Retrato de un artista adolescente [Fragmento] (I)

James Joyce

 

 

3

El corto crepúsculo decembrino se había desplomado torpemente tras un día plomizo, y mientras Stephen miraba el sombrío cuadrado de la ventana de la clase, el vientre le estaba reclamando su alimento. Esperaba que tendrían estofado para cenar, con nabos, zanahorias y patatas majadas y grasientos pedazos de cordero adecuados para ser bien revueltos en la salsa gruesa, adobada de harina y de pimienta. ¡Engúlletelo!, ésta era la voz del vientre.

Sería una noche sombría y secreta. Poco después de la caída de la noche las lámparas amarillas iluminarían aquí y allá el sórdido barrio de los burdeles. Iría por caminos extraviados, calles arriba y abajo, haciendo círculos cada vez más cerrados, más cerrados, con un estremecimiento de temor y de alegría, hasta que sus pasos le llevaran de pronto a trasponer cierto sombrío rincón. Las cantoneras estarían saliendo de sus casas, preparándose para la noche, desperezándose aún del sueño y ajustándose las horquillas en los mechones de pelo. Y él pasaría tranquilamente por entre ellas esperando sólo un momentáneo movimiento de su voluntad o un imprevisto llamamiento que a su espíritu hiciera aquella carne suave y perfumada. Y sin embargo, al rondar en busca de tal llamada, sus sentidos embrutecidos sólo por el deseo tendrían que anotar agudamente todo lo que los hería o llenaba de oprobios: sus ojos, un círculo de espuma de cerveza sobre una mesa sin tapete o una fotografía de dos soldados en posición de firmes o un cartel chillón de teatro; sus oídos, la recalcada jerga de los saludos.

—Hola, Bertie, ¿qué?, ¿vienes?

—¿Eres tú, pichón?

—En el número diez. Nelly la Frescachona te está esperando.

—Buenas noches, maridito. ¿Qué, entras un rato?

La ecuación en la página de su borrador comenzó a desarrollar una cola cada vez más ancha, llena de ojos y estrellada como la rueda de un pavo real. Y según iba eliminando los exponentes volvía a recogerse y desplegarse despacio. Los exponentes aparecían y desaparecían según los ojos se iban abriendo o cerrando. Y los ojos al abrirse y al cerrarse eran estrellas que nacían o se apagaban. Este vasto ciclo de vida estrellada transportaba su imaginación, hacia afuera, hasta su límite, y, hacia el interior, hasta su centro, mientras una música distante acompañaba tal flujo y reflujo. Pero, ¿qué música? La música se fue aproximando y logró evocar las palabras, aquellas palabras del fragmento de Shelley en que habla de la luna errante, sin compañía, pálida de hastío. Las estrellas comenzaron a desmenuzarse y una nube de fino polvo estelar cayó por el espacio.

La luz tristona se hacía aún más débil sobre la página donde una nueva ecuación había comenzado a desarrollarse, amplificando progresivamente su ancha cola: era su propia alma que salía a la ventura, desarrollándose pecado tras pecado, amplificando la luminaria de sus ardientes estrellas, para replegarse de nuevo y desvanecerse lentamente, apagadas sus luces y sus llamas. Se había apagado. Y la oscuridad fría llenaba el caos.

Una fría y lúcida indiferencia reinaba en su alma. Tras su primero y violento pecado sintió que una onda de vitalidad había fluido de él y temió no quedaran su alma o su cuerpo mutilados por el exceso. Mas, no; la onda vital se lo había llevado en su seno para devolverle otra vez en el reflujo. Y ni su alma ni su cuerpo habían sido mutilados, y una paz sombría se había establecido entre ellos. El caos en el cual su ardor se extinguía era el frío e indiferente conocimiento de sí mismo. Había pecado mortalmente no sólo una vez, sino muchas; y sabía que aunque por el primer pecado estaba ya en peligro de eterna condenación, cada nuevo pecado multiplicaba su culpa y su castigo. Sus días, sus palabras, sus pensamientos no le podían ser propiciatorios porque las fuentes de la gracia santificante habían dejado de refrescar su alma. A lo más, al dar una limosna a un mendigo de cuyas bendiciones huía, podía esperar lleno de tedio el obtener alguna partícula de gracia actual. La devoción se le había marchado por la borda. ¿De qué le servía rezar si sabía que su alma estaba anhelando la propia destrucción? Algo que era orgullo o temor le impedía el ofrecer a Dios ni siquiera una plegaria por la noche, aunque sabía que estaba en la mano de Dios el arrebatarle la vida durante el sueño y precipitarle en el infierno, sin darle tiempo ni aun de pedir clemencia. El orgullo de su culpa, y su frío temor de Dios, le decían que su ofensa era demasiado grave para que pudiera ser reparada, ni total ni parcialmente, por un falso homenaje dirigido al que todo lo ve y todo lo sabe.

—¡Está bien, Ennis! ¡Te digo que tienes la cabeza tan dura como el puño de mi bastón! ¡De modo que sales con que no me puedes decir lo que es una cantidad irracional!

La disparatada respuesta reavivó el rescoldo de su desprecio hacia sus compañeros. Para con los otros no sentía ni vergüenza ni temor. Los domingos por la mañana, al pasar por la puerta de la iglesia, echaba una mirada llena de frialdad a los devotos que destocados, de cuatro en fondo, estaban a la parte de fuera asistiendo espiritualmente a la misa que no podían ni ver ni oír. Su roma piedad y el mareante olor de las pomadas baratas con las que se habían untado la cabeza, le repelían de aquel mismo altar que ellos adoraban. Y se rebajó hasta el vicio de ser hipócrita para con los demás, permitiéndose dudar escépticamente de una inocencia que a él le costaba tan poco trabajo fingir.

De la pared de su alcoba pendía un pergamino iluminado, el diploma de prefecto de la congregación de la Santísima Virgen María que había en el colegio. Los domingos por la mañana, cuando la congregación se reunía en la capilla para rezar el oficio parvo, su sitio era un reclinatorio acojinado, a la derecha del altar, desde el cual dirigía las respuestas de los congregantes de su ala. La falsedad de su posición no le apesadumbraba. En algunos momentos sentía impulsos de levantarse de su sitio de honor y abandonar la capilla tras haber confesado su indignidad, pero una sola mirada a las caras de sus compañeros le detenía. Las metáforas de los salmos profetices amansaban su estéril orgullo. Las glorias de María mantenían su alma cautiva: nardo, mirra e incienso simbolizaban su real linaje; sus emblemas, la planta y el árbol de serondo florecer, simbolizaban el gradual crecimiento de su culto entre los hombres a través de las edades. Cuando le tocaba leer la lección al fin del oficio, leía con una voz velada, acunándose la conciencia con su música.

 Quasi cedrus exaltata sum in Libanon et quasi cupressus in monte Sion. Quasi palma exaltata sum in Gades et quasi plantatio rosae in Jericho. Quasi uliva speciosa in campis et quasi platanus exaltata sum juxta aquam in plateis. Sicut cinnamomum et balsamum aromatizans odorem dedi et quasi myrrha electa deai suavitatem odoris.

