Isabel (I)

André Gide

 

Preludio

Gerardo Lacase, en casa de quien nos volvíamos a encontrar el mes de agosto de 189…, nos llevó a Francis Jammes y a mí a visitar el castillo del Bieldo, que pronto será una ruina, y su gran parque abandonado, por el que el verano fastuoso se desplegaba al azar. Ya nada impedía la entrada: ni el foso medio cegado, ni la cerca rota, ni la verja desprendida, que cedió al sesgo apenas la empujamos con el hombro. Ya no había avenidas; por las praderas desbordadas, algunas vacas pastaban en libertad la yerba exuberante y loca; otras buscaban frescor en los huecos de los macizos despanzurrados; entre la profusión salvaje, apenas se distinguía, por aquí o por allá, alguna flor o algún follaje insólito, residuo sufrido de antiguos cultivos, ya casi ahogados por las especies más comunes. Seguíamos a Gerardo sin hablar, sobrecogidos por la belleza del sitio, de la estación, de la hora, y porque a la vez percibíamos todo el luto y el abandono que podía esconder esta opulencia excesiva. Llegamos a la escalinata del castillo, cuyos primeros peldaños se ahogaban en yerba; los superiores estaban agrietados y rotos; pero las recias persianas del salón nos detuvieron ante las puerta-ventanas. Entramos por un ventanuco de la cueva, arrastrándonos como ladrones; una escalera subía a las cocinas; ninguna puerta interior estaba cerrada… Con precaución, pasábamos de estancia en estancia, porque el suelo cedía en algunas partes, y parecía fuera a romperse; amortiguábamos nuestros pasos no porque pudiera haber nadie que los oyese, es que casi nos asustaba el ruido de nuestra presencia, que retumbaba, vergonzosamente, en el gran silencio de aquella casa vacía. A las ventanas de la planta baja les faltaban varios cristales; entre las planchas de las contraventanas, de una bignonia crecían enormes tallos blancos y blandos, en la penumbra del comedor.

Gerardo nos había dejado; pensamos que prefería volver a ver solo estos sitios, a cuyos habitantes conoció, y continuamos sin él nuestra visita. Sin duda nos había precedido en el primer piso, a través de la desolación de las habitaciones desnudas: en una de ellas, todavía pendía de la pared una rama de boj, sujeta a una especie de agrafe por una cinta descolorida; me pareció que pendulaba levemente en la punta de su lazo, y tuve el convencimiento de que Gerardo, al pasar, había desprendido una punta.

Le encontramos en el segundo piso, cerca de la ventana de un corredor, sin cristales ya, por la que se había metido dentro una cuerda que caía por fuera; era la cuerda de una campana, y me disponía a tirar de ella suavemente cuando sentí que Gerardo me sujetaba el brazo; su gesto amplificó el mío en vez de impedirlo; de pronto resonó un ronco toque de agonía, tan próximo a nosotros, tan brutal, que nos sobresaltó dolorosamente; después, cuando parecía que el silencio se cerraba de nuevo, todavía cayeron dos notas puras, espaciadas, ya lejanas. Me había vuelto hacia Gerardo y vi que le temblaban los labios.

—Vámonos —dijo—. Necesito respirar otro aire.

Apenas salimos se excusó de no poder acompañarnos: conocía a alguien por los contornos y quería saber de él. Comprendiendo por el tono de su voz que sería indiscreto acompañarle, Jammes y yo volvimos solos a La R., donde Gerardo se unió a nosotros por la tarde.

—Amigo —le dijo en seguida Jammes—, sepa que estoy resuelto a no contar ya ni la más mínima historia hasta que no nos haya revelado la que al parecer tanto le conmueve.

Y los relatos de Jammes hacían las delicias de nuestras veladas.

—Con mucho gusto les contaría la novela de que fue teatro la casa que hace poco vieron —empezó a decir Gerardo—, pero además de no haber sabido descubrirla, o reconstituirla, sino en parte, temo no poder siquiera medio ordenar mi relato más que despojando cada acontecimiento de la enigmática atracción que le confería antaño mi curiosidad…

—Lleve a su relato cuanto desorden le plazca —replicó Jammes.

—¿Por qué buscar la reconstrucción de los hechos según su orden cronológico? —dije—; ¿por qué no nos los presenta tal como usted los ha ido descubriendo? —Entonces me permitirán que hable mucho de mí —dijo Gerardo.

—¡Pero si nosotros jamás hacemos otra cosa! —saltó Jammes.

He aquí el relato de Gerardo.

 

Uno

Casi me cuesta trabajo comprender hoy la impaciencia que entonces me lanzaba hacia la vida. A los veinticinco años, apenas conocía de ella nada, si no era por los libros; y sin duda por esto me creía novelista; porque ignoraba todavía la malicia con que los acontecimientos sustraen a nuestra mirada el lado por el que más nos interesan, y qué poco se dejan aprehender por quien forzarlos no sabe.

Yo preparaba entonces, con vistas a mi doctorado, una tesis sobre la cronología de Bossuet; no es que me sintiese especialmente atraído por la elocuencia del púlpito: había escogido el tema por deferencia hacia mi viejo maestro Alberto Desnos, cuya importante Vida de Bossuet precisamente acababa de aparecer. Tan pronto como conoció mi proyecto de trabajo, el señor Desnos se ofreció a facilitarme la preparación. Uno de sus más antiguos amigos, Benjamín Floche, miembro correspondiente de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, poseía diversos documentos que, sin duda, podrían servirme; sobre todo una Biblia llena de notas de la propia mano de Bossuet. El señor Floche hacía quince años que se había retirado al Bieldo, al que se denominaba más comúnmente la Encrucijada, propiedad de familia, en las proximidades de Pont-l’Evêque, de donde no se movía ya, y donde tendría mucho gusto en recibirme y en poner a mi disposición sus papeles, su biblioteca y su erudición, que el señor Desnos me decía ser inagotable.

El señor Desnos y el señor Floche cruzaron entre sí unas cartas. Los documentos parecían ser más numerosos de lo que me había hecho suponer mi maestro; pronto no se trató ya de una simple visita: por recomendación del señor Desnos, la amabilidad del señor Floche me proponía una estadía en el castillo del Bieldo. Aun cuando sin hijos, el señor y la señora de Floche no vivían allí solos: unas palabras sin importancia del señor Desnos, captadas por mi imaginación, me hicieron suponer que hallaría en el castillo personas agradables, lo cual inmediatamente me atrajo más que los polvorientos documentos del Gran Siglo; mi tesis no era ya sino un pretexto; ya no entraba en el castillo como un scolar sino a lo Nejdanof, a lo Valmont; ya lo poblaba de aventuras. ¡El Bieldo!, repetía este misterioso nombre: aquí es donde Hércules vacila, pensaba… Ya sé, naturalmente, lo que le espera en la senda de la virtud; pero ¿y el otro camino?…, el otro camino…

Hacia mediados de septiembre, reuní lo mejor de mi modesto guardarropa, renové mi colección de corbatas y partí.

Cuando llegué a la estación de Breuil-Blangy, entre Pont-l’Evêque y Lisieux, casi era noche cerrada. Sólo bajé yo del tren. A mi encuentro vino una especie de campesino con librea, tomó mi maleta y me escoltó hacia el coche, estacionado al otro lado de la estación. El aspecto del caballo y el del coche cercenó el brote de mi imaginación; era imposible soñar en nada más ruinoso. El campesino-cochero volvió a marcharse en busca de mi baúl, que venía facturado; bajo su peso cedieron los muelles de la calesa. En el interior olía sofocantemente a gallinero… Quise bajar el cristal de la portezuela, pero me quedé con la correa en la mano. Había llovido durante el día; la carretera estaba empapada; una pieza del arnés cedió al comienzo de la primera cuesta. El cochero sacó de debajo de su asiento un cabo de cuerda y se dispuso a reparar el tiro. Me había bajado y me ofrecí a sostenerle la linterna que acababa de encender; pude ver que la librea del pobre hombre, como los arneses, no era la primera vez que se remendaban.

—El cuero está algo usado —aventuré.

Me miró como si le hubiera insultado, y casi brutalmente:

—Oiga usted, no ha sido malo que hayamos podido venir a buscarle.

—¿Hay mucho desde aquí al castillo? —pregunté con el más dulce de mis tonos.

No respondió directamente, pero:

—¡Claro que no se hace este recorrido todos los días! —luego, al cabo de un instante—: Puede que haga seis meses que no ha salido esta calesa…

—¡Ah!… ¿No pasean a menudo sus señores? —continué, haciendo un esfuerzo desesperado para entablar conversación.

—¡Imagine! ¡Como si no hubiera otra cosa que hacer!

La avería estaba reparada; de un gesto me invitó a que subiera al coche, que arrancó.

