Borracho y a cargo de una bicicleta

Ray Bradbury

 

 

En 1953 escribí un artículo para The Nation defendiendo mi trabajo como escritor de ciencia-ficción, aun cuando la etiqueta sólo pudiera aplicarse quizás a la tercera parte de mi producción anual.

Pocas semanas más tarde, a fines de mayo, llegó una carta de Italia. Al dorso del sobre, en una letra como de patas de mosca, leí estas palabras:

B. BERENSON
I Tatti, Settignano
Fireme, Italia

Me volví hacia mi mujer y dije: —Dios mío, ¿será posible que sea ese Berenson, el gran historiador del arte?

—Ábrela —dijo mi mujer.

Lo hice, y leí:

Querido señor Bradbury:

En ochenta y nueve años de vida, ésta es la primera carta de admirador que escribo. Es para decirle que acabo de leer su artículo en The Nation, «Day After Tomorrow». Es la primera vez que leo en un artista de cualquier campo la declaración de que para trabajar creativamente hay que poner la carne y disfrutarlo como una diversión, o como una fascinante aventura.

¡Qué diferencia con esos obreros de la industria pesada en que se han convertido los escritores profesionales!

Si alguna vez pasa por Florencia, venga a verme.

Suyo sinceramente, B. BERENSON.

Así, a los treinta y tres años, veía mi forma de ver, escribir y vivir aprobada por un hombre que llegaría a ser un segundo padre.

Yo necesitaba esa aprobación. Todos necesitamos que alguien más alto, más sabio, más viejo nos diga que a fin de cuentas no estamos locos, y que lo que hacemos es correcto.

Correcto, diablos, ¡excelente!

Pero es fácil dudar, porque si uno mira alrededor ve una comunidad de nociones sostenidas por otros escritores, otros intelectuales, que hacen que uno se sonroje avergonzado. Se supone que escribir es algo difícil, agónico, un espantoso ejercicio, una terrible ocupación.

Pero a mí, fíjense ustedes, las historias me han guiado por la vida. Ellas gritan, yo voy detrás. Ellas echan a correr y me muerden los tobillos, yo respondo escribiendo todo lo que pasa durante la mordida. Cuando termino, la idea me suelta y se va.

Así es la vida que he tenido. Borracho y a cargo de una bicicleta, como una vez dijo un informe policial irlandés.

Borracho de vida, y sin conocer el rumbo siguiente. Pero antes del amanecer uno ya está en marcha. ¿Y el viaje? Exactamente la mitad terror, la mitad júbilo.

Cuando yo tenía tres años mi madre me metía a hurtadillas en un cine dos o tres veces por semana. Mi primera película fue El jorobado de Notre Dame, de Lon Chaney. Aquel lejano día de 1923 se me curvó para siempre la columna y la imaginación. A partir de entonces supe reconocer a un maravillosamente grotesco compatriota de la oscuridad no bien lo veía. Corría una y otra vez a ver las películas de Chaney para deleitarme de miedo.Llevaba a horcajadas sobre mi vida al Fantasma de la Ópera, de capa escarlata. Y cuando no era el Fantasma era la terrible mano que gesticulaba detrás de la biblioteca en El gato y el canario, invitándome a buscar más oscuridad escondida en los libros.

Yo estaba enamorado, por entonces, de los monstruos y los esqueletos y los circos y las ferias y los dinosaurios y, por último, de Marte, el Planeta Rojo.

Con esos primitivos ladrillos he construido una vida y una carrera. Todo lo bueno de mi existencia me ha venido de mi duradero amor por esas cosas sorprendentes.

En otras palabras, a mí los circos no me incomodaban. Le ocurre a algunos. Los circos son estridentes, vulgares, y al sol huelen mal. Hacia los catorce o quince años, mucha gente ya ha sido apartada de sus amores, de sus gustos antiguos e intuitivos, uno a uno, hasta que al llegar a la madurez no les queda nada de alegría, de garra, de entusiasmo, de sabor. Las críticas ajenas, y las propias, los han puesto incómodos. Cuando a las cinco de una oscura y fría mañana de verano llega el circo, y suena el organillo, en vez de levantarse y salir corriendo se remueven en sueños, y la vida pasa de largo.