Su pecado le había apartado de la vista de Dios, pero le había conducido más cerca del refugio de los pecadores. Los ojos de la Virgen parecían mirarle con una benigna piedad. Su santidad, como una extraña luz que brillara vagamente sobre su carne delicada, no humillaba al pecador que se acercaba a ella. Si alguna vez se sentía impelido a arrojar de sí el pecado y a arrepentirse, el impulso que le movía era el de ser su caballero. Si alguna vez su alma volvía a entrar en la propia morada, apagado ya el frenesí del deseo carnal, y se volvía a aquella cuyo emblema es el lucero de la mañana, ese lucero brillante y musical que nos habla del cielo y paz infunde, era cuando los nombres de ella eran murmurados suavemente por aquellos labios donde todavía había un eco de puercas y vergonzosas palabras, tal vez el sabor de un beso lascivo.

Era extraño. Trataba de explicarse cómo podía ser. Pero el crepúsculo, que se hacía cada vez más denso en la clase, le ocultaba sus propios pensamientos. Sonó la campana. El profesor señaló los problemas y los gráficos que tenían que preparar para el próximo día y salió. Al lado de Stephen, Heron comenzó a cantar desafinadamente:

 Mi excelente amigo Bombados.

Ennis, que había ido al patio, volvió diciendo:

—El recadero de la residencia viene a buscar al rector.

Un muchacho alto que estaba detrás de Stephen se frotó las manos y dijo:

—¡Estupendo! Entonces podemos hacer lo que nos dé la gana toda la hora. Seguramente no vuelve hasta después de las dos y media. Y entonces le puedes preguntar dudas de catecismo, tú, Dédalus.

Stephen estaba recostado hacia atrás y dibujaba indolentemente en el borrador escuchando la charla de los otros, que Heron se encargaba de moderar de vez en cuando, diciendo:

—Callad la boca, si os da la gana. No arméis ese condenado jaleo.

Era extraño cómo encontraba un árido placer en seguir hasta su término las rígidas líneas de la doctrina católica y en penetrar hasta los puntos más oscuros sólo por oír y sentir más profundamente su propia condenación. Aquella sentencia de la Epístola del apóstol Santiago, según la cual el que infringe un mandamiento se hace reo de todos, le había parecido antes ser una frase vacía y sólo la había llegado a comprender ahora al tantear en la oscuridad de su propia situación. De la mala semilla del placer habían brotado todos los otros pecados mortales: orgullo de sí mismo y desprecio de los demás, codicia de dinero para procurarse placeres vedados, envidia de aquellos cuyos vicios no podía alcanzar, goce glotón de la comida, aquella cólera sombría y calenturienta entre la cual fermentaba el deseo, el pantano de pereza espiritual y corporal en el que todo su ser se había hundido.

Cuando sentado en su pupitre contemplaba fijamente la cara astuta y enérgica del rector, la mente de Stephen se deslizaba sinuosamente a través de aquellas peregrinas dificultades que le eran propuestas. Si un hombre hubiera robado una libra esterlina en su juventud y con aquella libra hubiera amasado luego una enorme fortuna, ¿qué era lo que estaba obligado a devolver, sólo la libra que había robado, o la libra con todos los intereses acumulados, o el total de su inmensa fortuna? Si un seglar al administrar el bautismo, vierte el agua antes de pronunciar las palabras rituales, ¿queda el niño bautizado? ¿Es válido el bautismo con agua mineral? ¿Cómo puede ser que mientras la primera bienaventuranza promete el reino de los cielos a los pobres de corazón, la segunda promete a los mansos la posesión de la tierra? ¿Por qué fue el sacramento de la eucaristía instituido bajo las especies de pan y vino, siendo así que Jesucristo está presente en cuerpo y sangre, alma y divinidad en el pan solo y en el vino solo? ¿Contiene una pequeña partícula del pan consagrado todo el cuerpo y la sangre de Jesucristo, o sólo una parte de ellos? Si el vino se agria y la hostia se corrompe y se desmenuza, ¿continúa Jesucristo estando presente bajo las especies como Dios y como hombre?

—¡Que viene! ¡Que viene!

Un chico apostado a la ventana había visto que el rector salía de la residencia. Todos los catecismos se abrieron; todas las cabezas se inclinaron sobre ellos silenciosamente. El rector entró y ocupó su asiento sobre la tarima. Un suave puntapié del chico alto que estaba sentado en el banco de detrás de Stephen urgió a éste para que propusiera alguna cuestión muy difícil.

Pero el rector no pidió un catecismo para preguntar por él la lección, sino que unió las manos sobre el pupitre y dijo:

—El miércoles por la noche comenzará el retiro en honor de San Francisco Xavier, cuya festividad se celebra el sábado. El retiro durará desde el miércoles hasta el viernes. El viernes por la tarde, después del rosario, habrá confesiones generales. Si algunos alumnos tienen ya su confesor especial, tal vez será lo mejor que no cambien. El sábado, a las nueve de la mañana, habrá misa de comunión general para todo el colegio. El sábado será día de vacación. Pero como el sábado y el domingo son días de vacación, puede ser que haya algunos alumnos que se inclinen a pensar que el lunes no hay clase tampoco. ¡Mucho cuidado con no incurrir en este error! Supongo que tú, Lawless, incurrirás probablemente en esta equivocación.

—¿Yo, señor? ¿Por qué, señor?

Una oleada de contenida hilaridad salió de la sonrisa severa del rector y se propagó por la clase. El corazón de Stephen comenzó a replegarse y a marchitarse como una flor en agonía.

El padre rector prosiguió gravemente:

—Os supongo a todos familiarizados con la vida de San Francisco Xavier, patrón de nuestro colegio. Procedía de una antigua e ilustre familia española y recordaréis que fue uno de los primeros seguidores de San Ignacio. Se encontraron en París, donde Francisco Xavier era profesor de Filosofía en la Universidad. Xavier, joven, brillante, noble y hombre de letras, se penetró en cuerpo y alma de las ideas de nuestro glorioso fundador y, como sabéis, a petición propia fue enviado por San Ignacio a predicar a los indios. Se le llama, como recordaréis, el Apóstol de las Indias. Recorrió todo el oriente, bautizando a las multitudes, de territorio en territorio, desde África hasta la India, desde la India hasta el Japón. Se dice que llegó a bautizar hasta diez mil idólatras en un mes y que su brazo derecho se le quedó paralítico de haberse alzado tantas veces sobre las cabezas de aquellos a quienes administraba el bautismo. Después se propuso entrar en China para ganar todavía más almas para Dios, pero murió de fiebres en la isla de Sancian. ¡Qué gran santo San Francisco Xavier! ¡Qué gran soldado de Dios!

El rector hizo una pausa y luego, sacudiendo delante de sí las manos unidas, continuó:

—Poseía la fe que mueve las montañas. ¡Diez mil almas ganadas para Dios en sólo un mes! ¡Este sí que era un verdadero conquistador, fiel al lema de nuestra Orden, ad majorem Dei gloriam! Acordaos de que es un santo que tiene gran poder en el cielo: poder para interceder por nosotros en nuestras tribulaciones; poder para alcanzar cualquier cosa que le pidamos, siempre que sea para bien de nuestra alma; poder para obtenernos la gracia del arrepentimiento si hemos caído en el pecado. ¡Qué gran santo, San Francisco Xavier! ¡Qué gran pescador de almas!

