El señor de los lobos

Miguel Rubio Artiaga

 

 

Los picos nevados. La cordillera entera, con sus valles encantados, donde parece que la bruja del cuento estuviera vigilándote encorvada y difuminada en la niebla, en rincones mágicos, vírgenes de las huellas de los hombres.

Robles erguidos, sobre el pedestal encumbrado de sus propias raíces. Fresnos  y hayas hablándose de ladera a ladera , el viento ululante en las ramas, el lenguaje secreto de las hojas  de la encina sagrada, del Oráculo griego de Dodona, rival de Delfos. Manantiales escondidos en cuevas, donde el agua surge de la piedra, como un pequeño volcán transparente. Montañas comunicadas por secretos desfiladeros. Atajos imposibles, sendas olvidadas, los lugares más mansos del río para cruzarlo.

Lo conocía todo. En su cabeza estaban enraizados todos los conocimientos ancestrales y atávicos de sus antepasados. Más que aprender, recordaba. Su intuición y experiencia hacían el resto.

Era El Señor de los Lobos. Líder de su propia manada y respetado por todas las demás, que compartían en sus propios territorios la cordillera. A su aullido, contestaban uno a uno , convirtiendo las montañas en el eco sinfónico del lamento desgarrador de un agudo cante jondo, combinado con el grave resonar de un blues, alma irredenta de esclavos negros.

Noches de Luna llena, arropadas por el adorador concierto.

Era El señor de los Lobos, conocía las montañas, llevaba muchos años trotando por ellas en compañía solo de su manada y las cómplices estrellas, ayudado por su mirada nictálope. Señor de los montes nevados, de sus bosques y sus árboles centenarios. Si tocaba esconderse, conocía cada arroyuelo, cada poza de agua, si la sed apretaba en la temporada seca y escondida.

Guardaba en su memoria, los ocultos barrancos, las abiertas cañadas y las escondidas cuevas.

Desde las aulladoras cimas hasta las confortables madrigueras, donde las hijas de sus hijas, amamantaban los lobatos en su escondite cálido y secreto.

Era el Señor De los Lobos, un animal con muchas lunas gastadas, con el cuerpo esculpido por, tantas cicatrices, que las había paralelas, perpendiculares y superpuestas. Para el resto de los compañeros, eran como medallas ganadas en combate.

Un lobo de tamaño mediano, pelaje gris oscuro, con la mirada de astucia de siglos. Rondaba los siete años y medio. Una edad muy avanzada para un animal de su especie en la naturaleza.

Su valor, basado en el desprecio a la muerte y sus atávicas mañas, le habían llevado a doblegar a machos mas grandes y jóvenes que él. Hacía ya tiempo que no tenía que pelear con ninguno de sus congéneres. El  liderazgo lo ejercía desde el respeto, no desde el temor como era la  norma común, entre los congresos por el poder de los lobos. Un respeto, incluso por encima de la llamada brutal del sexo encelado de las hembras en Primavera.

Su estirpe era la primera en ser aceptada como principal, por toda la manada. Y en su cuidado y protección se encargaban, sin un mínimo resquicio de duda.

La sangre embrujada de Luna del Señor de los cánidos libres, debía permanecer a salvo. Era el compendio, de la sabiduría de miles y miles de lobos en su devenir libertario. Una enciclopedia de Libertad, nunca negociada.

Ya no era solo el jefe de la manada. A su llamada nocturna, acudían todos los jefes de las manadas más lejanas. Su instinto, era la suma de miles de instintos, que pertenecieron a toda una saga, de las antiguas sombras cazadoras que vivieron antes que él en aquellas montañas.

Su compañera de siempre, una hermosa loba blanca, poco mas joven que él, había muerto esa misma mañana. La figura esbelta, que parecía ir siempre vestida con una capa de nieve recién caída y que tantas veces había trotado a su lado, en las noches de luna brillante o deslunada, ya no volvería a hacerlo más.

La hembra, que parecía cubierta de nubes, se había ido con ellas. Era muy mayor, para sobrevivir al parto. Se había ido con la mirada de su compañero puesta en la suya. Se había ido con un cerrar los ojos sereno, un irse a dormir arropado.

