Crónicas de un viaje a La India: Cuaderno IV

Violeta Balián

 

 

CUADERNO IV

 Dejamos la casa de los Ganguly y caminamos al hotel.  Henry me preguntó si a la mañana siguiente estaría dispuesta a hacer la visita a los ghats de Benarés.

—Sí, por supuesto.   A eso hemos venido.  Además, se lo prometimos a Sanjay –dije.

Sanjay Ganguly había encomendado que me llevara al Manikarnika, un ghat crematorio donde las cremaciones se hacen las 24 horas del día, todo el año.

—Es el más popular, el más concurrido.  Pero, ten en cuenta de que por la tarde debemos volver a Kanpur. A causa de tu enfermedad nos hemos demorado y estoy preocupado por Mary.

Asentí.  Parecía malhumorado.

 

Foto: Los ghats de Benarés

 

Amanecía, apenas.  A pie, por un laberinto de calles estrechas y sucias, atravesamos el Chowk, el barrio más antiguo de la ciudad.  Decía Kim que Benarés era un sitio mugriento y cuánta razón tenía ese bribón.  Estaba claro que debíamos continuar con los ojos bien abiertos no fuera que tropezáramos con algo desagradable.  Por suerte, a esa hora de la mañana, las calles estaban desiertas salvo por los carros de bueyes cargados de leña o los rebaños de búfalos que bajaban a darse un chapuzón.  El sagrado Ganges, compartido tanto por animales como personas.  Tomamos un guía; de otro modo, nos hubiésemos perdido.  El joven nos condujo por callejuelas de paredes blancas, decoradas con pinturas de sahibs y memsahibs, soldados de la Compañía o rajás montados sobre elefantes, cazando tigres. Imágenes de incongruente nostalgia, realizadas en negros, amarillos y delineadas en un azul fuerte. A medida que el tránsito aumentaba, nos cruzaban rickshaws, motos, personas, vacas, perros, hasta difuntos cubiertos de flores, transportados en camillas por hombres semidesnudos que iban gritando: Ram Nam Sach Hai (El nombre de Dios es la verdad).  Montañas de troncos y madera. Más el olor, inconfundible, anunciando que estábamos muy cerca de los crematorios.  Dejamos al guía atrás y nos hicimos paso entre los mendigos –guardias de honor de los muertos vivos—que nos susurraban frases incomprensibles hasta que llegamos al río y las escalinatas.   Salía el sol, y brillaba a través de la niebla.  El agua, parecía tener la consistencia del aceite.  Más allá, por el río, pasaban las barcazas con su carga de mujeres vestidas de blanco, navegando, silenciosas y, sin dejar estela hacia una orilla invisible.  Naves amarillentas, del color de huesos viejos que le agregaban escalofríos a la escena horripilante.  Y era como cruzar el Estigia pero flanqueados por cientos de otras barcas, inmóviles, ante el espectáculo de todos los fuegos que incineran y despiden a los difuntos o, los espirales de los templos elevándose por encima de las pilas de leña y el fuego sagrado.  Alrededor de las escalinatas, sobre las piras aun no encendidas, y donde hubiera lugar, veíamos los cuerpos envueltos en sábanas color ocre esperando sus turnos mientras las vacas, entusiasmadas mordían las sogas de pasto y algunos morbosos se calentaban las manos junto a las piras ardientes.  Cenizas y caléndulas.  A pocos pasos, y ya en el agua, los bañistas que buscaban la purificación, frotándose los pies contra las piedras y echándose, con un cuenco, el agua inmunda sobre sus cabezas. A la vista, un conjunto de ghats, y una representación simultánea del ritual milenario.  Bajamos al río.  Un sacerdote nos colocó una guirnalda de flores al cuello y con un toque de ceniza en la frente, nos hizo subir a un bote.  Las flores, al río, dijo Henry.  Así lo hice, viéndolas flotar, aquí y allá, a veces, junto a trozos humanos que habían escapado del fuego.

