La vida perra de Juanita Narboni [Fragmento]

Ángel Vázquez

 

 

Cada día me cuesta más trabajo ponerme las medias. Si tuviera ocasión y pudiera ir a Madrid, me compraría un abriguito de entretiempo. Estas cosas indudablemente, son michelines. ¡Tócate bien, Juani! Michelines… ¡Quién te lo iba a decir! Yo  que siempre creí que eso era un anuncio. ¡Y pensar que aún no hace diez años yo era una mujer delgada! Delgada, delgadísima. «Patas de alambre» me llamaban las niñas en la escuela. Sobre todo aquella hija de puta de la nieta de Madame Naudy. ¡Bien muerta está! Echo de menos los altavoces. Con este levante no creo que aparezca nadie por aquí. ¿Qué habrá sido de Riña Ketty? Cantaba «Sombreros y mantillas» de morir. Ese es el hijo de Cecilia. Parece mentira. ¡Y pensar que lo he visto nacer! Una prenda. Que Dios se lo conserve. Dicen que nada mejor que un delfín. ¡Qué guapo es! No se parece mucho a Cecilia, y para nada a Rodolfo. La Virgen del Carmen quiera que a Ricardito Atalaya no se le ocurra equivocarse de bandera. Y, ahora, este tonto viene a echarme. Si te conozco, niño. Tú eres el hijo de Isabel, aquella criada que mamá se trajo de Cartagima. Estuvo un tiempo sirviendo en casa y luego nos la quitó María Benet. No. No voy a comer, ni muchísimo menos. Con lo que cuesta aquí el cubierto yo tengo para una semana. Le preguntaré por la madre. Como la que no quiere la cosa. Eso le desconcertará. Lo que yo decía. Se ha quedado de piedra. ¡Cómo sonríe el cabrón! Me alegro de que Isabel esté bien, y que hayan puesto un chiringuito en Algeciras. ¡Claro que soy la Señorita Narboni! Nada de por casualidad… Juani Narboni, para que te enteres. ¿Cómo no me va a bendecir tu madre, mi rey? A nosotros nos debe el que se casara con tu padre. Para eso, la descansada de mamá tenía muy mala leche. Lo hizo expresamente para que se saliera de casa de María Benet. De tu padre no me acuerdo. Cochero, me parece que fue. Eso es. Gracias, hijo. Tú haz la vista gorda. ¡Claro que conozco a Madame Marinetti! Menuda perra es. Si fue amiga de mi hermana, para que sea buena. Se me ha metido un grano de arenilla en un ojo. ¿Dónde habré puesto las gafas? Gracias, mi vida, gracias por ofrecerme algo de picar. Ahora me acuerdo de aquellas aceitunas aliñadas que preparaba tu madre. Intentaré sonreír. Claro que no puedes estar contento aquí. No la pudo soportar ni su propio marido. Ya lo sé, todos, tarde o temprano, nos tendremos que ir. Sólo que tú, mi vida, te irás a Suiza o a Alemania, mientras que yo acabaré en el cementerio de Bubana, rodeada de amapolas por todas partes. La verdad es que, a estas alturas, nadie me resuelve el problema. Mira quién llega: Rupert, el escritor inglés, con su morito correspondiente Otro chiflado, por no llamarlo otra cosa. Siempre ha sido muy correcto conmigo. Inclina la cabeza, maricón. Yo también te saludo. Sé más de lo que tú te piensas, encanto. Ya sé que me saludas como si saludaras a un setter, pero es de agradecer. Morning, dear. Me arreglaré un poco este pelo, tampoco es normal que esté yo aquí hecha una desordenada. El hijo de Isabel me mira como si yo fuera un bicho raro. La ciudad está llena de bichos raros, niño. No creo que la cosa sea para sorprenderse. Voy a vestirme. Tengo la vaga impresión de que voy desnuda. Y eso que este «Jantzen» es de lo más modosito. Hijito, si no te importa voy a vestirme. Le haré una señal para que cuide de mi