La presa (I)

Kenzaburo Oé

 

 

Mi hermano pequeño y yo estábamos hurgando con unos palos en la tierra blanda, que apestaba a grasa y a ceniza, del crematorio del valle, un crematorio improvisado y de lo más sencillo: un mero foso casi a ras del suelo en un calvero abierto en medio de una espesa vegetación de arbustos. La bruma del crepúsculo, fría como las aguas subterráneas que manan en los bosques, ya llenaba el fondo del valle; pero sobre la pequeña aldea donde vivíamos, agrupada alrededor de la carretera sin asfaltar, en la falda de la colina, descendía suavemente una luz color vino púrpura. Me incorporé, al tiempo que un débil bostezo llenaba mi boca. Mi hermano también se incorporó, bostezó y me sonrió.

Abandonando la «búsqueda», arrojamos nuestros palos a la espesura exuberante de las hierbas estivales y, hombro con hombro, tomamos el sendero del bosque que subía al pueblo. Habíamos ido a aquel lugar en busca de pedazos de hueso que tuvieran la forma idónea para ser llevados, como condecoraciones, en el pecho; pero los chiquillos de la aldea ya se lo habían llevado todo y nosotros volvíamos con las manos vacías. Me vería obligado a arrebatárselos a la fuerza a algún compañero de la escuela primaria… Recordé de repente lo que, dos días antes, había visto al deslizar una mirada entre las caderas de los adultos que formaban un corro negro alrededor del crematorio, donde quemaban el cadáver de una mujer de la aldea: en medio de la claridad de las llamas, aquel vientre desnudo, hinchado, prominente como un pequeño cerro, y en el rostro ¡aquella expresión de tristeza…! Me estremecí de miedo, apreté con fuerza el enclenque brazo de mi hermano y avivé el paso. Me parecía seguir conservando en la nariz el olor del cadáver, tan persistente como el del líquido viscoso que desprendían algunos escarabajos cuando los aplastábamos entre nuestros dedos callosos.

La aldea se había visto obligada a utilizar aquel crematorio al aire libre porque la estación de las lluvias, excepcionalmente persistentes, había traído, desde antes del verano, constantes trombas de agua que provocaban inundaciones diarias. Cuando un corrimiento de tierras destruyó el puente colgante por donde pasaba el camino más corto para ir a «la ciudad», cerraron la sección de nuestro pueblo de la escuela primaria; el reparto de correo se había interrumpido; y si a un adulto le resultaba imprescindible ir a «la ciudad», tenía que hacerlo por la ladera de la montaña, siguiendo un sendero angosto y peligroso. De modo que, entre otras cosas, quedaba excluido el traslado de los muertos al horno crematorio de «la ciudad».

Sea como fuere, el hecho de quedar casi completamente aislados de «la ciudad» no causaba demasiada pena en nuestra aldea de viejos campesinos que vivían en un relativo atraso. Cuando los rústicos aldeanos nos encontrábamos con los ciudadanos, nos trataban con una aversión semejante a la que habrían sentido por unos animales sucios, de modo que todo lo que necesitábamos para nuestra vida cotidiana estaba concentrado en ciertos puntos determinados y precisos situados en las laderas que dominaban nuestro estrecho valle. Añadamos a esto que estábamos al principio del verano y que el cierre de la escuela era del agrado de los niños.

Morro de Liebre estaba de pie a la entrada de la aldea, en el lugar donde comienza la carretera, y abrazaba a un perro contra su pecho. Arrastré a mi hermano del hombro y cruzamos la densa sombra de un viejo albaricoquero para ir a examinar el animal que Morro de Liebre sostenía en sus brazos.

Morro de Liebre sacudió al perro y lo obligó a gruñir.

—¡Ven! ¡Mira esto!

Puso sus brazos bajo mi nariz: estaban cubiertos de mordeduras en las que se mezclaban la sangre y los pelos del perro. También en su pecho, así como en su cuello grueso y corto, se veían diversas mordeduras hinchadas como granos.

—¡Mira! —repitió Morro de Liebre dándose importancia.

—¡Me habías prometido que iríamos juntos a cazar un perro salvaje! ¡No tienes palabra! —exclamé, anonadado por la sorpresa y el pesar—. ¡Y fuiste solo!

—Te busqué, pero no te encontré… —replicó precipitadamente Morro de Liebre.

—Te ha mordido de mala manera —comenté rozando con la punta de los dedos al animal, que, igual que un lobo, mostró los dientes lanzando miradas rabiosas—. ¿Trepaste hasta su madriguera?

—¡Me protegí el cuello con un cinturón de cuero para que no me mordiera, mira!

Morro de Liebre estaba henchido de orgullo. Veía las laderas de los montes y la carretera teñidos por el crepúsculo purpúreo como si hubiera estado allí, y la silueta de Morro de Liebre con un cinturón de cuero para proteger su garganta que surgía de una madriguera de hierba y de ramas secas sosteniendo en los brazos un cachorro salvaje que no paraba de morderle.

—¡Lo importante es que no te pillen la garganta! —añadió Morro de Liebre con una voz a la que la confianza en sí mismo hacía más sonora—. ¡Además, esperé a que en el cubil solo quedaran las crías!

—Vi correr a los lobos por el barranco. ¡Eran cinco! —dijo mi hermano excitadísimo.

—¡Ah! —exclamó Morro de Liebre—. ¿Y cuándo?

—Justo después del mediodía.

—Pues yo salí justo después de que tú los vieras.

—Este animal tiene un pelo blanco precioso —dije reprimiendo la envidia.

—A su madre se la tiró un lobo.

Morro de Liebre utilizó una expresión local muy grosera, pero de lo más expresiva.

—¡Fantástico! —exclamó mi hermano, soñador.

—Ahora ya se ha acostumbrado del todo a mí —dijo Morro de Liebre aún más orgulloso—. Ya no volverá con sus camaradas salvajes.

Mi hermano y yo manteníamos un silencio un poco escéptico.

—¡Ahora veréis!

Morro de Liebre puso al perro en el suelo, sobre el camino, y lo dejó libre.

—¡Ya veréis!

Pero en lugar de mirar al perro que estaba a nuestros pies, alzamos los ojos al cielo que domina nuestro angosto valle. A una velocidad fabulosa e inimaginable, un enorme avión cruza nuestra franja de cielo. Por un breve instante nos inundan oleadas de ruido. Atrapados en aquel estruendo como insectos caídos en aceite, somos incapaces del más mínimo movimiento.

—¡Un avión enemigo! —exclamó Morro de Liebre—. ¡Ha llegado el enemigo!

Sin bajar la mirada del cielo, gritamos también hasta casi enronquecer:

—¡Un avión enemigo…!

