Hombres en el sol (I)

Gassan Kanafani

 

Abu Kais

Boca abajo, con el pecho pegado a la tierra húmeda, Abu Kais la sentía palpitar bajo su cuerpo. Eran los latidos de un corazón cansado. Todo se fundía en un solo palpitar, desde la más pequeña partícula de arena hasta la parte más recóndita de su ser. Siempre que pegaba el cuerpo a la tierra, sentía el mismo latido. Era el corazón de la tierra que, desde lo más profundo de sus entrañas, pugnaba por abrirse un camino en busca de la luz. Hacía tiempo que había sentido ese latido por vez primera, allá en Palestina. Hasta se lo había dicho un día a su vecino, con el que labraba a medias el mismo campo, en aquella tierra que había abandonado hacía diez años. Su vecino se había burlado de él:

—Eso que oyes son los latidos de tu propio corazón.

¡Tonterías! ¿Y el olor, entonces? Ese olor que cuando respiraba le fluía por la frente y se desparramaba, adormecedor, por todas sus venas. Era el mismo olor que exhalaban los cabellos de su mujer cuando salía del baño, el mismo, el olor de una mujer con el cuerpo chorreando agua fría y los cabellos mojados sobre el rostro. ¿Y los latidos? Lo mismo que cuando se recoge, con las manos llenas de ternura, un pajarillo abandonado.

La tierra está húmeda —pensó—, será por la lluvia de ayer. Pero no, ayer no había llovido. No era posible que lloviera con un cielo así. ¿Has olvidado dónde estás? ¿Lo has olvidado? Aquí sólo hay calor y polvo. Se dio vuelta boca arriba. Con la cabeza entre las manos, contempló la claridad cegadora del cielo. Un solitario pájaro negro revoloteaba en lo alto sin rumbo fijo. De pronto, sin saber por qué, lo invadió un sentimiento de nostalgia teñido de amargura. Por un momento sintió ganas de echarse a llorar. Pero no, ayer no había llovido. Estamos en agosto, ¿lo has olvidado? Y ese camino que se pierde en el desierto, negro como la eternidad, ¿lo has olvidado? El pájaro aún revoloteaba solitario, como un punto negro perdido en la radiante inmensidad. Estamos en agosto. Pero entonces, ¿por qué esa humedad en la tierra? Claro, era el Chott. ¿No ves cómo se extiende hasta donde alcanza la vista? «Allí se unen los dos grandes ríos, el Tigris y el Éufrates, para formar un solo río cuyo nombre es el Chott el Arab, el cual corre desde poco antes de Basora hasta…».

El maestro Selim: delgado, ya viejo, con el pelo blanco. Por décima vez repetía con voz estentórea la misma frase al niño que estaba de pie junto al pizarrón. En aquel preciso momento, pasaba él por delante de la escuela del pueblo y se subió encima de una piedra para mirar furtivamente por la ventana. El maestro Selim de pie frente al alumno, declamaba mientras esgrimía el bastón: «Allí se unen los dos grandes ríos, el Tigris y el Éufrates…». El niño temblaba de miedo. De pronto, estallaron risas entre los demás niños de la clase. Alargó la mano y dio en la cabeza un manotazo a uno de los que en aquel momento había levantado la vista y lo había sorprendido mirando por la ventana.

—¿Qué pasa?

El niño, muerto de risa, musitó:

—Ese bobo.

Se bajó de la piedra y siguió su camino. Hasta él llegaba la voz del maestro Selim que repetía en forma incansable: «Allí se unen los dos grandes ríos, el Tigris y el Éufrates…».

Aquella noche vio al maestro Selim sentado en el salón del alcalde fumando su narguilé. Lo habían enviado de Jaifa para que enseñara a los chicos del pueblo. Hacía tanto de eso que para todos «maestro Selim» era dos palabras inseparables. Esa noche en el salón del alcalde, alguien le había preguntado:

—¿Presidirán la plegaria del viernes, no?

El maestro Selim había respondido llanamente:

—Nada de eso, soy maestro de escuela, no imán.

El alcalde había dicho entonces:

—¿Y qué diferencia hay? Nuestro maestro de antes era imán.

—Porque enseñaba en la escuela coránica, pero yo soy maestro de escuela.

El alcalde insistió:

—¿Y qué diferencia hay?

El maestro Selim no respondió. Detrás de sus anteojos, su mirada recorrió los rostros de los presentes como para implorar socorro. Pero sobre ese asunto, las ideas de los demás eran tan confusas como las del alcalde.

Hubo un largo silencio. Después de su ligero carraspear, el maestro Selim dijo con voz pausada:

—Pero ¡si no sé rezar!

—¿Que no sabes?

En la asamblea se oyeron gruñidos de reprobación. El maestro Selim insistió:

—No, no sé.

Los presentes se miraron unos a otros estupefactos. Luego, todas las miradas confluyeron en el alcalde, que sintió que no tenía más remedio que decir algo:

—Entonces, ¿qué sabes hacer?

El maestro Selim se levantó con gesto rápido como si esperara aquella pregunta:

—Muchas cosas. Por ejemplo, sé disparar un arma.

Al llegar a la puerta, se volvió. Su enjuto rostro temblaba.

—Si atacan, despiértenme. Puedo serles útil.

Así que entonces ese era el famoso Chott de que tanto hablara el maestro Selim hacía diez años. Allí lo tenía, a miles de kilómetros de la aldea y de la escuela, después de miles de días… ¡Que Dios te bendiga, maestro Selim! ¡Que Dios te bendiga! Qué suerte tuviste de que Dios te llevara de este mundo justamente la noche antes de que nuestra pobre aldea cayera en manos de los judíos. Precisamente la noche antes. ¡Dios mío! ¿Habrá mayor don del cielo que ese? Es de verdad que los hombres del pueblo no pudieron enterrarte ni rendirte su último homenaje. Pero, de todos modos, te quedaste, te quedaste allí. Te libraste del oprobio y la miseria, te salvaste en la vejez de la vergüenza. ¡Que Dios te bendiga, maestro Selim! ¿Ves?, si no te hubieras muerto, habrías vivido como yo, hundido en la miseria. ¿Habrías hecho lo que hago yo ahora? ¿Aceptarías con todo el peso de los años en las espaldas huir a Kuwait a través del desierto por un pedazo de pan?