Había cesado de agitar sus manos unidas y, descansándolas sobre la frente, lanzaba agudas miradas a su auditorio, miradas que salían de sus ojos sombríos y severos, salvando, ora por la derecha y ora por la izquierda, la pantalla de las manos.

Y en el silencio, la combustión sombría de aquellos ojos incendiaba el crepúsculo en una lumbrarada amarillenta. El corazón de Stephen se había marchitado como una flor del desierto al sentir en la lejanía los presagios del simún.

* * *

Acuérdate tan sólo de tus postrimerías y no pecarás jamás, son palabras tomadas, mis queridos hermanitos en Jesucristo, del libro del Eclesiastés, capítulo séptimo, versículo cuarto. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Stephen estaba sentado en el primer banco de la capilla. El Padre Arnall lo estaba ante una mesa a la derecha del altar. Tenía echado sobre los hombros un pesado manteo, la cara pálida y consumida, y una voz cascada de reumático. La figura tan extrañamente cambiada de su profesor, trajo a la mente de Stephen las escenas de su vida anterior en Clongowes: los anchos campos de juego, hormigueantes de muchachos; el foso; el pequeño cementerio al otro lado de la avenida de tilos donde él había soñado que le enterraban; el resplandor del fuego sobre la pared de la enfermería donde yacía enfermo; la cara ensombrecida del hermano Michael. Y según estos recuerdos le iban volviendo, su alma se iba convirtiendo otra vez en el alma de un niño.

—Nos hemos congregado hoy aquí, mis queridos hermanitos en Cristo, apartados por un breve momento del barullo afanoso del mundo exterior, para celebrar y honrar a uno de los más grandes santos, al apóstol de las Indias, santo patrono también de vuestro colegio, a San Francisco Xavier. Año tras año, durante mucho más tiempo que lo que cualquiera de vosotros o yo mismo podemos recordar, se han reunido los alumnos de este colegio en esta misma capilla, para hacer el retiro anual antes de la fiesta de su santo patrono. Ha ido pasando el tiempo e introduciendo nuevos cambios. Aun en los últimos pocos años, ¿cuántos cambios no podéis recordar muchos de vosotros? Muchos de los jóvenes que hace pocos años se sentaban en esos mismos bancos, están ahora quizás en tierras lejanas, o sumergidos ya en deberes profesionales, o en seminarios, o bien viajando sobre la vasta extensión de los abismos del mar, o tal vez, llamados ya a la otra vida por el gran Dios, para rendir cuentas de su conducta terrestre. Y sin embargo, conforme los años van rodando, trayendo consigo sus cambios, lo mismo para bien que para mal, invariablemente la memoria de este gran santo se ve honrada por los alumnos de este colegio, cada año una vez, en los días de retiro que preceden a la festividad establecida por nuestra Santa Madre la Iglesia, para transmitir a todas las edades el nombre y la fama de uno de los más grandes hijos de la católica España.

—Pero veamos ahora cuál es el significado de esta palabra, retiro, y por qué es considerada por todo el mundo como la práctica más saludable para todo el que desee llevar ante Dios y a los ojos de los hombres una vida verdaderamente cristiana. Retiro, queridos niños, significa un temporal apartamiento de todos los cuidados de la vida, de todas las preocupaciones y trabajos de la vida diaria, con objeto de examinar el estado de nuestra conciencia, para proyectar sobre ella los misterios de la santa religión y para comprender mejor cuál es la causa por la que estamos aquí en este mundo. Durante estos pocos días, voy a tratar de poneros delante algunos pensamientos concernientes a nuestras cuatro postrimerías. Nuestras postrimerías son, como sabéis por el catecismo: muerte, juicio, infierno y gloria. Trataremos de comprenderlas plenamente durante estos pocos días, de modo que podamos derivar de la compresión de ellas un duradero beneficio para nuestras almas. Y acordaos, queridos jóvenes, de que hemos sido enviados a este mundo para una cosa y sólo para una cosa: para hacer la santa voluntad de Dios y salvar nuestras almas inmortales. Todo lo demás carece de valor. Sólo una cosa es necesaria y es: la salvación de nuestra alma. ¿De qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma inmortal? ¡Ah, queridos niños, creedme que no hay nada en este mundo miserable que pueda compensar semejante pérdida!

—Os voy a rogar, por tanto, queridos jóvenes, que apartéis de vuestra imaginación durante estos pocos días todo pensamiento mundano, ya sea de estudios o de placer o de ambición, y que prestéis toda vuestra atención al estado de vuestra propia alma. Casi no necesito advertiros que durante estos días de retiro debéis todos observar una conducta compuesta y piadosa y evitar todo recreo ruidoso o inconveniente. Los mayores, desde luego, cuidarán de que no se infrinja esta costumbre, y me dirijo especialmente a los prefectos y dignidades de la congregación de la Santísima Virgen y de los Santos Ángeles, para que den buen ejemplo a sus compañeros.

—Procuremos, por tanto, hacer este retiro en honor de San Francisco con todo nuestro corazón y nuestra mente. Si así lo hacéis, la bendición de Dios caerá sobre vuestros estudios. Pero, antes que nada y por encima de todo, haced que este retiro sea tal que podáis volver los ojos hacia él en años venideros, cuando estéis tal vez lejos de este colegio y en otros alrededores muy distintos; que sea tal que podáis volver los ojos a él con alegría y reconocimiento y dar gracias a Dios por haberos concedido esta ocasión de echar los primeros cimientos de una vida piadosa y honrada, celosa y cristiana. Y si, como pudiera ocurrir, hay ahora en esos bancos alguna pobre alma que ha tenido la inexpresable desdicha de perder la santa gracia de Dios y caer en pecado mortal, yo confío fervientemente y pido a Dios que este retiro sea para ella el punto de regreso a una nueva vida. Y le ruego a Dios, por los méritos de su celoso siervo Francisco Xavier, que tal alma pueda ser llevada a un sincero arrepentimiento y que la santa comunión en el día de San Francisco de este año, sirva de perpetua alianza entre ella y Dios. Y que este retiro sea de grata memoria, para el justo como para el injusto, para el santo lo mismo que para el pecador.

