El amante (II)

Marguerite Duras

 

 

Seca la sangre, me lava. Le miro hacer. Insensiblemente vuelve, se vuelve otra vez deseable. Me pregunto cómo he tenido el valor de ir al encuentro de lo prohibido por mi madre. Con esa calma, esa determinación. Cómo he llegado a ir “hasta el final de la idea”.

Nos miramos. Besa mi cuerpo. Me pregunta por qué he venido. Digo que debía hacerlo, que era como si se tratara de una obligación. Es la primera vez que hablábamos. Le hablo de la existencia de mis dos hermanos. Le digo que no tenemos dinero. Nada más. Conoce al hermano mayor, se lo ha encontrado en los fumaderos del puesto. Digo que ese hermano roba a mi madre para ir a fumar, que roba a los criados, y que a veces los encargados de los fumaderos van a reclamar el dinero a mi madre. Le hablo de las dificultades. Digo que mi madre se va a morir, que eso ya no puede durar. Que la muerte muy próxima de mi madre debe estar también en correlación con lo que hoy me ha sucedido.

Descubro que le deseo.

Me compadece, le digo que no, que no soy digna de compasión, que nadie lo es, salvo mi madre. Me dice: has venido porque tengo dinero. Digo que le deseo así, con su dinero, que cuando le vi ya estaba en ese coche, en ese dinero, y que no puedo pues saber qué hubiera hecho si hubiese sido de otra manera. Dice: me gustaría llevarte conmigo, que nos marcháramos. Digo que todavía no podría dejar a mi madre sin morirme de pena. Dice que, decididamente, no ha tenido suerte conmigo, pero que al menos me dará dinero, que no tengo por qué preocuparme. Se ha tendido otra vez. Nos callamos de nuevo.

El ruido de la ciudad es intenso, en el recuerdo es el sonido de una película pero demasiado alto, que ensordece. Lo recuerdo perfectamente, en la habitación hay poca luz, no se habla, está envuelta por el estrépito continuo de la ciudad, embarcada en la ciudad, en el tren de la ciudad. En las ventanas no hay cristales, hay cortinillas y persianas. En las cortinillas se ven las sombras de la gente que circula al sol de las aceras. Esas multitudes son enormes. Las sombras están regularmente estriadas por las rendijas de las persianas. Los taconeos de los zuecos de madera golpean la cabeza, las voces son estridentes, el chino es una lengua que se grita como siempre imagino las lenguas de los desiertos, es una lengua increíblemente extraña.

Afuera el día toca a su fin, se sabe por el rumor de las voces y el ruido de los pasos cada vez más numerosos, cada vez más confusos. Es una ciudad de placer que está en pleno apogeo por la noche. Y la noche empieza ahora con la puesta del sol.

La cama está separada de la ciudad por esas persianas de rendija, esa cortinilla de algodón. Ningún material duro nos separa de la gente. Los demás ignoran nuestra existencia. Nosotros percibimos algo de las suyas, el conjunto de sus voces, de sus movimientos, como una sirena que emitiera un clamor entrecortado, triste, sin eco. Los olores de caramelo llegan a nuestra habitación, el de cacahuetes tostados, el de sopa china, de carnes asadas, de hierbas, de jazmín, de ceniza, de incienso, de fuego de leña, el fuego se transporta aquí en cestos, se vende en las calles, el aroma de la ciudad es el de los pueblos del campo, de la selva.

De repente le vi en una bata negra. Estaba sentado, bebía un whisky, fumaba.

Me dijo que me había dormido, que se había duchado. Apenas sentí la llegada del sueño. Encendió una lámpara, en una mesa baja.

Es un hombre que tiene hábitos, pienso de repente respecto a él, debe venir relativamente a menudo a esta habitación, es un hombre que debe hacer mucho el amor, es un hombre que tiene miedo, debe hacer mucho el amor para luchar contra el miedo. Le digo que me gusta la idea de que tenga a muchas mujeres, de que yo esté entre esas mujeres, confundida. Nos miramos. Comprende lo que acabo de decir. La mirada alterada de repente, falsa, sorprendida en el mal, la muerte.

Le digo que se acerque, que tiene que empezar otra vez. Se acerca. Huele bien el cigarrillo inglés, el perfume caro, huele a miel, su piel ha adquirido a la fuerza el olor de la seda, el afrutado del tusor de seda, el del oro, es deseable. Le hablo de ese deseo de él. Me dice que espere. Me habla, dice que enseguida supo, ya desde la travesía del barco, que yo sería así después de mi primer amante, que amaría el amor, dice que ya sabía que le engañaría y que también engañaría a todos los hombres con los que estaría. Dice que, en lo que a él respecta, ha sido el instrumento de su propia desdicha. Me siento feliz con todo lo que me vaticina y se lo digo. Se vuelve brutal, su sentimiento es desesperado, se arroja encima de mí, come los pechos infantiles, grita, insulta. Cierro los ojos a un placer tan intenso. Pienso: lo tiene por costumbre, eso es lo que hace en la vida, el amor, sólo eso. Las manos son expertas, maravillosas, perfectas. He tenido mucha suerte, es evidente, es como un oficio que tiene, sin saberlo tiene el saber exacto de lo que hay que hacer, de lo que hay que decir. Me trata de puta, de cochina, me dice que soy su único amor, y eso es lo que debe decir. Y eso es lo que se dice cuando se deja hacer lo que se dice, cuando se deja hacer al cuerpo y buscar y encontrar y tomar lo que él quiere, y todo es bueno, no hay desperdicios, los desperdicios se recubren, todo es arrastrado por el torrente, por la fuerza del deseo.

El ruido de la ciudad resulta tan próximo, tan cercano, que se oye su roce contra la madera de las persianas. Se oye como si atravesaran la habitación. Acaricio su cuerpo en ese ruido, en ese paso. El mar, la inmensidad que se recoge, se aleja, vuelve.

Le había pedido que lo hiciera otra vez y otra. Que me lo hiciera. Lo había hecho. Lo había hecho en la untuosidad de la sangre. Y, en efecto, había sido hasta morir. Y ha sido para morirse.

Ha encendido un cigarrillo y me lo ha dado. Y muy quedo, contra mi boca, me ha hablado.

También yo, muy queda, le he hablado.

Como no sabe decirlo por sí mismo, lo digo yo en su lugar, porque no sabe que lleva en sí mismo una elegancia cardinal, lo digo yo en su lugar.

Ahora anochece. Me dice que toda mi vida recordaré esa tarde, incluso cuando haya olvidado su rostro, su nombre. Pregunto si recordaré la casa. Me dice: mírala bien. La miro. Digo que es como todas. Me dice que así es, sí, como siempre.

Aún puedo volver a ver el rostro, y recuerdo el nombre. Veo aún las paredes blanqueadas, la cortinilla de lona que da a la cocina, la otra puerta en forma de arcada que conduce a la otra habitación y a un jardín descubierto —las plantas mueren de calor— rodeado de balaustradas azules como la enorme quinta de Sadec de terrazas escalonadas que da al Mekong.