El caballo padecía en las subidas, tropezaba en las bajadas y calcetaba terriblemente en los llanos; a veces, del todo inesperadamente, se paraba. Al paso que vamos, pensaba yo, llegaremos al Bieldo mucho después que mis huéspedes se hayan alzado de la mesa, e incluso (nueva parada del caballo) después que se hayan acostado. Tenía mucha hambre; se me estaba agriando mi buen humor. Intenté contemplar el campo: sin que me hubiera dado cuenta, el coche había abandonado la carretera general y avanzaba por una mucho más estrecha y mucho peor cuidada; las linternas no iluminaban a ambos lados más que un seto continuo, pobladísimo y alto; parecía cercarnos, interceptarnos el camino y abrirse ante nosotros en el momento en que pasábamos para cerrarse inmediatamente después.

El coche se detuvo de nuevo al pie de una subida más pendiente. El cochero se acercó a la portezuela y la abrió; luego, sin miramientos:

—Si el señor quisiera apearse. La pendiente es un poco dura para el caballo —y él mismo subió la cuesta llevando por la brida al jamelgo. A mitad de la cuesta se volvió hacia mí, que le seguí—: Pronto llegamos —dijo en tono más suave—. Mire: ese es el parque —y distinguí ante nosotros una masa de árboles sombríos, que obstruían el cielo despejado. Era una avenida de grandes hayas por la que al fin entramos y en donde volvimos a encontrar la primera carretera que habíamos abandonado. El cochero me invitó a subir de nuevo al coche, que pronto llegó a la verja; penetramos en el jardín.

 

Estaba demasiado oscuro y apenas pude distinguir nada de la fachada del castillo; el coche me dejó ante una escalinata de tres peldaños, que subí un tanto deslumbrado por la antorcha que sostenía en la mano una mujer sin edad, sin gracia, fornida y mediocremente vestida, enfocando hacia mí el haz de luz. Me hizo un saludo un tanto seco. Me incliné ante ella, vacilante…

—¿La señora de Floche, sin duda?…

—Tan sólo la señorita Verdure. El señor y la señora de Floche se han acostado. Le ruegan excuse el que no estén aquí para recibirle; pero es que se cena pronto en casa.

—A usted misma, señorita, le hago velar hasta muy tarde.

—¡Bah! Ya estoy acostumbrada —dijo sin volverse. Me había precedido en el vestíbulo—. ¿No le gustaría tomar algo?

—Pues le confieso que no he cenado.

Me hizo entrar en un gran comedor, donde había preparada una medianoche confortable.

—A esta hora está apagada la cocina, y en el campo hay que contentarse con lo que se encuentra.

—Pero todo esto tiene un aspecto excelente —dije, sentándome frente a una fuente de fiambres. Ella se sentó esquinada en otra silla, cerca de la puerta, y mientras yo comía permaneció con los ojos bajos, las manos cruzadas sobre las rodillas, rebajándose deliberadamente. En varias ocasiones, como decaía la conversación sosa, me excusaba por retenerla; pero me dio a entender que esperaba a que yo terminase para recoger:

—Y su habitación, ¿cómo se arreglaría para encontrarla usted solo?…

Me apresuraba y comía a grandes bocados cuando se abrió la puerta del vestíbulo: entró un abate de pelo gris, de aspecto rudo pero agradable. Se me acercó tendiéndome la mano:

—No quería demorar hasta mañana el placer de saludar a nuestro huésped. No he bajado antes porque sabía que estaba usted hablando con la señorita Olimpia Verdure —dijo, dirigiendo hacia ella una sonrisa que podía ser maliciosa, mientras ella se mordía los labios y se hacía la sorda—. Pero ahora que ya ha terminado usted de comer —siguió diciendo mientras yo me levantaba de la mesa—, vamos a dejar a la señorita Olimpia que arregle un poco esto; presumo que tendrá por más honesto que sea un hombre el que acompañe al señor Lacase hasta su dormitorio, y que declinará aquí sus funciones.

Se inclinó ceremoniosamente ante la señorita Verdure, que le hizo una escueta reverencia.

—¡Oh!, renuncio, renuncio…; señor abate, ya sabe usted que ante usted yo renuncio siempre… —Y luego, volviéndose a nosotros bruscamente—: Iba usted a hacer que me olvidase de preguntar al señor Lacase qué desayuna.

—Pues lo que usted quiera, señorita… ¿Qué se toma aquí corrientemente?

—De todo. Se prepara té para las señoras, café para el señor Floche, una sopa para el señor abate y cereal para el señorito Casimiro.

—Y usted, señorita, ¿no toma nada?

—¡Yo! Café con leche, sencillamente.

—Si me lo permite, tomaré café con leche con usted.

—¡Eh! ¡Eh!, compórtese bien, señorita Verdure —dijo el abate mientras me cogía el brazo—, ¡parece como si el señor Lacase la cortejara!

Alzó los hombros, luego me hizo un saludo rápido, mientras el abate me llevaba.

 

Mi habitación estaba en el primer piso, casi al final del pasillo.

—Aquí es —dijo el abate, abriendo la puerta de una habitación espaciosa, iluminada por un gran fuego—. ¡Por Dios! ¡Le han encendido lumbre!… Tal vez no la necesitaba… Verdad que las noches de esta tierra son húmedas, y este año la estación es especialmente lluviosa…

Se había acercado a la chimenea, hacia la cual tendía sus anchas palmas mientras apartaba el rostro, como un fiel que rechaza la tentación. Parecía más dispuesto a hablar que a dejarme dormir.

—Sí —empezó a decir, al divisar mi baúl y mi saco de mano—, Graciano le ha subido sus bultos.

—Graciano ¿es el cochero que me ha traído? —pregunté.

—Y es también el jardinero, porque sus funciones de cochero apenas le ocupan.

—En efecto, me ha dicho que la calesa no salía a menudo.

—Cada vez que sale es un acontecimiento histórico. La verdad es que el señor de Saint-Auréol hace mucho que ya no tiene cuadra; en las grandes ocasiones, como esta noche, se toma prestado el caballo del colono.

—¿El señor de Saint-Auréol? —repetí sorprendido.

—Sí —dijo—, ya sé que usted viene a ver al señor Floche; pero el Bieldo pertenece a su cuñado. Mañana tendrá usted el honor de ser presentado al señor y a la señora de Saint-Auréol.

—¿Y quién es el señorito Casimiro, del que sólo sé que se desayuna con cereal?

—Su nieto y mi alumno. Dios me permite que le instruya desde hace tres años —había pronunciado estas palabras cerrando los ojos y con una compunción modesta, como si se hubiera tratado de un príncipe real.

—¿No están aquí sus padres? —pregunté.

—De viaje —apretó los labios fuertemente y continuó al punto—: Ya sé, señor, qué estudios santos y nobles le traen…

—¡Oh! No los crea tan santos —le interrumpí riéndome—, me ocupo de ello tan sólo como historiador.

—No importa —dijo, borrando con la mano todo pensamiento desconsiderado—; la historia también tiene sus derechos. En el señor Floche hallará usted al más amable y al más seguro de los guías.

—Es lo que me decía mi maestro, el señor Desnos.

—Pero ¿es usted amigo de Alberto Desnos? —de nuevo apretó los labios.

Tuve la imprudencia de preguntar:

—¿Siguió usted sus cursos?

—¡No! —dijo con rudeza—. Lo que de él sé me ha puesto en guardia… Es un aventurero del pensamiento. A la edad de usted fácilmente seduce cuanto se sale de lo corriente… —Y como yo nada respondiera—: Sus teorías tuvieron al pronto cierto ascendiente sobre la juventud; pero ya se está de vuelta, me han dicho.

Deseaba dormir mucho más que discutir. Viendo que no obtenía respuesta:

—El señor Floche será un consejero más ecuánime —dijo; y luego, ante un bostezo que no disimulé—: Se hace muy tarde; mañana, si usted quiere, hallaremos ocasión para continuar esta charla. Después del viaje, debe usted estar cansado.

—Le confieso, señor abate, que me caigo de sueño.

En cuanto se marchó, retiré los leños del fuego, abrí de par en par la ventana, empujando las persianas de madera. Un gran soplo oscuro y húmedo hizo vacilar la llama de mi vela, que apagué para contemplar la noche. Mi habitación daba al parque, pero no por la delantera de la casa, como las del gran pasillo, que, sin duda, tendrían una vista más amplia; mi mirada tropezaba pronto con los árboles; encima de ellos apenas quedaba lugar para un poco de cielo, en donde acababa de aparecer la media luna, casi inmediatamente recubierta por las nubes. De nuevo había llovido; las ramas todavía goteaban…

Esto no invita mucho a alegrarse, pensé cerrando ventana y persianas. Aquel minuto de contemplación me había dejado transida el alma, más que el cuerpo; repuse los leños, reanimé el fuego y me hizo feliz hallar en la cama una botella de agua caliente, que sin duda me había metido la atentísima señorita Verdure.

Al cabo de un instante me di cuenta de que se me había olvidado sacar los zapatos a la puerta. Me levanté y salí un instante al pasillo; vi pasar a la señorita Verdure por el otro extremo de la casa. Su habitación estaba encima de la mía, como me lo indicó, poco después, su pisar duro, que hacía temblar el techo. Luego hubo gran silencio y la casa levó anclas para la travesía de la noche mientras yo me hundía en el sueño.