—Ayudadme, queridos hermanitos en Cristo, ayudadme con vuestra piadosa atención, con vuestra devoción, con vuestra conducta externa. Desterrad de vuestra imaginación todo pensamiento mundano y pensad sólo en vuestras postrimerías: muerte, juicio, infierno y gloria. Aquel que las recuerde, dice el Eclesiastés, no pecará jamás. Aquel que se acuerde de sus postrimerías obrará y pensará siempre con ellas delante de los ojos. Y vivirá una vida buena y tendrá una buena muerte, creyendo y sabiendo que todos los sacrificios que ha experimentado en esta vida le serán pagados al ciento por uno, al mil por uno, en la vida venidera, en el reino sin acabamiento. Y esta es la felicidad que os deseo con todo mi corazón a todos y a cada uno de vosotros, amados jóvenes, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Mientras regresaba a casa entre otros compañeros silenciosos, una espesa niebla parecía rodear su espíritu. Esperó sumido en un estupor imaginativo a que se levantara y revelara lo que tenía escondido dentro. Cenó con devorador apetito y cuando se acabó la cena y sólo quedaron los platos grasientos abandonados sobre la mesa, se levantó y fue hacia la ventana, limpiándose con la lengua la boca de los residuos de la comida y lamiéndose los labios para quitar la grasa de ellos. Hasta aquel estado había ido a dar, hasta aquel estado de bestia que se relame de la carnaza. Era lo último. Y una tenue vislumbre de terror comenzó a atravesar la niebla de su espíritu. Oprimió su rostro contra el cristal de la ventana y atisbo la calle, donde estaba oscureciendo. Vagas formas pasaban aquí y allá a través de la luz triste. Y aquello era la vida. Las letras del nombre de Dublín las tenía grabadas en su cerebro, y allí se entrechocaban furiosamente de un lado a otro con una insistencia ruda y monótona. Su alma se estaba tumefactando y cuajándose en una masa grasienta que se iba hundiendo llena de oscuro terror en un crepúsculo amenazador y sombrío; y, mientras tanto, aquel cuerpo suyo, laxo y deshonrado, buscaba con ojos torpes, huérfano, humano y conturbado, un dios bovino en quien poder fijar la mirada.

El día siguiente aportó consigo muerte y juicios y con ellos el despertar del alma de Stephen de su inerte desesperación. La vaga vislumbre de miedo se convirtió ahora en espanto cuando la voz ronca del predicador fue introduciendo la idea de la muerte en su alma. Sufrió todas las miserias de la agonía. Sintió el escalofrío de la muerte que se apoderaba de sus extremidades y se deslizaba hacia el corazón; el velo de la muerte que le velaba los ojos; cómo se iban apagando cual lámparas los centros animados de su cerebro; el postrer sudor que rezumaba de la piel; la impotencia de los miembros moribundos; la palabra que se iba haciendo torpe e indecisa, extinguiéndose poco a poco; el palpitar del corazón, cada vez más tenue, más tenue, casi rendido ya, y el soplo, el pobre soplo vital, el triste e inerte espíritu humano, sollozante y suspirante, en un ronquido, en un estertor, allá en la garganta. ¡No hay salvación! ¡No hay salvación! El —él mismo— aquel cuerpo al cual se había entregado en vida, era quien moría. ¡A la sepultura con él! ¡A clavetear bien ese cadáver en una caja de madera! ¡A sacarlo de la casa a hombros de mercenarios! ¡Que lo arrojen fuera de la vista de los hombres en un hoyo largo, a pudrirse, a servir de pasto a una masa bullidora de gusanos, a ser devorado por las ratas de remos ágiles y fofo bandullo!

Y mientras que los amigos se deshacían todavía en lágrimas a la cabecera del lecho, el alma era juzgada. En el último momento consciente, toda la vida terrena había desfilado ante la vista del alma y, antes de que pudiera reflexionar, el cuerpo había muerto y el alma estaba en pie, aterrada, delante de su tribunal. Dios, que había sido clemente tanto tiempo, iba a ser justo ahora. Había sido paciente largo tiempo, tratando de persuadir al alma pecadora, dándole tiempo para arrepentirse, dándole un plazo más todavía. Pero aquel tiempo había pasado. Había habido tiempo para pecar y recrearse, tiempo para hacer befa de Dios y de las advertencias de su santa Iglesia, tiempo para desafiar su majestad, para desobedecer sus mandamientos, para engañar al prójimo, para cometer un pecado tras otro pecado y ocultar a los ojos de los hombres la propia corrupción. Pero aquel tiempo había pasado. Ahora era la vez de Dios, y a El no se le iba a engañar. Cada pecado había de salir de su escondrijo, el más rebelde contra la divina voluntad y el más degradante para nuestra pobre y corrompida naturaleza, la más leve imperfección lo mismo que el más nefando delito. ¿De qué servía entonces haber sido un gran emperador, un gran general, un maravilloso inventor, o el más sabio entre los sabios? Todos eran lo mismo ante el tribunal de Dios. Y El había de premiar al bueno y castigar al malvado. Un solo instante bastaba para el juicio del alma de un hombre. Un solo instante después de la muerte del cuerpo, el alma había sido ya pesada en la balanza. El juicio particular estaba terminado, y el alma había pasado a la mansión de bienaventuranza, o a la cárcel del purgatorio, o había sido arrojada, dando aullidos, al infierno.

Pero esto no era todo. La justicia de Dios tenía que ser todavía vindicada ante los hombres. Tras el juicio particular quedaba aún el juicio universal. El último día había llegado. El juicio final se acercaba. Las estrellas del cielo caían sobre la tierra como los higos arrancados de la higuera que el huracán agita. El sol, la gran luminaria del universo, se había convertido en un saco de cilicio. El arcángel San Miguel, el príncipe de la milicia celestial, aparecía glorioso y terrible sobre el cielo. Con un pie sobre el mar y el otro sobre la tierra, anunciaba con su trompeta arcangélica la consumación de los tiempos. Los tres toques del arcángel llenaban el universo. Tiempo hay, tiempo hubo, pero no lo habrá ya. Al último toque, las almas de la universal humanidad se aglomeran hacia el valle de Josaphat, ricos y pobres, nobles y plebeyos, sabios y mentecatos, buenos y malvados. Las almas de todos los seres humanos que han existido y las de aquellos que han de nacer aún; todos los hijos y las hijas de Adán, todos están reunidos en aquel supremo día. ¡Mas, ay, que el Supremo Juez se acerca! No ya el humilde Cordero de Dios, no ya el manso Jesús de Nazaret, no ya el Hombre de Dolores, no ya el Buen Pastor. El que ahora se aproxima viene sobre las nubes con todo su poder y majestad, asistido por nueve coros de ángeles, ángeles y arcángeles, principados, potestades y virtudes, tronos y dominaciones, querubines y serafines, el Dios Omnipotente, el Dios Eterno. Y habla. Y su voz es oída en los más remotos límites del espacio, hasta en los abismos sin fondo. Es el Supremo Juez, y de su sentencia no habrá, no podrá haber apelación. Helo que llama al justo a su lado, invitándole a entrar en su reino, en la eterna felicidad que le tiene preparada. Pero al réprobo lo arroja de sí, gritando en su ofendida majestad: Apartaos de mí, malditos, id al juego que os ha sido preparado por el demonio y sus ángeles. ¡Oh, qué agonía entonces para los miserables pecadores! El amigo es arrancado de los brazos del amigo, los hijos de los de sus padres, los esposos de los de sus mujeres. El pobre pecador extiende sus brazos hacia aquellos que le fueron queridos en este mundo terrenal, hacia aquellos de cuya simple piedad tal vez hizo befa, hacia aquellos que le aconsejaron bien y trataron de llevarle al camino de la virtud, hacia el buen hermano, hacia la amorosa hermana, hacia el padre y la madre que tan intensamente le amaron. Pero es demasiado tarde: el justo se aparta de las miserables almas de los condenados, que ahora aparecen ante los ojos de todos en su monstruoso y depravado aspecto. ¡Ay de vosotros, hipócritas, ay de vosotros, sepulcros blanqueados, ay de vosotros los que presentáis al mundo una cara pulida y sonriente, mientras el interior de vuestra alma es una inmunda ciénaga de pecado! ¿Qué será de vosotros en aquel terrible día?