Es un lugar de desamparo, naufragado. Me pide que le diga en qué pienso. Le digo que pienso en mi madre, que me matará si se entera de la verdad. Veo que hace un esfuerzo y, después, dice, dice que comprende lo que mi madre quiere decir, dice: esa deshonra. Dice que no podría soportar la idea en caso de matrimonio. Le miro. Me mira a su vez, se excusa con orgullo. Dice: soy chino. Nos sonreímos. Le pregunto si es normal estar tan tristes como estamos. Dice que es debido a que hemos hecho el amor durante el día, en el momento álgido del calor. Dice que después siempre es terrible. Sonríe. Dice: tanto si se ama como si no se ama, siempre es terrible. Dice que pasará con la noche, tan pronto como llegue la noche. Digo que no sólo es debido a haberlo hecho durante el día, que se equivoca, que estoy inmersa en una tristeza que ya esperaba y que sólo procede de mí. Que siempre he sido triste. Que también percibo esa tristeza en las fotos en las que aparezco siendo niña. Que hoy esta tristeza, aun reconociendo que se trata de la misma que siempre he sentido, se me parece tanto que casi podría darle mi nombre. Hoy, le digo, esta tristeza es un bienestar, el de haber caído, por fin, en una desgracia que mi madre anuncia desde siempre cuando clama en el desierto de su vida. Le digo: no comprendo exactamente lo que mi madre dice, pero sé que esta habitación es lo que yo esperaba. Hablo sin esperar respuesta. Le digo que mi madre grita lo que cree como los enviados de Dios. Grita que no hay que esperar nada, nunca, ni de ninguna persona, ni de ningún Estado ni de ningún Dios. Mientras hablo, me mira, no me quita ojo, mientras hablo mira mi boca, estoy desnuda, me acaricia, quizá no escucha, no sé. Digo que no hago ninguna cuestión personal de la desgracia en la que me encuentro. Le cuento simplemente lo difícil que es comer, vestirse, en suma, vivir, tan sólo con el salario de mi madre. Cada vez me cuesta más hablar. Dice: ¿cómo os arregláis? Le digo que estábamos afuera, que la pobreza había derruido los muros familiares, que nos habíamos encontrado todos fuera de casa, haciendo cada cual lo que quería. Éramos unos desvergonzados. Por eso estoy aquí contigo. El está encima de mí, entra otra vez. Nos quedamos así, clavados, gimiendo en el clamor de la ciudad aún exterior. Aún la oímos. Y después dejamos de oírla.

Los besos en el cuerpo hacen llorar. Diríase que consuelan. En familia no lloro. Ese día, en esa habitación, las lágrimas consuelan del pasado y también del futuro. Le digo que un día me separaré de mi madre, que llegará un día en que ni siquiera por mi madre sentiré amor. Lloro. Apoya en mí su cabeza y llora por verme llorar. Le digo que, en mi infancia, la desdicha de mi madre ha ocupado el lugar del sueño. Que el sueño era mi madre y nunca los árboles de Navidad, siempre únicamente ella, ya sea la madre despellejada viva por la pobreza o la que, en todos sus estados, clama en el desierto, ya sea la que busca el alimento o la que interminablemente cuenta lo que le ha sucedido a ella, a Marie Legrand de Roubaix, habla de su inocencia, de sus economías, de su esperanza.

A través de las persianas atardece. El estrépito ha aumentado. Es más estridente, menos sordo. Las farolas con bombillas rojizas se han encendido.

Salimos del apartamento. Me he vuelto a poner el sombrero de hombr con la cinta negra, los zapatos dorados, el rojo oscuro de los labios, el vestido de seda. He envejecido. Lo advierto de repente. Se da cuenta. Dice: estás cansada.

En la acera, el tropel avanza en todas direcciones, lento o rápido, se abre paso, está sarnoso como los perros abandonados, es ciego como los mendigos, es una multitud de China, la sigo viendo en las imágenes de la prosperidad actual, en su modo de caminar, todos juntos, sin impacientarse nunca, en su modo de hallarse en el tropel como si se hallaran a solas, diríase que sin gusto, sin tristeza, sin curiosidad, avanzando sin presentar aspecto de andar, sin intención de andar, sino solamente de avanzar aquí más que allí, solos y entre la multitud, nunca solos en sí mismos, siempre solos en la multitud.

Vamos a uno de esos restaurantes chinos en pisos, ocupan edificios enteros, son grandes como grandes almacenes, cuarteles, se abren a la ciudad a través de balcones y terrazas. El ruido que sale de esos edificios resulta inconcebible en Europa, es el de los pedidos cantados por los camareros y tomados y cantados igualmente en las cocinas. En esos restaurantes nadie habla. En las terrazas hay orquestas chinas. Vamos al piso más tranquilo, el de los europeos, los menús son los mismos pero se grita menos. Hay ventiladores y pesadas colgaduras contra el ruido.

Le pido que me diga cuán rico es su padre, y cómo. Dice que hablar de dinero le aburre, pero que si me interesa no tiene inconveniente en decirme lo que sabe acerca de la fortuna de su padre. Todo empezó en Cholen, con los compartimentos para indígenas. Hizo construir trescientos. Varias calles le pertenecen. Habla francés con acento parisino ligeramente forzado, habla de dinero con una desenvoltura sincera. El padre tenía inmuebles que vendió con intención de comprar terrenos para construir al sur de Cholen. Cree que también se vendieron los arrozales de Sadec. Le hago preguntas referentes a las epidemias. Digo que he visto calles enteras de apartamentos cortadas de la noche a la mañana, puertas y ventanas clausuradas por causa de la peste. Me dice que aquí hay menos, que las desratizaciones son más frecuentes que en la selva. De repente, me cuenta una historia sobre los compartimentos. Su precio es mucho menos elevado que el de los inmuebles o el de las viviendas individuales y responden mucho mejor que las habitaciones separadas a las necesidades de los barrios populares. A la gente aquí le gusta estar junta, sobre todo a esa población pobre, procede del campo y le gusta vivir afuera, en la calle. Y no hay que acabar con las costumbres de los pobres. Su padre, precisamente, acaba de hacer una serie de compartimentos con galerías cubiertas que dan a la calle. Eso hace las calles más vivas, más agradables. La gente pasa el día en esas galerías exteriores. También duerme ahí cuando hace mucho calor. Le digo que también a mí me hubiera gustado vivir en una galería exterior, que cuando era niña eso se me antojaba lo ideal, estar afuera para dormir. De repente, me duele. Apenas, es muy ligero. Es el latido del corazón trasladado allí, en la herida viva y fresca que él me ha hecho, él, el que me habla, el que ha creado el placer de esta tarde. Ya no oigo lo que dice, no escucho. Se da cuenta, se calla. Le digo que siga hablando. Lo hace. Vuelvo a escucharle. Dice que piensa mucho en París. Considera que soy muy distinta de las parisinas, mucho menos amable. Le digo que este asunto de los compartimentos no debe de ser tan rentable. Ya no me responde.

Durante todo el tiempo que dure nuestra historia, durante un año y medio, hablaremos de este modo, nunca hablaremos de nosotros. Desde los primeros días, sabemos que un futuro en común no es proyectable, de modo que nunca hablaremos del futuro, mantendremos conversaciones como periodísticas, y de igual calibre.

Le digo que su estancia en Francia ha sido fatal para él. Está de acuerdo. Dice que en París lo compró todo, sus mujeres, sus conocimientos, sus ideas. Tiene doce años más que yo y eso le da miedo. Atiendo a cómo habla, a cómo se equivoca, también a cómo me ama, en una especie de teatralidad a la vez consabida y sincera.

Le digo que le presentaré a mi familia, quiere huir y me río.

