El cartero siempre llama dos veces [Fragmento]

James Cain

 

 

1

A ESO DEL MEDIODÍA me arrojaron del camión de heno. Me había montado en él la noche anterior en la frontera, y apenas tendido bajo la lona me quedé profundamente dormido. Estaba muy necesitado de ese sueño, después de las tres semanas que acababa de pasar en Tijuana, y dormía aún cuando el camión se detuvo a un lado del camino para que se enfriase el motor. Entonces vieron un pie que salía debajo de la lona y me arrojaron al camino. Intenté hacer unas bromas, pero el resultado fue un fracaso y comprendí que era inútil esperar nada. Me dieron un cigarrillo, sin embargo, y eché a andar en busca de algo que comer.

Fue entonces cuando llegué a la fonda Los Robles Gemelos. Era una de tantas entre las numerosas de California y cuya especialidad son los sandwiches. Se componía de un pequeño salón comedor, y arriba estaban las dependencias de la vivienda. A un lado había una estación de servicio y un poco más atrás media docena de cobertizos, a los que llamaban aparcamiento. Llegué allí rápidamente y me puse a mirar el camino. Cuando salió el dueño, le pregunté si había visto a un hombre que viajaba en un Cadillac. Le dije que ese hombre debía reunirse conmigo allí, donde comeríamos. Me contestó que no. Inmediatamente preparó una de las mesas y me preguntó qué deseaba comer. Le pedí zumo de naranja, huevo frito con jamón, torta de maíz, crepés y café. Poco después, el dueño estaba de vuelta con el zumo de naranja y las tortas de maíz.

—Oiga… Espere un momento. Tengo que decirle algo. Si ese amigo que estoy esperando no viene, tendrá que fiarme todo esto. La verdad es que debía pagar él, pues yo ando un poco escaso de fondos.

—Está bien. Coma tranquilo.

Me di cuenta de que me había calado y dejé de hablar del amigo del Cadillac. Poco después sospeché que el dueño quería decirme algo.

—¿Qué hace usted? ¿En qué trabaja?

—En lo que cae, sea lo que sea. ¿Por qué me lo pregunta?

—¿Qué edad tiene?

—Veinticuatro años.

—Joven, ¿eh? Un hombre joven como usted me sería muy útil en estos momentos.

—Buen negocio este que tiene usted aquí.

—El clima es muy bueno. No tenemos niebla como en Los Ángeles. Ni un solo día de niebla. El cielo está siempre limpio. Da gusto.

—De noche debe de ser precioso. Ahora mismo me parece que respiro su aroma.

—Sí, se duerme espléndidamente. ¿Sabe algo de coches? ¿Entiende de arreglo de motores?

—¡Claro!… Soy un mecánico nato. Siguió hablándome del espléndido clima, de lo fuerte que estaba desde su llegada al lugar, y de cuanto le extrañaba que los empleados no le durasen. A mí no me extrañaba, pero seguí comiendo.

—¿Qué? ¿Cree que le gustaría quedarse aquí? Yo ya había terminado de comer y estaba encendiendo el cigarro que me había dado.

—Le diré —respondí—: la verdad es que tengo dos o tres proposiciones. Pero le prometo pensarlo. Le aseguro que lo pensaré.

Entonces la vi. Hasta ese momento había estado en la cocina, pero entró en el comedor para recoger la mesa. Salvo su cuerpo, en verdad, no era ninguna belleza arrebatadora, pero tenía una mirada hosca y los labios salidos de un modo que me dieron ganas de aplastárselos con los míos.

—Le presento a mi esposa.

Ella no me miró. Hice una ligera inclinación de cabeza y una especie de saludo con la mano en que tenía el cigarro. Nada más. Se fue con la vajilla. En lo que al dueño y a mí se refería, era como si ni siquiera hubiese estado allí.

Me fui casi en seguida, pero cinco minutos después estaba de vuelta, para dejar un mensaje al amigo del Cadillac. El dueño tardó media hora en convencerme de que debía aceptar el empleo, y al fin me encontré en la estación de servicio, poniendo en condiciones unos neumáticos.

—Dígame, ¿cómo se llama?

—Frank Chambers.

—Yo, Nick Papadakis.

Nos estrechamos la mano y se fue. Un minuto después le oí cantar. Tenía una voz espléndida. Desde la estación de servicio podía ver perfectamente el interior de la cocina.

 

2

A ESO DE LAS TRES llegó un hombre que estaba furiosísimo porque alguien le había pegado un papel engomado en uno de los parabrisas del coche. Tuve que ir a la cocina a sacarlo con vapor de agua.

—Está haciendo torta de maíz, ¿eh? Ustedes saben hacerla muy bien.

—¿Ustedes? ¿Qué quiere decir? —preguntó ella.

—Pues… usted y el señor Papadakis. Usted y Nick. La que me sirvieron en la comida estaba riquísima.

—¡Oh!…

—¿Tiene un trapo para coger esto?

