El fin del infinito

Francisco José Segovia Ramos

 

La gigantesca nave espacial surcaba el espacio a una velocidad cercana a la de la luz. De un tamaño prodigioso, era como una ciudad de tamaño medio terrestre, con todos sus servicios; jardines, sistemas de mantenimiento y seguridad, y una población que rondaba las 4.000 personas.

De forma ovalada, nada aerodinámica, llevaba viajando por el espacio cientos de años, atravesando nubes estelares, sistemas solares completos. Utilizando algunas veces, para sus desplazamientos, los agujeros de gusano interdimensionales, que la hacían avanzar miles de años luz en pocos segundos. Muchas generaciones de hombres y mujeres habían nacido y muerto dentro de aquella nave, sin haber conocido nunca a la madre Tierra salvo en imágenes holográficas o programas de ordenador.

Cuando sus primera tripulación/ciudadanía salió del planeta Tierra, todos sabían que jamás se volverían a ver, que su viaje no tendría retorno y que, con suerte, sólo los datos enviados desde la nave “Descubrimiento” serían recibidos en su planeta de origen. La misión, sencilla en su planificación era, por su magnitud, casi inimaginable: descubrir dónde se hallaba el fin del infinito, donde acababa el universo. Sólo  pensar en tamaña empresa causaba pavor y mucho respeto pero, dadas las penosas condiciones de la vida en la Tierra, el voluntariado, muy preparado, de la “Descubrimiento” veía el futuro con más optimismo. Al fin y al cabo, se tranquilizaban, no sería tan terrible descubrir ese “límite de lo conocido”, que quizá se asemejara, en la distancia, con el temor místico y nada justificado a lo desconocido.

En todo eso pensaba la Supervisora General de la “Descubrimiento”, Margaritte Bowman, mientras oteaba desde la cúpula de observación un universo que parecía ser inacabable. Era la responsable máxima de la nave desde hacía apenas dos años, en un cargo que era elegido democráticamente por toda la ciudadanía “espacial” cada periodo de cinco años “terrestres”, manteniendo viejos hábitos heredados de sus ancestros.

-¿Seguro que los ordenadores de a bordo no mienten? -preguntó a uno de los técnicos del programa de observación.

-Sin duda. Estamos llegando a algo nuevo, que nadie ha visto ni medido antes -le contestó, con un deje de nerviosismo en la voz, el hombre.

-¿Cuales son las características de ese fenómeno?

-Tiene varias destacables, pero la más importante es que desde esa dirección – el técnico mostró en el mapa intermodal de una pequeña pantallita de a bordo el lugar-  a apenas unas pocas horas de donde estamos, dejan de recibirse radiaciones de cualquier tipo. Como si no existiese materia más allá de ese límite.

-¿En toda la línea del “horizonte visible”? -insistió Margaritte, mientras paseaba, intranquila, entre la dotación de control de la nave, que se afanaba por mantener a la nave en su rumbo impasible.

-En toda la línea de nuestro frente – confirmó su asistente – Es una línea continua. Detrás de la nave seguimos recibiendo pulsaciones, y por los lados igualmente, pero delante de donde nos encontramos hay un vacío.

“Quizá este sea el final que tu querías ver, padre”, murmuró la Supervisora. La imagen de su padre, muerto apenas hacía tres años inundó su memoria, y recordó los anhelos, las esperanzas en las que él había fundado toda su vida de estudio e investigación. El ansia de conocimiento y de experiencias nuevas, frustrado en su agonía por la impotencia de saber que nunca vería el fin del universo conocido. “Te prometo que yo lo veré”, le había prometido ella, mientras él lanzaba su último suspiro, casi sin creer en su propia promesa, que ella entendía infundada y sin base científica alguna, pero tal vez guiada por alguna clase especial de intuición.

Y allí parecía estar el objetivo que tantas y tantas generaciones habían estado buscando con ánimo, no de lucro o de poder, sino de conocimiento. Pero un saber que sólo podría ser adquirido directamente por sus propios sentidos ya que, difícilmente, los datos enviados desde la “Descubrimiento” a la Tierra llegarían antes de que transcurriesen varios miles de años… si es que alguna vez llegaban, y nadie en el planeta de origen les podría decir a tiempo a qué se aproximaban.

-Yo apostaría a que estamos en el límite del infinito -comentó el oficial de comunicaciones.

-Falta confirmarlo -aseveró Margaritte -y eso sólo se podrá hacer cuando estemos justo en ese límite. Tendremos que ponerlo en conocimiento de la ciudadanía, aunque el rumor ya se ha corrido y hay mucha excitación.

Se dirigió a una pequeña consola de mandos y activó uno de los paneles. En ese momento varias grandes pantallas se iluminaron a lo largo y ancho de toda la nave. Los ciudadanos y ciudadanas dejaron sus tareas y esperaron las noticias. Su aspecto, aunque humanos, difería claramente de originarios ascendientes terráqueos. A lo largo de muchas generaciones, había habido mutaciones, cambios genéticos para adaptarse al nuevo entorno. Todos y todas ellos eran más altos que sus primogenitores, mucho más flexibles y, lo más característico, tenían en toda la piel aquella tonalidad azulada producto, según se decía, de que la nave, en uno de sus viajes por un agujero de gusano, había pasado por una zona alta en radiación que había alterado el código genético en los habitantes de entonces de la “Descubrimiento”, y que se había pasado de padres a hijos, de madres a hijas, de generación a generación, como una marca única e identificativa propia.

-Hoy nuestro destino puede cumplirse -comenzó la Supervisora – Nuestro personal técnico nos dice que estamos a pocas horas del fin del universo, el objetivo para el que se diseñó esta nave y se desarrolló toda esta larga misión -un murmullo general surgió de la multitud que escuchaba, mezcla de entusiasmo y temor. – No voy a decir nada más, ya que todas y todos sabéis cuán importante es esto, y lo poco que sabemos sobre lo que hay al otro lado, pero para esto nos hemos preparado desde hace generaciones. Gracias. -Un aplauso brotó, espontáneo, de la multitud, y el temor dejó paso al nerviosismo controlado, y la imaginación desbordada de lo que podría esperarles al otro lado de la barrera a la que se acercaban.

-Cinco minutos, Supervisora – le recordó, a su espalda, una técnica de medición.

Margaritte miró hacia el horizonte a través de la gran cúpula de la sala de control. Ni una sola estrella o punto de luz brotaba de aquella negrura total pero, aparte de ese detalle, nada parecía vaticinar ningún límite.

-Treinta segundos para el “límite” – la voz sonaba nerviosa a través de los altavoces que se extendía por toda la “Descubrimiento”.

“Es nuestro destino, saber a costa de lo que sea”, se dijo Margaritte.

-Veinte segundos para el “límite”- Cuatro mil pares de ojos estaban fijos en la pared oscura a la que se acercaba la “Descubrimiento”.

-Diez segundos, nueve, ocho, siete…

El fin del infinito.

-…tres, dos, uno…

En la Tierra, en el día 15 del año 4587 de la Nueva Era, algo sorprendente comenzó a pasar en muchos rincones del planeta: a la misma hora, en el mismo instante, nacieron poco más de 4.000 niños y niñas, todos ellos diferentes a lo “normal”: eran mucho más grandes, fuertes y, lo más extraño de todo, tenían la piel de un tono marcadamente azulado.

FIN

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