No puede experimentar sus sentimientos sino a través de la parodia. Descubro que no tiene energía para amarme en contra de su padre, para cogerme y llevárseme. Con frecuencia llora porque no encuentra fuerzas para amar más allá del miedo. Su heroísmo soy yo, su servidumbre es el dinero de su padre.

Cuando hablo de mis hermanos cae de inmediato en ese miedo, está como enmascarado. Cree que todo el mundo a mi alrededor espera su petición de mano. Sabe que para mi familia está ya perdido, que para ellos lo único que puede hacer es perderse más aún y, en consecuencia, perderme a mí.

Dice que se marchó a París para estudiar en una escuela mercantil, por fin dice la verdad, que no hizo nada y que su padre le cortó los víveres, que le mandó un billete de vuelta, que se vio obligado a salir de Francia. Ese regreso es su tragedia. No ha terminado sus estudios mercantiles. Dice que calcula terminarlos aquí, en cursos por correspondencia.

Los encuentros con la familia se iniciaron con las comilonas en Cholen. Cuando mi madre y mis hermanos vienen a Saigón, le digo que hay que invitarles a los grandes restaurantes chinos que ellos desconocen, adonde nunca han ido.

Esas veladas transcurren todas del mismo modo. Mis hermanos devoran y nunca le dirigen la palabra. Tampoco le miran. No pueden mirarle. No podrían hacerlo. Si pudieran hacer eso, el esfuerzo de verle, serían capaces por otra parte de seguir los estudios, de doblegarse a las reglas elementales de la vida en sociedad. Durante esas comidas sólo habla mi madre, habla muy poco, sobre todo al principio, pronuncia alguna frase sobre el plato que sirven, sobre su exorbitante precio, y después se calla. En cuanto a él, las dos primeras veces, se lanza, intenta abordar el relato de sus hazañas en París, pero es inútil. Es como si no hubiera dicho nada, como si no le hubieran oído. Su tentativa zozobra en el silencio. Mis hermanos siguen devorando. Devoran como nunca he visto devorar a nadie en ninguna parte.

Paga. Cuenta el dinero. Lo deposita en el platillo. Todo el mundo mira. La primera vez, lo recuerdo, alinea setenta y siete piastras. Mi madre está al borde de un ataque de risa nerviosa. Nos levantamos para marcharnos. Ningún gracias, de nadie. Nunca se da las gracias por la excelente comida, ni los buenos días, ni hasta la vista, ni cómo estás, nunca se dice nada.

Mis hermanos nunca le dirigirán la palabra. Es como si no fuera visible para ellos, como si careciera de la densidad suficiente para ser percibido, visto, oído por ellos. Eso ocurre porque está rendido a mis pies, porque se da por sentado que no le amo, que estoy con él por dinero, que no puedo amarle, que es imposible, que podría soportarlo todo de mí sin llegar a hartarse de ese amor. Eso ocurre porque es chino, porque no es blanco. La manera que mi hermano mayor tiene de callar y de ignorar la existencia de mi amante procede de una convicción tal que resulta ejemplar. Frente a ese amante todos tomamos el ejemplo de mi hermano mayor. Tampoco yo, delante de ellos, le hablo. En presencia de mi familia, nunca debo dirigirle la palabra. Salvo, sí, cuando le paso un mensaje de su parte. Por ejemplo, después de cenar, cuando mis hermanos me dicen que quieren ir a beber y a bailar a la Source, soy yo quien le dice que queremos ir a beber algo y a bailar a la Source. Al principio, hace como si no hubiera oído. Y yo, yo no debo, siguiendo el método de mi hermano mayor, no debo repetir lo que acabo de decir, reiterar mi petición, si lo hiciera cometería falta, condescendería a su súplica. Acaba por responderme. En voz baja, que pretendería ser íntima, dice que le gustaría estar solo conmigo durante un momento. Lo dice para poner punto final al suplicio. Entonces, debo seguir fingiendo que le oigo mal, como una traición más, como si así quisiera él acusar el golpe, denunciar la conducta de mi hermano mayor respecto a él, por lo tanto no debo, de ningún modo, responderle. Prosigue, me dice, se atreve: vuestra madre está cansada, mírala. En efecto, después de las fabulosas cenas de los chinos de Cholen, mi madre se cae de sueño. Tampoco respondo. Es entonces cuando oigo la voz de mi hermano mayor, pronuncia una frase muy corta, mordaz, definitiva. Mi madre decía de él: de los tres, es el que mejor habla. Pronunciada la frase, mi hermano espera.

Todo se detiene; reconozco el miedo de mi amante, es el de mi hermano menor. No resiste más. Vamos a la Source. Mi madre también va a la Source, va a dormir a la Source.

En presencia de mi hermano mayor, deja de ser mi amante. No deja de existir, pero no me es nada. Se convierte en un espacio quemado. Mi deseo obedece a mi hermano mayor, rechaza a mi amante. Cada vez que están juntos, y los veo, creo que nunca más podré soportar la visión. Mi amante es negado precisamente en su cuerpo débil, en esa debilidad que me transporta de placer. Ante mi hermano, se convierte en un escándalo inconfesable, un motivo de vergüenza que hay que esconder. No puedo luchar contra esas órdenes mudas de mi hermano. Puedo cuando se trata de mi hermano menor. Cuando se trata de mi amante nada puedo contra mí misma. El contarlo ahora me hace recordar la hipocresía del rostro, el aspecto distraído de alguien que mira hacia otro lado, que tiene otra cosa en que pensar pero que, sin embargo, y se le nota en las mandíbulas apretadas, está exasperado y sufre por tener que soportar eso, esa indignidad, sólo por comer bien, en un restaurante caro, lo que debería ser normal. Alrededor del recuerdo la lívida claridad de la noche del cazador. Se oye un sonido estridente de alerta, de grito infantil.

Tampoco en la Source, nadie le habla.

Todos pedimos Martel Perrier. Mis hermanos enseguida beben el suyo y piden otro. Mi madre y yo les damos el nuestro. Mis hermanos se embriagan muy deprisa. Sin embargo, siguen sin hablarle, pero caen en la recriminación. Sobre todo el hermano menor. Se queja de que el lugar sea triste y de que no haya chicas de alterne. Entre semana hay poca gente en la Source. Bailo con mi hermano pequeño. Con mi amante también bailo. Nunca bailo con mi hermano mayor, nunca he bailado con él. Siempre cohibida por el inquietante recelo de un peligro, el de ese atractivo maléfico que ejerce sobre todos, el de la proximidad de nuestros cuerpos.

Nos parecemos hasta un extremo sorprendente, sobre todo el rostro.

El chino de Cholen me habla, está al borde de las lágrimas, dice: ¿qué le he hecho? Le digo que no hay ninguna razón para que se inquiete, que siempre es así, entre nosotros también, en todas las circunstancias de la vida.

Se lo explicaré cuando volvamos a encontrarnos en el apartamento. Le digo que esa violencia de mi hermano mayor, fría, insultante, acompaña todo lo que nos sucede, todo lo que nos pasa. Su primer impulso es el de matar, el de quitar la vida, el de disponer de la vida, el de despreciar, el de cazar, el de hacer sufrir. Le digo que no tenga miedo. Que no corre ningún riesgo.

Porque la única persona a la que teme el hermano mayor, ante la que curiosamente se intimida soy yo.

