TOMA DE TIERRA: La aventura de publicar (I)

Por José Ramallo

 

 

A menudo suelo recordar la entrevista radial que le realizaron a un ex futbolista. En verdad, no recuerdo cómo se llamaba este deportista. Parece una burla, pero no lo es. Sucede que, lo que rescato de esa nota, es la confesión que realiza el entrevistado. Es algo contundente para quien lo escucha por vez primera. El periodista le había preguntado cómo había sido aquel momento de su carrera, en el que había decidido retirarse del fútbol, luego de tantos años de practicarlo y de haber obtenido tantas conquistas. Y la respuesta, parafraseada, era esta: “Mira, la verdad es que me di cuenta solo, de algo que nadie me quería decir. Porque era una verdad dolorosa. Yo venía de una larga lesión. A determinada edad, uno ya no se recupera rápidamente de las lesiones musculares. Pero en aquél partido volvía a jugar y encima el Director Técnico había decidido incluirme en los once titulares. Fueron transcurriendo los minutos y yo me daba cuenta que mis compañeros no me querían dar la pelota. Las pocas que recibía, las perdía enseguida. Trataba de acompañar la jugada en el ataque, y me sentía pesado. Inclusive llegué a sentir la mirada compasiva de los defensores del equipo rival, que me dejaban libre un par de metros para que yo pudiese moverme un poco. En cuanto terminó el primer tiempo me acerqué al D.T. y conteniendo la voz que se me quebraba le dije: sacame, me retiro del fútbol”

No termino de saber por qué motivo suelo recordar esa nota. Me sigue conmoviendo cada vez que el sonido vuelve a mi cabeza. Creo que uno vive la escritura casi con la misma pasión, con la que un deportista vive el fútbol. Y a veces aquel pensamiento lo invade. Le llega como espectro en tren de medianoche y le aconseja dejarlo todo, ya. ¿Alguna vez se preguntaron si los escritores se retiran, como lo hace un profesional luego de determinada edad?

Siento que mi vida ha comenzado y terminado con Ernesto Sábato. Ha sido él un escritor que ha estado presente en todos los momentos de mi vida. Es como si pudiera utilizar una frase o pensamiento suyo, para ir escribiendo los capítulos de mi vida. Recuerdo ahora, por ejemplo, que en mi paso por la escuela secundaria leí la novela El túnel. Tuve una respuesta inmediata a esa lectura, y escribí un poema llamado “Un circo con payasos negros”. No lo he conservado, por desgracia. Lo destruí. Pero era un poema muy doloroso, que trataba sobre el rechazo amoroso que yo sentía no sólo en esa novela sino en mi propia vida.

Han pasado varios años, desde aquella primera lectura. Más de quince diría. He escrito muchas cosas. Todo tipo de textos. Y he publicado muy pocos, de todas ellos.

Pero mi primer libro, llamado La mujer de los 35, es una novela que pretendió homenajear a aquella influencia que Ernesto Sábato supo arrojar en mí, cuando aún era adolescente. No lo supe de inmediato. De hecho, me costó creerlo tiempo después cuando algunos lectores me lo decían. Tan sólo sabía que quería escribir una historia, en donde un joven muchacho enloqueciese de amor por una mujer mucho más grande que él, y utilizar como ingredientes algunas críticas sociales. Lo pienso ahora, después de varios años de su publicación y llego a pensar que el mensaje de esa obra es: cuando el mundo se cae a pedazos, el amor todo lo transforma y lo vuelve a edificar.

Pero lo que aún me cuesta reconocer es aquello que muchos lectores supieron decirme: “Tu libro me recordó mucho a El túnel de Ernesto Sábato. ¿Alguna vez lo leíste?”

¿Cómo debía sentirme? ¿Era un plagiador? ¿Diez años después de haberlo leído en la secundaria, aún sentía el brillo de aquel susurro pronunciado por mi propia boca: “Bastará con decir que soy Juan Pablo Castell, el pintor que asesinó a María Iribarne”? Me consta que en el interior de La mujer de los 35 los personajes debaten sobre algunas obras literarias, en donde nombran a Julio Cortázar, entre otros. Como así también se nombra dos o tres libros de Ernesto Sábato. Pero lejos está su escritura – y sobre todo su historia – de asemejarse a la obra de este último.

¿En donde radicaba aquello que dije, sobre homenajear a Ernesto Sábato? ¿Me estaba contradiciendo? No, nada de ello. Coloqué un epígrafe al comenzar el libro, que había sido tomado de Rayuela la obra de Julio Cortázar. Y guardé otro para ser colocado en el último capítulo. Éste le correspondía a Ernesto Sábato y había sido tomada del libro Antes del fin: Cuando el doctor Cárcamo me decía que debía empezar urgentemente una terapia psicoanalítica, porque estaba al borde la locura. Seguramente se preocupaba de verdad, porque era un buen hombre, pero yo le respondí que sólo me salvaría el arte.