Por la tarde, tomamos el tren de regreso a Kanpur.  Hablamos poco, Henry y yo. Pero, al menos, conseguí comunicarle que mi estadía en Kanpur, Lucknow y, de hecho, la India, se acercaba a su fin.  En dos días, debía viajar a Lucknow.  Tenía una cita con el profesor Shankar. Calculaba que para esa fecha tenía las opiniones las opiniones de la Junta académica.  El próximo semestre de clases, en San Francisco, comenzaba la primera semana de febrero.

Y, además, tenía una excursión pendiente: la visita a La Martinière, el legado francés a Lucknow. Veena, una de mis compañeras de grupo, se había comprometido a acompañarme.  Con Henry, ya habíamos arreglado que él me acompañaría a Delhi.  Personalmente, quería evitar que Lucknow me encajara a los Chaudhary. Sugerí, entonces que en el camino a Delhi no estaría mal pasar por Agra y visitar el Taj Mahal.

—Buena idea.  También sería interesante que visitaras Rajastán –dijo Henry.

—Es verdad, pero no creo que sea posible, a menos que tome una excursión guiada.

—Podría acompañarte, si quieres. Yo tampoco conozco esos lugares.

Hicimos algunas cuentas.  Viajaríamos a Delhi.  Luego, en avión a Udaipur, regresando via Jaipur a Delhi, a tiempo para mi partida a Tokio y San Francisco.

Me presenté en la oficina del profesor Shankar.  La Junta académica había aprobado mi presentación.  Ese papel era todo lo que necesitaba para presentar mi trabajo en San Francisco.  Misión cumplida.

Con mucha emoción me despedí de los compañeros y profesores que me habían acompañado por tantas semanas en Lucknow.  La experiencia había sido extraordinaria.   Y, esa tarde, Veena y yo visitamos La Martinière.

No anticipaba mucho en esta visita. Contaba con los datos históricos de su valiente defensa en 1857 durante el ataque de las fuerzas rebelde. También de su fundador, el aventurero y general, Claude Martin (1735-1800), nacido en Lyon que con sus tejes y manejes llegó a ser un oficial del ejército británico en la India.  Martin dejó un legado importante tanto en sus escritos, edificios e instituciones educativas, fundadas póstumamente, como las siete que llevan su nombre: dos en Lucknow, dos en Calcuta y tres en Lyon, Francia. La Martinière en Lucknow fue fundada en 1845 como una escuela para varones.

 

Foto: La Martiniere

 

Mi interés por la escuela se debía particularmente a su conexión con la literatura, más específicamente, la escuela en la que el pícaro Kimball O’Hara (Kim) tuvo la oportunidad de pasar un tiempo y que Kipling denomina St. Xavier.  En Lahore, Kim conoce a un lama tibetano quien, incansable, busca el río de la Flecha.  Kim se convierte en su chela o discípulo, pero al cabo de varias aventuras, el lama le convence que debe estudiar.  Después de todo, es un sahib; no puede echarle trampas a su destino.  Finalmente, el jovencito es enviado a Lucknow, a una prestigiosa escuela británica, sin sospechar que sus estudios los financia el mismo lama.

Según Kipling, “son de escaso interés las experiencias de Kim como alumno de San Javier, entre doscientos o trescientos jóvenes precoces, la mayoría de los cuales jamás habían visto el mar”.  Kim sufrió “los típicos castigos…antes de que aprendiera a escribir con corrección en inglés…y, como cabía esperar, lo reprendieron por fumar y consumir de forma abusiva el tabaco más apestoso …que se había visto en San Javier…aprendió a asearse con la escrupulosidad levítica de un nativo, que en el fondo opina que el hombre inglés es bastante sucio…hizo las jugarretas de costumbre a los pacientes culíes que agitaban los abanicos en los dormitorios.  Sus compañeros eran hijos de funcionarios de los servicios de ferrocarriles, telégrafos y del canal; comandantes en jefe de un rajá feudatario, de capitanes de la armada india, pensionistas del gobierno, hacendados y misioneros.  Un par de ellos…hijos menores de antiguas familias euroasiáticas…los Pereira, los De Souza y Da Silva…cuyas familias podrían haberlos educado en Inglaterra, pero sus progenitores aun amaban la escuela de su juventud, y generación tras generación, hombres de piel cetrina estudiaban en San Javier”.