Yo sí que me levantaba y salía. A los nueve años aprendí que hacía bien y todo el mundo se equivocaba. Aquel año entró en escena Buck Rogers y fue un amor instantáneo. Coleccionaba las tiras diarias, y las tiras me enloquecían la locura. Los amigos me criticaban. Los amigos se burlaban. Rompí las tiras de Buck Rogers. Me pasé un mes vagando por mis clases de cuarto curso aturdido y vacío. Un día me eché a llorar preguntándome qué desastre había caído sobre mí. La respuesta era: Buck Rogers. Él ya no estaba, y la vida simplemente no valía la pena. A continuación pensé: éstos no son amigos; estos que me hicieron romper las tiras y así me rompieron la vida por el medio; son enemigos.

Volví a coleccionar Buck Rogers. Desde entonces he sido feliz. Porque así empecé a escribir ciencia-ficción. Desde aquella vez nunca le he prestado atención a nadie que criticara mi gusto por los viajes espaciales, las barracas de feria o los gorilas. Cuando esto ocurre, meto mis dinosaurios en el bolso y me voy de la habitación.

Porque todo es abono, ¿comprenden? Si durante una vida no me hubiera llenado los ojos y la cabeza con todas esas cosas, a la hora de asociar palabras y convertirlas en ideas de relatos, sólo hubiera alumbrado una tonelada de cifras y media tonelada de ceros.

«La pradera» es un buen ejemplo de lo que ocurre en una cabeza llena de imágenes, mitos y juguetes. Hace unos treinta años me senté un día a la máquina y escribí estas palabras: «El cuarto de juegos». ¿Un cuarto de juegos de cuándo? ¿Del Pasado? No. ¿Del Presente? Difícil. ¿Del Futuro? ¡Sí! Bien, pues, ¿cómo sería un cuarto de juegos de algún año futuro? Me puse a escribir, asociando palabras alrededor del cuarto. Debía tener monitores de televisión en todas las paredes y en el techo. Paseándose en un medio así, un niño podría gritar «¡El Nilo! ¡Esfinges! ¡Pirámides!», y las cosas aparecerían, rodeándolo, a todo color, todo sonido y, ¿por qué no?, con gloriosas, tibias fragancias y olores y perfumes —elige el que quieras— para la nariz.

Todo esto se me ocurrió en pocos segundos de teclear rápidamente. Ahora que conocía la habitación, tenía que ponerle personajes. Tecleé un personaje llamado George y lo llevé a una cocina del futuro, donde su mujer se volvió y le dijo:

—George, quiero que le eches una mirada al cuarto de juegos. Creo que se ha estropeado…

George y su mujer salen al corredor. Yo los sigo, tecleando como un loco, sin saber qué va a pasar. Abren la puerta del cuarto de juegos y entran.

África. Sol candente. Buitres. Carne muerta. Leones.

Dos horas más tarde los leones saltaban de las paredes del cuarto de juegos y devoraban a George y su mujer, mientras los hijos tele-dominados bebían té sentados cerca.

Fin de la asociación de palabras. Fin del cuento. Todo completo y casi listo para enviarse, una idea en explosión, en alrededor de 120 minutos.

¿De dónde venían los leones de ese cuarto?

De los leones que yo había encontrado a los diez años en los libros de la biblioteca del pueblo. De los leones que había visto a los cinco en los circos de verdad. ¡Del león que en 1924 merodeaba en El que recibe las bofetadas, la película de Lon Chaney!

¡En 1924!, dirán ustedes con inmensas dudas. Sí, en 1924. No volví a ver la película de Chaney hasta hace un año. No bien destelló en la pantalla supe que de ahí habían salido mis leones de «La pradera». Habían estado escondidos, esperando, protegidos por mi yo intuitivo, todo ese tiempo.