Volvió a ponerse boca abajo. Apoyado en los codos, contemplaba el gran río como si lo viera por primera vez. Así que entonces este es el Chott el Arab: «Un gran río por el que van los barcos cargados de dátiles y de paja, como una carretera que atravesara el país con muchos coches…».

Eso era lo que le había respondido de un tirón su hijo Kais cuando le había preguntado aquella noche:

—¿Qué es el Chott el Arab?

Se había propuesto que le preguntaría a su hijo la lección para comprobar si se la sabía y Kais, después de soltar la respuesta sin titubear, había añadido:

—Te vi hoy mirar por la ventana de la clase…

Se volvió hacia su mujer que he había echado a reír. Un poco avergonzado trató de reponerse.

—Eso ya lo sabía de antes.

—¡Qué va! ¡Qué los ibas a saber!, lo aprendiste hoy cuando mirabas por la ventana.

—Bueno, ¿y qué? ¿Qué importa que lo sepa o lo deje de saber?, después de todo, tampoco es el fin del mundo.

Su mujer lo miraba de reojo. Después dijo a su hijo:

—Anda, vete a jugar al cuarto de al lado… —Cuando la puerta se hubo cerrado tras él, se volvió a su marido—: No le hables así al niño. Está tan contento de haber aprendido eso y vienes tú y se lo estropeas.

Se levantó y acercándose a ella le puso la mano en el vientre y susurró:

—¿Para cuándo?

—Dentro de siete meses.

—¡Uf!

—Esta vez tiene que ser una niña…

—No, no, un varón, un varón.

Pero tuvo una niña. Se llamó Hasna y murió a los dos meses de nacida. El médico había dicho con un gesto melindroso: «Era demasiado esmirriada». Eso fue un mes después de haberse ido del pueblo, en una vieja casa de otra aldea, lejos del campo de batalla.

—Abu Kais, siento que voy a parir.

—Bueno, bueno, cálmate.

Se dijo para sus adentros: «¿Pero esta mujer no podría seguir preñada cien meses más? ¡Mira que no es éste el momento para ponerse a parir!».

—¡Por amor de Dios!

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Voy a parir.

—¿Llamo a alguien?

—A Um Omar.

—Pero ¿dónde la voy a encontrar ahora?

—Dame esa almohada.

—¿Pero dónde la voy a encontrar a Um Omar?

—Por amor de Dios, levántame un poco. Déjame que me apoye contra la pared.

—No te muevas, voy a buscar a Um Omar.

—Date prisa, pronto. ¡Por todos los cielos!

Se apresuró a salir en busca de la partera. Apenas había cerrado la puerta tras de sí cuando a sus oídos llegó un berrido: era el recién nacido. Volvió sobre sus pasos y pegó la oreja a la puerta de madera.

El Chott se mecía entre rumores. Los marineros se llamaban a gritos unos a otros, el cielo resplandecía y el pájaro negro aún revoloteaba sin rumbo fijo.

Se levantó, se sacudió al traje impregnado de tierra y miró el río. Nunca como en aquel momento se sintió tan extraño y tan insignificante. Se pasó la mano por la áspera barbilla y entonces todas las ideas que se agolpaban en su cabeza como un ejército de hormigas, empezaron a agitarse.

Al otro lado del Chott, tan sólo al otro lado, se encuentra todo lo que te quitaron. En Kuwait. Lo que viviste con la imaginación, como en un sueño, existe allí… Seguro que allí tenía que haber algo de todo lo que se había imaginado. Habría piedras, tierra, agua y cielo y puede que hasta alguna cosa más de lo que vagaba por su mente atormentada. Seguro que había calles y avenidas y hombres y mujeres, y también niños que correteaban entre los árboles. Pero no, su amigo Sa’ad, que había emigrado allí y después de trabajar de chofer había vuelto con los bolsillos forrados de dinero, le había dicho que allí no había árboles. Los árboles sólo existen en tu cabeza, Abu Kais, en tu cansada cabeza de anciano, Abu Kais. Diez árboles bien nudosos que todos los años daban en el otoño las mejores aceitunas del mundo. En Kuwait no había árboles. Lo había dicho Sa’ad y a Sa’ad hay que creerle porque sabe más que tú aunque sea más joven. Todos saben más que tú. Todos.

Diez años habían pasado, diez años en los que no hiciste otra cosa más que esperar. Tuviste que esperar diez largos años de miseria para darte cuenta de que perdiste todo: tus árboles, tu casa, tu juventud, tu aldea… En ese tiempo, los demás siguieron su camino, mientras que tú te quedaste como un perro viejo, sentado sobre las patas traseras y metido en un tugurio. ¿Qué es lo que esperabas entonces? ¿Que la fortuna te cayera del cielo sin moverte de tu casa? ¿Tu casa? ¿Pero desde cuándo es tu casa? Un hombre generoso te dijo un día: «Ven a vivir aquí». Eso es todo. Y después de un año, te pidió que le cedieras la mitad de la habitación. De pronto, te encontraste con gente extraña bajo el mismo techo, con sólo una andrajosa cortina de harpillera, de por medio. Pero seguiste allí como un perro viejo sentado sobre las patas traseras hasta que llegó Sa’ad y te sacudió como el que bate leche para hacer mantequilla.

—Si consigues llegar al Chott, pasar a Kuwait no es difícil. Basora está llena de «pasadores». Te pasarán clandestinamente a través del desierto. ¿Por qué no te vas?

La mujer escuchaba en silencio mirando ora a uno, ora a otro y después volvía a mecer al niño.

—Es una aventura que Dios sabe cómo terminará.

—¿Que Dios sabe cómo terminará? ¡Ah! ¡Ah! ¡que Dios sabe cómo terminará! ¡Ah! ¡Ah!

Después se volvió hacia la mujer:

—¿Has oído lo que ha dicho tu marido? ¡Que Dios sabe cómo terminará! ¡Como si la vida fuera un manjar! ¿Por qué no se aventura como los demás? ¿O es que acaso se cree mejor?

Ella no levantaba la vista y él deseaba que no lo hiciera. El otro seguía perorando:

—¿Te gusta la vida que llevas aquí? ¡Hace diez años que vives como un mendigo! ¡Vergüenza habría que darte! Y tu hijo Kais, ¿cuándo va a volver de la escuela? Y el último crecerá. ¿Cómo lo vas a mirar a la cara si no has…?