—No es eso lo que usted quiso decir.

—Sí, ¿por qué no?

—Usted cree que yo soy mexicana.

—Ni se me había ocurrido.

—Sí, sí. Y no es usted el primero. Pero, escúcheme. Soy tan blanca como usted, ¿sabe? Es cierto que tengo el cabello negro y que puedo parecerlo, pero soy tan blanca como usted. Si quiere andar a buenas por aquí, no olvide eso.

—Pero usted no parece mexicana.

—Le digo que soy tan blanca como usted.

—No, usted no tiene nada de mexicana. Todas las mexicanas tienen caderas anchas y piernas mal formadas, y senos hasta el mentón, piel amarillenta y los cabellos que parecen untados con grasa de cerdo. Usted no tiene nada de eso. Es menuda, tiene una bonita piel blanca y sus cabellos son suaves y rizados, aunque sean negros. Lo único que tiene usted de mexicana son los dientes. Todas tienen dientes blanquísimos, hay que reconocérselo.

—Mi apellido de soltera es Smith. No es un nombre que suene a mexicana, ¿verdad?

—No mucho.

—Además, ni siquiera soy de aquí. Vine de Iowa.

—Smith, ¿eh? ¿Y su nombre de pila?

—Cora. Puede llamarme así, si quiere.

Entonces fue cuando tuve la certeza de aquello sobre lo que simplemente me había aventurado al entrar en la cocina. No eran las tortas de maíz que tenía que cocinar ni el pelo negro lo que le daba la sensación de no ser blanca; era el hecho de estar casada con ese griego, y hasta parecía temer que yo la llamara señora de Papadakis.

—Muy bien, Cora. ¿Qué le parece si usted me llama Frank?

Se acercó y empezó a ayudarme. Estaba tan cerca de mí que yo podía percibir su olor. Y de pronto, aproximando mi boca a su oído, le pregunté:

—¿Cómo es que se casó con ese griego, Cora?

Ella dio un salto, como si le hubiese cruzado las carnes con un látigo.

—¿Le importa a usted eso?

—Sí. Mucho.

—Ahí tiene su parabrisas.

Salí. Había logrado lo que deseaba. Acababa de lanzarle un directo bajo la guardia y estaba seguro de que el golpe había surtido efecto. En adelante, ella y yo nos entenderíamos. Tal vez no dijese que sí, pero estaba seguro de que no se me opondría. Sabía lo que yo quería y sabía también que me había dado cuenta del número que calzaba.

Aquella noche, mientras cenábamos, el griego se enojó con ella porque no me dio más patatas fritas. El hombre quería que yo estuviese a gusto allí para que no me fuese, como lo habían hecho los otros.

—Sírvele más.

—Ahí están sobre el hornillo. ¿Es que no puede servirse él mismo?

—No importa —atajé—. Todavía no he acabado con esto.

Pero el griego insistió. De haber tenido un poco de seso, hubiera comprendido que detrás de todo aquello había algo, porque su mujer no era de las que dejan que uno se sirva solo. Pero era un pobre idiota y siguió refunfuñando. Estábamos sentados a la mesa de la cocina, él en un extremo, ella en el otro y yo en medio. Yo no la miraba, pero veía su vestido. Era uno de esos guardapolvos blancos de enfermera como los que siempre usan las mujeres, y a trabajen en el consultorio de un dentista o en una panadería. Había estado limpio por la mañana, pero ahora se hallaba un poco ajado y sucio. Nuevamente, volví a percibir su olor.

—Sirve de una vez y basta de discutir —dijo el griego.

Ella se levantó a buscar las patatas. Su guardapolvo se abrió un instante y vi una de sus piernas. Cuando me sirvió las patatas, no las pude comer.

—Eso sí que está bueno —exclamó el griego—. Después de tanto discutir, ahora no las quiere.

—No tengo apetito. Comí mucho al mediodía.

El griego se portó como si hubiese obtenido una gran victoria y ahora la perdonara, comprobando con ello que realmente era un gran tipo.

—Es una buena muchacha. Mi pajarito blanco. Mi palomita blanca.

Me guiñó un ojo y se fue al piso superior. Ella y yo nos quedamos solos, sin decir palabra. Cuando bajó, el griego traía una botella y una guitarra. Nos sirvió un poco de la bebida, pero era uno de esos vinos griegos dulces y me cayó mal. Empezó a cantar. Tenía una voz de tenor, no como la de esos tenorcitos que se oyen por radio, sino voz de gran tenor, y los agudos los acompañaba con una especie de sollozo, como en los discos de Caruso. Pero ahora no podía escucharlo. Cada minuto que pasaba me sentía peor.

El griego observó mi cara y me llevó afuera.

—Aquí, al aire libre, se sentirá mejor.

—No es nada. Dentro de un rato estaré bien.

—Siéntese y no se mueva.

—Entre y no se preocupe por mí. Lo que pasa es que hoy he comido demasiado. No es nada.