Y este día ha de venir, tiene que venir, vendrá: el día de la muerte, el día del juicio. Está decretado que todo hombre tiene que morir; tras la muerte, juicio final. La muerte es cierta. Lo que es incierto es la fecha, el modo, si ha de ser de larga enfermedad o por algún accidente imprevisto. El Hijo de Dios vendrá a la hora en que menos le esperéis. Estad por tanto preparados a cada momento, puesto que a cada momento podéis morir. La muerte es el término de todos nosotros. Muerte y juicio, introducidos en el mundo por el pecado de nuestros primeros padres, son como los oscuros pórticos que cierran nuestra existencia terrenal, los pórticos que se abren a lo desconocido e imprevisto, pórticos por los cuales toda alma tiene que pasar, sola, sin más ayuda que la de sus buenas obras, sin amigo ni hermano ni padre ni maestro, sola y temblorosa. Que este pensamiento no se aparte jamás de vuestras mentes y no podréis pecar. La muerte, que es una causa de terror para el pecador, es un momento de bendición para aquel que ha caminado por el sendero recto, cumpliendo plenamente sus deberes durante el tránsito por la vida, rezando las oraciones de la mañana y de la noche, aproximándose frecuentemente a la sagrada eucaristía, y realizando obras buenas y misericordiosas. Para el pío y creyente católico, para el hombre justo, la muerte no es causa de terror. ¿No fue Addison, el gran escritor inglés, quien, estando en su lecho mortuorio, mandó llamar al joven e impío conde de Warwick para mostrarle cómo un cristiano afrontaba su acabamiento? Aquél y sólo aquél, el cristiano creyente y piadoso, es quien puede decir en su corazón:

 ¡Oh, tumba! ¿Dónde está tu victoria?

¡Oh muerte! ¿Dónde está tu aguijón?

No había palabra que no se le aplicase a él. Toda la cólera de Dios se asestaba contra su asqueroso y secreto pecado. La lanceta del predicador había sondeado profundamente su conciencia haciéndola reventar; y ahora sentía que su alma estaba supurando en el pecado. Sí, el predicador tenía razón. Le había llegado su turno a Dios. Como una bestia en su cubil, su alma se había revolcado en su propia inmundicia, pero los toques de la trompeta del ángel le habían hecho salir de la oscuridad de la culpa hacia la luz. El anuncio del juicio proclamado por el ángel había hecho desmoronarse en un momento toda su presuntuosa paz. El viento del día postrero soplaba a través de su espíritu: las rameras de ojos de pedrería, moradoras de su imaginación, huían ante el huracán, dando chillidos como ratones aterrados, amontonándose bajo la pelambre de sus cabelleras.

Al cruzar la plaza, ya de regreso, llegó hasta sus oídos congestionados la risa jovial de una muchacha. Aquel son alegre y quebradizo conmovió su corazón más profundamente que el sonido de la trompeta, y no atreviéndose a levantar los ojos, se volvió hacia un lado y miró, mientras pasaba, hacia la umbría de un macizo de arbustos. Una oleada de vergüenza se levantó de su corazón herido e inundó todo su ser. La imagen de Emma se le apareció delante de él, y ante los ojos de ella, la oleada de vergüenza volvió a brotar otra vez de su corazón. ¡Si ella supiera a qué cosas le había sometido la imaginación o cómo el apetito bestial había desgarrado y hollado su inocencia! ¿Era aquello el primer amor? ¿Era aquello espíritu caballeresco? ¿Era aquello poesía? Los sórdidos pormenores de sus orgías le hedían físicamente en las ventanas de la nariz. Aquel paquete manchado de grabados que él había ocultado en el cañón de la chimenea, y ante cuya inmundicia y vergonzosa procacidad se había pasado las horas muertas pecando en pensamiento y en acción; aquellos sueños monstruosos, poblados de criaturas simiescas y de prostitutas cuyos ojos brillaban como joyeles; aquellas largas cartas llenas de obscenidad que había escrito sólo por el placer de la confesión culpable y que había llevado consigo días y días, para arrojarlas luego, protegido por la noche, en un rincón de un campo de hierba, o por debajo de una puerta desvencijada o en el resquicio de un seto, donde una muchacha se las pudiera encontrar al paso y leerlas después secretamente. ¡Loco! ¡Loco! ¿Era posible que hubiera hecho tales cosas? Un sudor frío le brotaba en la frente mientras en el cerebro se le iban condensando estos bochornosos recuerdos.

Cuando la agonía de la vergüenza hubo pasado, trató de levantar su alma del fondo de su abyecta impotencia. Dios y la Virgen María estaban demasiado lejos de él: Dios era demasiado grande y demasiado severo y la Santísima Virgen demasiado pura y santa. Pero se imaginaba estar en una amplia llanura al lado de Emma, y que, humildemente, deshecho en llanto, se inclinaba para besar el borde de su manga.

En una ancha llanura, bajo la tierna luz de un firmamento crepuscular, mientras una nube derivaba hacia poniente por el mar gris pálido de los cielos, allí estaban los dos, juntos, como dos niños que hubieran delinquido. Su error había ofendido profundamente la majestad de Dios; pero no había ofendido a aquella cuya belleza no es como la belleza terrena, dañosa a quien la mira, sino como la estrella de la mañana, emblema suyo, luciente y musical. Los ojos de Ella, al volverse para mirarlos, no estaban ofendidos, ni aun tenían un reproche. Y Ella les unía las manos, palma contra palma, y les decía, habiéndoles al corazón:

—Unid vuestras manos, Stephen y Emma. Hoy es un hermoso atardecer en el cielo. Habéis errado, pero continuáis siendo mis hijos. He aquí un corazón que ama a otro corazón. Juntad vuestras manos, hijos míos, y seréis felices juntos, y vuestros corazones se amarán mutuamente.

La capilla estaba inundada por la triste luz rojiza que a través de las corridas cortinas se filtraba; y por la hendidura, entre el marco de la ventana y la última cortina, un dardo de luz descolorida pasaba y descendía como una lanza hasta tocar el repujado bronce de los candelabros, que en el altar brillaba como una armadura angélica, gastada por los combates.

Estaba lloviendo sobre la capilla, sobre el jardín, sobre el colegio. Y había de llover eternamente y sin ruido. El agua se iría elevando, pulgada a pulgada, cubriendo la hierba y los arbustos, cubriendo los árboles y las casas, cubriendo los monumentos y las cimas de los montes. Toda la vida se ahogaría sin ruido pájaros, hombres, elefantes, cerdos, niños. Y sin ruido flotarían los cadáveres entre los detritus del naufragio del mundo. Y por cuarenta días y cuarenta noches caería la lluvia, hasta que las aguas cubriesen la faz de la tierra.

Podía ser. ¿Por qué no?

El infierno se ha engrandecido y ha abierto inmensamente su boca. Son palabras tomadas, mis queridos hermanitos en Cristo Jesús, del libro de Isaías, capítulo quinto, versículo décimo cuarto. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

El predicador sacó un reloj sin cadena de un bolsillo de la sotana y después de contemplar por un instante la esfera en silencio, lo colocó silenciosamente delante de él sobre la mesa.