Con Veena, recorrimos las dependencias de La Martinière, un edificio que desplegaba una rara mezcla de estilos.  Las habitaciones, decoradas con bajo relieves, arabescos y otras ornamentaciones al estilo italiano.  Al dar una vuelta por la explanada, descubrí una placa conmemorativa que listaba los alumnos que participaron, en 1857, en la defensa de La Martinière. Entre todos ellos, me sorprendió ver nombres de origen armenio, una etnia cristiana, la mía, a la que no sospechaba residiendo en la India.  Años más tarde, descubriría mucho más sobre las actividades de esta comunidad en el subcontinente,  en ciudades como Madrás, Delhi, Calcuta y Bombay.

De vuelta en Kanpur, me tocó despedirme de los primos y amigos de Henry y Mary.  En verdad, conocerlos a todos ellos había sido una experiencia inolvidable, en especial, a Margaret Gupta.  Llevaría conmigo muchos y gratos recuerdos.  Y prometí enviar una línea de vez en cuando.

 

Foto:  Fatehpur Sikri

 

El equipaje listo, y en mi bolso, la cajita de marfil, el obsequio de la señora Ganguly, partimos hacia Agra donde pasaríamos dos días visitando el Taj Mahal, algunos palacetes vecinos y Fatehpur Sikri, la “ciudad fantasma” y situada a pocos kilómetros de Agra.  Me interesó.  Allí se asentó la capital mogola, pero de aquellas glorias sólo quedan la grandísima mezquita, el precioso palacio con sus numerosos patios y edificios.  La erigió Akbar, el emperador mogol, entre 1571 y 1585, en honor al santo Salim Chishti, a quien acudió, desesperado al no conseguir un hijo varón.  Fatehpur Sikri forma un bello ejemplo de la ciudad amurallada mogol, con grandes zonas públicas y privadas. Se cree que tuvo que ser abandonada, al parecer, por falta de agua.  Saquearon y robaron muchos de sus tesoros, pero aún conserva su magnífica arquitectura, mezcla de los estilos hindú e islámico.  Es parecida al Fuerte Rojo de Agra, pero más barroca.

 

Foto: Bailarina en Udaipur

 

En Delhi, y ya en el avión con destino a Udaipur, le comenté a Henry cuán contenta estaba de hacer este viaje a Rajastán.  Tenía la impresión de que era una región encantada. Naturalmente, me habían influenciado las novelas históricas de la India, de última moda, ya fueran las de las guerras internas de Rajputana, como en el caso de Pabellones Lejanos de la novelista inglesa M. M. Kaye o, El Cuarteto del Raj, del escritor Paul Scott, cuyo primer libro, La Joya de la Corona apareció por la televisión a principios de 1984.y trataba de los últimos años del Raj británico.

Henry reaccionó con un encogimiento de hombros y manifestando una franca hostilidad.  No estaba segura qué le ocurría, pero era evidente que eran los primeros síntomas de su compleja enfermedad.  Ni Margaret ni el Dr. Gupta estaban cerca por lo que decidí no darle importancia. Tampoco le hablé en la hora y tanto que duró el vuelo a Udaipur, nuestra primera escala.

Ya en la ciudad, camino al hotel, me pidió el pasaporte.  Dijo que lo necesitaba para hacer el trámite en conserjería.  Accedí.  Ya estaba acostumbrada.  En la India, los trámites y cualquier otro papeleo lo hacen los hombres, o quien esté a cargo de mujeres y niños.  Volvió y cuando le pedí el documento, contestó —: Más tarde.

Tomamos un taxi y recorrimos los alrededores de esta hermosa ciudad, la “perla de Rajastán”, que abunda en fortalezas y palacios como la mayoría de las ciudades de la región. Sin embargo, Udaipur marcaba la diferencia con su sofisticada elegancia, sus palacios, lagos, templos y jardines que parecen sacados de un cuento de hadas.

 

Foto:   Hotel Palacio del Lago, Udaipur

 

Sobre la Isla Jagniwas, en el Lago Pichola, se asienta el Lake Palace Hotel, un gran hotel de lujo que fuera la residencia estival de la realeza, en el siglo XVIII. El hotel puede ser visitado, siempre y cuando se reserve mesa para almorzar o cenar, y una lancha lleva hasta allí.

