La dureza de los árboles

Marcelo Filzmoser

 

 

Solo. Ni un auto, ni una pareja caminando en la oscuridad entre risas y besos, ni un pibe esperando para afanarme. Esa noche volví caminando las doce cuadras que separaban la casa de mis viejos de la casa de los suyos y no me crucé con nadie. Quizás por eso me deben haber quedado los nudillos sangrando. De tanto darle trompadas a los árboles, de tanto correr como idiota y volver sobre mis pasos sin querer llegar.

Horas atrás yo besaba a mi novia con los besos que se dan a los dieciséis años. Ella me besaba también pero no era como otras veces. Por momentos daba la sensación de que alguien nos estaba mirando y ella lo sabía. Se dejaba tocar pero no se excitaba y a mí me parecía que miraba el techo sobre mi hombro, con los ojos redondos como botones. De todas formas nos frotábamos y la erección me dolía. Ella sin corpiño, ella en pantalón de gimnasia, ella apenas ahí conmigo. Serían como las doce de la noche. Sus padres ya se habían acostado. Uno de sus hermanos dormía y el otro había salido. Nosotros en su pieza que giraba sola alrededor del sol. En la radio estaba Dolina. Hablaba de los dioses griegos y nos envidiaba.

—Esperá— me dijo en cuanto pudo hablar.

Así empieza el infierno a veces. Parece una voz pero es el sonido del metal, una barreta forzando la puerta de nuestro edén prefabricado, conseguido a duras penas.

Me levanté. La pija latía. Juraba venganza y de a poco manchaba el jean. En su pieza había una ventana que daba a la calle, desde un primer piso no muy alto de esos que hacían en los chalets de principios de los noventa. Sentado ahí se podía fumar soplando el humo para afuera. Prendí un cigarrillo.

—¿Qué pasa?— pregunté acomodando el culo en el marco de la ventana corrediza. La mitad izquierda de mi cuerpo sentía el fresco de la noche, la otra parte la miraba fijo a ella.

—Antes de seguir tenés que saber algo.

Mi estómago pedía un trasplante. Ella se acomodaba la ropa que le quedaba, se ponía una remera. Me pidió una pitada y se alejó. Sentada en la silla del escritorio abrazó su peluche de Garfield. A un costado estaban las carpetas de la escuela con las calcomanías de los Stones.

—Mi papá me tocaba.

No sé si abrí la boca, los ojos, o no hice nada.

—Nunca me violó pero me hacía la paja.

La pija se me metió para adentro, retuve un vómito que volví a tragar y me quedé sin ninguna cara. Fumé. No supe qué decir y ella explicó mil veces lo inexplicable. Lloré. Bajé de la ventana y nos abrazamos. Ella estuvo a punto de pedirme perdón. Yo fui más lejos. Pedí perdón. Una y mil veces. No sé si por no salir de la pieza en ese momento y matar a trompadas al monstruo, o por no haber estado con ella antes, cuando era una nena, para protegerla y evitar que pasara todo, o por no ser dios. Nunca supe por qué.

Después de un rato volví a la ventana. No tenía ganas de fumar, creo más bien que me faltaba el aire. Ninguno de los dos sabía cómo seguir y la soledad prometía cierto alivio imposible. Podía haberme ido por la puerta pero preferí saltar. Ese primer piso no era gran cosa. Caí parado sobre el pasto del jardín y me dolieron los pies. La reja que daba a la calle estaba abierta. Ni bien pisé la vereda empecé a correr. Después vinieron los árboles y las trompadas contra esas cortezas duras que te pelan los nudillos.

 

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