Nunca buenos días, buenas tardes, buen año. Nunca gracias. Nunca una palabra. Nunca la necesidad de pronunciar una palabra. Todo permanece, mudo, lejano. Es una familia pétrea, petrificada en una espesura sin acceso alguno. Cada día intentamos matarnos, matar. No sólo no se habla sino que tampoco se mira. Desde el momento en que se nos ve, no se puede mirar. Mirar es tener un impulso de curiosidad hacia, sobre, es perder. Nadie que sea mirado merece ser objeto de una mirada. Siempre es deshonroso. La palabra conversación está proscrita. Creo que es esa la que mejor expresa aquí la vergüenza y el orgullo. Toda comunidad, sea familiar o de otra índole, nos resulta odiosa, degradante. Estamos unidos en una vergüenza de principio por tener que vivir la vida. Ahí es donde estamos en lo más profundo de nuestra historia común, la de ser los tres hijos de esta persona de buena fe, nuestra madre, a la que la sociedad ha asesinado. Pertenecemos a esa sociedad que ha reducido a mi madre a la desesperación.

A causa de lo que se le ha hecho a mi madre, tan amable, tan confiada, odiamos la vida, nos odiamos.

Nuestra madre no previo aquello en lo que nos hemos convertido a partir del espectáculo de su desesperación, me refiero sobre todo a los chicos, a los hijos. Pero, si lo hubiera previsto, ¿cómo hubiera podido silenciar lo que se había convertido en su propia historia? ¿Hubiera hecho mentir su rostro, su mirada, su voz, su amor? Habría podido morir. Suprimirse. Dispersar la comunidad invivible. Hacer que el mayor fuera separado de los más jóvenes. No lo hizo. Fue imprudente, fue inconsecuente, irresponsable. Era todo eso. Vivió. Los tres la quisimos más allá del amor. A causa del mismo hecho de no haber podido, de que no pudo callar, esconder, mentir, por diferentes que los tres hayamos sido, la hemos querido igual.

Fue largo. Duró siete años. Al empezar teníamos diez años. Y después tuvimos doce años. Y después, trece años. Y después, catorce años. Y después, dieciséis años, diecisiete años.

Duró todo ese tiempo, siete años. Y después, al final, se renunció a la esperanza. Se abandonó. Se abandonaron también las tentativas contra el océano. A la sombra de la veranda contemplamos la montaña de Siam, muy oscura a pleno sol, casi negra. La madre, por fin, está tranquila, aislada. Somos niños heroicos, desesperados.

El hermano menor murió en diciembre de 1942 bajo la ocupación japonesa. Me había marchado de Saigón en 1931, después de mi bachillerato superior. Me escribió una sola vez a lo largo de diez años. Sin que yo supiera nunca por qué. La carta era convencional, pasada a limpio, sin faltas, caligrafiada. Me decía que estaban bien, que la escuela funcionaba. Era una carta larga, de dos páginas enteras. Reconocí su escritura de niño. También me decía que tenía un apartamento, un coche, decía la marca. Que había reanudado el tenis. Que estaba bien, que todo iba bien. Que me abrazaba, tal como me quería, muy fuerte. No hablaba de la guerra ni de nuestro hermano mayor.

A menudo hablo de mis hermanos como de un conjunto, como lo hacía ella, mi madre. Digo: mis hermanos, también ella, fuera de la familia, decía: mis hijos. Siempre hablaba de la fuerza de sus hijos de manera insultante. Para los de fuera de casa, no pormenorizaba, no decía que el hijo mayor era mucho más fuerte que el segundo, decía que era tan fuerte como sus hermanos, los labradores del Norte. Estaba orgullosa de la fuerza de sus hijos, como lo había estado de la de sus hermanos. Como su hijo mayor, despreciaba a los débiles. De mi amante de Cholen decía lo mismo que mi hermano mayor. No escribo las palabras que utilizaba. Eran palabras que había sacado de las carroñas que se encuentran en los desiertos. Digo: mis hermanos, porque era así cómo yo lo decía también. Después de llamarlos de otra manera, mi hermano pequeño creció y se convirtió en mártir.

En nuestra familia no sólo no se celebraba ninguna fiesta sino que tampoco había árbol de Navidad, ni ningún pañuelo bordado, ni ninguna flor, nunca. Pero tampoco ningún muerto, ninguna sepultura, ninguna memoria. Ella sola. El hermano mayor seguirá siendo un asesino. El hermano menor morirá por ese hermano. Pero yo me marché, me desarraigué. Hasta su muerte, el hermano mayor la tuvo para él solo.

En esa época, la de Cholen, la de la imagen, la del amante, mi madre tiene un ataque de locura. No sabe nada de lo que ocurrió en Cholen. Pero noto que me observa, que sospecha de cualquier cosa. Conoce a su hija, esa niña, alrededor de esa niña flota desde hace un tiempo un aire de extrañeza, una reserva, diríamos, reciente, que llama la atención, su habla es aún más lenta que de ordinario, y, tan curiosa por todo, está distraída, su mirada ha cambiado, se ha convertido en espectadora incluso de su madre, de la desdicha de su madre, diríase que asiste a su acontecer. El súbito espanto en la vida de mi madre. Su hija corre el peor peligro, el de no casarse nunca, de no establecerse nunca en la sociedad, de hallarse despojada ante ésta, perdida, solitaria. En sus crisis, mi madre se arroja encima de mí, me encierra en la habitación, me pega puñetazos, me abofetea, me desnuda, se me acerca, huele mi cuerpo, mi ropa, dice que encuentra el perfume del chino, llega más lejos, mira si encuentra manchas sospechosas en la ropa y aúlla, la ciudad entera podría oírla, que su hija es una prostituta, que va a echarla fuera de casa, que desea verla reventar y que nadie querrá saber nada más de ella, que está deshonrada, una perra vale más. Y llora preguntando qué puede hacer sino echarla fuera de casa para que no la infeste.

Detrás de las paredes de la habitación cerrada, el hermano.

El hermano contesta a la madre, le dice que tiene motivos para pegar a la niña, su voz es sigilosa, íntima, mimosa, le dice que es preciso saber la verdad, a no importa qué precio, es preciso saberla para evitar que esa chiquilla se pierda, para evitar que la madre se desespere. La madre golpea con todas sus fuerzas. El hermano pequeño grita a la madre que la deje en paz. Va al jardín, se esconde, tiene miedo de que me mate, tiene miedo, siempre tiene miedo de ese desconocido, nuestro hermano mayor. El miedo del hermano pequeño calma a mi madre. Llora por el desastre de su vida, su hija deshonrada. Lloro con ella. Miento. Juro por mi vida que nada ha ocurrido, nada, ni un beso. ¿Cómo?, digo, ¿cómo con un chino? ¿Cómo quieres que haga eso con un chino, tan feo, tan escuchimizado? Sé que el hermano mayor está clavado en la puerta, escucha, sabe lo que hace mi madre, sabe que la pequeña está desnuda, que la golpean, le gustaría que eso durara más y más, hasta el peligro. Mi madre no ignora ese designio de mi hermano mayor, oscuro, terrorífico.

Somos aún muy pequeños. Regularmente estallan batallas entre mis hermanos, sin pretexto aparente, salvo el clásico del hermano mayor, que dice al pequeño: fuera de aquí, molestas. Dicho esto, pega. Se golpean sin una palabra, se oye sólo sus respiraciones, sus quejidos, el sordo ruido de los golpes. Mi madre como en toda ocasión acompaña la escena con una ópera de gritos.