Porque soy esa rareza de feria, el hombre con un niño dentro que lo recuerda todo. Recuerdo el día y la hora en que nací. Recuerdo que al cuarto día de nacer me circuncidaron. Recuerdo cómo chupaba el pecho de mi madre. Años más tarde le pregunté a mi madre por la circuncisión. Yo tenía información que nadie me había dado, que no había razón para dar a un niño, sobre todo en una época aún victoriana. ¿Me circuncidaron en otro lugar que el hospital del parto? Sí. Mi padre me llevó al consultorio del médico. Me acuerdo muy bien del hombre. Me acuerdo del escalpelo.

Veintiséis años después escribí el cuento «El pequeño asesino». Trata de un bebé que nace con todos los sentidos en funcionamiento, lleno de terror porque lo han empujado a un mundo frío, que se venga de sus padres gateando en secreto por la noche y al fin destruyéndolos.

¿Cuándo empezó en realidad? Lo de escribir, digo. Sucedió todo de golpe entre el verano, el otoño y comienzos del invierno de 1932. Por entonces yo estaba repleto de Buck Rogers, las novelas de Edgar Rice Burroughs y la serie radiofónica nocturna «El mago Chandu». Chandu hablaba de mensajes psíquicos y el Lejano Oriente y extraños lugares que por las noches me llevaban a escribir de memoria el guión del programa.

Pero el conglomerado de magia y mitos y de rodar por la escalera con brontosaurios sólo para levantarme con La de Opar, cuajó de una sacudida por obra de un hombre, Señor Eléctrico.

Llegó con una sórdida feria de mala muerte, los Espectáculos de los Hermanos Dill, durante el fin de semana del Día del Trabajo en 1932. Yo tenía doce años. En cada una de las tres noches, el Señor Eléctrico se sentó en su silla eléctrica a que le dispararan diez billones de voltios de pura energía azul y restallante. Moviéndose hacia el público, con los ojos en llamas, el pelo blanco de punta y arcos de chispas entre los dientes, sonreía y rozaba las cabezas de los niños esgrimiendo una espada Excalibur, armándolos caballeros con un toque de fuego. Cuando la primera noche se acercó a mí, me golpeteó los dos hombros y la punta de la nariz. El rayo saltó a mi cuerpo.

El Señor Eléctrico gritó: «¡Vive para siempre!»

Decidí que era la mejor idea que había oído nunca. Al día siguiente fui a ver al Señor Eléctrico con la excusa de que el truco mágico de dos céntimos que le había comprado no funcionaba. Él lo reparó y me llevó a pasear por las tiendas, gritando en cada una «Cuidad el lenguaje» antes de que entráramos a conocer a los enanos, los acróbatas, las mujeres gordas y los Hombres Ilustrados.

Bajamos a sentamos a orillas del lago Michigan, donde el Señor Eléctrico habló de su pequeña filosofía y yo de la mía, que era grande. Nunca entenderé por qué me soportó.

Pero escuchó, o eso me pareció a mí, tal vez porque estaba lejos de su casa, tal vez porque en algún lugar del mundo tenía un hijo, o no tenía ningún hijo y quería tenerlo. El caso es que era un ex pastor presbiteriano, dijo, y vivía en El Cairo, Illinois, y allí podía escribirle yo cuando tuviera ganas.

Finalmente me dio algunas noticias especiales.

—Nosotros ya nos conocemos —dijo—. En 1918, en Francia, tú fuiste mi mejor amigo, y ese año moriste en mis brazos en la batalla del bosque de Las Ardenas. Y hete aquí renacido, con nuevo nombre y cuerpo nuevo.

¡Bienvenido!

Volví de ese encuentro con el Señor Eléctrico tambaleándome, maravillosamente soliviantado por dos dones: el don de haber vivido antes (y de que me lo hubieran contado)… y el de intentar como fuera vivir para siempre.

Unas semanas después empecé a escribir mis primeros cuentos sobre el planeta Marte. Desde esa época hasta hoy no he parado nunca. Dios bendiga al Señor Eléctrico, el catalizador, dondequiera que esté.