bolso. Para lo que está que ver. Ni siquiera me he traído esa crema que me recomendó Julita. ¡Me da un asco! Parece mierda. Ayer vi un anuncio en Mujer de una crema española. Tengo que preguntarle a Obdulia, ella siempre tiene de todo. ¡Qué pereza me da ir hasta la cabina! ¡Qué remedio! Haremos un pequeño esfuerzo. Me paso la vida haciendo pequeños esfuerzos, cuando lo bueno sería hacer lo que hizo esa marrana, uno grande. Y acabar de una vez. Ya estoy aquí. Me voy a quitar un poco de rouge. Creo que me he pasado. Entre que esos cabrones de la Electra me han cortado la luz —mañana iré a pagar el recibo, cola y todo lo demás —, me molesta, la verdad, las cosas como son. Me molesta. Y encima, yo que cada vez veo menos. Bien que me lo advirtieron don Jesús Pérez y Madame Pichery, pero una, por coquetería y por seguir los consejos de esa penca, a quien en el fondo le importaba un comino que yo me quedara ciega y lo único que quería era que no la dejara mal frente a sus amigas… No se puede luchar contra el tiempo, Juanita. Que se te quite de la cabeza. Tengo hambre. Siempre he tenido hambre y miedo. Preciosa mezcla. Dos cosas bonitas, no haya un mal. Me gusta oír el ruido del viento, mezclado con el del mar. Desde aquí dentro, claro. Encerrada. Parece como si hubiera quedado enterradita y el mundo siguiera funcionando fuera. En cuanto salga y me dé un golpetazo de luz me pondré nerviosa. Ya llegó esa hija de puta. No la puedo ver. Me respeta, pero me odia. Yo también a ti, no te creas. Te correspondo. «C’est trop difficile pour moi, savoir quoifaire de moi.» En fin, salgamos de una vez. Una bella entrada, Juanita. ¡Hala hop! Ahora me mira y me saluda. Te veía venir. Como siempre. Yo también te saludo, mi reina, se te caiga el massaj. Una vez te pedí veinte duros y no quisiste dejármelos. Claro, me saludas por cuestión de préstige. Al fin y al cabo, una es una Narboni. Y tú no eres más que una purita mierda que tuviste la suerte de dar con un marido cabrón. Yo te saludo, te sonrío, mira mi sonrisa: falsa como el anillo que llevo al dedo. Como todo en mi vida. Bueno, como todo no. Hay cosas que no. El olor a hojas secas quemadas, no. Y los lingotazos de coñac, tampoco. Auténticos. Ni el hambre, ni la impaciencia, ni ese culo de mal asiento que Dios me dio, que no puedo parar en ninguna parte. Ni tampoco las campanadas al amanecer del reloj de la Purísima. Ni mi soledad. Estoy bien mi bueno, gracias. Mejorado te veas como yo me veo. Eso, ahora provócame. ¿Para qué me preguntará eso esta bastarda, si sabe que no tengo un céntimo? ¡Ah, no! Eso era lo que faltaba. Yo, por orgullo, debería contestarte que no. Pero por hambre te contesto que sí. Acepto. Bien sabe Dios por lo que acepto. Pero te seguiré odiando, porque una vez me humillaste. Y yo, aparentemente, mi vida, soy de las que perdono, pero no olvido. Esa te la guardo. ¿Qué hará esta guarra para tener ese pelo? Se lo tiñe con «L’ Auréal». Dicen que envenena. Monita Ritó se volvió loca y cayó muerta tocando el piano. A lo peor fue eso lo que le diste a tu marido. Así te veas; aunque tú siempre fuiste una loca. Las locas y las putas siempre tuvieron suerte. En cambio una, por prudencia, se ve como se ve. «Vosotras siempre por el caminito recto», nos aconsejaba el descansado de papá. ¡Leche con el caminito recto! Mira la maldita de mi hermana, que sabrá Dios lo que habrá sido de su cuerpo desde que se torció.

