La cabeza del cordero

Francisco Ayala

 

 

 

Dispuesto a recorrer tranquilamente ahora, bajo la luz gloriosa de la mañana, la ciudad que la noche antes, blanca de luna, apenas me había dejado entrever el ómnibus del aeródromo en sus rápidos cortes por avenidas y plazas, salía yo del hotel, descansado ya y alegre, cuando, casi en el momento mismo de abandonar la penumbra del zaguán y echar una mirada a derecha e izquierda, un moro desharrapado, especie de mendigo sentado en el cordón de la acera, se me vino encima haciendo zalemas y diciéndome no sé qué en un francés incomprensible. Apronté, medio divertido, la inexcusable moneda, que desapareció sin ser vista; pero mi tributo no bastó ni a franquearme el paso, ni a cortar la letanía. Antes, sin embargo, de que una fugaz nube de enojo hubiera oscurecido mi humor radiante, ya el conserje del hotel, gorra en mano, desamparaba los lustrosos maceteros de la puerta, desde donde había seguido el curso de la escena, y acudía a informarme: aquel hombre estaba apostado allí, a mi espera, desde tempranito, casi desde las siete de la mañana, para transmitirme un recado personal de parientes míos.

¿De parientes míos? ¡Qué disparate! Aquello tenía que ser, por supuesto, una equivocación. Yo no conocía a nadie en Fez, ni jamás antes de esta oportunidad había estado en Marruecos. Desde luego, era una equivocación; así se lo dije: «Pregúntele bien a quién busca». Pero no; era a mí, ciertamente, a quien buscaba; se trataba de mí; el conserje no se había equivocado al señalarme por la espalda, como sin duda lo había hecho al verme transponer el portal. ¿No era yo, acaso, don José Torres?… «El señor ¿no es, ¡perdone!, don José Torres, natural de Almuñécar, España, llegado anoche en el avión de Lisboa?». Pues bien: Yusuf Torres me rogaba por medio de aquel mensajero que quisiera honrar su casa y aceptar sus homenajes.

En vano eché una mirada inquisitiva al conserje, todo él obsecuente empaque, digna y respetuosa y sonriente reserva —¡si conoceré yo la picardía que albergan esos uniformes de grandes botones dorados y ribetes claros!—; pero en seguida me hice por mí mismo mi composición de lugar. ¡Qué divertido! Sin duda, había topado con el caso de uno de esos moros sentimentales que, devorados por la nostalgia de España, entretienen su ocio en la curiosidad de averiguar linajes. Lo que me intrigaba era cómo —y tan pronto— había podido saber mi nombre, el lugar de mi nacimiento, y mi llegada a Fez…

Era día de fiesta y no teniendo en perspectiva mejor ocupación, resolví ir a ver qué clase de bicho seria mi pariente Yusuf. En el peor de los casos, resultaría de ahí algo digno de contarse; y hasta pensé, ¿quién sabe?, que pudiera sacar alguna eventual utilidad del pintoresco encuentro. Tengo por principio entablar cuantas nuevas relaciones me salgan al paso; cuando se anda en negocios, aun lo más imprevisible puede conducir a una combinación provechosa, ya inmediatamente, ya para lo futuro. Y, por lo pronto, yo todavía no conocía allí a nadie: iba a Marruecos para estudiar la introducción de la Radio M. L. Rowner and Son Inc., de Filadelfia, y había llegado a Fez el día antes, anochecido ya. Tras un viaje movidito, el avión arribó con mucho retraso, y yo, que estuve durante la travesía bastante mareado y tenía mucho dolor de cabeza, me había acostado en seguida, sin tomar más que una taza de té y una aspirina, dispuesto a descansar bien aquella noche. Dormí, en efecto, mis diez horas largas, y desperté tan fresco. En el baño me entretuve cuanto quise, desayuné despacio, repasé los titulares de un periódico, La Dépêche de no sé qué, que hallé sobre la mesa, y mientras me demoraba en todo esto, había estado prometiéndome un hermoso paseo por la ciudad. Pues poco antes, al afeitarme frente al espejo del lavabo, las casitas color rosa, blancas, los granados, los cipreses, los naranjos en los huertos, bajo aquel cielo diáfano tal como podía verse por la ventana abierta, me habían llenado de encanto. Parecía todo recién lavado: seguramente la tormenta cuyas negruras hicieron tan penoso nuestro vuelo sobre el mar había descargado entretanto por acá, encima de la ciudad, para que la encontrásemos reluciente a nuestra llegada. Y ahora deseaba yo recorrer las calles desconocidas, sin dirección ni prisas, como suelo hacerlo cada vez que, por feliz casualidad, llego a un sitio nuevo en día festivo y puedo así, libre de remordimientos por el tiempo perdido, darme ese gusto. Luego, cuando me cansara de andar, buscaría un restaurante típico —típico, se entiende, dentro de lo decente—, y a la tarde me dedicaría a tomar unos datos sobre la guía telefónica y algún anuario comercial, y a ordenar mis papeles para ponerme en campaña al día siguiente; por último, escribiría, si es que me quedaba humor, un par de cartas, y saldría de nuevo para cenar, o acaso cenara en el hotel mismo, yéndome en seguida a tomar café y pasar un rato en cualquier lugar de diversión.

Esos eran mis planes. Pero la notable ocurrencia que vino a asaltarme en la puerta misma, cuando iba a iniciar el proyectado paseo, lo cambió todo.

Miré a los dos hombres que, parados ante mí en la acera, aguardaban pendientes de mis labios. «¿Es muy lejos?», pregunté, dudoso todavía, al harapiento. Y él uniformado conserje tradujo sus explicaciones enrevesadas con esta sucinta fórmula: «Unos diez minutos a pie, señor». Entonces, sin pensarlo otra vez, me puse en seguimiento de mi impropio guía.

La casa a que me condujo, en una callejuela torcida, empedrada con guijos, sólo mostraba en su fachada, muy altos, dos ventanillos enrejados, contrastando con la soberbia puerta de madera donde relucían la aldaba y clavos labrados. Abrió en ella un portillo mi acompañante, entró detrás de mí, y me dejó solo en la casi oscuridad de un vestíbulo en cuyo fondo tres rayas de luz dibujaban el perfil de otra puerta. Con ayuda de la mano, pudieron poco a poco mis ojos descubrir, arrimada a la pared, una mesa sobre la que, más por su olor que por su palidez, se anunciaban unas azucenas escoltadas de jacintos, dentro de un jarro; al otro lado, los primeros peldaños de la escalera por donde el harapiento había trepado hasta desaparecer de mi vista sus calcañares. No tuve que esperar mucho allí: entendí un rato después que, desde lo alto de la escalera, me llamaba, y subí arriba. Arriba me recibió Yusuf, el dueño de la casa.

Tengo que decirlo: el ánimo desenfadado, burlón más bien —sí, francamente burlón—, con que emprendiera mi aventura, todavía no se había disipado por completo cuando estaba en el vestíbulo, durante los minutos que allí pasé tecleando con los dedos sobre el borde de la mesa; pero ahora, al verme delante de aquel joven extremadamente serio, que se adelantaba hacia mí despacio, con mirada serena y ademán cortés, ya no quedaba nada de mi actitud: era como si se me hubiera caído y hubiera rodado escaleras abajo, dejándome con las manos vacías, desarmado. Había perdido el aplomo, y me quedé sin saber qué hacerme. Sólo entonces caí en la cuenta de la ligereza que había cometido. ¡A quién se le ocurre irse a meter así en casa ajena, sin tener idea de qué gente sería aquélla! Antes de aventurarme a visitarlos en su casa, procedía haber averiguado algo sobre ellos; pues: ¿cómo no pensar que, de cualquier manera, debía enfrentarme ahí con alguien que no sería ya ni el recadero desharrapado ni el impersonal conserje?… Ese alguien me abrazaba ahora y me hacía sentar a su lado, pero no decía palabra. Me contemplaba, sonriente, y no decía palabra. Tuve que ser yo quien, al fin, dijera: «¡Qué gran sorpresa he tenido!…».

Los puntos suspensivos de mi frase flotaron en el vacío, sin que él se apresurase a recogerlos: no parecía resuelto a anudar nada en el cabo suelto que yo le había largado. Sonó por último su voz calmosa y, sin embargo, vibrante, hasta llenar la sala: «Mucho te agradezco, señor, que te hayas dignado honrar con tu presencia esta humilde casa, y tomar posesión de ella como dueño». La tirada era, por supuesto, estudiada y aprendida; pero estaba dicha con un tono firme, cuyas pausas, que no llegaban a la vacilación, le prestaban una sombra de naturalidad, al tiempo que la leve extrañeza del acento quitaba a la fórmula la antipatía de su rigidez convencional, ya superada en cierto modo por el exceso mismo que tan recargada la hacía. Más tarde pude comprobar que el habla de mi huésped era un castellano arcaizante y literario, no tanto en razón de los vocablos como por la inflexión de sus cláusulas; o quizá le venía esa apariencia rebuscada de que muchas palabras, nombres de objetos modernos —voces inglesas pronunciadas por él a la francesa, o bien aquellas francesas que interpolaba sin tasa al hablar—, contrastaban en sus labios con ciertas palabras castellanas cuyo uso es hoy ya infrecuente en España, donde acaso un neologismo, paralelo a los nombres extranjeros, ha desplazado entretanto, para muchos menesteres o utensilios de la vida actual, a aquellos términos vernáculos que hubieran podido —y quizá debido, como quieren los puristas— adaptarse a las nuevas condiciones…

Por lo pronto, el extremo de su cortesía solemne me paralizó más aún de lo que ya estaba; y no me cupo entonces duda de cuán improcedente era el aire de soflama con que me había dejado ir en este asunto: ¡decididamente, había obrado con ligereza!; y ahora, forzado a improvisar, de prisa y corriendo, una actitud seria, decorosa, deferente, conveniente, caía en la más envarada decencia, y me sentía ridículo. Aquel muchacho, arrellanado ahí en sus cojines, mostraba un dominio de la situación que a mí, con mis treinta y siete años y el mundo recorrido, me faltaba; sí, me estaba faltando.

Resolví, con todo, no dejarme arrastrar en la cadena interminable de los cumplidos, donde él encontraría siempre ventaja; y, para entrar en materia, le expresé cuánto me había extrañado su iniciativa de buscarme, le pregunté cómo había sabido acerca de mí y de mi llegada a la ciudad, y le pedí que me explicara el fundamento de su interés hacia mi persona. «Probablemente, pienso yo, habrá sido la curiosidad por nuestro común apellido…».

Aquí, sí, decidí callarme y esperar, aunque fuese durante una hora, a que él tomara la palabra. Lo hizo tras un breve silencio… No intentaré reproducir sus frases exactas; no podría recordarlas con la misma precisión de aquella primera que tan grabada se me quedó, ni transcribir su mezcla de construcciones añejas o librescas con giros franceses, su combinación chistosa de otrora, con aérodrome, de office, con venia. Lo que me dijo fue, en resumen: que a través de un muchacho muy allegado a su casa, y que trabajaba como empleado en las oficinas de la Compagnie de Navigation Aérienne, habían sabido con anticipación la llegada a Fez de un viajero español, Torres de nombre, y natural de Almuñécar, punto de origen éste de donde su propia familia procedía; y que sospechando en tal coincidencia ser unos y otros ramas derivadas de un mismo tronco, o mejor, casi convencidos de ello, habían deliberado ponerse en contacto con él —es decir, conmigo— para ofrecérsele en un todo. No me ocultaba que antes de atreverse a dar semejante paso habían vacilado bastante: más aún: que él mismo, siendo como era el jefe de la familia y por consiguiente el más cargado con el sentido de la responsabilidad, era quien más renuente se había mostrado en las conversaciones al respecto; pero que por fin cedió —de lo que se alegraba ahora— a instancias de su madre, cuya curiosidad femenina espoleaba con excesiva ansia a averiguar las posibles, probables, casi seguras vinculaciones de sangre con aquel forastero…

«Sin embargo, el apellido Torres es tan frecuente en España que —aventuré yo— sería mucha casualidad…». ¡Eso, eso mismo era lo que él había objetado a las vehemencias de su madre: un apellido demasiado frecuente en España, y también en Marruecos! Pero ella alegaba: «¡Torres, de Almuñécar, mi hijo y señor; de Almuñécar!»; y tal vez no le faltaba razón para insistir. Pues ellos provenían de Almuñécar; eso era archisabido, se venía repitiendo de padres a hijos y constituía, por así decirlo, el núcleo de las tradiciones domésticas. «Tanto —corroboró Yusuf animadamente—, que si yo alguna vez fuera a Almuñécar, creo que hasta encontraría parajes conocidos: la huerta grande, y el lagar, donde cada año se pisaban muchísimos carros de uva roja». ¿No conocía yo ese lagar famoso de los Torres y la huerta grande?