Si considero todos los aspectos de lo que vengo diciendo, era casi inevitable que yo empezara a escribir en el altillo. Entre los doce años y los veintidós o veintitrés escribí historias hasta mucho después de medianoche, excéntricas historias de fantasmas y embrujos y cosas guardadas en frascos que había visto en ferias sudorosas, historias de amigos perdidos en el oleaje de un lago, y de consortes a las tres de la mañana, esas almas obligadas a volar en la oscuridad para que no las maten a la luz del sol.

Me costó muchos años dejar de escribir en el altillo, donde tenía que vérmelas con mi propia y eventual mortalidad (preocupación de adolescente), pasar a la sala y luego salir al jardín y el sol donde habían florecido los dientes de león, listos para hacer vino.

La salida al jardín con mis parientes, el Cuatro de Julio, no sólo me dio las historias de Green Town, Illinois; también me propulsó hacia Marte, siguiendo el consejo de Edgar Rice Burroughs y John Carter, cargado con mi equipaje infantil de tíos, tías, mamá, papá y hermano. Cuando llegué a Marte los encontré esperándome, o al menos encontré unos marcianos parecidos a ellos que pretendían meterme en una tumba. Las historias de Green Town que desembocaron en una novela accidental titulada El vino del estío y las historias del Planeta Rojo que se transformaron a los tumbos en otra novela accidental llamada Crónicas marcianas, las escribí, alternativamente, en los mismos años en que corría al barril donde mis abuelos juntaban agua de lluvia a rescatar los recuerdos, los mitos, las asociaciones de palabras de otros años.

Por el camino también re-creé a mis parientes como vampiros que habitaban un pueblo parecido al de El vino del estío, oscuro primo hermano del pueblo de Marte donde expira la Tercera Expedición. Así pues, vivía mi vida de tres maneras: como explorador del pueblo, como viajero espacial, y como vagabundo con los primos americanos del conde Drácula.

Advierto que apenas he hablado hasta ahora de una variedad de criaturas que encontrarán ustedes rastreando estas páginas, alzándose aquí en pesadillas para hundirse allá en la soledad y la desesperación: los dinosaurios. Desde los diecisiete años hasta los treinta y dos escribí una media docena de cuentos de dinosaurios.

Una noche, paseando con mi mujer por la playa de Venice, California, donde por treinta dólares al mes vivíamos en un apartamento de recién casados, dimos con los huesos del muelle de Venice y los puntales, raíles y traviesas de la antigua montaña rusa derrumbada en la arena y roída por el mar.

—¿Qué hace ese dinosaurio tirado en la playa? —dije.

Muy sabiamente, mi mujer no respondió.

La respuesta apareció a la noche siguiente cuando, sacado del sueño por una voz que llamaba, me incorporé, presté atención, y oí la solitaria voz de la sirena de niebla de la bahía de Santa Mónica sonando una y otra y otra vez.

¡Claro!, pensé. El dinosaurio oía la sirena de niebla del faro, aunque era otro dinosaurio, surgido del pasado profundo, que acudía nadando a un encuentro amoroso, descubría que sólo era una sirena y moría en la orilla con el corazón destrozado.

Salté de la cama, escribí el cuento y esa semana se lo envié al Saturday Evening Post, donde poco después apareció con el título de «La bestia de las veinte mil brazas». Con el título de «La sirena», dos años más tarde el mismo cuento se convirtió en película.

En 1953 lo leyó John Huston, que enseguida me llamó para preguntarme si quería escribir el guión de su film Moby Dick. Acepté, y pasé de una bestia a la siguiente.

A raíz de Moby Dick volví a examinar las vidas de Melville y Julio Verne y comparé a sus respectivos capitanes locos en un ensayo que presentaba una nueva traducción de Veinte mil leguas de viaje submarino. La gente de la Feria Mundial de Nueva York de 1964 leyó el ensayo, y me encargó que conceptualizara todo el piso superior del pabellón de Estados Unidos.

