Una partida de campo

Guy de Maupassant

 

 

 

Desde hacía cinco meses habían hecho planes de ir a comer a los alrededores de París, el día del santo de la señora Dufour, de nombre Pétronille. Así que aquella mañana, tras haber esperado esta partida de campo con impaciencia, se habían levantado muy temprano.

El señor Dufour le había pedido prestada la tartana al lechero y la conducía personalmente. Era de dos ruedas, muy presentable, con la capota sostenida por cuatro montantes de hierro de los que colgaban unas cortinillas, que habían sido descorridas para ver el paisaje. La de atrás, suelta, ondeaba al viento a modo de una bandera. La mujer, junto a su esposo, no cabía en sí de gozo dentro de un extraordinario vestido de seda color cereza. Detrás, en dos sillas, iban una anciana abuela y una muchacha. También se veía la melena rubia de un chico que, a falta de asiento, se había tumbado en el fondo, dejando asomar tan sólo la cabeza.

Tras haber seguido la avenida de los Campos Elíseos y cruzado las fortificaciones de la puerta Maillot, se habían puesto a contemplar en derredor.

Al llegar al puente de Neuilly, el señor Dufour había dicho: «¡Por fin estamos en el campo!» y su mujer, a esa señal, se había emocionado deshaciéndose en alabanzas a la naturaleza.

En el cruce de caminos de Courbevoie les llenó de admiración la lejanía del horizonte. A la derecha, a lo lejos, estaba Argenteuil, con su campanario que despuntaba; más arriba, aparecían los cerros de Sannois y el Moulin d’Orgemont. A la izquierda, se dibujaba en el claro cielo de la mañana el acueducto de Marly, y también se descubría, en lontananza, el terraplén de Saint-Germain; mientras que delante, en el extremo de una cadena de colinas, unas tierras removidas indicaban el nuevo fuerte de Cormeilles. Justo al fondo, en la profunda lejanía, por encima de otras llanuras y pueblos, se columbraba un oscuro verdear de bosques.

El sol comenzaba a abrasar los rostros; el polvo llenaba sin cesar los ojos y, a ambos bordes del camino, se extendía una campiña interminablemente desnuda, sucia y maloliente. Se hubiera dicho que una epidemia la había devastado y se había contagiado incluso a las casas, ya que unos esqueletos de construcciones hundidas y abandonadas, o unas casuchas que habían quedado a medio acabar por falta de pago a los contratistas, proyectaban al cielo sus cuatro paredes destechadas.

De trecho en trecho despuntaban en el estéril suelo altas chimeneas de fábricas, única vegetación de aquellos pútridos campos por los que la brisa primaveral difundía un olor a petróleo y a pizarra, mezclado con otro olor menos agradable aún.

Habían cruzado luego el Sena por segunda vez y, en el puente, se había producido el encantamiento. El río resplandecía de luz; absorbida por el sol, se alzaba del agua una neblina, y se sentía una dulce quietud, un benéfico frescor al respirar por fin un aire más puro, no corrompido por el humo negro de las fábricas o los miasmas de los vertederos.

Un caminante había dicho el nombre del pueblo: Bezons.

La tartana se detuvo y el señor Dufour se puso a leer el incitante letrero de un figón: «Restaurante Poulin, calderetas y frituras, salas de banquetes, cenadores y columpios».

—¿Qué, señora Dufour? ¿Te parece bien éste? ¿Vas a decidirte por fin?

La mujer leyó a su vez: «Restaurante Poulin, calderetas y frituras, salas de banquetes, cenadores y columpios». Luego estuvo largo rato mirando la casa.

Era una posada de campo, blanca, levantada al borde de la carretera. Por la puerta abierta se veía el cinc brillante del mostrador, delante del cual había dos obreros endomingados.

Finalmente, la señora Dufour se decidió:

—Sí, está bien —dijo—; y, además, tiene una bonita vista.

El vehículo entró en un vasto terreno plantado de grandes árboles que se extendía detrás de la posada y que separaba del Sena nada más que el camino de sirga.

Pusieron pie a tierra. El marido fue el primero en saltar, luego abrió los brazos para recibir a su mujer. El estribo, sostenido por dos barras de hierro, estaba muy distante, por lo que, para alcanzarlo, la señora Dufour no pudo evitar enseñar el nacimiento de la pantorrilla, cuya primera finura desaparecía ahora bajo una invasión de grasa que descendía de los muslos.