Pero, a excepción de unas cuantas nubes oscuras doradas por el sol poniente, el cielo había vuelto a quedar desierto. Buscamos con la mirada al perro de Morro de Liebre: corría por la carretera dando débiles ladridos y estaba a punto de escaparse. No tardó en desaparecer de nuestra vista saltando dentro de un matorral. Morro de Liebre se quedó clavado, en la actitud que había adoptado para lanzarse en persecución del animal. A mi hermano y a mí nos dio un ataque de risa que nos hizo bullir la sangre igual que si hubiéramos bebido alcohol. Ni siquiera Morro de Liebre, a pesar de lo mohíno que se sentía, pudo resistirse a reír.

Le dejamos para dirigirnos corriendo al almacén, agazapado como una enorme bestia en el ocaso. En la penumbra de la doma, mi padre preparaba la cena, dándonos la espalda.

—¡Hemos visto un avión! —gritó mi hermano—. ¡Un gran avión enemigo!

Mi padre se limitó a gruñir vagamente sin volverse. Yo, por mi parte, descolgué del gancho clavado en el tabique de madera su pesada escopeta de caza con la intención de limpiarla, y, cogidos del brazo, mi hermano y yo subimos los peldaños de la oscura escalera.

—¡Qué lástima lo del perro! —dije.

—¡Y lo del avión también!

Vivíamos en el centro de la aldea, en el primer piso del almacén comunitario, un local exiguo y ahora sin utilizar que había servido para la cría de gusanos de seda. Cuando mi padre desplegaba las esterillas de paja y las mantas sobre las que se echaba a dormir encima del grueso suelo de madera, cuyos tablones comenzaban a deteriorarse, y mi hermano y yo nos acostábamos en el catre hecho con una puerta colocada directamente sobre el jergón utilizado antes para la cría de los gusanos de seda, la que había sido morada de legiones de larvas se llenaba a rebosar de criaturas humanas, pero a las vigas desnudas de su techo seguían pegadas unas hojas podridas de morera, y el papel de las paredes estaba constelado de manchas que despedían un hedor todavía fresco.

No teníamos ningún mueble. Lo único que confería cierta sensación de utilidad a nuestro humilde habitáculo era la escopeta de caza de mi padre, cuyo cañón brillaba débilmente, lo mismo que la culata, que gracias a su reflejo aceitoso parecía de auténtico acero y muy capaz de dejarte el brazo dolorido con su retroceso una vez disparado el tiro. También había, colgando en racimos de las vigas desnudas, pieles secas de comadreja, así como toda clase de trampas. En efecto, mi padre se ganaba la vida con la caza del conejo de monte, de las aves silvestres y, los inviernos en que la nieve era abundante, del jabalí; también ponía trampas y llevaba al ayuntamiento de «la ciudad» las pieles secas de las comadrejas que había atrapado.

Mientras frotaba el cañón con un trapo engrasado, mi hermano y yo contemplábamos el cielo oscuro por los intersticios de las tablas desunidas de la puerta, como si esperáramos oír de nuevo el zumbido del avión; pero era muy excepcional que alguno atravesara el cielo de nuestra aldea. Devuelta la escopeta al gancho, nos dejamos caer en el catre, apelotonados el uno contra el otro, a esperar, con el estómago vacío y gritando sin ambages que tenía hambre, que nuestro padre subiera con la marmita llena de arroz y verduras que se cocía en ella.

Mi hermano y yo éramos dos menudas semillas envueltas en una vaina dura y de pulpa espesa, dos semillas verdes engastadas en una fina película que, apenas fuera cosquilleada por la luz del exterior, se estremecería y acabaría por desprenderse. Ahora bien, en el exterior de la dura corteza, por el lado de la delgada franja de mar que, a lo lejos, se veía relucir desde la terraza, en la ciudad que había más allá del oleaje de montañas que se encaballaban, la guerra, para entonces una majestuosa leyenda mantenida durante demasiado tiempo y carente de atractivo, vomitaba un aire corrompido. Pero para nosotros la guerra solo significaba la ausencia de los hombres jóvenes de la aldea y, de vez en cuando, la entrega por el cartero de un comunicado oficial anunciando una muerte en el campo de batalla. La dura envoltura y la espesa pulpa no se dejaban penetrar por la guerra. Hasta los aviones «enemigos» que, desde hacía poco, habían hecho su aparición en el cielo de nuestra aldea no eran más que pájaros de una especie rara.

Cerca del alba, me despertó un fuerte ruido; algo se había estrellado contra el suelo y propagaba por él un furioso fragor. Vi a mi padre medio incorporado encima de sus mantas colocadas sobre su lecho, con la mirada aguzada por la codicia, al igual que una fiera al acecho de noche en el bosque y a punto de saltar sobre una presa. Sin embargo, en lugar de eso, se tumbó de nuevo y pareció dormirse.

Esperé largo rato, con el oído alerta; pero el estruendo no volvió a repetirse. Aguardaba pacientemente, respirando en silencio el aire húmedo que olía a bichos y a moho, a la pálida claridad de la luna que se colaba en el almacén por un elevado tragaluz. Pasó mucho rato. Mi hermano, que dormía apretando contra mi costado su frente empapada de sudor, comenzó a gemir suavemente. También él había esperado que la tierra volviera a retumbar; pero sin duda la espera había durado demasiado y no había podido aguantar. Puse la mano sobre su cuello grácil y fino como el tallo de una planta; y reconfortándolo con levísimos achuchones, acunado por el movimiento de mi brazo, me dormí de nuevo.

Cuando me desperté, la brillante luz de la mañana penetraba en el almacén por todas las rendijas de los tablones de madera. Ya hacía calor. Mi padre no estaba allí. Tampoco estaba su escopeta colgada en su lugar habitual. Sacudí a mi hermano para que se despertara y, semidesnudo, salí al umbral del almacén. Una claridad implacable inundaba la carretera y la escalera de piedra. Los niños de la aldea ya correteaban por allí gritando como cachorros; algunos estaban de pie distraídamente inmóviles, otros espulgaban a sus perros tumbados al sol, con los ojos entornados por la intensidad de la luz… pero no se veía a ningún adulto. Mi hermano y yo corrimos hasta la herrería, bajo la sombra densa del alcanforero; al fondo del oscuro recinto no se alzaba ninguna llama de las brasas; el fuelle estaba silencioso; tampoco se veía al herrero, por lo general ocupado en levantar con sus brazos extraordinariamente tostados y descarnados, enterrado hasta medio cuerpo, los hierros incandescentes. Era la primera vez que encontrábamos vacía la forja en plena mañana. Cogidos del brazo, regresamos en silencio por la calle mayor. En toda la aldea, ni un solo adulto. Las mujeres, invisibles, debían de permanecer dentro de las casas. Solo quedaban los niños, envueltos por el sol que caía a raudales. Una extraña inquietud embargó mi corazón.

Morro de Liebre estaba echado en los escalones que bajaban a la fuente. Nos vio y, agitando los brazos, se nos acercó corriendo. Se esforzaba en adoptar una actitud presuntuosa, y de su labio partido salía una ligera espuma blanca de saliva.