—Ya está bien, ¡basta!

—No, no basta, ¡vergüenza habría de darte! Tienes a tu cargo una familia. ¿Por qué no te vas? —Mirándola a ella—: Y tú, ¿qué dices?

La mujer permanecía silenciosa. Él pensaba para sus adentros: «Mañana, el pequeño crecerá…».

—El camino es largo y ya soy viejo. No puedo irme como vosotros. Podría encontrar la muerte…

Se hizo el silencio en la habitación. La mujer aún mecía al niño. Sa’ad dejó de insistir, pero su voz, terca, obstinada, tenaz, le martillaba en el cerebro y lo sentía a punto de estallar:

—¿La muerte? ¡Vamos! ¿Quién te dijo que eso no era mejor que la vida que llevas? Hace diez años que esperas volver junto a los diez olivos que tenías en el pueblo… Tu pueblo, ¡eh!

Se volvió a su mujer:

—¿Qué piensas tú, Um Kais?

Ella lo miró y contestó en un susurro:

—Lo que tú pienses.

—Podremos volver a mandar a Kais a la escuela.

—Sí.

—Podremos comprar uno o dos pies de olivo.

—Claro que sí.

—Y hasta quizás podamos construir una habitación en algún sitio…

—Sí.

—Si consigo llegar, si llego…

La miró. Sabía que estaba a punto de echarse a llorar: el labio inferior le temblaba ligeramente y después una lágrima, una sola, se le hinchaba poco a poco hasta caerle sobre la mejilla morena y arrugada. Quiso decir algo pero no pudo. También las lágrimas asomaron a sus ojos. Sentía un nudo en la garganta…

Un nudo como el que le apretaba cuando entró en la tienda del hombre gordo que hacía pasar a los clandestinos desde Basora a Kuwait. Allí estaba delante de él con todo el peso de la esperanza y la humillación a cuestas, sobre sus hombros de anciano. Era tan absoluto el silencio que hasta vibraba.

—El viaje es difícil. Te lo advierto. Serán quince dinares.

—¿Me aseguras que llegaré sano y salvo?

—¡Claro que llegarás sano y salvo! Pero lo pasarás algo mal, ¿sabes?, estamos en agosto, hace mucho calor y en el desierto no hay sombra. Pero llegarás.

El nudo le apretaba aún la garganta, pero sentía que no podía esperar más, que tenía que decirlo entonces o ya no lo diría nunca:

—He recorrido miles de kilómetros para llegar a ti. Me envía Sa’ad. ¿no te acuerdas de él? No tengo más que quince dinares, ¿qué te parece si te doy diez y me quedo con el resto?

El hombre gordo lo cortó en seco:

—Mira, ¿eh?, aquí no estamos para bromas. ¿No te dijo tu amigo que aquí el precio es fijo y que no se regatea? ¿No sabes que el guía arriesga su vida por ustedes?

—Y nosotros ¿no arriesgamos también la nuestra?

—¡Pero si yo no te obligo!

—¿Diez dinares?

—Quince dinares, ¿o es que no me oyes?

Hubiera querido continuar, pero no podía. El hombre gordo sudaba a mares y, desde su silla, lo miraba de hito en hito con los ojos muy abiertos. Quería que dejara de mirarlo así. Aquella mirada le hacía daño, no podía soportarla. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Las sentía brotar, ardientes, como un manantial que desde las entrañas le fluyera hasta anegarlo en llanto. Hubiera querido decir algo, pero no podía. Se volvió y salió a la calle. A su alrededor todo flotaba tras un velo húmedo de lágrimas contenidas. Otra vez el presente: el río que se fundía con el cielo allá en el horizonte, la claridad radiante, infinita. De nuevo sentía la tierra húmeda palpitar bajo su pecho. Y aquel olor que le fluía por todas las venas y lo anegaba como un torrente.

 

As’Ad

As’Ad permanecía de pie ante el hombre gordo que hacía pasar clandestinos desde Basora a Kuwait.

—Está bien, te daré quince dinares, pero cuando haya llegado, no antes.

Por encima de las mejillas, los ojillos del hombre gordo lo observaban, fijos.

Después preguntó con un tono estúpido.

—¿Por qué?

—¿Por qué? ¡Ah!, porque tu guía se escabullirá antes de que hayamos recorrido la mitad del camino. De acuerdo con los quince dinares, pero a la llegada, no antes.

El hombre plegaba los papeles amarillos que tenía ante sí y después dijo con voz melíflua:

—Yo no te obligo a nada, no te obligo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Pues que si no te agradan mis condiciones, no tienes más que volverte, dar tres pasos y te encontrarás en el camino.

¡El camino! ¿Habría todavía camino en este mundo, caminos, que no hubiera regado día tras día con el sudor de su frente? Todos decían lo mismo: te encontrarás en el camino. Eso era lo que había dicho aquel Abdulabd que se había comprometido a pasarlo desde Jordania a Irak.

—No tienes más que dar la vuelta a H4. No importa si te adentras un poco en el desierto. Eres joven y puedes soportar el calor. Después vuelves a salir a la carretera y me encontrarás allí.

—Pero eso no entraba en el trato. Cuando estábamos en Ammán, quedamos en que me llevarías a Bagdad y te di veinte dinares contantes y sonantes. De esa historia de que había que dar la vuelta a H4 nunca me habías hablado.

Abdulabd golpeó con la mano la aleta del camión cubierto de polvo. Las marcas de los dedos dejaron ver el calor rojo vivo. El camión de Abdulabd estaba parqueado junto a la casa, cerca de Yerbel Ammán. Recordaba perfectamente el trato que habían hecho.

—Será difícil. Si me agarran contigo, me meterán en la cárcel. Pero no importa.

Te haré ese gran favor porque conocí a tu padre, que en paz descanse. Luchamos juntos en Ramlah hace diez años…

Después permaneció silencioso por breves instantes. Su camisa azul chorreaba sudor y el rostro anguloso le daba a As’ad la impresión de tener ante sí a uno de esos hombres para quienes el hacer milagros era uno de los deberes de un padre de familia.

—Te cobraré veinte dinares y te encontrarás en Bagdad.

—¿Veinte dinares?

—Sí, veinte dinares. Y además tendrás que ayudarme durante el viaje. Saldremos pasado mañana. Tengo que transportar el coche de un ricachón de Bagdad que pasó parte del verano en Ramallah y quiso volver en avión.