Están dotados de idéntica facultad para la cólera, para esas cóleras ciegas, asesinas, que no se han visto en nadie salvo en los hermanos, las hermanas, las madres. El hermano mayor sufre por no ejercer libremente el mal, por no regentar el mal, no sólo aquí sino en todas partes. El hermano menor por asistir impotente a este horror, a esta predisposición del hermano mayor.

Cuando se pegaban teníamos igual miedo por la muerte de uno que por la del otro; la madre decía que siempre se estaban pegando, que nunca habían jugado juntos, que nunca habían hablado juntos. Que lo único que tenían en común era ella, su madre, y, sobre todo, esta hermanita, sólo la sangre.

Creo que sólo de su hijo mayor mi madre decía: mi hijo. A veces lo llamaba de este modo. De los otros dos, decía: los pequeños.

De todo eso nada contábamos a los de fuera de casa, ante todo habíamos aprendido a callar lo esencial de nuestra vida, la miseria. Y después, también todo lo demás. Los primeros confidentes, la palabra parece excesiva, son nuestros amantes, nuestros conocidos fuera del puesto, en las calles de Saigón al principio y, luego, en los paquebotes de línea, los trenes, y luego en todas partes.

Mi madre, eso le da de repente, hacia última hora de la tarde, sobre todo durante las estaciones de sequía, hace lavar la casa de arriba abajo, para limpiar, dice, para sanear, para refrescar. La casa está construida en un terraplén que la aísla del jardín, de las serpientes, de los escorpiones, de las hormigas rojas, de las inundaciones del Mekong, de las que siguen a los grandes tornados del monzón. Esta elevación de la casa sobre el suelo permite lavarla con grandes cubos de agua, regarla por entero como un huerto. Todas las sillas están encima de la mesa, toda la casa chorrea, el piano del saloncito tiene las patas en el agua. El agua desciende por las escalinatas, invade el patio hacia las cocinas. Los criados jovencitos sesienten felices, estamos todos juntos, con ellos, se riega, y después el suelo se enjabona con jabón de Marsella. Todo el mundo va descalzo, la madre también. La madre ríe. La madre no tiene nada que decir en contra de nada.

La casa entera huele, despide el olor delicioso de la tierra mojada después de la tormenta, es un olor que enloquece de alegría, sobre todo cuando va unido a otro olor, al del jabón de Marsella, el de la pureza, el de la honestidad, el de la ropa blanca, el de la blancura, el de nuestra madre, de la inmensidad del candor de nuestra madre. El agua desciende hasta las avenidas. Vienen las familias de los criados, las visitas de los criados también, los niños blancos de las casas vecinas. La madre está feliz con ese desorden. A veces la madre puede ser muy feliz, el tiempo del olvido, el de lavar la casa puede resultar conveniente para la dicha de la madre. La madre va al salón, se sienta al piano, toca las melodías que sabe de memoria, que aprendió en la Normal. Canta. A veces toca, ríe. Se levanta y baila sin dejar de cantar. Y cada cual piensa, y ella, la madre, también, que se puede ser feliz en esta casa desfigurada que de repente se convierte en un estanque, un campo a orillas de un río, un vado, una playa.

Son los dos más pequeños, la hijita y el hermano menor, los primeros en acordarse. De repente, dejan de reír y se dirigen hacia el jardín donde cae la tarde.

Recuerdo, en el instante mismo en que escribo, que nuestro hermano mayor no se hallaba en Vinhlong cuando la casa se lavaba a fondo. Estaba en casa de nuestro tutor, un cura de pueblo, en el Lot-et-Garonne.

El, a veces, también reía, pero nunca tanto como nosotros. Me olvido de todo, me olvido de decir eso, que mi hermano menor y yo éramos niños reidores, reidores hasta perder el aliento, la vida.

Veo la guerra bajo los mismos colores que mi infancia. Confundo el tiempo de la guerra con el reinado de mi hermano mayor. Se debe sin duda al hecho de que fue durante la guerra cuando murió mi hermano pequeño: el corazón, como ya he dicho, cedió, abandonó. Al hermano mayor, en realidad, creo no haberle visto durante la guerra. Ya no me importaba saber si estaba vivo o muerto. Veo la guerra como él era, propagarse por todas partes, penetrar por todas partes, robar, encarcelar, estar por todas partes, unida a todo, mezclada, presente en el cuerpo, en el pensamiento, en la vigilia, en el sueño, siempre, presa de la pasión embriagadora de ocupar el territorio adorable del cuerpo del niño, el cuerpo de los menos fuertes, de los pueblos vencidos, porque el mal está ahí, a las puertas, contra la piel.

Volvemos al apartamento. Somos amantes. No podemos dejar de amarnos.

A veces no regreso al pensionado, duermo a su lado. No quiero dormir en sus brazos, en su calor, pero duermo en la misma habitación, en la misma cama. A veces falto al instituto. Por la noche vamos a cenar a la ciudad. Me ducha, me lava, me enjuaga, me adora, me maquilla y me viste, me adora. Soy la preferida de su vida. Vive en el temor de que encuentre a otro hombre. Nunca temo algo parecido. También experimenta otro temor, no por el hecho de que sea blanca sino porque soy tan joven, tan joven que si nuestra historia se descubriera él podría ir a la cárcel. Me propone seguir mintiendo a mi madre y sobretodo a mi hermano mayor, no decir nada a nadie. Sigo mintiendo. Me río de su miedo. Le digo que somos demasiado pobres para que mi madre pueda entablar un proceso, que, por otra parte, todos los procesos que ha entablado los ha perdido, los entablados contra el catastro, contra los administradores, contra los directores, contra la ley, no sabe llevarlos a cabo, conservar la calma, esperar, seguir esperando, no puede, grita y arruina sus oportunidades. Con esto sucedería lo mismo, no vale la pena tener miedo.

Marie-Claude Carpenter. Era americana, era, creo recordar, de Boston. Los ojos eran muy claros, de un gris azulado. 1943. Marie-Claude Carpenter era rubia. Apenas marchita. Más bien hermosa, creo. Con una sonrisa ligeramente breve que se cerraba muy deprisa, desaparecía como un relámpago. Con una voz que de repente vuelvo a oír, baja, un poco discordante en los agudos. Tenía cuarenta y cinco años, ya la edad, la edad misma. Vivía en el sexto, cerca de Alma. El apartamento era el último y vasto piso de un edificio que daría al Sena. Se iba a cenar a su casa en invierno. O a almorzar en verano. Las comidas se encargaban a los mejores establecimientos especializados de París. Siempre decentes, casi, a penas, insuficientes. Siempre la vi en su casa, nunca fuera. Había, a veces, un mallarmeano. Había también, con frecuencia, dos o tres literatos, iban una vez y no se les volvía a ver. Nunca supe dónde los encontraba, o dónde los había conocido ni por qué los invitaba. Nunca he oído hablar de ninguno de ellos ni nunca he leído ni he oído hablar de sus obras. Las comidas duraban poco. Se hablaba mucho de la guerra, Stalingrado, al final del invierno del 42. Marie-Claude Carpenter escuchaba mucho, se informaba mucho, hablaba poco, a menudo se extrañaba de que se le escapasen tantos acontecimientos, reía. Muy deprisa al final de las comidas se excusaba por tener que marcharse tan rápidamente pero tenía que hacer, decía. Jamás decía qué. Cuando éramos muchos permanecíamos allí una o dos horas más después de su partida. Nos decía: quédense el tiempo que deseen. En su ausencia, nadie hablaba de ella. Por otra parte, creo que nadie hubiera sido capaz de hacerlo porque nadie la conocía. Nos marchábamos, regresábamos siempre con la sensación de haber atravesado una especie de pesadilla blanca, de regresar de haber pasado unas horas en casa de desconocidos, en presencia de invitados que estaban en el mismo caso, e igualmente desconocidos, de haber vivido un instante sin mañana alguno, sin motivación alguna ni humana ni de otra índole. Era como haber atravesado una tercera frontera, haber hecho un viaje en tren, haber esperado en las salas de espera de médicos, en hoteles, en aeropuertos. En verano se comía en una gran terraza que miraba al Sena y se tomaba el café en el jardín que ocupaba todo el tejado del edificio. Había una piscina. Nadie se bañaba. Contemplábamos París. Las avenidas vacías, el río, las calles. En las calles vacías, las catalpas en flor. Marie-Claude Carpenter. La observaba mucho, casi todo el tiempo, a ella le molestaba pero yo no podía evitarlo. La observaba para descubrir, descubrir quién era, Marie-Claude Carpenter. ¿Por qué estaba allí y no en otra parte, por qué era de un lugar tan lejano, de Boston, por qué era rica, por qué no se sabía absolutamente nada de ella, nadie, nada, por qué esas reuniones como forzadas, por qué, por qué en sus ojos, muy lejos dentro, al fondo de la mirada, esa partícula de muerte, por qué? Marie-Claude Carpenter. Por qué todos sus vestidos tenían un no sé qué que escapaba, que hacía que no fueran del todo suyos, que igual hubieran podido cubrir otro cuerpo. Vestidos neutros, estrictos, muy claros, blancos como el verano en mitad del invierno.