—¡Eh! ¿Sabes lo que ha ocurrido? —me gritó al tiempo que me daba una palmada en el hombro—. ¿Lo sabes?

—¿Qué? —vacilé.

—¡El avión que vimos ayer se estrelló anoche en la montaña! ¡Todos los hombres están batiendo la zona, con sus escopetas, para encontrar a su tripulación!

—¿Piensan matar a los soldados enemigos? —preguntó mi hermano, agitado.

—Seguro que no, no tienen suficientes cartuchos —explicó Morro de Liebre amablemente—, más bien intentan capturarlos.

—¿Qué puede haberle ocurrido a ese avión? —pregunté.

—Cayó en el bosque de abetos y se partió —contestó apresurado Morro de Liebre, con los ojos encendidos de excitación—. El cartero lo vio. ¿Sabes de qué bosque se trata?

Lo sabía. En aquel momento, en el bosque de marras, las flores de abeto debían de estar abriéndose, como las espiguillas de las gramíneas. Al término del verano, unas piñas parecidas a huevos de pájaro silvestre sustituirían a las pequeñas flores, e iríamos a recogerlas para utilizarlas como armas arrojadizas. Entonces, al atardecer o a la salida del sol, con una crepitación tan furiosa como repentina, los oscuros proyectiles ametrallarían las paredes del almacén…

—¿Entiendes lo que quiero decir?

Morro de Liebre encogía los labios, mostrando unas encías rojo brillante.

—¡Pues claro! ¿Vamos allí?

Me tocaba a mí hacerme el importante. Morro de Liebre sonrió con un aire astuto que dibujaba en torno a sus ojos una cantidad incalculable de arrugas y me miró en silencio. Me mosqueé.

—Si vamos, corro a ponerme una camisa y vuelvo —dije mirando a Morro de Liebre a los ojos—. Puedes adelantarte, te alcanzaré enseguida.

Todo el rostro de Morro de Liebre se llenó entonces de arrugas. Con un tono de voz que expresaba una irreprimible y desbordante satisfacción, dijo:

—¡Ni hablar! Los niños tenemos prohibido ir a la montaña. ¡Podrían confundirnos con los aviadores enemigos y matarnos!

Agaché la cabeza, con la mirada fija en mis pies desnudos, en mis dedos cortos y rechonchos, posados en el empedrado que el sol matutino abrasaba. La decepción invadía todo mi cuerpo, infiltrándose por doquier igual que la savia por los árboles; tenía la piel tan ardiente como las vísceras de un ave recién degollada.

—¿Qué cara deben de tener los enemigos? —preguntó mi hermano.

Abandoné a Morro de Liebre y, rodeando con el brazo el hombro de mi hermano, regresé por la calle mayor. Sí, ¿qué cara tendrían los soldados extranjeros? ¿Cómo, en qué postura, se ocultarían en nuestros prados o nuestros bosques? Me parecía notar la presencia de soldados extranjeros ocultos en todas partes, conteniendo su aliento en todos los prados y en todos los bosques que, desde el fondo del valle, rodeaban la aldea; tenía la sensación de que el débil rumor de su respiración se ampliaría y estallaría de repente en un formidable estruendo. El olor de su piel chorreante de sudor, y el violentamente agresivo de sus cuerpos, flotaba sobre el valle como si se tratara de un fenómeno atmosférico estacional.

—¡Me gustaría que no los mataran, que se limitaran a capturarlos y traerlos aquí! —dijo mi hermano, soñador.

Bajo la luz del sol, que caía a raudales, teníamos la garganta seca, la saliva pastosa y el vientre vacío hasta el punto de sentir el epigastrio contraído. Probablemente nuestro padre no regresaría antes de la noche, de modo que no teníamos más remedio que prepararnos la comida. Bajamos a la parte trasera del almacén, hasta el pozo y su cubo roto, y bebimos agua, apoyados con ambas manos en las piedras frías y rezumantes que sobresalían como vientres de crisálidas de la pared interior del pozo. Después de llenar de agua la poca profunda cacerola de hierro y colocarla en el fuego, hurgamos en el montón de sacos de arroz que estaba al fondo del almacén y encontramos unas cuantas patatas. Mientras las lavábamos, las sentíamos en nuestras manos tan duras como piedras.

La comida que siguió a estos esfuerzos fue sencilla pero abundante. Mientras comía con satisfacción sus patatas como un animal dichoso, mi hermano seguía soñando.

—¿Crees que los soldados se habrán encaramado a las copas de los abetos? ¡He visto una ardilla en la punta de una rama!

—No les será difícil ocultarse en los árboles: están en flor —contesté.

—¡Mi ardilla lo ha hecho en un abrir y cerrar de ojos! —dijo mi hermano sonriendo.

Imaginé a los soldados extranjeros escondidos en las ramas más elevadas de los abetos cubiertos de una profusión de flores semejantes a espiguillas de gramíneas, espiando a mi padre y a los demás hombres a través de los ramilletes de finas agujas verdes. Con los trajes de vuelo hinchados y constelados de flores pegajosas, debían de parecer ardillas gordas a reventar antes de la hibernación.

—Ocultos o no en los árboles, los ladridos de los perros los descubrirán —aseguró mi hermano.

Cuando nuestro estómago manifestó que ya no tenía más hambre, dejamos en la oscura doma la cacerola y las patatas, así como un puñado de sal, y fuimos a sentarnos en los escalones de piedra, a la entrada del almacén. Permanecimos allí largo rato, adormilados; después, al llegar la tarde, fuimos a bañarnos al manantial que alimentaba la fuente de la aldea.

Allí, Morro de Liebre, tumbado completamente desnudo en la losa más ancha y más cómoda, dejaba que las chiquillas acariciaran su sexo rosado como si fuera una muñequita. Congestionado, con una risa tan estridente como un chillido de pájaro, de vez en cuando daba una sonora palmada en el trasero, también desnudo, de una niña.

Mi hermano se acuclilló al lado de Morro de Liebre, y observaba con mucha afición la festiva ceremonia, de la que no se perdía detalle. Yo salpiqué de agua a la horrible chiquillería que, entre baño y baño, holgazaneaba bajo el sol al borde del manantial, y, poniéndome la camisa sin ni siquiera secarme, regresé a los escalones del almacén dejando la huella de mis pies mojados en las piedras de la calle. Allí, con las rodillas recogidas entre los brazos, permanecí largo tiempo sentado sin moverme. La excitante tensión de la espera y una sensación de ardiente ebriedad me recorrían todo el cuerpo y afloraban en mil lugares bajo mi piel como si otras tantas burbujas se reventaran… ptchi… ptchi…

Me imaginé entregándome a aquel extraño juego por el que Morro de Liebre manifestaba una predilección tan anormal. Sin embargo, cada vez que las niñas salían del baño desnudas, como el resto de la chiquillería, caminaban moviendo las caderas y me dirigían una tímida sonrisa, mientras una pincelada de un rosa indeciso, color de melocotón aplastado, se insinuaba entre los pliegues de su pequeño e inmaduro sexo, yo las llenaba de improperios y les tiraba piedras hasta obligarlas a esfumarse.