Solo un machito, había sobrevivido. Fue el único, en poder respirar al final el aroma a espliego, romero y tomillo que rodeaba la madriguera.

Llegado el momento, la loba segunda en rango del clan, lo adoptó de inmediato poniéndole en el lugar principal de su propia camada.

El viejo lobo permaneció tumbado, en silencio, el resto del día, al lado del cuerpo inerme de su compañera.

Sólo con el tardío atardecer se levantó y sin mirar atrás se dirigió con paso firme a la madriguera de la hermosa loba de pelo oscuro como el carbón vegetal que había adoptado a su hijo. Tanto ésta, como su compañero, un ejemplar ya maduro, llamado a ser su sucesor en el Clan, le abrieron paso con el respeto de un alumno a su maestro.

Con los dientes convertidos en cunas de algodón, el legendario lobo tomó al recién nacido con la dulzura del guerrero que deja respirar por fin la ternura reprimida toda una vida.

Cuando salió del refugio con su preciada y ligera carga, las cansadas luces del atardecer parecían irse, acunadas y somnolientas, en la estela anaranjada de La Puesta de Sol.

El Señor de Los lobos con paso ceremonial, sentido, consciente de la importancia del momento, se dirigió seguro a la cima más cercana. Allí estaba situada la roca plana, clavada sobre el mismo acantilado, que le pertenecía como trono natural. Desde allí era donde sus aullidos reclamaban, en las noches, la atención de la Luna, a la espera de sus consejos.

Esa noche, un disco blanco enorme, en su redondez pálida y reflectante, que parecía estar más cerca de la Tierra de lo normal, lo estaba esperando. Bajo el resplandor lunar, en una  reunión  convocada por las campanas y los tambores y trompetas del instinto, le esperaban los jefes de todos los clanes lobunos de las montañas.

El Señor de los Lobos, ya instalado en su piedra, en lo más alto, depositó suavemente a su hijo sobre ella, a sus pies. Un cachorro, con los ojos todavía cerrados al entorno que le rodeaba. Y el curtido lobo mirando a la Luna aulló, aulló como nunca lo había hecho hasta entonces. Y aullaron, con él y por él, los demás lobos. Y aulló con ellos el viento, entre los bosques y los desfiladeros. Hasta el eco, uniéndose al coro, resonaba mucho más fuerte. Un lamento desgarrador, como nunca se había oído, cercenó como una daga el silencio nocturno de las montañas.

Esa noche, la contestación de su sabia consejera, no tardó en llegar. Ese cachorro, ahora desvalido, sería el destinatario de la sabiduría de todos sus antepasados. Los iría recordando a medida que el paso de las primaveras siguiera fundiendo la nieve de las altas cimas de la cordillera. Sus padres adoptivos y el resto de la manada se encargarían de que su destino se cumpliese.

El Señor de los Lobos ya tenía sucesor. Los pactos de los cánidos libres, a la luz de la Luna Llena, eran tan firmes en el tiempo como las mismas montañas donde habitaban.

El viejo y respetado líder de todos los clanes lobunos miró por última vez al cachorro, bajo un foco lunar, empolvado de estrellas.

El anciano legendario, callado, orgulloso, seguro de su destino, enfiló despacio la ladera de su atalaya ceremonial y lentamente, se perdió en la espesura. Desapareció.

No se le volvió a ver ni a escuchar sus aullidos reclamando la atención de la Luna. Desapareció.

Esta leyenda, delante de una taza de cognac, con unas gotas de café, me la contaba un viejo leñador, en una aldea apartada en plena cordillera, sentados los dos en una rústica mesa de madera que formaba parte, como el olor mismo a chimenea, del único bar existente en aquel pueblo olvidado. Me contó también cómo su padre  y el padre de su padre y él mismo siendo joven, habían visto, en sus trabajos en los bosques más apartados de la gente, pasear alegres y juguetones, una solitaria pareja de lobos.

El macho, un mediano ejemplar de color oscuro y altivo caminar.

Ella, en los días nevados, se difuminaba, como una feliz sombra, con el color blanco de la nieve.

 

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