Pero lo que soy yo, para mí se quede. Lo que yo estoy pasando, sólo Dios y yo lo sabemos. Ya sé por qué me has invitado, porque te encuentras sola, cabrona, y sabes que con este levantazo hoy no aparecerá nadie por aquí. Unos cuantos chiflados, como siempre. De eso entiendo yo un rato largo. ¿Qué me vas a decir a mí? ¿A quién se le ocurre venir hoy a la playa si no es a una chiflada como yo? ¿A una bujali que prefiere la soledad fuera de casa? Bandera negra, y esa prenda bañándose, y yo nerviosa, y ésta sin enterarse de nada. ¿Cómo se puede ser tan torpe para no adivinar que hoy haría levante? Si ya a mí, ayer, en cuanto abrí la ventana y presentí la quietud y vi aquella gaviota blanca acercarse peligrosamente a los pinares, me lo calculé. Y mi pierna izquierda, que ésa no me engaña nunca, desde que me torcí el tobillo bajando las escaleras del Cine American. Nadie. Ni un alma. Ni Lunita Josán, ni los Panadés, ni Estrella con su hija Alegría, ni Ana María con los niños… Rupert, ese inglés con su morito de turno, y yo. Y ese niño. Ese negro. Prenda maldita que se me va a ahogar por imprudencia y va a morir en la flor de la edad. ¡Qué gracia!, cuando me veo reflejada en el cristal del fondo, noto que el bronceado de «Bella Nora» no me sienta nada mal. Lo que yo nunca podré hacer es salir a esas calles sin medias, como esa ida de Elizabeth. ¡Qué disparate! Amiga de la maldita de mi hermana para que sea buena. Otra que tal. Moderna. Mujeres modernas. Y, ahora, esta imbécil empieza a contarme su vida. ¿Qué dices? ¿Una villa junto al lago de Como? ¿En qué película lo vio? ¿A mí me la vas a dar, bendita? Estás borracha. Todos sabemos que llegaste a la ciudad de contrabando, en una barcaza. Si aquello fue cuando lo de los apaches italianos, que disparaban sin ton ni son, como en Chicago. Si me acordaré bien, que una tarde que volvíamos del Alkázar, nos pilló el jaleo cerca del Café Central, y tuvimos que correr, esa perra de mi hermana y yo, por la calle del Comercio, porque las balas nos volaban por encima de la cabeza, y refugiamos en la tienda de El Rubito. Y, ahora, por favor, no me hables de tu marido. Todos sabemos que estás aquí de encargada porque te acostaste con el gobernador, que eso lo sabe todo el mundo. Es del dominio público, mi reina. Y las malas lenguas, la primera Caridad, dice que le dijeron y que estaba a punto de asegurarlo, que lo envenenaste. Que envenenaste a Freddy. Si aquí, en esta maldita ciudad, lo sabemos todo. Con que una villa en el lago de Como, ¿eh? Con la comida que a ti te va a sobrar hoy —porque, ni lo sueñes, no va a venir nadie— tengo yo para una semana. Me estoy meando viva.

No me he traído nada que leer. ¡Qué locura! Y maldita la gana que tengo de volver a casa temprano. Sigue, hija, sigue, si yo te escucho, te escucho y te sonrío, y te digo con la cabecita que sí, que no, según como convenga al aire de tu conversación, como ese angelito de escayola que los padres franciscanos ponen en el Nacimiento de la Purísima, y que hace lo mismito que yo cuando alguien le echa una moneda. Al atardecer este viento amaina y es como un alivio. Te estoy escuchando, burra. Tienes razón, se está poniendo todo imposible —mira tú a quién se lo vas a contar—. ¿Lasagna verde o spaghetti al burro? Lasagna. Y chianti. Y ese parmesano rayado. ¡Anda, disimula, hija, que tú también empinas el codo lo tuyo! Y ese bendito niño sin volver. ¡Que no pase la boya! Ya sé que nada como un dios, pero sería una pena que le ocurriera un mal. Y yo aquí, tan tranquila, saboreando esta aceitunita. ¡Qué ensalada más buena! Buenísima: bonito, tomate, huevo duro, lechuga y muy bien aliñada. Mastica despacio, mi vida. Despacito, como te aconsejó el doctor Many. Y disfruta mirando ese mar enfurecido, porque sabe Dios cuándo te verás en otra. Al menos, mientras dure este maldito levante. Hasta que no cambie la luna… Este desvergonzado ventarrón que te alza las faldas