A raíz del pabellón, la organización Disney me contrató para que ayudara a proyectar los sueños que tendrían lugar en la Nave Tierra, parte del Epcot Center, una feria mundial permanente que hoy está en construcción y se inaugurará en 1982. En ese solo edificio he metido toda una historia de la humanidad, avanzando y retrocediendo en el tiempo para zambullirme luego en nuestro salvaje futuro espacial.

Incluidos los dinosaurios.

Todas mis actividades, todo el crecimiento, los nuevos trabajos y nuevos amores, causados y creados por el primitivo amor a esas bestias que yo veía a los cinco años y que protegí amorosamente a los veinte y los veintinueve y los treinta.

Repasen mis historias y quizá no encuentren más de una o dos que realmente me sucedieron. La mayor parte de mi vida me he resistido a la tarea de ir a alguna parte y «embeberme» del color local, los nativos, el aspecto y la atmósfera del lugar. Hace mucho que aprendí que yo no veo de manera directa, que el que sobre todo se «embebe» es mi inconsciente y pasarán años antes de que aflore cualquier impresión.

De joven viví en un edificio de la zona chicana de Los Ángeles. La mayoría de mis cuentos sobre latinos los escribí años después de irme de allí, con una sola y terrorífica excepción hecha sobre el terreno. A fines de 1945, con la segunda guerra mundial recién terminada, un amigo me pidió que lo acompañase a la ciudad de México en un viejo y baqueteado Ford V-8. Yo le recordé el voto de pobreza a que me habían obligado las circunstancias. Él replicó tildándome de cobarde, preguntándose por qué no me decidía y enviaba esos tres o cuatro cuentos que tenía escondidos. Razón para esconder los cuentos: diversas revistas me los habían rechazado un par de veces. Aporreado por mi amigo, desempolvé los cuentos y los despaché bajo el seudónimo de William Elliott. ¿Por qué el seudónimo? Porque temía que ciertos editores de Manhattan hubieran visto el apellido Bradbury en las cubiertas de Weird Tales y me tildaran de escritor «barato».

En la segunda semana de agosto de 1945 envié tres cuentos a varias revistas. El 20 de agosto vendí uno a Charm, el 21 de agosto otro a Mademoiselle y el 22 de agosto, día de mi vigésimo quinto cumpleaños, vendí otro a Collier’s. El dinero total ascendía a 1000 dólares, que sería como si hoy llegasen por correo 10000 dólares.

Me había hecho rico. O algo tan parecido que estaba estupefacto. Era un momento crucial de mi vida, claro, y me apresuré a escribir a los editores de las tres revistas confesándoles mi verdadero nombre.

Martha Foley incluyó las tres piezas en Los mejores cuentos norteamericanos de 1946, y al año siguiente una de ellas fue publicada con los Cuentos premiados del O’Henry Memorial Award de Herschel Brickell.

Aquel dinero me llevó a México, a Guanajuato y las momias de las catacumbas. La experiencia me horrorizó tanto y me dejó tan marcado que no veía la hora de escapar del país. Soñaba que me moría y tenía que quedarme en los pasillos de los muertos con esos cadáveres apuntalados y alambrados. Para purgar ese terror, escribí de inmediato «El siguiente en la fila». Una de las pocas veces que una experiencia dio resultados casi sobre el terreno.

Basta de México. ¿Qué tal Irlanda?

En mi obra hay toda clase de historias irlandesas porque después de vivir seis meses en Dublín vi que la mayoría de los irlandeses tenían diferentes modos de enfrentarse a esa bestia espantosa llamada Realidad. Es posible atacarla de frente, lo que es cosa seria, o distraerla con fintas, o atizarla de vez en cuando, bailar para ella, componer una canción, escribir un cuento, prolongar la conversación, volver a llenar la petaca. Todas forman parte del cliché irlandés pero, en el mal clima y la política tambaleante, todas son sinceras.

