Uno de los nuestros

John Fante

 

 

I

Mi madre acababa de llevarse a la cocina los últimos platos de la cena cuando sonó el timbre. Todos nos levantamos como fieles en misa y corrimos a ver quién era. Mike llegó a la puerta el primero. La abrió de golpe y pegamos la nariz contra el cancel. Al otro lado había un joven uniformado con la gorra en la mano y un telegrama dentro de la gorra.

—Telegrama para Maria Toscana —dijo.

—¡Un telegrama, papá! —gritó Mike—. ¡Alguien se ha muerto! ¡Alguien se ha muerto!

A casa sólo llegaban telegramas cuando algún familiar pasaba a mejor vida. Había ocurrido tres veces desde que yo había nacido. Una vez fue por la muerte de mi abuelo, otra por la de mi abuela y la última por la de un tío. Sin embargo, una vez llegó un telegrama a casa por error. Lo encontramos debajo de la puerta una noche que volvimos tarde. Todos nos quedamos muy sorprendidos, pues contenía una felicitación de cumpleaños para una señora llamada Elsie, a quien ninguno de nosotros conocía. Pero lo más sorprendente de aquel telegrama fue que no comunicara una muerte. Hasta entonces no se nos había ocurrido pensar que un telegrama pudiera tener otros usos.

Cuando mi padre oyó los gritos de Mike, soltó la servilleta y retiró la silla. Los que estábamos en la puerta brincábamos de un lado a otro llenos de nerviosismo. Paralizada por la ansiedad, mamá se quedó en la cocina. Mi padre avanzó haciéndose el importante hacia la puerta y, como un hombre que se hubiera pasado la vida firmando la recepción de telegramas, firmó la recepción de aquél. Lo vimos rasgar el sobre amarillo y separar el papel lo suficiente para leer al mensaje que iba dentro. Nos miró ceñudo y se dirigió al centro de la sala, bajo la lámpara. Puso el mensaje en alto, casi por encima de su cabeza. Ni siquiera dando saltos podíamos llegar a él y mi hermano pequeño, Tony, que era un renacuajo y demasiado pequeño para saber leer, se subió por un costado de mi padre como si fuera un árbol. Mi padre dio una sacudida y Tony cayó al suelo.

—¿Quién se ha muerto? —preguntó—. ¿Quién se ha muerto?

—Tranquilos, tranquilos —dijo mi padre, como si hablara con perros inquietos—. Callaos. Calma, calma.

Entornando los ojos, dobló el ominoso papel amarillo y volvió a la mesa. Fuimos tras él. Nos dijo que nos fuéramos, pero nos apiñamos a su espalda, y Tony subió por los travesaños de la silla y le metió los dedos por el cuello de la camisa. Mi madre estaba en la puerta de la cocina mordiéndose el labio. La preocupación le contraía el rostro. Se retorcía sin parar las manos; que parecían gatitos debajo del delantal de cuadros.

Aguardamos sin aliento. Sin aliento nos esforzamos por adivinar a quién se referirían las tristes noticias. Esperábamos que no fuera nuestra tía Louise, porque siempre nos enviaba unos regalos maravillosos por Navidad. No nos importaba que fuera la tía Teresa, porque ¿qué hacía de bueno cuando llegaba Navidad? Nada de nada. Lo único que recibíamos de ella era una postal de felicitación, que sabíamos que sólo le costaba un centavo, porque era exactamente igual que las que compraba mamá. Si había muerto, se lo merecía por ser tan tacaña.

Papá se nos sacudió de encima. Nos dijo subrayando mucho las palabras que volviéramos a nuestros sitios. Mi madre ocupó su silla en silencio. Detrás de la mano que tenía en la cara, entre los dedos abiertos, se veía su preocupación, como mujer que reuniese fuerzas para afrontar una terrible prueba. Tenía muchos hermanos y hermanas que no había visto desde la niñez, pues se había casado muy joven. Nos dimos cuenta de que la mente de papá iba de un lado a otro en busca de la mejor y más rápida forma de asestar el duro golpe cuando se veía a la legua que mi madre estaba preparada para recibirlo. En realidad, no dejaba de mirarlo con los ojos muy abiertos.