—Pero… ¿veinte dinares?

Abdulabd lo miró fijamente y después remachó:

—Te salvo la vida por veinte dinares. ¿Crees que vas a poder pasarte aquí toda la vida escondido? Mañana mismo pueden detenerte…

—¿Pero dónde?, ¿dónde voy a encontrar veinte dinares?

—Pídelos prestados, pídelos prestados, cualquiera te prestará veinte dinares si sabe que te vas a Kuwait.

—¿Veinte dinares?

—Veinte, veinte.

—¿Hasta Bagdad?

—Directo.

Pero le mintió. Se aprovechó de su ingenuidad y de su ignorancia y lo engañó. Lo hizo bajar del camión después de un viaje en plena canícula, le dijo que tenía que dar la vuelta a H4 para evitar la policía de fronteras, pero que volvería a encontrarlo en la carretera.

—Pero si no conozco la región. ¿Quieres decir, si he entendido bien, tendré que caminar toda esa distancia alrededor de H4 con este calor?

Abdulabd golpeó de nuevo la aleta polvorienta de su camión. Estaban los dos completamente solos en medio del desierto, a una milla de H4.

—Pero ¿qué te crees? Tu nombre está en la lista de todos los puestos fronterizos. Si me ven contigo, un conspirador sin pasaporte ni visado, ¿qué crees tú que pasará? ¡Anda, basta ya de caprichos! Eres fuerte como un toro y te conviene mover un poco las piernas. Nos volveremos encontrar en la carretera después de pasar H4.

Todos hablaban de caminos. Decían: «estás en el buen camino», pero eran los primeros en no saber nada de caminos como no fuera el asfalto negro y los contenes. Como el hombre gordo de Basora, el «pasador», que también repetía la misma historia.

—¿Es que no me oyes? Tengo mucho que hacer. Ya te lo dije: son quince dinares y te dejo en Kuwait. Bueno, tendrás que caminar un poco, pero eso no te hará daño, eres joven y robusto.

—Pero ¿por qué no me escuchas tú a mí? Te dije que te pagaría cuando llegáramos a Kuwait.

—Llegarás, llegarás.

—¿Cómo?

—Te juro por mi honor que llegarás a Kuwait.

—¿Por tu honor?

—Te juro por mi honor que te encontraré detrás de H4. No tienes más que dar la vuelta a esa zona maldita y me encontrarás esperándote.

Dio una gran vuelta en torno a H4. El sol pegaba en la cabeza como puro fuego. Mientras escalaba aquellas lomas amarillas tenía la sensación de encontrarse completamente solo en el mundo. Arrastraba los pies en la arena como si, después de haber tirado de una gran barca en la playa, las piernas se le hubieran vaciado de toda su sustancia. Atravesó terrenos rocosos, pardos, semejantes a cascos de metralla; escaló dunas bajas con cimas chatas de tierra amarilla, fina como la harina. ¡Ah!, ¿si me hubieran llevado al campo de concentración de Yafr en el desierto, no sería menos penoso que esto? ¡Tonterías! El desierto es el mismo en todos los sitios. Se envolvía la cabeza en una keffie que le había dado Abdulabd, pero de nada le servía contra los rayos candentes del sol. Por un momento pensó que hasta la keffie iba a arder en llamas. El horizonte se confundía en una amalgama de líneas anaranjadas… Pero decidió seguir caminando con firmeza e incluso cuando la tierra se transformó en hojas brillantes de papel amarillo, no aminoró el paso.

De pronto, las hojas amarillas empezaron a volar y se agachó para recogerlas.

—Gracias, gracias. Este maldito ventilador ha hecho volar las hojas, pero sin él no se puede respirar. ¡Ah!, ¿qué has decidido por fin?

—¿Estás seguro de que el guía que mandes con nosotros no huirá?

—¿Pero cómo va a huir, especie de imbécil? Serán más de diez, así que no veo cómo va a poder escapar de ustedes.

—¿Y hasta dónde nos llevará?

—Hasta el camino de Yahra, detrás de Mitla. Allí estarán en Kuwait.

—¿Tendremos que caminar mucho?

—Unas seis o siete horas.

Después de andar cuatro horas, llegó a la carretera detrás de H4. El sol se había ocultado tras las colinas, pero la cabeza le seguía ardiendo hasta tener la sensación de que le manaba sangre de la frente. Se sentó en una piedra y miró a lo lejos la carretera que se extendía como una raya recta y oscura. En su cabeza aturdida latían miles de ruidos confusos. Pensó que divisar en el extremo de la carretera un camión rojo sería algo absurdo, mera ilusión. Se puso en pie y volvió a escudriñar el camino. No conseguía ver con claridad. ¿Era la luz del crepúsculo o el sudor que le velaba los ojos? La cabeza le zumbaba como un enjambre de abejas. En un arranque, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

—Abdulabd, ¡maldito sea tu padre!, ¡maldita sea tu raza!

—¿Qué dices?

—¿Yo? Nada, nada. ¿Para cuándo es el viaje?

—Cuando sean diez, ¿sabes? No podemos mandar un guía por cada uno. Así es que hay que esperar a que sean diez. ¿Me das el dinero ahora mismo?

Apretaba con fuerza el dinero que tenía en el bolsillo, mientras pensaba. «Podré devolverlo en menos de un mes. En Kuwait se hace dinero en un abrir y cerrar de ojos».

—No te hagas demasiadas ilusiones. Antes que tú se fueron cientos que volvieron sin un céntimo. Pero no importa, te daré los cincuenta dinares que me pediste. Quiero que sepas que eso representa el trabajo de toda una vida…

—Entonces, ¿por qué me los das si estás seguro de que no te los voy a devolver?

—Sabes muy bien por qué, ¿no? Quiero que empieces a abrirte camino aunque sea en el infierno para que después puedas casarte con Nada. No puedo pensar que mi pobre hija tenga que seguir esperándote por más tiempo. ¿Comprendes?