 

Dos

Me desperté bastante temprano, con los ruidos de la cocina, una de cuyas puertas se abría precisamente bajo mi ventana. Al empujar las persianas tuve la alegría de ver un cielo casi puro; brillaba el jardín, chorreante por un reciente chaparrón; el aire azuleaba. Iba a volver a cerrar mi ventana, cuando vi salir de la huerta y correr hacia la cocina a un niño grande, de edad incierta, porque su cara tenía tres o cuatro años más que su cuerpo; absolutamente contrahecho, andaba de través: sus piernas torcidas le conferían un aspecto extraordinario; avanzaba oblicuamente, o, más bien, procedía a saltos, como si andando paso a paso fueran a enredársele los pies… Era, evidentemente, el alumno del abate, Casimiro. A su lado brincaba un enorme perro de Terranova, le acompañaba con saltos parejos a los suyos, jugaba con él; el niño se defendía como podía contra esta exuberancia de empujones; pero en el momento en que iba a llegar a la cocina, le vi de pronto rodar por el barro, empujado por el perro. Una maritornes fornida acudió hacia él, y mientras alzaba al niño:

—¡Vaya! ¡Qué bonito! ¡Que Dios permita ponerse en semejante estado! ¡Cuántas veces no se le ha dicho que deje al Terno en la cochera!… ¡Ale! ¡Por acá para que se le limpie!…

Se lo llevó a la cocina. En ese momento sentí llamar a mi puerta; una camarera me traía agua caliente para mi aseo. Un cuarto de hora más tarde sonó la campana del desayuno.

 

Al entrar en el comedor:

—Señora de Floche, me parece que aquí tenemos a nuestro simpático huésped — dijo el abate viniendo hacia mí.

La señora de Floche se había levantado de su silla, pero en pie no parecía más alta que sentada; me incliné ante ella profundamente; me honró con una brusca inclinacioncita; en un momento determinado de su vida debía haber recibido un acontecimiento terrible sobre la cabeza, que le había quedado irremediablemente hundida entre los hombros, e incluso un poco torcida. El señor Floche se había puesto a su lado para tenderme la mano. Los dos viejecitos eran exactamente de la misma altura, del mismo estilo, parecían de la misma edad, de la misma carne… Durante unos instantes cruzamos cumplidos vagos, hablando los tres a la vez. Luego hubo un noble silencio y apareció la señorita Verdure trayendo la tetera.

—La señorita Olimpia —dijo al cabo la señora de Floche, que, como no podía volver la cabeza, se dirigía a uno con todo el torso—. La señorita Olimpia, nuestra amiga, estaba muy preocupada por saber si había dormido usted bien y si la cama era de su agrado.

Aseguré que había descansado inmejorablemente y que la botella de agua caliente, descubierta al acostarme, me había venido magníficamente bien.

La señorita Verdure se fue tras haberme dado los buenos días.

—Y por la mañana, ¿no le han molestado demasiado los ruidos de la cocina?

Renové mis protestas.

—Tiene usted que quejarse, por favor, porque nada sería más sencillo que prepararle otra habitación…

El señor Floche, sin decir una sola palabra, asentía con una sonrisa a las frases de su mujer, levantando la cabeza oblicuamente.

—Ya veo —dije— que la casa es muy grande; pero les aseguro que no podría estar instalado más agradablemente.

—El señor y la señora de Floche se complacen en mimar a sus huéspedes —dijo el abate.

La señorita Olimpia traía un plato de tostadas; y empujaba delante de ella al pequeño lisiado que había visto caerse antes. El abate le tomó por el brazo:

—¡Vamos, Casimiro! Ya no es usted un bebé; venga y salude como un hombre al señor Lacase. Tiéndale la mano… ¡Mire de frente!… —luego, volviéndose hacia mí, como para excusarle—: Todavía no tenemos mucho hábito de gentes…

Me violentaba la timidez del niño:

—¿Es su nieto? —pregunté a la señora de Floche, sin acordarme de las informaciones que me había dado el abate la noche pasada.

—Es nuestro sobrinito —contestó—; un poco más tarde verá usted a mi cuñado y a mi hermana, sus abuelos.

—No se atrevía a entrar porque jugando con Terno se ha llenado el traje de barro —explicó la señorita Verdure.

—Vaya una manera de jugar —dije, volviéndome cariñosamente hacia Casimiro—; estaba en la ventana cuando le ha tirado… ¿No le ha hecho daño?

—Hay que decirle al señor Lacase —explicó a su vez el abate— que el equilibrio no es nuestro fuerte…

¡Caramba! Ya me daba cuenta, sin duda, y no era necesario advertírmelo. Bruscamente, me resultó antipático aquel pedazo de abate ojizarco.

El niño no me había respondido, pero se había puesto rojo. Me pesaron mis palabras y el que hubiera podido ver en ellas alguna alusión a su invalidez. El abate, acabada su sopa, se había levantado de la mesa y daba grandes pasos por la habitación; cuando no hablaba, mantenía los labios tan apretados que el superior formaba un burlete, como en los viejos desdentados. Se detuvo detrás de Casimiro, que estaba acabando su escudilla:

—¡Vamos, vamos, muchacho; nos espera Avenzoar!

El niño se levantó y los dos salieron.

En cuanto acabó el desayuno, el señor Floche me hizo una seña.

—Venga conmigo al jardín, joven huésped, y deme noticias del París que piensa.

El lenguaje del señor Floche florecía desde el alba. Sin prestar demasiado oído a mis respuestas, me preguntó por Gastón Boissier, su amigo, y por varios otros eruditos que hubieran podido ser profesores míos y con los que se carteaba todavía, de tarde en tarde; se informó acerca de mis gustos, de mis estudios… Naturalmente, no le hablé de mis proyectos literarios y no dejé traslucir de mí más que al sorboniense; luego entró en la historia del Bieldo, de donde hacía quince años que apenas se había movido; en la historia del parque, del castillo; dejó para más tarde la historia de la familia que lo había habitado antes que ellos, pero empezó a referirme cómo se hallaba en posesión de los manuscritos del siglo XVII, que podían ser interesantes para mi tesis… Andaba con pasitos apresurados, o, más exactamente, daba saltitos a mi vera; observé que llevaba tan bajo el pantalón que la entrepierna se le quedaba a medio muslo; la tela caía en numerosos pliegues sobre el empeine, pero por detrás no le llegaba al zapato, colgado con ayuda de no sé qué artificio; ya no le escuchaba más que distraídamente, con la mente entumecida por la blanda tibieza del aire y por una especie de torpor vegetal. Habíamos llegado al extremo del parque, siguiendo una avenida de altísimos castaños que formaban una bóveda sobre nuestras cabezas. Allí, protegido del sol por un bosquecillo de árboles de plumas, había un banco en el que me invitó a sentarme el señor Floche. Y entonces, de pronto:

—¿Le ha dicho el abate Santal que mi cuñado está un poco…? —no acabó la frase, pero se tocó la frente con el índice. Quedé demasiado cortado para poder contestar. Siguió—: Sí, el barón de Saint-Auréol, mi cuñado; el abate acaso no se lo haya dicho a usted, como tampoco a mí…, sin embargo, sé que lo piensa; y también lo pienso yo… Y de mí, ¿no le ha dicho el abate que estaba un poco…?

—¡Pero, señor Floche!, ¿cómo puede usted creer?…

—Mi joven amigo —dijo dándome palmaditas cariñosas sobre la mano—, me hubiera parecido muy natural. ¿Qué quiere usted? Aquí, al encerrarnos lejos del mundo, hemos adquirido hábitos un poco… fuera de uso. Aquí no llega… diversión alguna; ¿cómo le diría? Sí. Es usted amabilísimo habiendo venido a vernos —y como yo esbozase un gesto—, se lo repito: amabilísimo, y se lo volveré a escribir esta noche a mi excelente amigo Desnos; porque usted tratará de contarme lo que le preocupa, los problemas que le inquietan, los problemas que le interesan…, y estoy seguro de que yo no le entenderé —¿y yo qué podía contestar? Escarbaba en el suelo con la punta de mi bastón…— Mire —continuó—, aquí hemos perdido un poco el contacto. ¡No, no! No proteste usted, es inútil. El barón está sordo como una tapia; pero es tan presumido que lo que le importa es no parecerlo; finge oír antes de hacer que se levante la voz. En cuanto a mí, por lo que respecta a las ideas del día, tengo la sensación de estar tan sordo como él, y además no me quejo. Ni siquiera hago mayor esfuerzo por entender. Frecuentando Massillon y Bossuet he acabado por creerme que los problemas que atormentan a estos grandes espíritus son tan magníficos y tan importantes como los que me apasionaron en la juventud…; problemas que, sin duda, estos grandes espíritus no habrían podido comprender…, como yo tampoco puedo comprender los que hoy les apasionan a ustedes… Así es que, si le parece, futuro colega, me hablará usted preferentemente de sus estudios, puesto que son asimismo los míos, y me excusará si no le pregunto por los músicos, los poetas, los oradores que le gustan, ni por la forma de gobierno que considera preferible —miró la hora en una patata atada a una cinta negra—. Ahora volvamos —dijo levantándose—. Cuando no estoy trabajando a las diez me parece que he perdido el día —le ofrecí mi brazo y lo aceptó; y como por él, a veces, acortase mi paso—: ¡Apresurémonos! ¡Apresurémonos! —me decía—. Los pensamientos son como las flores, los que se cortan por la mañana conservan más tiempo el frescor.