Betty Fernández. El recuerdo de los hombres nunca surge con esa deslumbrante luminosidad que acompaña al de las mujeres. Betty Fernández. Extranjera también. En cuanto se pronuncia el nombre, aquí está, camina por una calle de París, es miope, ve muy poco. Frunce los ojos para acabar de reconocer, saluda con una mano liviana. Buenos días, ¿todo bien? Ahora muerta desde hace mucho tiempo. Desde hace treinta años quizá. Recuerdo su gracia, ahora es demasiado tarde para olvidarla, nada alcanza aún la perfección, nada alcanzará la perfección, ni las circunstancias, ni la época, ni el frío, ni el hambre, ni la derrota alemana, ni la evidencia del Crimen. Ella siempre cruza la calle por encima de la Historia de esas cosas, por terribles que sean. Aquí los ojos también son claros. El vestido rosa es viejo, y polvorienta la capelina negra al sol de la calle. Es delgada, alta, perfilada en tinta china, un grabado. La gente se detiene y contempla maravillada la elegancia de esta extranjera que pasa sin ver. Majestuosa. De entrada nunca se sabe de dónde procede y luego uno se dice que sólo puede proceder de otra parte, de allá. Es hermosa, hermosa de esta incidencia. Va vestida con viejos pingos de Europa, con restos de brocados, con viejos trajes pasados de moda, con viejas cortinas, con viejas ruinas, con viejos retales, con viejos andrajos de alta costura, con viejos zorros apolillados, con viejas nutrias, su belleza es así, desgarrada, trémula, sollozante, y de exilio, nada le sienta bien, todo es demasiado grande para ella, y es hermoso, flota, demasiado delgada, no casa con nada, y sin embargo es hermoso. Está hecha así, su cabeza y su cuerpo, cualquier cosa que la toca participa en el acto, indefectiblemente, de esta hermosura.

Ella, Betty Fernández, recibía, tenía un “día”. Allá fuimos alguna vez. En una ocasión estaba Drieu la Rochelle. Padecía visiblemente de orgullo, hablaba poco para no condescender, con una voz forzada, en una lengua como traducida, penosa. Quizá también estuviera Brasillach pero no lo recuerdo, lo lamento. Sartre nunca estaba. Había poetas de Montparnasse pero ya no recuerdo ningún nombre, nada. No había alemanes. No se hablaba de política. Se hablaba de literatura. Ramón Fernández hablaba de Balzac. Le habríamos escuchado hasta el final de las noches. Hablaba con un saber casi olvidado por completo del que no debía quedar casi nada verificable. Daba pocos datos, más bien opiniones. Hablaba de Balzac como hubiera podido hacerlo de sí mismo, como si alguna vez hubiera intentado ser eso, Balzac. Ramón Fernández poseía una cortesía sublime incluso en la cultura, una manera esencial y a la vez transparente de servirse del conocimiento sin nunca hacer sentir su obligación, su peso. Era una persona sincera. Encontrarle por la calle, en un café, siempre era una fiesta, se sentía feliz de verte, y era verdad, le saludaba a uno con placer. Buenos días ¿todo bien? Así, a la inglesa, sin coma, riendo y mientras duraba esa risa la broma se convertía en la guerra misma, al igual que todo el sufrimiento necesario que se derivaba de ella, tanto la Resistencia como el Colaboracionismo, tanto el hambre como el frío, tanto el martirio como la infamia. Betty Fernández sólo hablaba de la gente, de quienes veía por la calle o de quienes conocía, de cómo iban, de cosas que quedan por vender en los escaparates, de los repartos de los excedentes de leche, de pescado, de tranquilizadoras soluciones a las escaseces, al frío, al hambre constante, siempre estaba en los detalles prácticos de la existencia, se limitaba a eso, siempre con una atenta amistad, muy fiel y muy tierna. Colaboracionistas, los Fernández. Y yo, dos años después de la guerra, miembro del P.C.F. La equivalencia es absoluta, definitiva. Es lo mismo, la misma piedad, la misma llamada de socorro, la misma debilidad de juicio, la misma superstición, digamos, que consiste en creer en la solución política del problema personal. También ella, Betty Fernández, contemplaba las calles vacías de la ocupación alemana, contemplaba París, las plazas de las catalpas en flor como esa otra mujer, Marie-Claude Carpenter. También tenía sus días de recepción.

La acompaña al pensionado en la limusina negra. Se detiene un poco antes de llegar al pensionado para que no le vean. Es de noche. Ella se apea, corre, no se vuelve hacia él. En cuanto cruza el portal ve que el gran patio de recreo aún está iluminado. En cuanto llega al pasillo la ve, estaba esperándola, ya inquieta, en pie, sin sonreír. Le pregunta: ¿dónde estabas? Dice: no regresé a dormir. No dice por qué y Hélène Lagonelle no se lo pregunta. Le quita el sombrero rosa y le deshace las trenzas para dormir. Tampoco has ido al instituto. Tampoco. Hélène dice que han telefoneado, por eso lo sabe, tiene que ir a ver a la inspectora general. Hay muchas chicas en la sombra del patio. Todas de blanco. Hay grandes focos en los árboles. Algunas salas de estudio aún están iluminadas. Hay alumnas que todavía trabajan, otras que se quedan en las aulas para charlar, o para jugar a cartas, o para cantar. No hay un horario para que las alumnas se acuesten, hace tanto calor durante el día que dejan correr la tarde un poco como cada cual quiere, como las jóvenes vigilantes quieran. Somos las únicas blancas de la pensión estatal. Hay muchas mestizas, la mayoría ha sido abandonada por su padre, soldado o marino o pequeño funcionario de las aduanas, de los puestos, de servicios públicos. La mayoría procede de la Asistencia pública. También hay algunas cuarteronas. Hélène Lagonelle cree que el gobierno francés las educa para convertirlas en enfermeras de los hospitales, o en vigilantas de los orfanatos, las leproserías, los hospitales psiquiátricos. Hélène Lagonelle cree que también las mandan a los lazaretos de coléricos y de apestados. Es lo que Hélène Lagonelle cree y llora porque no quiere ninguno de esos destinos, habla siempre de escaparse del internado.