Esperé sin cambiar de postura hasta que todo el cielo de nuestro valle se llenó de las encendidas llamaradas del sol poniente y de unas nubes volanderas de colores, flameantes. Los hombres seguían sin regresar. La impaciencia me volvía loco.

Después las luces del crepúsculo palidecieron y un viento fresco, acogido gozosamente por la epidermis todavía abrasada por el sol del día, comenzó a soplar desde las profundidades del valle. Los velos de la noche acababan de alcanzar la sombra de los repliegues del valle cuando, acompañados por los ladridos de los perros, los hombres regresaron a la aldea, una aldea que no soportaba el silencio sin esfuerzo y cuyo espíritu había sido sometido a una dura prueba por la penosa espera. Junto con los demás niños corrí a su encuentro. Fue una sorpresa para mí descubrir, rodeado por nuestros mayores, a un gigante negro. Me quedé petrificado de miedo.

La comitiva avanzaba, con los labios apretados gravemente, rodeando la «presa», los torsos echados hacia adelante, igual que a la vuelta, en invierno, de una cacería de jabalíes. La «presa», por su parte, no llevaba un mono de vuelo de seda ocre ni botas negras de aviador de piel suave, sino una cazadora y un pantalón caquis y, en los pies, unas botas nada especiales que parecían muy pesadas. La «presa» caminaba con su ancha cara negra y reluciente levemente levantada hacia el cielo, donde todavía se demoraba un resto de luz, y cojeaba ligeramente arrastrando una pierna. Le habían rodeado los tobillos con una cadena de trampa para jabalíes que rechinaba con un sonido metálico. Inmediatamente detrás de los hombres que escoltaban a la «presa» iba el enjambre, silencioso, como está mandado, de la chiquillería. El cortejo avanzó con lentitud hasta la plaza, delante de la escuela, y se paró sin agitación ni ruido. Abriéndome paso en medio de los niños, llegué hasta la primera fila; pero el viejo jefe de la aldea nos ordenó, levantando la voz, que nos largáramos. Retrocedimos hasta los albaricoqueros, en una esquina de la plaza, fijamos allí resueltamente el límite de nuestro repliegue, y, de lejos, a través de la oscuridad que se iba espesando, seguimos contemplando la asamblea de los ancianos. Desde la entrada de las casas que daban a la plaza, con los brazos cruzados encima de sus batas blancas, las mujeres, preocupadas, se esforzaban por captar algo de los murmullos de los hombres que acababan de regresar con una «presa» de su peligrosa cacería. Morro de Liebre me asestó un violento codazo en el costado y me arrastró fuera del grupo de nuestros compañeros a la espesa sombra de un alcanforero.

—¿Has visto? ¡Es un negro! Siempre pensé que sería así —dijo, con la voz temblorosa por la emoción—. Es un negro auténtico, ¿sabes?

—¿Qué le harán? ¿Le fusilarán en la plaza?

—¿Fusilarle? —exclamó Morro de Liebre, desconcertado—. ¿Fusilar a un auténtico negro de carne y hueso?

—¡Se trata de un enemigo! —alegué sin excesiva convicción.

—¿Un enemigo? ¿Llamarle enemigo a algo así?

Morro de Liebre me agarró por la camisa y comenzó a insultarme, salpicándome de saliva con su labio partido.

—¡Es un negro, un negro! ¡No un enemigo!

—¡Eh, mirad eso!

Era la voz de mi hermano, vibrante de exaltación; procedía del grupo de niños.

—¡Mirad lo que hace!

Morro de Liebre y yo nos volvimos. Un poco al margen de los aldeanos, que le miraban con perplejidad, el soldado negro, con los hombros abatidos, orinaba. Le devoramos con la mirada mientras su silueta se fundía en la oscuridad con las sombras cada vez más espesas, dejando ver únicamente la cazadora y el pantalón caquis, bastante parecidos a un mono de faena. Orinó interminablemente, con la cabeza un poco ladeada y moviendo sus caderas, abatido, mientras se alzaban a su espalda, como una nube, los suspiros de los niños que estaban observándole.

De nuevo los hombres le rodearon y le arrastraron lentamente. Nosotros, abandonando nuestro rincón, los seguimos en profundo silencio, manteniéndonos a una distancia prudente. La escolta y la «presa» se detuvieron al lado del almacén, delante de la trampa por la que entraban y salían las cargas. Daba a la oscura escalera de la bodega donde eran almacenadas durante el invierno las mejores castañas del otoño, una vez seleccionadas y tratadas con bisulfuro de carbono para matar las larvas alojadas debajo de la corteza; la oquedad abierta hacía pensar en una madriguera. Con una lentitud solemne, como si asistiéramos al comienzo de un rito iniciático, el soldado negro desapareció por ella, escoltado por sus guardianes. Después, un brazo blanco de hombre se agitó por un instante y cerró desde dentro la pesada trampa. Con toda la atención del mundo, vigilábamos desde lejos los desplazamientos de una luz anaranjada detrás del angosto tragaluz que se extendía entre el techo de la bodega y el nivel de la calle. Ninguno de nosotros se sentía con la suficiente osadía para echar una mirada furtiva por la abertura. La insoportable espera de algo inminente nos extenuaba. Sin embargo, no sonó ningún disparo. En lugar de ello, se levantó un poco la trampa de la bodega y el rostro bronceado del jefe de la aldea apareció por la abertura. Sus furiosos insultos nos obligaron a renunciar a observar, ni que fuera de lejos, el tragaluz; todos nos largamos corriendo por la calle, sin una palabra de protesta pero con el corazón henchido de una expectativa que llenaría de pesadillas nuestras horas nocturnas. El ruido de nuestros pies sobre las piedras engendraba un miedo que nos perseguía.

Mi hermano y yo dejamos allí a Morro de Liebre, absolutamente decidido, pese a todo, a presenciar de cerca lo que ocurriera entre los adultos y el prisionero. Rodeando el almacén, alcanzamos la puerta trasera y, afianzándonos bien por la rampa siempre húmeda, subimos al granero que nos servía de vivienda. ¡Íbamos a vivir en la misma casa que la «presa»! Claro está que, por más que aguzáramos el oído, no conseguiríamos escuchar los gritos proferidos en la bodega; pero ello no impedía que fuera algo extraordinario y arriesgado, realmente increíble para nosotros: ¡el catre sobre el que nos acostábamos estaba justo encima de la bodega a la que había sido llevado el soldado negro! Mis dientes castañeteaban de exaltación, de miedo y de alegría, mientras que mi hermano, acurrucado debajo de la manta, era sacudido por escalofríos como si hubiera cogido una gripe. Pero mientras esperábamos el regreso de nuestro padre arrastrando su pesada escopeta y su cansancio, sonreíamos al pensar en el maravilloso regalo que acabábamos de recibir.