—¿Quién es, Guido? —preguntó—. ¿Quién ha sido?

—Clito —dijo—. El chico de tu hermana Carlotta.

—¿Muerto?

—En un accidente. Lo atropellaron. Y murió.

Durante un largo rato de silencio, mi madre se quedó sentada como una estatua vestida de vichy. Luego levantó el rostro hasta el lugar en que ella creía que se encontraba la vida eterna. Estiró los labios como si diera un beso de despedida. Tenía la expresión demasiado angustiada para mantener los ojos abiertos.

—Sé que su almita es hermosa a los ojos de Dios —susurró.

Era primo nuestro, el único hijo del tío Frank y la tía Carlotta, la hermana mayor de mi madre. Vivían en Denver, a cuarenta y cinco kilómetros al sur de nuestra pequeña población. Clito sólo tenía un día más que nuestro Mike, el mayor de la generación más joven, después de mí. Clito y Mike habían nacido en el mismo hospital de Denver, hacía diez años. El mismo médico los había traído al mundo y, ¡cosa asombrosa!, los dos niños eran notablemente parecidos en la cara y en el tipo. Los miembros de nuestro desperdigado clan siempre se habían referido a ellos llamándolos «los gemelos», pues eran inseparables cuando nuestra familia vivía entre los italianos de North Denver tres años antes y, aunque discutían a menudo, parecía haber entre ellos un parentesco más cercano que entre Mike y yo o que entre Mike y Tony. Pero hacía tres años nuestra familia se había mudado a la pequeña ciudad de las montañas y Mike no había visto a su primo desde entonces.

Tal fue el motivo de que, en el silencio que siguió a lo que dijo mi padre, mi madre mirase tan apasionadamente, tan posesivamente a Mike, y sus ojos comenzaran a desplazarse con lentitud, a vagar por el espacio. Mike sintió aquella mirada. Era demasiado joven para darse cuenta del trágico significado de la muerte de Clito, pero sintió los ojos de mi madre sobre él, como si quisieran atraerlo hacia ellos, y empezó a moverse inquieto en la silla, mirando a mi padre en busca de claridad y apoyo. Mi madre corrió la silla y fue a su dormitorio. La oímos acostarse y luego la oímos llorar.

—Apuesto a que Clito está en el cielo —dijo Mike—. Apuesto a que no ha tenido que pasar por el purgatorio.

—Seguro —dijo mi padre—. Era un buen chico. Se fue directamente al cielo.

Mi madre llamó desde el dormitorio.

—Mike —gritó—, ven aquí con la mamma.

Mike no quería dejar la mesa. Pero miró a mi padre, que asintió con la cabeza, y se levantó y se fue vacilando. Oímos a mi madre arrastrarlo a su lado, en la cama, y luego oímos los húmedos y sonoros besos que le daba en la cara y en el cuello. Oímos el chasquido de los labios al besar y los gemidos posesivos de mi madre.

—¡Pero no me ha pasado a mí! —decía Mike—. ¡Mira! No estoy muerto.

—¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios Todopoderoso!

Cuando mi padre dejó la mesa, el telegrama quedó abierto en su sitio, con una punta metida en el cuenco de la ensalada, el papel amarillo absorbiendo aceite como si fuera un secante. Los chicos nos arrojamos sobre él. Yo lo cogí primero y lo levanté con el brazo estirado, fuera del alcance de los dedos de mi hermana Clara, que estaba de puntillas. Me subí a la silla de mi padre y alcé el papel casi hasta el techo. Mi hermana se subió a la silla de al lado. Manteniéndolo por encima de la cabeza, leí el mensaje mientras ella se colgaba de mí y Tony me tiraba de los pantalones con ánimo de destronarme.