Entró, y un segundo después devolví todo lo que había comido. Pero no era por el almuerzo, ni por las patatas, ni por el vino. Lo que pasaba era que ansiaba tan desesperadamente a aquella mujer, que ni siquiera podía retener nada en el estómago.

 

A la mañana siguiente descubrimos que el viento había arrancado el letrero de la fonda. A eso de medianoche había empezado a soplar, y a la madrugada era y a un vendaval que se llevó el letrero.

—Mire esto. ¡Qué ventarrón!

—Sí, ha soplado tan fuerte que no he podido dormir. No he dormido en toda la noche.

—Sí, sí, pero mire el letrero.

—Está destrozado.

Empecé a trabajar para ver si era posible arreglarlo. El griego se me acercó para mirar.

—¿Dónde hizo preparar este letrero?

—Estaba aquí cuando compré el negocio. ¿Por qué?

—No vale nada. Me asombra que con esto atraiga a un solo cliente.

Me fui a poner gasolina a un coche y lo dejé solo para que meditase sobre lo que acababa de decirle. Cuando regresé, todavía estaba mirando el letrero, que yo había apoyado contra la fachada de la casa. Tres de las bombillas eléctricas se habían roto. Conecté la llave, y la mitad de las bombillas que quedaban no se encendieron.

—Le pondremos bombillas nuevas y lo colgaremos otra vez. Así quedará muy bien.

—Usted manda.

—¿Por qué? ¿Qué tiene el letrero de malo?

—Es anticuado. Nadie les pone bombillas ya a esos letreros. Ahora se usan los de neón. Resaltan más y gastan menos corriente. Éste no vale nada. Fíjese. ¿Qué dice? Los Robles Gemelos. Nada más. La palabra « Fonda» no tiene bombillas. Los Robles Gemelos no abren el apetito ni le dan ganas a uno de detenerse a descansar un rato y pedir algo que comer. Ese letrero le está haciendo perder clientela; sólo que usted no se ha dado cuenta.

—Arréglelo como le dije y quedará bien.

—¿Por qué no manda hacer uno nuevo?

—No tengo tiempo.

Pero poco después volvió con un pedazo de papel. Había dibujado un plano del letrero luminoso, coloreado con lápiz azul, blanco y rojo. Decía: «Los Robles Gemelos, Fonda y Parrilla», y «N. Papadakis, Propietario» y «Salón Comedor».

—¡Éste sí que atraerá a los que pasen, como la miel a las moscas!

Corregí algunas palabras que tenían errores de ortografía y él les agregó unos ganchitos muy artísticos a las letras.

—Nick, ¿para qué vamos a colgar el letrero viejo? ¿Por qué no se va hoy mismo a la ciudad para que le hagan éste nuevo? Créame que es muy bonito. Además, esto del letrero tiene gran importancia. Un negocio vale tanto como su letrero, ¿no le parece?

—Lo haré hoy mismo.

Los Ángeles estaba a sólo unos treinta kilómetros de distancia, pero Nick se arregló y acicaló como para un viaje a París y se fue inmediatamente después del almuerzo. En cuanto desapareció su coche en una vuelta del camino, cerré la puerta de la calle con llave. Cogí un plato que estaba sobre una de las mesas y lo llevé a la cocina. Ella estaba allí.

—Aquí le traigo este plato que había quedado olvidado en el comedor.

—¡Oh!, gracias.

Me senté. Ella estaba batiendo algo en un plato con un tenedor.

—Pensaba ir a Los Ángeles con mi marido, pero empecé a cocinar esto y me pareció mejor quedarme.

—Yo también tengo mucho que hacer.

—¿Ya se siente mejor?

—Sí, estoy perfectamente bien.

—A veces, cualquier cosa puede hacerle daño a uno. Un cambio de agua, algo así, ¿verdad?

—Probablemente fue debido a que comí demasiado.

—¿Qué ha sido eso? Alguien repiqueteaba con los nudillos en la puerta de la calle.

—Parece que alguno quisiera entrar.

—¿Está cerrada con llave la puerta, Frank?

—Sí, debo haberla cerrado.

Me miró y palideció. Fue a la puerta de vaivén y miró. Después atravesó el comedor, pero al cabo de algunos segundos ya estaba de vuelta.

—Parece que se fueron.

—No sé por qué se me ocurrió cerrar con llave.

—Y a mí se me olvidó ahora abrirla…

Dio un paso hacia el comedor, pero la detuve.

—Dejémosla… cerrada como está.

—Pero así no podrá entrar nadie… Tengo que cocinar esas cosas… Lavaré este plato…

La tomé en mis brazos y aplasté mis labios contra los suyos…

—¡Muérdeme! ¡Muérdeme!

La mordí. Hundí tan profundamente mis dientes en sus labios, que sentí su sangre en mi boca. Cuando la llevé arriba, dos hilillos rojos corrían por su cuello.