Llegué a conocer a todos los mendigos de las calles de Dublín, los que cerca del puente O’Connell, con pianolas maniáticas, muelen más café que melodías, y las tribus enteras de mendigos en gabardina que comparten un solo bebé, de modo que en un momento uno ve al crío al final de Grafton Street, al siguiente junto al hotel Royal Hibernian y a medianoche río abajo, pero nunca pensé que escribiría sobre ellos. Después, la necesidad de aullar y soltar un sollozo de furia me hizo dar marcha atrás, y llevado por terribles sospechas y el ruego de un fantasma que erraba en la lluvia buscando paz, una noche escribí «McGillahee’s Brat». Visité las fincas quemadas de algunos grandes terratenientes y oí cuentos sobre un «incendio» que no se había apagado del todo, y así escribí «Terrible conflagración en la casa».

«La carrera del himno», otro encuentro irlandés, se escribió sólo doce años más tarde, una noche de lluvia, cuando recordé las innumerables veces en que mi mujer y yo habíamos echado a correr en los cines de Dublín, como flechas hacia la salida, tumbando niños y viejos a izquierda y derecha, para llegar a la calle antes de que tocaran el Himno Nacional.

Pero ¿cómo empecé? A partir del año del Señor Eléctrico, escribí mil palabras al día. Durante diez años escribí por lo menos un cuento a la semana, en cierto modo imaginando que un día, al fin, me quitaría de en medio y dejaría que ocurriese.

El día llegó en 1942 cuando escribí «El lago». Diez años de falsos comienzos se convirtieron de pronto en la idea adecuada, el escenario adecuado, los personajes adecuados, el día y el momento adecuados. Escribí el cuento sentado al aire libre, con mi máquina, en el jardín. Al cabo de una hora había concluido. Se me habían erizado los pelos de la nuca y estaba llorando. Sabía que había escrito el primer buen cuento de mi vida.

Con poco más de veinte, durante unos años cumplí el siguiente programa. La mañana del lunes escribía el primer borrador de un cuento nuevo. El martes hacía una segunda versión. El miércoles una tercera. El jueves una cuarta. El viernes una quinta. Y el sábado al mediodía despachaba por correo a Nueva York la versión sexta y última. ¿Y el domingo? Pensaba en todas las ideas locas que se disputaban mi atención, esperando bajo la tapa del desván confiadas en definitiva porque gracias a «El lago» pronto las dejaría salir.

Si todo esto parece mecánico, no lo era. Me guiaban las ideas. Cuanto más hacía, más quería hacer. Uno se vuelve voraz. Le entran fiebres. Conoce júbilos. De noche no puede dormir porque la criatura bestial quiere asomar y hace que uno se revuelva en la cama. Es un magnífico modo de vivir.

Había otra razón para escribir tanto: las revistas populares me pagaban entre veinte y cuarenta dólares por cuento. Yo no vivía precisamente a todo tren. Tenía que vender al menos un cuento por mes, mejor dos, para pagarme los hotdogs, las hamburguesas y el tranvía.

En 1944 vendí unos cuarenta cuentos, pero mis ingresos totales del año fueron de sólo ochocientos dólares.

De pronto se me ocurre que en mis cuentos completos hay mucho que comentar. Hace veintitrés años, a comienzos de otoño, «La noria negra», que era un cuento muy breve, se transformó de pronto en guión de cine y luego en una novela: La feria de las tinieblas.

«El día en que llovió para siempre» fue otra asociación de palabras que me permití una mañana pensando en soles candentes, desiertos y arpas que cambiaban el clima.

«La partida» es la verdadera historia de mi bisabuela que clavó tejas en techos hasta bien avanzados sus setenta años y un día, cuando yo tenía tres, se fue a la cama, les dijo adiós a todos, y se durmió.

«Llamando a México», surgió a la vida porque una tarde, en el verano de 1946, fui a visitar a un amigo, y cuando yo entraba en la habitación, él me pasó el teléfono diciendo: «Escucha». Escuché y oí los ruidos de la ciudad de México que llegaban desde una distancia de dos mil millas. Al volver a mi casa le escribí a un amigo de París contándole la experiencia. Iba por la mitad de la carta cuando se me convirtió en un relato, que al día siguiente partió por correo.