y tiene que enseñar una lo que Dios le dio. Que te abofetea como si fuera un chulo y tú una mujer cualquiera, y te hace subir la cuesta de la Playa a trompicones, sintiéndote observada detrás de los miradores… Como que estoy por beber todo el chianti que pueda, porque si luego me tambaleo, podré irme a casa en cuanto acabe de comer y nadie se dará cuenta de mi borrachera. Dios bendito quiera que las bragas que dejé tendidas en el patio no se las haya llevado el viento y aparezcan tumbadas en un macizo del jardín de Eugenia. No sería la primera vez, pero es que éstas tienen un remiendo, y estoy yo ahora como para ir a La Sultana a comprarme unas nuevas. Sí, te escucho, encanto. Te escucho: sin la sombra de un hombre no se puede vivir. Aunque tú no te podrás quejar, tu vida ha sido siempre un teatrito de sombras chinescas. La mía, en cambio, sombras del pasado; que cada día que pasa me acuerdo más de cuando éramos niñas, y aún vivían papá y mamá. Y ya no puedo más. Me meo. «Perdona, Giannella, voy al tocador un momento.» No está mal el hijo de Isabelita. Tiene una dentadura preciosa. Bendita juventud. Juani, por favor te lo pido, no tropieces al levantarte, que te delatas, hija. Bueno. Ya estoy de vuelta, reina de mi vida. ¡Qué descansada se queda una! Y ese niño sin volver. Me va a dar la comida. ¿Para qué tendré yo que preocuparme? Pero me molesta tantísimo que muera la gente guapa, cuando hay cada hija de la gran puta viva. Feísima. Picaré de la ensalada. El bonito, delicioso. Le has echado limón, maldita. Mamá siempre le echó vinagre. Bueno, mucho vinagre no. Pero ese saborcito… Se me está subiendo a la cabeza el chianti. ¡Claro, como que es de la marca «Il Bambino»! Ese angelito, ese angelito pecador. Y el otro, el otro que se ha lanzado al mar, y a lo peor a estas horas ya está comido por los marrajos, o escondido entre las algas. Esta lechuga… ¿es lechuga o escarola? ¡Qué bendición, endivias! Mira lo que te digo, Giannella, mi alma, y esto para mí se quede, cada momento que pasa te odio menos. Sigue, sigue con tu historia. Esa historia absurda en la que has metido a Badoglio. No me extrañaría nada que acabaras diciendo que eres prima bastarda del Duce. Y, ahora que me acuerdo, no sé si habrá ido a casa esa memloca de Hamruch. Hace lo que le da la gana. Lo bueno que tiene es que no es surraca. Nunca se llevó nada que no fuera suyo. Está muy vieja, la pobre. Siempre estuvo vieja. La descansada de mamá la llamaba la tortuga, porque es de lenta. Bueno, ella ya sabe dónde escondo el llavín, debajo de una piedra, en el macizo de dompedros. Mejor, así me recogerá todo lo que me dejé tendido. Cositas de nada. Prendas íntimas. Las servilletas. Me falta una. Ahora que me acuerdo, de las verdes me falta una. Mejor no pensarlo. De todo lo que ocurre tiene la culpa el viento. Cuando no es levante, es poniente, y cuando no, es el cherki. Y este calor, aquí encerrados, como en una jaula de cristal y de mampostería. ¡Rupert, hijo, cómo cuidas de tu monto! Y el chiquillo, inquieto y desconfiado porque cree que todo lo que prueba es jalufo. Lo malo es que esa tonta de Hamruch me cambiará la cama de sitio. Parece aragonesa. Como se le meta algo en esa cabecita de tortuga, hasta que no se sale con la suya, no para. Se empeñó y lo conseguirá. Y hace lo que le da la gana. Y no quiero. No me importa mucho la cosa, pero no me gusta. Mi cuarto queda muy a la vista. Conozco el percal. Se me está subiendo el chianti a la cabeza, seguro. La lasagna verde estaba de morir. Y, ahora, un quesito. Y ésta, dando cabezadas. Está peor que yo. Y ese niños… ¡No puedo más! No tengo más remedio que mirar por el catalejo. Me levantaré. Sin tropezar, Juanita, por favor, con naturalidad. Duerme inconsciente, duerme. ¡Qué horror! Yo sufriendo y él tan tranquilo, sentado en la balsa. Cecilia, cariño, no sabes cómo lo estoy pasando por culpa de esa prenda de hijo que tienes. Si pudiera me buscaba