 

3

QUEDÉ COMO MUERTO por espacio de dos días, pero como el griego estaba enojado conmigo, salí bien del paso. Se enojó porque yo no había arreglado la mampara que comunicaba el comedor con la cocina. Cora justificó la herida diciendo que la puerta le había golpeado en la boca. Era imprescindible darle alguna explicación. Sus labios se habían hinchado a causa del mordisco. El marido me echó la culpa por no haber arreglado la puerta. Estiré el muelle para quitarle parte de la fuerza y el asunto quedó así.

Pero el verdadero motivo de su enojo no era ése, sino el letrero luminoso. Se había entusiasmado tanto con la idea, que temía que yo me apropiase de ella robándole su paternidad. El letrero era tan complicado que no fue posible hacerlo aquella misma tarde. Les llevó tres días terminarlo, y cuando avisaron que estaba listo fui a buscarlo y lo coloqué. Tenía todo lo que Nick había dibujado en el papel y algunas cosas más: una bandera norteamericana y otra griega, dos manos que se estrechaban y las palabras « ¡Saldrá satisfecho!» . Las letras eran rojas, blancas y azules, y esperé a que oscureciese para encenderlo. Cuando lo hice, se encendió como un árbol de Navidad.

—Nick, confieso que he visto muchos letreros luminosos en mi vida, pero ninguno que se parezca a éste. Tengo que reconocerlo, Nick.

—¡Vaya, vaya!

Nos dimos la mano. Éramos amigos otra vez.

Al día siguiente estuve un instante a solas con ella, y le golpeé uno de los muslos con el puño, con tanta fuerza que casi se cae.

—¿Por qué eres tan bruto? —me preguntó, gruñendo como un puma.

Me gustaba verla así.

—¿Cómo te va, Cora?

—¡Como al demonio!

Desde entonces comencé a percibir de nuevo su olor.

Un día el griego se enteró de que un individuo se había establecido algo más cerca de la ciudad, en el mismo camino, y le estaba quitando ventas de gasolina. Subió al coche para ir a investigar el asunto. Yo estaba asomado a la ventana de mi habitación cuando se fue, y me volví para bajar corriendo a la cocina. Pero ella ya estaba allí junto a mi puerta.

Me acerqué y le miré la boca. Era la primera oportunidad que se me presentaba de hacerlo. La hinchazón había desaparecido, pero las marcas de mis dientes eran visibles todavía: rayitas azuladas en ambos labios. Los toqué con los dedos. Eran suaves y húmedos. Los besé dulcemente, con besuqueos suaves. Hasta entonces nunca había pensado en besarla así.

Se quedó conmigo hasta que regresó el griego, aproximadamente una hora más tarde. No hicimos nada. Simplemente nos tendimos en la cama. Ella me enredaba el pelo, y tenía los ojos fijos en el techo como si meditara.

—¿Te gusta la torta de pasas?

—No sé. Sí, creo que sí.

—Te haré una.

 

—Cuidado, Frank. ¡Vas a romper una ballesta!

—¡Al diablo con las ballestas!

Penetramos en un pequeño bosque de eucaliptos que se extendía al borde del camino. El griego nos había enviado al mercado para devolver una carne que no estaba en muy buen estado, y mientras, se había hecho de noche. Metí el coche por entre los árboles, en medio de tumbos y sacudidas. Al llegar a lo más oscuro de la espesura lo detuve. Cora me abrazó antes que yo hubiese apagado los faros. Hicimos todo cuanto quisimos. Al cabo de un rato estábamos tranquilamente sentados.

—No puedo seguir así, Frank.

—Yo tampoco.

—No resistí más. Y tengo que embriagarme contigo, Frank. ¿Me comprendes? Embriagarme.

—Sí, sí; ya sé.

—¡Cómo odio a ese griego!

—¿Por qué te casaste con él? Nunca me lo has contado.

—No te he contado nada.

—Hasta ahora no hemos perdido el tiempo conversando.

—Yo trabajaba en un cafetín infame. Cuando una mujer trabaja dos años en uno de esos cafetines de Los Ángeles, se agarra al primer hombre que tenga un reloj de oro.

—¿Cuándo saliste de Iowa?

—Hace tres años. Gané un concurso de belleza en una escuela secundaria de Des Moines. Ésa es mi ciudad natal. El premio era un viaje a Hollywood. Al bajar del tren, ya había quince tipos allí sacándome fotos, y dos semanas después estaba en el cafetín.

—¿No volviste a Des Moines?

—No quise darles la alegría de mi fracaso.

—¿Y no llegaste a entrar en el cine?

—Me sometieron a una prueba. La cara iba bien, pero ahora las películas son habladas. Y en cuanto empecé a hablar desde la pantalla, descubrieron lo que era, y yo lo comprendí también: una cualquiera de Des Moines, que tenía tantas probabilidades de triunfar en el cine como las que pudiera tener un mono. O menos. Porque el mono siquiera hace reír. Y yo lo único que conseguí era dar asco.

—¿Y después?