Me sonreí de su puerilidad; pero no sin advertir que en ella había una buena parte de juego poético, de ingenuidad fingida. «¡Quizá! —le respondí—. Pero ¡hay por allá tantos lagares, y tantas huertas, y tantos Torres! Además, hace ya demasiados siglos que ustedes salieron de Almuñécar; y aun yo mismo, con ser nacido ahí…». (Era verdad; desde que, teniendo yo dieciocho años, nos trasladamos a Málaga mi madre y yo, no había vuelto al pueblo; y eso, iba para veinte años). «En fin —agregué—, mis recuerdos de Almuñécar tampoco son demasiado recientes. Por mucho que me acuerde de mi casa, con el escudo de armas tallado sobre la puerta, del corral, tapias encaladas bajo los cerezos, las acequias debajo, todo eso está en mi memoria un poco a la manera de retazos…». Me había puesto a divagar. El joven Yusuf escuchaba, pensativo, preocupado, aburrido tal vez. Tras una pausa me preguntó si yo no sentía, después de todo, la nostalgia de aquella tierra por la que varias generaciones de los Torres mahometanos habían suspirado ahí en Fez. Él —me confesó— sentía una especie de nostalgia heredada y obligatoria, una costumbre de nostalgia, un rito de nostalgia. «Es que nosotros nos dejamos en España lo mejor de nuestra grandeza. Y de entonces acá no hemos hecho sino seguir perdiendo; hoy somos pobres…». Me declaró que esta pobreza fue uno de los argumentos que más habían pesado en la discusión de la víspera sobre si me invitarían o no a visitarlos. Su hermana —tenía una hermana— hubiera preferido no hacerlo: «¿Para qué?», preguntaba. Mas su madre, empeñada en ello, aducía: «Si resultase no ser pariente nuestro, nada nos importa. Pero si, como estoy segura, es de nuestra sangre, lo de menos será que tengamos o no riquezas: una flor que le ofrezcamos, un vaso de agua, basta».

Yo, escuchándolo, dudaba mucho por mi parte del famoso parentesco. Pudiera ser; pero, a la verdad, todo aquello me resultaba demasiado novelesco. Imposible, imposible, no es que lo fuera: ¡quién sabe, a lo largo del tiempo, las ramificaciones que un árbol genealógico puede haber tenido!… Esta gente aseguraba ser originaria de Almuñécar; se llamaba Torres, como nosotros. ¡Cualquiera sabía! Yo jamás había oído que nuestra familia tuviera, ni de lejos, antecedentes moriscos, ni cosa por el estilo; creo que a mi madre le hubiera dado un soponcio la sola idea… Pero eso tampoco significaba nada; en casa no se hablaba nunca de tales cuestiones; a nadie le gustaba hurgar en el pasado de la familia; no había interés o gusto. O ¿acaso era que se prefería no hablar? ¡Quién sabe! En puridad, nada había que por principio se opusiera a aquello; y si a mí se me resistía, y me negaba a admitirlo como posible, era, no por ningún prejuicio, que no los tengo, sino, a lo sumo, por parecerme demasiado extravagante y hasta cómico un parentesco, aun tan remoto y problemático, con aquellos moros. Como tantas veces sucede, no un razonamiento fundado, sino una impresión así, arbitraria pero muy poderosa, quería cerrar el paso a la eventualidad de ese parentesco, y me parece que se hubiera defendido incluso contra la pura evidencia.

Evidencia, claro está que no había ninguna; pero tampoco —justo es reconocerlo— hubiera sido una cosa tan nunca vista. Desde luego, yo no recordaba nada en mi familia que siquiera diese visos de verosimilitud ni de lejos autorizara la sospecha de un viejo entronque mahometano —como no fuese precisamente, esa falta de interés hacia los antepasados—. Falta de interés, por otra parte, no tan sin excepción, como vine a recapitular en seguida, pues mi tío Jesús —aunque sólo él— el mayor de los hermanos, un tipo chapado a la antigua, intransigente y agresivo, tradicionalista, lo que durante cierta época se motejó de cavernícola, había tenido el capricho de los papelotes viejos, de los pergaminos; le gustaba guardarlos, repasarlos alguna vez; y presumía de haber profundizado en las raíces nobiliarias de nuestra casa. Sí, él sí; mi tío Jesús sí que tenía esa común manía de grandezas de los hidalgos aldeanos. Para él, nuestra estirpe era de las que fundaron la ciudad, antes de perder a España don Rodrigo (¡en tal caso, pues, antes de que llegaran los moros!). Y ¡cómo se ufanaba el pobre con tales fantasías! Llegaban a embriagarlo, esos humos de nobleza; se escuchaba, le ardía la mirada; mientras que nosotros, los sobrinos, y aun sus propios hijos, le oíamos como quien oye llover. Nos agradaba oírle, era divertido; pero le oíamos con incredulidad y hasta con su poquito de sorna. ¿Qué hubiera dicho de esa aventura mía el tío Jesús? ¿Cómo lo hubiera tomado? ¿Con orgullo y alegría?; ¿o quizá con vejación, por tratarse de infieles?… En todo caso, le hubiera producido una excitación formidable; y, desde luego, hubiera dado crédito inmediato a la historia del parentesco; como artículo de fe la hubiera recibido. Por lo demás, nadie como él — aparte fantasías— estaba en condiciones de haber puesto en claro… Era el único de la familia preocupado por este orden de cosas; y, una vez muerto…

De todas maneras, yo —no obstante mi escepticismo— no le quitaba la vista de encima al joven Jusuf: sentía curiosidad hacia él y, viéndole hablar, esperaba que su fisonomía en movimiento me revelase de improviso por algún rasgo el pretendido parentesco. En mi fuero interno, le desafiaba a hacerlo; estaba provocándolo: era una suerte de juego o pasatiempo practicado sin convicción, pero que, a pesar de todo, no carecía de cierta emocionante expectativa. Al principio —claro está—, nada conseguía leer en sus facciones. Por el contrario: todo me resultaba en él extraño, pintoresco —extraño, el brillo de los ojos, retintos y amarillentos; extraña, la alta pero huidiza frente; la nariz, fina, arqueada, los también delgados labios, una de cuyas comisuras temblaba levemente al iniciar cada frase, como si vacilara en decirla…— Mas, al cabo de un rato, y cuando yo había ya —digámoslo así— digerido todo lo que en aquella cabeza me era ajeno, comenzó a quererme parecer que, sobre ella, se insinuaban líneas fugaces, destellos, gestos que podrían ser nuestros, que de pronto me hacían una seña, un dudoso guiño, y se borraban en seguida, como esos estremecimientos en la tersura del agua, de los que no podría decirse si obedecen a la brisa, a nuestro propio aliento, o son mero engaño de quien se mira en ella con obstinación excesiva.

Pero no, no era engaño mío; allí, en aquella fisonomía muchachil, contenida, recogida en sí misma, impasible y hasta indiferente casi al sentido de sus propias declaraciones, algo nuestro se desvivía por hablarme. Decir que le hallé el aire de familia, sería quizá mucho decir; pero algunas semejanzas, algunos trazos, eso era innegable. Y voy a explicar cómo se me reveló, poquito a poco, mas con claridad creciente, el parecido —pues, ¿por qué no llamar a las cosas por su nombre?, un verdadero parecido, no completo, sino en determinados aspectos, fue lo que, al final de cuentas, descubrí en el joven Yusuf Torres—. Y no conmigo, personalmente (ni era yo el más a propósito para establecer comparaciones: estaba harto de haber oído —y no sin molestias por parte mía— que había salido en un todo a la línea materna; que era un Valenzuela de pies a cabeza —Valenzuela es mi segundo apellido—, a diferencia de tal o cual de mis primos, fiel, según pretendían, al dechado de los Torres); así, pues, no conmigo, no con mis facciones; ni tampoco quizá con las de aquellos miembros de mi familia que me eran más próximos y a quienes más había tratado; en verdad, con los de ninguno en particular, sino acaso con las efigies de algunos antepasados que, en lienzos y tablas, adornaban las paredes de mi casa y, sobre todo, de las casas de mis dos tíos, allá en Almuñécar —cuadros mediocres; bueno: francamente malos la mayoría de ellos, mero valor sentimental, y que yo me sabía de memoria, a pesar de que los azares de la vida me habían separado hacía mucho tiempo de esas desdichadas obras de arte que yo, tal vez por reacción contra las ponderaciones de mis tíos, en particular de mi tío Jesús, estimaba en poco, y que por fin debieron de perderse, como tantas otras cosas, en la batahola de la guerra civil. (Es decir: no sé si se perdieron todos, o mi otro tío, Manuel, arrambló con lo que pudo, al embarcarse; en cuyo caso es fácil que estén rodando por ahí en poder suyo: y casi me inclino a creer esto último). Pues bien, perfiles sacados de esos retratos es lo que se podía descubrir acaso en la cara del joven que me estaba hablando: sobre todo, la ceja fina y breve, arqueada hacia la sien y crespa en el centro, una pupila dura y como feroz, todo eso estaba, sin duda, en el retrato de mi bisabuelo niño, aquel del coleto de terciopelo leonado. Sí, y también en el de mi abuelo, de uniforme. Suprimiendo en éste los mofletes el gran bigote caído sobre una boquita infantil, el mentón soberbio, esa cabezota imponente, en fin, que tan adecuadamente reposa sobre el amplio pecho cruzado por una banda, se observaría que las cejas eran otra vez las mismas del joven melancólico sentado ahora frente a mí; las cejas, con su peculiar trazo, y aun la frente, que allí, coronando el bulto de un personaje machucho cuyo aspecto autoritario impuso respeto sin duda al modesto pintor, se perdía en la vulgaridad de una cara demasiado gruesa y recargada; pero que aquí, en la faz desnuda del adolescente flaco y nervioso, dominaba toda la expresión con una nota de inquietud apenas refrenada… Mas, ¡ay, qué inseguras son estas cosas! Un momento después de haber capturado alguno de esos parecidos, ya me venía a desanimar la aprensión de que todo era arbitrario y forzado, y puras ganas de parte mía… Aun cuando, ganas, ¿por qué iba yo a tenerlas?

Y él mismo, Yusuf, ¿estaría de veras convencido, y creería de veras que esos Torres marroquíes y nosotros, los de Almuñécar, somos de la misma sangre? En el tono con que me había hablado no se diría que hubiese mucha seguridad. O, para mayor exactitud, no era convicción precisamente lo que faltaba en sus palabras, sino más bien —¿cómo expresarlo?— interés por el hecho, entusiasmo… Con su cortesía impasible, me observaba ahora en silencio.

—«Y usted —le pregunté entonces (se me hacía difícil tutearlo: ese tuteo de los moros resulta embarazoso, hasta tanto que uno se acostumbra)—, ¿usted está persuadido de que pertenecemos en efecto a la misma familia?». «Yo —me replicó—, a juzgar por lo que mi madre sostiene, entiendo que sí debemos de pertenecer». «En tal caso, ¿no podría yo tener la dicha de presentarle mis respetos a su señora madre?», volví a preguntarle. Y añadí: «Sería para mí un gran honor». Sin apenas darme cuenta, había adoptado la ampulosa cortesía de mi interlocutor, hasta el extremo de sonarme a falso mi propia frase; pero, además, exageraba a propósito en esta ocasión, sabiendo que en las costumbres de los moros no entra el que la mujeres se muestren a las visitas, y que, por lo tanto, pedía algo extraordinario. Se me había ocurrido de improviso; y, sin mucho pensarlo, me aventuré: en parte, porque estaba decidido a tomar todo aquel asunto a beneficio de inventario, con lo que bien podía permitirme cualquier audacia o exceso, y más en la seguridad de que mi condición de extranjero y mi ignorancia de los usos me disculparía; en parte, también, por tener la impresión de que la propia señora a quien me refería estaba escuchando desde algún lugar oculto. Esta impresión mía —vivísima, tan vivaz que hubiera apostado a su favor cualquier cosa— no se apoyaba tan sólo en una inferencia fácil (pues ¿no había sido ella acaso la promotora de todo?, ¿no había hablado el propio hijo de la avidez de su curiosidad?), sino que contaba todavía con un vigoroso refuerzo intuitivo: nadie me hubiera sacado de la cabeza que allí mismo, a dos pasos, tras de la cortina, y no obstante la pesada inmovilidad del paño, una persona, dos tal vez, acechaban nuestra charla.

Agregué aún nuevos comedimientos, más que por el placer irónico de la exageración, a fin de, al obligarlo, facilitarle el que me complaciera. No era necesario: apenas oyó el joven la demanda envuelta en mis circunloquios, lejos de alterarse o dudar, como yo esperaba, se alzó con toda naturalidad de su asiento y, sin decir palabra, salió de la sala a pasos pausados, retenidos, diría; su continente era alegre: translucía que eso era lo que esperaba, lo que desde un comienzo había estado deseando.