—¡Déjame leerlo! —gritaba.

—¡Tú eres tonto! —dijo Clara—. ¡Aún no sabes leer! ¡Ni siquiera vas a la escuela!

—Sí que sé. ¡Tú no lo sabes todo, vamos!

El mensaje decía: «Clito en bicicleta atropellado por camión. Muerto cuatro tarde. Entierro domingo quince horas».

Lo dejé escapar y cayó al suelo trazando espirales. Clara y Tony se arrojaron sobre él y al momento quedó hecho trizas, desparramado por el suelo. El alboroto atrajo a mi madre y a Mike, que salieron corriendo del dormitorio. Mi madre vio los trozos del telegrama desperdigados y, secándose los ojos con el borde del delantal, dijo:

—No llegué a verlo. ¿Cómo murió?

—Fue atropellado por una bicicleta —dije.

Mi padre estaba en la habitación delantera, leyendo el periódico.

—No —me corrigió—. El chico fue atropellado por un camión.

—No, no fue así —dije—. Chocó contra el camión.

—El camión chocó contra él.

Así, con constantes interrupciones, perdimos por completo la noción de lo que había ocurrido realmente. Al poco, yo insistía en que nuestro Clito iba montado en la caja del camión, con la bicicleta al lado, y que se había caído cuando el camión pasó por un bache de la carretera. Mi padre estaba igual de equivocado. Había dicho que el pequeño Clito había sido derribado y muerto por un hombre montado en bicicleta. Nos pusimos a hacer una suposición tras otra. Incluso Tony tenía una interpretación propia. Insistió en que él también había leído el telegrama, pero dijo que a Clito lo había matado un aviador alemán que lanzaba bombas desde un avión. En medio de la confusión, nadie tenía nada mejor que ofrecer.

Entonces Clara dijo:

—Quizá estéis todos equivocados. Quizá fue atropellado por una moto.

Mi madre, ya desesperada, preguntó si decía algo del entierro.

—El martes.

—El lunes.

—El viernes.

—¿No era el domingo? —dijo Clara.

Mientras discutíamos sin ton ni son, mi madre y Mike recogieron los trozos de papel amarillo y los ordenaron sobre la mesa.

.

II

Mi madre no quiso dejar salir a Mike después de cenar. Los demás nos fuimos, pero Mike tuvo que quedarse en la cocina con ella. Desde allí nos oía gritar en el patio delantero, y lloraba y daba patadas al horno, pero mi madre nunca se había mostrado tan firme. Incluso mi padre estaba sorprendido. Cuando entró en la cocina para decirle que se estaba portando como una chiflada y una insensata, mi madre se volvió hacia él, llorando todavía, y le dijo que volviera a su periódico y se ocupara de sus propios asuntos. Chupando un palillo, mi padre miró al suelo, se encogió de hombros y volvió a su lectura.

—Pero, mamá —repetía Mike—. ¡Yo no soy el que se ha muerto! ¿Lo entiendes?

—Gracias a Dios. Gracias a Dios Todopoderoso.

Aquella noche vinieron a casa el tío Giuseppe y la tía Christina. La tía Christina era la hermana menor de mi madre y de la tía Carlotta. Ella también había recibido un telegrama. Mi madre, que había estado fregando los platos, se secaba las manos cuando vio a Christina entrar por la puerta delantera, y las dos mujeres se fundieron en un abrazo en el comedor y se quedaron allí, llorando. Mi madre apoyó la nariz en el hombro de la tía Christina y sollozó, y la tía Christina lloraba y acariciaba el pelo de mamá.

—¡Pobre Carlotta! —decían—. ¡Pobre Carlotta!

Nadie vigilaba a Mike, que seguía en la cocina. El muchacho vio su oportunidad y salió a hurtadillas por la puerta trasera. Dio la vuelta a la casa corriendo y se reunió con nosotros en el patio delantero. Nuestros primos, los dos hijos de la tía Christina, habían llegado con ella, así que todos nos pusimos a jugar a la maya.

