Contra frente

Corina Vanda Materazzi

 

“Me fui de casa porque Marta es una conchuda”. Eso le dije al Gerente del Banco donde trabajo. “Sí, conchuda”, le reiteré a Pancho, que insistió en ayudarme con la mudanza en el departamento de dos ambientes a contra frente que alquilé el mes pasado. Es controladora, le confesé, de mis horarios, de mi celular, del homebanking, de mis ruidos cuando mastico, cuando trago, cuando voy al baño, de la cantidad de sal que le agrego a la comida, del tiempo que demoro entre el laburo y la casa.  En síntesis Marta me rompió las pelotas toda la vida, pero antes me las arrastró, me las apretó y las infló hasta que me explotaron.

Antes de esa tarde en que me fui, el rompedero de bolas parece ser que no traspasó esa línea que separa lo tolerable de lo intolerable. Ahora que lo pienso debo haber tenido un umbral de paciencia bastante amplio. Ahora no.

Esa tarde llegué del trabajo totalmente empapado, había piquetes en la ciudad, muchos más de los habituales, decidí bajarme del bondi y empezar a trotar para llegar a casa lo antes posible porque era martes y los martes Marta va al gimnasio, ese de mierda lleno de otras conchudas tan o más conchudas que ella. A veces pienso que se contagian, se retroalimentan como una especie de círculo vicioso o gueto, parece que se  coagulan y se hacen más fuertes, más indomables.

Yo trotaba casi que corría ese martes, porque ese martes llovía y cuando eso pasaba yo llegaba del trabajo y tenía que llevarla a Marta, porque Marta no maneja, pero  maneja todo, menos el auto, pero no hacía falta que lo hiciera porque yo tenía que manejar por ella, como tantas otras cosas que no viene al caso que ahora las enumere. Decía que venía a los trotes con el traje, la camisa y los zapatos y me martillaban en la cabeza los gestos que imaginaba tendría Marta por mi retraso. La suponía ya con las calzas puestas, esas ridículamente violetas y la musculosa insolentemente blanca con las tetas tan arriba que casi le llegan al cuello, como una deformidad, como una especie rara de camello invertido del subdesarrollo. Estaba seguro que estaba, con eso y con esa cara de ojete tan parecida a la que  la tenía su madre. Mi suegra es un capítulo aparte, debí años atrás darme cuenta, porque nadie escapa a los genes, a la herencia del carácter, a ese legado que recorre las venas y se instala en los modos, sobre todo en los de mirar despectivamente, como si el otro al que miran (yo en este caso) tuviera bosta en las suelas de los zapatos o una insignia en la frente que denunciara que es una inmundicia. Con el diario del lunes todos somos sabios y uno llega a ese linaje cuando todo está perdido y esa sabiduría ya no le sirve para nada.  En definitiva yo fui tan pelotudo como lo fue mi  viejo: un cero a la izquierda.

Al principio cuando nos fuimos a vivir juntos, no sé no era así, o al menos no tan así, después, un día, no recuerdo cual, fue como despertar de un coma y encontrarme en un laberinto con un monstruo que venía a ser Marta. El primer tiempo, cuando tenía esos arranques conchudos, pensaba que le estaba por venir, había escuchado ciertos comentarios de que las mujeres en ciertos días, los premenstruales, se ponen “especialmente rompe huevos”. Marta para esa época llevaba unos cuantos días de abusivo rompedero de pelotas y empecé a sospechar. Al llegar a la oficina, anotaba con un círculo rojo los días que indicaban el ciclo en el  almanaque triangular que me había regalado un cliente para fin de año. Para cuando llegué a los veinte días consecutivos entendí que ese síntoma persistente no sólo era crónico y perpetuo, sino que: Marta era así. Con los años dicen que nos vamos pareciendo más a nosotros mismos, con lo cual es evidente, que en su caso, la mejoría no era una posibilidad factible. Lo peor de todo es que la conchudez no es una enfermedad como otras, que dada la gravedad, hace que, tiempo más, tiempo menos, esa dolencia acabe por llevarse a quien la transporta, o a quien la padece, en este caso: yo.

Desde la mañana comienza la pesadilla, cuidar todos los detalles para no provocar a Marta. El tema del baño es el más complejo: no dejar pelos en ningún lugar, algo difícil desde que a Marta se lo ocurrió remodelar el baño: piso, azulejos, techo, inodoro bidet y vanitory todo blanco, blanco nieve (ni siquiera un blanco tiza o un blanco sucio) porque Marta adora la limpieza.