—Estuve dos años entre individuos que me pellizcaban los muslos y me dejaban unas moneditas de propina y me proponían salir a divertirnos un poco. Salí unas cuantas veces.

—¿Y después?

—¿Comprendes lo que quiero decir con eso de « ir a divertirnos» ?

—Sí.

—Un día conocí a Nick. Me casé con él, y Dios sabe que lo hice con toda la intención de serle fiel. Pero ya no puedo soportarlo más. ¡Dios!, ¿parezco yo un pajarito blanco?

—No, a mí más bien me pareces una arpía.

—Tú te has dado perfecta cuenta, ¿verdad? Ésa es una de las cosas buenas que tienes: que no tengo que estar engañándote constantemente. Además, eres limpio. No eres un grasiento, Frank. ¿Tienes idea de lo que eso significa?

—Sí, más o menos me lo imagino.

—No, creo que no. Ningún hombre sabe lo que significa para una mujer eso de tener que estar siempre al lado de un hombre grasiento que le revuelve a una el estómago cada vez que la toca. Realmente, no soy una arpía, Frank. ¡Es que no puedo soportarlo más!

—¿Qué intentas ahora? ¿Engatusarme?

—¡Bueno! Digamos, entonces, que soy una arpía. Pero creo que no sería tan mala si estuviera con un hombre que no fuese grasiento.

—Cora, ¿qué te parece si huyésemos?

—Ya lo he pensado. Lo he pensado mucho.

—Pues es muy sencillo. Dejamos plantado a ese griego del diablo y volamos.

—¿Adónde?

—A cualquier parte, ¿qué importa?

—Cualquier parte…, cualquier parte. ¿Sabes dónde es eso?

—De todo el mapa, donde se nos antoje.

—No, no es allí. Es el cafetín.

—No me refería al cafetín, sino al camino. Va a ser divertido, Cora. Nadie lo sabe mejor que yo. Conozco las vueltas y revueltas que tiene. Y además, sé cómo sacarle el jugo. ¿No es eso lo que queremos, Cora; ser un par de vagabundos, como en realidad somos?

—Tú eras un vagabundo perfecto. Ni siquiera tenías calcetines.

—Pero te gusté.

—Te quise. Te querría aunque no tuvieses ni camisa. Sobre todo te querría sin camisa porque así podría sentir lo hermosos y fuertes que son tus hombros.

—Se me han endurecido los músculos a fuerza de dar puñetazos a los detectives de las compañías ferroviarias.

—Sí, eres todo duro. Alto, morrudo y duro. Y tus cabellos son claros. No eres un tipo chiquito y grasiento, con el pelo negro y ensortijado, en el que se pone bay-rum todas las noches.

—Debe oler bien eso.

—Pero no puede ser, Frank. Ese camino que dices no lleva a ninguna parte más que al cafetín. El cafetín para mí y algún trabajo por el estilo para ti. Un trabajo miserable de cuidador de coches, para el que tendrías que llevar guardapolvo. Me echaría a llorar si te viera con guardapolvo.

—¿Y entonces?

Ella se quedó inmóvil un buen rato, con una de mis manos fuertemente apretadas entre las suyas.

—Frank, ¿me quieres?

—Sí.

—¿Me quieres lo suficiente como para que nada te importe?

—Sí.

—Hay una solución.

—¿No me dijiste que no eras una arpía?

—Lo dije y así es. No soy lo que tú crees, Frank. Quiero trabajar y ser algo, nada más; pero eso no es posible sin amor. ¿Sabías eso, Frank? Por lo menos, a una mujer no le es posible. Yo ya cometí un error y no me queda otra cosa que ser por una vez una arpía, para arreglarlo. Pero te juro que no soy una arpía, Frank.

—Al que hace eso lo mandan a la horca.

—Si uno lo hace bien, no. Tú eres un hombre listo, Frank. A ti no he podido engañarte ni un segundo. Estoy segura de que se te ocurrirá la manera. No te aflijas; no soy la primera mujer que ha tenido que convertirse en arpía para salir de un atolladero.

—Pero Nick no me ha hecho nada. Es un buen hombre.

—¡Un buen hombre! Te digo que apesta. Es grasiento y apesta. Además, ¿crees que voy a permitir que uses un guardapolvo sucio, con unas letras que digan « Servicio de parking de coches» en la espalda? ¿Crees que puedo permitir eso mientras él tiene cuatro trajes y una docena de camisas de seda? ¿Acaso no es mía la mitad del negocio? ¿No cocino? ¿No cocino bien? ¿No trabajas también tú?

—Hablas como si no fuera nada malo.

—¿Y quién va a saber si es bueno o malo más que tú y yo?

—Tú y yo.

—Así es, Frank. Eso es todo lo que importa, ¿no? No « tú y yo y el camino» , o cualquier otra cosa que no sea « tú y yo» .

—Sin embargo, tienes que ser una arpía. No podrías hacerme sentir lo que siento si no lo fueras.

