Ella en mi cabeza

Marcos Tabossi

 

 

Le dejé mi número. Llamame, le dije, antes de despertar. La chica de mis sueños era divina: menudita, con cara de ángel, siempre sonriente. Me miraba inclinando la cabeza, como si eso agudizara su observación. Me clavaba los ojos, sonreía, y parpadeaba todo el tiempo. Esa era su principal arma de seducción: parpadear. Haceme ojitos, le decía, y ella repetía ese ritual con el mismo entusiasmo, cada vez como si fuera la primera.

Qué maravilla de mujer. Apareció de repente, su silueta recortó la sombra cuando la vi venir desde allá, desde lo profundo de algo. Un cuerpo delicado, artesanal, que parecía tallado con el mayor de los cuidados: una de esas esculturas que uno no puede calcular el tiempo de trabajo que le llevó al artista. Sus ojos, tan siniestramente vivos, transmitían todo lo que su boca callaba. Y el parpadear, que tanto me gustaba, era su forma de asimilar mis intenciones. Como si hiciera foco en mi mente y pudiera extraer, en ese gesto, todos mis deseos para llevarlos a cabo.

Llamame, le dije, cuando el huracán de la vigilia me arrastró a la realidad.

Despierto incrédulo, como cada mañana. Otra vez me siento engañado, como la primera vez, como el primer sueño. A mitad de la mañana logro olvidarla. La fuerza de la realidad acaba con los restos de las ilusiones oníricas. Tampoco esto me llama la atención. El ciclo se cumple con previsibilidad, con una naturalidad aterradora.

Llegado el mediodía recibo una llamada de un número privado. Atiendo pensando que se trata de alguna promoción del banco.

— ¡Hola! ¡Hola!

Del otro lado se escucha un susurro, algo que intenta ser una voz, un esfuerzo por convertir el aliento en palabras. Alguien está agonizando y no puedo culpar a las líneas de teléfono.

— ¡Hola! ¡Hola! —repito a los gritos.

La comunicación se corta. No puedo hacer nada. Si se trata de una urgencia no tengo manera de resolverlo. Llamo a mi mamá y a mis hermanos para cerciorarme de que estuvieran bien y con el correr del día me voy olvidando del llamado misterioso: hasta que llego a casa.

Abro la puerta y ahí está, sentada en el sofá, con las piernas cruzadas, mostrándome el tajo de su vestido. Al verme, inclina la cabeza y me hace ojitos. Ahora sí, las imágenes del sueño se agolpan en mi cabeza y recuerdo todo: los manoseos, el sexo interrumpido por el despertador, y el pedido de que me llamara estirándole la mano con mi número que apareció ahí, mágicamente, en un papel improvisado. La chica de mis sueños, ahora, estaba en la vigilia.

La toco con cuidado, como se toca a un fantasma. La pellizco, le hundo un dedo en la mejilla, le agarro la nariz y se la agito suavemente. Todo es real. Me lleva un buen rato creer lo que estoy viendo. Durante todo ese lapso que me mantengo inerte, frente a ella, achicando los ojos para observarla sin perder detalle y descubrir el truco, mi chica no se perturba, al contrario, entiende que cualquier movimiento que hiciera podía asustarme y espera, en la misma pose en la que la encontré, hasta que yo dé alguna señal que la autorice a actuar con naturalidad.

Los primeros días nos encargamos de cumplir todo lo que habíamos insinuado en el sueño. Ella se adelanta a todas mis fantasías, como si viviera en el futuro. Toca puntos sensibles de mi cuerpo que yo mismo desconozco y me lleva a un estado de éxtasis lindante con el dolor. Por su parte, ella gime en los momentos que yo considero que debe gemir y goza cuando me concentro en hacerla gozar. Cada movimiento que uno u otro haga resulta perfectamente complementario. Sin lugar para las torpezas habituales, danzamos entre las sábanas emulando las mejores escenas pornográficas que pude haber visto en mi vida.

Basta pensar que tal o cual cosa harán saltar de placer al otro para que eso suceda, basta proponerme cuándo y cómo expulsar el espeso jugo de la vida para que así sea. Los dos, a la par, nos desvanecemos juntos, después del sexo superador de cualquier fantasía. Ella, al instante, se recupera, se sienta en la cama cruzada de piernas, con la cabeza inclinada, como el primer día, esperando que yo la piense otra vez haciendo algo, lo que fuera, para obedecer, antes incluso de abrir la boca.

