CARAMBOLA

Oswaldo Reynoso

 

Medianoche en el billar “La Estrella”: humo y penumbra. Las bolas suenan, opacas. Se habla a media voz, como en la iglesia. Máquinas eléctricas resaltan, en la oscuridad, con luces y,  en silencio, con cascabeles finos.

-No hay caso, este Choro Plantado es un trome con el taco. Y es bien gallada. Cómo quisiera ser como él. Comenta Carambola con un compañero de clase que por primera vez pisa billar.

-Claro, si te empeñas y vienes todas las noches.

-Ahora me enseñas, ¿ya?

-Mejor es que primero veas cómo juegan. Miremos al Choro Plantado. Manya, desde las siete está juega que juega, sin cansarse. No vayas a creer que es vicioso: él. Sólo juega para liberarse.

-¿Liberarse de qué, ah?

-Es lo que hasta ahora no podemos comprender; pero así lo dice él. Luquea cómo arrocha a  los sabidos.  Míralo,  a pesar de ser un proco gordo y casi teclo, cómo se desliza suavecito alrededor de la mesa. Y cómo pica  a los sobrados. Él es bien derecho, juega sin trampas y castiga a los torcidos. Manya, manya, está solo. Ya no tiene rivales. Ahora viene lo bueno: juega por jugar, solicísimo. No sé de dónde saca magia y hechiza las bolas.

Solo una mesa iluminada. El Choro Plantado se exhibe como nunca. Los conocidos del barrio se aglomeran, silenciosos, en torno a la mesa. Hasta Don Lucho, que es tan serio, ha dejado el mostrador para verlo.

Alguien, tal vez el Rosquita, salió corriendo a la cantina y aviso a gritos  que el Choro Plantado estaba inspirado. Pobre japonés, piensa Don Lucho, se quedó sin clientes madrugadores; porque el Choro Plantado tiene para largo.

Los espectadores, perdidos en la oscuridad hueca del gran salón de billares, sólo ven iluminados el rostro y las manos del Choro Plantado. Elegante y trágico, da vueltas buscando el ángulo preciso. Silencioso y calmo, echa tiza al taco. Transfigurado, taquea. Y las bolas avanzan, retroceden, se detienen y se encuentran en increíble carambola, como si estuvieran unidas por un hilo mágico, misterioso. Ebrio y, tal vez, un poco triste y, posiblemente, liberado, como dice él, respira y vuelve a taquear.

Las carambolas se suceden como cuentas de rosario. Las horas avanzan y, sorpresivamente, la madrugada entra en el billar con la negra que vende tamales calientitos. Es hora de retirarse, dice el amigo de Carambola. Carambola lo despide en la puerta, con puede acompañarlo. Esta noche tiene que hablar, de todas maneras, con el Choro Plantado de “un asunto de hombres de vital importancia”.

-Me buscas, Carambola, ¿no es así? – preguntó el Choro Plantado, mientras guardaba su taco en una bolsa de nailon.

-Sí, Don Mario. Este… yo quiero hablar con usted, pero no aquí. Este… ¿qué le parece si vamos al japonés?

-¿No es un poco tarde para ti? Aún eres mocoso y en tu casa te pueden sonar

-Yo no soy mocoso y nadies me importa y… además, a nadies le importo en mi casa.

-Si es así, vamos.

Invierno húmedo y gris, hasta en la madrugada. La gente y los postes, con la neblina, se vuelven borrosos y distantes. La luz pálida transforma el asfalto en espejo negro, brillante. Y las calles son estrechos callejones interminables, desiertos. Como poder hablar sin miedo, de frente, con el corazón desnudo, sin  avergonzarse. Caminan en silencio. Carambola: tímido y con la ansiedad adolescente del joven que quiere ser hombre, urgentemente, y el Choro Plantado: ebrio, pero triste.

Parece que de propósito se detuviera  la madrugada. Nadie juega cacho en la cantina: beben, hablan, escuchan radiola. Se toma cerveza y la espuma se bota al suelo cubierto de aserrín húmedo y sucio.

-Esta cantina parece el desaguadero de todas las fiestas – dice, por decir algo, el Choro Plantado.