El señor Dufour, ya excitado por el campo, le dio un buen pellizco en la pantorrilla, la cogió seguidamente por las axilas y la depositó pesadamente en tierra como un enorme fardo.

Ella se sacudió con la mano el vestido de seda para hacer caer el polvo y miró en derredor.

Era una mujer de unos treinta y cinco años, metida en carnes, granada y de buen ver. Respiraba con dificultad, violentamente estrangulada por el abrazo del corsé demasiado ceñido; y la presión de aquel arnés empujaba hasta la doble papada la masa fluctuante de su exuberante pechuga.

Luego la joven, posando la mano sobre el hombro de su padre, saltó con ligereza, sin ayuda. El chico del pelo rubio había bajado posando un pie sobre la rueda, y ayudó al señor Dufour a apear a la abuela.

Entonces desengancharon el caballo y lo ataron a un árbol; la tartana se venció hacia delante, con los varales en el suelo. Los hombres, tras haberse despojado de la levita, se lavaron las manos en un balde de agua y se reunieron con las damas que se habían instalado ya en los columpios.

La señorita Dufour, de pie sobre uno de ellos, trataba de columpiarse por sí sola, pero sin conseguir el impulso suficiente. Era una guapa muchacha de unos dieciocho a veinte años, una de esas mujeres que cuando se las encuentra uno por la calle se siente fustigado por un súbito deseo, que deja hasta la noche una inquietud vaga y una excitación de los sentidos. Alta, delgada de talle y de anchas caderas, era muy morena de piel y tenía unos ojazos y el cabello negrísimo. Su vestido dibujaba nítidamente la firme rotundez de sus carnes, acentuada aún más por el esfuerzo que hacía con los riñones para bambolearse. Con los brazos extendidos apretaba las cuerdas encima de su cabeza, de manera que a cada impulso su pecho se alzaba sin un temblor. Una ráfaga de viento se le había llevado el sombrero, haciéndolo caer tras ella; el columpio iba paulatinamente cobrando movimiento y a cada retorno le descubría sus delgadas piernas hasta las rodillas y mandaba al rostro de los dos hombres, que miraban entre risas, el viento de sus faldas, más embriagador que los efluvios etílicos del vino.

Sentada en el otro columpio, la señora Dufour gemía con tono monótono e insistente: «¡Cyprien, ven a empujarme; vamos, ven a empujarme, Cyprien!». Por fin él se decidió y, tras haberse arremangado las mangas como antes de empezar un trabajo, consiguió con infinito esfuerzo hacer mover a su mujer.

Agarrada a las cuerdas, ella mantenía las piernas rectas para no dar con sus huesos en tierra, y disfrutaba con el aturdimiento causado por el ir y venir del columpio. Sus carnes, remecidas, temblaban sin cesar como gelatina en un plato. Pero, cuando aumentaron los impulsos, fue presa del vértigo y del miedo. Cada vez que bajaba soltaba un grito agudo que hacía acudir corriendo a todos los chiquillos del lugar; de modo que allí, delante de ella, por encima del seto del jardín, divisaba confusamente un proliferar de cabezas de mirada picarona que reían cada una con una mueca distinta.

Se presentó una camarera y encargaron el almuerzo.

—Una fritada de pescaditos del Sena, un conejo salteado, ensalada y postre —profirió la señora Dufour con tono de importancia—. Y traiga también dos litros de vino de la casa y una botella de burdeos —dijo su marido.

—Comeremos en la hierba —añadió la muchacha.

La abuela, enternecida de ver al gato de la casa, hacía diez minutos que iba detrás de él llamándolo inútilmente con los nombres más dulces. El animal, sin duda interiormente halagado por tanta atención, se quedaba siempre al alcance de la mano de la anciana, pero no se dejaba atrapar y daba vueltas tranquilamente en torno a los árboles, frotándose contra ellos, con la cola levantada y un leve ronroneo de placer.

—¡Mira! —exclamó de improviso el joven del pelo rubio que exploraba los alrededores—. ¡Esto sí que son barcas bonitas!

Fueron a ver. Debajo de un pequeño cobertizo de madera había suspendidas dos magníficas yolas de regata, finas y trabajadas como muebles de lujo. Descansaban una al lado de la otra, semejantes, en su reluciente y esbelta largura, a dos altas y delgadas muchachas, y hacían venir ganas de deslizarse por el agua en los hermosos atardeceres tibios o en las claras mañanas de verano, de costear las floridas riberas donde los árboles sumergen las ramas en el agua, donde tiembla el eterno estremecerse de las cañaveras y desde donde, cual relámpagos azules, emprenden el vuelo los martín pescadores.