Intento, en el comienzo de nuestra relación, que hable. Quiero escuchar su voz, regocijarme también con eso. Pero comprendo que si en el sueño no había sonidos no tendría por qué haberlo en la vigilia. Entonces dejo de insistir. Ella no habla, pero eso no significa que sea muda. Su silencio insinúa, todo el tiempo, que está a punto de decir algo. Un silencio inquietante, misterioso. Calla, y en ese acto, me cautiva.

Yo sí. Cada vez que vuelvo del trabajo le hablo, le cuento mi día, los problemas con el jefe y esas cosas. Ella escucha siempre en la misma posición. Escucha y sonríe. Después parpadea, me lee la mente y se adelanta, se pone a hacer lo que yo le hubiera pedido que hiciera minutos después. Lo que sea: que se siente en mis piernas, que cocine algo rico, que me haga masajes o que me bese. Recién cuando lo hace me doy cuenta que es justamente lo que deseo en ese momento.

Todo es perfecto, tan perfecto que prefiero no presentarla con nadie. No quiero que nada intervenga en nuestra relación, que nadie sepa de lo nuestro, que nadie más pueda pensarla: ni a ella, ni a nosotros. Mi chica no tiene más deseos que cumplir con los míos, y cuando mi atención está en otra cosa ella espera, con las piernas cruzadas, con las manos apoyadas en su muslo, con la cabeza levemente inclinada y esa pintura de sonrisa, que mi mente vuelva hacia ella.

Pero nada es para siempre, supongo. Mi entusiasmo se va apagando a medida que pasan las semanas. Empiezo a empalagarme de mis propios antojos, de que se cumplan siempre, de la imposibilidad de la postergación. No hay margen para la queja genuina. Cualquier pataleo que haga es un artificio, una impostura, un ejercicio que no empatiza con el sentimiento. Mi comportamiento ya no es natural y me paso el tiempo buscando en vano el intersticio de insatisfacción de dónde poder sostener el reproche.

Un día le digo que no soporto que el sexo sea así, así de perfecto. No sé muy bien lo que quiero decir. Supongo que lo que no puedo decir, porque no lo tengo claro, es que no me banco que el sexo sea mejor que la masturbación, que desde que estoy con ella la masturbación me resulta incompleta.

Llego al punto de expresarle que lo nuestro no va más, que necesito un tiempo, que perdí el amor. Le digo, también, para no resultar hiriente, que ella es demasiado para mí, que merece algo mejor, que el problema soy yo. Pero no hay caso. Ella me escucha sin alterarse, sin siquiera mover un músculo de su cara sonriente; sus ojos siguen igual de seductores detrás de cada parpadeo.

Empiezo a perder la paciencia. El modo diplomático de cortar la relación no da resultado y mi malestar aumenta. Acudo al desprecio, me burlo de sus poses, de sus formas. La ignoro, me paseo por la casa como si estuviera solo. Me parece que es lo mejor: dejarla en el sofá, cruzada de piernas, esperándome.

Nada funciona. Ella y su sonrisa siguen ahí. El tedio que me provoca su presencia, su insoportable invariabilidad, su automatismo abúlico, me resulta enloquecedor.

Vuelvo del trabajo y ella en el sofá. Me baño, ceno, miro la tele, me acuesto a dormir, me levanto y me voy a trabajar, y ella sigue en el sofá sin molestarse. Ignorarla no es la solución.

Ella no hace nada por sí misma. Jamás se va a ir de casa, no tiene dignidad. Un día la agarro del brazo y la arrastro hasta la puerta, la tiro al piso y la empujo afuera con la planta del pie, como se desplaza a un tronco. Antes de cerrar la escupo y le digo que no quiera verla más. Cierro con llave pero al darme vuelta, ella está en el sofá, como si esos cinco minutos no hubieran existido.

Regalo el sofá creyendo que tal vez ella se iría con el mueble a invadir la vida de otro, pero tampoco resulta. Si no es el sofá, se sienta en la cama, en la silla de la cocina o en el inodoro. No importa dónde, eso tampoco la altera, ella se mantiene sentada, cruzada de piernas, con su cabeza inclinada y su cara sonriente. Parpadeando, siempre parpadeando, sabiendo todo de mí. Todo.

 

 

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