Apenas habíamos empezado a comer las patatas abandonadas antes —ahora frías, duras y húmedas—, no tanto para satisfacer nuestra hambre como para distraer, mediante una meticulosa masticación y el gesto de alzar y luego bajar los brazos, el tumulto que agitaba nuestro ánimo, cuando nuestro padre, llevando al paroxismo la impaciencia que nos embargaba, subió la escalera. Temblorosos, no le quitábamos los ojos de encima mientras colgaba su escopeta del gancho y se sentaba en la manta tendida en el suelo; pero se quedó allí sin decir nada, limitándose a mirar de reojo la cacerola de patatas que estábamos a punto de vaciar. Me dije que estaba muerto de cansancio y de muy mal humor. ¡Pero, al fin y al cabo, nosotros, los niños, no podíamos hacer nada para aliviarle!

—¿No queda arroz? —preguntó mirándome fijamente. La piel de su cuello, invadida por una barba hirsuta, se hinchó como una bolsa.

—No —dije a media voz.

—¿Tampoco queda cebada? —gruñó enfadado.

—¡No hay nada! —le contesté irritado.

—¿Y el avión? —preguntó tímidamente mi hermano—. ¿Qué le ha ocurrido?

—Ardió. Estuvo a punto de quemar el bosque.

—¿Todo? ¿No queda nada?

Mi hermano suspiró.

—Solo queda la cola.

—La cola… —repitió mi hermano, fascinado.

—¿Había algún otro soldado? —pregunté a mi vez—. Supongo que no iba solo a bordo.

—Había otros dos. Muertos. Él se tiró en paracaídas.

—En paracaídas… —comentó mi hermano, cuya voz era cada vez más soñadora.

Me armé de valor.

—¿Qué pensáis hacer con él?

—Cebarlo hasta que se sepa qué deciden en la «ciudad».

—¡Cebarlo! ¿Cómo si fuera un animal? —exclamé, bastante sorprendido.

—Es una bestia, ni más ni menos que una bestia —dijo mi padre gravemente—. Apesta como un buey.

—Me gustaría mucho verle —sugirió mi hermano mirando a nuestro padre. Pero este, taciturno, no volvió a abrir la boca y bajó por la escalera.

Esperamos, acuclillados en la madera de nuestro catre, a que nuestro padre regresara con el arroz y las legumbres que había ido a pedir prestadas y preparara para nosotros tres un guiso caliente y abundante. Estábamos tan excitados que no teníamos ni hambre. La piel de nuestros cuerpos temblaba de excitación con movimientos nerviosos y convulsivos, igual que los órganos de una perra en celo. «¡Están cebando al soldado negro!». Me abracé a mí mismo. Tenía ganas de desnudarme y gritar hasta desgañitarme…

¡Le estaban cebando como a un animal…!

A la mañana siguiente mi padre, sin decir palabra, me despertó de un empujón. Acababa de amanecer. Por las rendijas de los tablones de madera se filtraba una luz pesada y una niebla turbia, de color ceniza. Tardé en despertarme por completo el tiempo de engullir mi desayuno frío. Mi padre llevaba la escopeta al hombro y la fiambrera colgada del cinturón; con unos ojos que la falta de sueño ensuciaba con reflejos amarillentos contempló cómo daba cuenta de mi desayuno. Al ver sobre sus rodillas un fardo envuelto en tela de embalar que sin duda contenía pieles de comadreja, contuve la respiración y pensé: «Vamos a “la ciudad”». Y, seguramente, para informar a la alcaldía del asunto del soldado negro.

Un torrente de preguntas se removía en el fondo de mi garganta, frenando el ritmo de mi deglución. La fuerte mandíbula de mi padre, cubierta por una barba hirsuta, no paraba de moverse, como si mascara granos de cereales. Estaba claro que la falta de sueño le ponía nervioso e irascible; era inútil hacerle preguntas respecto al soldado negro. La noche antes, después de cenar, había recargado su escopeta y había bajado para montar guardia.

Mi hermano dormía, con la cabeza cubierta por la manta que olía a hierba seca. Cuando terminé de desayunar, me alejé de puntillas procurando no hacer ruido para no despertarle. Me puse una camisa verde de tela gruesa, me calcé unas zapatillas de deporte que casi nunca utilizaba, me cargué a hombros el fardo que mi padre había tenido sobre sus rodillas y bajé corriendo la escalera.

La niebla se deslizaba a ras de las piedras mojadas de la carretera; la aldea, rodeada por la bruma, seguía profundamente dormida. Las gallinas, fatigadas, permanecían mudas; ni los perros ladraban. Arrimado a un albaricoquero, al lado del almacén, vi a un hombre armado con una escopeta, la cabeza ligeramente ladeada. Era el centinela. Mi padre cambió con él unas palabras en voz baja. Me atreví a dirigir una rápida mirada al tragaluz, que parecía una negra herida, y el miedo me congeló: ¿y si los brazos del soldado surgían del agujero y me capturaban? Quería alejarme de la aldea cuanto antes.

Cuando nos pusimos en marcha, siempre silenciosos, procurando no resbalar sobre las piedras mojadas, el sol consiguió perforar la espesa niebla y nos ametralló con rayos ardientes y tenaces.

Al salir del bosque de cedros, donde nos habíamos sentido en plena noche, para alcanzar el camino de la cresta tomamos el sendero que escalaba la ladera de arcilla blanda y roja, que se nos pegaba a las suelas. La niebla se deslizaba socarronamente a nuestro alrededor dejando sobre nosotros gruesas gotas de lluvia que llevaban hasta el fondo de mi boca un sabor metálico; me dificultaba la respiración, empapaba mis cabellos y depositaba unas perlas de un brillo plateado en el cuello de mi camisa de algodón arrugada y mugrienta. Más que de las aguas que manaban justo debajo de la alfombra de hojas podridas, tan blanda al caminar, y atravesaban nuestro calzado y nos congelaban los dedos de los pies, teníamos que precavernos de las heridas de los ariscos matorrales de helechos, cuyos tallos traspasan la piel como agudos clavos, o de provocar la cólera y el ataque de alguna víbora silenciosa al acecho entre sus raíces obstinadamente extendidas por todas partes.

Cuando salimos de la sombra de los cedros al camino que rodeaba los matorrales, la niebla acababa de disiparse y ya era de día. Sacudí de mi camisa y de mi pantalón las gotas de agua que los perlaban con el mismo cuidado que si se hubiera tratado de semillas erizadas de púas. El cielo despejado era de un azul agresivo. A lo lejos se sucedían montañas y más montañas, tenían el color cobrizo del mineral que solíamos recoger en una mina abandonada del valle; su oleaje azul como la noche. Un trozo de mar auténtico asomaba deslumbrante bajo el sol blanco e incandescente.