Me quedé, pues, solo en la pieza. Miré el reloj: eran ya más de las once. Mientras aguardaba, eché una ojeada en derredor, y una multitud de objetos en que antes no había reparado se me vinieron encima: bandejas de cobre, mesitas de tablero poligonal, un enorme barómetro a la pared, tapices, cojines con borlas de oro, cofrecillos, qué sé yo…

Yusuf regresó pronto para decirme que si bajábamos al huerto, allí acudirían a reunírsenos su madre y su hermana: una prueba de la confianza y amor debidos a un pariente: «¡Dios me valga!», pensé. Y seguí a mi huésped escaleras abajo. Cruzamos el vestíbulo y ahora encontramos abierta la puertecita que, frente a la de entrada, dejaba ver un soleado patinillo con árboles al fondo. Ahí pasamos. Ocupamos unos asientos, junto a una mesica de hierro, debajo del emparrado; pero apenas nos habíamos acomodado cuando fue menester levantarse de nuevo para recibir, seguida de una muchacha que por lo pronto se mantuvo rezagada, a una señora de cierta edad, que hablaba ya desde que apareció en la puerta, y sonreía, y daba vueltas a mi alrededor, y me tomaba de las manos, levantando su cara para escrutar la mía. «¡A ver, a ver! ¡Déjame que te mire, hijo! ¡Déjame que te reconozca, jazmín y laurel, de mis jardines!». Eso me decía, y mil cosas por el estilo. Soporté, impertérrito, la inspección: «¡Ay, qué alegría, qué alegría!», exclamó por último; y se dejó caer, sofocada, sobre un sillón de mimbre, mientras que la hija permanecía parada a sus espaldas, y el hijo volvía a instalarse junto a la mesa, enfrente de mí.

Como antes, creí oportuno adelantarme. «Así es que ¿tan segura está la señora de que pertenecemos a la misma familia?». «¡Pues no! Sabiendo cómo te llamas y de dónde vienes, basta con verte la cara». Yo, entre tanto, espiaba la suya, redonda, alegre, cambiante, con la esperanza de sorprender, animada en sus gestos, alguna de las expresiones fijas de los viejos retratos familiares, como antes había creído identificar algunos de sus rasgos en la casi impasible fisonomía del muchacho. Y —con gran sorpresa mía, pues no lo esperaba, o al menos, no era tanto lo que esperaba: mis experiencias anteriores habían sido demasiado dudosas, y carecían de toda certidumbre— descubrí en el apasionamiento con que se expresaba aquella buena señora, en lo vehemente de sus meneos, en la manera como accionaba, como acompañaba con las manos, con la cabeza, con los hombros a las palabras que le salían de la boca, y también en una cierta incongruencia o, siquiera, volubilidad que había en ellas, y hasta en la actitud insegura y desdichada en que se quedaba atendiendo por un instante, con los ojillos entornados, después de haber soltado una larga retahíla cuyo efecto no podía calcular, creí descubrir, digo, un parecido atroz con mi tío Manolo. Descubrimiento que, a decir verdad, fue para mí harto desagradable, pues —esta vez, sí— el parecido era tan intenso que, en lugar de haber servido para ofrecerme una apacible confirmación de nuestro supuesto parentesco con aquellos moros, me llevó de golpe, pasando por encima de ellos, a la presencia de mi tío, a quien tantos años hacía que no había visto, ni maldita la gana, pues me separaban de él, no sólo el océano, sino también mares de sangre… Aquella gesticulación, aquellos ademanes vivos, aquel modo de razonar y discurrir a saltos, estaban unidos en mi recuerdo a penosas discusiones políticas, terminadas muchas veces con injurias y portazos, poco agradables de evocar… Me sobrepuse, con todo, al asalto de esta mala impresión y, regresando desde su remoto origen al momento actual, no tuve otro remedio que darme por convencido en mi fuero interno de que algún vínculo debía existir entre mi propia familia y esos Torres de Fez.

Descansaba ya, pues, en esta idea, de la que no sabría precisar si me complacía o me abrumaba, cuando de improviso, y fuera de toda ocasión, rompí en una carcajada. Ahí tuvo la locuaz señora que interrumpirse en su cháchara para, entre desconcertada y corrida, preguntarme de qué me reía. «Véase —le respondí después de un momento—, véase lo que son estas cuestiones de parecidos, aires de familia, etc. Les voy a decir el motivo de mi risa: es el caso que, impresionado por la idea de nuestro común origen, y deseoso de verla confirmada, me esforzaba yo por hallar escrito en los rostros el certificado de nuestro parentesco de sangre. Y desde el instante mismo en que tuve el honor de ver a la señora, creí encontrar en ella un parecido extremo con el menor de mis tíos, mi tío Manuel, que ahora anda por América; y ya me sentía yo tan satisfecho de poseer esa prueba viviente, tan contento, tan… Pero, de improviso (¡mi gozo en un pozo!), caigo en la cuenta de que este parentesco, de existir realmente, no afectaría a la señora, puesto que vendría por la línea paterna. De manera que el tal parecido no podía ser sino figuración mía. Mi engaño me ha dado risa —añadí riéndome otra vez, ya sin gana—. ¡Cuánto puede la imaginación!».

«¡Paso, paso! —se apresuró ella a contestar, oponiéndome la palma de la mano—; ¡pasito, amigo!: que yo también soy Torres; que mi señor y yo éramos primos hermanos, de modo que en nuestros hijos afluyó por doble canal la sangre de la familia». Estaba triunfante, resplandecía.

Me refugié entonces en los hijos. Eché una mirada alternativa a los dos hermanos, y —remachada la cadena de nuestro parentesco en el punto mismo la daba por rota— les hallé ahora, juntos, una insistente semejanza con mis primas, las hijas de mi tío Manolo, y también con Gabrielito, y hasta, para colmo, con los del pobre tío Jesús.

En la pausa, la muchacha había inclinado su cabeza —redonda, y partido por una raya en el centro su cabello negro y liso, tal como yo podía verla en ese momento— para atender por encima del hombro de su madre las instrucciones que ésta le daba a media voz. No eran un misterio: le encargó de preparar refrescos; pues, irguiéndose con presteza, y rodeando nuestro grupo, fue a reunir unos limones que estaban alineados en el brocal del pozo y se entró, con ellos en el delantal, para salir al cabo de un ratito, portadora de un gran jarro, al que en seguida vendrían a unírsele sobre la mesa muy limpios vasos de vidrio.

Entretanto, la señora había reanudado su entusiasta charla. Me explicaba copiosamente enlaces, circunstancias y avatares de toda su parentela. Una fuerte discordia, con disgustos mortales en la familia, parece que se había producido alrededor de sus bodas con Muley ben Yusuf Torres, el padre de este mozo que ahora, en presencia de la madre, callaba distraído en machacar entre los dientes el cabo de una rosa poco antes arrancada al paso de un rosal cercano. En la trifulca, abundante en derivaciones, y donde no faltaron, según se podía colegir, los episodios de violencia ni las complicaciones de intereses, debieron intervenir gentes de dentro y gentes de fuera; y sólo el tacto, la prudencia cargada de años de un bisabuelo tullido fue bastante a apaciguar —que no a extinguir— los rencores… Pero yo no podía seguir bien a la mujer por aquel laberinto: se trataba de personas numerosas, a quien por vez primera oía mentar, y que se me confundían entre sí. ¿Cómo, pues, fijar la atención en las vueltas de aquel torbellino? Mientras ella devanaba sus embrolladas historias, me aplicaba yo a comprobar en sus maneras, en sus gestos, y aun en sus facciones, las maneras, gestos y facciones de mis tíos. Y por cierto que, de modo muy imprevisible, se me revelaban ahí ahora, más que los de Manuel, cauto aunque apasionadísimo, los de Jesús, el pobre tío Jesús, cuya violencia inocentona, y un poco también su estupidez, u obstinación si así se prefiere llamarla, o fanatismo, le había costado la vida del modo más tonto durante los turbios días de la guerra civil. ¡Pobre! Me parecía estar viendo su revolver los ojos, tan pronto desafiantes e iracundos como en la actitud de quien pone al cielo por testigo; el juego incesante de sus manos; los trémulos de su voz, llenos de patetismo y, de improviso, las secas risas burlescas; toda aquella gesticulación de aficionado a la ópera, como solía yo comentar, pues lo era, y ferviente (¿qué no hubiera sido ferviente en él?), a pesar de no haber presenciado en toda su vida, según creo, arriba de cuatro o cinco funciones… En tono menor, y con un matiz de ironía tierna, esta mujer repetía aquí todo el repertorio de cuyo despliegue, siendo yo chico y mozuelo, me había hecho espectador muchas veces mi tío Jesús. Y, a decir verdad, éste mi nuevo descubrimiento no me procuraba mayor placer que el hecho en un comienzo, cuando se me antojó parecida aquella señora a mi tío Manolo. Viéndola así, tan lanzada, tan embalada, me preguntaba yo cómo entonces pudo ocultárseme en ella la personalidad de Jesús bajo la de Manuel. ¿Acaso —pensaba— porque en el corte redondeado de la cara se le asemejaba algo, con una apariencia sumaria, burda? O tal vez porque, al empezar nuestra entrevista, impusiera a su natural fogosidad alguna reserva, un poco de astucia táctica, de la que ya se había desprendido por completo, para no conservar del tío Manuel sino algún destello de irónica malicia, en desventajosa pugna con el ardor ingenuo de Jesús.

Pero ahora la buena señora se quedaba callada de pronto, y me miraba como esperando: algo me había preguntado. ¡Caramba! Yo había seguido, no el curso de sus palabras, sino sus ademanes, el manoteo, las inflexiones de su voz, el temblor de la ceja, y era ese lenguaje el que había recogido —el que de veras me decía algo—; no el que, atropellado y pintoresco, brotaba a borbotones de sus labios. «¿Qué? ¡Perdón! ¿Cómo decía?», le pregunté. Una chispa de simpática malignidad brilló en sus ojuelos al repetirme lo que en vano me dijera hacía un instante: Que si no querría yo contarles acerca de mi familia en España, para que nos fuésemos conociendo bien unos a otros.

Por mi parte, reproduje como contestación la pregunta de antes: «Pero ¿tan seguros están ustedes de que somos en realidad todos unos? ¿Cómo pueden estarlo?».

Desde que te vi, hijo, no lo he dudado más —afirmó ella calurosamente, al tiempo que me apuntaba con el dedo, un dedo regordete adornado de sortijas—. ¡Desde que te vi! Imaginarás que, de no ser así, no íbamos a haberte recibido con esta confianza. Pero ¡me bastó con verte! Estaba viéndote, y el corazón me decía: «¿Qué haces que no corres a abrazarlo?». Me contuve, sin embargo; pensaba: «¿Y si a él no le gusta?». Te tenía miedo (si me había tenido miedo, era indudable que, ya me lo había perdido; yo sonreía); te tenía miedo, no porque dudase, sino por ese aire tuyo, tan adusto, tan seco, tan orgulloso…, ese aire que es, por cierto, el de los Torres. Además…, ¿quieres verte retratado? ¡Aguarda!”

Y se entró muy de prisa, sin aguardar ella misma a nada, y dejándome algo irritado de su volubilidad, para regresar después de un rato de pesado silencio —los hijos, dijérase que no hubiesen existido; el joven continuaba en apariencia impasible, la rosa prendida entre los dientes, pero quizá inquieto o molesto en el fondo; y a la muchacha aún no le había oído siquiera el metal de la voz: seguía en pie detrás del asiento vacío de su madre—. Le eché un vistazo furtivo, y advertí que sus ojos estaban dirigidos hacia un punto del huertecillo donde —hasta el momento no había reparado yo en su presencia— el andrajoso mensajero que me había conducido a la casa, encorvado sobre un arriate, escarbaba la tierra con un almocafre, y me observaba desde allí. Cerca de él, un borrego pastaba, atado a un tronco… Regresó, pues, la señora sin mayor tardanza, exhibiendo en la mano un medallón con un retrato coloreado, que me entregó llena de enfática expectativa: el retrato de un hombre de mi edad y —¿para qué voy a negarlo?— algo, bastante parecido a mí: sólo que su pelo, más rubio que el mío (quizá, pienso, como lo tenía yo a los veinte años; luego se me había ido oscureciendo hasta ponérseme castaño), y su mirada (lo que bien pudiera ser amaneramiento del artista), suave y lejana…

La señora esperaba, espiándome, inmóvil y alerta, con una atención de gato, segura, un poco irónica. Cuando me vio levantar la vista del retrato exclamó con triunfante aplomo: «¿Qué tal? ¿Quién es? No eres tú, no; es mi bisabuelo, Mohamed ben Yusuf, el mejor hombre de toda la familia, aquel que logró restituirle aquí, en África, la importancia que antes había tenido en Andalucía. Pues, para que lo sepas, esta nuestra casa, hoy pobre, fue un día una de las principales de Fez. Sí; aunque nos veamos tan reducidos al presente, porque con la llegada de los franceses y con todas las desgracias anteriores hubo ocasión de que medraran sin dificultad gentes indignas, verdaderos usurpadores, la peor canalla capaz de intrigar y acomodarse sin ningún escrúpulo, mientras que…». Y así, otra vez el laberinto.