Con los años fui reduciendo las zonas de conflicto, dejé de desayunar en casa, un lugar menos en donde puedo dejar algo fuera de lugar. Un grano del café soluble que caiga sobre el piso de la cocina (que también es blanco) puede  aumentar y alimentar esa voracidad irrefrenable de puteadas e insultos que van creciendo en escalada y su voz se transforma discordante, áspera, temible. Los repasadores son todos blancos de manera que una gota de saliva puede ser un atentado terrorista imposible de ocultar. Marta tiene un zoom en el orden de la casa. Los libros de la biblioteca, por ejemplo, tienen una disposición de acuerdo al tamaño y el color. Incluso las cosas que están a resguardo de cualquier mirada, en cajones o cajas, guardan  un estricto orden que bajo algún criterio Marta dispuso y que yo nunca entendí pero que tampoco  nunca discutí. Mis medias y calzoncillos son todos iguales. La misma marca, el mismo talle, el mismo color.

Alquilar una casa para irnos de vacaciones es una tortura china: la variedad, las formas disímiles de los objetos, adornos, azulejos, toallas, sábanas y veladores que contienen las casas de gente normal, la desquicia. La primera mitad de las vacaciones consiste en alinear, equilibrar y regularizar (según sus palabras) el ambiente. Para cuando todo está listo yo me quiero pegar literalmente un tiro en las bolas. Intenté llevarla al Caribe a una de esas playas exóticas de agua templada, no por la serenidad que propician esas imágenes de arenas blancas y desiertas, sino por la posible existencia de tiburones. Incluso algún verano pretendí seducirla con turismo aventura. Adentrarnos en un riesgo en donde la muerte segura cobrara su vida o la mía era una fantasía reiterada y potente. Cualquiera de estas posibilidades hubiese dado por terminado el calvario.

Cualquiera a estas  alturas se preguntará por qué siempre imagino un tiro en mis pelotas en cambio de dárselo a ella. La respuesta es simple: porque todos los boludos somos cobardes, si no, no seríamos boludos y además…por Lucho, nuestro hijo.

Parece increíble pero Marta y yo tenemos un hijo. No es adoptado y tampoco fue por inseminación artificial. Alguna de las dos opciones me hubiese aportado cierto grado de dignidad. Alguna vez tuvimos sexo, bueno… a veces también lo tenemos ahora. No es algo de lo que obviamente después de quince años con una misma mujer me enorgullezca, más bien me avergüenza. A cualquier conocido que nos frecuente le dejo entrever que hace años que no pasa nada. En general por lo que otros cuentan a las mujeres con el tiempo les empieza a doler la cabeza o los cambios hormonales hacen que la libido se filtre por otros  lados. No es el caso de Marta. No es que Marta sea fea, todo lo contrario, pero cinco minutos de convivencia con ella hace que sea imposible que se te pare la pija aún con diez miligramos de Viagra encima. Yo me doy cuenta cuando Marta entra en calor. Para empezar no me rompe tanto las pelotas (porque nunca deja de romperlas en su totalidad) incluso hasta puede ser amable. Se hiperperfuma desde la mañana y yo sé que a la noche la estampida es ineludible. Intento entonces, a escondidas, ver algunas páginas por internet, en el trabajo, imágenes que luego intento retener y que servirán para hacer lo que debo hacer.

Nunca la engañé a Marta porque en cada mujer puedo percibir un rasgo de ella y entonces se  me vuelven como una especie de muerte anunciada. Estoy condenado.

Pienso en Lucho y pienso en la secuencia: mi padre-yo-Lucho. Junto con el apellido silenciosamente  le trasmitiré la carga, ese peso absoluto que nos hace a todos los Salvatierra  unos pelotudos. Quizás si  Lucho fuese homosexual podría torcer el destino y tener una mínima chance pero antes Marta le torcería el miembro con lo primero que encuentre.

Esa tarde que llegue del laburo todo empapado, más que por la lluvia por el sudor frío que me recorría todo el cuerpo, como los animales que saben que están en una emboscada en inferioridad de condiciones. Marta no estaba como me imaginaba, porque sencillamente: no estaba.

La busqué por toda la casa pensando que estaba agazapada y que quizás desde algún rincón esperaba el momento oportuno en que yo me relajara para salir como una bestia a las puteadas. Cuando agoté los lugares más obvios y previsibles y Marta no aparecía la búsqueda se tornó desquiciada. Busque en el horno, en la heladera, la alacena incluso dentro del lavarropas. Cuando ya no quedaba lugar y espacio mínimo posible, (y por demás insólito e improbable) abrí su placard y allí me di cuenta.

En su orden obsesivo era fácil e indudable advertir lo que faltaba y por tan mínima que resultara esa ausencia era por demás determinante. Lo más notable no es saber qué era lo que faltaba y por qué su falta era tan relevante. En definitiva no es más que un detalle, parte de una intimidad que prefiero dejar a resguardo. Lo más importante es que la muy conchuda no sólo no estaba, sino que me además me había dejado.

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