Después comenzó a hablar con tono reposado:

—Adán y Eva, mis queridos jóvenes, los cuales, como sabéis, fueron nuestros primeros padres, fueron creados por Dios, como recordaréis, con objeto de que los puestos que habían quedado vacantes en el cielo por la caída de Lucifer y de sus ángeles rebeldes, pudieran ser ocupados de nuevo. Según se nos dice, Lucifer era un hijo de la mañana, un ángel poderoso y esplendente. Y sin embargo, cayó. Cayó y con él una tercera parte de las milicias celestiales. Cayó y fue precipitado con sus ángeles rebeldes en los infiernos. Cuál fuera su pecado es lo que no podemos decir. Los teólogos consideran que fue el pecado de orgullo, el pecaminoso pensamiento concebido en un instante: non serviam: no serviré. Y aquel instante fue su ruina. Ofendió a la majestad de Dios con el pensamiento pecaminoso de un solo momento y fue precipitado en los infiernos para siempre.

—Adán y Eva fueron creados por Dios y colocados en el Edén, en la llanura de Damasco, en aquel hermoso jardín resplandeciente de sol y de color, lleno de una desbordante vegetación La tierra fértil les regalaba pródigamente con sus dones; bestias y pájaros concurrían voluntariamente a su servicio; no conocían los males, herencia de nuestra carne: la enfermedad, la pobreza, la muerte. Todo lo que un Dios grande y generoso podía hacer por ellos, todo estaba hecho. Pero había una condición que les había sido impuesta por Dios: la obediencia a su palabra. No habían de comer de la fruta del árbol prohibido.

—¡Ay, mis queridos jóvenes, que ellos también cayeron! El demonio, en otro tiempo un ángel resplandeciente, hijo de la mañana, y ahora un enemigo vil, vino en forma de serpiente, la más sutil de todas las bestias del campo. Era que les tenía envidia. Él, el magnate caído, no podía soportar el pensamiento de que el hombre, ser de arcilla, pudiera llegar a poseer la herencia de la cual su pecado le había desposeído para siempre. Y fue a la mujer, vaso más frágil, y deslizó el veneno de su elocuencia en los oídos de ella, prometiendo —¡oh, promesa blasfema!— que si ella y Adán comían del árbol prohibido, serían como dioses, más aún, como Dios mismo. Eva se rindió a las astucias del tentador por excelencia. Comió de la manzana y dio también de ella a Adán, quien no tuvo valor moral para negarse. La lengua de veneno de Satán había realizado su obra. Y cayeron.

—Entonces se dejó oír en aquel jardín la voz de Dios que llamaba al hombre, su criatura, a rendir cuentas. Y Miguel, príncipe de la milicia celestial, con una espada en la mano, apareció ante la culpable pareja y la arrojó fuera del paraíso, al mundo, al mundo lleno de enfermedad y de lucha, de crueldad y de pesadumbre, de trabajo y de fatiga, a ganarse el pan con el sudor de la frente. ¡Pero, aun entonces, cuan misericordioso fue Dios! Tuvo piedad de nuestros primeros y degradados padres y les prometió que en la plenitud de los tiempos había de enviar desde los cielos al mundo uno que los había de redimir, que los había de hacer de nuevo hijos de Dios y herederos de su gloria. Y ese redentor de los hombres caídos en la culpa había de ser el unigénito hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Eterno.

—Vino. Fue nacido de una virgen pura, María, virgen y madre. Nació en un pobre establo, en Judea, y vivió como un humilde carpintero durante treinta años, hasta que llegó la hora de cumplir su misión. Y entonces la cumplió lleno de amor hacia los hombres, se dio a conocer y convocó a los hombres, para que oyeran el evangelio nuevo.

—Pero, ¿le oyeron? Sí, le oyeron, pero no le quisieron escuchar. Fue cogido como un vulgar criminal, mofado como loco, pospuesto a un malhechor público, flagelado con cinco mil azotes, coronado de espinas, empujado brutalmente en las calles por el populacho judío y la soldadesca romana, despojado de sus vestiduras y colgado de un patíbulo, y atravesado su costado por una lanza; y del llagado cuerpo de Nuestro Señor manaban incesantemente agua y sangre.

—Y aun entonces, en aquella hora de suprema agonía, nuestro piadoso redentor tuvo misericordia de la humanidad. Aun entonces, sobre la colina del Calvario, fundó la Santa Iglesia Católica contra la cual, así está prometido, las puertas del infierno no prevalecerán. La fundó sobre la roca de los tiempos y la doto con su gracia, con los sacramentos y el sacrificio, y prometió que si los hombres obedecían a la voz de su Iglesia, podrían entrar en la vida eterna, pero que si después de todo lo que había sido hecho en favor de ellos persistían aún en su maldad, habría para ellos una eternidad de tormento: el infierno.

La voz del predicador se hundió. Hizo una pausa, juntó por un instante las palmas de sus manos, las volvió a separar. Luego, continuó:

—Vamos a tratar ahora de imaginarnos, en la medida que podamos, la naturaleza de aquella mansión de los condenados creada por la justicia de Dios ofendido, para eterno castigo de los pecadores. El infierno es una angosta, oscura y mefítica mazmorra, mansión de los demonios y las almas condenadas, llena de fuego y de humo. La angostura de esta prisión ha sido expresamente dispuesta por Dios para castigar a aquellos que no quisieron sujetarse a sus leyes. En las prisiones de la tierra el pobre cautivo tiene al menos alguna libertad de movimiento, aunque no sea más que entre las cuatro paredes de su celda o en el sombrío patio de la cárcel. Pero no es así en el infierno. Allí, por razón del gran número de los condenados, los prisioneros están hacinados unos contra otros en su horrendo calabozo, las paredes del cual se dice tienen cuatro mil millas de espesor. Y los condenados están de tal modo imposibilitados y sujetos, que un Santo Padre, San Anselmo, escribe en el libro de las Semejanzas que no son capaces ni aun de quitarse del ojo el gusano que se lo está royendo.

—Allí yacen en la oscuridad exterior. Porque habéis de recordar que el fuego del infierno no da luz. Lo mismo que, por mandato de Dios, el fuego del horno de Babilonia perdió el calor pero no la luz, así, por voluntad de Dios, el fuego del infierno, conservando la intensidad abrasadora de su calor, arde eternamente en sombra. Allí, en una tempestad sin término de sombras, entre las llamas oscuras y el oscuro humo de la ardiente piedra azufre, están los cuerpos hacinados los unos encima de los otros, sin recibir nunca ni aun siquiera una vislumbre de aire. De todas las plagas que azotaron la tierra de los faraones, hubo una tan sólo, la de la oscuridad, a la cual se le diera el dictado de horrible. ¿Qué nombre habríamos de dar, pues, a la oscuridad del infierno, la cual ha de durar, no por tres días, sino por toda la eternidad?