Mi madre se olvidó de Mike. Ella, mi padre, la tía Christina y el tío Giuseppe se sentaron en la sala delantera y se pusieron a hablar de la muerte de Clito. Las dos mujeres se sentaron juntas en sendas mecedoras. Mi madre aún llevaba en la mano el paño de secar los platos y sus lágrimas caían sobre él. La tía Christina lloraba sobre un pañuelito verde que olía a claveles. No dejaban de repetir ocasionalmente la misma frase:

—¡Pobre Carlotta! ¡Pobre Carlotta!

Mi padre y tío Giuseppe fumaban puros en silencio. La muerte era el supremo misterio para ellos y las mujeres se resignaban fervientemente a los designios del Todopoderoso. Pero los hombres se aferraban a los viejos tópicos, tan viejos como la mente del hombre. Como no era hijo de ellos, la muerte del niño no los emocionaba especialmente. Les daba pena que hubiera muerto, pero sólo porque era lo apropiado, así que su dolor era por cortesía y no porque les saliera del corazón.

—En fin —dijo mi padre—, nunca se sabe. Todo el mundo tiene que irse algún día.

La oscura cabeza del tío Giuseppe y sus labios apretados le dieron la razón lentamente.

—Qué lástima —dijo—. Es una lástima.

—¡Era tan joven! —dijo mamá.

—Quizá haya sido mejor para él —dijo mi padre con aire melancólico.

—¡Vamos, Guido! ¿Cómo puedes decir una cosa así? ¿Cómo crees que se sentirá su pobre madre? ¿Y el pobre Frank?

—Un hombre nunca piensa en lo que hay en el corazón de una mujer —dijo la tía Christina—. No, no lo saben. Nunca lo sabrán. Los hombres son muy egoístas.

Mi padre y mi tío miraron la brasa de sus puros con desarmante confusión.

—Bueno —dijo mi padre—, lo único que sé es que todos moriremos algún día.

El tío Giuseppe hacía intentos desesperados por sentirse atribulado. Cerró los ojos y dijo:

—No. Nunca se sabe. Mañana, al día siguiente, esta noche…, el año que viene, el mes que viene, nunca se sabe.

—Pobre Carlotta —dijo mi madre.

—Pobre mujer —dijo la tía Christina.

—Qué mal lo estará pasando Frank —dijo mi padre—. Echará de menos al chico.

El tío Giuseppe parecía desvalido e incómodo en aquella silla de respaldo recto. Muchas veces miró al techo y a las paredes como si no los hubiera visto nunca. Luego examinaba la brasa de su puro, como si también fuera un objeto curioso. Mi padre se sentía más a sus anchas, ya que estaba en su propia casa. Repantigado y con el puro entre los dientes, las piernas abiertas e inmóviles, los pulgares en los tirantes manchados de sudor, parpadeando para esquivar las volutas de humo. Le habría gustado decir algo diferente sobre el tema de la muerte, pero no se le ocurría nada.

—Siempre se mueren los mejores —dijo.

—Qué gran verdad —dijo mi tío.

Mi tía Christina se sonó la nariz varias veces y luego se estrujó la punta hasta que se la dejó tan roja como un rábano. Era una mujer corpulenta que, a pesar de intentarlo, no conseguía cruzar las gordas piernecitas.

—¿Cómo está Mike? —preguntó—. Clito y él eran muy buenos amigos, se querían mucho.

Mi madre abrió los ojos asustada, se volvió en la silla y miró detrás de ella con algo parecido al terror.

—¡Mike! —gritó—. ¿Dónde estás, Mike?

No hubo respuesta. Torció el tórax y escrutó la cocina desde allí. No vio a nadie. Levantándose, se pasó los dedos por el cabello y gritó.

