Ellos lo saben

Miguel Rodríguez

 

 

 

Saben que les vigilo, que les acecho, que me cuelo en sus casas y les observo en sus camas. Saben que venzo sus sistemas de seguridad, que vuelo las contraseñas de sus alarmas tecnológicas y emocionales, que me infiltro en su dormitorio mientras ellos duermen, o sueñan, o tienen pesadillas de las que soy causante y testigo. Ellos se despiertan sobresaltados y piensan que es porque tienen sed. Sin embargo, dudan en levantarse a por un vaso de agua, porque presienten y temen que yo esté ahí, a la entrada de su habitación y de sus miedos, mirándoles mientras sus ojos mueren sistemáticamente de sed y de insomnio. No me miran. No me buscan con los ojos. Todos han desarrollado insomnio y han comenzado a llamarse entre ellos durante la noche para asegurarse de que siguen vivos y de que la persona que descuelgue el teléfono también lo estará. Unas pocas palabras a veces confirman que la vida sigue, aunque incluso si nadie descolgara el teléfono sería un alivio, pues querría decir que esa noche no morirán ellos, sino alguien más – uno de ellos, pero no ellos – y que podrían levantarse a beber agua y aliviar la sed que creen que tienen y la carga triste de sus palabras. Ellos saben que estoy ahí, pero no me atacan ni se enfrentan a mí, no me delatan a la policía. Uno nunca hace eso. No me buscan con los ojos. Prefieren creer que es mejor hacer como que no pasa nada, que no estoy, no despertar a la bestia, es decir, en este caso, morir de sed y de insomnio, no responder a la llamada que suena en el teléfono de la mesita preguntando por sus vidas. Todos están llenos de llamadas sin responder, de noches en las que creían que de alguna manera estaban vivos y llenos de palabras, en un mano a mano con sus pesadillas también insomnes. Saben que estoy, han adquirido la certeza de que estoy y les vigilo. Yo de vez en cuando le doy muestras de ello a uno de ellos y acabo de una vez por todas con su sed, con su insomnio, con sus pesadillas. Al final, a veces, solo quedan unas pocas palabras insomnes. En ese último momento, el señalado implora, ofrece lo que tiene, reniega de vencer su sed, de su dinero, jura amor eterno a sus miedos con tal de que me vaya y le deje a solas con ellos. Cuando por fin comprende que está muriendo, que ya es inevitable, que ya está sucediendo, ya no ruega. Escucha el teléfono que suena casi al lado. Ya no es para él. Sabe que alguien, al otro lado, se siente casi a salvo esta noche.

Sí, ellos saben que estoy. Lo que no saben es a quién veré una noche determinada, qué casa voy a asaltar, qué familia cambiará sus palabras, qué angustias quedarán al descubierto. Y entonces, se llaman cada poco en medio de la noche (“¿Sigues vivo? ¿Estás bien? ¿Lees algo?”). Ellos mismos se convierten en sus propias pesadillas, y hablan unos minutos de asuntos insustanciales, casos resueltos, fines de semana de pesca en otoño, acuden a una fe en el futuro que saben que no tendrá lugar mientras les tiembla el pulso al extender el brazo. Yo procuro ser cuidadoso con cada uno de ellos, y les relleno el vaso antes de que todo ello suceda. Ellos comprenden, y beben. Lúcidos, vencidos, ellos comprenden. No hacen falta muchas palabras.

 

 

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