—Eso es lo que vamos a hacer. Bésame, Frank. En la boca. La besé. Sus ojos estaban alzados hacia mí como dos estrellas azules. Era como estar en la iglesia.

 

4

—¿TIENES AGUA caliente?

—¿Por qué no vas a buscarla al cuarto de baño?

—Porque Nick está bañándose.

—Entonces te daré un poco de la marmita. A él le gusta tener el calentador lleno cuando se baña.

Lo decíamos como si fuera de veras. Eran las diez de la noche y habíamos cerrado la fonda. El griego estaba en el cuarto de baño haciendo su higiene habitual de los sábados por la noche. Yo debía llevar agua caliente a mi habitación, preparar los útiles para afeitarme y recordar de pronto que había dejado el coche afuera. Saldría y me quedaría junto al coche, para tocar la bocina si se aproximaba alguien. Ella debía esperar hasta oírle chapotear en la bañera: entonces entraría en el cuarto de baño en busca de una toalla, y lo golpearía por la espalda con una cachiporra que yo le había preparado con una bolsita de azúcar llena de cojinetes de bolillas. Primeramente decidimos que fuese yo quien le asestase el golpe, pero pensamos que él no le prestaría ninguna atención a Cora si entraba en el cuarto de baño, mientras que si lo hacía yo con el pretexto de buscar mi navaja podría salir de la bañera para ayudarme a buscarla, o algo por el estilo. Una vez asestado el golpe, ella le hundiría la cabeza bajo el agua teniéndole así hasta que se ahogase. Después dejaría que el agua corriera un rato y saldría por la ventana que daba al techo del porche, bajando para reunirse conmigo por la escalera de mano que yo había arrimado al alero. Allí me entregaría la cachiporra y entraría en la cocina. Yo volvería a poner los cojinetes de bolillas en un cajón, tiraría la bolsita de azúcar, subiría a mi habitación y empezaría a afeitarme. Ella esperaría a que el agua empezase a filtrarse hasta la cocina y entonces me llamaría. Romperíamos la puerta, descubriríamos el cadáver e inmediatamente llamaríamos a un médico. Pensamos que el médico creería que Nick había resbalado en la bañera, desmayándose como consecuencia del golpe y muriendo después ahogado. La idea me la había proporcionado un artículo que acababa de leer en un diario, en el cual se comentaba que la mayor parte de los accidentes domésticos se producen en los baños.

—Ten cuidado. Está muy caliente.

—Gracias.

Me había traído el agua en una pequeña cacerola; yo la llevé a mi habitación y la puse sobre la mesita. Después saqué mis cosas de afeitar. Bajé nuevamente y me acerqué al coche, sentándome en él de tal forma que pudiese ver al mismo tiempo el camino y la ventana del cuarto de baño. El griego estaba cantando. Se me ocurrió que convendría fijarse en qué canción era. Escuché. Era « Mamá Machree» . La cantó una vez y después la repitió. Miré hacia la cocina. Cora estaba allí todavía.

En el camino apareció un camión arrastrando un remolque. Puse la mano sobre el botón de la bocina. Algunas veces los camioneros se detenían para comer algo, y eran de esa clase de hombres que se pasan aporreando la puerta hasta que se les abre. Pero el camión siguió de largo. Pasaron otros dos coches sin detenerse. Volví a mirar hacia la cocina y Cora ya no estaba en ella. Se encendió una luz en el dormitorio.

De repente vi algo que se movía junto al porche. Estuve a punto de hacer sonar la bocina, pero vi que era un gato. No era más que un gato gris, pero me sobresaltó. En aquel instante un gato era lo último que quería ver.

Lo perdí de vista unos segundos y después apareció de nuevo, olisqueando en tomo a la escalera. No quería tocar la bocina porque sólo se trataba de un gato, pero al mismo tiempo no quería que anduviese cerca de la escalera. Salté del coche, me acerqué al porche y lo espanté.

Había recorrido la mitad de la distancia hacia el coche, cuando lo volví a ver. Lo espanté de nuevo y lo corrí hasta los cobertizos. Volví al coche y me quedé un rato allí parado espiando a ver si volvía.

En la curva del camino apareció un agente en motocicleta. Me vio de pie junto al coche, paró el motor de la motocicleta y se acercó lentamente, antes de que yo pudiera moverme. Cuando se detuvo se interpuso entre el coche y yo.

No era posible tocar la bocina.

—Descansando, ¿no?

—Salí a guardar el coche.

—¿Suyo?

—No. Es del hombre para quien trabajo.

—Está bien. Es una pregunta de rutina.

Miró en derredor y vio algo.

—¡Qué notable…! Mire eso…

—¿Qué?

—Ese gato, que sube por la escalera de mano.

—¡Ajá!

—Me gustan mucho los gatos. Siempre andan haciendo alguna travesura.

Se puso los guantes, miró al cielo, montó de nuevo en la motocicleta y se alejó. Apenas se perdió de vista me lancé hacia la bocina. Era demasiado tarde.