A nuestro alrededor solo se oían los cantos de los pájaros. Las ramas superiores de los grandes pinos murmuraban agitadas por el viento. Mi padre, al aplastar con la bota un montículo de hojas secas, hizo salir de él de un gran salto, como un surtidor grisáceo, a un aterrorizado ratón campestre, más muerto que vivo, que me asustó por un momento antes de desaparecer corriendo entre la maleza ya enrojecida por el otoño.

—¿Vamos a la ciudad para hablar del negro? —le pregunté a mi padre, de quien solo veía la fornida espalda.

—¿Qué? —gruñó—. ¡Ah!, sí…

—¿Crees que la policía subirá hasta aquí?

—No lo sé —masculló—. Hasta que el gobierno civil esté informado, no se puede decir nada.

—¿No podríamos seguir cebándolo en el pueblo? —dije—. ¿Crees que es peligroso?

Mi pregunta tropezó con un mutismo deliberado. Reviví mentalmente la sorpresa y el espanto de la noche anterior, cuando trajeron al soldado negro al pueblo. ¿Qué estaría haciendo en aquel momento en su bodega? Se escapará de ese agujero, y matará a todos los habitantes y a los perros de la aldea y prenderá fuego a las casas. Un escalofrío de terror recorrió mi cuerpo, y me esforcé por no seguir pensando en ello. Adelanté a mi padre y bajé corriendo la prolongada pendiente hasta quedarme sin aliento.

Cuando llegamos al llano, el sol dominaba el cielo. A trechos, a ambos lados del camino, pequeños desprendimientos de tierra habían dejado al descubierto, tan roja como la sangre fresca, la arcilla, que brillaba bajo el sol. Caminábamos con la frente desnuda expuesta a sus tórridos rayos. El sudor corría sobre la piel de mi cráneo y, deslizándose entre mi pelo corto, me caía por la frente hasta las mejillas.

Una vez en «la ciudad», apretado contra la cadera de mi padre, caminé por las calles sin mirar a los chiquillos que me provocaban. De no haber sido por la presencia de mi padre, sin duda me habrían insultado y arrojado piedras. Yo odiaba a los chicos de «la ciudad» tanto como a algunas bestezuelas a las cuales nunca había podido acostumbrarme; despreciaba a aquellos pilluelos de miradas burlonas, flacos como un palo, bañados por la luz del mediodía. Y creía que, de no haber sido por las personas mayores que desde el fondo de las tiendas nos seguían sin duda con la mirada, habría podido tumbarlos a todos a puñetazos.

El ayuntamiento estaba cerrado por el descanso del mediodía. Nos pusimos a bombear la fuente de la plaza mayor para saciar nuestra sed; después esperamos largo rato, sentados en unas sillas de madera junto a una ventana en que reverberaban los rayos de un sol ardiente. Al fin, terminado su almuerzo, apareció un viejo empleado. Mi padre y él hablaron en voz baja y después entraron juntos en el despacho del alcalde. Por mi parte, llevé las pieles de comadreja a la taquilla detrás de la cual se alineaban diferentes balanzas de pequeño tamaño. Allí contaron las pieles y anotaron el total en un registro, así como el nombre de mi padre. Vigilé las operaciones muy de cerca cuando la empleada —una miope que llevaba unas gafas muy gruesas— apuntó el número de pieles.

Realizada esta tarea, ya no me quedaba nada por hacer. Mi padre tardaba en salir. Entonces, con los zapatos en la mano y los pies desnudos resonando como ventosas sobre el suelo del pasillo, busqué a la única persona que conocía en «la ciudad», el hombre que solía subir a la aldea para traernos notificaciones. Solo tenía una pierna. En la aldea todo el mundo, niños y adultos, le llamaba Chupatintas, pero prestaba diversos servicios, como ayudar al médico en la escuela durante la revisión médica.

—¡Vaya, aquí tenemos a un «sapito»! —gritó Chupatintas levantándose de la silla situada enfrente del tabique móvil que dividía la habitación. Aunque un poco molesto, me acerqué a su mesa de trabajo; si nosotros le llamábamos Chupatintas, que él llamara sapitos a los niños de la aldea resultaba de lo más normal. Estaba muy contento de haberle encontrado.

—Parece que habéis capturado a un negro, ¿verdad, sapito? —dijo Chupatintas moviendo su pierna artificial debajo de la mesa.

—Sí —contesté apoyando las manos en su escritorio, donde, envuelta en una hoja amarillenta de periódico, estaba su fiambrera.

—¡No está mal!

Orgulloso, asentí con la cabeza fijando la mirada en sus labios azulados; me habría gustado hablar como un adulto del soldado negro que llegó a la aldea arrastrado como una presa en la noche, pero no encontraba las palabras para describirlo. Me limité a preguntar:

—¿Piensan matar a ese soldado negro?

—A decir verdad, no lo sé.

Chupatintas apuntó con su barbilla al despacho del alcalde.

—Ahora deben estar decidiéndolo.

—¿Lo trasladarán a la ciudad?

—¡Se te ve muy contento de que la escuela esté cerrada! —dijo Chupatintas eludiendo mi importante pregunta—. La maestra es una manta. No para de quejarse. ¡No hay manera de que suba hasta allí! ¡Todos los chiquillos de la aldea le parecen sucios y malolientes!

No me sentía orgulloso de la mugre de mi cuello, pero, aun así, levanté la cabeza con aire desafiante y fingí reírme. La rígida pierna artificial de Chupatintas asomaba por debajo de su escritorio y rebotaba. Me gustaba verle saltar por el camino del monte con su pierna sana, su pata de palo y una única muleta; pero aquí, sentado en su silla, su pierna artificial tenía algo de espeluznante y turbio, al igual que los chiquillos de «la ciudad».

—De todos modos, eso de que la escuela esté cerrada te encanta, ¿verdad? —dijo Chupatintas riéndose, mientras su pierna artificial rebotaba debajo de la mesa—. ¡Seguro que tú y tus compañeros preferís divertiros en la calle que ser tratados como boñigas en clase!

—¡Qué se creen! Ellas también son sucias —dije.

Era cierto: todas las maestras eran feas y sucias. Chupatintas soltó una carcajada. Pero mi padre acababa de salir del despacho del alcalde y me llamaba en voz baja. Chupatintas me dio una palmadita amistosa en el hombro, yo se la devolví en el brazo, y salí corriendo.

—No dejes que el prisionero se escape, ¿eh, sapo? —gritó Chupatintas a mi espalda.

—¿Qué han decidido respecto al soldado? —le pregunté a mi padre mientras cruzábamos «la ciudad» abrumada por el sol.