una hamaca. Ahí viene el hijo de Isabel. Comme il est gentil! Me has adivinado el pensamiento, cabrón. Tienes unos dientes, niño… Sí, criatura, sí, una hamaquita, eso es. En la parte de atrás, a la sombra, protegida del viento, esperando que pase el Tánger-Fez, viendo los balcones del  Hotel Rif y cómo el morado de las uñas de gato me come los ojos. Dejando pasar con menosprecio toda la arenisca del mundo. Duerme, Giannella, duerme. Duerme y sueña con esa villa que nunca tuviste,       y mucho menos en el lago de Como, y con Badoglio, si quieres. Ya no te faltaba más que cantar «Fascetta Nera»…. Bien que lo pasó aquella maldita pecadora de mi hermana en Villa Harris, cuando el Gran Bailo di Primavera, bailando con todo quisque, mientras yo me quedaba en casa atendiendo las vomiteras de papá. La verdad sea dicha: he comido muy bien. Y, a veces, pienso que todo el mundo es muy bueno conmigo. Pero la compasión es tan molesta, la puñetera. La odio. No quiero que nadie me compadezca. ¿Dónde me habré dejado las gafas de sol? No me digas que va a mear. Tiene que ser algún obrero. Y justo enfrente. Delante mía. ¿No le da vergüenza? ¡Qué poquísima tienes, hijo! ¡Qué hombres éstos! Ojalá pase ahora un mercancías. ¿Ese niño no come? ¿Es que se piensa pasar todo el santo día sentado en la balsa? ¡Qué rarito es! El pobrecito tiene a quién parecerse, porque Cecilia tampoco es manca, y lo que es Rodolfo. Con ése tendría que haberse casado mi hermana, la perra, no que ahora, sabe Dios lo que será de ella, en ese Casablanca que no puedo ver. El pequeño París de las puñetas. A última hora, la niña nos salió republicana y a ella lo único que le interesó de la República fue lo de hijos sí, maridos no. «La Contraria», el Café de Cádiz, como la llamaba mamá, que en Gloria esté. Y, sin embargo, que Dios me perdone por todo lo que he soltado por esta boca, pero la echo de menos. Al fin y al cabo, es sangre de mi propia sangre. ¡Lo que es la vida Dios santo! ¿Qué pensará la gente de mí? Que estoy chiflada. La pobre de Juanita. Si ellos supieran… Pobre. Eso es lo que no saben ellos. Sol y Louisette deben estar a estas horas en el cine. No lo comprendo, unas mujeres que siempre se asustaron de la oscuridad, se meten en el cine a las tres de la tarde. No puedo con el cine. Bueno, según como me pille. Y es que una no tiene ánimos para nada, está una tan cansada de todo. Sí, hijo, mea que de lo tuyo  meas. Ya te quedaste tranquilo, ya hiciste lo que querías, con este sol, ahora te cierras la bragueta y en paz. Pues cuando yo era niña y un día vi mear a un niño, Yolanda Nohan me dijo: «No mires, no mires tanto, Juanita, que luego te quedas embarazada.» Y me asusté. ¡Cosas de niños! Ahí me las den todas, cabrito, tú a lo tuyo. Ya se despertó la de la villa en el lago de Como. Me levantaré, ¡qué remedio! Ahora que yo me estaba quedando como amodorrada. No quiero preguntar por ese niño, porque ésta es de las que se las saben todas, y como es muy tuna… Nada. ¡Qué dolor en esta pierna! Y eso que llevo las medias puestas, no como esa negra de Elizabeth, que desde que salió en La bien pagada se cree con derecho a todo. ¡Qué remedio! Ya viene éste a avisarme que tengo que hacer de dama de compañía, seguro. Gracias, mi rey. Puedo seguir durmiendo. Creí que ibas a ser tan cruel —no por tu culpa, bendito—, menos mal, creí que ibas a despertarme. Algo querrá hacer ella que yo no vea. Tanta bondad nunca es normal. Ya ves, yo ningún interés. Jamás me interesó la vida de nadie. Sin embargo no parece sino que todo el mundo estuviera pendiente de la mía, de lo que yo digo, de lo que yo hago… Toda la culpa la tiene esa hija de puta de mi hermana. Como hubo una temporada en la que salíamos juntas, se pensaron que todo el monte era orégano. Me dejaba llevar. Toda mi vida me he estado dejando llevar como un pañuelito empujado por el viento. ¡Qué sueño tengo, qué sueñecito! ¡Que le den por saco a ese niño!