—¡Mike! —gritó—. ¿Dónde estás, Mike? ¡Ven aquí conmigo, Mike!

Mi padre se puso en pie de un salto como si hubiera visto un fantasma y la rodeó con sus brazos.

—Dio! —jadeó—. ¡Cálmate, mujer!

—¡Busca a Mike! ¡En el nombre de Dios, busca a Mike!

El tío Giuseppe fue a la puerta delantera y a la tenue luz del atardecer nos vio jugando a la maya entre los negros árboles del patio delantero. Mike estaba algo alejado del resto, apoyado en el árbol más grande, parcialmente escondido entre sus sombras.

—Tu madre te está llamando —dijo el tío Giuseppe—. ¿No la oyes?

Lo único que dijo Mike fue:

—Bah, ¿y qué quiere?

—Vamos, Mike —dijimos nosotros—. Ve a ver qué quiere.

Los gritos de mi madre habían detenido el juego como si de pronto hubiera caído un rayo. Entonces se abrió con violencia el cancel, que dio contra la pared con fuerza, y mi madre salió a toda prisa de la casa. Se agachó y levantó a Mike como si fuera un niño, muy por encima de ella y, riendo y llorando, lo besó una y otra vez entre susurros.

—El pequeñín de la mamma —dijo—. No me dejes nunca. Nunca, nunca, nunca, nunca me dejes.

—Yo no soy Clito —dijo él—. Yo no soy el que se ha muerto.

Ella se lo llevó en brazos a la sala, todos volvieron a sentarse y, aunque Mike lo detestaba, tuvo que quedarse en su regazo y dejar que lo besaran alrededor de un millón de veces.

Dormimos juntos en la misma cama, Mike y yo, y aquella noche, cuando ya era muy tarde, en algún momento después de la medianoche, mi madre entró en nuestro cuarto y se deslizó suavemente entre nosotros, aunque seguía siendo Mike el objeto de su preocupación. Acostada con la espalda hacia mí, lo despertó de tanto acariciarlo. Cuando se fue a su cama, tuve que darle la vuelta a la almohada porque estaba mojada de lágrimas.

.

III

¿Quién iba a ir al entierro? El domingo por la mañana hubo en la cocina una feroz discusión entre mi padre y mi madre por este asunto. Mi madre quería llevarse a Mike, pero mi padre quería que me llevara a mí.

—No —dijo mamá—. Quiero que venga Mike.

—¡Vaya idea! —dijo mi padre—. No tiene sentido hacérselo pasar peor a esa gente. Ya sabes cómo se sentirán Carlotta y Frank cuando vean a Mike.

—Venga —se burló mi madre—. ¿De qué narices estás hablando?

—Sé de lo que hablo —dijo mi padre—. ¿Qué coño pasa con vosotras las mujeres?

—He dicho que Mike vendrá conmigo —dijo mi madre—. Y vendrá. Si Jimmy también quiere venir, que venga.

—¿Y yo qué? —dijo Clara.

—De eso nada —dijo mi padre.

—Jimmy, Mike y yo —dijo Tony.

Mi padre lo miró con desprecio.

—¡Pero, bueno! —dijo—. ¿Y quién eres tú?

—Ah —dijo Tony. Era tan pequeño que nunca podía contestar a esta pregunta.

El telegrama decía que el entierro tendría lugar a las tres de la tarde. Sólo había una hora hasta Denver si íbamos en tren, pero cuando alguien de nuestra familia iba a alguna parte, poníamos la casa patas arriba. Mamá no encontraba sus horquillas del pelo y Mike no encontraba su corbata nueva. Cuando la encontró en la despensa, los ratones le habían hecho un agujero, así que tuvo que ponerse una corbata vieja de mi padre.

Remetiéndose en la cintura la interminable prenda, gritó:

—¡No me gusta! ¡Mira qué grande es! Es la corbata de un viejo.

—¿Quién ha dicho que sea la corbata de un viejo? —dijo mi padre—. Póntela y deja de alborotar.