Voy a ver a la vigilanta de servicio, también ella es una joven mestiza que nos observa mucho a Hélène y a mí. Dice: no has ido al instituto ni has dormido aquí esta noche, tendremos que avisar a tu madre. Le digo que no he tenido más remedio pero que a partir de ahora, en lo sucesivo, intentaré regresar cada noche a dormir en el internado, que no vale la pena avisar a mi madre. La joven vigilanta me mira y me sonríe.

Reincidiré. Avisarán a mi madre. Vendrá a ver a la directora del pensionado y le pedirá que por las noches me deje libre, que no controle las horas a las que regreso, que no me obligue a ir de paseo con las pensionistas los domingos. Dice: es una niña que siempre ha sido libre, sin eso se escaparía, ni yo misma, su madre, puedo hacer nada contra eso, si quiero conservarla debo dejarla libre. La directora aceptó porque soy blanca y porque, para la reputación del pensionado, necesita algunas blancas entre la masa de mestizas. Mi madre también dijo que yo estando libre trabajaba bien en el instituto y que lo que le había sucedido con sus hijos era tan terrible, tan grave, que los estudios de la pequeña eran la única esperanza que le quedaba.

La directora me dejó vivir en el pensionado como en un hotel.

Pronto tendré un diamante en el dedo de pedida. Entonces las vigilantas dejarán de hacerme observaciones. Sospecharán que no estoy prometida, pero el diamante es muy caro, nadie dudará de su autenticidad y nadie tendrá ya nada que decir debido al precio del diamante que le han regalado a la chiquilla.

Vuelvo junto a Hélène Lagonelle. Está tendida en un banco y llora porque cree que voy a dejar el pensionado. Me siento en el banco. Estoy extenuada por la belleza del cuerpo de Hélène Lagonelle tendido contra el mío. Ese cuerpo es sublime, libre bajo el vestido, al alcance de la mano. Los senos son como jamás los he visto. Nunca los he tocado. Hélène Lagonelle es impúdica, no se da cuenta, se pasea completamente desnuda por los dormitorios. Entre las cosas más bellas creadas por Dios, está ese cuerpo de Hélène Lagonelle, incomparable, ese equilibrio entre la estatura y la manera en que el cuerpo sostiene los senos, fuera de él, como algo aparte. Nada más extraordinario que esa redondez exterior de los senos sostenidos, esa exterioridad dirigida hacia las manos. Incluso el cuerpo de pequeño culí de mi hermano menor se eclipsaba frente a ese esplendor. Los cuerpos masculinos tienen formas avaras, recluidas. Tampoco se echan a perder como las de Hélène Lagonelle que quizá sólo duren un verano, calculando largo, nada más. Hélène Lagonelle procede de las altiplanicies de Dalat. Su padre es funcionario del puesto. Llegó hace poco tiempo, en pleno curso escolar. Tiene miedo, se te pone al lado, se queda ahí sin decir nada, llorando con frecuencia. Tiene la tez rosada y morena de la montaña, destaca, aquí, donde todas las niñas poseen la palidez verdosa de la anemia, del calor tórrido. Hélène Lagonelle no va al instituto. Hélène Lagonelle no sabe ir a la escuela. No aprende, no retiene. Asiste a los cursos primarios del pensionado pero eso no sirve para nada. Llora contra mi cuerpo, y acaricio sus cabellos, sus manos, le digo que me quedaré con ella en el pensionado. Ignora que Hélène Lagonelle es hermosa. Sus padres no saben qué hacer con ella, intentan casarla. Lo más deprisa posible. Hélène Lagonelle encontraría todos los novios que quisiera, pero no los desea, no desea casarse, desea volver con su madre. Ella. Hélène L. Hélène Lagonelle. Al final hará lo que su madre quiera. Es mucho más hermosa que yo, que la del sombrero de clown, calzada de lamé, infinitamente más casable, Hélène Lagonelle, Hélène, pueden casarla, instalarla en la conyugalidad, asustarla, explicarle lo que le da miedo y no comprende, ordenarle esperar ahí, esperar.

Hélène Lagonelle, ella, Hélène, todavía no sabe lo que yo sé. Sin embargo, ella, Hélène, tiene diecisiete años. Como si lo adivinara, nunca sabrá lo que yo sé.

El cuerpo de Hélène Lagonelle es torpe, aún inocente, qué dulzura la de su piel, como la de ciertos frutos, está a punto de no ser percibida, un poco ilusoria, es demasiado. Hélène Lagonelle inspira deseos de matarla, incita al maravilloso sueño de matarla con sus propias manos. Lleva sus formas de flor de harina sin ninguna sabiduría, las exhibe para que sean amasadas por las manos, para que la boca las coma, sin retenerlas, sin conocerlas, sin conocer tampoco su fabuloso poder. Me gustaría comer los senos de Hélène Lagonelle como él come mis senos en la habitación de la ciudad china donde cada tarde voy a profundizar en el conocimiento de Dios. Ser devorada por esos senos de flor de harina que son los suyos.

Mi deseo de Hélène Lagonelle me extenúa.

Mi deseo me extenúa.

Quiero llevarme a Hélène Lagonelle, allí donde cada tarde, con los ojos entrecerrados, me hago dar el placer que hace gritar. Me gustaría entregar Hélène Lagonelle a ese hombre que hace eso encima de mí para que, a su vez, lo haga encima de ella. En mi presencia, que ella lo haga según mis deseos, que se entregue allí donde yo me entrego. El rodeo del cuerpo de Hélène Lagonelle, la travesía de su cuerpo, es el medio por el que alcanzaría el placer de él, entonces definitivo.

Para morirse.

La veo como participando de la misma carne que ese hombre de Cholen pero en un presente irradiante, solar, inocente, en una eclosión repetida de sí misma, en cada gesto, en cada lágrima, en cada uno de sus fallos, en cada una de sus ignorancias. Hélène Lagonelle, ella es la mujer de ese siervo que me proporciona el goce tan abstracto, tan intenso, ese hombre sombrío de Cholen, de China. Hélène Lagonelle es de China.

No he olvidado a Hélène Lagonelle. No he olvidado a ese siervo. Cuando me marché, cuando le dejé, estuve dos años sin acercarme a ningún otro hombre. Pero esa misteriosa fidelidad debía de ser a mí misma.

Sigo estando en esta familia, es ahí donde habito con exclusión de cualquier otro lugar. En su aridez, en su terrible dureza, en su malignidad siento la más profunda seguridad en mí misma, en lo más profundo de mi esencial certidumbre, sé que más tarde escribiré.

Ese es el lugar donde agarrarme más tarde, una vez ido el presente, con exclusión de cualquier otro lugar. Las horas que paso en el apartamento de Cholen hacen aparecer ese lugar envuelto en una luz fresca, nueva. Es un lugar irrespirable, rayana la muerte, un lugar de violencia, de dolor, de desesperación, de deshonra. Y tal es el lugar de Cholen. Al otro lado del río. Una vez cruzado el río.