«… ¿Me dirás cuál ha sido la suerte de los Torres allá?». La pregunta me sacaba de mi distracción con sobresalto. Venía envuelta en esa facundia infatigable que me tenía mareado, y a duras penas pude recuperar, como un borroso escrito a lápiz, las palabras cuyo son todavía retenía mi oído; había dicho, pues: «¿Y vosotros, los de Almuñécar? ¿Me dirás cuál ha sido la suerte de los Torres allá?». Delante de esa frase, una larga, confusa, embrollada explicación quedaba por completo fuera de mi alcance; pero la inflexión de la pregunta, dirigida a mí y destacada luego por el silencio expectante de que fue seguida, me sacó del ensimismamiento en que me dejara sumido el retrato que todavía estaba en mi mano, embarazosamente. Aquel retrato de una persona cuya existencia me era ignorada en absoluto hasta un momento antes, de un hombre que había muerto mucho tiempo atrás, cuando yo ni siquiera había pensado en nacer, pero que, sin embargo, ostentaba con innegable evidencia todos mis rasgos y hubiera podido pasar por un retrato mío trazado ayer mismo, tuvo por lo pronto el poder de suscitar en mí una curiosa y repentina sensación de náusea, un movimiento de las entrañas por escapar de mí mismo, huir de mi figura y encarnación, de estas facciones mías que me tenían aburrido, y hasta de mi nombre, de esas palabras José Torres, que llevaba pegadas como una etiqueta y con las que, de pronto, me resultaba imposible experimentar solidaridad alguna. Eso, ¡claro está!, fue sólo cosa de un abrir y cerrar los ojos, una especie de vértigo. Me libré de él derivando hacia un recuerdo, que probablemente suscitaba una vaga asociación: se me había venido a la memoria, no sé bien cómo ni por qué, otro retrato, una fotografía de mi tío Jesús, viejo ya, con su barbita blanca y su expresión altanera, pero ridículamente disfrazado de moro, en una Alhambra de bambalinas. Nunca había podido comprender yo que un hombre serio y respetable, juez jubilado de primera instancia, incurriera en la humorada de ponerse así, vestido de mamarracho, con turbante, pantuflas y una espingarda al alcance de la mano, entre cojines de raso deslucido y sobre el fondo de un ajimez de cartón, de plantarse así, tan orando, ante el objetivo del fotógrafo; y siempre me había indignado la maldita cartulina, que él se complacía en exhibir dentro de un marco también árabe. Pues, como digo, acudió de pronto a mi memoria esa absurda fotografía que tenía olvidada hace quién sabe los años, y que ninguna semejanza mostraba con este retrato de ahora: retrato de un hombre joven, sin atuendo alguno, y donde sólo aparecía la cabeza, diseñada con sobriedad y visible preocupación por el parecido… ¿Qué qué había sido de nuestra familia? Tanto fue el disgusto que me vino al recordar aquel retrato, con su histrionismo indisculpable, que esta vez no despertó en mí la compasión ni la rabia de otras veces el representarme —como en seguida me lo representé— al tío Jesús muerto, con un tiro en la nuca, junto a otros muchos cadáveres alineados en el suelo cual mercancía de feria, ante una multitud de gentes angustiadas que se afanaban por identificar en la hilera a algún familiar desaparecido, y de curiosos, los curiosos de costumbre, haciendo observaciones macabras, chistosas muchas veces, otras feroces, repulsivas siempre. Ahora, el horror de la imborrable escena se mezcló en mí ánimo con la indignación por la fotografía absurda, y la mixtura operaba como un raro estupefaciente con el efecto de poner entre paréntesis el dolor, sin suprimirlo; antes al contrario, destacándolo hasta hacerlo insoportable, pero de otra manera, no como dolor presente y activo. ¡Qué qué había sido de nosotros! Arruinado estaba ya, sí, definitivamente estropeado, el humor espléndido con que yo había comenzado mi día. ¡Dios me valga: Que qué había sido de nosotros!

Miré el reloj, vi que eran pasadas las doce y media, y me puse en pie. «Es ya demasiado tarde —fue mi disculpa—. Eso quedará para la próxima ocasión». «¿Es tarde? Entonces, vienes a comer con nosotros esta noche —dispuso la señora—. ¿No es cierto, hijo? —consultó a Yusuf—. Insístele para que acepte». Hube de aceptar. Mis nuevos parientes me instaban a porfía con extremos de finura por cuyos sutiles vericuetos yo no hubiera podido seguirles, ni siquiera en el supuesto de haber tenido la flema de que por el momento carecía. Para poner término al azorante torneo, zanjé: «Bueno, está bien; vengo a cenar con ustedes, pero a condición de llevarme ahora a Yusuf conmigo: almorzaremos juntos, y pasaremos charlando la hora de la siesta». Asintió la madre con una sonrisa, y el hijo se dispuso a acompañarme.

A pleno pulmón respiré, no bien me vi en la calle, toda blanca de sol. Me volví hacia mi compañero, y también me pareció que él, como si su gravedad se hubiera aliviado, adquiriendo alegría, con sólo transponer la puerta de su casa, se había convertido por arte de magia en un muchachuelo insignificante, ligero, en un chiquillo casi. Le pedí que me indicase un restaurante cómodo, y, después de haber andado cosa de un cuarto de hora o veinte minutos, nos hallamos sentados frente a frente en un amplio comedor con ciertas pretensiones, florero en cada mesa y mozos de chaqueta blanca. Habíamos elegido sitio cerca del ventanal, que daba sobre una hermosa avenida, y, mientras comíamos tan agradablemente —el color de techo y paredes prestaba a la blancura del mantel un fresco matiz verdoso y el zumbido de los ventiladores resultaba apaciguador—, mientras nos demorábamos en el almuerzo, le estuve preguntando detalles acerca de la ciudad y de la zona, con vistas a mi negocio. Si he de decir verdad, sus informes no me sirvieron de mucho. Él estaba muy excitado por la novedad de mi convite —excitado, dentro de la contención de su actitud: el brillo de su mirada, su relativa locuacidad, era lo que podía delatar su feliz estado—, y se mostraba afectuoso más que atento para conmigo. Me bombardeó a preguntas sobre cuestiones de radio, en las que estaba muy interesado. Conocía las marcas y características, y hasta, en el curso de la conversación, me dijo haber tenido hace años el capricho de aprender radiotelefonía, consiguiendo incluso armar un pequeño receptor, que usaron en la casa durante algún tiempo, hasta que por fin se estropeó. «Todavía anda por ahí arrumbado…». Al oírle, sentí compasión de aquella pobre gente, parientes o no, e hice propósito en mi fuero interno de regalarle un Rowner, siquiera fuese el modelo pequeño, lo que sin duda les contentaría mucho y a mí iba a costarme bien poco. Sí —resolví—, les haría ese obsequio…

Se había producido una pausa, que ya se prolongaba demasiado. Para cortarla, se me ocurrió exclamar: «¡Vaya, y qué sorpresa ha sido para mí encontrar tan remotos parientes! ¿En qué época saldrían de España vuestros antepasados? Cuando la expulsión de los moriscos, es claro. ¡Qué terrible! Tener que dejar, de la noche a la mañana, tierras, amigos, bienes, todo, e irse a buscar la vida en otro país casi con lo puesto. Muchos, según se cuenta, dejaron tesoros escondidos, con la vana intención de volver después a rescatarlos en secreto. A lo mejor, vuestros antepasados también dejaron algún tesoro enterrado», aventuré, sonriendo. Me miró él, dudoso, un instante, y confirmó luego: «Pues algo así se decía, en efecto. Pero ¡a saber! Todas las familias que vinieron pretenden haber dejado tales entierros». Pues yo —remaché por mi parte— lo que puedo decirte es que Andalucía, España entera, está llena a su vez de semejantes decires; es hasta una obsesión: la gente no espera sino en descubrir tesoros: Raro sería que por acá no hubiere un tesoro oculto. Un labrador tropezó en tal sitio con una orza de oro molido, al cavar el campo. En esta casa tan requetevieja tiene que haber algún tesoro… Y no hay duda de que, muy de vez en cuando, un hecho positivo vendrá a alimentar esas fantasías. Yo mismo tengo noticia directa de un caso, que por cierto, le sucedió a mi abuelo —no al padre de mi padre y mis tíos, los Torres, sino a mi abuelo materno, Valenzuela, don Antonio Valenzuela, un señor a quien yo no alcancé a conocer en vida—. Y, ¿quieres saber cómo fue la cosa? Es divertido. Figúrate que bajaba un día —esto debió de ocurrir, calculo yo, a fines del siglo pasado—; bajaba, digo, por una callejuela solitaria, cuando, apretado por una necesidad, se apartó junto a una tapia, en un recodo, y allí mismo se puso en cuclillas. Mientras despachaba, estaba entretenido en desprender con el bastón los yesones del muro, hurga que te hurga, y…, ¡plaf!, de repente ve que empiezan a caer sobre el polvo monedas de oro; al comienzo, dos o tres; luego, más… El hombre se levanta, se ataca los pantalones a toda prisa, y a toda prisa empieza a meterse en el bolsillo las relucientes piezas. Con el mayor cuidado siguió explorando el paredón; ¡amigo: aquello parecía inagotable!; cuando ya no le cupieron más monedas en los diferentes bolsillos —del pantalón, de la levita, del chaleco—, tapó la grieta que había hecho en la pared, y se fue a su casa para descargarlos en una gaveta. En seguida, sin decirle a nadie nada, regresa al mismo sitio, y vuelve a llenarse todos los bolsillos, más una escarcela que a prevención había llevado. Y todavía pudo traerla repleta en un tercer viaje antes de haber vaciado el tesoro. Yusuf me escuchaba, con gran seriedad en sus ojos brillantes. «Era un hombre raro, este abuelo mío —proseguí—. Vivía separado de su mujer, mi abuela, y de sus hijas, en un caserón destartalado. Y poco después de su afortunado hallazgo, amaneció asesinado en la cama una mañana, sin que se llegara a saber nunca a quién echar la culpa. ¡Probablemente, sus propios criados! Pero nada se puso en claro. Y del oro moruno, ni rastros. Una vez más se pudo ver ahí que la riqueza no siempre trae felicidad».

Seguimos charlando de diferentes cosas. El joven Yusuf parecía más interesado en saber acerca del presente que de especie alguna de antiguallas; más de los Estados Unidos que de España. Me estuvo refiriendo las impresiones, esperanzas y angustias de su gente durante la pasada guerra; el gran alboroto que había causado entre ellos la conferencia de Casablanca, con el tullido Roosevelt acudiendo en vuelo desde Washington hasta el norte de África para entrevistarse con Churchill y los franceses; me repitió cien mil historietas de soldados americanos… En fin, tras una prolongada sobremesa en el restaurante, nos fuimos a un café para, acomodados en un diván de terciopelo rojo, pasarnos la siesta.

Yusuf tuvo la discreción de no forzar nuestro diálogo durante esas horas pesadas del centro del día; estaba el café atestado de público, ese abigarrado público de los cafés marroquíes, el aire espeso de humo, las discusiones de las tertulias que los espejos hacían infinitas, el ruido de un aparato eléctrico que, una vez y otra, conforme los clientes introducían monedas, alternaba los ocho discos de su equipo vociferando las canciones de moda. A pesar del barullo, uno se sentía bien allí. Medio amodorrados —por lo menos yo, debo decirlo, estaba un poco amodorrado—, nos echábamos de vez en cuando miradas amistosas, o cambiábamos una observación trivial. El joven Yusuf inquiría de mí tal o cual detalle de éste o del otro país, cosas pueriles con frecuencia, pero que revelaban en él un anhelo irrefrenable, ansioso, por el mundo desconocido. Eso era lo propio de su edad; yo le respondía con indulgencia, y comenzaba a aburrirme. Pero ¿qué hubiera hecho, si no, en Fez, donde a nadie conocía, en aquel largo día hueco? Instalado allí, tras la segunda taza de café, y con la copa de coñac todavía por la mitad, me sentía cómodo, y estaba dispuesto a pasarme así las horas muertas, con Yusuf a mi lado.