Toda la familia las contempló con respeto.

—Son bonitas de verdad —repitió con aire serio el señor Dufour.

Y daba explicaciones sobre ellas como un entendido. También él, en sus tiempos, decía, había practicado el remo; es más, con aquéllos en la mano (y hacía el movimiento de tirar hacia sí de los remos), les daba cien vueltas a todos. En otro tiempo, en las regatas de Joinville, había ganado a más de un inglés; y bromeó sobre la palabra «damas» con la que se designa los dos estribaderos que sostienen los remos, diciendo que los remeros, con razón, no salían nunca sin sus «damas». Así perorando se había calentado y se empeñaba en querer apostar a que con una embarcación de aquéllas habría hecho, sin apresurarse demasiado, seis leguas por hora.

—Ya está todo listo —dijo la sirvienta asomándose a la entrada.

Todos corrieron; pero he aquí que en el sitio mejor, aquel en el que la señora Dufour imaginaba iba a instalarse, había ya dos jóvenes comiendo. Eran seguramente los propietarios de las yolas, porque iban vestidos de remeros.

Estaban recostados en unas sillas, casi tumbados. Tenían la cara tostada por el sol y el pecho cubierto sólo por una delgada camiseta blanca de algodón, que dejaba desnudos sus brazos, robustos como los de los herreros. Eran dos fornidos mocetones, que hacían mucha exhibición de fuerza, pero que mostraban en cada movimiento esa gracia elástica de los miembros que se adquiere con el ejercicio, tan distinta de la deformación que imprime al obrero el esfuerzo penoso, siempre el mismo.

Rápidamente intercambiaron una sonrisa al ver a la madre, luego una mirada al fijarse en la hija.

—Cedámosles nuestro sitio —le dijo el uno al otro— y así entablaremos conversación.

El otro se levantó al punto y, con la gorra medio roja, medio negra en la mano, ofreció caballerosamente ceder a las señoras el único sitio del jardín donde no daba el sol. Aceptaron deshaciéndose en disculpas; y, para que todo fuera más campestre, la familia se instaló en la hierba sin mesa ni sillas.

Los dos jóvenes desplazaron sus platos algo más lejos y se pusieron de nuevo a comer. Sus brazos desnudos, que lucían de continuo, incomodaban un poco a la muchacha. Incluso fingía volver la cabeza y no advertir su presencia, mientras que la señora Dufour, más audaz y movida por una curiosidad femenina que acaso no era sino deseo, les miraba a cada rato, comparándolos sin duda con pesar con las secretas fealdades de su marido.

.

Se había dejado caer en la hierba, con las piernas encogidas a la manera de los sastres, y se meneaba continuamente con la excusa de que le habían entrado las hormigas por algún sitio. El señor Dufour, malhumorado por la presencia y la amabilidad de los dos extraños, buscaba sin encontrarla una postura cómoda, en tanto el joven del pelo rubio comía como una lima, en silencio.

—Bonito día, ¿verdad, señor? —dijo la gruesa señora a uno de los remeros.

Quería ser amable, dado que les habían cedido el sitio.

—Sí, señora —respondió él—. ¿Salen a menudo al campo?

—Sólo una vez o dos por año, para tomar un poco el aire; ¿y usted, señor?

—Yo vengo a dormir aquí cada noche.

—Debe de ser realmente agradable.

—Sí, por supuesto, señora.

Y contó poéticamente su vida de cada día, haciendo resonar en el corazón de aquellos burgueses, carentes de hierba y hambrientos de caminatas por los campos, ese estúpido amor por la naturaleza que durante todo el año les obsesiona detrás del mostrador de su tienda.

La muchacha, emocionada, alzó la vista y miró al remero. El señor Dufour habló por primera vez.

—Esto sí que es vida —dijo. Y agregó—: ¿Un poco más de conejo, querida?

—No, gracias, tesoro.

Se volvió de nuevo hacia los dos jóvenes y dijo, indicando sus brazos:

—¿No tienen nunca frío yendo así?

