Los cráneos de Loewe

Miguel Rodríguez

 

 

Edward está loco, aunque como atenuante supongo que servirá su condición de profesor numerario. Durante treinta años, Tuyet ha compartido docencia con él y con su síndrome de Diógenes, además de otros menos apreciables a primera vista. Ed, que pese a todo ha mantenido un cierto sentido de la estética, desarrolló con el tiempo la debilidad de robar expositores de Loewe de los centros comerciales; es tan absurdo que resulta tierno. En la comisaría de policía le toman una vez más la foto de frente, de perfil, un cráneo perfecto. Después, amonestado de rutina y en paz momentánea con su espíritu, pasa la noche colocando meticulosamente los cráneos propiedad del departamento de antropología, de perfil, de frente, y ordenando cada uno de ellos con su etiqueta denominadora, sus datos de edad, de sexo y de enfermedades que padeció. Es el maestro de ceremonias de los homínidos precursores de Diógenes y de Chanel: la evolución y el deterioro académico con un toque casi místico de glamour.

Por las tardes hablan todos unos con otros, el Homo Habilis y el Homo Erectus visten de Loewe y se citan en la pista de baile donde están expuestas las tibias. Edward, de riguroso chaqué robado del departamento de zoología, recita un salmo del Origen de las Especies y se fuma algo que huele al herbario de la promoción de este año. En el despacho de al lado, Tuyet se ve tan sexy, y se prueba zapatos de tacón y vestidos de Valentino con Lucy, gin tonic en mano, mientras dejan a Ed un archivo electrónico con notas sobre cómo abordar el segundo trimestre. Ellas están listas para cruzar la sabana.

 

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