Viéndole junto a mí, tan dócil, deferente y aniñado, pendiente de mis labios y saboreando con fruición los sorbitos de su café, vine a acordarme de mi primo Gabrielillo y de una vez que, habiéndolo llevado su padre a Málaga, lo convidé a tomarse un sorbete en una terraza de la calle Larios. Era por entonces una criatura, él tenía como cinco o seis años menos que yo, iba todavía de pantalón corto; y recuerdo cómo me admiraba, recuerdo su atención vigilante para estar siempre a tono y no incurrir en la menor pifia, el cuidado con que pasaba el borde plano de su cucharilla por la pirámide del sorbete y se llevaba a la boca —boca infantil aún, en una cara que ya comenzaba a sombrear el bozo— la pasta de avellana helada, medio deshecha.

Quise gastarle una broma, hacerle un viejo chiste, y le pregunté con jovialidad: «Vamos a ver, dime, ¿a que no sabes cuál es el colmo de un sorbete?». Se me quedó serio, concentrado, con la cucharilla en alto, como si el profesor de matemáticas le hubiera sorprendido en un teorema sin preparar. «No lo sé, no caigo», me confesó a poco, lleno de cómica aflicción. «¿No? ¡Caramba! Pues es que eres memo: ¡estás rascando precisamente el colmo de un sorbete, y no sabes lo que es!». Se puso colorado hasta las orejas; casi se le saltan las lágrimas de mortificación. «Anda, hombre, Gabrielillo, cómete el colmo de tu sorbete», me reí, palmeándole la desnuda rodilla… Creo que, sin querer, le amargué con esa tontería el convite. ¡Pobre muchacho! ¡Pobre criatura!

«Te voy a contar la triste suerte de uno de mis primos, Gabriel Torres, de quien me estoy acordando ahora —dije a Yusuf, después de haber dado un par de chupadas seguidas a mi cigarro. Hice una pausa, apuré el fondo de mi copita, y comencé—: Este muchacho, ¿sabes?, sucumbió muy joven durante la guerra civil; la obcecación insensata de su padre le perdió, llevándolo a la muerte. Debo decirte que al padre, mi tío Manuel, siempre le dio por hacer el energúmeno; cuando la República, andaba todo esponjado y, paso a paso, fue extremando —pura verborrea, desde luego— las actitudes destempladas de un anticleralismo demodé. Tanto, que nosotros resolvimos a lo último cortar el trato con él: cada conversación era una trifulca, por causa de esas bobadas. Y no es que fuera malo: exaltado, sí; pero toda la fuerza se le iba por la boca. ¡Ay, cuántos daños no ocasiona en el mundo el hablar demasiado! Naturalmente, el chico repetía los temas del padre; y como los pocos años quieren llevar en seguida los dichos a vías de hecho, se apuntó —creo que sin que lo supieran en su casa; desde luego la madre no lo sabía—, se inscribió, digo, en las Juventudes Socialistas poco antes de que estallara el jaleo. Qué hubiera hecho, si por casualidad le hubiese tocado estar en zona roja, como me tocó a mí, lo ignoro: barbaridades, supongo. Pero como ellos vivían en Granada, y Granada quedó desde el comienzo en poder de las fuerzas nacionalistas, el chico fue a parar en seguida a la cárcel. Pues ¡fíjate su mala suerte!: lo normal hubiera sido que, después de cierto tiempo, lo incorporasen al ejército y, en algún regimiento de castigo, lo enviasen al frente, como fue el caso de tantos y tantos otros muchachos detenidos con él: aquélla era una prisión especial para menores, donde ninguno pasaba de los dieciocho años. Eso hubiera sido lo normal. Sin embargo, no ocurrió así. Mira lo que ocurrió: cierta mañana, un soldado de la guardia encuentra que alguien se ha entretenido en dibujar sobre el forro de su tabardo la hoz y el martillo; y, ¡claro está!, acude en seguida a denunciar el hecho: nadie va a exponerse a llevar tales huellas en la ropa; en esas cosas, callar es ya declararse cómplice. Entonces, realizadas las oportunas averiguaciones, se dio por sentado que el autor de la gracieta no podía haber sido sino uno de los veintitrés presos del calabozo donde estaba detenido mi primo Gabriel. Interrogados uno por uno, negaron todos ellos saber nada del asunto: ¿quién va a acusarse, por más que le aprieten, de una cosa así? Pero tampoco era posible dejarlo pasar: se dispuso que cada uno de ellos recibiera una paliza diaria hasta aparecer el culpable. Y según se ordenó, así comenzó a cumplirse. Cuando, todas las mañanas, tras la correspondiente ración de vergajazos, volvían a reunirse en el calabozo, sangrando por las narices, por los oídos, por la boca, con el cuerpo molido, deliberaban entre sí los presos, exhortándose unos a otros a confesar quién había sido el autor de aquella broma que tan cara estaba costándoles a todos. Habían pasado ocho, diez, quince días, estaban en el límite de sus fuerzas, lisiado ya alguno, otros con vómitos de sangre, y comprendían que eso no iba a cesar hasta que el culpable se declarase. Pero el culpable seguía sin rechistar. ¡El miedo, se comprende! O quizá es que, en efecto, no había sido ninguno de ellos, ¿quién sabe?; acaso otro soldado en el cuerpo de guardia; acaso (¿por qué no? ¡Malevolencia!, ¡simple estupidez!) el propio denunciante… A la desesperada, hasta acusaron a éste un día. Pero no les valió la treta, era tarde, la guardia había cambiado varias veces, no quedaban trazas del soldado en cuestión, nadie sabía nada, y lo único que permanecía en pie era la orden de apalearlos cada mañana hasta averiguar cuál de ellos era el culpable. Ellos, por su parte, habían llegado al convencimiento de que no pertenecía al grupo el autor del maldito dibujo; y como era mejor que muriese uno cualquiera, aun inocente, que la continuación de aquellas palizas hasta acabar con todos, resolvieron echar suertes, y así, quien el azar señalara, ése se declararía culpable. Hicieron el sorteo y ¿podrás creer que le tocó a Gabrielillo, mi primo? A la madrugada siguiente, cuando entraron, como de costumbre, a preguntarles quién había pintado la hoz y el martillo en el tabardo del soldado, Gabriel dijo: Fui yo quien lo pintó. Le sacaron, pues, y lo fusilaron en el patio, mientras sus aliviados compañeros se quedaban llorando. ¡Qué mala suerte tuvo el pobre chico!».

«¿Y su familia?», me preguntó después de un breve silencio el joven Yusuf con indiferencia afectada.

«Su madre sí que tuvo suerte: murió sin alcanzar a enterarse. En cuanto a su padre y sus dos hermanas mayores, consiguieron, mediante no sé bien qué trapicheos o sobornos, salir de España y pasar a América poco después de acabada la guerra, sin que yo haya vuelto a tener más noticias suyas. Quizá les vaya bien, si es que viven. Supongo que al bueno de mi tío Manuel se le quitarían las ganas de hacer el energúmeno. Tampoco él, por su parte, dejó de catar por entonces las delicias de la prisión… Pero, dime, ¿y si nos fuésemos ya de aquí?».

La atmósfera se había puesto irrespirable dentro del café, y el ruido resultaba abrumador: no se podía aguantar más. Propuse a Yusuf que saliéramos a dar una vuelta por la ciudad, puesto que parecía haberse pasado el bochorno de la primera tarde, y así lo hicimos. Recorrimos el centro sin prisa, tomamos unos helados, consultamos la cartelera de un cine sin animarnos a entrar, y a la postre, mi acompañante sugirió lo que menos hubiera podido esperarme yo, y lo que al principio no entendía: que fuésemos a visitar el cementerio moro. «Carnero», me pareció que le llamaba al cementerio. ¡Vaya una idea, y qué extravagante cicerone! Pensé, con todo, que algo habría que admirar allí, o que el paseo hasta llegar sería pintoresco. Preguntele si estaba muy lejos; y antes de que me hubiera contestado, accedí: «Bueno, vamos allá». Tomamos un tranvía, y allá nos fuimos, sin otra conversación que las breves indicaciones topográficas en que Yusuf era puntual y no enfadoso.

Llegamos, y como nada digno de curiosidad hallé ante mis ojos, concluí que el propósito de su iniciativa no había sido otro que mostrarme piadosamente las tumbas de sus familiares difuntos, empezando por la de su propio padre, Muley ben Yusuf. Nos pusimos a discurrir con apacible indolencia por los paseos, y, de vez en cuando, como si la casualidad nos hubiese llevado al lugar, se detenía —y yo a su lado—, me leía el texto de una lápida donde el nombre de Torres salía a relucir entre ditirambos, me explicaba alguna circunstancia del correspondiente sujeto, y pasábamos adelante. Se comprenderá que yo me aburriera a conciencia. El modo como él recitaba su informe no era tampoco muy estimulante, y daba la impresión de que él mismo se aburría, como puede ocurrirle al empleado de un museo que repite su monserga pensando en otra cosa.

Yo prestaba poco oído a sus palabras, distraído en la belleza del paisaje, que por momentos se envolvía en la púrpura de una soberbia puesta de sol. Contemplando desde aquella altura solitaria el encendido horizonte, se me ocurrió de pronto: «¿Y tu plegaria? ¿No rezáis, vosotros los mahometanos, al poniente?». Se lo dije medio divertido, medio malévolo, y me quedé a la espera. «Debería rezar, sí. Debería hacerlo», fue su respuesta. Estaba serio. Luego, paseó su vista, llena de melancolía, por el celaje rosa y dorado, y continuó su paseo por entre las sepulturas. Yo le seguí en silencio.

Al cabo de un buen trecho se volvió a hablarme: «Ahí, en esta tumba —dijo, y su dedo señalaba al suelo— yace Torres el evadido, llamado también el del ángel. Mejor dicho: sólo su cuerpo está enterrado ahí, quiero decir: tronco, brazos y piernas; pues su cabeza fue expuesta en un garfio donde debía permanecer para escarmiento durante un mes».

«Es una tumba antigua ya», observé, interrogante.

«Más de un siglo tiene; cerca de siglo y medio; es de la época del rey Abdelahmed. Él fue quien lo mandó degollar y, según parece, no tan sin motivo. Este mi antepasado debió ser un hombre por demás travieso. A propósito suyo corren, o corrieron, muchas anécdotas, alguna leyenda». Sonrió Yusuf. «Sin duda, le ocasionó al rey inquietudes y trastornos en relación con las mujeres de su casa. Era fama que le había favorecido Alá con dotes descomunales, tanto que de ahí le venía otro apodo, bastante indecente, por el que era conocido en todo Fez, y que llegó a atraerle la curiosidad hasta de la misma sultana. Ignoro si alcanzaría a satisfacerla; se cuentan salacidades; el hecho es que fue a parar a una mazmorra. Y aquí interviene la leyenda: dicen que, un buen día, cuando llevaba ya más de un año preso, vino un ángel a sacarlo del sueño y, con una señal de silencio le mandó seguirle por galerías y canceles, sin que nadie se opusiera a su paso. Por la mañana, los guardianes sólo hallaron en la mazmorra el cántaro de agua medio vacío: las cerraduras estaban intactas… Pero no faltan quienes, desmintiendo la leyenda digan que si pudo abrirlas, fue precisamente con la misma llave poderosa que le había servido para forzar el serrallo del rey». Yusuf hablaba ahora con animación, visiblemente divertido, y yo me complacía en observarlo. De pronto, cambió su fisonomía, y agregó, ahora ya en otro tono de voz: «Mi madre, por supuesto, sostiene que todo eso son patrañas, y que el evadido sufrió su cruel castigo como promotor de una conspiración contra el usurpador Abdelahmed y a favor de su sobrino, el expoliado rey Abdalá, conspiración en la que también tomaron parte algunos cautivos cristianos».

Esto fue, poco más o menos, lo que el joven me contó; o más bien, la traducción que hace mi memoria de lo que me dijo. Sus palabras mismas, no podría recordarlas: animado y alegre, me había hablado ahora y sin ningún estudio, y esa confianza hizo pintoresca en extremo su habla.

«Pero la historia de la evasión…», le pregunté yo entonces. Es muy cierta: escapó de la prisión, con ángel o sin él huyó a lo más escarpado del Rif y, refugiado en las cabilas, hizo entre ellas campaña de agitación, preparando una revuelta que había de estallar para el Ramadán. Mas hubo traiciones y, al final de cuentas, el evadido tuvo que regresar a Fez y volver a entrar en la ciudad sobre un borrico, atadas las manos a la espalda.

Dos días más tarde, su cabeza estaba colgada en lo alto de un poste, en el mercado.