—El horror de esta angosta y oscura prisión se ve aumentando aún por su insoportable hedor. Toda la inmundicia del mundo, toda la carroña y la hez del mundo, afirman, habrá de desaguar allí, como en un vasto y vaheante albañal, cuando la terrible conflagración del último día haya purgado el mundo. La piedra azufre que arde allí en prodigiosas cantidades llena todo el infierno de su intolerable fetidez. Y los cuerpos mismos de los condenados exhalan un olor tan pestilencial que, según dice San Buenaventura, uno solo sería bastante para infestar todo el mundo. El mismo aire de este mundo, este puro elemento, se hace hediondo e irrespirable si ha estado cerrado por largo tiempo. Considerad cuál no será la hediondez del aire del infierno. Imaginad un cadáver que hubiera estado yaciendo en su tumba, pudriéndose y descomponiéndose, hasta llegar a ser una masa gelatinosa de líquida corrupción. Imaginad este cadáver pasto de las llamas, devorado por el fuego de la hirviente piedra azufre de modo que exhale densas y sofocantes humaredas de nauseabunda descomposición. Y luego, imaginad este pestífero olor multiplicado un millón de veces y un millón de veces de nuevo por los millones y millones de fétidas carroñas amontonadas en la humeante oscuridad, como un hongo monstruoso de podredumbre humana. Imaginad todo esto y podréis llegar a tener cierta idea del horroroso hedor del infierno.

—Pero este hedor, por terrible que sea, no es el mayor tormento físico al cual están sujetos los condenados en el infierno. El tormento del fuego es el mayor sufrimiento al cual los tiranos de la tierra han podido condenar a sus semejantes. Poned el dedo por un momento en la llama de una bujía y sentiréis el dolor del fuego. Pero el fuego de la tierra ha sido creado por Dios para beneficio del hombre, para mantener en él la centella de la vida y para ayudarle en las artes útiles, mientras que el fuego del infierno es de otra calidad y ha sido creado por Dios para torturar y castigar al impenitente pecador. Nuestro fuego terrenal consume también, más o menos rápidamente, según que el objeto al cual ataca es más o menos combustible, de tal modo que el ingenio humano ha logrado siempre discurrir procedimientos químicos para impedir o frustrar su acción. Pero el azufre que arde en el infierno es una sustancia especialmente creada para arder eternamente y eternamente, con indecible furia. Más aún, el fuego de la tierra destruye al mismo tiempo que quema, de tal modo que, cuanto más intenso es, tanto menos dura; pero el fuego del infierno tiene tal propiedad, que conserva lo mismo que abrasa y, aunque brama con indecible intensidad, brama para siempre.

—Nuestro fuego terreno, sean cuales sean su furia y su extensión, tiene siempre una zona limitada; pero el lago de fuego del infierno no tiene límites, ni playas, ni fondo. Se dice que una vez el mismo diablo, preguntado por cierto soldado, se vio obligado a confesar que si toda una montaña fuera arrojada en aquel océano hirviente sería consumida en un instante como un pedazo de cera. Y este terrible fuego no aflige las almas de los condenados solamente por fuera sino que cada alma condenada será un infierno dentro de sí misma, abrasada por aquel fuego devorador en sus mismos centros vitales. ¡Oh, cuan terrible es la suerte de aquellos miserables seres! La sangre bulle y hierve en sus venas, los sesos se les abrasan en el cráneo, el corazón se les quema en el pecho como un ascua, sus intestinos son una masa rojiza de ardiente pulpa, sus tiernos ojos llamean como globos candentes.

—Y todavía lo que he dicho referente a la fuerza, cualidad e ilimitación de este fuego, no es nada si se compara con su intensidad, una intensidad que ha sido el instrumento escogido por designio divino para castigo del alma y del cuerpo a la par. Es un fuego que procede directamente de la ira de Dios, y que no obra por propia actividad, sino como un instrumento de la divina venganza. Como las aguas del bautismo purifican el alma y el cuerpo al mismo tiempo, así el fuego del castigo tortura el espíritu y la carne. Todos los sentidos de la carne sufren tortura y todas las facultades del alma al mismo tiempo. Los ojos, la impenetrable y absoluta oscuridad; la nariz, los pestilentes olores; el oído, los alaridos, bramidos e imprecaciones; el gusto, las materias corrompidas, el estiércol sofocante e indescriptible; el tacto, las punzadas de las candentes aguijadas y púas y los crueles lamidos de las lenguas de fuego. Y a través de los múltiples tormentos de los sentidos, el alma inmortal se ve torturada eternamente en su íntima esencia entre leguas y leguas de llamas ardientes inflamadas en los abismos por la majestad ofendida del omnipotente Dios y alimentadas con una furia perdurable y cada vez más intensa por el soplo de la cólera de la divinidad.

—Considerad, finalmente, que el tormento de esta infernal prisión está aumentado por la misma compañía de los condenados. La mala compañía es tan dañina que, aun en la tierra, las plantas se retiran como por instinto de todo lo que es fatal o nocivo para ellas. En el infierno todas las leyes están cambiadas; ya no hay allí idea de familia, ni vínculo ni parentesco. Los condenados braman y se maldicen los unos a los otros y tienen su tortura y su rabia intensificadas por la presencia de otros seres tan torturados y rabiosos como ellos mismos. Todo sentimiento de humanidad está olvidado allí. Los alaridos de los atormentados pecadores llenan los más remotos rincones del vasto abismo. Las bocas de los condenados están llenas de blasfemias contra Dios y de odio para sus compañeros de sufrimiento y de maldiciones contra las almas de aquellos que fueron sus cómplices en el pecado. Allá en tiempos antiguos había la costumbre de castigar al parricida, al hombre que se había atrevido a levantar la mano asesina contra su padre, arrojándole a los profundos del mar dentro de un saco en compañía de un gallo, de un mono y de una serpiente. La intención de los legisladores que forjaron tal ley, que hoy en nuestros tiempos nos parece cruel, fue la de castigar al criminal con la compañía de aquellas odiosas y dañinas bestias. Pero, ¿qué valor tiene la furia de aquellos mudos animales comparada con la furia de execración que estalla de los resecos labios del condenado en los infiernos cuando contempla en sus compañeros de sufrimiento, aquellos que le ayudaron en el pecado y le indujeron a él, aquellos cuyas palabras sembraron la primera semilla del mal pensamiento y del mal vivir en su mente, aquellos que con impúdicas sugestiones le llevaron a pecar, aquellos cuyos ojos le sedujeron y le apartaron del camino de la virtud? Y se vuelven a sus cómplices y les reprochan y los maldicen. Pero ya no tienen socorro ni esperanza: es ya demasiado tarde para el arrepentimiento.