Se me torció el tacón. Ya lo sabía. El único par que de estos zapatos tenía El Rubito. Modele unique. En la vida he subido la cuesta de los Siaghins a esta velocidad. «Pharmacie Bouchard.» Ahora que me acuerdo, mamá dijo que le compráramos pillules des Vosges. «Las Campanas. Tostadero de café.» Tostada estoy. No llegaremos nunca. Y estas perras malditas, ellas van a lo suyo. Los tíos las vuelven locas. Y yo, cojeando. Llegaremos tarde, como siempre. Con lo que me gusta a mí llegar al cine a tiempo y verlo todo. Pero ellas, a lo suyo. ¡Corre que te corre! Juanita, ¡qué sofoco! Siento un calor por todo el cuerpo… Ya estamos en la calle Italia. Ya hemos atravesado los arcos, gracias a Dios. ¡Tardísimo! ¡Pero si es tardísimo! Llegaré al cine con el corazón en la boca. Lo que faltaba… ahora querrán entrar en Furlán y comprar caramelos «Perugina». Menos mal. No paran de hablar, las cabronas. No entiendo nada. Hablan en clave para que no me entere. ¡Que les den por saco! Siempre están hablando de lo mismo. ¡Como me pierda La cucaracha, que dicen que es la primera película en colores naturales, no se lo voy a perdonar en la vida! ¿Qué dan luego? Un drama. Eso leí esta mañana en El Porvenir. ¡Un drama! ¡Qué sofoco! ¿Por qué me excitaré tanto? No soy como ellas. Ojalá hubiera venido con mamá, tranquilitas las dos, siempre a tiempo. Mamá obedece, pero estas cabronas me arrastran. No hay nadie en la puerta. Ya entraron. Ya empezó. ¿No te lo decía? No me da tiempo ni a pedir un prospecto. Me va a pasar igualito que con La verbena de la Paloma, que me perdí el prospecto, y era precioso, en forma de abanico. ¡Mohamed, hijo! No. Aunque grite, no me oye. Está mirando a estas putas. A mí, ni caso. ¡Sin numerar, encima sin numerar! Estará todo lleno y tendremos que sentamos en lo peor. Al tuntún. ¡Y para colmo de males, meándome viva! ¿Qué dan? Todavía está la Fox. Llegaremos a tiempo. ¿Qué dice este loco? Le pregunto por La cucaracha y me contesta con gusanos. No sabe lo que dice. ¿No te lo digo? Todo lleno. Nos sentarán separadas. Luego, cuando se enciendan las luces, a lo mejor nos sentamos juntas. Yo aquí sólita. Porque a Juani se la manda, y ella obedece. Menos mal que es pasillo. Bien está. ¡Qué pestazo a colonia Pompeya! Será un pescador. Hombre sí es, hombre, hombrazo. ¡Qué bestia! Me ha rozado una mano y ya parece que tiene escamas. Un poco bestia, por no decir bestia del todo. De Tarifa, seguro. Y el muy cabrón fuma picadura, que no hay cosa que haga llorar más. De fuerte que es. Visto así de reojo… ¿Y a mí qué leche me importa lo que esté pasando en Abisinia?. Se acabó.

Y ahora, el descansito. ¡Qué chusmerío! Para ser en colores naturales, parece mentira que no hayan subido el precio. ¡Y este humo! «Flor de Cuba» es lo que fuma éste que está a mi lado. Lo mismo que papá. Y los lía muy bien. Con paciencia. Lo admiro. Con menos clase que papá, pero con más eficacia. Porque a él siempre se le cae algo. Y deja la alfombra de lo peor. Los obreros siempre han tenido eficacia. Las mañas de la gente pobre. Me quedaría mirando esa liada toda la noche. Mejor dejarlo. Y siempre me sorprendió la habilidad de los otros. No miro, porque aquellas putas pensarán lo peor.

Y creerán otra cosa. Malditas. Si cuando miro, miro porque no quiero, que si mirar quisiera… Lo hace muy bien. Y eso que no quiero mirarte a la cara. La presiento, esa cara, cara que está hecha de mar. ¡Qué misterio el de la gente pobre! El mar es azul. Con eso me basta. Nunca deberemos pasar de ahí. El campo es verde. Y cada cosita tiene su color, no cambiemos las cosas de sentido. Todo en esta vida tiene un color, que a veces no es el color con que se mira. Estoy disparatando. ¡Qué humazo! Dicen que en Madrid y en París han prohibido fumar en los cines. Claro, esto no es Madrid. Y el cine se las trae, con estas butaquitas de madera que se te clavan en sendas partes. Ya me están llamando esas malditas. Sí, ya lo sé. Tenéis un sitito para mí. Pero esto que tenía era pasillo, de fácil salir, malgré le pecheur d’Islande. Me da terror atravesar todo esto. Ahora tendré que pasar por esta fila. Siempre hay alguno que se aprovecha. Odio que me rocen. Voy, voy malditas. Al pasar la barca, me dijo el barquero, las niñas bonitas… Ya le di a éste un pisotón. La que me espera. Tiene cara de