Pero mi madre quería que estuviera guapo. No prestó la menor atención a mi aspecto, pero no iba a permitir que Mike llevara aquella corbata. Le dijo a Tony que fuera a casa de Oliver Holmes y le pidiera una azul clara para Mike, y mientras yo iba a pedir horquillas a la señora Daley, ella se sentó en la cama en combinación, con el pelo cayéndole por delante y enredándosele entre los dedos mientras cosía un botón del abrigo de Tony.

Cuando por fin estuvimos listos para irnos, no encontró el sombrero. Cansada y preocupada, se puso ante un montón de cajas que había en el armario de la ropa, gritándonos a todos que buscáramos su sombrero negro. Mi padre lo encontró en el otro extremo de la casa, debajo de la cama de mi hermana Clara, pero Clara dijo que no sabía cómo había ido a parar allí, lo cual era una mentira absoluta, porque Clara siempre se pone en secreto las cosas de mi madre. Cuando mi padre puso el sombrero sobre las guedejas de mi madre, ésta suspiró y dijo:

—Buen Dios, quítate el polvo del cuello. Parece que hayas estado preparando un pastel.

Mojó la punta de su pañuelo con saliva y le limpió el polvo. Luego cogió a Mike por la muñeca y corrió hacia la puerta. Yo corrí tras ellos, con el bolso de mi madre en la mano, porque se había olvidado de él.

Mi padre, Clara y Tony se quedaron en el porche delantero, viendo cómo nos íbamos por la calle. Cuando estábamos a media manzana, mi padre nos silbó. Nos volvimos los tres.

—¡Daos prisa! —gritó, y tan alto que incluso la señorita Yates, vieja y sorda, lo oyó y abrió la ventana para mirar—. ¡Daos prisa! Sólo faltan cinco minutos para que salga el tren.

Mi madre apretó la mano de Mike y anduvo con toda la rapidez que le permitía el gastado tacón de su zapato derecho, y por las muecas que hacía Mike mientras se rascaba la barriga, me di cuenta de que detestaba todo aquello y estaba a punto de echarse a llorar.

.

IV

Llegamos al tren a tiempo, y una hora más tarde llegábamos a la estación Denver Union. Allí cogimos un tranvía amarillo hasta la casa de la tía Carlotta y el tío Frank. Nada más sentarse en el tranvía, mi madre empezó a llorar, así que tenía los ojos enrojecidos cuando llegamos a la calle de la tía Carlotta. Nos detuvimos un minuto en la esquina para que mamá se subiera la liga. Mike y yo fuimos detrás del seto a hacer pis y luego echamos a andar por la calle.

Había tanta gente y tantos automóviles en casa de mi tía que acabó siendo el entierro más concurrido de la historia de nuestra familia, y hubo tal cantidad de flores que tuvieron que dejar algunos ramos en el porche delantero. Se olía a entierro nada más bajar del tranvía.

Subimos las escaleras delanteras y entramos en el pequeño vestíbulo, donde docenas de italianos en traje de domingo se apiñaban con expresión triste, mirando por encima de los hombros de unos y otros hacia el recargado y oloroso salón, donde se veía el ataúd, con la tapa quitada, y donde el rostro cerúleo y brillante de Clito dormía con infinita serenidad en medio de los sollozos, gemidos y rezos de un ejército de mujeres compungidas, todas morenas, todas vestidas de negro, que unas veces se arrodillaban y otras se apoyaban en una rodilla y luego en la otra para besar la mano helada, y envuelta en un rosario, del pequeño y delgado cuerpo que ocupaba la caja gris de asas plateadas.

Mike y yo lo veíamos todo a través de las piernas de los hombres que había en el vestíbulo mientras mi madre nos arrastraba entre la multitud y por las escaleras que conducían al dormitorio de la tía Carlotta.