Ambos se echaron a reír y asustaron a la familia con el relato de sus prodigiosos esfuerzos, de sus chapuzones cubiertos de sudor, de sus carreras en medio de la neblina nocturna; y se daban violentos golpes de pecho para demostrar cómo sonaba.

—Ya se ve lo fuertes que están —dijo el marido, que ya no hablaba de cuando ganaba a los ingleses.

Ahora la muchacha los estudiaba de soslayo; y el joven del pelo rubio, atragantándose al beber, tosió violentamente y espurreó de líquido el vestido color cereza de la dueña, que se irritó e hizo traer un poco de agua para lavar las manchas.

Mientras tanto el calor apretaba fuerte. El río cabrilleante parecía un brasero ardiente, y los efluvios del vino turbaban las mentes.

El señor Dufour, tras verse sacudido por un violento hipo, se había desabotonado el chaleco y la parte superior de los pantalones; y su mujer, presa de las palpitaciones, se desabrochaba poquito a poco el vestido. El aprendiz sacudía alegremente sus greñas de un rubio pajizo y se servía un vaso tras otro. La abuela, sintiéndose ebria, permanecía tiesa y muy digna. En cuanto a la muchacha, no dejaba traslucir nada; sólo los ojos le brillaban vagamente y su morenísima tez se teñía en las mejillas de un matiz más rosado.

El café les remató. Se propuso la idea de cantar y cada uno recitó su coplilla, que era aplaudida por los demás con frenesí. Luego se levantaron con dificultad y mientras las dos mujeres, aturdidas, respiraban con fuerza, los dos hombres, completamente borrachos, se pusieron a hacer gimnasia. Pesados, fláccidos, con el semblante de un rojo encendido, se colgaban torpemente de las anillas sin conseguir elevarse; y sus camisas amenazaban continuamente con escapar de sus pantalones para agitarse libremente como banderas.

Mientras tanto, los remeros habían metido las yolas en el agua y fueron a proponer gentilmente a las señoras un paseo por el río.

—Señor Dufour, ¿me dejas? ¡Por favor! —exclamó su mujer.

Él la miró con aire de beodo, sin comprender. Entonces uno de los remeros se acercó, con dos cañas de pescar en la mano. La esperanza de pescar algún gobio, que es el ideal de los tenderos, hizo relucir los ojos de mirada mortecina del buen hombre, quien consintió a todo cuanto querían y se instaló debajo del puente, a la sombra, con los pies colgándole sobre el agua, junto al joven del pelo rubio que no tardó en dormirse.

Uno de los remeros se sacrificó: tomó con él a la madre.

—¡Al bosquecillo de la isla de los ingleses! —gritó mientras se alejaba.

La otra yola iba más lentamente. El remero miraba a su compañera con tanta fijeza que no pensaba en nada más, y le embargaba tal turbación que paralizaba su energía.

La muchacha, sentada en el asiento del timonel, se abandonaba a la dulzura de estar en el agua. Se sentía presa de un vacío mental, de una laxitud de los miembros, de un abandono de sí, como inundada de una múltiple embriaguez. Se había puesto totalmente roja y respiraba entrecortadamente. El aturdimiento del vino, acrecentado por el calor torrencial que la envolvía, hacía oscilar a su paso todos los árboles de la orilla. Una necesidad indefinida de gozar, un rebullir de la sangre, recorrían su carne ya excitada por los ardores de aquella jornada, y también se sentía turbada por aquella intimidad en el agua, en medio de aquellos lugares despoblados por el incendio del cielo, con aquel joven, que la consideraba hermosa, cuyos ojos le besaban la piel y cuyo deseo era incisivo como el sol.

La impotencia para hablar no hacía sino aumentar su turbación, y miraban alrededor. Finalmente, haciendo un esfuerzo, él le preguntó cómo se llamaba:

—Henriette —dijo ella.

—¡Vaya casualidad!, yo me llamo Henri —dijo él.

El sonido de sus voces les había calmado y volvieron a su interés por la orilla. La otra yola se había detenido y parecía esperarles. El joven que la pilotaba gritó:

—Nos reuniremos con vosotros en el bosque; nos vamos hasta Robinson, porque la señora tiene sed.

Luego se dobló sobre los remos y se alejó tan presuroso que le perdieron casi enseguida de vista.

Mientras tanto, un rugido continuo que se percibía desde hacía rato se acercaba muy rápido. El río mismo parecía estremecerse, como si el sordo ruido saliera de sus profundidades.

—¿Qué es lo que se oye? —preguntó ella.