En el porche se produjo un fogonazo y todas las luces se apagaron allá adentro. Cora gritaba:

—¡Frank, Frank! ¡Ha ocurrido algo!

 

Corrí a la cocina, pero estaba completamente a oscuras, y como no tenía cerillas tuve que avanzar a tientas. Nos encontramos en la escalera, ella bajando y yo subiendo. Cora volvió a gritar.

—¡Cállate, por el amor de Dios! ¿Lo hiciste?

—¡Sí, pero se apagaron las luces y no pude meterle la cabeza bajo el agua!

—Tenemos que hacerle volver en sí. ¡Hace un rato estuvo aquí un agente en motocicleta y ha visto la escalera de mano!

—Hay que llamar en seguida por teléfono a un médico.

—Telefonea tú. ¡Yo voy a sacarlo!

Bajó y yo seguí escaleras arriba. Entré en el cuarto de baño y me incliné sobre la bañera. El griego estaba caído en el agua, pero su cabeza no se había sumergido. El cuerpo, cubierto de jabón, resbalaba entre mis manos, y yo tuve que meterme en el agua antes de poder alzarlo. Entretanto, oía la voz de Cora, que hablaba con la operadora telefónica. No la habían comunicado con un médico; la habían puesto en comunicación con la policía.

Por fin conseguí colocarlo sobre el borde de la bañera, salí yo de ella y lo arrastré hasta el dormitorio, tendiéndolo en la cama. En aquel momento subió ella; encontramos por fin una caja de cerillas y encendimos una vela. Envolví la cabeza del griego en dos o tres toallas húmedas, mientras Cora le friccionaba las muñecas y los pies.

—Van a mandar una ambulancia.

—Bueno. ¿Te ha visto cuando le diste el cachiporrazo?

—No sé.

—¿Estabas detrás de él?

—Me parece que sí. Pero las luces se han apagado y no sé lo que ha ocurrido. ¿Qué has hecho con las luces?

—Yo, nada. Debe haberse quemado un fusible.

—Frank, creo que es mejor que no vuelva en sí.

—Tiene que ser. Si muere, estamos perdidos. Te digo que ese agente ha visto la escalera de mano. Si muere, lo sabrán todo; nos pescarán.

—¿Y si me ha visto? ¿Qué dirá cuando vuelva en sí?

—Tal vez no te ha visto. Tenemos que inventar algún cuento. Tú estabas allí y las luces se apagaron; le oíste resbalar y caer, y no contestó cuando le hablaste. Después me llamaste a mí. Eso es todo. Diga lo que diga él, tú tienes que insistir en lo mismo. Si ha visto algo, que fue pura imaginación. Eso es todo.

—¿Por qué no vendrán ya con sea maldita ambulancia?

—Llegarán de un momento a otro.

En cuanto llegó la ambulancia, pusieron el cuerpo en una camilla y lo subieron al vehículo. Cora fue con ellos. Yo los seguí en el coche. A mitad de camino nos alcanzó un agente en motocicleta que nos acompañó, precediendo a los dos coches. La ambulancia iba a gran velocidad y no me era posible mantenerme junto a ella. Cuando llegué ante el hospital ya estaban sacando al griego en la camilla y el agente dirigía la operación. Al verme, hizo un movimiento de sorpresa y se me quedó mirando. Era el mismo de antes.

Penetraron en el hospital, pusieron el cuerpo sobre otra camilla con ruedas y se lo llevaron a la sala de operaciones, mientras Cora y yo nos quedamos en el vestíbulo. Al rato vino una enfermera y se sentó a nuestro lado.

Después llegó el agente, acompañado de un sargento. Los dos se miraron insistentemente. Cora le estaba contando a la enfermera cómo se había producido el accidente.

—Yo había entrado en el cuarto de baño a buscar una toalla, cuando de pronto se apagaron todas las luces y oí un estampido como si alguien hubiese disparado un revólver. Fue una detonación terrible. Oí el ruido del cuerpo al caer. Había estado de pie, disponiéndose a abrir la ducha. Le hablé, pero no me contestó. Estaba todo a oscuras y no me era posible ver nada. No sabía lo que había ocurrido. Pensé que podía haberse electrocutado o algo por el estilo. Frank me oyó gritar y vino en seguida. Después sacó el cuerpo de la bañera y yo bajé corriendo a llamar a la ambulancia. No sé qué hubiera hecho si no hubiese llegado tan pronto.

—Siempre se dan prisa cuando llaman de noche.

—¡Tengo tanto miedo de que sea algo grave!

—No creo. Lo están examinando con rayos X. Así sabrán lo que tiene. Pero no creo que sea nada grave.

—¡Dios lo quiera!

Los policías no dijeron una palabra; estaban allí sentados y no nos quitaban los ojos de encima.