Mi tía se levantó de la cama y las dos hermanas se echaron una en brazos de la otra y se pusieron a llorar desconsoladamente. La tía Carlotta había llorado tanto que tenía el rostro en carne viva. Sus brazos rodearon el cuello de mi madre, las manos colgando, las uñas tan mordisqueadas que tenía las yemas desolladas. Cerré la puerta y Mike y yo nos quedamos mirando.

Entonces vimos al tío Frank. Estaba en la ventana. No se movió cuando entramos, sino que se quedó con las peludas manos metidas en los bolsillos traseros. Apenas había hablado con nosotros, aunque era amable y generoso, y cada año nos enviaba pijamas por Navidad. No sabíamos mucho de él, salvo que era electricista. Era un hombre alto y de cuello delgado; la columna vertebral le sobresalía como una cuerda bajo la piel morena, así que siempre parecía tener el pelo de la nuca cortado hasta muy arriba. El llanto no estremecía su esqueleto y cuando vimos sus ojos secos en el delgado rostro que reflejaba el cristal de la ventana, nos sorprendió no ver lágrimas. No lo entendíamos.

—¿Por qué no llora? —susurró Mike—. Es su padre, ¿no?

Creo que el tío Frank lo oyó, porque se volvió lentamente, con escepticismo, como quien tuerce el cuello para apreciar el canto de otro pájaro. Nos vio a mi madre y a mí, y luego se fijó en Mike. Al momento le temblaron las rodillas y retrocedió hacia la ventana poniéndose las manos sobre la boca. Mi hermano soltó un chillido al verlo así, cogió a mi madre por la cintura y enterró la cara en su espalda.

El tío Frank se humedeció los labios.

—Ah —dijo, frotándose los ojos—. Ah, eres tú, Mike.

Se sentó en la cama y jadeó mientras se pasaba las manos por el cabello. La tía Carlotta vio a Mike en aquel momento y se arrojó en la cama, con el rostro temblando en las profundidades de la colcha rosa. El tío Frank le acarició la espalda.

—Vamos, vamos —murmuró—. Tenemos que ser valientes, mia moglie.

Pero él no lloraba, y cuanto más lo pensaba yo, más raro me parecía.

Mi madre se inclinó para estirar la corbata arrugada de Mike.

—Sé un buen chico —dijo— y dales un fuerte beso a tu tío Frank y a tu tía Carlotta. Tú también, Jimmy.

Yo los besé, pero Mike no quiso acercarse al tío Frank.

—¡No, no, no! —gritó—. ¡No, no!

Me siguió cuando me acerqué a la ventana que daba al patio trasero. Miramos bajo la cálida tarde de domingo y vimos lo que el tío Frank había estado observando cuando entramos. Era la bicicleta destrozada. Estaba apoyada en el pozo de la ceniza, un amasijo de acero retorcido y roto. Mike no dejaba de mirar al tío Frank por encima del hombro, como si temiera que le diese un puñetazo, y cuando el tío Frank se levantó de la cama y se acercó a la ventana y se puso detrás de nosotros, Mike se refugió en mis brazos y empezó a gemir, muerto de miedo. El tío Frank sonrió trágicamente.

—No tengas miedo. No voy a hacerte daño, Mike.

Me acarició el pelo y pude notar, incluso a través del cabello, la sequedad de su mano y lo triste que estaba.

—¿Ves? —dijo—. Jimmy no tiene miedo de su tío Frank, ¿verdad que no, Jimmy?

—No, tío Frank. No tengo miedo.

Pero Mike se encogía para alejarse de las manos melancólicas del hombre. El tío Frank intentaba sonreír con todas sus fuerzas y, de repente, sacó dos medios dólares del bolsillo. Yo cogí una moneda, pero Mike vaciló, mirando a mi madre. Ella asintió con la cabeza. Una suave sonrisa cruzó el rostro del muchacho y, sorbiéndose la nariz, aceptó la moneda y se arrojó en brazos del tío Frank.