—Considerad por último el horrible tormento que sufren aquellas almas, las de los tentadores lo mismo que las de los inducidos, en la compañía de los demonios. Los demonios les afligen de dos modos distintos: con su presencia y con sus sarcásticos reproches. No podemos formarnos idea de lo horribles que los demonios son. Santa Catalina de Siena vio una vez uno, y ha dejado escrito que mejor que volver a ver, aunque fuera por un solo instante, un monstruo tan espantoso, preferiría estar marchando toda su vida sobre un rastro de carbones encendidos. Porque los diablos, que antes fueron ángeles hermosísimos, se convirtieron en monstruos tan horrendos y repugnantes cuanto primero bellos. Los diablos befan y escarnecen a las almas condenadas, empujadas por ellos a la ruina. Son ellos, los protervos demonios, los que hacen en el infierno el papel de la voz de la conciencia. ¿Por qué pecaste? ¿Por qué prestaste oídos a las tentaciones de los amigos? ¿Por qué te apartaste de las prácticas piadosas y de las buenas obras? ¿Por qué no evitaste las ocasiones de pecar? ¿Por qué no abandonaste aquella mala compañía? ¿Por qué no abandonaste aquella lasciva costumbre, aquel hábito impuro? ¿Por qué no seguiste los consejos de tu confesor? ¿Por qué, después de haber caído la primera vez, o la segunda, o la tercera, o la cuarta, o la centésima, por qué no te apartaste del mal camino y te volviste a Dios, que sólo esperaba tu arrepentimiento para absolverte de tus pecados? Ahora ya ha pasado el tiempo del arrepentimiento. ¡Tiempo hay, tiempo hubo, pero ya no lo habrá más! Tiempo hubo para pecar en secreto, para regodearte en la pereza y el orgullo, para ambicionar lo ilegítimo, para entregarte a los más bajos ímpetus de tu naturaleza, para vivir como las bestias del campo, ¡qué digo!, peor que las bestias del campo, pues ellas por lo menos son simples brutos y no tienen razón que las guíe. ¡Hubo tiempo, pero ya no lo habrá más! Dios te habló tantas veces…, ¡pero no le quisiste oír! No querías arrojar aquel orgullo y aquella cólera de tu corazón, no querías devolver aquellos bienes mal adquiridos, no querías obedecer los preceptos de tu Santa Madre la Iglesia, no querías cumplir con tus deberes religiosos, no querías abandonar aquellas malvadas compañías, no querías evitar aquellas peligrosas tentaciones. Tal es el lenguaje de aquellos diabólicos atormentadores: palabras de vituperio y de reproche, de odio y de repulsión. ¡De repulsión, sí! Porque hasta ellos, los mismos demonios, pecaron sólo tal como era posible a sus angélicas naturalezas, sólo por la rebelión de la inteligencia; y ellos, hasta ellos mismos, se vuelven, asqueados y repelidos, al contemplar aquellos innombrables pecados, con los cuales el hombre ultraja y mancilla el templo del Espíritu Santo, se mancilla y se empuerca a sí mismo.

—¡Oh, queridos hermanitos míos en Cristo, que nos esté destinado el oír este lenguaje! ¡Que no nos esté destinado, os digo! Yo le ruego fervientemente a Dios que en el último día de la terrible cuenta, ni una sola alma de las que ahora están en esta capilla pueda hallarse entre los miserables seres a los cuales el Gran Juez ha de mandar apartarse para siempre de su vista, que ni uno solo de nosotros pueda oír retumbar en sus oídos la espantosa sentencia de condenación: ¡Apartaos de mí, malditos, id al juego que os ha sido preparado por el demonio y sus ángeles!

Stephen salió por uno de los lados de la capilla, con las piernas entrechocadas y la cabeza temblorosa como si hubiera sido tocada por los dedos de una visión. Subió la escalera y siguió a lo largo de las paredes del corredor, de las cuales pendían los abrigos y los impermeables goteantes, como malhechores ejecutados, sin cabeza ni forma. A cada paso que daba, temía haberse muerto ya y que su alma desgajada de la envoltura del cuerpo se estaba hundiendo de cabeza a través del espacio. No podía hacer pie en el suelo, y así, se sentó pesadamente en su pupitre abriendo un libro al azar y quedándoselo mirando como hipnotizado.

No había habido palabra que no se le aplicase a él. Era verdad. Dios era todopoderoso. Dios podía llamarle ahora, llamarle mientras estaba sentado en su pupitre, antes de que hubiera podido tener conciencia de la llamada. Dios le había llamado. ¿Sí? ¿Cómo? ¿Sí? La carne se le contrajo como si sintiera la proximidad de las voraces llamas, reseca como si sintiera a su alrededor el remolino del sofocante aire. Se había muerto. Sí. Y estaba siendo juzgado. Una onda de fuego pasó rápidamente por su cuerpo: la primera. Otra oleada. Su cerebro comenzó a abrasarse. Otra. Su cuerpo hervía y burbujeaba dentro de la crepitante morada del cráneo. Y las llamas salían de su cabeza como un aureola, gritando como si fueran voces:

—¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno!

Alguien hablaba cerca:

—Sobre el infierno.

—Supongo que os lo habrá hecho entrar bien a lo vivo.

—¡Bien a lo vivo! ¡Como que nos ha hecho a todos dar diente con diente!

—¡Eso es lo que os hace buena falta! ¡Y mucho de eso! ¡A ver si así trabajáis!

Se inclinó indolentemente sobre la mesa. No se había muerto. Dios le había dejado todavía. Estaba todavía en aquella clase que tan familiar le era. Míster Tate y Vincent Heron estaban de pie junto a la ventana, hablando, bromeando, contemplando la lluvia fría y meneando la cabeza.

—Quisiera que aclarara. Habíamos acordado dar una vuelta en bici hasta Malahide. Pero debe de llegar el agua hasta las rodillas por esos caminos.

—Puede ser que aclare, señor.

Aquellas voces que le eran tan conocidas, las palabras usuales, la quietud de la clase, donde cuando las voces callaban sólo se oía un susurro como de ganado que anduviese al ramoneo, pues los otros chicos mascaban tranquilamente sus almuerzos, todo eso tranquilizó su alma dolorida.

Aún había tiempo. ¡Oh, María, refugio de los pecadores, interceded por él! ¡Oh, Virgen Inmaculada, salvadle del piélago de la muerte!

La lección de inglés comenzó por las preguntas de historia. Personas reales, favoritos, intrigantes, obispos, pasaban como fantasmas mudos, tras el velo de sus nombres. Todos habían muerto: todos estaban ya juzgados. ¿De qué le aprovechaba al hombre ganar todo el mundo, si perdía su alma? Por fin, había comprendido: y la vida humana yacía alrededor de él como una llanura de paz, donde los hombres trabajaban hermanados, como hormigas, con sus muertos dormidos bajo unos tranquilos montones de arena. El codo de su compañero le tocó y su corazón se sintió tocado a la par. Y cuando habló para contestar a una pregunta del profesor sintió su propia voz llena de una quietud de humildad y contrición.

Su alma se hundió más profundamente en una contrita paz, incapaz de soportar por más tiempo la pena del terror, y una vaga plegaria iba brotando de ella mientras se hundía. Ah, sí: todavía se le concedería un plazo; se arrepentiría de corazón y sería perdonado. Y luego, los de arriba, los del cielo, habían de ver lo que él haría para compensar su pasado. Toda su vida: cada hora de su vida. ¡Al tiempo!

—¡Todo, oh, Dios! ¡Todo, todo!

Un mensajero llegó hasta la puerta para decir que las confesiones habían comenzado en la capilla. Cuatro muchachos salieron de la clase; y se oían las pisadas de otros que pasaban por el corredor. Un tembloroso escalofrío le corrió alrededor del corazón, no más intenso que una brisilla leve; pero, mientras sufría y escuchaba en silencio, se le hacía como si tuviera una oreja aplicada contra el músculo de su propio corazón y le estuviera sintiendo todo tembloroso y cercano, y percibiera la palpitación de sus ventrículos.

No había escape. Tenía que confesarse, tenía que manifestar con palabras todo lo que había pensado y hecho, pecado tras pecado.

 

(Continuará…)

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