Durante el famoso motín de 1857, varias familias europeas huyeron de Nimach y usaron la isla como refugio, que les fue ofrecido por el Maharana Swaroop Singh. Para proteger a sus invitados, el Rana destruyó todos los barcos de la ciudad, de manera que los rebeldes no pudieran alcanzar la isla.  Pero, en la segunda mitad​ del siglo XIX, el tiempo y las condiciones climatológicas afectaron a los extraordinarios palacios acuáticos de Udaipur. Pierre Loti, el famoso escritor francés de principios del siglo XX, dijo que la isla JagNiwas estaba “desmoronándose lentamente en las emanaciones húmedas del lago.” Aproximadamente en la misma época, los ciclistas Fanny Bullock Workman y su esposo William Hunter Workman se angustiaron por el “estilo barato y de mal gusto” de los interiores de los palacios acuáticos con “un surtido de débil mobiliario europeo, relojes de madera, ornamentos de cristal coloreado, y juguetes de niños, todo lo cual hace que el visitante se sienta fuera de lugar, donde él naturalmente esperaría una muestra digna de esplendor oriental.“​  Entre los años 1930 a 1955 se añadió otro pabellón pero el Jag Niwas siguió sin alteraciones y decayendo.  Geoffrey Kendal, hombre del teatro, describió el palacio durante su visita en los años cincuenta como “totalmente abandonado, la quietud rota únicamente por los murmullos de nubes de mosquitos.”

Finalmente fue Bhagwat Singh quien decidió convertir el palacio de Jag Niwas en el primer hotel de lujo de Udaipur. Y Didi Contractor, un artista estadounidense, pasó a ser el asesor de diseño para el proyecto de este hotel.

El Palacio del Lago colmó mis expectativas. Parecía salido de las Mil y Una Noches. Todo estaba en orden.  Ni mosquitos ni humedades. Así que faltando una hora o más para la cena que habíamos reservado, Henry y yo recorrimos todos los salones accesibles al público visitante, más las torres y los jardines.  En uno de esos salones   conocimos a una pareja de ingleses, Moira y Alan Wilson.   Alan era profesor en Oxford, especialista en la historia de Rajastán.  Moira, una periodista.  Hablamos con Alan de todos los temas históricos, de las investigaciones que había hecho en Lucknow, etc.  Y con Moira comentamos las dificultades, la pobreza de la India, las constricciones sociales. La velada iba bien, eso creí hasta que Alan sugirió que fuéramos, los cuatro, a ver el show de danzas típicas de la región, en el salón auditorio del hotel.  ¿Nos interesaría asistir?  Henry, cambiando de expresión y en malos modos, respondió que no. Que no era posible., dijo, terminante.  Teníamos no sé qué agendado para el día siguiente.  No dije nada   Nos despedimos de los Wilson.  De vuelta en el hotel, antes de subir a nuestras habitaciones, le pedí explicaciones. No fue directo, pero finalmente reconoció que le molestaban los extranjeros como estos ingleses que todo lo criticaban y, además, se sentía discriminado por ser anglo-indio.  Ellos no sabían que él era un brahmán, de la antigua casta de los Saraswat.  Un príncipe, en dos palabras.  De esto último, yo no sabía nada.  Me dirigí a mi habitación, chasqueada.

Mientras desayunábamos, le pregunté qué planes teníamos para ese día.  Ninguno, dijo.  Porque esa misma tarde salíamos para Jaipur.  ¿Por qué el cambio de planes?  ¿No eran dos días los que estaríamos en Udaipur?  No, contestó. Le preocupaban los gastos y también, Mary.  Poco antes de dejar Kanpur, el Dr. Gupta, le había dicho que el aya no tenía mucho tiempo, a causa de su avanzada edad y la tuberculosis. Debíamos apurar el viaje.