 

La biblioteca del Bieldo se compone de dos habitaciones que separa una simple cortina: una de ellas, muy exigua y alzada tres peldaños, es en la que trabaja el señor Floche, sobre una mesa delante de la ventana. No tiene vista alguna; ramas de olmo o de aliso baten contra los cristales; sobre la mesa, un antiguo quinqué, cubierto por pantalla de porcelana verde; debajo de la mesa, un enorme calientapiés; en un rincón, una estufita; en el otro, una segunda mesa, cargada de léxicos; entre las dos, un armario convertido en clasificador. La segunda habitación es amplia, tapizada de libros hasta el techo; dos ventanas; una gran mesa en medio de la habitación.

—Aquí es donde usted se instalará —me dijo el señor Floche, y como yo protestase—: No, no; yo estoy acostumbrado a lo reducido; a decir verdad, me siento mejor así; me parece que se concentra mi pensamiento. Ocupe usted la mesa grande sin reparo alguno; y si quiere, para que no nos molestemos, podemos correr la cortina.

—¡Por mí, no! —protesté—; hasta ahora, si para trabajar hubiera necesitado soledad, no…

—¡Bueno! —dijo interrumpiéndome—, entonces la dejaremos descorrida. En cuanto a mí, me gustará mucho verle con el rabillo del ojo.

Y, en efecto, los días subsiguientes no levanté una vez la cabeza de mi trabajo sin tropezar con la mirada del pobre hombre, que me sonreía alzando la cabeza, o que de prisa, por temor a importunarme, desviaba los ojos y simulaba estar enfrascado en su lectura.

Inmediatamente se ocupó de poner a mi fácil alcance los libros y los manuscritos que podían interesarme; la mayoría se hallaban guardados en el clasificador de la habitación pequeña; su número y su importancia superaba cuanto me había anunciado el señor Desnos. Iba a necesitar por lo menos una semana para sacar los datos preciosos que en ellos encontraría. Por fin, el señor Floche abrió, al lado del clasificador, un armario muy pequeño y sacó de él la famosa Biblia de Bossuet, en cuyas páginas, y con respecto a los versículos tomados como textos, el Águila de Meaux había anotado las fechas de los sermones que le habían inspirado. Me sorprendí de que Alberto Desnos no hubiera sacado partido de estas indicaciones en sus trabajos; pero este libro había caído en manos del señor Floche hacía poco.

—He empezado una memoria sobre el tema —continuó—; hoy me felicito de no habérselo hecho saber a nadie, y así servirá para su tesis como auténtica primicia.

De nuevo protesté, diciendo:

—Todo el mérito de mi tesis lo deberé a su generosidad. Por lo menos, ¿aceptará usted que se la dedique, señor Floche, como mínima muestra de mi agradecimiento?

Sonrió un poco tristemente.

—Cuando se está tan a punto de dejar la tierra, se sonríe complacido a todo lo que promete cierta supervivencia —me pareció inoportuno insistir por mi parte—. Ahora —dijo— va usted a tomar posesión de la biblioteca, y no se acordará usted de mi presencia más que si necesita preguntarme algún dato. Llévese los papeles que necesita… ¡Adiós! —y como al bajar los tres escalones me volviera hacia él sonriéndole, agitó la mano ante sus ojos—: ¡Hasta ahora!

 

Me llevé a la habitación grande aquellos papeles que debían ser objeto de mi primer trabajo. Sin dejar la mesa ante la que me hallaba sentado, podía divisar al señor Floche en su porciúncula: se agitó unos instantes; abriendo y cerrando cajones, sacando papeles, metiéndolos, aparentando ser un hombre ocupado… En verdad, sospechaba que estaba muy conmovido, si no molesto por mi presencia, y que en aquella vida tan ordenada el menor trastorno podía afectar al equilibrio del pensamiento. Al fin se instaló, se metió hasta media pierna en el calientapiés y no se movió más…

Por mi parte, fingía estar absorto en mi trabajo; pero me costaba mucho dominar mi pensamiento; y ni siquiera lo intentaba; giraba mi pensamiento en torno al Bieldo como en torno a una fortaleza cuya entrada es preciso descubrir. Me importaba convencerme de que yo era sutil. Novelista, amigo mío, me decía, te vamos a ver en acción. ¡Describe! ¡Y qué! No se trata de esto, sino de descubrir la realidad bajo la apariencia… En este corto lapso de tiempo que se te permite residir en el Bieldo, si te dejas pasar un gesto, un tic, sin que puedas darte inmediatamente su explicación psicológica, histórica y completa, es que no sabes tu oficio.

Entonces volvía los ojos hacia el señor Floche; me daba su perfil; veía una nariz grande, blanda, inexpresiva, unas cejas boscosas, una barbilla rasa en incesante movimiento, como si mascase un chicote…, y pensaba que nada hace tan impenetrable un rostro como la máscara de la bondad.

La campana para el almuerzo me sorprendió en medio de estas reflexiones.

 

Tres

Fue en este almuerzo en el que, sin discursos previos, el señor Floche me llevó bruscamente a presencia del matrimonio Saint-Auréol. Por lo menos, el abate podía haberme advertido la víspera por la noche. Recuerdo que antaño experimenté el mismo estupor cuando, en el Jardín des Plantes, conocí por vez primera al phoenicopterus antiquorum o flamenco con espátula. No podría decir cuál de los dos, si el barón o la baronesa, era el más grotesco; formaban una pareja perfecta; lo mismo que los dos Floche, por lo demás: en el Museo los habrían puesto sin vacilar en la misma vitrina, al uno contra el otro; junto a las «especies desaparecidas». Ante ellos sentí primero esa clase de admiración confusa que, ante las obras de arte perfectas o ante las maravillas de la Naturaleza, nos deja al pronto estúpidos e incapaces de analizar. Tan sólo lentamente llegué a descomponer mi impresión…

El barón Narciso de Saint-Auréol llevaba calzón corto, zapatos de hebilla muy vistosos, corbata de muselina y chorrera. Una nuez, tan prominente como la barbilla, se abría paso por la abertura del cuello y procuraba disimularse bajo un borbotón de muselina; al menor movimiento de la mandíbula, la barbilla hacía un esfuerzo inaudito por unirse a la nariz que, por su parte, se complacía con ello. Un ojo permanecía herméticamente cerrado; el otro, hacia el cual ascendía la comisura del labio y tendían todos los pliegues de la cara, brillaba claro, emboscado tras el pómulo, y parecía decir: «¡Cuidado! Solo estoy, pero nada se me escapa».

La señora de Saint-Auréol desaparecía por entero bajo una ola de encajes falsos. Acantonadas en el fondo de unas mangas temblonas, se estremecían sus manos largas, cargadas de enormes sortijas. Una especie de capota de tafetán negro, forrada por jirones de encajes blancos, envolvía todo el rostro; dos bridas de tafetán se anudaban bajo la barbilla, blanqueadas por el polvo que soltaba el rostro espantosamente maquillado. Cuando hube entrado, se plantó ante mí de perfil, echó hacia atrás la cabeza y con una voz en falsete bastante fuerte y no sumisa:

—Hubo un tiempo, hermana, cuando se tenían más consideraciones para el nombre de Saint-Auréol…

¿Contra quién iba? Sin duda deseaba hacerme sentir, y hacer sentir a su hermana, que yo no estaba allí en casa de los Floche; porque siguió, inclinando a un lado la cabeza, con afectación, y alzando hacia mí su mano derecha:

—Al barón y a mí nos complace sentarle a nuestra mesa, señor.

Posé el labio contra una sortija, y me alcé del besamano enrojeciendo, porque mi posición entre los Saint-Auréol y los Floche se anunciaba incómoda. Pero la señora de Floche no parecía haber prestado la menor atención a la salida de su hermana. En cuanto al barón, su realidad me parecía cuestionable, aun cuando estuvo conmigo amable y meloso. Durante toda mi estancia en el Bieldo no fue posible conseguir que no me llamara señor de Las Cases; lo cual le permitía afirmar que había visto mucho a mis padres en las Tullerías…, sobre todo a un tío mío con el que jugaba al piqué.

—¡Ah! ¡Era un original! Cuando tenía un triunfo, gritaba fuertísimo: ¡Dominó!…

Los decires del barón eran casi todos de esta envergadura. En la mesa casi era él solo quien hablaba; luego, inmediatamente después de la comida, se encerraba en un silencio de momia.

Cuando salíamos del comedor se me acercó la señora de Floche, y en voz baja:

—¿Tal vez tendría el señor Lacase la amabilidad de concederme una breve entrevista? —entrevista que, al parecer, no quería fuese escuchada, porque empezó por llevarme hacia el huerto, diciendo que quería enseñarme los trepadores.

