El cine como vehículo para la literatura

Fernando Morote

 

 

Muchos libros se convierten en películas, pero ¿cuántas películas se convierten en libros?

En mi trabajo como escritor persigo ese ideal.

El cine de barrio, donde solía volverme loco contemplando desnudarse a la sensacional Edwidge Fenech, fue reemplazado en determinado momento, gracias a un amigo, por el cine arte a través del cual conocí a Hitchcock (el ambiente de sospecha e intriga que utilizaba para construir la trama en La Soga y La Ventana Indiscreta me descerrajó el cerebro al instante) y Buñuel (sus cintas de la etapa mexicana, en especial Los Olvidados, plagadas de ingenio y sorna, me sedujeron sin piedad). A partir de esos ejemplos emprendí un largo y sustancioso recorrido saboreando la magia del cine europeo. Mis contactos iniciales con el expresionismo alemán de Lubitsch, la comedia francesa de Jacques Tati y las obras maestras rusas del período mudo, incluyendo El Acorazado Potemkin, aumentaron mi delirio por lo no convencional.

Al cabo de un tiempo aparecieron en mi lista de favoritas El Filo De La Navaja (la versión de 1984 con Bill Murray, que no consigue superar a la original de 1946 con Tyrone Power); El Muro, dirigida por Alan Parker, basada íntegramente en canciones de Pink Floyd; El Baile, una co-producción franco-argelina, que prescinde de diálogos para describir sólo con música el desarrollo del siglo 20; y La Naranja Mecánica de Kubrick, cuya vorágine de violencia y velocidad es pura inspiración creativa.

Agazapado en la oscuridad de la sala de proyección, empecé a sentir el aguijón inquietante de la admiración y el deseo por intentar algo parecido en el futuro. Se impuso entonces, sin poder evitarlo, una duda gigante: ¿Cómo lograrlo? No quedaba más que enfrentarse a la cruda realidad. A falta de habilidad y recursos para contar historias con imágenes –el concepto elemental del cine- la única opción viable era volver hacia mi propia naturaleza. Soy escritor porque hablar no es una de mis aficiones o tendencias. El reto consistía ahora en ser capaz de relatar episodios y escenas con la misma sagacidad, el mismo cuajo y la misma confianza que aquellos directores de cine.

Una de las primeras cosas que entendí fue que no importaba tanto si el argumento corría de manera lineal o seguía una serie de vericuetos; lo que realmente pesaba era conectar con el espectador, engancharlo desde la primera imagen y sostenerlo sin que se cayera por la borda o abandonara el barco por libre decisión.

Otro componente crucial era el sentido del humor. La visión aparentemente ligera de la vida es en el fondo la más profunda. El humor permite ver con mayor perspicacia y seriedad el universo circundante; su inherente espíritu crítico es imprescindible. Un punto de vista escéptico y cínico resulta mucho más productivo que el conformismo y la sumisión de las propuestas tradicionales.

Escribir es un proceso que empieza mucho antes de sentarse frente a la computadora. Acudir a otras disciplinas -el cine en este caso- constituye una herramienta de infinita utilidad. Una pieza literaria es el resultado de la integración de varias artes; carecer de ese apoyo o estímulo complica más la posibilidad de componer textos vivos que puedan secuestrar la atención –y ojalá el deleite- del lector.

En mis cuentos y novelas he tratado siempre de insertar una dosis de placer sensual que nada tiene que ver con lo erótico sino con el alejamiento deliberado de la mera experiencia intelectual. Escribir implica exagerar situaciones para dejar en evidencia su auténtico valor, por más absurdas que parezcan. Por ese motivo escribir proporciona una oportunidad plausible de escapar, engañar y mentir, lo que para mí es una forma personal de definir la ficción. Las particulares características exhibidas en las películas mencionadas han ejercido una influencia cardinal a lo largo de los años en la elaboración de mi estilo como narrador.

Al final el arte no reside en el contenido; aflora en el modo de ofrecerlo.

 

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