-Es verdad, Don Mario. Aquí todos la rematan  contesta por contestar Carambola. Leugo permanecen en silencio hasta que el Choro Plantado habla.

-Tú,  me quieres decir algo, pero tienes miedo, ¿no es cierto? Bueno, creo que después de tomarte un pomo se te pasa el miedo. Salud. (Si parece que fuera ayer, y por lo menos, hace más de cinco años. Don Lucho lo tenía cogido por la oreja y estaba decidido a entregarlo al patuto.

-No quiero que entrés al billar. Este local no es para mocosos. Apenas llegas  a la mesa y ya te mueres por el taco. Antes que me saquen multa por permitir menores, te  mando preso -. Intervino y Don Lucho, por última vez, lo perdonó. Desde entonces fue mi sombra, mi rabera. Como un perrito gracioso a todas partes me seguía. Cuando entraba al billar se quedaba en la puerta, esperándome, y cuando salía me preguntaba: – ¿Y cuántas carambolas hizo? – Sin darme cuenta comencé a llamarlo Carambola y se quedó con Carambola, hasta el día de hoy). Bueno, Carambola, ya que tú no quieres hablar, escúchame. No sé por qué  esta noche tengo ganas de hablar, de sincerarme, contigo. Yo sé que tú  solo basta saber  manejar el taco. Hay que tener pasión por el juego. Por la vida, Carambola. Siempre he dicho: una mesa, con buenas bandas; un taco, de mi propiedad; tres bolas, sin quines; cebada y carretas me bastan  para llegar hasta las últimas consecuencias de una vida intensa. Ahora, estoy casi borracho, sin saber tomado mucho: es el juego, Carambola. El juego me libera, Carambola.

-Don Mario, ¿no se enoja si le pregunto algo?

-No, pregunta nomás.

-El juego ¿de qué libera, Don Mario?

-Eres  chicoco, todavía, no comprendes. Cuando la vida te golpee, comprenderás que todos los hombres que vivimos “intensamente” guardamos un secreto. Puede ser una mujer o tal vez…no sé. Pero lo guardamos aquí, Carambola, en el corazón. Y hay días que el corazón pesa demasiado y parece que reventara y entonces hay que liberarse y se juega o se toma hasta quedar borrachos.

Tímido y asustado, con el vaso de cerveza en la mano, Carambola interrumpe.

-No diga eso, Don Mario, me asusta. No se ponga triste; porque yo también me apeno. Si en algo puedo ayudarlo, páseme la voz.

-Gracias, Carambola. Es necesario que me conozcas, que sepas con quien estás hablando. No vaya a ser que te enteres por otro y me creas mentiroso. Yo estuve en la sombra, Carambola, pero no por ladrón, sino porque  me desgracié. Lo más triste que le puede pasar a un hombre es que lo hagan cojudo. Por eso la maté, Carambola.

-Sí, Don Mario, algo escuché  de su desgracia. (¡Jesús, Dios mío! ¡Un crimen! Y la vecina despertó a toda la quinta. Quise salir, pero mi mamá nos encerró, – No sirve que los chicos vean esas cosas -. Me caía de sueño y la sirena de la ambulancia resonaba desesperada en mi cuarto. Pero  los ojos se me cerraban y mis hermanos empeñados en verlo todo por la ventana: ¡era una pesadilla! En la mañana desperté asustado y seguíamos encerrados ya en la tarde, mi hermana mayor nos leyó Última Hora. – Pobre Don Mario, no tuvo suerte con su mujer – comentaba la vecina. – pero no la debió matar – respondía mi mamá.

-Tú estarías de cinco años, más o menos. Cuando cumplí mi pena, nadies me dijo nada, al contrario, todos los de la Quinta me invitaron. Y no me fui del barrio, porque aquí todos son buenos: me llaman choro; pero no criminal. Y ahí vamos, Carambola, jalando, tirando, pa´adelante, con negocios, ya tú sabes. Pero mejor hablemos de lo tuyo.

-Bueno, Don Mario, este… yo sé que usted es bien leído y experimentado. Este… no sé cómo decirle…

-Habla no más, sin miedo, para eso somos hombres.