 

—Se trata de mi sobrinito —empezó a decir en cuanto estuvo segura de que no podían oírnos—. No querría que pareciese que critico la docencia del abate Santal…, pero usted que bebe en las mismísimas fuentes de la cultura —tal fue su frase—, tal vez pudiera usted aconsejarnos bien.

—Dígame, señora; me tiene usted a su entera disposición.

—Verá: temo que, para un niño tan joven todavía, el tema de su tesis no sea un poco especial.

—¿Qué tesis? —dije, levemente inquieto.

—La tesis para su bachillerato.

—¡Ah!, muy bien —ya decidido a no asombrarme por nada—. ¿Sobre qué tema?—continué.

—Verá: el señor abate teme que los temas literarios, o propiamente filosóficos, alienten la vaguedad de una mente joven, que de por sí ya tiende demasiado al ensueño…; por lo menos, esto le parece al señor abate. Y, así, ha empujado a Casimiro a que elija un tema histórico.

—Pero, señora, es muy comprensible. ¿Y el tema elegido es…?

—Perdóneme; temo deformar el nombre…; Averroes.

—El señor abate, sin duda, habrá tenido sus razones para escoger este tema que, en efecto, a primera vista, puede parecer un poco extraño.

—Lo han escogido entre los dos. En cuanto a las razones que el abate da, estoy dispuesta a aceptarlas: este tema, me ha dicho, ofrece un interés anecdótico especialmente adecuado para fijar la atención de Casimiro, que a menudo divaga un poco; además, y al parecer los señores examinadores confieren a ello gran importancia, el tema no ha sido tratado nunca.

—En efecto, no recuerdo que lo fuera…

—Y, naturalmente, para hallar un tema que todavía no haya sido tratado nunca por fuerza hay que buscar un poco al margen de los caminos trillados.

—¡Evidentemente!

—Pero le confesaré mi temor…; mas ¿tal vez abuso?

—Señora, le suplico crea que mi buena voluntad y mi deseo de servirle son inagotables.

—¡Pues bien! Verá: no dudo que Casimiro esté pronto en situación de presentar su tesis con brillantez, pero temo que, por deseo de especializar…, deseo un poco prematuro…, el abate no descuide un poco la instrucción general, el cálculo, por ejemplo, o la astronomía…

—¿Qué piensa de todo esto el señor Floche? —pregunté anonadado.

—¡Oh!, el señor Floche aprueba cuanto hace y dice el abate.

—¿Y los padres?

—Nos han confiado al niño —dijo tras una leve vacilación; luego, dejando de andar—: Debido a su amabilidad, querido señor Lacase, me gustaría que hablase usted con Casimiro, para que se diera cuenta, sin que parezca que le pregunta directamente…, y sobre todo no delante del señor abate, que podría sentirse preterido. Estoy segura de que así podría usted…

—Con muchísimo gusto, señora. No me será difícil, sin duda, encontrar un pretexto para salir con su sobrinito. Me llevará a visitar algún lugar del parque…

—Se muestra, al pronto, un poco tímido con quienes todavía no conoce, pero es por naturaleza confiado.

—No dudo que pronto nos haremos grandes amigos.

Un poco más tarde, como nos había reunido de nuevo la merienda:

—Casimiro, deberías enseñarle la cantera al señor Lacase; estoy segura de que le interesará —luego, acercándose a mí—: Vayanse pronto, antes de que baje el abate; querría acompañarles.

Volví a salir inmediatamente al parque; el niño me guiaba cojeando.

—Es la hora del recreo —empecé a decir. Nada contestó. Seguí—: ¿Nunca trabaja después de la merienda?

—¡Oh, sí!; pero hoy ya no tenía nada más que copiar.

—¿Y qué es lo que está copiando?

—La tesis.

—¡Ah!…

Al cabo de algunos tanteos llegué a comprender que esa tesis era un trabajo del abate, que el abate hacía pusiera en limpio y copiara el niño, porque escribía correctamente. Sacaba cuatro copias, en cuatro cuadernos encuadernados, de los que cada día llenaba unas páginas. Casimiro me aseguró, por lo demás, que le gustaba mucho «copiar».

—Pero ¿por qué cuatro veces?

—Porque retengo difícilmente.

—¿Comprende lo que escribe?

—Algunas veces. Otras me explica el abate, o bien dice que ya comprenderé cuando sea mayor.

Sencillamente, el abate había convertido a su alumno en un secretario-copista. ¿Era así como concebía sus obligaciones? Sentía henchírseme el corazón, y me disponía a tener con él, inmediatamente, una conversación dramática. Inconscientemente, la indignación me había hecho acelerar el paso; a Casimiro le era difícil seguirme; me di cuenta de que estaba sudoroso. Le di una mano, que me cogió con la suya, cojeando a mi vera mientras yo apaciguaba mi marcha.

—Esta tesis, ¿es su único trabajo?

—¡Oh, no! —dijo inmediatamente; pero al seguir preguntándole, comprendí que el resto se reducía a poca cosa; y él, sin duda, se dio cuenta de mi asombro—: Leo mucho —añadió, como diría un pobre ¡tengo otras ropas!

—¿Y qué le gusta leer?

—Los grandes viajes —luego, volviendo hacia mí una mirada en la que ya la vacilación cedía su puesto a la confianza—: El abate ha estado en China, ¿lo sabía?…

—y el tono de su voz expresaba una admiración y una veneración sin límites hacia su maestro.

Habíamos llegado a ese lugar del parque que la señora de Floche llamaba «la cantera». Abandonada desde hacía mucho tiempo, formaba una especie de gruta, disimulada en el flanco de la colina entre malezas. Nos sentamos sobre un bloque de roca caldeada por el sol, ya bajo. El parque terminaba allí sin cerca; habíamos dejado a nuestra izquierda un camino que descendía oblicuamente, interceptado por una pequeña barrera; por las demás partes, la pendiente, bastante abrupta, servía de protección natural.

—¿Y usted ya ha viajado, Casimiro? —pregunté.

No me contestó; bajó la frente… A nuestros pies el valle se llenaba de sombra, y ya el sol tocaba la colina que cerraba el paisaje ante nosotros. Un bosquecillo de castaños y encinas coronaba un cerro calcáreo, acribillado por los agujeros de una conejera; un poco romántico, el lugar resaltaba sobre la uniforme molicie del contorno.

—Mire los conejos —gritó de pronto Casimiro; luego, al cabo de un instante, añadió, señalando el bosquecillo con el dedo—: Un día, con el señor abate, subí allí.

De vuelta pasamos junto a una charca cubierta de confervas. Le prometí a Casimiro prepararle una caña y enseñarle cómo se pescaban las ranas.

Esta primera velada, que no se prolongó más que hasta las nueve, en nada se diferenció de las sucesivas, ni creo que se diferenciase de las precedentes, porque mis huéspedes tuvieron el buen gusto de no violentarse por mí. Inmediatamente después de la cena volvimos al salón, en el que, mientras comíamos, Graciano había encendido lumbre. Una gran lámpara, colocada en el extremo de una mesa de marquetería, alumbraba a la vez la partida de chaquete que al otro extremo de la mesa jugaba el barón con el abate y el velador en que las señoras jugaban a una especie de brisca oriental y movida.

—El señor Lacase, acostumbrado a las distracciones de París, encontrará sin duda nuestra diversión un poco mustia —había dicho anteriormente la señora de Saint-Auréol.

Mientras tanto, el señor Floche dormitaba junto al fuego, en una poltrona; Casimiro, de codos sobre la mesa, con la cabeza entre las manos, el labio caído y babeante, progresaba en una Vuelta al Mundo. Yo, circunspecto y cortés, había simulado interesarme vivamente por la brisca de las señoras; como el whist, podía jugarse con un muerto, pero se jugaba preferentemente entre cuatro, de manera que la señora de Saint-Auréol, en cuanto lo propuse, me aceptó encantada por compañero. Las primeras noches, mis impares fueron la ruina de nuestro bando y la alegría de la señora de Floche, la cual, después de cada victoria, se permitía darme un golpecito discreto en el brazo, con su mano enmitonada. Se cometían temeridades, había astucias, sutilezas. La señorita Olimpia jugaba un juego duro, concertado. Al comienzo de cada partida se puntuaba, se aventuraba la subasta según el juego que se tuviera; ello dejaba un poco de margen al farol; la señora de Saint-Auréol se aventuraba descaradamente, con los ojos brillantes, las mejillas enrojecidas y la barbilla temblorosa; cuando de verdad tenía un buen juego, me daba una buena patada por debajo de la mesa; la señorita Olimpia intentaba hacerle frente, pero quedaba desmantelada por la aguda voz de la vieja que, de pronto, en lugar de una nueva cifra, gritaba:

—¡Verdure, miente usted!

Al final de la primera partida, la señora de Floche sacaba su reloj, y como si precisamente fuera la hora:

—¡Casimiro! Vamos, Casimiro; es hora.