Sintió que la humillación le ponía un nudo en la garganta. Hubiera deseado arrojarle a la cara con violencia y desprecio los cincuenta dinares. ¡Casarlo con Nada! Pero ¿quién le había dicho que quería casarse con ella? Sólo porque habían nacido los dos el mismo día y sus padres habían leído juntos Al-Fatiha. Para su tío aquello era el destino. Ya había rechazado cientos de pretendientes a la mano de su hija pues le decía que estaba prometida. ¡Qué diablos!, ¿quién le había dicho que quería casarse con ella? ¿Quién le había dicho que tuviera intenciones de casarse alguna vez? Y, ahora, se lo recordaba de nuevo. Quería comprarlo para su hija, como el que compra un saco de estiércol para el campo. Inmóvil en su sitio, apretaba el dinero en el bolsillo, lo palpaba, lo sentía suave, caliente, como si tuviera allí las llaves de su destino. Si se dejaba llevar por la ira que lo dominaba y devolvía el dinero a su tío, ¿cómo iba a arreglárselas para volver a encontrar esa cantidad?

Intentó apaciguar su cólera y apretó los dientes con fuerza. La mano, en el bolsillo del pantalón, agarraba el dinero. Al cabo de un momento, logró reponerse:

—No, nada de eso. Te daré el dinero cuando todo esté listo para el viaje. Pasaré a verte todos los días… Vivo en una fonda muy cerca de aquí.

El hombre gordo esbozó una sonrisa y después estalló en una estrepitosa carcajada.

—Será mejor que no pierdas el tiempo, hijo mío. Todos los «pasadores» cobran lo mismo. En eso, estamos todos de acuerdo, así que no te canses. De todas maneras, puedes quedarte con el dinero hasta que el viaje esté listo. Eres libre…, ¿cómo se llama el hotel donde te hospedas?

—Hotel El Chott.

—¡Ah!, el hotel de las ratas.

Una rata saltó en la carretera. Sus ojitos brillaban a la luz de los faros. La joven rubia le dice a su marido, que conduce absorto:

—¡Un zorro!, ¿has visto?

El marido, un extranjero, rió:

—¡Ah, qué mujeres éstas! Hasta las ratas hacen zorros.

Lo recogieron en el momento que el sol acababa de ponerse. Tiritaba de frío. Les había hecho una señal con la mano y el hombre detuvo el auto. Pegó la cara a la ventanilla y la mujer, asustada, tuvo miedo de él. Intentó recordar el inglés que había aprendido:

—Mi amigo tuvo que volver a H4 con el auto y me ha dejado…

El hombre no lo dejó continuar:

—¡Vamos, no mientas! Eres un clandestino. A mi tanto me da. Sube, te llevaré hasta Baakuba.

El asiento de atrás era cómodo. La mujer le dio una manta para que se cubriera, pero aún tiritaba. No sabía sí de frío, de miedo, o de fatiga.

El hombre preguntó:

—¿Has caminado mucho?

—No sé. Quizás cuatro horas.

—El guía te dejó plantado, ¿no es eso? Siempre hacen igual.

La mujer se volvió hacia atrás y preguntó:

—¿Por qué huyen todos de aquí?

Respondió el hombre:

—Es una historia larga de contar. Dime, ¿sabes conducir?

—Sí.

—Podrás conducir en mi lugar cuando hayas descansado algo. Puedo ayudarte a cruzar la frontera iraquí. Llegaremos allí a las dos de la mañana… a esa hora todos duermen.

Se sentía aturdido, incapaz de fijar la atención en un solo objeto.

Perdido en aquel aluvión de preguntas, no sabía ya ni por dónde empezar.

Intentó dormir un poco, aunque sólo fuera media hora.

—¿De dónde eres?

—De Palestina, de Ramlah.

—¡Ah!, Ramlah está lejos de aquí… Hace dos semanas estuve en Saida. ¿Conoces ese lugar? Me detuve allí un momento, un muchachito se me acercó y me dijo, en inglés, que su casa quedaba del otro lado de las líneas, detrás de las alambradas.

—¿Eres funcionario?

—¿Funcionario? ¡Por Dios! Ni el mismísimo diablo en persona se metería a eso. No, amigo mío, soy turista.

—Mira, mira, otro zorro. ¿No viste cómo le relucían los ojos?

—No, querida, es una rata. ¿Por qué te empeñas en que sea un zorro?

—¿Oíste lo que pasó hace poco cerca de Saida?

—No, ¿qué pasó?

—¡Ni el mismísimo diablo sabe lo que pasó! ¿Te vas a quedar en Bagdad?

—No.

—¡Uf! Este desierto está plagado de ratas. ¿Qué comerán?

El marido respondió con calma:

—Otras ratas más pequeñas.

La muchacha exclamó:

—¿De verdad? ¡Qué cosa más horrible! Las ratas son animales repugnantes.

El hombre gordo de Basora:

—Las ratas son repugnantes. ¿Cómo puedes dormir en ese hotel?

—Es barato.

El hombre gordo se puso en pie, se le acercó y le pasó el brazo por el hombro:

—Pareces cansado, muchacho. ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?

—¿Yo?, nada de eso.

—Si estuvieras enfermo, avísame. Puedo ayudarte. Tengo muchos amigos médicos, pero no te preocupes, no te cobrarán nada.

—Gracias, estoy un poco cansado, eso es todo. ¿Tendremos que esperar mucho para el viaje?

—No. Gracias a Dios son muchos. Dentro de dos días estarás en camino.

As’ad se volvió y se dirigió hacia la puerta. Todavía no había cruzado el umbral cuando a sus espaldas oyó al hombre gordo que soltaba una carcajada:

—¡Pero ten cuidado que las ratas no te coman antes del viaje!

 

Marawán

Salió Marwán de la tienda del hombre gordo que hacía pasar a los clandestinos desde Basora a Kuwait y se encontró en la calle abovedada, llena de gente, de donde emanaba un olor a dátil y a cestos de mimbre. No sabía adónde ir. En la tienda se había desvanecido el último rayo de aquella esperanza que acariciaba desde hacía tiempo. Todo se había derrumbado allí dentro. Las palabras del hombre gordo, las últimas que había pronunciado, eran tajantes, definitivas, como ráfagas de plomo.

—Quince dinares, ¿o es que no me oyes?

—Pero…

—No, te lo ruego, ¿eh?, no empieces a lloriquear. Todos vienen aquí y después se ponen a gimotear como las viudas. Hermano, querido mío, nadie los obliga a venir. ¿Por qué no vas y preguntas a otro? Basora está repleta de «pasadores».

