Crítica

Bertolt Brecht

 

 

 

Hace unas semanas, una muchacha que estaba de pie, sola, bajo una arcada de la Münzstrasse, me gritó las ocho palabras siguientes: “¡Ahora se usan largos! ¡Cortos no! ¡Por favor!”. Al decir “¡Ahora se usan largos!”, hizo un largo gesto con la mano derecha, primero hacia abajo y luego paralelamente a la acera, como si quisiera invitarme a llevar una cola. Acompañó las palabras “¡Cortos no!” con otro movimiento de su mano, cuyo dorso acercó de golpe a mí, a la altura de mi cara y la suya, hasta unos diez centímetros de distancia y mantuvo un segundo en el aire, inclinando la cabeza oblicuamente hacia delante y mirándome solo con su ojo izquierdo. La expresión “¡Por favor!” la soltó, en cambio, bruscamente, sin hacer ningún gesto ni demostrar el innegable interés cuya expresividad tanto habían acentuado las dos frases precedentes. Fue, sin embargo, la que mejor sonó, debido tal vez a su carácter puramente hostil. Pero de sus palabras saqué en claro que mis nuevos pantalones son demasiado cortos.

 

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