Seguimos paseando, ya en dirección a la salida. «Yusuf, la tumba de ese abuelo o bisabuelo tuyo que tanto se parece a mí, el del retrato, ¿dónde está? —quise saber—. No me la has mostrado». «Ése no está enterrado aquí», fue su única respuesta.

Volvimos a la casa cuando ya oscurecía; entramos —estaba entornado el portillo— y, en el vestíbulo, al pie de la escalera, se detuvo Yusuf para preguntarme, con voz que resonaba en la oquedad de aquel silencio, cuáles eran las horas de yantar en España. Creo que la súbita curiosidad respondía al propósito de anunciar nuestra llegada sin que nadie tuviera que darse por enterado de ella. Entré de buena gana en el juego, y le di, en voz alta, prolijos informes, mientras que, recostado contra la mesa, me entretenía en aplastar con la yema del dedo el amarillo polen que las azucenas habían dejado caer sobre la tabla, acá y allá, junto al jarro de greda que alimentaba su desmayo.

«Ahí, en el jardín, aguardaremos con más comodidad la cena». Yusuf me tomó de la mano; pasamos al huerto; ya la noche había caído; ya azuleaba la encalada pared; las flores medio ocultaban su presencia, viviendo en lo oscuro, pero no tan calladas como los pájaros. Fuimos a sentarnos bajo la parra, en el mismo sitio de la mañana; nos miramos; pensé que mis ojos estarían brillando como brillaban los de él sobre la cara mate, apagada y borrosa. Dije que allí se estaba muy a gusto; que una casa, un huerto así, con sus frutales y sus rosas, y algunos macizos de lechugas, de chícharos, era todo cuanto podía ambicionarse para llevar una vida tranquila, con la posible felicidad; que —¡podía él creerlo!— me daba mi poquito de envidia. Él asintió, haciéndome observar, sin embargo, con entera razón, que todo eso estaba muy bien, y que sería acaso deseable para quien se retira del mundo con un buen botín de recuerdos, cansado de mucho vivir; pero que le daba risa pensar que yo pudiera envidiarle su suerte —¿por qué no hacíamos trueque?—, precisamente yo, harto de correr mundo.

Por encima de nuestra charla, sentíamos el movimiento de la casa, donde se hacían preparativos en mi honor. Yusuf estaba sentado de espaldas a la puerta, pero yo, desde mi sitio, podía ver de medio lado, sin necesidad de volverme, la ventana enrejada de abajo y, en el piso de arriba, otra más chica entre cuyo hueco y la luz se interponía alguien de vez en cuando. También llegaban hasta mí, con los ruidos de la cocina, retazos de diálogo en árabe, que, ¡ni que decir tiene!, no entendía. Se afanaban por agasajarme; eso era todo.

Al fin, compareció en el patio mi tía, seguida por su hija, y me tomó del brazo, estrechándolo con cariño sobre su pecho, como si ese brazo hubiera sido para ella una criatura pequeña, digna de cuidadoso amor. «Ya estáis aquí —dijo—. ¡Ea!, vamos a comer, que es hora!».

Subimos entonces a la sala de por la mañana, donde encontré, esperándonos sobre la baja mesita, el asado cuyo olor se había adelantado ya, desde la escalera, hasta mis narices. Era un cordero, hecho piezas y servido en una gran bandeja de metal, redonda y labrada, donde los enormes trozos de carne alternaban con montículos de arroz blanco. En el centro de la bandeja yacía, hendida por en medio, la cabeza del animal.

Yusuf me invitó a elegir sitio, y se acomodó en seguida él mismo frente a mí. Las dos mujeres se habían quedado en píe, a ambos lados, y yo no sabía cómo proceder ni qué decir. Me levanté de nuevo, precipitado y obsequioso, pero inmediatamente recordé que las costumbres mahometanas excluyen a las mujeres; ¿hasta qué punto?, eso no lo sabía. Advertí, con todo, que mis huéspedes no estaban menos azorados; que vacilaban con rubor y se reían nerviosamente. Yo ignoraba las costumbres de aquella gente, sus ceremonias; pero me daba cuenta de que estaban dispuestos a prescindir de ellas para que todo discurriera del modo que más normal pudiese parecerme a mí; también me daba cuenta de que no acertaban. Balbucí por último: «Pero ustedes, las señoras… Ya sé que no acostumbran… Sin embargo…». «Sí, hijo —se apresuró a decir la madre—. Contigo como invitado, nos hemos de sentar a la mesa. Sólo que nosotras debemos servir, y será inevitable levantarnos algún momentico… Siéntate, Miriam», ordenó, a la vez que se instalaba en un taburete a mi derecha, agregando todavía algunas recomendaciones en árabe a la sumisa muchacha, que obedeció con la vista recogida.

¡Bueno, ya estábamos sentados alrededor del cordero! Cogí el tenedor y el cuchillo que me ofrecían, y me dispuse a trinchar el pedazo de carne más próximo. Me costaba trabajo, la mesita era demasiado baja, y también lo era el asiento: hundido en él, los codos me tropezaban con las rodillas. Además, yo no tenía ganas: era temprano, el cordero estaba ya frío, se había solidificado la grasa en espesos pegotes sobre la fuente, y, a decir verdad, los tendones, los tejidos amarillentos, la piel reseca, no hacían demasiado apetitosa aquella masa negruzca de carne. A mí se me resistía, a decir verdad. Y era sobre todo la cabeza, ahí en el centro de la fuente, con el hueco del ojo vaciado y la risa de los descarnados dientes, lo que más me quitaba el apetito. Pero ¿cómo rehusar el convite? Me ayudaría —pensé— con el arroz blanco, por más que, según pude comprobar apenas me llevé un poco a la boca, estaba todo impregnado de la misma grasa. Haciendo de tripas corazón, y demorándome cuanto podía en cada bocado, me atuve al deber de no desairarles el festín, mientras ellos, por su parte, se aplicaban al cordero con un placer que no admitía disimulo, y del que yo pude aprovecharme a mi manera; pues, atentos como estaban a su obra, absortos y callados, cabía esperar que no reparasen en mi displicencia a poco que yo procurase no hacerla contrastar demasiado con su fruición.

«¿Te ha llevado Yusuf a visitar nuestro cementerio?», preguntó la señora después de unos minutos, a tiempo que me echaba una mirada rápida por encima de su presa de carne. «Sí —le respondí—; me ha llevado, y me ha mostrado las tumbas de la familia, y me ha explicado bien quién era cada uno». Ella tuvo una sonrisa satisfecha.

Pasado otro rato, me pidió que yo les hablara a mi vez de la parentela, «de la rama de la familia Torres que se quedó en España» y, en especial, que les dijera quiénes eran los que actualmente representaban a nuestra estirpe. «Es difícil —observé—. Tendría que írselos presentando uno por uno, como en las novelas; pero yo no tengo ninguna habilidad de narrador y, por lo demás, falta el argumento; de modo que más bien haré una enumeración, como se hace en las piezas de teatro impresas con las dramatis personae, aunque, igual que en ellas, esto sirva de muy poco». Me fastidiaba eso; pero, no obstante, era el único recurso que se me ofrecía para distraerse de la comida: con tal de llevarme a la boca de vez en cuando un trocito bien limpio de aquella carne horrible, mientras hablaba, estaba cumplido. Por lo menos, las preguntas inagotables de la buena mujer me ayudaban mucho. «Anda, empieza por ti mismo. Cuéntanos. ¿Vive tu padre? ¿Tienes hermanos? ¿Cuántos sois?».

«Ni mi padre vive ya, ni tengo hermanos. Yo fui hijo único, y apenas si recuerdo a mi padre: murió siendo yo todavía chiquito. Mis recuerdos de hogar se refieren todos a mi madre; pero mi madre no ofrece interés para ustedes, pues es otra familia…», comencé por informarles. En seguida les conté que mi padre había sido el segundo de tres hermanos, mi tío Jesús, él y mi tío Manolo; que el tío Jesús, el primogénito, juez de carrera, se había casado y había tenido dos hijos, varones, y que murió asesinado en Málaga, durante la guerra civil, en ocasión de que esos hijos, que aún viven, se habían pasado al otro bando para luchar como voluntarios en el ejército; y que Manolo, mi otro tío, médico él, había sido padre de dos hijas y un hijo, «aquel Gabrielillo de tan mala suerte, que tú ya sabes», puntualicé, dirigiéndome a Yusuf. «Mi tío Manuel, ya viudo, vive con sus dos hijas en Colombia, creo, o en Venezuela». Todavía añadí precisiones diversas, alguna anécdota, detalles más o menos pintorescos y exagerados, buenos para caracterizar a uno u otro personaje, todo con el propósito de distraerme de la comida y pasarla por alto, al tiempo que ponía un afectado descuido en limpiar con escrupulosa prolijidad cada bocado de carne que me llevaba a la boca. (En resumidas cuentas, me encontré al final habiendo podido pasar así un mediano trozo de asado). Mientras tanto, la señora escuchaba, atentísima, mis palabras: hablaba yo, y ella se me quedaba fija en una actitud de pájaro, con la cabeza ladeada y el ojo inmóvil —parecía no perder una tilde— pero luego lo mezclaba todo, y el rasgo que yo había referido de uno se lo colgaba a otro, pidiéndome aclaraciones incongruentes que sólo demostraban no haber entendido, acaso, una dilatada y paciente explicación mía.

Eso fue lo que ocurrió una vez más —tras de otras varias equivocaciones que yo deshice— cuando me preguntó cómo a un hombre tan gentil —y se refería a tío Manolo, algunas de cuyas gracias pretéritas le acababa de relatar yo—, cómo a un hombre así había habido quien tuviera entrañas para asesinarlo. A él no lo habían asesinado —aunque tampoco faltó mucho—; estaba confundida. Pero ¿qué tenían que ver con eso las añejas historietas donde él, aún joven, de estudiante, y hasta casado ya, aparecía tramando alguna broma —como aquella, célebre, del gitano arrepentido— a costa de su hermano mayor, Jesús, cuya seriedad no le permitía entender semejantes travesuras, ni transigir con ellas? Sí, Manolo era, había sido en su tiempo, hombre alegre, jaranero, aunque por otro lado, por el lado de la intemperancia, también lo suyo, según bien pudo verse más tarde, cuando empezó a enseñar la oreja: ingenioso (un poco irritante, a fuerza de ingenioso) y de buen corazón —gentil, como había dicho aquella señora—, no podía negarse que lo era, y ¡quién sabe si esas cualidades no le valieron para salvar el pellejo en medio de tanto peligro!; pues no resultaba pequeña empresa el salir, primero, de la cárcel, y luego, del país. Pero aquella señora lo confundía ahora con mi tío Jesús, cuya espantosa suerte yo le había contado también, aunque de pasada, un momento antes. «No fue él quien murió asesinado, sino su hermano mayor», tuve que aclararle.

De repente, me sentí cansado, y bajé la vista. ¡Muy cansado, de repente! Hubo un silencio: al alzar de nuevo los ojos y volverlos, no sé por qué, a mi izquierda, sorprendí puestos en mí los de Miriam, la muchacha en quien apenas si había tenido ocasión de reparar hasta entonces. Huyó en seguida su mirada a refugiarse en el regazo; pero su cara no podía huir: allí permanecía, con los labios gordezuelos brillantes de pringue. Miré luego a Yusuf que, recostado, me contemplaba con quieta, leve curiosidad, tal vez con tedio, balanceando en la punta del pie su babucha color tabaco. Incansable, se aprestaba la madre a insistir en sus preguntas; pero él, más discreto, le dio a entender, instándome por mera fórmula a tomar otro pedazo, que era hora de retirar de la mesa los restos del cordero. Se levantaron las dos mujeres, sacaron la bandeja y, al cabo de poco, regresaron trayendo otra, donde se veían, alrededor de un tarro de mermelada, diversos pastelillos y dulces. Un gran vaso de limonada se adelantó también a mi deseo, y, ayudado por el turbio y helado líquido, me dispuse a lastrar con aquellos postres mi estragado estómago. Probé pues, la mermelada, y elogié su gusto. ¿De qué era? Me contestaron que de rosas. «¿De rosas? —inquírí, extrañado—. ¿Cómo de rosas?». «De rosas, sí; yo misma la he hecho», informó, sonriente, la señora. Y, enterada de que jamás había probado yo, ni sospechado siquiera, semejante especie —«tan poética», dije— de mermelada, se detuvo en ponerme al corriente de los secretos de confección; cómo se hacía con pétalos de rosas frescas, puestos a macerar, y que si tal, y que si cual… En cuanto a su sabor, sabía bien, ni mejor ni peor que otro dulce cualquiera; ni especialmente aromática me pareció.

