Brindar con agua

Marcelo Filzmoser

 

 

Alguien había dejado la tele encendida. Al otro lado de la mesa, contra la pared grande del comedor, el señor que da las noticias parece un invitado más.

Antonio busca enderezarse en la silla sin llamar la atención. Le lleva unos minutos pero lo consigue. Erguido gana ángulo de visión. Ve a su mujer que sale de la cocina y va a sentarse junto a su hija, en uno de los sillones que trajeron los empleados de la mueblería esa misma mañana. Casi treinta años menor, todavía deseable, con su ir y venir atento, ocupándose de cada detalle de la reunión, seguía diciéndole, como esa mañana cuando lo despertó con un beso o cuando le hizo el nudo de la corbata, que ella se quedaría ahí hasta el final.

Sobre la mesa hay bandejas de cartón con sándwiches de miga de distintos colores, una jarra con jugo de naranja, dos botellas de gaseosa y dos platos con bocaditos de los que no sabe el nombre. También hay vino y champagne, copas de cristal y vasos de plástico transparente, todos con más o menos bebida, algunos con rouge y otros con huellas digitales grasosas. Antonio cierra los ojos unos segundos. La iba a extrañar. Fuera a donde fuese, inclusive si morirse era no ir a ninguna parte, él extrañaría a su mujer. Durante ochenta años pudo juntar pocas certezas, no las tiene contadas pero sabe que no pasan de tres o cuatro; esa era una.

El nieto más chico lo mira de lejos. Apoyado en el marco de la puerta que da a las piezas, como asegurándose un escape, lo mira serio. Él trata de sonreír y sabe que su cara, quemada por siglos de sol, por vientos salados, surcada por arrugas que se fueron tallando de tanto fruncir el ceño, no puede resultar agradable. El chico llega a alguna conclusión y se va a jugar con los primos más grandes. Su yerno le alcanza una copa con agua. Antonio lo mira. Su hija le ha presentado tantos novios que ya ni se esfuerza por recordar los nombres. Éste parece demasiado joven para ella. Tiene la cara de la época, trata de aparentar aplomo pero se le nota la desesperación.

Andrés, su hijo mayor, interrumpe la charla con su cuñada y su hermano y lo mira a él levantando la copa. El primero te sigue le había dicho un compañero arriba de un buque, cuando se enteró que era padre de un varón. A él lo había impresionado. No renegaba de su profesión pero en ese momento prefería otra cosa para su hijo. ¿Cuántos años habían pasado? El comentario resurgía después de décadas desprovisto de utilidad, como un mapa viejo, perdido entre otros papeles, que alguna vez usó para llegar a la casa en la que hoy vive. Capitán de cruceros. Andrés no sólo lo había seguido, con su edad era claro que lo había pasado sacándole varios cuerpos de ventaja. Se da cuenta que los dos varones lo miran mientras su nuera trata de retomar la charla. Él reacciona y levanta la copa con agua devolviendo el saludo. Martín deja de charlar y se le acerca:

_¿Estás bien?

Él lo mira y asiente con la cabeza.

_No todos los días se cumplen ochenta. A ver si ponemos música y las chicas sacan a bailar al viejo lobo de mar. ¡Ahora sí te queda el apodo, viejito!

Piensa en su padre. A diferencia de sus hijos, sobre todo de Martín que era el más chico, Antonio había empezado a envejecer cuando todavía su padre estaba vivo. Para cuando murió, él ya sospechaba algunas cosas que sus hijos todavía no podían entender. De ahí la bronca, que a veces se parecía más a la lástima y otras al desprecio, que percibía cada tanto en la manera en que lo trataban sobre todo los varones.

Fue su hija la que apagó la tele y prendió el equipo. Frank Sinatra empezó a sonar despacio hasta que Andrés subió el volumen, diciendo que era justo compartirlo con los vecinos de los otros departamentos. Entonces él pudo escuchar. Reconoció el tema en seguida y lo predecible no llegó a molestarle. De la cocina vino corriendo su nieta, se acomodó el pelo y lo sacó a bailar. Era como debió haber sido su mujer a los doce años. Ahora ella tiene cincuenta y seis. Parada cerca de los sillones mira la escena con los ojos húmedos. Él se levanta ayudado por sus hijos y empieza a bailar My Way con su nieta, como alguna vez lo bailaron ellos, mil años atrás, arriba del barco en el que se conocieron.

 

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