ser del Patio Rúa. Bolchevique, seguro… Me insultará. Menos mal. He pedido perdón. Esta gente, a veces son mucho mejores de lo que pensamos. Me da terror sentarme en aquella esquinita. Con toda esta    gentuza. No olvidaré nunca la noche que, siendo niñas, papá nos leyó lo que había ocurrido en una kermesse en París y cuando leímos en ABC lo del incendio del Novedades, que nos quedamos sin dormir toda la noche. Mamá rezando por un lado y nosotras como aterrorizadas. Si hubiera venido con mamá, nos hubiéramos sentado cerca de la salida. Al lado del bombero, que es un hombre que da tanta seguridad. Pero lo que a ellas les gusta es el barullo. Eso es, hijito, échame encima del abrigo las cascaritas de pipa. Te entre un mal. ¿Cuándo va a empezar esto? No, gracias, no quiero caramelos de limón. Me irritan la garganta. Ya va a empezar. Se está oscureciendo todo. ¿Mira que si muriéramos achicharradas? Mejor no pensarlo. ¿Quién se alza de aquí? Yo, con el dolor que tengo en esta pierna, no puedo. Es nervioso. Guós, guós, ¿qué es esto? Esto no es en colores naturales. «La cría del gusano de seda en el Japón.» ¡Para kimonos estoy yo! Tenía razón Mohamed. De cucaracha, nada. ¡Gusanitos! Y ahora que me acuerdo… ¡Claro! La cucaracha la daban en el Cinema Capitol. Me engañaron. Me han engañado estas hijas de puta. ¡Les caiga un mal encima de la cabeza! No tengo perdón de Dios. De buena gana me levantaba y me salía. ¡Pero cualquiera se levanta! Empezarán a protestar, y aunque el Capitol esté enfrente, a estas horas ya no encontraré entradas. Ni en supletoria. ¡Y mañana la quitan! Me la perdí, ¡maldita sea mi estampa! Me la perdí por culpa de estas bribonas. ¡Qué tostón! Me están entrando ganas de llorar. Soy una desgraciada. Un asqueroso gusanito. Eso es lo que soy. Arrinconada. Me siento arrinconada. Si me dejaran llorar en paz… Ya terminó. ¿Qué es esto? «El negro que tenía el alma blanca». ¡Lo que me faltaba! Pues, entonces, yo soy la blanca que tenía el alma negra. Achicharrada estoy. Mucha música tiene esto para ser un drama. De drama nada, seguro. Estas han venido por lo del negro, las muy putas. Ya lo sabía yo. Me lo presentía. Las conozco. Y mi hermanita, la peor de todas. Limpiabotas. Limpiabotas como de Algeciras. Ella es una desgraciada, descaradilla, simpática la cabrona. Me has hecho reír. La negra, con esos nenes. El negro de verdad no es para tanto. Claro que, al fin y al cabo, qué entiendo yo de eso. Es un hombretón. Y, ahora, el limpiabotas otra vez. ¡Cómo canta! Canta que te canta. Y el chusmerío rugiendo. Estas, mucho presumir de mujeres modernas y avanzadas y lo que son unas chabacanas. Esa risa es de Magda. Otra que tal. Una mujer con su casa, su marido y sus hijos, y todo se le importa un pepino. Le ha escrito una carta a José Mojica y creo que le ha mandado una foto en pelotas. ¿Qué no le habrá dicho en esa carta? Está loca. Este rouge sabe a frambuesas. Bien sabe Dios que no quiero retoques, y estas malditas no se conforman con pintarme, sino que también querían ponerme un lunar artificial. Dicen que es muy excitante. Para ellas se quede. Como un escupitajo, eso es lo que es. Hay que ser modernas. No quiero ser moderna. Quiero que me dejen en paz, eso es lo que quiero. Mamá me comprende, pero es una pesada. ¡Anda, se murió el limpiabotas! La gente pobre siempre se muere. Comprendo que estén pasando esas cosas en Madrid. De buena gana me metía a pistolera. Me iba a cargar a medio mundo. Ea, y ahora el negro se mata en ese coche, que es un coche precioso. Cayó por el barranco. Y éstas llorando. No está mal. ¡Y me he perdido La cucaracha, en colores naturales! fin. Las carcajadas de éstas no son normales. Son carcajadas uterinas. ¡Magda! Viene a saludamos. «¡Y Amelita? No me digas que has venido sola. No tienes pudor. No, claro, has venido con Marmita Medina y el niño. Tapaderas. Marmita es buena. Inocente, la pobre. Está como yo, que nunca se entera de nada. ¿Te gustó? Y, ahora, todas juntas —Andresito, mi rey, tápate la boca con la bufanda antes de salir que hace mucho frío—. Es un niño muy enclenque pero gracioso. Yo le quiero mucho. Es puñetero. Eso, todas juntas al Café Colón. Mamá, un besito. Hace un frío espantoso. No te digo nada porque sé que vas a sufrir. Tempestad en el Estrecho. Mañana no sale el Djebel Dersa, seguro. La