Llegó por último el café, un buen café, aunque servido en jícaras demasiado pequeñas; lo bebí de un sorbo, lo celebré, y obtuve otra jicarilla… Después de un rato prudencial —el mínimo indispensable, pues estaba rendido— me despedí alegando que al día siguiente madrugaría para trabajar de firme; y Yusuf Torres, tras haberme porfiado en vano que prolongara mi visita, llamó desde arriba al criado para que me acompañara a mi alojamiento. Nos despedimos con reverencias y abrazos, y hecho el postrer saludo junto a la puerta de la calle, seguí en silencio a mi guía: yo no tenía ganas de hablar; me limité a seguirlo por las callejas, mientras observaba —viendo ante mí su figura, que tan pronto se hundía en la sombra de las casas, tan pronto volvía a surgir, con movimientos leves, ágiles, casi como si bailara a la luz de la luna—, observé, digo, no sin alguna sorpresa, que no era, según me había parecido aquella misma mañana, y ello quizá a causa de su aspecto miserable, un hombre de edad, sino un joven y bastante joven por cierto. Le di una propina en la puerta del hotel, y desapareció en un salto, diciéndome algo que un momento después identifiqué como un Merci, monsieur.

Quizá por haber tomado mucho café, quizá porque la noche antes había dormido a pierna suelta, sin hacer luego, en todo el día, nada que pudiera cansarme, el hecho es que aquella noche me desvelé, cosa que hacía tiempo no me ocurría. Me había metido en la cama con intenciones de madrugar; pero hete aquí que en mitad de la noche, ¡zas!, me despierto sin sueño. Miro al reloj: las tres y veinticinco. Quiero volverme a dormir, y ya no lo consigo. ¡De ningún modo! ¡Nada: imposible! Cuando renuncié a mis esfuerzos, lo que acudió a mí en lugar del anhelado sueño fue, ¡claro está!, esa curiosa aventura de mi parentela mora, la sorpresa que, sin que yo hubiera podido ni imaginarlo, me estaba aguardando ahí, en aquella ciudad de Fez, desde… ¡bueno: desde hacía siglos!, y que ahora me permitiría aumentar con una anécdota nada vulgar mi repertorio. Me figuraba ya la curiosidad incrédula de fulanita, el comentario de don mengano, cuya mordacidad sabía sacar partido de la menor cosa, y, sobre todo, me veía a mí mismo, con un vaso de whisky en la mano, dentro de un grupo de amigos, contando el episodio de la manera más sugestiva, más amena: casi oía mis propias frases. En un momento lo vivido por mí —por mí, y por ellos, por esta buena gente— a lo largo de la anterior jornada, un día entero de nuestras existencias, se había reducido a la fútil materia de una anécdota.

Pero, a pesar de todo, la aventura en su conjunto no se me aparecía ahora, al repasarla en mi desvelo, con aquel divertido y risueño cariz que trajera cuando se me presentó, ni reproducía la excitación alegre de aquel entonces: muy al contrario. Es de admirar cómo el insomnio cambia todas las cosas, tornando lo blanco en negro: con el silencio de la noche, lo que había sido en la realidad un acontecimiento superficial, bueno a lo sumo para llenar el ocio de un domingo en una ciudad desconocida, se teñía de seriedad, adquiría un aire…, sí, melancólico y hasta temeroso, se apoderaba de uno embargándole el ánimo y —lejos ya toda burla, toda ironía, lejos incluso la ternura en que por instantes desembocara mi actitud inicial— pesaba sobre el corazón como una responsabilidad nueva, inesperada y, por ello, más grave, insufrible casi.

Uno tras otro, mas sin orden, confusos, repetidos, los detalles de nuestras conversaciones venían a fatigar mi vigilia, y de modo tal que, cuando no lo deformaba alguna ampliación grotesca, era suficiente la agria luz que ahora los iluminaba para convertir en detestable el recuerdo de aquello mismo que había sido amable, curioso o francamente cómico. Ahí estaba, por ejemplo, el risueño incidente, si tal puede llamársele, de la mermelada de rosas: «Yo misma la he preparado con mis propias manos». Pues bien, a pesar de ser su aspecto, según podía yo recordar cuantas veces se me antojara, el de una jalea diáfana, color carmín, bastante agradable a la vista, fijaba en el frasco los ojos de mi imaginación y, después de un rato, comenzaba a descubrir ahí pétalos macilentos, negruzcos, y entre ellos —lo que me resultaba por demás repugnante— una uña, del mismo color brillante, pero cuya consistencia le impedía disimularse por completo en la masa de viscosa gelatina. ¿Absurdo, no? Mas, sin poderlo evitar, la boca se me llenó de saliva por efecto de la imaginaria asquerosidad; me incorporé y, no queriendo levantarme, tuve que escupir en el suelo, junto a la cama… Sí, en el desvelo aun las cosas más triviales adquirían una especial malignidad que las hacía odiosas.

Ninguna me torturó tanto, sin embargo, como la cuestión del retrato de mi tía (le llamaba mi tía; no hubiera sabido, si no, cómo pensar en ella), el retrato digo que mi tía me había mostrado para que viese reproducida mi propia fisonomía en la de otro hombre, muerto desde mucho tiempo atrás. Lo había mirado y remirado entonces: y, no obstante, al evocarlo ahora, acudía a mi memoria medio desvanecido: sólo el arco de las cejas conservaba en el recuerdo un diseño nítido, sobre la triste mirada del joven Yusuf Torres brillando en la palidez de una cara borrosa, cuyos rasgos se perdían como si una mancha de agua caída en la pintura hubiera fundido los colores y corrompido las líneas. Mi tía me lo plantaba delante, y se burlaba de mí con una risa mala: «¿Quién es éste? Eres tú, y no lo eres; eres tú, después de que hayas muerto». La sentía decir eso, que nunca me había dicho; que yo sabía a ciencia cierta no me había dicho. Pero —de pronto— lo que me estaba metiendo por los hocicos no era ya el retrato de su antepasado, sino la foto del difunto tío Jesús, vestido de mamarracho, en el ajimez de cartón. ¡Dichosa fotografía! Por si el rancio sabor que me traía al paladar fuese poco, parecía deber suscitar siempre, ignoro por qué infalible mecanismo, el cuadro espantoso de mi tío muerto, allí tirado en aquel desmonte, junto a otras muchas víctimas, para que la chusma se solazara en hacer comentarios, y hasta en darle con el pie. Y yo, ahí delante, fingiendo indiferencia, como un curioso más… En vano procuraba apartar de mí esa visión; en vano, para escaparme de la escena, dirigía el pensamiento hacia otra cosa cualquiera, hacia mis preocupaciones actuales, mi negocio, mis planes de organización comercial y de campaña publicitaria; fuera lo que fuese, no tardaba mucho en retornar: derivaba hasta mis parientes marroquíes, recién estrenados; salía en seguida a relucir el viejo retrato «que hubiera podido ser mío»; detrás de él, la fotografía de mi tío Jesús disfrazado de moro, y por último, indefectiblemente, el desmonte maldito, mi tío asesinado, y yo parado ante su cadáver, disimulando conocerlo y reprochándole, en medio de mi aflicción, la imprudencia de su carácter, aquella su manera de ser que lo tenía que destinar al poco lucido papel de víctima.

¡Ay! ¿Por qué será que, durante la noche, cuando uno está desvelado, todo cuanto se le viene a las mientes toma ese aire tan pesado y angustioso? En pleno día, tantas veces como algún azar me traía a la memoria aquellos tristes sucesos de Málaga —y, por suerte, eran ya pocas; conforme pasaban los años, la cosa ocurría más de tarde en tarde, y con una pena atenuada, por misericordia del tiempo, que, según suele decirse, todo lo mitiga, o porque la sensibilidad se embota igual que una carne demasiado tocada por el cauterio—; cuantas veces me acordaba todavía de ello en pleno día, era capaz de hacerle frente al recuerdo, examinar con frialdad mi propia conducta y sentirme tranquilo, justificado. Y cualquiera que lo juzgue sin apasionamiento deberá, en efecto, reconocer que mi proceder durante ese turbio periodo fue razonable: el único sensato, en definitiva. Pues ¿qué podía haber hecho yo? Aumentar en una unidad —una unidad, para el mundo, que para mí esa unidad lo era todo, era ella el mundo entero, era yo mismo, José Torres (¿cuántos individuos con mi mismo nombre, José, y mi apellido mismo, Torres, cuántos otros José Torres no habría habido entre los asesinatos de una y otra parte?—, aumentar con un uno insignificante la cifra de las víctimas, sin beneficio para nadie: eso es todo lo que yo hubiera podido hacer. ¿De qué les hubiera servido a mi pobre tío Jesús, una vez muerto, que yo me señalara reconociéndolo, haciendo gestiones para recoger el cuerpo y enterrarlo? De nada le hubiera servido a él, y en cambio a mí hubiera podido comprometerme. No digamos si, dejándome llevar de los impulsos que ya casi me ciegan, a aquel sujeto inmundo que, al lado mío, se aplicaba por chiste a hurgarle la barba con la punta del zapato, le caigo encima y… Mas ¿para qué? En semejantes circunstancias, la menor imprudencia bastaba. ¡A saber por qué tontería no habría sido detenido el pobre tío Jesús!: ¡alguna de sus baladronadas, seguramente! Él no era hombre de aguantarse el genio; un infeliz en el fondo, pero ¡fantasioso, el pobre!…, ¡fantasmón!… Ya sé que eso es mera cuestión de carácter, y que él no tenía la culpa de ser como Dios lo había hecho; pero ¿la tenía yo, acaso? Dio lugar con cualquier majadería a que lo detuvieran, y, ¡eso sí!, entonces va y se acuerda de mí para mandarme recado; entonces, era yo, yo que tantos equilibrios había tenido que hacer para salir adelante, quien debía dar la cara y buscarle avales y poner remedio a sus sandeces, y jugarme por él, mientras que sus dos hijos, dejándolo entregado a sí mismo, lo pasaban tan ricamente del otro lado para terminar la guerra, como la terminaron, de jefes del ejército. Demasiado cómodo era venir luego a hacerme cargos, y hasta insinuar los muy canallas con sus reticencias si acaso yo mismo no lo habría denunciado para que lo liquidaran. ¡Canallas!… Hice lo que pude: le recomendé, al pobre viejo, por la misma vía que me llegara su recado, calma y silencio, silencio por encima de todo, y en ningún caso referirse a mí; pues su incontinencia verbal sólo podía contribuir a perjudicarle, perjudicándome a mí de paso. Mi posición no era tan firme, en tales momentos no había posición que fuera firme; cada cual tenía que afanarse por salvar el cuero, lo que no era ya chica tarea. ¿Puede reprochárseme que yo me agachara, en espera de que el temporal hubiese pasado? Salvé el cuero, y salvé además cuanto fue posible de los intereses de la Compañía. ¿Qué más se me podía exigir? De perlas le vino al gerente de la firma el que yo, su jefe de movimiento y expedición, apareciera de la noche a la mañana dirigiendo el comité obrero que se incautó de la casa; y todavía me da risa acordarme del inglés, la cara que ponía, con unos ojos como huevos, al verme hecho un responsable obrero, nada menos que todo un señor anarquista, con carnet sindical en el bolsillo y pistola al cinto, mandoneando a mi gusto, y tratándole con insolencia delante de los demás. Palpaba con sus manos el muy bobo que con aquella farsa le estaba preservando, en lo que cabe, los intereses de la empresa, y no terminaba de entenderlo. Claro que no había mucho a preservar: una firma exportadora —y, más aún, extranjera— poco podía sufrir, aparte del quebranto producido por la paralización de los negocios (que luego compensaría con creces). Los locales, incautados; pero ¡cómo no los iban a arrancar del suelo!… Incluso se recuperaron los almacenes mejorados con las reformas que en ellos habían hecho para acondicionarlos como depósito de guerra. Las mercancías que teníamos almacenadas al comenzar la guerra, volaron, por supuesto; los vinos y licores finos se bebían como agua. Y además, hubo que seguir pagando los sueldos a todo el mundo… Resultado: que tuve habilidad; habilidad y —¿por qué negarlo?— bastante suerte. Si en vez de ser una casa exportadora cuyo personal estaba formado en su mayoría por oficinistas, se hubiera tratado de alguna industria, dificilillo me habría resultado a mí, que era uno de los jefes, camuflarme y asumir el control de la empresa incautada, e impedir así los peores desmanes. Sólo yo sé los equilibrios que tuve que hacer. Pero, en fin, la cosa me salió bastante bien; a decir verdad, muy bien. Pude bandearme hasta el último momento, y nada me costó después, llegada la oportunidad, exagerar los riesgos corridos y los servicios prestados: toso el mundo exageraba y mentía, todo el mundo se quería hacer valer como casi héroe y casi mártir, girando a beneficio propio sobre el efectivo de las víctimas que había habido; pero no todos podían presentar, como yo, un tío carnal —¡pobre tío Jesús!— asesinado por las hordas rojas. De otra parte, ahí estaba el gerente: él me había visto actuar, no sin inquietud al comienzo, luego ya tranquilo; y ahora, al verme cómo brujuleaba en la nueva situación, viene y me pide consejo y se pone en mis manos para que yo condujese las cosas en los primeros instantes, apenas las fuerzas italianas liberaron Málaga. Fue un momento glorioso; y sólo me lo amargó un tanto el ver cómo cogían uno tras otro a varios de los empleados de la casa —los pocos que no habían huido carretera adelante— para ponerlos contra el paredón. Los pobres diablos no sabían qué hacerse ni qué pensar viendo al camarada responsable, con quien hasta el día antes habían bebido mano a mano el jerez y el coñac de la empresa, ahora otra vez a partir un piñón con la gerencia; y me echaban unas miradas de angustia… Pero ¿qué iba a hacerle yo? ¡Buenos eran aquellos momentos para salir en defensa de nadie! No, nada podía hacer por ellos; ni siquiera —pues hubiese resultado imprudente— decirles la media palabrita que se me quería salir de los labios para advertir a los muy pazguatos que corrieran a esconderse… Esto sí, esto me amargó las horas del triunfo. Esto, y luego la brutalidad de mis primos, empeñados en cargar sobre mis espaldas la responsabilidad por la desgracia ocurrida a su padre: como si yo tuviera culpa de las intemperandas suicidas del viejo, y de que ellos mismos, ansiosos de hacer carrera, se hubiesen pasado a la otra zona, dejándolo abandonado a su humor en medio del fregado. ¿Cómo iba yo a prever que los acontecimientos se precipitarían, sin darme tiempo siquiera a pensar el modo de echarle una mano? Le había recomendado calma y silencio; era lo mejor que podía recomendarle. Sólo que ese silencio… se hizo definitivo. Que me digan a mí qué hubiera podido intentar para impedirlo. ¿Qué se hallaba de vituperable en mi conducta? ¿Qué otra cosa podían haber hecho, dada mi situación, en circunstancias tan difíciles, tan peculiares? Quien lo analice fríamente y no sea un perfecto animal comprenderá y justificará mi manera de proceder. A mí, la conciencia nada tiene que reprocharme a la luz de la razón.