El niño parecía salir dolorosamente de un letargo, se levantaba, daba a los señores su mano blanda, su frente a las señoras y luego salía arrastrando un pie.

Mientras la señora de Saint-Auréol nos invitaba a la revancha, acababa el primer chaquete; entonces el señor Floche, a veces, ocupaba el puesto de su cuñado; ni el señor Floche ni el abate anunciaban sus jugadas; por su lado se oía sólo el rodar de los dados en el cubilete y sobre la mesa; el señor de Saint-Auréol, en la poltrona, monologaba o canturreaba a media voz, y a veces, de golpe, daba un golpetazo con las tenazas en medio del fuego, con tal inoportunidad que salpicaba las brasas hasta muy lejos; la señorita Olimpia acudía precipitadamente y hacía sobre la alfombra lo que la señora de Saint-Auréol llamaba elegantemente el baile de las chispas… Las más veces el señor Floche dejaba al barón que se las entendiese con el abate y no abandonaba su butaca; podía verle desde mi sitio, no dormido, como él decía, sino sacudiendo la cabeza en la sombra; y la primera noche, como un resplandor de llama iluminase bruscamente su rostro, pude distinguir que lloraba.

A las nueve y cuarto, terminada la brisca, la señora de Floche apagaba la lámpara, mientras la señorita Verdure encendía dos candelabros que colocaba a ambos lados de la mesa del chaquete.

—Abate, no le haga velar hasta muy tarde —recomendaba la señora de Saint-Auréol, dándole a su marido en el hombro con el abanico.

Me había parecido discreto, desde la primera noche, obedecer la señal de las señoras, dejando en su juego a los chaquetistas y en su meditación al señor Floche, que subía al último. En el vestíbulo, cada uno se adueñaba de una palmatoria; las señoras me daban las buenas noches, que acompañaban con las mismas reverencias que los buenos días matinales. Volvía a mi habitación; pronto oía subir a los señores. Pronto todo era silencio. Pero por debajo de algunas puertas se filtraba luz todavía durante mucho tiempo. Pero más de una hora después, si, acuciado por alguna necesidad, se salía al pasillo, se corría el riesgo de encontrarse con la señora de Floche, o la señorita Verdure, en atuendo de noche, ocupadas en los últimos arreglos. Más tarde todavía, y cuando se hubiera creído que todo estaba ya apagado, por la ventanita de un cuchitril que tomaba luz del pasillo, pero no tenía acceso a él, se podía distinguir, por su sombra chinesca, a la señora de Saint-Auréol remendando.

 

Cuatro

Mi segundo día en el Bieldo fue parecidísimo al primero, hora por hora; pero se había desvanecido completamente la curiosidad que al pronto tuve con respecto a las ocupaciones de mis huéspedes. Desde la mañana, una lluvia fina llenaba el cielo. Se hacía imposible pasear, la conversación de las señoras resultaba cada vez más insulsa, y así dediqué al trabajo casi todas las horas del día. Apenas pude cruzar unas palabras con el abate; fue después del almuerzo; me invitó a ir a fumar un cigarrillo cerca del salón, en una especie de hangar cerrado por cristales, al que llamaban, un poco pomposamente, el invernadero, y en donde se habían recogido, para la mala estación, los pocos bancos y sillas del jardín.

—Pero, señor mío —dijo, cuando un poco nerviosamente abordé el tema de la educación del niño—; no habría deseado nada mejor que ilustrar a Casimiro con todas mis cortas luces; no he renunciado a ello sin dolor. ¿Acaso aprobaría usted que, siendo como es cojitranco, se me hubiera metido en la cabeza hacerle bailar en la cuerda floja? Pronto hube de acortar mis tiros. Si se ocupa conmigo de Averroes, es porque he aceptado hacer un trabajo sobre Aristóteles, y mejor que balbucear con el niño sobre cualquier rudimento, me he encariñado con atraerle a mi trabajo. Da lo mismo cualquier tema; lo importante es tener a Casimiro ocupado durante tres o cuatro horas al día; ¿hubiera podido no ser un poco agrio con él si me hiciese perder un tiempo análogo? Y sin beneficio para él, se lo garantizo… Y con lo dicho basta para el tema, ¿verdad? —y tras esto, tirando el cigarrillo que había dejado apagar, se levantó para volver al salón.

El mal tiempo me impidió salir con Casimiro, hubimos de dejar para el día siguiente la proyectada partida de pesca; pero, ante la decepción del niño, me ingenié para procurarle alguna otra diversión; como cayera en mis manos un ajedrez, le enseñé el juego del pastor y las ovejas, que le tuvo apasionado hasta la cena.

La velada empezó exactamente como la precedente; pero yo no escuchaba ni observaba ya a nadie; sobre mí empezó a pesar un aburrimiento indecible.

Inmediatamente después de la cena se levantó una especie de vendaval; por dos veces la señorita Verdure interrumpió la brisca, para ir a ver si en las habitaciones superiores «la lluvia no reinaba». Hubimos de tomar la revancha sin ella; el juego carecía de aliciente. Junto al fuego, en una butaca baja denominada familiarmente «la berlina», acunado por el ruido del chaparrón, el señor Floche se había dormido efectivamente; en la poltrona, frente a él, el barón se quejaba de sus reumatismos y refunfuñaba.

—La partida de chaquete le distraerá —repetía en vano el abate, que a falta de contrincante acabó por retirarse, llevándose a acostar a Casimiro.

Cuando aquella noche me hallé solo en mi habitación, una intolerable angustia me oprimía el cuerpo y el alma; mi aburrimiento se convertía casi en miedo. Un muro de lluvia me separaba del resto del mundo, lejos de toda pasión, lejos de la vida, me encerraba en una pesadilla gris, entre seres extraños apenas humanos, de sangre fría, descoloridos y cuyo corazón hacía ya tiempo que no latía. Abrí mi maleta y saqué la guía de ferrocarriles: ¡Un tren! ¡A cualquier hora que sea, del día o de la noche…, que me lleve! ¡Aquí me ahogo! …

La impaciencia me quitó el sueño durante mucho tiempo.

Cuando al día siguiente me desperté, tal vez mi decisión no fuera menos firme, pero no me parecía ya posible ser descortés con mis huéspedes y marcharme sin inventar alguna excusa para yugular mi estancia allí. ¡No había dicho imprudentemente que por lo menos permanecería una semana en el Bieldo! ¡Bah! Malas noticias me reclamarán bruscamente a París… Felizmente, había dejado mis señas; debían remitirme al Bieldo todo mi correo; milagro sería si hoy mismo no me llegaba algún sobre del que pudiese hacer hábil uso…, y puse mi esperanza en la llegada del cartero. El cual apareció un poco después de mediodía, a la hora en que se acababa el almuerzo; no nos levantaríamos de la mesa antes de que Delfina trajese a la señora de Floche el paquetito de cartas y de impresos, que ella repartía entre los comensales. Por desgracia, sucedió que ese día el abate Santal estaba invitado a almorzar por el decano de Pont-l’Evêque, y hacia las once había venido a despedirse del señor Floche y de mí, pero no me di entonces cuenta de que me soplaba con ello caballo y carruaje.

En el almuerzo representé, pues, la comedieta que había premeditado:

—¡Vamos, y ahora! ¡Qué fastidio!… —murmuré abriendo uno de los sobres que me había tendido la señora de Floche; y como por discreción ninguno de mis huéspedes recogió mi exclamación, seguí con ahínco—: ¡Qué contratiempo! —aparentando sorpresa y disgusto, mientras mis ojos recorrían un billete anodino. Por fin, la señora de Floche se aventuró a preguntarme con voz tímida:

—¿Alguna noticia desagradable, querido señor?

—¡No! Nada muy grave —respondí al punto—. Pero, ¡ay!, veo que me será necesario regresar a París sin tardanza, y de aquí viene mi disgusto.

El estupor fue general de un cabo a otro de la mesa, superando tanto mis suposiciones que me sentí enrojecer de confusión. Este estupor se tradujo primero por un silencio sombrío, después, por fin, el señor Floche, con voz un poco trémula:

—¿Es posible, en verdad, querido joven amigo? ¡Pero y su trabajo! Pero y nuestra…

No pudo acabar. Yo no hallaba respuesta, no tenía nada que decir, y, en verdad, que yo mismo me sentía bastante emocionado. Mis ojos se fijaban en lo alto de la cabeza de Casimiro que, con la nariz en el plato, cortaba en trocitos una patata. La señorita Verdure se había puesto roja de indignación.

—Me parecería indiscreto insistir para retenerle —aventuró débilmente la señora de Floche.

—¡Para las distracciones que puede brindar el Bieldo! —dijo agriamente la señora de Saint-Auréol.

—¡Oh! Señora, créame que nada… —intenté protestar; pero sin escucharme, la baronesa gritaba ya a voz en cuello al oído de su marido, sentado a su lado:

—Es que el señor Lacase quiere dejarnos ya.

—¡Qué bonito! ¡Qué bonito! Muy sensible —dijo el sordo sonriendo hacia mí.

