora muy bajo sobre el mar. Las luces de la cabina estaban apagadas para que los pasajeros pudieran contemplar mejor la iluminación de Tokio. Se escuchaba una música suave. Aparentemente el avión iba desde la bahía de Yokohama hasta el aeropuerto de Haneda. Los racimos de luces iban aproximándose lentamente. Toda la tristeza tensa de la ciudad —la multitud en relación directa con la angustia— parecía reflejarse en ellos.

En medio de la creciente inquietud que significa el regreso al hogar después de un largo viaje por el extranjero, Kawase escuchaba el profundo ronquido de los motores y se entregaba al oscilante fluir del tiempo delimitado por las balizas de las pistas que emergían del desorden.

La confusión de la aduana, la irritante espera por el equipaje… Luego de ejecutar los últimos trámites que debe cumplir el viajero al llegar a destino, Kawase subió apurado las escaleras alfombradas de rojo y vio inmediatamente, entre el público, a su esposa con el niño en brazos.

Ella vestía un pullover verde seco y había engordado durante su ausencia. El hecho de que sus rasgos parecieran borrosos la hacía más atractiva.

—Mira, ahí está papá —señaló al niño que, impasible, se colgaba de su cuello, exhausto por la muchedumbre y la excitación.

No parecían ni tristes ni desgraciados. Resultaba evidente que no lo habían pasado mal en ausencia de Kawase. Éste se sintió desilusionado al ver a su esposa tan animada y alegre.

Algunos de sus subordinados lo acompañaron hasta su casa y Kawase no tuvo ocasión de hablar con su mujer. El niño cabeceaba sobre sus rodillas.

—Quizás sea mejor acostarlo —sugirió uno de los gerentes.

Rodeado por lo auténticamente japonés —esteras de paja, puertas correderas de papel, incontables platitos y recipientes sobre la mesa—, Kawase se había convertido una vez más en el clásico caballero nipón. Debía, pues, reafirmar su autoridad.

—Si le mostramos un termo, se despabilará nuevamente.

—¿Un termo?

Kawase llamó a su mujer: —Kimiko, tráeme un termo.

Ella tardó en contestar. Sin duda pensaba que ya era hora de que el niño se acostara. Eran más de las once y su falta de complacencia irritó mucho a Kawase. Era como si hubiera vuelto al Japón solamente para darse el gusto de mandar a su hijo a la cama con un termo, como si únicamente ese sentimiento de placer o de miedo (era difícil distinguirlo) pudiera disipar la íntima perturbación que sintiera desde el vuelo en el jet.

Después de cinco minutos, llamó nuevamente a su mujer. La bebida no le producía el efecto placentero de siempre y parecía concentrarse en un punto frío de su nuca.

—¿Qué sucede con el termo? —preguntó.

—¡Pero si está casi dormido! —terció Komiya, el gerente que minutos antes había intervenido en la conversación—. Creo que podrá arreglarse sin el termo.

Envalentonado por el sake, Komiya se estaba propasando. Kawase lo observó. Era un joven muy inteligente, uno de los mejores en la organización de Kawase y tenía un rostro muy definido con gruesas cejas que casi se juntaban sobre el puente de su nariz. Al mirarlo a los ojos, Kawase sintió que algo se le clavaba en el punto helado que sentía en la nuca.

—«Sabe… Sabe que el niño tiene miedo de los termos…»

En vez de preguntar algo, Kawase empujó al niño hacia Komiya que lo tomó como si fuera una pelota de fútbol y clavó en su jefe una mirada llena de asombro.

—Llévelo usted a dormir, entonces —sugirió Kawase.

Al advertir lo tenso de la situación, los demás comenzaron a charlar ruidosamente. La esposa de Kawase tomó al niño de los brazos de Komiya y fue a acostarlo, pues ya estaba casi dormido pese al ruido. A Kawase le disgustó que todo se hiciera tan fácilmente.

Los invitados se marcharon a la una de la mañana.

Kawase ayudó a su mujer a recoger la mesa. No estaba ebrio y, aunque se sentía agotado, estaba más despierto que nunca. Kimiko parecía haber notado su descontento. Apenas cambiaron las palabras más indispensables mientras llevaban a cabo aquella pequeña tarea en común.

—Te agradezco tu ayuda —dijo Kimiko—. Debes estar cansado. ¿Por qué no te vas a la cama? —no levantó la mirada de los platos que estaba lavando.

Kawase no contestó. Bajo la luz fluorescente los platos amontonados a un costado del fregadero parecían de una espectral blancura. Después de una pausa, dijo: —¿Qué sucedió con el termo? Ya sé que el pequeño estaba por dormirse, pero podrías haberme complacido por ser ésta mi primera noche en casa.

—Se rompió —la voz de Kimiko sobre el ruido del agua sonaba aguda y animosa.

Sorprendentemente, la noticia no sorprendió a Kawase.

—¿Quién lo rompió? ¿Shigeru?

Ella sacudió la cabeza y las ondas rígidas, agrupadas en lo alto de su peinado en honor de Kawase, se sacudieron suavemente.

—¿Quién fue, entonces?

Kimiko dejó, súbitamente, de lavar los platos y sus brazos permanecieron inmóviles como si empujaran el acero inoxidable del fregadero. El pullover verde seco temblaba.

—¿Por qué llorar por esto? Sólo he preguntado quién lo había roto.

—Fui yo —dijo ella con voz entrecortada.

Kawase no tuvo el valor necesario para apoyar su mano en el hombro de ella. Tenía miedo de los termos.

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