Bueno, iría y preguntaría a otro, pero Hasán que trabajaba en Kuwait desde hacía cuatro años, le había dicho que pasar de Basora a Kuwait sólo costaba cinco dinares por persona y ni un céntimo más. También le había dicho que cuando tratara con el «pasador» se mostrara más hombre y más decidido para que no lo engañara al verlo tan joven.

—Me dijeron que el precio era cinco dinares por persona.

—¿Cinco dinares? ¡Ja, ja, ja, eso sería antes de Adán y Eva! Hijo mío, vuélvete, da tres pasos y te encontrarás en la calle si no quieres que sea yo quien te ponga en ella.

Todo cuanto le quedaba en el bolsillo no pasaba de siete dinares. Poco antes pensaba que era rico; en cambio, ahora… ¿Lo tomaba por un niño? Se armó de todo su valor e intentó adoptar un tono resuelto:

—Si aceptas siete dinares puedes darte por contento, si no…

—Si no ¿qué?

—Si no, te denunciaré a la policía.

El hombre gordo se puso de pie y después de dar la vuelta alrededor de la mesa, se plantó ante él, resollando y empapado en sudor. Lo observó un instante, lo midió de pies a cabeza con la mirada, y luego alzó su pesada mano en el aire:

—¿Con que quieres denunciarme a la policía, eh?, hijo de p…

Descargó la pesada mano en la mejilla de Marwán y éste perdió la última palabra en el zumbido infernal que le traspasaba los oídos. Por un instante no pudo conservar el equilibrio y retrocedió dos paso mientras llegaba hasta él la voz del hombre gordo, ronca de ira:

—Lárgate y dile a la policía que te pegué… ¡Denunciarme a la policía…!

Permaneció en el mismo sitio un breve instante, sin moverse, lo suficiente para darse cuenta de lo vano que sería cualquier intento de recuperar su dignidad. Más bien sintió hasta los tuétanos que había cometido un error imperdonable. Se resignó a tragarse la humillación mientras la marca de los dedos le abrasaba la mejilla izquierda.

—¿Qué esperas ahí mirando?

Dio media vuelta y salió a la calle. Hasta él llegaba de plano el olor a dátil y a cestos de paja. ¿Qué iba a hacer ahora? Nunca había querido hacerse esa pregunta a sí mismo. Sin saber por qué sentía una especie de satisfacción. ¿De dónde le vendría aquella sensación? Le hubiera gustado adivinar la causa. Era un sentimiento de euforia y de felicidad que no lograba separar de todos los sinsabores que se acumulaban en su pecho desde hacía media hora. Cuando fallaron todos sus intentos, se apoyó contra la pared y vio cómo la gente pasaba ante él sin volverse para mirarlo. Quizás fuera la primera vez que le sucedía una cosa así, encontrarse solo y extraño entre una muchedumbre como aquella.

Pero ¿y aquél sentimiento difuso de gozo y de felicidad? Era la misma sensación que lo embargaba cuando, al terminar de ver una película sentía que la vida era grande e inmensa y que, como en el cine, llegaría a ser en el futuro de los que la viven a plenitud y gozan de toda la diversidad de cada hora, de cada instante. Pero ¿por qué ahora esa sensación cuando desde hacía tiempo no veía ninguna película y además la chispa de esperanza que ardía en su corazón se había apagado hacía unos instantes en la tienda del hombre gordo? Nada, era inútil. Entre la decepción sufrida y el sentimiento de felicidad que invadía todo su ser, parecía alzarse un espeso velo que le impedía intuir lo que, sumido en el inconsciente, era la razón profunda de aquel sentimiento.

Decidió no estrujarse más el cerebro y seguir su camino. Se retiró de la pared y echó a andar entre la multitud, cuando sintió una mano que le daba una palmada en el hombro.

—No te pongas así que no es para tanto. ¿A dónde vas ahora?

Un hombre alto había empezado a caminar a su lado con familiaridad. Al mirarlo, le pareció que ya lo había visto antes, en algún lugar. A pesar de ello, se alejó de él unos pasos y fijó en el desconocido una mirada interrogadora.

—Es un ladrón conocido, ¿quién te mando a él?

Después de titubear un poco, respondió:

—Todos vienen a él…

El hombre se le acercó y pasó su brazo a través del de Marwán como si lo conociera desde hacía tiempo.

—¿Quieres ir a Kuwait?

—¿Cómo lo sabes?

—Porque estaba de pie junto a la puerta de aquella tienda y te vi entrar y después salir… ¿Cómo te llamas?

—Marwán, ¿y tú?

—Me llaman Abuljaizarán.

Por primera vez desde que lo viera, observó que su aspecto recordaba, en efecto, el de un junco. Era un hombre muy alto y esbelto, al tiempo que su cuello y sus manos daban una impresión de fuerza y robustez. Parecía como si, por alguna extraña razón, tuviera la facultad de plegarse en dos sin que por ello la columna vertebral ni los demás huesos se resistieran lo más mínimo.

—Bien, ¿qué quieres de mí?

Abuljaizarán fingió ignorar la pregunta:

—¿Por qué quieres ir a Kuwait?

—Quiero trabajar. Ya sabes cómo andan las cosas por aquí… Hace meses y meses que yo…

De pronto, calló y se detuvo. Ahora, sólo entonces, acababa de descubrir la razón de aquel sentimiento de alegría y de gozo que no había podido adivinar minutos antes. De pronto se abría ante sus ojos, o más bien se desplomaba por encanto, el muro de tinieblas que se interponía entre sus sentidos y su razón. Ahora lo veía todo con claridad. Era plenamente consciente, lúcido como nunca. Lo primero que había hecho por la mañana bien temprano había sido escribir una larga carta a su madre. Ahora se sentía aún más feliz porque aquella carta la había escrito antes de que fracasaran todas sus esperanzas en la tienda del hombre gordo y perdiera la alegría diáfana que había vertido en ella… Vivir algunas horas con su madre había sido algo maravilloso. Aquella mañana se había levantado muy temprano. El camarero había subido la cama a la azotea del hotel ya que con una canícula y una humedad así era imposible dormir en la habitación. Apenas salió el sol, abrió los ojos. El aire era tranquilo y delicioso y en el cielo azul revoloteaban palomas negras. Su aleteo se oía cada vez que describían un amplio círculo y rozaban con sus alas el piso de la azotea. El silencio era denso y profundo y el aire exhalaba un olor a humedad temprana y límpida. Echado boca arriba, extendió la mano hacia la pequeña maleta que había metido debajo de la cama, sacó un cuaderno y un lápiz y se puso a escribir una carta a su madre. Era lo mejor que había hecho desde hacía meses. Desde luego, nadie lo obligaba a ello, pero lo ansiaba con todas sus fuerzas. Su ánimo era puro y la carta era tan diáfana como el cielo en lo alto. No sabía cómo se había atrevido a tratar a su padre de perro miserable. Pero no, no había querido tachar aquellas palabras; no quería tachar nada en toda la carta. No sólo porque su madre consideraba de mal agüero las palabras tachadas, sino porque tampoco él quería cambiar nada de cuanto había escrito.