Entonces volamos a Jaipur, la ciudad rosada.  Pero el hotel que habíamos reservado no tenía habitaciones disponibles para esa noche, sino para la siguiente, la que habíamos reservado.  Henry tomó unos apartamentos algo alejados de la ciudad.  Por una noche estaba bien y, además, eran cómodos.  Nuevamente, le pedí mi pasaporte.  No contestó.  En cuanto vio que había acomodado mis cosas, salió cerrando la puerta con llave, desde afuera.  Y se fue.

Entré en pánico.  No sabía qué hacer. En realidad, ¿qué podía hacer? ¿Llamar a conserjería?  No me harían caso.  Las habitaciones estaban reservadas a su nombre y no podía armar un escándalo.  ¿Llamar a la policía?  No serviría de nada.  Todo lo contrario.  Como extranjera, una demanda contra un ciudadano indio me metería en un laberinto de problemas.  Y yo, necesitaba volver a los Estados Unidos.  ¿Cómo hacerlo sin documentos? Era vital que mantuviera la calma. Y si antes de llegar a Delhi no me devolvía el documento, contactaría a mi consulado. Pasé la noche angustiada. En la mañana, Henry apareció a eso de las 8 y abrió el apartamento.  Estaba de excelente humor. Como primera medida, dijo, dejaríamos el equipaje en depósito, en el hotel que habíamos reservado en Jaipur.  Daríamos unas vueltas por la ciudad y por la tarde, tomaríamos un coche para llegar al Fuerte Amber, a unos 40 kilómetros.

–Bien –dije.  Poco después de almorzar, partimos en coche hasta el Fuerte Amber, originalmente, un complejo palaciego dentro del Fuerte original, conocido como el Fuerte Jaigarth y conectado con Amber a través de pasajes fortificados. Jaigarth está localizado en una colina, sobre el complejo de Amber y construido a base de una piedra arenisca roja y mármol blanco.  Tiene vistas al lago Maotha y la reputación de haber sido el tesoro de los dirigentes Kacchwaha, antepasados de la casa reinante de Jaipur.  Aquí, los turistas tienen la oportunidad de subir al fuerte desde la base de la colina y en elefante y, durante el paseo, admirar las hermosas vistas de Jaipur y la muralla original de la ciudad.

Henry y yo subimos en elefante.  Toda una experiencia.  Sin embargo, lo que más me gustó fue el Vestíbulo de los Espejos.  Se dice que la realeza que vivía en este lugar, cuando necesitaba pasar a través de ese recinto, lo hacía tomando una vela y, gracias al intrincado diseño de pequeños espejos, toda la habitación se iluminaba.  Pura magia.

 

Foto:  El vestíbulo de los espejos

 

Esa noche, volvimos a Jaipur y al hotel donde habíamos dejado el equipaje.  Henry seguía de buen humor.  Cenamos algo.  Entonces sugirió tomar un trago en el Rambagh Palace, hoy en día, un hotel deslumbrante, de puro lujo.

 

 Foto: Rambagh Palace

 

Por el otro lado, la ciudad de Jaipur, fue fundada en 1728 por el maharajá Sawai Jai Singh, gobernante de Amber y gran aficionado a la astronomía. Jai Singh II fue un gobernante diplomático y sus múltiples alianzas le permitieron abandonar la fortificada Amber y trasladar la capital a la nueva ciudad de Jaipur.  Durante el periodo del Raj Británico, la ciudad fue la capital del estado principesco del mismo nombre. Los maharajás de Jaipur pertenecían al clan de los kachwaha, que reclamaba ser descendiente del dios Rama, rey de Ayodhya.  Se cree que el estado fue fundado en 1128 por Dhula Rai y que su primera capital fue Amber.

El Jantar Mantar es uno de los cinco observatorios astronómicos construidos en la India por el maharajá Jai Singh en 1728, quien además de guerrero era conocido por su afición a la astronomía.

 

Foto   La Maharani Gayatri Devi, Rajmata de Jaipur
con Jackie Kennedy Onassis.  Kaipur, enero de 1985

 

Jaipur se merecía un recorrido especial. Porque es una ciudad bellísima. No teníamos mucho tiempo, dijo Henry.  Pero sí, podíamos visitar el Jantar Mantar   Por la tarde, volábamos a Delhi.  Otra sorpresa.  Mejor, pensé, así terminamos con este conflicto de una vez por todas.

