Pasiones

Marcos Tabossi

 

 

Están en la cocina. Ella le pone la mano en su mejilla y le habla de frente, al límite del beso. Él, todavía con las flores en la mano, se deja invadir. Ella le saca el ramo y lo hace desaparecer llevándolo a otro ambiente. Las cortinas están corridas y puedo ver todo, hasta los fideos colgando de la cuchara cuando ella sirve en los platos. Después se sientan a la mesa, comen pastas y toman vino. Es extraño, ella siempre tiene la precaución de cerrar. Apenas llega a la casa, cerca de las siete, cierra las cortinas y prende las luces. Ahora brindan dos o tres veces. Aprovecho el momento de la cena para calentar algo de comida que tengo en la heladera. Después vuelvo al sillón y apago la luz de la lámpara. Ella parece mirarme. Está sentada frente a la ventana y se asoma, a veces, intentando mirar por encima del hombro de él. Como si necesitara cerciorarse de que yo esté ahí, testigo de lo que vendrá.

Al momento de lavar los platos, él se para tras ella y le hace sentir su cuerpo respirándole en el cuello. Ella deja correr el agua y pone sus manos contra la pared simulando ser una sospechosa detenida por la policía. Él hace el resto y ella, cada tanto, gira la cabeza buscando descubrirme en la oscuridad de mi casa. Al terminar destapan la segunda botella de vino, él sirve las copas y la luz de la cocina queda prendida cuando ahora se enciende la del cuarto. Apoyan las copas llenas sobre una repisa y en el tiempo que tardo en llevar mi plato a la mesada, ya se han sacado la ropa.

Ella, con maestría, parece dirigir los movimientos y quedar, siempre, frente a la ventana. Puedo escuchar sus gritos silenciosos cuando gime, sus gestos apretados de placer. El cansancio de él que lo hace mermar en la intensidad. Después, ella lo acuesta de un empujón y se sienta en su cintura. Se mueve en forma grotesca, parece una actriz porno. Sus manos presionan el vientre como una técnica de primeros auxilios y su mirada que traspasa los límites de su cuarto, dedican la escena al vecino de las tinieblas. Es entonces cuando, en el epílogo, saca el cuchillo quién sabe de dónde y empieza con la faena. Habrán sido diez, doce puñaladas. Una igual a la otra, en forma rítmica y desinteresada, como si estuviera picando hielo. Picando hielo frente a la ventana donde se contempla, como si fuera un espejo. Sonríe apenas, porque el placer va por dentro. Cierra los ojos para que no le entre la sangre.

No voy a poder moverme del sillón en toda la noche. No sé qué hacer. Tengo el celular en la mano pero no puedo llamar a nadie, ni siquiera encenderlo: La luz de la pantalla puede delatarme.

El cuarto queda a oscuras y unas horas después, ya de día, las cortinas tapan la escena. No así en la cocina, donde cerca de las ocho la veo aparecer. Se toma su tiempo para poner el agua, limpiar la mugre del día anterior y prender un cigarrillo. Prepara el mate. Después se sienta en la banqueta y mira mi ventana. Se acerca al vidrio con los ojos clavados en los cristales. Se chupa el índice y refriega sobre una manchita negra, en uno de los ángulos.

 

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