CIEN AÑOS DEL GUANTE DE GILDA

Pedro A. Curto

 

 

 

Rita Hayworth nunca se desnudó delante de las cámaras. Rita Hayworth hizo uno de los desnudos más glamurosos y sensuales de la historia del cine: se quitó un guante. Envuelta en un vestido de satén brillante y con una apertura por la que se adivinaban las piernas. Todo en un blanco y negro que no le quitaba color, al contrario, le daba uno particular y específico. Se quitó un guante y la apodaron “la diosa del amor”, quizás porque cuando descienden del Olimpo, las diosas se hacen fieramente humanas.

Ella era Margarita Carmen Cansino Hayworth, hija de un bailarín sevillano con quien mantuvo una relación conflictiva; se habla desde explotación infantil y malos tratos, hasta incesto. Su madre era una bailarina irlandesa, de quien quizás heredase su cabellera rojiza, esa que mueve con hipnótica sensualidad en el baile del guante.

Ella era Rita Hayworth, una actriz de Hollywood que triunfó con Gilda y que también hizo películas como La dama de Shanghai, Los amores de Carmen, Salomé o Mesas separadas. No le dieron ningún Oscar, pero tampoco lo necesitó.

Ella era Gilda, la mujer de un mafioso, propietario de un casino ilegal, quien sin pretenderlo al principio, lleva a su propia esposa a brazos de su antiguo amante, a quién contrata como matón organizador. Pero es, sobre todo, diosa fatal y turbadora, de esos personajes inmortales que en ocasiones fabrica el cine, que se dibujan en los sueños.

Ya lo dijo George Bataille, para que exista transgresión en el eros debe haber tabú y ese tabú era un guante. Un guante de opera que cubría el brazo hasta más allá del codo y que ella deslizaba con la lentitud de los segundos intensos, al ritmo de la música, hasta quedar libre lo que estaba oculto: una mano.

Y cuando esa mano queda libre hay una explosión, regala el guante lanzándolo al público, porque en toda exhibición es necesaria una mirada voyeur. Es ese ojo colectivo que mira, ese ojo que miraría la pantalla, que quizás no fuese del todo, lo que pretendió Rita Hayworth. Así cuando dibujaron una imagen suya sobre la bomba atómica que EE.UU lanzó en las islas Bikini, se indignó porque era pacifista.

Con velocidad de vértigo se quitó el otro guante, la gargantilla que llevaba al cuello y también los lanzó entre un albedrío generalizado y mayoritariamente masculino. En realidad paso por encima de ellos, pisándolos, más soberana y diosa que nunca. Podría haber continuado, pero el vestido sigue sujeto al cuerpo, misteriosamente, a pesar de no existir nada que lo sujete, con los hombros, brazos y axilas desnudos. En otra época podría haber descendido, y el misterio se habría disuelto; manteniéndose sobre el cuerpo, ganó ese erotismo que se forja en lo velado.

Pero en todo acto de eros, siempre hay un antes y un después.

El antes era la entrada de Gilda al escenario como un acto de rebeldía ante el hombre que la ama-odia y sobre todo, quiere dominarla. Pero ella se escapa al compás de la canción “Pat the blume on Mame”, convertida en ángel negro. La voz que canta no es la de Hayworth, sino la de Anita Ellis en play blak y es que el eros cinematográfico, siempre es artificioso; nadie hace el amor como se hace el cine.

El después es cuando Jonhy Farrell/Glend Ford, macho ofendido, macho poseedor derrotado, abofetea a Gilda. En aquel tiempo lo llamarían pasión masculina, hoy lo llamaríamos violencia machista. En todo caso es Tanatos frente a Eros.

“Los hombres se van a la cama con Gilda, pero se despiertan conmigo”, dijo Rita Hayworth. Es lo que tiene vestir la piel de un relato onírico. Como le ocurrió a Marilyn Monroe, aunque de forma distinta, construir un personaje-sueño-diosa-icono, puede terminar encerrando en una cárcel de glamur; es la campana de cristal.

Y al igual que la Monroe intentó liberarse de la chica rubia boba, entre otras cosas casándose con Arthur Miller, Hayworth lo hizo con Orson Wells y algunos llamaron al matrimonio, “la bella y el cerebro”; los clichés reducen lo complejo. En ninguno de los dos casos funcionó.

Gilda es una interesante película de serie negra, dirigida por Charles Vidor, con todas las características de su género: diálogos incisivos, pasión oscura, mostrar la parte cenagosa de la sociedad y en este caso, con luz propia y destacada, la femme fatal.

La femme fatal es una construcción masculina y cinematográfica, pero que a menudo termina explotando en liberación femenina. Porque de los tres arquetipos con que el patriarcado ha configurado a la mujer, madre/esposa/puta, la que descoloca a la masculinidad tradicional, la que hace derrumbarse hasta el más solido empotrador, es la tercera; por eso la bofetada a Gilda.

En los últimos años de su vida, Rita Hayworth se olvidó de Gilda. El personaje con que alcanzó la inmortalidad, abandonó su mente enferma de alzhéimer. Quizás se rompió la campana de cristal. Lo cual no es óbice de que Rita Hayworth liberó a Gilda sacándose un guante de satén.

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