«En una estación de buen tiempo» fue resultado de un paseo por la costa, una tarde, con unos amigos y mi mujer.

Recogí un palito de caramelo, me puse a dibujar en la arena y dije: «¿No sería terrible haberse pasado la vida queriendo tener un Picasso propio, y de repente topárselo aquí, dibujando bestias mitológicas en la arena…? Vuestro propio Picasso “grabando” justo frente a vosotros…». A las dos de la mañana terminé el cuento sobre Picasso en la playa.

Hemingway. «El loro que conoció a Papá». Una noche de 1952 unos amigos y yo cruzamos Los Ángeles en coche para invadir la planta donde la revista Life estaba imprimiendo El viejo y el mar. Tomamos unos cuantos ejemplares, nos sentamos en el bar más cercano y hablamos de Papá, de Finca Vigía, en Cuba, y, no sé cómo, de un loro que había vivido en ese bar y todas las noches le hablaba a Hemingway.

Yo volví a casa, anoté algo sobre el loro y durante dieciséis años no le hice caso. En 1968, recorriendo las carpetas de mi archivo, di con la nota para un mero título: «El loro que conoció a Papá».

Dios mío, pensé, si hace ocho años que Papá murió. Si ese loro aún anda por ahí, recuerda a Hemingway y puede hablar con su voz, vale millones de dólares. ¿Y qué si alguien lo secuestrara y pidiera rescate?

«Fantasmas de lo nuevo» sucedió porque John Godley, Lord Kilbracken, me escribió desde Irlanda describiéndome su visita a una casa que después de un incendio había sido reconstruida, piedra por piedra, ladrillo por ladrillo, imitando el original. Medio día después de leer la postal de Kilbracken, yo tenía el primer borrador del cuento.

De momento basta. Ahí lo tenéis. En mis cuentos completos hay un centenar de historias de casi cuarenta años de vida. Contienen la mitad de las verdades condenatorias que sospechaba a medianoche, y la mitad de las verdades salvadoras que volvía a descubrir al mediodía siguiente. Si aquí se enseña algo, es simplemente el diagrama de la vida de alguien que se puso en marcha hacia algún lugar… y fue. Más que pensar mucho mi camino, he hecho cosas y he descubierto qué era y quién era después de hacerlas. Cada relato era una manera de descubrir personalidades. Cada día, la personalidad descubierta era levemente distinta de la descubierta veinticuatro horas antes.

Todo empezó aquel día de otoño de 1932 en que el Señor Eléctrico me dio los dos dones. No sé si creo en las vidas previas; no estoy seguro de poder vivir para siempre. Pero ese muchacho se creía las dos cosas y yo lo he dejado con esa idea. Él me ha escrito los cuentos y los libros. Él recorre el tablero de Guija y dice Sí o No a las verdades sumergidas o a las medias verdades. Él es la piel a través de la cual; por ósmosis, todos los materiales pasan a vertirse en papel. Yo he confiado en sus pasiones, sus miedos y sus alegrías. Como consecuencia, él rara vez me ha fallado. Cuando tengo en el alma un largo noviembre húmedo, y pienso demasiado y percibo demasiado poco, sé que es buena hora de volver a aquel muchacho de las zapatillas de tenis, las altas fiebres, las alegrías multitudinarias y las pesadillas terribles. No sé bien dónde acaba él y empiezo yo. Pero estoy orgulloso del tándem. ¿Qué otra cosa puedo hacer que desearle lo mejor, y al mismo tiempo reconocer y desear lo mejor a otras dos personas? El mismo mes en que me casé con mi mujer, Marguerite, me asocié con mi representante literario y mejor amigo, Don Congdon.  Maggie me pasaba a máquina y criticaba los cuentos; Don los criticaba y vendía los resultados.

Con dos compañeros de equipo como ellos durante más de tres décadas, ¿cómo habría podido fracasar? Somos los Piesligeros del Connemara, los Evadidos del Queen’s. Y aún seguimos corriendo hacia aquella salida.

1980

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