—¿Les crees capaces de asumir la más mínima responsabilidad? —se limitó a contestarme con violencia, como si me echara una bronca. Intimidado por su mal humor, decidí callar y seguí caminando en zigzag buscando la escasa sombra de los desmedrados árboles que crecían a los lados de la calle. En «la ciudad» hasta los árboles eran, al igual que los críos, antipáticos e insidiosos.

Llegamos al puente que señalaba el final de la población. Mi padre se sentó sobre el bajo pretil y, siempre sin decir nada, abrió el paquete que contenía nuestro almuerzo. Tuve que seguir haciendo esfuerzos heroicos para no hacerle preguntas y tendí mis dedos algo sucios al paquete, colocado sobre las rodillas de mi padre. En silencio, comimos nuestras bolas de arroz hervido.

Terminábamos nuestro almuerzo cuando se acercó una chiquilla para cruzar el puente. Su cuello era fresco y delicado como el de un pájaro. Una rápida mirada crítica a mi atuendo y a mi aspecto me llevó a la conclusión de que yo era mucho más apuesto y más fuerte que cualquier muchacho de «la ciudad». Estiré las piernas y aguardé a que la niña pasara a mi altura. La sangre latía en mis oídos. Ella me miró durante una fracción de segundo con el ceño fruncido y pasó de largo rápidamente. De repente, perdí el apetito. Por la estrecha escalera abierta en la cabeza del puente bajé al lecho del río para beber un poco de agua. Estaba lleno de altos tallos de ajenjo. Los aparté con los pies para abrirme paso hasta el borde del agua, que era de color pardo, turbia y sucia. Me sentí infinitamente miserable y desvalido.

Con las pantorrillas entumecidas y la cara recubierta de una mezcla de sudor, grasa y polvo, regresamos recorriendo a la inversa el camino de la montaña; cuando bajamos hasta la entrada de la aldea, después de cruzar de nuevo el bosque de cedros, ya había oscurecido por completo, y si bien el calor del sol seguía dentro de nuestros cuerpos, la densa niebla que se estaba alzando nos acariciaba con una deliciosa frescura.

Dejé que mi padre se dirigiera solo a la casa del jefe de la aldea, para darle su informe, y subí a nuestro piso del almacén. Mi hermano dormía a pierna suelta, echado en nuestro catre. Le cogí del hombro y, sacudiéndole para despertarle, noté en mi palma la fragilidad de su osamenta. Al contacto de mi mano ardiente sobre su piel desnuda, sus músculos se contrajeron ligeramente, pero al punto abrió los ojos, en los que no había ninguna señal de cansancio o miedo.

—¿Qué tal, muchacho, cómo se ha portado? —le pregunté.

—No ha hecho más que dormir en su bodega —contestó mi hermano.

—¿No has tenido miedo, estando solo? —le pregunté amablemente.

Dijo que no con la cabeza mirándome con toda seriedad. Entreabrí el postigo corredero de madera y me encaramé al alféizar de la ventana para mear. La niebla, igual que un ser dotado de vida, se arrojó sobre mí y me rodeó; en un abrir y cerrar de ojos se me metió hasta el fondo de la nariz. El chorro de orina llegaba lejos y rebotaba encima de las piedras de la calle; cuando cayó sobre el tejadillo de la ventana de la planta baja, que sobresalía de la pared, unas tibias salpicaduras mojaron la parte superior de mis pies y mis muslos, granujientos porque se me había puesto la carne de gallina. Mi hermano, con la cabeza acurrucada en mi costado como un animalito, contemplaba el espectáculo con el mayor interés.

Seguimos un momento en la misma posición. Del fondo de nuestras estrechas gargantas subía una oleada de pequeños bostezos, cada uno de los cuales hacía aparecer en nuestros ojos unas cuantas lágrimas límpidas y desprovistas de significado.

—¿Morro de Liebre ha ido a verle? —le pregunté a mi hermano, que, en sus esfuerzos por ayudarme a cerrar el postigo, mostraba la musculatura de sus hombros.

—No, riñen a todos los niños que se acercan por la plaza —contestó con expresión de despecho—. Pero dime, ¿vendrán de «la ciudad» para llevárselo?

—No lo sé —contesté.

Oímos que mi padre y la propietaria del colmado entraban en la planta baja. La mujer no paraba de decir que se sentía totalmente incapaz de bajar a la bodega para llevarle la comida al soldado negro.

—¡No puede pedirme eso a mí, una mujer! ¿Por qué no manda a su hijo?

Yo estaba agachado, a punto de quitarme las zapatillas, pero me incorporé. La pequeña y suave mano de mi hermano se crispaba en mi cadera. Esperé la llamada de mi padre mordiéndome el labio.

—¡Ven acá! ¡Baja!

Al instante arrojé las zapatillas debajo del catre y bajé las escaleras de dos en dos.

Con la culata de su escopeta, que sostenía ante sí, me señaló la cesta con comida que la mujer había dejado en el suelo. Asentí con un gesto y la así firmemente. Sin decir palabra salimos del almacén al aire helado a causa de la niebla. Bajo nuestros pies, las piedras del camino conservaban un resto del calor del día. Ya nadie montaba guardia al lado del almacén. Al descubrir la débil claridad que se filtraba por el tragaluz, noté que el veneno del cansancio me atenazaba todo el cuerpo con sus toxinas. Sin embargo, los dientes me castañeteaban por la excitación: por primera vez, iba a tener la ocasión de ver al hombre negro de muy cerca.

El imponente candado que cerraba la trampilla estaba cubierto de gotas de agua. Tras retirarlo, mi padre examinó el interior de la bodega; después bajó solo, con un cuidado infinito, sujetando la escopeta. Yo esperé agazapado en la entrada. El aire saturado de humedad se me pegaba a la nuca como un collar. Consciente de las innumerables y expectantes miradas que se clavaban en mi espalda, sentía vergüenza por el temblor de mis robustas piernas morenas.

—¡Acércate! —exclamó mi padre con voz ahogada.

Bajé unos cuantos peldaños apretando la cesta contra mi pecho. A la débil claridad que proporcionaba una bombilla desnuda, vi a la «presa» acurrucada en el suelo. Por un momento quedé fascinado contemplando la gruesa cadena de trampa para jabalíes que ataba su negro pie a una pilastra. La «presa», que se rodeaba las rodillas con los brazos y tenía el mentón hundido entre sus largas piernas, alzó hacia mí unos ojos inyectados en sangre, unos ojos aceitosos cuya viscosidad parecía atraparte. Toda la sangre se me agolpó de repente en las orejas, y me puse colorado como la cresta de un gallo. Desviando la mirada, levanté los ojos hacia mi padre, que se apoyaba en la pared apuntando con la escopeta a la «presa». Con un gesto de la barbilla, mi padre me indicó que me acercara. Entornando los ojos, avancé en línea recta y dejé la cesta con la comida delante del soldado negro. Mientras retrocedía de espaldas, una llamarada de pánico me retorció las entrañas y tuve que reprimir las ganas de vomitar. Todos teníamos la mirada fija en la cesta de provisiones: el prisionero, mi padre y yo. A lo lejos ladró un perro. Detrás del agujero del tragaluz, la plaza en tinieblas estaba desierta y silenciosa.