Lo malo es que, por la noche, cuando uno ha tenido la mala pata de desvelarse, la razón se oscurece, se turba el juicio, y todo se confunde, se corrompe, se tuerce y malea. Entonces, aun las cuestiones más simples adquieren otro aspecto, un aspecto falso; vienen deformadas por el aura de la pesadilla, y no hay quien soporte… Eso fue lo que a mí me pasó aquella noche; no lograba expulsar de la imaginación la mueca de mi tío Jesús, asesinado junto a unos desmontes; por más que hiciera, no conseguía librarme de ella. Entretanto, me revolvía en la cama, cada vez más nervioso: ya las sábanas estaban arrugadas, me molestaban, y era inútil que procurase alisarlas pasando y repasando la pierna a lo ancho: sus pliegues se multiplicaban incansablemente. Y yo, cambia que te cambia de postura, boca arriba, boca abajo, de medio lado al borde de la cama, con un malestar creciente… ¿Qué demonios me pasaba? ¿Qué era aquello? Tenía la boca llena de saliva, y sentía en el estómago un peso terrible. La comida… Varias veces me había negado al recuerdo de la comida, que pretendía insinuarse en mí; a cada solapado asalto, me cerraba, pensaba en otra cosa. Pero ahora, de pronto, se me coló de rondón la ridícula idea. Una idea absurda. Me pregunto yo de qué valen las luces de la inteligencia si es suficiente un simple empacho para que tomen cuerpo en uno las más disparatadas impresiones y, con increíble testarudez, se afirmen contra toda razón. Véase cuál fue la estúpida ocurrencia: que aquel peso insoportable, aquí, en el estómago, era nada menos que la cabeza del cordero, la cabeza, sí, con sus dientecillos blancos y el ojo vaciado. No hacía falta que nadie me dijera cuán disparatado era eso: ¿acaso no sabía muy bien que la cabeza no se había tocado? Allá se quedó, en medio de la fuente, entre pegotes de grasa fría. Si por un instante había temido yo que me la ofrecieran como el bocado más exquisito, es lo cierto que ninguno llegó a tocarla: para la cocina volvió, tal cual, en el centro de la fuente. Y sin embargo —incongruencias del empacho—, la sensación de tener el estómago ocupado con su indomable volumen resultaba tan obvia, tan convincente, que ya podía yo decirme: «¡la cabeza volvió a la cocina sin que la tocara nadie!», no por eso dejaba de sentir su asquerosa y pesada masa oprimiéndome desde abajo la boca del estómago.

Pues Señor, la comida me había caído como una piedra; tenía indigestión, eso era todo. Ello, y no el café, es lo que me había despertado y lo que, evidentemente, me había traído pensamientos tan negros. «¡Si al menos consiguiera devolver!», pensé. No lo creía; sentía repugnancia, pero no creía poder vomitar. Me observé, con mis cinco sentidos alerta: ¡no, no iba a conseguirlo! Bueno, ya se pasaría: era cuestión de distraerme. A tales horas, no me resolvía a pedir una taza de té, que es lo que me apetecía y lo que me hubiera aliviado. Me volví, pues, hacia abajo y, así, acurrucado y con la cara puesta de medio lado sobre la almohada, pareció atenuárseme la molestia.

Maldecía ahora de haberme dejado llevar por la tonta aventura de los nuevos parientes moros hasta el extremo de aceptar aquella bárbara cena que tan mal me había sentado. Y ¡qué insistencia la de la bendita gente! Por ellos, hubiera tenido que engullirme yo solo todo el cordero. ¡Qué insistencia!… De pronto, me pareció que aquello iría a pasarme. Me invadía un dolorido bienestar, y hasta comencé a sentir que me adormilaba… Me veía parado en el quicio de una puerta, y a mi tía mora haciéndome prolijas recomendaciones; percibía su emoción, su resistencia a soltarme la mano, esa afectuosa jovialidad que tanto me comprometía y me hacía tener vergüenza de mí mismo. Y todo ello me transportaba a otros tiempos, a las tardes soleadas de mi infancia, allá todavía, en Almuñécar, cuando alguna vez, convidado a comer en casa de mi tío Manolo, cuyas salidas chuscas tanto me divertían, doña Anita, su mujer, con Gabrielillo de la mano o colgado de sus faldas, me entregaba al despedirme, entre mil encarecimientos, una torta de aceite «para que mi madre la probara», a la vez que me abrumaba de recados, de saludos… Ya la buena de doña Anita estaba debajo de tierra desde hacía años, y muerto estaba también — trágicamente— aquel Gabrielillo que —como ella solía protestar— siempre se le andaba enredando entre las piernas. ¿Viviría el tío Manuel? Mucho tuvo que sufrir el infeliz, no sólo por los malos tratos de la cárcel, donde lo detuvieron más de dos años, sino también por la muerte del niño y, sobre todo, por las ignominias que entretanto padecieron sus hijas. Puede ser que ahora les vaya bien en América —pensaba yo—. Les había perdido el rastro por completo; quizá les fuera bien.

¡Ay, ay! Otra vez mi estómago. No, no se me pasaba el malestar; al contrario, cada vez me sentía peor. La cabeza del cordero me pesaba ya insoportablemente; me arañaba con sus dientes en las paredes del estómago, y me producía náuseas. Me tiré de la cama, y me fui deprisa para el cuarto de baño, haciendo bascas. «¡Corre, corre, que pierdes el tren! ¡Ay, apenas si alcanzo!». Se había puesto a dar topetazos, se me subía a la boca, estaba rabioso, quería escapar. «¡Bueno, anda, lárgate! ¡Afuera!… ¡Gracias a Dios!…». Me brotaban lágrimas y gotas de sudor frío; creí morirme. Y ¡qué cara tenía, Padre Eterno; qué cara! Me enjuagué bien la boca en el lavabo, descargué agua en el inodoro, cerré la puerta, me volví tambaleándome a la cama, y pronto me quedé dormido.

Cuando, a la mañana siguiente, abrí los postigos del balcón, el sol avanzó hasta la mitad de la pieza. Me había despertado tarde, pero muy despejado. Con un despejo alegre, que me sostenía y me mostraba las cosas a una luz nueva. Todas las musarañas de la noche se habían dispersado; y ¡qué bien que me sentía ahora, libre de ellas! Sí, tenía una lucidez sorprendente: no era sólo que hubiese superado todos esos íncubos, fruto de una estúpida indigestión; era también que el plan de mi viaje de negocios, algo borroso hasta ese momento, se me presentaba de pronto coherente, razonable, perfilado, y más prometedor que nunca. Veía claro como el agua todo cuanto convenía para la mejor organización de la Radio M. L. Rowner en Marruecos, sin las dudas que antes me habían hecho vacilar acerca de ciertos detalles, dejándolos en el aire, y —lo que es más— sin esa vÁguedad de perfiles en que todo había permanecido hasta entonces por la obra de una especie de pereza mental que falazmente me aconsejaba confiar en improvisaciones sobre el terreno. Ahora, nada de eso; en esta mañana luminosa, cuya atmósfera no se sentía, y donde el cuerpo parecía moverse con feliz ingravidez, la iniciativa había pasado a mis manos. Diríase que aspectos y reflexiones asimilados en el sopor del viaje y cien veces retomados al descuido entre providencias y menudas preocupaciones prácticas, se organizaron de golpe en aquella mañana lúcida, y que ahora ya podría marchar con seguridad completa en mis gestiones.

Por lo pronto, ¿en qué había estado pensando cuando se me ocurrió tomar el pasaje de avión para Fez? Pues… ¡en nada!; no había pensado en nada, la verdad sea dicha. Mecánicamente, se me había ocurrido dirigirme a la capital de Marruecos, y hasta instalar en ella la sede de la representación, sin darme cuenta de que para tales asuntos poco y nada tienen que hacer las autoridades, sean indígenas, sean del Protectorado. Conforme reflexionaba en esto, más necia me parecía mi inconsulta decisión, y más me asombraba de haber obrado así. ¿Qué demonio tenía yo que hacer en Fez, y qué se me había perdido por acá? La verdadera capital comercial de la zona es Marraquech, no Fez. Allí era donde hubiera debido encaminarme. Y allí me encaminaría. Total, no se había perdido gran cosa…

Pensé llamar al conserje para informarme; mas, como ya estaba casi terminado mi aseo, me pareció preferible bajar al vestíbulo, donde encontré, como siempre, al uniforme de los grandes botones dorados. Por él supe que el tren para Marrakech salía a las diecinueve y veinticinco; pero que había una línea de ómnibus, con coche cada dos horas. ¿El próximo? El próximo (echó una mirada al reloj: eran las nueve y cuarto; otra, al horario, fijado en la pared, junto a varios cartelitos, detrás del mostrador), el próximo salía a las diez y treinta; dentro de una hora y cuarto.

Sin extrañeza, recibió el encargo de reservarme por teléfono, para ese primer ómnibus, un buen asiento («Del lado de la sombra lo deseará el señor, ¿verdad?»); y entretanto tuve tiempo holgado de cerrar mi equipaje —lo que para mí es cuestión de nada—, hacerlo bajar a la portería, abonar mi cuenta, desayunar tranquilamente, e irme sin prisa hacia la estación de la línea.

Iba contento. Una vez en la estación, y después de las habituales diligencias, tomé posesión de mi sitio en el interior del ómnibus, sólo a medias ocupado todavía, y saqué una libreta de notas y un lápiz para entretenerme en echar mis cuentas: la factura del hotel, lo gastado el día antes en el restaurante, luego en el café (el joven Yusuf Torres no había pagado sino el tranvía del cementerio), algunas propinas, el billete de ómnibus hasta Marraquech —aunque esto quizá no correspondiera incluirlo ahí—; en fin, convertí la suma de francos a dólares: 12,30 exactos. No era mucho. Y, en cuanto al tiempo perdido, poco menos que nada.

Ya se acomodaba el chófer en su puesto y ponía en marcha el motor cuando me pareció distinguir, en un grupo de moros que por allí andaba, al individuo que veinticuatro horas antes me había llevado el mensaje de mis estrafalarios parientes: el criado de mi tía, jardinero, mozo, o lo que fuere. Tuve un sobresalto y (¡qué tontería!) miré para otro lado; a punto de volver a levantar la vista para cerciorarme de que, en efecto, era él, advertí que, por su parte, me había descubierto y parecía dispuesto a acercarse. No lo hizo; por el contrario, salió corriendo, y ya se alejaba con la cara vuelta cuando arrancó el dichoso ómnibus… A poco, doblábamos la esquina, y transponíamos.

(1948)

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