Era el salto de agua de la presa de contención que cortaba el río en dos en el extremo de la isla. Él se enzarzó en una explicación, cuando, a través del rumorear de la cascada, fueron sorprendidos por el canto de un pájaro que parecía muy lejano.

—Vaya —dijo él—, ¡los ruiseñores están cantando de día! Lo que quiere decir que las hembras están incubando.

¡Un ruiseñor! Ella no había oído nunca ninguno, y la idea de escuchar uno provocó en su corazón una visión de poéticos efectos. ¡Un ruiseñor!, es decir, ¡el invisible testigo de las citas que Julieta invocaba desde su balcón; esa música del cielo concedida a los abrazos de los humanos; ese eterno inspirador de todas las lánguidas romanzas que abren azules ideales a los pobres corazoncillos de las muchachas emocionadas!

Iba a escuchar, pues, a un ruiseñor.

—No hagamos ruido —dijo su compañero—, podemos bajar en el bosque y situarnos cerca de él.

Parecía que la yola se deslizase. Asomaron algunos árboles en la isla, cuya orilla era tan baja que los ojos se perdían en la espesura del bosque. Pararon; atada la barca, se adentraron por entre las ramas, Henriette apoyada en el brazo de Henri. Él le pidió que se agachase. Ella así lo hizo y penetraron en un inextricable enredijo de lianas, de follaje y de cañas, en un refugio inencontrable que era necesario conocer y que el joven llamaba entre risas su «salón privado».

Justo encima de sus cabezas, posado en uno de los árboles que les cubrían, el pájaro seguía desgañitándose. Lanzaba trinos y gorgoritos, luego soltaba grandes notas vibrantes que llenaban el aire y parecían perderse en el horizonte, desarrollándose a lo largo del curso del río y volando por encima de los llanos a través del silencio de fuego que se hacía sentir sobre la campiña.

No hablaban, por temor a espantarlo. Estaban sentados uno al lado del otro y poco a poco el brazo de Henri ciñó la cintura de Henriette, apretándola con suave presión. Ella apartó tranquilamente la osada mano, y siguió apartándola cada vez que se le acercaba, sin sentir incomodidad alguna por aquella caricia, como si hubiera sido algo de lo más natural que ella rechazaba con la misma naturalidad.

Estaba escuchando al pájaro, extasiada. La embargaban infinitos deseos de felicidad, súbitos impulsos de afecto, revelaciones de sobrehumana poesía, un tan gran debilitamiento de los nervios y del corazón, que lloraba sin saber la razón. Ahora el joven la estrechaba contra sí; y ella no lo rechazaba ya, ni siquiera pensaba en ello.

De súbito el ruiseñor se calló. Una voz lejana gritó:

—¡Henriette!

—No conteste —dijo él en voz muy baja—, espantaría al pájaro.

Ella ni siquiera pensaba en responder.

Se quedaron un rato así. La señora Dufour debía de estar sentada en algún sitio, pues se oían vagamente de vez en cuando los grititos de la oronda señora, a la que sin duda sobaba el otro remero.

La muchacha seguía llorando, embargada de muy dulces sensaciones, con la piel ardorosa y unos cosquilleos desconocidos por todo el cuerpo. La cabeza de Henri reposaba en uno de sus hombros; y, bruscamente, la besó en los labios. Ella se rebeló furiosa y, para evitarle, se echó hacia atrás. Entonces él se le arrojó encima, cubriéndola con todo su cuerpo. Buscó largo rato la boca que se le hurtaba y, tras encontrarla, pegó la suya en la de ella. Entonces, loca de un intensísimo deseo ella le devolvió el beso apretándole contra sí y toda su resistencia se vino abajo, como aplastada por un peso demasiado fuerte.

Reinaba una gran calma alrededor. El pájaro reanudó su canto. Primero emitió tres notas penetrantes que parecían un reclamo amoroso, luego, tras un breve silencio, comenzó con tono débil unas lentísimas modulaciones.

Sopló una débil brisa, provocando un susurro de hojas, y por entre las profundidades de las ramas se alzaban dos ardientes suspiros que se mezclaban con el canto del ruiseñor y el leve aliento del bosque.

Una especie de embriaguez invadía al pájaro, y su canto, aumentando poco a poco como un incendio que se propaga o una pasión que crece, parecía que acompañase bajo el árbol un crepitar de besos. Luego se desencadenó desenfrenado el delirio cantor. Se lanzó a largos deliquios, sosteniendo una nota, y a grandes espasmos melódicos.