La cesta de provisiones, sobre la que se había posado indecisa la mirada ansiosa del soldado negro, adquirió de repente para mí un renovado interés. Ahora la veía con los ojos del soldado negro hambriento: contenía varias bolas grandes de arroz hervido, así como pescado salado a la brasa y verduras guisadas; también había leche de cabra en una jarra de cristal tallado de ancho gollete. El soldado negro seguía en la postura que tenía en el momento en que entré sin apartar los ojos de la cesta y de su contenido. La situación se prolongaba, hasta el punto de que incluso yo, que tenía el vientre vacío, comencé a sentir calambres en el estómago. De pronto me pregunté si el soldado negro no tocaba la cena que le ofrecíamos por desprecio a su pobreza. Un sentimiento de vergüenza me invadió. Si el soldado negro seguía sin tocar la cena, mi sentido de la vergüenza se contagiaría a mi padre y él, abrumado por la humillación, reaccionaría con indignación, ¡y todo el pueblo se contagiaría de esta vergüenza y se sublevaría contra la afrenta sufrida!

Pero de repente el soldado estiró el brazo —un brazo increíblemente largo—, alzó entre sus gruesos dedos, cuyas falanges estaban erizadas de pelos, la botella de ancho gollete, se la acercó y la olió. Después la inclinó, abrió sus labios como de caucho, descubrió dos perfectas hileras de dientes fuertes y deslumbrantes, cada uno en su sitio exacto igual que las piezas de una máquina, y vi cómo la leche caía en las profundidades rosadas y relucientes de su amplia garganta. La nuez del negro cloqueaba como un desagüe cuando chocan en él el agua y el aire. Por las dos comisuras de la boca, que daba la penosa sensación de ser una fruta demasiado madura estrangulada por un cordel, la leche grasienta se desbordaba, bajaba a lo largo del cuello, mojaba la camisa abierta, caía por el pecho y se inmovilizaba en la piel pegajosa con reflejos oscuros en forma de gotas viscosas como la resina que temblequeaban. Descubrí, en medio de la emoción que me resecaba los labios, que la leche de cabra era un líquido extraordinariamente hermoso.

Ruidosamente, con un gesto brusco, el soldado negro devolvió la botella a la cesta. Ahora su vacilación del principio había desaparecido por completo. Hacía rodar entre sus enormes manos las bolas de arroz, que parecían minúsculos pastelillos; trituraba el pescado seco, incluidas las espinas, con sus mandíbulas de dientes deslumbrantes. Pegado a la pared al lado de mi padre, me sentía lleno de admiración ante aquella poderosa masticación de la que no se me escapaba nada. El soldado negro estaba absorto por la comida, y no prestaba la menor atención a nuestra presencia; yo podía estudiar, pese a los esfuerzos que hacía para acallar los rumores de mi estómago, sí, estudiar (aunque con el pecho algo oprimido), la soberbia «presa» de los hombres de la aldea. ¡Sí, era realmente una «presa» soberbia!

Un casco de cabellos crespos cubría la estructura perfectamente diseñada del cráneo. A uno y otro lado caía una cascada de menudos rizos que, por encima de unas orejas puntiagudas como las de un lobo, adoptaban el color de una mecha chamuscada. La piel de la garganta y el pecho estaba como iluminada interiormente por una luz violácea, y cada vez que giraba su cuello grasiento y poderoso, formando profundos pliegues en la piel, yo no podía contener los latidos de mi corazón fascinado y hechizado. Y después estaba también el olor de su cuerpo, que lo impregnaba todo como un veneno corrosivo, imperioso y persistente como una náusea que te sube de repente a la garganta, un olor que me encendía los pómulos, que me llenaba de sensaciones semejantes a ramalazos de locura…

Mientras contemplaba al soldado negro y su voracidad de rapaz, mi pupila febril y lacrimosa, como si estuviera inflamada, metamorfoseaba los sencillos alimentos de la cesta en un suntuoso y excesivamente rico festín exótico. Si hubiera dejado la más mínima migaja, con secreta voluptuosidad me habría apoderado de ella con mis dedos temblorosos y la habría engullido inmediatamente. Pero el soldado negro no dejó nada e incluso rebañó con la yema del dedo el plato de las verduras guisadas.

Mi padre me dio un codazo en el costado. Como si despertara de un turbio y licencioso sueño, avancé hacia el cautivo lleno de cólera y de vergüenza y recogí la cesta. Protegido por el cañón de la escopeta de mi padre, di la espalda al soldado y comencé a subir la escalera cuando le oí toser, con una tos gruesa y grave. Tropecé en el escalón y a causa del pánico se me puso la carne de gallina.

En lo alto de la escalera del primer piso del almacén había un espejo de sombríos reflejos colgado torcido en el hueco de una viga. Lo que descubrí en su superficie débilmente iluminada mientras subía los escalones fue un pálido muchacho japonés absolutamente insignificante cuyo rostro se agitaba tembloroso y que se mordía los labios exangües. Mis brazos colgaban inertes, me sentía a punto de llorar. Tuve que hacer un esfuerzo para dominar una patética sensación de derrota; abrí de nuevo en nuestra habitación los postigos que alguien, no sabía cuándo, había cerrado.

Mi hermano estaba echado en el catre. Tenía la mirada brillante, febril y parecía agotado por el miedo.

—¿Has sido tú quien ha cerrado los postigos? —le pregunté adoptando una actitud arrogante destinada a ocultar el temblor de mis labios.

—Sí —dijo entornando los ojos, avergonzado de su cobardía—. ¿Qué pasa con la «presa»?

—Apesta —comenté, abrumado de repente por el cansancio.

Era cierto. Ya no sabía qué hacer con mis desgastados sentidos; el cuerpo me pesaba como una esponja empapada de agua, después del descenso a «la ciudad», de la cena del soldado negro, de toda aquella larga jornada de actividad ininterrumpida.

Me quité la camisa, que seguía constelada de briznas de hierba, de hojas secas y de bayas hirsutas, y me incliné para limpiarme los pies desnudos con una bayeta, dándole a entender ostensiblemente con estos gestos a mi hermano pequeño que no estaba de humor para contestar más preguntas. Me miró con expresión hosca y preocupada. Me eché a su lado, cubriéndome hasta la barbilla con la manta que olía a sudor y a animal joven. Mi hermano se sentó sobre el trasero, con las rodillas juntas y apretadas contra mi espalda, y se limitó a observarme sin llevar más allá sus preguntas: exactamente igual que cuando me aquejaba la fiebre; por mi parte, también exactamente igual que cuando estaba enfermo y tenía fiebre, solo aspiraba a una cosa: dormir.

 

(continuará…)

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