Mientras tanto, la señora de Floche a la señorita Verdure:

—Pero ¿cómo haremos…? El abate acaba de llevarse al caballo.

Aquí di un paso atrás.

—Con tal de estar en París mañana a primera hora… En realidad, con que tomase el tren de esta noche.

—Que Graciano vaya inmediatamente a ver si puede disponerse del caballo de Bouligny. Diga que hace falta llevar a una persona al tren de… —y volviéndose hacia mí—: ¿De verdad le bastaría con tomar el tren de las siete?

—¡Señora, cuánto siento causarles tantas molestias! …

El almuerzo terminó en silencio. Inmediatamente después, el padrecito Floche me llevó consigo, y en cuanto nos hallamos solos en el pasillo que conducía a la biblioteca:

—Pero, querido señor…, querido amigo…, todavía no lo puedo creer…; si le faltan por ver una cantidad de…; ¿es posible, en verdad? ¡Qué contratiempo! ¡Qué contratiempo más desagradable! Precisamente esperaba que acabase con su primer trabajo para poner en sus manos otros papeles que saqué ayer; le confesaré que contaba con ellos para interesarle de nuevo y retenerle un poco más. Será preciso que le enseñe todo ello inmediatamente. Venga conmigo; todavía le queda un poco de tiempo hasta la noche; porque no sé si puedo atreverme a pedirle que vuelva…

Ante la desilusión del viejo me avergonzaba de mi conducta. Había trabajado a fondo toda la víspera y esta última mañana, de manera que, realmente, poco me quedaba por desgranar de los papeles que me había confiado el señor Floche; pero en cuanto subimos a su retiro, he aquí que del fondo de un cajón saca con gesto misterioso un paquete envuelto en tela y atado; pasada por debajo de la cuerda había una ficha, a manera de índice, con la nomenclatura de los papeles y su procedencia.

—Llévese el paquete entero —dijo—; no todo lo que contiene es, sin duda, extraordinario; pero usted tardará menos que yo en buscar por ahí dentro lo que le interese.

Mientras abría y cerraba otros cajones afanosamente, bajé a la biblioteca con el atadijo, que desenvolví sobre la gran mesa.

Algunos papeles, efectivamente, se relacionaban con mi trabajo, pero eran pocos y su importancia mediocre; la mayoría de ellos, de mano del propio señor Floche, pertenecían a la vida de Massillon y, por tanto, no me concernían en absoluto.

¿En verdad contaba con esto para retenerme el pobre señor Floche? Le miré; se había embutido en su calientapiés y se ocupaba de desobturar minuciosamente con un alfiler los agujeros de un chismito que esparcía sandáraca. Acabada la operación, alzó la cabeza y se encontró con mi mirada. Tenía una sonrisa tan simpática que me fui a hablar con él, y apoyado en el quicio, a la entrada de su porciúncula:

—Señor Floche —le dije—, ¿por qué no viene usted nunca a París? Nos alegraría tanto verle.

—A mi edad, los desplazamientos son difíciles y costosos.

—¿Y no añora usted demasiado la ciudad?

—¡Bah! —dijo levantando las manos—, me disponía a añorarla más. Al principio, la soledad del campo resulta un poco dura para quien gusta mucho de la conversación; después se habitúa uno.

—Entonces, ¿no es por gusto por lo que vino usted a instalarse en el Bieldo?

Salió del calientapiés, se levantó y poniéndome la mano familiarmente sobre mi manga:

—Tenía en la Academia algunos colegas a los que estimo, entre ellos su querido maestro Alberto Desnos; y creo, sin duda, que estaba en camino de tomar pronto asiento junto a ellos…

Parecía querer hablar más; sin embargo, no me atrevía a hacer una pregunta demasiado directa:

—¿Es que tanto le atraía a la señora de Floche el campo?

—N… no. Sin embargo, vine por la señora de Floche; pero a ella misma le llamaba un pequeño acontecimiento familiar —había bajado a la gran sala y descubrió el atadijo que yo había atado ya—. ¡Ah!, ya lo ha visto usted todo —dijo tristemente—. Sin duda habrá encontrado ahí poca materia. ¿Qué quiere usted? Yo recojo incluso las miguillas; a veces me digo que pierdo el tiempo coleccionando briznas; pero acaso son necesarios hombres como yo, que ahorran estos menudos trabajillos a otros que, como usted, podrán sacarles un partido brillante. Cuando lea su tesis, me diré que mi esfuerzo le habrá servido un poquitín.

Nos llamó la campana de la merienda.

¿Cómo llegar a saber, pensaba yo, qué «pequeño acontecimiento familiar» fue bastante para forzar la decisión de estos dos viejos? ¿Lo sabe el abate? En vez de enfrentarme con él, debí concitármelo. ¡Qué más da! Ya es demasiado tarde. Ello no impide que el señor Floche sea un hombre digno, del que guardaré buen recuerdo…

Llegamos al comedor.

—Casimiro no se atreve a preguntarle si no daría usted con él un paseíto por el jardín; sé que tiene muchas ganas —dijo la señora de Floche—; pero acaso ¿le queda a usted tiempo?

El niño, que hundía la cara en un tazón, se atragantó.

—Iba a proponerle que me acompañara; he podido poner al día mi trabajo y estaré libre hasta mi partida. Precisamente ya no llueve… —y me llevé al niño al parque.

En la primera vuelta del camino el niño, que tenía entre las suyas una de mis manos, la mantuvo apretada mucho tiempo contra su rostro ardiente.

—Había dicho que se quedaría ocho días…

—¡Pobre pequeño! No puedo quedarme más tiempo.

—Usted se aburre.

—¡No! Pero es preciso que me vaya.

—¿Dónde va usted?

—A París. Volveré.

Apenas pronuncié esta palabra cuando me miró con ansiedad.

—¿De veras? ¿Lo promete?

El interrogatorio de este niño expresaba tanta confianza que no tuve valor para desdecirme:

—¿Quieres que te lo escriba en un papelito que tú guardarás?

—¡Oh! ¡Sí! —dijo besándome muy fuerte la mano y manifestando su alegría mediante saltos frenéticos.

—¿Sabes qué deberíamos hacer ahora? En lugar de ir a pescar, deberíamos cortar unas flores para tu tía; y los dos iríamos a llevarle un gran ramo a su habitación, para darle una magnífica sorpresa.

Me había prometido no marcharme del Bieldo sin haber visitado la habitación de una de estas viejas señoras; como circulaban continuamente de un extremo a otro de la casa, corría gran riesgo de que me pescasen en mi indiscreta investigación; contaba con el niño para justificar mi presencia; por poco natural que pudiese parecer que entrase siguiéndole en la habitación de su abuela o de su tía, gracias al pretexto del ramo, en caso de ser sorprendido, no me vería en una situación difícil.

Pero cortar flores en el Bieldo no era tan fácil como yo suponía. Graciano ejercía una vigilancia feroz sobre todo el jardín; no sólo señalaba las flores que toleraban ser cortadas, sino que además vigilaba cuidadosamente el modo como se cortaban. Hacía falta podadera o cuchillito, y, además, ¡qué cantidad de precauciones! Es lo que me explicó Casimiro. Graciano nos acompañó hasta el borde de un macizo de dalias magníficas, del que se podían sacar muchísimos ramos sin que siquiera se notase.

—Por encima de la yema. Señorito Casimiro, ¿cuántas veces hace falta repetírselo? Corte siempre por encima de la yema.

—En este fin de estación eso ya no tiene importancia —dije impacientemente.

Respondió murmurando que «eso siempre tiene importancia» y que «en ninguna estación se pueden hacer mal las cosas». Me horrorizan los rezongones sentenciosos…

Me precedía el niño, llevando el ramo. Al pasar por el vestíbulo había cogido un florero…

En la habitación reinaba una paz religiosa; las persianas estaban cerradas; cerca de la cama, metida en una alcoba, un reclinatorio de caoba y de terciopelo granate al pie de un pequeño crucifijo de marfil y de ébano; contra el crucifijo, medio ocultándolo, un ramito fino de boj colgado de una cinta rosa y sostenido bajo un brazo de la cruz. El recogimiento de la hora llamaba a la oración; olvidé lo que había venido a hacer y la vana curiosidad que me había atraído a ese lugar; dejé a Casimiro disponer a su gusto las flores sobre una cómoda y no miré ninguna otra cosa de la habitación. Aquí, en esta cama matrimonial, pensaba, la pobre vieja Floche se extinguirá bien pronto, al fin, al amparo de los soplos de la vida… ¡Oh barcas que deseáis la tempestad! ¡Qué tranquilo es este puerto!

Mientras tanto, Casimiro se enfadaba con las flores; el mazo de pesadas dalias se vencía; todo el ramo se vino al suelo.

—Si me ayudara —dijo, al fin.

Pero mientras yo me las componía en su lugar, corrió al otro lado de la habitación hacia un escritorio que abrió.

—Voy a hacerle la nota en que promete volver.

—Esto es —dije, prestándome a la comedia—. Date prisa. Tu tía se enfadaría muchísimo si te viese revolver en su escritorio.