Durante el almuerzo, tomé el Jaipur Journal.  En primera plana había una foto de Jackie Kennedy.  La nota explicaba que la viuda de Onassis estaba de paso por la India, en un viaje personal.  En la foto, aparecía con su amiga y anfitriona, la Maharani Gayatri Devi, Rajmata (Reina Madre) de Jaipur.  Además, la nota informaba que Jackie Onassis estaba en la India en calidad de editora, en representación de la firma, Doubleday & Co, de New York, y dándole los últimos detalles al trabajo de un equipo de académicos y expertos sobre la vida de las cortes palaciegas de la India.  El trabajo, liderado por Naveen Patnaik, historiador contaba con la colaboración del acuarelista Bannu, descendiente directo de los pintores que pasaron por la corte de Jaipur en los últimos 150 años. También, Stuart Cary Welch, una conocida autoridad en la materia. El libro, Un Segundo Paraíso (A Second Paradise) captura el romance y la opulencia de la India de los maharajás y es la publicación oficial del Festival India 1985.

—Excelente –pensé.  ¡Quién pudiera ser Jackie O y contar con esas conexiones!

La señora Onassis, continuaba el informe, partía de Jaipur y se dirigía a la ciudad de Lucknow donde su hijo, John cursaba un semestre en la universidad de esa ciudad. Pues, hete aquí, otro misterio resuelto. ¿Así que John-John fue la razón por la que tuve que residir en Kanpur y no en Lucknow como se había planeado?  Bueno, ya no importaba.  ¡Buen viaje, señora!  ¡Ojalá pudiera yo hacer algo así con mi querido Wajid Ali Sha!

Tomé un sorbo de mi refresco y recordé, que, en 1968, estuve también cerca de Jackie O.  El día que se casaba con Onassis, en la isla de Skorpios, me encontraba en Cefalonia, la isla vecina, en medio de la algarabía que desencadenó la noticia.  Para los griegos, Onassis había conseguido su esposa trofeo.

Henry me anunció que era hora de partir para el aeropuerto. Al llegar, él se encargó de los trámites mientras yo esperaba, ansiosa, la llegada a Delhi y, mi liberación. Air India comenzó a llamar a los pasajeros para abordar.  Estábamos entre los últimos.  Pregunté si teníamos asientos reservados.  Al parecer, no.  Al entrar al avión, la azafata me ubicó en un asiento que estaba por la mitad del avión y daba al pasillo.  Me senté y cuando volví la cabeza para mirar quién estaba a mi lado, oh sorpresa, era Jackie Kennedy Onassis.  Me saludó con un “Hello” y yo hice lo mismo.  Sinceramente, no sé, cómo, iniciamos una conversación.  Ella me hablaba y yo la escuchaba mientras observaba cada detalle de esta famosa mujer.  No era bonita, no.  Tenía los dientes manchados por el cigarrillo y las manos, sarmentosas. Su apariencia, regular, desprovista de maquillaje, y con anteojos oscuros.  Entonces, por primera vez, comprendí lo que puede hacer el encanto, la buena disposición hacia los demás, los buenos modales, y un sincero interés en el prójimo. Todos esos atributos se concentraban en Jackie y la habían convertido en la persona que tenía ante mí. Me preguntó qué hacía en la India.  Le expliqué todo, menos los problemas con Henry como tampoco que la llegada de John-John a Lucknow, había forzado mi estadía en Kanpur.  Hablamos de mi universidad en California, de mis estudios, de su próximo libro. Sacó una libreta en la que anotó mi nombre y el de mi universidad.  Por cortesía, pensé.  Y de este modo, la hora de vuelo hasta Delhi pasó como una ráfaga.  Nos despedimos cordialmente.

Henry se había sentado bien atrás y no vio nada. Cuando se lo conté, no lo podía creer.