Por más que no detestaba a su padre tanto como eso. Era verdad que se había portado de manera repugnante, pero ¿quién en su vida está libre de pecado? No es que no pudiera comprender su situación si fuera capaz de perdonarlo, pero ¿podía él perdonarse a sí mismo ese crimen? «Te dejó con cuatro hijos… Te repudió sin ningún motivo para después casarse con esa mujer deforme. Cuando se dé cuenta un día de lo que hizo, no se lo perdonará a sí mismo. Yo no quiero odiar a nadie y, aunque quisiera, no podría, pero ¿por qué hizo eso contigo? Ya sé que a ti no te gusta hablar de ello con ninguno de nosotros, lo sé, pero ¿por qué crees que lo hizo? Ahora todo ha pasado ya, se fue, y no tenemos esperanza de que vuelva con nosotros. Pero ¿por qué hizo eso? Dime, ¿por qué? Yo te lo diré. Desde que dejamos de tener noticias de mi hermano Zacarías, todo cambió. Zacarías nos enviaba todos los meses de Kuwait unas doscientas rupias y con eso a mi padre le bastaba para tener algo de esa estabilidad con la que soñaba… pero cuando no hubo más noticias de Zacarías — esperamos que sea para bien— ¿qué crees tú que pensó él? Se dijo a sí mismo, o más bien nos dijo a todos nosotros, que la vida era algo curioso y extraño y que un hombre, cuando llega a viejo, es normal que quiera tener cierta estabilidad y no verse obligado a dar de comer a media docena de bocas. ¿No fue eso lo que dijo? Zacarías se fue, no hubo más noticias suyas. ¿Quién daría de comer a esas bocas? ¿Quién pagaría los estudios de Marwán? ¿Quién compraría vestidos a May, y pan a Riad, a Salma y a Hasán? ¿Quién?

»Era un pobre diablo. Tú lo sabes. Toda su ambición, toda, no era más que irse de la casa de adobe que ocupaba en el campo desde hacía diez años y vivir “bajo un techo de placa”, como decía él. Luego, Zacarías se fue. Todas sus esperanzas se derrumbaron, sus sueños se desvanecieron, sus ambiciones se esfumaron. ¿Qué crees tú que iba a hacer entonces?

»Su viejo amigo, el padre de Shafika, le propuso que se casara con su hija: le dijo que era dueña de una casa de tres habitaciones, comprada con el dinero que una organización benéfica había recaudado para ella. El padre de Shafika sólo quería una cosa: quitarse de encima a su hija, buscarle un marido que cargara con ella. Shafika había perdido la pierna derecha en el bombardeo de Jaifa y el padre, con un pie en la sepultura, quería bajar a ella tranquilo sobre el porvenir de su hija, a la que todos rechazaban a causas de su pierna, amputada desde la cadera. Mi padre meditó el asunto y se dijo que si alquilaba dos habitaciones y ocupaba con su mujer impedida la tercera, entonces viviría lo que le quedaba de vida tranquilo, sin pasar necesidades, y, lo que era más importante aún, “bajo un techo de placa”».

—¿Quieres quedarte ahí parado hasta la eternidad?

Movió la cabeza y echó a andar. Abuljaizarán lo miraba con el rabillo del ojo y esbozaba una sonrisa que a Marwán se le antojó algo irónica.

—Estás muy pensativo, ¿qué te pasa? No hay que pensar tanto, Marwán. Eres joven y la vida es larga.

Marwán se detuvo de nuevo, levantó la cabeza y lo miró de frente:

—Bueno y ahora dime de una vez qué es lo que quieres de mí.

Abuljaizarán siguió caminando como si tal cosa.

—Puedo pasarte a Kuwait.

—¿Cómo?

—Eso es asunto mío. Quieres ir a Kuwait, ¿no es eso? Pues aquí tienes al hombre que puede llevarte allí. ¿Qué más quieres?

—¿Cuánto me cobrarás?

—Eso no importa, es lo de menos.

—Sí que importa.

Rió Abuljaizarán con una amplia sonrisa y sus labios se entreabrieron dejando ver una hilera de dientes grandes y blancos.

—Te explicaré el asunto con toda franqueza. Yo, de todas maneras, tengo que ir a Kuwait y entonces me dije a mí mismo: ¿qué hay de malo en que te ganes un dinerillo si llevas a alguno de los que quieren pasar allí? ¿Cuánto puedes pagar?

—Cinco dinares.

—¿Sólo eso?

—No tengo más.

—Está bien, acepto.

Caminaba a grandes pasos con las manos hundidas en los bolsillos, mientras Marwán seguía detrás de él, trotando, para no perderlo entre la multitud. De pronto se detuvo, cruzó un dedo sobre los labios y dijo:

—Pero de esto, silencio, ni una palabra a nadie. Quiero decir que si le pido a otro diez dinares, no le vayas a decir que tú me diste sólo cinco.

—Pero ¿cómo quieres que confíe en ti?

Reflexionó Abuljaizarán un instante y después con una ancha sonrisa, contestó:

—Tienes razón. Me darás el dinero en la plaza de Assafat en Kuwait, en el centro de la capital, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Pero necesitamos más viajeros y tienes que ayudarme a encontrarlos. Te pongo eso como condición.

—Conozco uno que se hospeda en la misma fonda que yo y que también quiere pasar a Kuwait.

—Estupendo. Yo conozco a otro. Es de tu misma aldea en Palestina. Lo encontré por casualidad hace unos días. Pero no te pregunté, ¿qué vas a hacer en Kuwait? ¿Conoces a alguien allí?

Se detuvo otra vez hasta que, tirándolo del brazo, Abuljaizarán lo obligó a seguirlo de nuevo al trote.