—¡Uy! Mi tía está ocupada en la cocina; y, además, no me riñe nunca —con su mejor letra llenó un pliego de papel de cartas—. Ahora, venga a firmar.

Me acerqué:

—¡Pero, Casimiro, tú no tenías que firmar! —dije riéndome.

El niño, sin duda para conferir más fuerza a este compromiso, y porque le pareció comprometerse también él, había creído conveniente poner su nombre al pie de la hoja, donde leí:

 

El señor Lacase promete volver el año próximo al Bieldo.

Casimiro de Saint-Auréol

 

Un instante quedó perplejo, debido a mi observación y a mi risa: él obraba de todo corazón, ¿es que yo no lo tomaba en serio? Estaba casi a punto de llorar.

—Déjame tu sitio para que firme.

Se levantó, y luego, cuando hube firmado la nota, saltó de alegría y cubrió mi mano de besos. Iba a marcharme; me retuvo por la manga e, inclinado sobre el escritorio:

—Le voy a enseñar una cosa —dijo, accionando un resorte y sacando un cajón, cuyo secreto conocía; luego, rebuscando entre cintas y recibos, me tendió una frágil miniatura enmarcada—: Mire.

Me acerqué a la ventana.

¿Cuál es ese cuento en que el héroe se enamora del retrato de la princesa? Debió ser éste el retrato. No entiendo nada de pintura y me trae sin cuidado el oficio; sin duda, un entendido hubiera juzgado esta miniatura relamida; excesiva gracia complaciente borraba los rasgos, pero esta pura gracia era tal que no podía olvidarse.

Poco me importaban, les digo, las cualidades o los defectos de la pintura: la mujer joven que tenía ante mí, y de la que sólo veía el perfil, una sien medio escondida por un pesado bucle negro, un ojo lánguido y tristemente soñador, la boca entreabierta y como suspirante, el cuello tan frágil como un tallo de flor, esta mujer tenía la más conmovedora, la más angelical de las bellezas. Contemplándola había perdido la noción del tiempo y del lugar; Casimiro, que al pronto se había alejado, al acabar de arreglar las flores, volvió a mí, se inclinó:

—Es mamá… ¡Es muy bonita, verdad!

Me molestaba hallar tan bella a la madre en presencia del niño.

—¿Dónde está ahora tu mamá?

—No sé.

—¿Por qué no está aquí?

—Se aburre.

—¿Y tu papá?

Un poco confusamente, bajando la cabeza y como avergonzado, respondió:

—Mi papá ha muerto.

Mis preguntas le molestaban; pero yo estaba decidido a llegar más lejos.

—Tu mamá seguro que vendrá a verte alguna vez, ¿no?

—¡Oh, sí!, ¡muy a menudo! —dijo con convicción, alzando de pronto la cabeza. Añadió en voz un poco más baja—: Viene a hablar con mi tía.

—Pero contigo ¿hablará también?

—¡Oh!, yo, yo no sé hablarle… Y, además, cuando viene estoy acostado.

—¡Acostado!

—Si, viene por la noche… —luego, cediendo a su confianza (me había cogido la mano, porque yo había dejado el retrato), cariñosamente, y como en secreto—: La última vez vino a besarme a la cama.

—¿Es que no te besa siempre?

—¡Oh, sí!, muchísimas veces.

—Entonces, ¿por qué dices «la última vez»?

—Porque lloraba.

—¿Estaba con tu tía?

—No; había entrado sola en la oscuridad; me creía dormido.

—Te despertó.

—¡Oh!, no estaba dormido. La esperaba.

—Entonces, es que sabías que estaba aquí —de nuevo bajó la cabeza, sin contestar. Insistí—: En la oscuridad, ¿cómo pudiste ver que lloraba?

—¡Oh! Lo oí.

—¿No le pediste que se quedase?

—¡Oh, sí! Estaba inclinada sobre mi cama; la cogí por el pelo…

—¿Y ella qué decía?

—Se reía; decía que la despeinaba; pero que tenía que marcharse.

—¿Es que no te quiere?

—¡Oh, sí!; me quiere mucho —gritó, apartado de mí bruscamente, y con el rostro todavía más encendido, con una voz tan apasionada que me avergoncé de mi pregunta.

La voz de la señora de Floche se oyó al pie de la escalera:

—¡Casimiro! ¡Casimiro! Vete a decir al señor Lacase que ya puede prepararse. El coche estará aquí dentro de media hora.

Me lancé escaleras abajo y alcancé a la viejecita en el vestíbulo.

—¡Señora de Floche! ¿Podría alguien ir a poner un telegrama? He encontrado una fórmula que creo me permitirá pasar unos días más junto a ustedes.

Tomó con las suyas mis dos manos.

—¡Ah! ¡Qué inverosímil! Querido señor —y como en su emoción no encontraba nada más que decir, repetía—: ¡Qué inverosímil! —luego, corriendo bajo la ventana de Floche—: ¡Mi buen amigo! ¡Buen amigo! —así es como le llamaba—, el señor Lacase quiere quedarse.

La voz débil sonaba como un cascabel roto, pero, sin embargo, le llegó; vi que se abría la ventana, y el señor Floche se asomó un instante; luego, tan pronto como comprendió:

—¡Bajo! ¡Bajo!

Casimiro se unió a él; durante unos instantes tuve que enfrentarme con las congratulaciones de cada uno de ellos; se hubiera dicho que era de la familia.

Redacté no sé ya qué texto fantástico de telegrama, que hice enviasen a una dirección imaginaria.

—Temo haber sido un poco indiscreta en el almuerzo, rogándole demasiado — dijo la señora de Floche—; ¿puedo esperar que, al quedarse usted, no padecerán demasiado sus asuntos de París?

—Espero que no, querida señora. Ruego a un amigo que se ocupe de mis intereses.

Había acudido la señora de Saint-Auréol; se abanicaba, y giraba por la habitación gritando con voz más aguda:

—¡Qué amable es! ¡Ah!, mil gracias… ¡Qué amable! —luego desapareció y se restableció la calma.

Poco antes de la cena volvió el abate de Pont-l’Evêque; como no se había enterado de la veleidad de mi partida, no pudo sorprenderse al saber que no me iba.

—Señor Lacase —dijo bastante afable—, he traído algunos periódicos de Pontl’Evêque; en cuanto a mí, no soy muy amigo de los chismes de las gacetas, pero he pensado que estaba usted aquí un poco carente de noticias y que estas hojas le podrían interesar —escudriñó su sotana—. ¡Vamos! Graciano los habrá subido a mi habitación con mi cartera. Espere un instante; voy a buscarlos.

—De ninguna manera, señor abate; soy yo el que subirá a buscarlos.

Le acompañé hasta su habitación; me rogó que entrase. Y mientras se cepillaba la sotana y se preparaba para la comida:

—¿Conocía usted a la familia de Saint-Auréol antes de venir al Bieldo? —le pregunté tras algunas frases inocuas.

—No —me dijo.

—¿Ni al señor Floche?

—Pasé bruscamente de misiones a la enseñanza. Mi superior estaba en relación con el señor Floche, y me designó para las funciones que ahora desempeño; no, antes de venir aquí no conocía ni a mi alumno ni a sus parientes.

—Así es que usted ignora qué acontecimientos obligaron bruscamente al señor Floche a dejar París hace unos quince años, en el momento en que iba a entrar en la Academia.

—Reveses económicos —murmuró.

—¡Cómo! ¡El señor y la señora Floche viven aquí a costa de los Saint-Auréol!

—No, no —dijo impaciente—; son los Saint-Auréol los que están arruinados o casi; en todo caso, el Bieldo les pertenece; los Floche, que están en una situación desahogada, viven con ellos para ayudarles; subvienen a los gastos de la casa y así los Saint-Auréol pueden conservar el Bieldo, que más tarde pasará a Casimiro; creo que es cuanto puede esperar el niño…

—¿La nuera no tiene fortuna?

—¿Qué nuera? La madre de Casimiro no es la nuera, es la propia hija de los Saint-Auréol.

—Pero, entonces, ¿el nombre del niño? —fingió no entender—. ¿No se llama Casimiro de Saint-Auréol?

—¡De veras! —dijo irónicamente—. Pues bien, habrá que suponer que la señorita de Saint-Auréol se casó con un primo suyo del mismo nombre.

—¡Muy bien! —dije, entendiendo a medias, y vacilando no obstante en concluir. Había acabado de cepillarse la sotana; con un pie sobre el alféizar estaba dando pañuelazos para quitarles el polvo a sus zapatos—. ¿Y usted conoce a… la señorita de Saint-Auréol?

—La he visto dos o tres veces; pero no viene aquí más que fugazmente.

—¿Dónde vive?

Se enderezó, tiró el pañuelo empolvado a un rincón de la habitación:

—¿Es que es un interrogatorio?… —luego, dirigiéndose hacia el lavabo—: Van a llamar para la cena ¡y no estaré dispuesto!

Era una invitación para que me fuese; sin duda, sus labios apretados tenían mucho que decir, pero por el momento nada dejarían escapar.

 

(Continuará…)

 

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