-Ya, Don Mario, pero antes, salud. Este… estoy bien templado de una chelfa del barrio.

-Y qué pasa, ¿le has clavado un hijo?

-No, Don Mario, todavía.

-Quien es, ¿la conozco?

-Sí, Don Mario, pero no le doy el nombre.

-Bueno, si lo quieres así, está bien.

-Usted  que es corrido sabe que del plan de paleteo y chupete hay que pasar a otra cosa, uno no puede quedarse  en el plan de cochineo. México no es lo mismo, allí, falta cariño, no sé… Pero para eso está la gila de uno. Y ya no me contengo, Don Mario, y la chelfa está que quiere. Mañana domingo, o sea hoy, mis teclos se van a Chosica, no voy con ellos: les he dicho que tengo que estudiar para los exámenes. Voy a estar solo en mi hueco y he quedado con la gila para acostarnos en mi cama: vamos a estar solitísimos.

-Te felicito, Carambola. No hay que perder la ocasión.

-Pero tengo miedo, Don Mario: la gila está cerradita.

-¿Y cómo lo sabes?

-Ella misma me lo ha dicho y además… (Había poquísima gente en la matiné. La gila casi estaba sentada en mis rodillas. – No Carambola, aquí no. Tengo miedo – . la tuve que dejar, pero ya la había palpado bien). No puedo equivocarme, Don Mario, yo sé por qué lo digo. Ella me quiere y no puede mentirme.

-Pero las mujeres son mentirosas y más cuando se trata de amor.

-Pero mi gila, no. Don Mario, ¿es cierto que cuando están  cerraditas se desangran? Tengo miedo que me pase algo. ¿Qué me aconseja, Don Mario?

-Lo tienes que hacer con cuidado. Por si las moscas, compra en la botica algodón, gasa, alcohol. Viéndolo bien, ya no eres tan chicoco que digamos y tienes  que ser sabido: a tu edad no sirve amarrarse con hijo. Mejor compra en La Colmena, lo que ya tú sabes.

-¿Pero es cierto que desangran y pueden quedarse muertas?

-No siempre, pero se han visto casos. A un párcero mío le pasó algo muy grave. Llevó a su gila a un hotel. La feligresa era virgen y comenzó a sangrar. Asustado, cogió la sábana y trató de contener  la hemorragia; pero nada. La sangre salía, salía, salía. Había que verlo cuando en plan de compadre contaba el incidente. Decía, moviendo las manos y con tamaños ojos: todo era rojo, rojo, rojo. Tuvo que llamar matasano. El matasano pidió ambulancia y se la llevaron a Grau, a la Asistencia. Cuando el teclo de la gila se enteró, casi me lo despachaba al otro mundo. Claro, que como dicen los médicos y las revistas de sexología, no todas las mujeres son  delicadas. Como el juego, Carambola, todo es cuestión de suerte.

-Me está metiendo miedo, Don Mario.

-No te asustes, si te cuento casos, es para que estés prevenido. No te olvides de comprar lo que te he dicho en la botica. Tienes que hacerlo despacito, con muchísimo cuidadito, con delicadeza.

-Gracias, Don Mario, por sus consejos.

-¿Puedes darme el nombre de la fulana esa? Es pura curiosidad, nada más. Te guardo el secreto. Ahora, si no quieres…

-Este… es Alicia, la hija de la señora Jesús.

El Choro Plantado, silencioso y triste, pagó la cuenta. En la radiola terminó un vals y los clientes se retiraban borrachos.

-Ahí nos vemos, Carambola.

-Hasta mañana, Don Mario.

El Choro Plantado, con las manos en los bolsillos y las solapas del saco levantadas, solo, parado en la puerta de la cantina, vio la casaca roja de Carambola perderse en la neblina. Y mientras caminaba dijo, despacio, hablando consigo mismo: “Casi todas as chelfas  con iguales. ¡Pobre Carambola! Si supiera que su tal  Alicia es más puta que una gallina. Todas las gilas son igualitas. ¡Pobre Carambola!”.

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