—Mi hermano trabaja allí.

Sin dejar de caminar a paso ligero, alzó los hombros y hundió el cuello de pronto como si su cuerpo se hubiera plegado igual que un acordeón.

—Y si tu hermano trabaja allí, ¿por qué quieres trabajar tú? Los de tu edad aún van a la escuela.

—Iba a la escuela hasta hace dos meses, pero ahora quiero trabajar para mantener a mi familia.

Abuljaizarán se detuvo, sacó las manos de los bolsillos, se las puso en las caderas y lo miró mientras reía:

—¡Ah!, ya veo. Tu hermano no volvió a enviarles dinero, ¿no es eso?

Marwán hizo un gesto vago con la cabeza y sin responder siguió caminando hasta que Abuljaizarán lo retuvo por el brazo:

—¿Por qué? ¿Se casó?

Marwán lo miró atónito. Luego murmuró:

—¿Cómo lo sabes?

—¡Ah!, para eso no se necesita mucha perspicacia. Nada más que se casan, o tan pronto como se enamoran, todos dejan de mandar dinero a la familia.

Marwán se sintió ligeramente decepcionado. No tanto por la sorpresa que le habían causado las palabras de Abuljaizarán, como por haber descubierto que aquel gran secreto, que con tanto celo guardaba para sí y que sólo él creía conocer, era del domino público, cosa sabida. Él, que se lo había ocultado a sus padres durante meses y meses… y ahora, de pronto, venía Abuljaizarán y le hablaba de ello como de algo archiconocido.

—Pero ¿por qué hacen eso? ¿Por qué hacerlo a escondidas?

Se calló de repente. Abuljaizarán estalló en carcajadas.

—Me alegro de que vayas a Kuwait. Allí aprenderás muchas cosas. Primero, que el dinero es lo principal; segundo, que la moral viene después.

Al llegar a este punto, Abuljaizarán se despidió de él y le dio cita para después del mediodía. Marwán sintió que se desvanecía de nuevo aquel sentimiento de felicidad que lo invadía desde la mañana. ¿No era absurdo que la carta que había escrito a su madre pudiera ser la causa de aquella euforia que hasta lo había hecho olvidar, en parte, sus desgracias? Era una carta estúpida que había escrito bajo los efectos de la soledad y la esperanza, en la azotea de un fonducho miserable perdido en el último rincón del mundo. ¿Qué había de nuevo en lo que contaba? ¿Pensaba acaso que su madre no lo sabía todo ya? Entonces, ¿qué es lo que pretendía? ¿Quería acaso convencerla de que si su marido la había abandonado a ella y a sus hijos era, después de todo, algo natural y hasta bueno? Y si no, ¿a qué venía todo ese parloteo? Quería a su padre con toda su alma. Lo que sentía por él nada ni nadie lo podría destruir nunca. Pero eso no cambiaba en nada la triste realidad. Y la realidad era que su padre se había ido. Se había ido… Se había ido… Lo mismo que Zacarías, que después de casarse, le había escrito una breve carta diciéndole que ahora le había llegado su turno a él, a Marwán, y que ya era hora de que dejara la escuela estúpida donde no se aprendía nada y se «echara al agua» como los demás. Toda su vida había sido el extremo opuesto de Zacarías. En realidad, se detestaban el uno al otro. Zacarías no comprendía por qué iba a tener que pasarse diez años enviando dinero a la familia, mientras Marwán seguía yendo a la escuela como un niño… Y además, ¡nada menos que quería hacerse médico! Un día se lo había dicho a su madre: Zacarías nunca comprenderá lo que significa hacer estudios, como que no había vuelto a pisar la escuela desde que se fue de Palestina para luego «echarse al agua» como le gustaba a él decir. Y encima, ahora iba y se casaba «a la chita callado» sin decir ni una palabra a nadie excepto a él, como si quisiera ponerlo frente a su conciencia. Pero él, Marwán, ¿acaso tenía la posibilidad de elegir? ¿Qué podía hacer sino dejar la escuela y ponerse a trabajar, «echarse al agua» de una vez y para siempre? Bueno, después de todo, ¡qué más daba!… dentro de poco estaría en Kuwait. Si Zacarías lo ayudaba, tanto mejor, sino, ya se las arreglaría para abrirse camino como los demás. Hasta el último céntimo que ganara se lo enviaría a su madre. La colmaría de bienes a ella y a sus hermanos. Haría de la casucha de adobe un paraíso para que su padre se mordiera los dedos de arrepentimiento. Por más que, después de todo, no detestaba a su padre hasta ese punto… porque la verdad era que él tampoco había dejado nunca de quererlos a todos ellos. La prueba la tuvo cuando fue a decirle adiós sin que su madre se enterara de que iba a casa de Shafika porque si no, se habría vuelto loca. Su padre le había dicho entonces:

—Sabes muy bien, Marwán, que yo no tuve arte ni parte en lo que pasó, fue el destino, así estaba escrito desde que existe el mundo.

—Le dijimos a tu madre que vinieras a vivir aquí, con nosotros, pero no aceptó. ¿Qué más podíamos hacer? —le había dicho Shafika.

Estaba sentada encima de una piel de cabra, con la muleta al lado. De pronto, le había pasado por la cabeza: «¿Dónde le terminará el muslo?», era hermosa de cara, pero de rasgos acusados como los de esos enfermos a los que no hay esperanza de curar nunca. Con el labio inferior curvado, parecía como si estuviera a punto de echarse a llorar.

—Ten —le había dicho su padre—, toma estos diez dinares. Te servirán. Y no dejes de escribirnos.

Por fin se levantó para irse. Shafika le había abierto los brazos en señal de despedida y le deseó buena suerte con voz plañidera. Todavía no había cruzado la puerta cuando oyó que estallaba en sollozos.

—Que Dios te dé buena suerte, Marwán, mi leoncillo.

Su padre intentaba sonreír mientras le daba palmaditas amistosas en la espalda.

Entretanto, Shafika había conseguido ponerse en pie con ayuda de la muleta. Había dejado de sollozar.

La puerta se cerró tras él. Durante algunos instantes todavía llegaba su oído el golpeteo monótono de la muleta sobre las baldosas. Después, al doblar la esquina, el sonido se apagó poco a poco en la lejanía hasta que cesó.

(Continuará…)

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