pobre esperándonos, y ésta, habla que te habla, no para. Yo, calladita. Nos ha dejado la comida en la cocina. Cansada está la pobre. Digan lo que digan, yo la encuentro de lo peor. Sí, mi reina, lo que tú quieras. Lo que tiene mamá no es bueno. Esta loca no se da ni cuenta. Le importa todo un comino. Y papá, en su despacho, leyendo. Leyendo en el pasado. Habría que hacer algo. No sé. Mañana llamaré al doctor Decrop. Esto no se puede dejar así. Estoy muerta. En esta casa huele demasiado a pipí. Una tortillita y un poco de mortadela. Lo que tiene mamá no es bueno. Está guapa, porque mamá fue bonita siempre. Pero lo que ella tiene es por dentro. Un mal que le está royendo las entrañas. No tiene ganas de nada. Ella, que siempre ha sido tan viva, tan predispuesta para todo y ahora está como apagada. Y esta idiota me mira y se ríe. ¿Es que, acaso, tengo monos en la cara, preta? Te entre un mal por cachonda. Inconsciente. Quisiera hablarte, mamá, quisiera ser como ella es, que lo suelta todo por esa boca. Todo mentira. Pero tú te ríes, siempre le has estado riendo las gracias. Tarde o temprano te la pegará. La conozco. Crees, mamá, que yo soy como tonta. Mañana iremos las dos a La Española, a merendar, te invitaré. Lenguas, que te encantan, y tocinitos de cielo. Hasta mañana, mi reina. Quisiera decirte muchas cosas, mamá, con una mirada quisiera decírtelo todo. Hasta mañana. Yo no entro en el despacho a besar a papá, como hace ésa, que le baila el agua a todo el mundo. Papá es un egoísta, como todos los hombres. Hasta mañana, bendita. Ya tengo mi cama destapada, y la botella con el agua caliente. ¡Cómo eres, mamá! Si supieras cómo te quiero, sólo que no puedo demostrártelo. Y ahora esta perra se quedará con la lamparita encendida hasta las tantas. Ya sé, hija, que le robas las novelas de Felipe Trigo a papá. Lee, lee verdulerías. Así acabarás. Y yo no me puedo dormir con luz. Eso es, si lo que pretendes es fastidiarme, lo haces de maravillas. Canta, hija, canta. Canta «Me voy a París con el negro». Tú eres capaz de irte a París con el primero que se te presente. Negro, blanco, judío, moro, cristiano o abisinio. Con el Negus, que viniera ahora mismo. La que está cayendo, santo Dios, ¡de buenas nos libramos! Te conozco. Mascarita, que te conozco. ¡Qué miedo me han dado siempre las máscaras! ¡Qué sustazo! Los antifaces me horrorizan. Y, ahora, yo, frente a un espejo, parezco una máscara. Mirándome extrañada como si no fuera yo misma. El día de aquel martes de carnaval en que aquella mujer que no era una mujer, pues luego resultó que era un hombre, se levantó la falda y por entre medio de las medias negras nos enseñó la cosa, el grito que yo di. Un chusma. Pero la que se llevó el susto fui yo. Porque esta puta y sus amigas se echaron a reír, tan tranquilas. Señor, a ti te lo pido: no dejes que me lleven arrastrada a todas partes. No me abandones, Señor, que una es torpe, que una baila siempre al son que le tocan, por debilidad. No me abandones, Señor, que una es torpe y mientras menos se entera, más mete la pata y menos entiende. Cuida de mamá, Señor. Haz que vuelva a ser la de antes, aquella que salía con ánimo a la calle y me acompañaba a todas partes sin que yo tuviera que tirar de ella. Haz, Señor, que yo me sienta segura en determinados momentos, sobre todo cuando la gente me mira con esa cara de maldad, y dicen cosas en voz baja para que yo no me entere. Porque me entero. Y lo que dicen no es nada bueno. Lo dicen con doble sentido. Quiero ser como las demás. No moderna, pero sí como las demás. Que nadie tenga que decir nunca nada de mí. Ni bueno, ni malo. Con eso me conformo. Ayúdame, Señor, a no tropezar; tropiezo con todo. No me abandones, Señor, que una es torpona. Hazme coger el sueño. Haz que me duerma, Señor. Haz que me duerma, y que cuando despierte, todo haya cambiado.

Mamá, gracias por aquel eucalipto que tú me escondías debajo de la almohada. Todo para que respirara bien. Y la albahaca en la mesilla de noche, para que no me molestaran los mosquitos. ¡Qué pena más grande que nunca haya podido respirar como yo quiero y que haya personas que son peores que los mosquitos! Siempre estuve acobardada y mi mal, como el tuyo, no tiene cura. Viviré siempre acobardada…

 

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