No he sabido qué fue de Hélène Lago-nelle, si murió. Fue ella la primera en dejar el pensionado, mucho antes de mi viaje a Francia. Regresó a Dalat. Su madre le pidió que volviera a Dalat. Creo recordar que para casarla, que debía encontrar un novato llegando de la metrópoli. Quizá me equivoque, quizá confunda lo que creía que le sucedería a Hélène Lagonelle con esa partida obligada, reclamada por su madre.

Diré también lo que era, cómo era. Es así: roba a los criados para ir a fumar opio. Roba a nuestra madre. Registra los armarios. Roba. Juega. Antes de morir mi padre había comprado una casa en Entre-deux-Mers. Era nuestra única posesión. Juega. Mi madre la vende para pagar las deudas. No es suficiente, nunca es suficiente. Joven, intenta venderme a los clientes de la Coupole. Es por él por quien mi madre quiere seguir viviendo, para que siga comiendo, para que duerma abrigado, para que siga oyendo pronunciar su nombre. Y la propiedad que le compró cerca de Amboise, diez años de ahorros. Hipotecada en una noche. Ella pagó los intereses. Y todo el fruto de la tala de árboles que ya he mencionado. En una noche. Robó a mi madre moribunda.  Se trataba de alguien que registraba armarios, que tenía buen olfato, que sabía buscar bien, descubrir las buenas pilas de sábanas, los escondrijos. Robó las alianzas, cosas así, mucho, las joyas, el sustento. Robó a Dô, a los criados, a mi hermano menor. A mí, mucho. La hubiera vendido a ella, a su madre. Cuando muere la madre hace venir al notario, enseguida, en mitad del transtorno de la muerte. Sabe aprovecharse del trastorno de la muerte. El notario dice que el testamento no es válido. Que la madre ha favorecido demasiado al hijo mayor a mis expensas. La diferencia es enorme, risible. Es preciso que yo acepte o renuncie con pleno conocimiento de causa. Certifico que acepto: firmo. He aceptado. Mi hermano, con los ojos bajos, gracias. Llora. En medio del trastorno de la muerte de mi madre. Es sincero. Durante la liberación de París, perseguido sin duda por actos de colaboracionismo en el Sur, no sabe adonde ir. Viene a mi casa. Nunca lo he sabido muy bien, huye de un peligro. Quizás entregara a gente, judíos, todo es posible. Es muy dulce, afectuoso como siempre después de sus asesinatos o cuando necesita de tus servicios. Mi marido ha sido deportado. Se compadece. Se queda tres días. Lo he olvidado, cuando salgo no cierro nada. Registra. Guardo el azúcar y el arroz de mis cupones para cuando mi marido regrese. Registra y coge. Sigue registrando un armario pequeño, en mi habitación. Encuentra. Coge todos mis ahorros, cincuenta mil francos. No deja ni un solo billete. Deja el apartamento con sus hurtos. Cuando vuelva a verle no le hablaré del asunto, para él la vergüenza es tan grande que no podré hacerlo. Después del falso testamento, el falso castillo Luis XIV fue vendido por un mendrugo de pan. La venta estuvo trucada, como el testamento.

Después de la muerte de mi madre está solo. No tiene amigos, nunca tuvo amigos, a veces tuvo mujeres a las que hacía “trabajar” en Montparnasse, a veces mujeres a las que no hacía trabajar, al menos al principio, a veces hombres pero que le pagaban, ellos. Vivía en una gran soledad. Eso aumentó con la vejez. Era simplemente un golfo, sus causas eran pobres. Creó el miedo a su alrededor, no más allá. Con nosotros perdió su verdadero imperio. No era un gángster, era un golfo de familia, un registrador de armarios, un asesino sin armas. No se arriesgaba. Los golfos viven como él vivía, sin solidaridad, sin grandeza, en el miedo. Tenía miedo. Después de la muerte de mi madre llevó una existencia extraña. En Tours. Sólo conoce a los camareros para los “soplos” de las carreras y a la clientela vinosa de los pockers de trastienda. Empieza a parecérseles, bebe mucho, se le han pegado los ojos inyectados, la boca torva. En Tours ya no le queda nada. Liquidadas las dos propiedades, nada. Durante un año vive en un guardamuebles alquilado por mi madre. Durante un año duerme en un sillón. Consienten en dejarle entrar. Quedarse allí un año. Y luego lo echan a la calle.

Durante un año debió esperar rescatar su propiedad hipotecada. Se ha jugado los muebles de mi madre, uno a uno, los del guardamuebles, los budas de bronce, los objetos de cobre, y luego las camas y luego los armarios y luego las sábanas. Y luego un día no le queda nada, eso le ocurre, un día tiene el traje que lleva puesto, nada más, ni una sábana, ni un cubierto. Está solo. En un año nadie le ha abierto su puerta. Escribe a sus primos de París. Tendrá una habitación de servicio en Malesherbes. Y con más de cincuenta años tendrá su primer empleo, el primer sueldo de su vida, es ordenanza en una compañía de seguros marítimos. Duró, creo, quince años. Fue al hospital. No murió allí. Murió en su habitación.

Mi madre nunca habló de ese hijo. Nunca se quejó. Nunca habló del registrador de armarios a nadie. Esta maternidad fue como un delito. La mantenía oculta. Debía de considerarla ininteligible, incomunicable a cualquiera que no conociera a su hijo como ella lo conocía, ante Dios y solamente ante El. Decía de él trivialidades insignificantes, siempre las mismas. Que si hubiera querido habría sido el más inteligente de los tres. El más “artista”. El más fino. Y también el que más había querido a su madre. El que, en definitiva, la había comprendido mejor. No sabía, decía, que podía esperarse eso de un hijo, tal intuición, una ternura tan profunda.

Volvimos a vernos una vez, me habló del hermano menor, muerto. Dijo: “Qué horror esa muerte, es abominable, nuestro hermano pequeño, nuestro pequeño Paulo”.

Queda una imagen de nuestro parentesco: es una comida, en Sadec. Los tres comemos en la mesa del comedor. Ellos tienen diecisiete y dieciocho años. Mi madre no está con nosotros. El mira cómo mi hermano menor y yo comemos, y luego deja el tenedor, sólo mira a mi hermano menor. Le mira muy largamente y luego le dice de repente, muy calmadamente, algo terrible. La frase se refiere a la comida. Le dice que debe ir con cuidado, que no debe comer tanto. El hermano menor no contesta. El otro sigue. Le recuerda que los trozos grandes de carne son para él, que no debe olvidarlo. Si no, dice. Pregunto: ¿por qué para ti? Dice: porque es así. Digo: ojalá te mueras. No puedo seguir comiendo. El hermano menor tampoco. El espera a que el hermano menor se atreva a pronunciar palabra, una sola palabra, sus puños cerrados están prestos encima de la mesa para destrozarle la cara. El hermano menor no dice nada. Está muy pálido. Entre sus pestañas, el inicio del llanto.

Cuando muere es un día triste. De primavera, creo, de abril. Me telefonean. Nada, no me dicen nada más. Lo han encontrado muerto, en el suelo, en su habitación. La muerte llevaba ventaja sobre el final de su historia. En vida ya estaba acabado, era demasiado tarde para que muriera, era un hecho desde la muerte del hermano pequeño. Las palabras subyugantes: todo está consumado.

Ella pidió que los enterraran juntos. Ya no sé dónde, en qué cementerio, sé que en el Loira. Están los dos en la tumba, sólo los dos. Es justo. La imagen es de un esplendor intolerable.

 

(Continuará…)

 

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