Con esta frase daba inicio al último capítulo de mi novela, y resumía todo lo que sentía por Sabato. No me estancaba en El túnel sino que rescataba una frase, dentro de miles que supe acariciar en cada uno de sus libros. No obstante, para muchos, La mujer de los 35 es y será una mera respuesta al asesinato de María Iribarne, en manos de Juan Pablo Castell. Matar por amor. Morir por amor. Enloquecer por amor. Eternizar el amor. Traspasar las barreras de la vida y de la muerte, llevando el amor como estandarte hacia los confines de la eternidad.

¿Cómo fue mi relación con esa novela, luego de haberla publicado? Muy mala. Casi conflictiva. Dije al principio de este artículo que uno vive la escritura, casi con la misma pasión con la que  el deportista vive el fútbol. Y esto conlleva mucha exigencia, para ser todos los días un poquito mejor. No se compite con los colegas, sino con uno mismo. Leer y escribir. Reflexionar y lanzarse hacia otros horizontes. Pasar por todos los géneros, y ponerse a prueba en cada uno de ellos. Pulir la escritura, en resumidas palabras.

Pasa el tiempo y logras un nivel que te resulta conmovedor. Sentís que sos muy hábil en tu área. Pero miras para atrás y recordas cómo fueron tus primeros pasos. Y es entonces cuando te sentís avergonzado de tu primer libro. Sí, esa es la palabra: vergüenza. Porque aquel libro está mal redactado, porque aquel libro deja espacios vacíos sin explicación, porque aquel libro desnuda toda tu inexperiencia. Pero también hay que ser tolerante y saber reconocer que aquel fue el partido en el que debutaste en primera. Y si llegaste a esa categoría lograste que otros profesionales vieran tu trabajo. Allí estuvo María Rodríguez Cazaux. Fue ella, la escritora que me llevó de la mano hacia otros terrenos. Gracias a su nobleza y cordialidad conocí a Fernando José Veglia y a Periódico Irreverentes. Y a partir de allí llegaron muchas otras alegrías, publicaciones, contactos, oportunidades que no paran de lloverme hasta el día de hoy. Pero si los nombrara me saldría de la temática.

Tras la lectura de La mujer de los 35 María Rodríguez Cazaux redactó una reseña, y me mostró que mi exigencia tenía que tener un límite. Porque la escritura era buena y el compromiso estaba asegurado.

De tanto en tanto, releo algunos capítulos de aquél, mi primer libro. Me gusta recordar que escribía los capítulos cuando las ideas me llegaban a la cabeza. Y eso no era algo voluntarioso. Porque las propuestas caían en momentos en los que no estaba preparado para escribir, entonces debía agarrar un papel cualquiera y comenzar a tomar nota, antes de que las ideas se me fuesen. El resultado era un folio con muchos papeles, de diferentes tamaños, escritos con varios colores – porque no siempre tenía una lapicera azul conmigo – marcados en los márgenes con números para saber el orden ascendente, y varias flechas que invertían el orden de los párrafos.

No resultó un trabajo fácil llegar a saber cuándo debía parar de escribir, porque el final ya había sido escrito. Pero era necesario volver hacia el núcleo de la historia, a fin de no ser tan evidente con el destino de esos personajes. Tenía la intención de jugar con la imaginación del lector y provocarle confusiones, al redactar tres historias paralelas desordenando el orden cronológico de los hechos.

Y es por este motivo que estuve cinco años conservando esos manuscritos, sin darlos a conocer más que a unos amigos o familiares.

Desde entonces no he vuelto a escribir una novela. Mi escritura se volcó hace la narrativa breve, la poesía, las reseñas literarias, los artículos de opinión y la dramaturgia. No todos han salido a la luz. Algunos se conservan inéditos, y sólo el tiempo dirá si los publicaré o no. Con la publicación de mi último libro, Noche terrible, también ha llegado el expreso de medianoche. El mismo me insinúa que ya no escribo como antes, que mis compañeros ya no me quieren dar la pelota, y que quizás sería bueno jubilar mi escritura luego de tanta trayectoria. “Ya estás en edad de dejarlo todo”, me dice. Pero aquel hombre de mirada melancólica, aquel escritor nacido en la vecina localidad de Rojas – escasos kilómetros de mi ciudad, Pergamino – aquel novelista, ensayista, humanitario, Ernesto Sabato sigue latiendo desde el rincón de mi biblioteca; y me exhorta: “Resignarse es una cobardía, es el sentimiento que justifica el abandono de aquello por lo cual vale la pena luchar, es, de alguna manera, una indignidad” (La resistencia, Ernesto Sábato)

José M. Ramallo (1984) radica en la ciudad de Pergamino, provincia de Buenos Aires. Es autor de tres libros: La mujer de los 35, Cartas a mi madre, y Noche terrible, poemas para noctámbulos. Resultó finalista en siete certámenes literarios, uno por poesía y seis por narrativa breve. Actualmente se encuentra trabajando en un nuevo libro de poemas titulado Antes de decir adiós.

 

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