Llegamos al centro de Delhi y al hotel que habíamos reservado. Nos ubicaron en un piso muy alto, el 33 al que era imposible de subir sin ascensor.  Eso me inquietó.  Le dije a Henry que quería pasar por Japan Air Lines para confirmar mi vuelo.  En la oficina de la aerolínea me informaron que el vuelo se había cancelado debido a una fuerte tormenta de nieve, en Europa.  No, por el momento no había noticias de cuándo llegaría ese avión a Delhi; posiblemente, al día siguiente.  Dejé mis datos para que me notificaran. No me pidieron el pasaporte, y Henry tampoco se ofreció a dármelo. Esto iba de mal en peor.  Me di cuenta de que necesitaba de todas mis astucias para salir del problema.  Cuando volvíamos de cenar, le pedí, una vez más, que me devolviera el documento.  Y fui muy franca con él. Me preocupaba su actitud. No dijo nada. Al salir del ascensor y en frente de mi habitación, le dio una suerte de berrinche.  Se puso a gritar y a insultarme.  ¿Cómo era posible que no me hubiese dado cuenta de que él no quería que regresara a Estados Unidos?  Necesitaba mi ayuda, con su hermana y el bungaló. Y esperaba que yo le consiguiera una visa para entrar en los Estados Unidos, porque en la India su vida estaba acabada.  No, Inglaterra no era una opción.  Entonces le expliqué que con respecto a la visa no era mucho lo que podía hacer porque yo no era ciudadana americana sino residente. Sugirió que nos casáramos.  Quedé boquiabierta.  Debí haberle dicho que estaba comprometida.  Cuando se lo dije, creí que iba a golpearme.

Tan pronto se calmó, le expliqué que consideraría el tema de la visa.  Tenía algunas conexiones, le mentí.  En verdad, no veía cómo arreglar nada.  Pero, con esa promesa, se calmó.  Cuando regresamos al hotel, encontré una comunicación de Japan Air Lines.  Mi vuelo saldría mañana, 19 de enero y a la misma hora.

El día siguiente, temprano, pedimos un taxi para el aeropuerto.  En el camino, me entregó el pasaporte y otros documentos.  Le agradecí, de corazón. Metí la mano en mi bolso y tomé la cajita que me había dado la señora Gangully tocándola por un buen rato, buscando esas bendiciones que guardaba.  Y sí, tal como lo había dicho ella, las dificultades llegarían a su fin. Y como respuesta, me prometí que los conflictos con Henry no mancillarían mi fascinación con el país y su gente.  Mantendría mi objetividad. Al despedirnos, volvió a pedirme ayuda con la visa y si fuera posible, que también lo hiciera por un amigo de él.  Eso fue el colmo, pero no dije nada.  De otro modo, agregó, se vería obligado a vender el bungaló, y él y Mary se mudarían a Goa.  En los siguientes meses, Henry me escribió un par de cartas, espaciadas. Por Margaret Gupta me enteré de que se había instalado en Bangalore.  No supe más de él.

A fines de 1985 llegó un paquete a mi nombre y dirigido a la biblioteca de la universidad.  Contenía dos copias de A Second Paradise.  Una hermosa publicación.  En una de las copias había una nota de Jackie Onassis: “Querida…sirva este libro como recuerdo de esa amena hora que pasamos juntas, hablando del esplendor de la India.  Todo lo mejor, Jackie Kennedy Onassis.”  La otra copia era para la universidad.  El libro me produjo una gran emoción y sentí añoranzas por la India, por el país. Siempre me decía que volvería en cualquier momento.  Al mismo tiempo, el recuerdo de Henry me acobardaba.  Preferí seguir conectada con la India, la región y la maravillosa gente que conocí, a través de Wajid Ali Sha.

 

Foto: A Second Paradise, Doubleday and Company (1985)

 

Jackie Kennedy Onassis murió diez años más tarde, en 1994, cuando yo residía y trabajaba en Washington, D.C.  La noticia me entristeció. El día del funeral quise unirme a la gente, a los cientos de ellos que seguían al cortejo, a pie hasta el cementerio de Arlington.  Como eran horas de oficina, mi jefe, un republicano recalcitrante me lo prohibió. Pero esa noche, en las noticias, escuché a John Kennedy Jr. leer el panegírico en el que mencionaba tres cosas las que, en su opinión, definían la esencia de su madre: su amor por la palabra y los libros, los lazos del hogar y la familia, y su espíritu de aventura”.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s