—Pequeño Mike —dijo el tío Frank—. Pequeño Mike, tan parecido a mi pequeño Clito. —Pero seguía sin llorar.

Se sentó a Mike en las rodillas y cuando la comitiva estuvo preparada para dirigirse al cementerio, mi hermano ya le había tomado cariño. Bajaron la escalera hasta los coches aparcados, Mike de su mano y levantando los ojos hacia él con curiosidad y admiración.

El tío Frank fue el único que no lloró durante el entierro. Se situó un poco más atrás de la cabecera de la tumba, con mi gemebunda tía Carlotta aferrada a él, los ojos cerrados, la mandíbula rígida. Alrededor de la tumba se agolpó la multitud, los hombres con el sombrero en la mano, los pañuelos de las mujeres revoloteando en el exánime calor de la tarde, los sollozos estallando como burbujas invisibles, el cura hisopeando agua bendita, los empleados de pompas fúnebres con dignidad profesional al fondo, el ataúd hundiéndose lentamente mientras mi hermano y yo, el uno junto al otro, veíamos la base negra de la fosa conforme descendía la caja, los ojos derramando lágrimas sin cesar, el pecho dolorido, el corazón roto por el terror y por el primer dolor que habíamos experimentado, con la vida de Clito deslizándose por nuestra memoria por última vez, vívidamente, penosamente; nuestra madre gemía mientras mordisqueaba el pañuelo, las correas que rodeaban el ataúd crujieron, las asas plateadas chirriaron, y el sol les arrancaba reflejos, el cura murmuraba sin parar, los hombres tosían tímidamente, las mujeres gemían. La tía Carlotta débil y casi desmayada, aferrada al tío Frank, y él allí, con la mandíbula rígida y cerrada, los ojos secos, pensando en lo que piensa un padre, pensando… Dios sabe qué estaría pensando.

Y todo se acabó.

Volvimos a la casa de la tía Carlotta y nos sentamos en la sala, la tía Carlotta sin dejar de llorar y mi madre consolándola. Aturdido y pálido, el tío Frank se puso al lado de la ventana, con Mike mirándole la cara.

Mike dijo:

—¿Nunca lloras, tío Frank?

El hombre se limitó a bajar los ojos y sonrió débilmente.

—Bueno, ¿lloras o no lloras? —insistió Mike.

—¡Mike! —dijo mi madre.

—Pero ¿por qué no llora? ¿Por qué no lloras, tío Frank?

—¡Mike!

—Cállate, Mike —dije yo.

—Pero ¿por qué no llora?

El tío Frank se apretó las sienes.

—Estoy llorando, Mike —dijo.

—No, no lloras.

—Cállate, Mike —dije.

—Pero no has llorado en el cementerio y todo el mundo lloraba.

—¡Mike!

—Es el único que no ha llorado, yo lo estaba mirando.

—¡Mike! Vete de aquí.

Mike salió indignado y se sentó en la mecedora que había delante de la ventana, dándole la espalda al tío Frank. Empezó a mecerse furiosamente, estirando las piernas al ritmo del movimiento. El tío Frank se apartó de la ventana, salió y se inclinó sobre la mecedora de Mike, sonriéndole. Luego habló. Yo estaba mirando por la ventana, pero no oí lo que le dijo. Mike sonrió y los dos bajaron los escalones del porche y se fueron a la calle.

—¿Adónde van? —preguntó mi madre.

—No lo sé —respondí.

Pasó media hora sin que volvieran y mi madre y la tía me enviaron a buscarlos. Fui por la calle hasta el drugstore de la esquina y allí los encontré. Estaban en un reservado de la heladería, Mike tomándose una leche malteada, sorbiéndola afanosamente. El tío Frank estaba sentado al otro lado de la mesa, con la cara apoyada en las dos manos, y por las mejillas le corrían gruesos regueros de lágrimas que caían en el mármol mientras veía a Mike apurar la bebida.

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