 

Lo sacaron de la sala de operaciones con la cabeza cubierta de vendas. Lo llevaron a un ascensor, en el cual entramos Cora, yo, la enfermera y los dos policías. El ascensor se detuvo en el segundo piso y la camilla se la llevaron a una habitación. Todos entramos detrás. No había suficientes sillas, y mientras lo acostaban, la enfermera salió a buscar las que faltaban. Todos nos sentamos. Alguien dijo algo y la enfermera lo hizo callar. Llegó un médico, miró al paciente y salió de nuevo. Estuvimos allí una eternidad. Entonces la enfermera se acercó al lecho y miró al herido.

—Creo que ya está volviendo en sí.

Cora me miró y yo aparté los ojos rápidamente. Los policías se inclinaron para escuchar lo que pudiera decir el griego, que en aquel instante abrió los ojos.

—Se siente mejor ya, ¿verdad? —preguntó la enfermera.

No contestó nada y todos permanecimos igualmente callados.

El silencio era tan absoluto que podía oír los latidos de mi corazón.

La enfermera volvió a inclinarse sobre él y dijo:

—¿Ya no conoce a su esposa? Está aquí. Mírela. ¿No le da vergüenza caerse en la bañera como si fuese una criatura, sólo porque las luces se apagaron? Su esposa está loca de aflicción. ¿No le va a decir nada?

El herido hizo un esfuerzo para hablar, pero no pudo. La enfermera empezó a abanicarlo. Cora le tomó una mano y se la acarició.

Nick estuvo unos minutos con los ojos cerrados, y luego sus labios empezaron a moverse y miró a la enfermera:

—Todo quedó a oscuras.

Cuando la enfermera dijo que el herido tenía que permanecer tranquilo, llevé a Cora afuera y la hice subir al coche. Apenas habíamos puesto en marcha el coche, cuando salió el agente de la motocicleta, quien nos empezó a seguir.

—Sospecha de nosotros, Frank.

—Es el mismo que vio la escalera de mano. En cuanto me vio allí, vigilando, le pareció que ocurría algo. Y todavía lo piensa.

—¿Qué vamos a hacer?

—No sé. Todo depende de la escalera; de que caiga en la cuenta de para qué está allí. ¿Qué hiciste con la cachiporra que te preparé?

—La tengo todavía en el bolsillo.

—¡Santo cielo! Si hubieran llegado a detenerte hace un rato y a revisarte estábamos perdidos.

Le di mi cortaplumas para que cortase la cuerda que ataba la boca de la bolsita y sacase los cojinetes de bolillas. Después le dije que pasara a la parte trasera, que levantara la tapa del asiento y metiese la bolsita vacía allí. Parecía un trapo cualquiera, uno de esos trapos que se guardan con las herramientas.

—No pierdas de vista a ese polizonte: Voy a ir tirando los cojinetes a los matorrales uno por uno, y tienes que vigilar a ver si se da cuenta.

Ella se puso a mirar. Conduje con la mano izquierda y dejé la derecha libre sobre el volante. Solté uno. Lo tiré por la ventanilla como si fuera una bolita de vidrio.

—¿Volvió la cabeza?

—No.

Dejé caer los últimos. El policía no se dio cuenta de nada.

Llegamos a la fonda, que estaba todavía a oscuras. No había tenido tiempo de buscar un fusible nuevo, y menos de ponerlo. Cuando detuve el coche, el agente se nos había adelantado y nos esperaba.

—Voy a revisar el tablero de los fusibles —dijo él.

Entramos los tres y él encendió una linterna eléctrica. Inmediatamente lanzó un pequeño gruñido y se inclinó hacia el suelo. Bajé la vista y vi al gato, tendido de lomo, con las cuatro patas al aire.

—¡Qué lástima! —dijo el agente—, quedó seco el pobre.

Iluminó con la linterna el interior del porche y a lo largo de la escalera de mano.

—Sí, sí —agregó—. No hay duda. ¿Recuerda? Usted y yo lo estábamos mirando. De la escalera de mano saltó al tablero de fusibles y se quedó seco.

—Tiene razón. Es lo que debe haber ocurrido. Apenas había desaparecido usted en la curva del camino cuando se produjo el fogonazo. Parecía el disparo de un revólver. Ni siquiera tuve tiempo de guardar el coche. Usted no había hecho más que desaparecer…

—Saltó directamente de la escalera al tablero de fusibles. Bueno… Así ocurren las cosas. Esos pobres animales no entienden de electricidad, ¿verdad? Es demasiado complicado para ellos.

—Está duro.

—De veras. Se quedó seco. Y era un bonito gato. ¿Recuerda lo que parecía cuando iba subiendo la escalera? Creo que nunca he visto un gato más bonito que éste.

—Tenía un hermoso color.

—Sí, y se quedó seco. Bueno. Será mejor que me vaya. El asunto está aclarado. Pero yo tenía orden de investigar. Comprenda usted…

—Sí, comprendo. Está bien, agente.

—Bueno, hasta la vista. Adiós, señora.

—Adiós.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s