A veces descansaba un poco, emitiendo nada más que dos o tres sonidos ligeros que terminaba de improviso en una nota sobreaguda. O bien se lanzaba a una carrera enloquecida, entre un brotar de gamas diversas, de estremecimientos, de sobresaltos, como un canto furibundo de amor seguido de gritos triunfales.

Pero se calló, al oír debajo de él un gemido tan hondo, que podía confundirse con el adiós de un alma. El ruido se prolongó durante un rato y terminó en un sollozo.

Estaban los dos muy pálidos cuando dejaron el lecho de verdura. Les pareció que el cielo azul se había oscurecido; el sol abrasador se había apagado para sus ojos; notaban la soledad y el silencio. Caminaban deprisa, cerca el uno del otro, sin hablarse ni tocarse, como si se hubieran vuelto enemigos irreconciliables, como si entre sus cuerpos se hubiese interpuesto una repugnancia y un odio entre sus espíritus.

De vez en cuando Henriette gritaba:

—¡Mamá!

Hubo un rebullicio debajo de un matorral. A Henri le pareció haber visto una falda blanca bajarse rápidamente sobre una gruesa pantorrilla; y apareció la enorme señora, un tanto confusa y más colorada aún, con los ojos muy relucientes y el pecho agitado, demasiado cerca quizá de su compañero. Éste debía de haber visto cosas sumamente graciosas, porque en su rostro se esbozaban unas risitas involuntarias.

La señora Dufour le tomó del brazo con un aire de ternura y se encaminaron hacia las embarcaciones. Henri, que iba delante, siempre en silencio al lado de la muchacha, creyó oír en un determinado momento el ruido ahogado de un gran beso.

Finalmente regresaron a Bezons.

El señor Dufour, despejada la melopea, esperaba impaciente. El joven del pelo rubio estaba comiendo un bocado antes de dejar la posada. El vehículo estaba enganchado en el patio, y la abuela, que había ya montado, se desesperaba porque temía que le sorprendiese la oscuridad por el camino, pues los alrededores de París no eran precisamente nada seguros.

Se intercambiaron unos apretones de manos, y la familia Dufour se fue.

—Hasta la vista —exclamaban los remeros.

Un suspiro y una lágrima les respondieron.

.

Dos meses después, pasando por la rue des Martyrs, Henri leyó en una puerta: «Dufour, ferretero».

Entró.

La gorda señora desbordaba sus carnes sobre el mostrador. Se reconocieron al instante, y, tras mil cortesías, él pidió noticias.

—¿Cómo está la señorita Henriette?

—Muy bien, gracias, se ha casado.

—¡Ah!

Se sintió turbado y añadió:

—¿Y… con quién?

—Con el joven que estaba con nosotros, ¿se acuerda? Es el quien tomará las riendas del negocio.

—Ah, ya, ya.

Se iba bastante mohíno, sin saber muy bien por qué. La señora Dufour le llamó:

—¿Y qué es de su amigo? —preguntó tímidamente.

—Está bien.

—Dele muchos recuerdos, ¿eh? Y si pasa por aquí, dígale que entre a vernos…

Se puso como la grana, luego añadió:

—Dígale que me gustaría mucho.

—Descuide, así lo haré. ¡Adiós!

—No…, hasta pronto.

.

Al año siguiente, un domingo muy caluroso, todos los detalles de esta aventura, que Henri nunca había olvidado, le vinieron súbitamente a la mente, tan precisos y deseables, que volvió solo a su habitáculo del bosque.

Se quedó de piedra al entrar en él. Ella estaba allí, sentada en la hierba, con aire triste, mientras que a su lado, también esta vez en mangas de camisa, su marido, el joven del pelo rubio, dormía a pierna suelta, como un bruto.

Al ver a Henri se puso tan pálida que a él le pareció a punto de sufrir un desvanecimiento. Luego se pusieron a charlar con naturalidad, como si entre ellos no hubiera pasado nada.

Pero cuando él le contó que le gustaba mucho aquel lugar y que iba a menudo a descansar allí, los domingos, evocando de nuevo muchos recuerdos, ella le miró largamente a los ojos.

—Yo pienso en ello todas las noches —dijo ella.

—Vamos, querida —dijo bostezando su marido—, creo que ya es hora de volver.

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